Capítulo IX

Tormentoso desconsuelo

l ver el cadáver de aquella mujer con el cráneo partido y la sangre aún tibia sobre el suelo de piedra, lo dejó paralizado. Se sentía muy culpable, jamás tuvo en mente matar a una doncella, independiente de la reputación que ella tuviera. Se acercó sigiloso a su lado y le cerró los ojos. Buscó una sábana y la tapó, pensaba, impresionado, que hace menos de diez minutos había estado disfrutando de un gran placer junto a aquella muchacha de cabellos rojizos y ahora, su vida se había desvanecido entre el deseo y la locura.

Se vistió y salió de la habitación con cautela. Culebreó entre la muchedumbre hasta encontrar a Jasper, quien había llegado hace muy pocos instantes junto a su hermana, sin embargo, esto él, lo desconocía. Cuando estuvo a su vista, lo cogió del hombro, susurrándole en el oído "necesito que me ayudes", su tono era lúgubre y áspero. Dio media vuelta y su amigo lo siguió, perdiéndose ambos, en los pasillos oscuros y fríos de la fortaleza medieval.

Lo condujo hacia su habitación, primero entró Edward y, sobreponiendo su dedo índice en los labios le indicó que callara. El rubio, de figura esbelta y sofisticada abrió los ojos como platos cuando vio a aquella muchacha sobre el suelo.

—¿Qué pasó? —preguntó consternado— ¿Cómo ocurrió, Edward? —exclamó ansioso, en tanto se acuclillaba a un costado de la mujer para tomar sus pulsaciones.

—Fue un accidente —el príncipe tenía el ceño fruncido y los labios apretados.

—Pero ¿Cómo, Edward? No me digas que fue una especie de juego sexual ¿o, sí? —Jasper enarcó una ceja suspicaz.

El joven príncipe resopló acongojado y por fin se dignó a contestar.

—¡Estábamos pasándolo de maravilla! —bajó su vista y tragó saliva para continuar conversando— y de repente, en menos de un segundo, una víbora salió de su boca, directo a mi cara. Perdí el control y lancé lejos a la muchacha, pero no quería matarla, de verdad que no —miró a su amigo en una súplica, estaba contando lo qué realmente había sucedido.

—Y ¿Dónde está la serpiente? —su amigo alzó la voz.

—Verás, cuando volví a mirar, ya no había nada de eso… fue como una ilusión, un número de magia ¡No lo sé! —el príncipe se tomaba la cabeza entre las manos, descolocado.

—Edward, ¡Dime la verdad! O me mientes o estás demente… —dictaminó enfático.

—Ninguna de los dos ¡Te lo prometo, amigo mío! Si hubiese sido a propósito te lo diría —tenía la mandíbula tensa y los ojos titilantes por la impotencia.

Jasper le dirigió una mirada de preocupación a su amigo y sacó la otra sábana desde la cama. La extendió sobre el suelo y luego, le pidió a Edward que lo ayudara a coger a la difunta, que decoraba el piso con una hermosa cabellera pelirroja y sedosa, sucia con sangre espesa que se derramaba como una aureola alrededor de la cabeza. Juntos, la envolvieron primero entre el paño blanco y luego, con una frazada. Su amigo bajó y volvió con uno de sus cocheros, el más fortachón de los suyos. El hombre fornido, de aspecto hosco, cogió a la mujer y se la subió por el hombro, sin mostrar ninguna emoción por el trabajo encomendado, más bien lo hacía de un modo frío y calculador. Los tres salieron, como viles delincuentes por el patio trasero del castillo. Nadie los vio, o al menos, así lo creyeron.

Llevaron el cuerpo de la joven varios kilómetros bosque adentro, hacia la montaña de Los hechizeros y cavaron un hondo pique para enterrar su cuerpo. La lluvia golpeaba a los tres hombres con vehemencia, recordándoles su error.

Devuelta, se situaron en el carruaje frente a frente. Edward tenía la mirada perdida por la ventana y no dejaba escapar ni una sola sílaba. Jasper lo observaba intrigado, pensando que las teorías de Alice eran correctas, Isabella de Glasgow había maquinado un embrujo en contra de su querido amigo, de otro modo, no había explicación para aquellos sucesos sobrenaturales, que le hacían perder la voluntad y la cordura. Él vio a la condesa cuando le habló en el bosque, el día de la caza, cuando el oso estuvo a pasos de matarlo, de no ser por su hermano Emmett, quien le salvó la vida.

Su amigo de la infancia estaba enloqueciendo completamente desde que conoció a la condesa de Glasgow. Tenía comportamientos absurdos, fuera de cualquier razonamiento lógico. Escapaba kilómetros cada noche para encontrarse con ella y buscar alivio en un oscuro placer que le entregaban sus vísceras tibias, las entrañas de una bruja de alma sombría.

A pesar de las advertencias el iluso príncipe se había enamorado hasta perder la sensatez, entregando su alma y corazón a una mujer que no sabía qué deseaba. Fue feliz mientras estuvieron juntos, pero cuando ella decidió deshacerse del hijo de ambos, rechazándolo e intentando abortar, a Edward, quien siempre aspiró como un canon máximo tener una familia e hijos, se le desmoronó el mundo y creyó que aquella mujer no lo amaba. Se sintió desconsolado, estaba desesperado, víctima de una pesadilla horrorosa y cruel.

La noche anterior al torneo, viajó al castillo de la joven, después de cuatro meses sin verla. Intentó persuadirla, mostrarle el mundo juntos, pero sólo encontró rechazó, terminando de arrancarle la esperanza. La única opción que le quedaba era dejar en paz a la muchacha y recuperar al niño, en cuanto naciera.

Hizo vigilar el castillo, aún encontrando la oposición de la condesa y Marie. La sanguinaria anciana le había prometido que le avisaría cuando naciera el pequeño, y le prometió cuidar a aquel inocente bebé, fruto del amor y del odio. No fue suficiente para él y los guardias reales vigilaban los movimientos del castillo desde un lugar prudente para no molestar a la joven, no era recomendable en ese instante, azorar su ira.

Dos semanas después, una noche más tibia que las acostumbradas, un susurro débil lo despertó de los sueños pesados. Tenía el pelo mojado por el sudor y el cuerpo inquieto por la falta de desahogos pasionales. Abrió los ojos tostados y su corazón comenzó a brincar apresurado, fue un instinto profundo, la sensación del nacimiento de su hijo.

No dio aviso, tan sólo salió a galopar por esa noche iluminada por inmensa y llena luna que se deslizaba entre medio de los nubarrones, a punto de explotar en lluvia. Corrió en su caballo, por medio de los bosques aromáticos, todo había vuelto a parecerle hermoso, digno de una postal nocturna. Cruzó el puente de Los Encantos, suspirando profundo ante el microclima que originaba el río caudaloso. Sentía que su pecho iba a explotar por la energía que emanaba su cuerpo, de seguro sus pulsaciones eran visibles incluso para el ojo más inexperto.

Poco antes de llegar se encontró con el jefe de la guardia real, quien se acercó sorprendido ante el príncipe. El chico era alto y bastante joven, de intensos ojos celestes y una adorable sonrisa. Traía una capa negra y por debajo se vislumbraba su pechera roja con ribetes dorados por el escudo real.

—¡Príncipe! No ha habido ninguna novedad —le informó de inmediato.

—Lo sé —respondió el joven de sangre azul, mientras su caballo seguía inquieto y él, lo sobaba para calmarlo.

—Nadie se ha acercado y nadie ha salido —concluyó el muchacho.

Edward dirigió un vistazo hacia la leve luminosidad del castillo y luego, le habló a su guardia.

—Deben resguardar cada movimiento. Cualquier novedad me deben informar sin omitir detalles. Por el momento, voy a entrar… —dio dos golpes a su caballo con las piernas y continuó el camino.

Cuando llegó al castillo, intentaron subir el puente, pero él, con un salto de buen equitador, ascendió sin problemas, antes que lograran elevarla por completo. Con el caballo tan agitado como él, se plantó en medio del patio con influencia morisca, de puertas redondas y puntiagudas en la cima del umbral. Bajó del animal blanco, aprontándose a llegar a la entrada principal, pero no tardó en interceptarlo Marie.

—¡Príncipe! —la vieja le hizo una venia de sarcástico respeto.

—¡Tengo que verla! —insistió Edward agitado.

—Me temo que no será posible, la condesa duerme, está muy cansada —contestó la anciana con los ojos azules perversos.

—¡Quiero comprobarlo con mis propios ojos! —fue grosero y siguió su camino.

Subió las escaleras, con forma de caracol y de frías piedras, hacia la habitación de la muchacha. Abrió la puerta sin previo aviso y con el corazón en la mano se introdujo en aquel cuarto tibio. Al lado de la joven había un par de candelabros negros. Se acercó con urgencia y la observó. Ya no tenía el vientre abultado, sin embargo, hervía en fiebre y deliraba con su cabello desparramado por la almohada y rostro.

—Isabella, Isabella —murmuró el joven desesperado. Ella no contestó.

Echó hacia atrás las sábanas húmedas, y tocó su vientre con cautela. La muchacha no reaccionaba. Se volvió hacia su rostro rosado y tomó ese bello semblante de jovencita entre sus manos, tenían una expresión perdida y no lograba abrir los ojos. Giró la mirada hacia abajo y una diminuta mancha de sangre llamó su atención. La tomó por las caderas con extremo cuidado y comprobó con sus propios ojos que la chica se desangraba. Tenía el camisón humedecido con sangre roja y caliente. Desesperado dio un grito desgarrador que hizo eco en la fortaleza de piedra.

—¡Marieeeeeeeeeeeee! —aulló con toda la voz que le permitieron sus pulmones.

Posó a la muchacha delicadamente sobre su lecho e intentó volverla a la vida.

—¡Mi amor! —le platicaba con voz dulce— ¿Dónde está nuestro hijo? —acarició su rostro mojado por el sudor. La condesa no respondió.

—¡Por favor, te lo ruego! ¿Dónde está? —continuó exasperado.

Sintió una mirada intensa que lo intimidaba, era la anciana que lo increpaba hasta el alma.

—¿Dónde está mi hijo? —la observó hacia arriba con la voz alterada.

—Nació muerto —decretó la mujer con frialdad.

Las horripilantes palabras retumbaron en los oídos del joven príncipe, destruyéndole sus esperanzas.

—¿Qué? ¿Cómo? ¡Necesito verlo! —ordenó, con los ojos empantanados en lágrimas.

—¡Imposible! Se lo han llevado… —replicó Marie, borrándole toda esperanza.

—¿Qué, dónde? ¡No! ¡Deben traérmelo! —alzó la voz fuera de sí.

—Se lo han llevado los espectros —continuó la anciana.

—¿Qué hablas anciana ignorante? —la vieja se enderezó por primera vez y el rostro se le nubló al oírlo.

—¡Usted nunca lo conocerá! Es su castigo y su condena —murmuró la mujer, maldiciéndolo, enloqueciendo su poca cordura.

—¡No! ¡Es mentira! —dio un vistazo a la muchacha y notó que murmuraba algo entre sus labios carmesí.

—Isabella… ¡Dímelo! —le rogó.

—Se lo llevaron… —contestó de una vez y se calló para sumirse en los más profundo de los sueños.

Besó a la mujer de su vida, se puso de pie y amenazó a Marie.

—Has algo bueno en tu vida y cuídala —su mirada estaba inyectada de rencor.

—¡Claro! —sonrió la anciana burlesca, curcuncha nuevamente.

Edward salió disparado, cogió su caballo y salió en busca de la guardia real. Él mismo joven, Ethan, jefe de las tropas reales, lo interceptó.

—¡Busquen a un bebé! ¡Es mi hijo! Y no dejen que nadie los detenga ni soborne. Él es un Cullen, el heredero de este reino. Quien no cumpla con esta orden será condenando por alta traición a La Corona —ordenó con la voz firme, pero el corazón debilitado.

Galopó por los bosques con el alma sangrante, destrozada. Cruzó ríos y recorrió aldeas sin encontrar a su pequeño primogénito. Transcurrieron días y días de ardua búsqueda, pero fue imposible… nadie encontró al hijo del príncipe.

La condesa se negó a recibirlo, no quería saber nada de Edward. Él lo intentó una y otra vez, mientras mantenía la esperanza de encontrar al pequeño, pero un día, el desamor, la cobardía y el desconsuelo superaron a su corazón. Cogió un cuchillo de caza, se zambulló en la tina y cortó sus muñecas hasta que la sangre enrojeció el agua tibia.

Un alma perdida, el sabor de su sangre, la unión de los cuerpos y las consecuencias vividas, hicieron trizas la voluntad de un noble, convirtiéndolo en espectro, de alma ennegrecida.