• Capítulo X •
Lentamente fui abriendo los ojos. Me encontraba recostada en mi cama con un gran dolor de cabeza. Todo me daba vueltas y por alguna extraña razón no me sentía yo misma, era como si técnicamente hubiera despertado en un cuerpo que sabía que no era el mío.
Elevé las manos frente a mi rostro mirando el dorso de ellas, por algunos instantes contemple lo delgado de mis dedos mientras admiraba el crecimiento de mis uñas. Me asuste un poco. El color de mi piel era translucida, tanto, que casi podía ver correr mi sangre a través de mis venas luego, las giré mirando mis palmas, en ellas se habían borrado todas las líneas de mi vida.
Las abrí y cerré sintiendo algo extraño, estaban frías.
Friccioné los dedos y me sorprendí. Mis huellas eran tan suaves como el algodón. Por primera vez tenía el tiempo suficiente para sentir el dulce placer de aquel cosquilleo, cerré los ojos y disfrute.
Poco a poco el dolor de cabeza comenzó a ceder hasta que por fin pude concentrarme en mi respiración, era suave y tranquila, aspiré profundo y asimilé todos los posibles olores que había a mi alrededor. Antes, nunca hubiera podido distinguir el aroma de todo aquello que me rodeaba, incluso, ni el propio aroma que mi cuerpo desprendía el cual sin duda era exquisito. Imagine el sabor de mi sangre soltando un gran suspiro lleno de satisfacción al morder uno de mis labios.
La excitación aumento y un fuerte orgasmo me atravesó.
Mientras esa sensación se desvanecía reparé en lo que estaba escuchando, mis oídos se habían agudizado. Al principio me fue difícil separar los sonidos pero luego supe que si se concentraba sólo en aquello que quería oír podía hacerlo sin tener problemas.
Presté atención a todo. Estaba encantada. Mi cuerpo empezaba a acostumbrarse. A cada segundo sentía que me fortalecía pero, algo me hacía falta. Comenzaba a desesperarme. Bajo mi piel helada estaba creciendo algo que me quemaba, respiré profundo pero eso sólo hizo que aquella sensación aumentara.
Mis ojos ardieron.
Llevé ambas manos a mi cabeza presionándola con fuerza hasta que estos dejaron de arder.
Minutos después miré hacia la entrada, lo que sea que me hubiera hecho despertar ese deseo se encontraba tras esa puerta. Me levanté y caminé hacia ella.
Con cada paso que daba sentía la sutileza acentuarse bajo mis pies. Tomé el picaporte y sin ser consciente de mi fuerza lo rompí con tan sólo tocarlo. Chasqué lo dientes y continué. Al salir al pasillo me asomé por las escaleras escuchando un goteo que parecía interminable.
Cuando llegue al descanso me detuve, el reflejo de mi imagen sobre un cuadro que estaba pegado a la pared me hizo hacerlo. Incliné un poco la cabeza mientras me analizaba, era yo, no parecía haber cambiado. Mi aspecto seguía siendo el mismo aunque sabía que algo había cambiado.
Recorrí cada parte de mi imagen, mi rostro, mi cuello, mi pecho y… todo mi cuerpo. Plegué mi frente y para cuando me di cuenta ya estaba al final de las escaleras, fue entonces que aquel titileo se hizo más fuerte.
El sonido me llevó directo hasta la sala en donde me encontré con dos seres extraños, creía conocerlos. Cerré los ojos con fuerza y me obligue a recordarlos. Eran mis abuelos.
Por unos momentos sonreí al verlos sentados frente a la chimenea juntos y quietos en una escena melosa. Me acerque a ellos pero a medida que lo hacía un extraño y conocido olor penetro mi nariz.
El hierro mezclado junto al cobre me hizo recordar el dulce sabor de la sangre oxidada. Mi cuerpo comenzó a reaccionar; mordí la base de mí muñeca y fue entonces que el placentero sabor de la mía me traslado al infierno. Cerré los ojos y una pequeña e involuntaria sonrisa se reflejó en mí rostro. Estaba ansiosa, excitada, más que hace un momento. Un enfermizo cosquilleo atravesó todo mi cuerpo mientras yo misma me succionaba, sentía mi sangre ser drenada sin embargo, algo no me permitió continuar, ¿instinto tal vez? Una parte de mí me decía que si seguía sorbiendo moriría así que me obligué a mí misma sin mucho deseo a controlarme.
Era despreciable pero tuve que hacerlo.
Con los labios ensangrentados miré mi herida, en ella yacían dos orificios. Deslicé mi lengua por mi boca y… los sentí. Sonreí magnetizada. Mis manos hormiguearon ante el deseo de seguir alimentándome, tenía hambre, una sed insaciable. Ni siquiera supe en qué momento me paré frente a mis abuelos, tampoco fue que reparara en la velocidad que había acogido como mía, simplemente, en menos de un segundo ya los estaba mirando.
Mi primer instinto... comer.
Deseaba saciarme con el apetecible sabor de ese líquido rojizo que brotaba de sus cuerpos inertes, literalmente se me hizo agua la boca. La sensación de querer probarlos amplio mis pupilas, dilatándolas hasta los bordes y enciendo de nuevo mi metamorfosis.
Olían demasiado bien. Podía casi degustar su sangre en mi boca, en mis labios y en mi lengua. Podía sentir en la punta de mi nariz lo fresa y cálida que aún se encontraba mientras aun goteaba.
Cerré los ojos complacida por el momento, luego, baje a ellos dispuesta a alimentarme. Pringué mis dedos de su sangre y la lleve a mi nariz, entreabrí mis labios y… me detuve sólo por un instante de una forma salvaje. Los miré a profundidad y luego de tanto observarlos me puse de pie mientras observaba como la sangre descendía desde una gran abertura en sus gargantas.
Torcí un gesto de asco, esa sangre no me agradaba, estaba coagulada. Me alejé de un saltó.
Apreté mis puños furiosa y fue entonces que escuché el eco de mi nombre. Rápidamente dirigí mi vista hacia la entrada, bajo el marco de la puerta estaba un niño pequeño, su cabello blanco como la nieve me recordaba el sutil azul de los glaciares y el peculiar color de sus ojos amatista me cautivo.
─Sakura ─repitió confundido.
Por unos momentos cerré los ojos sintiendo como su aliento cruzaba la habitación hasta llegar a mi boca como un leve susurro. Volví a excitarme, sonreí con malicia y en un movimiento inesperado le atravesé el corazón. Podía sentir sus latidos en mi mano, acerqué mi nariz a su cuello e inhalé llenándome de su aroma.
Saboreé con demencia mientras él volvía a llamarme.
Reí ante su agonía y sus divertidas e imparables suplicas dentro de su mente.
Me retiré y lo vi, sus ojos estaban cristalizados, él no movía los labios pero podía claramente escucharlo en mis oídos. Leía sus pequeños pensamientos. Sentía como la vida se le estaba escapando y eso… me lleno más de lo que hubiera imaginado. Sentir su dolor me causaba una extraña sensación de placer al mirar su rostro deformado. Era como un juego, uno muy divertido hasta que… lo recordé.
─¿Suigetsu? ─musité su nombre frunciendo mi ceño.
Por unos momentos me vi reflejada en sus pupilas, mi transformado rostro en el de un ser insaciable, lleno de una necesidad y oscuridad interminable me asustó. No podía creer que este tipo de demonio fuera yo.
Asustada saqué mi mano de su pecho y… vi su corazón.
(******)
Fue inevitable no poder despertar con un grito agudo. Sentía el corazón desbocado, llevé una de mis manos a mi pecho y lo toqué con fuerza, aún estaba ahí, latiendo presuroso. Cerré por unos momentos los ojos tratando de alejar el recuerdo de estar sintiendo aquel pequeño corazón latiendo entre mis dedos.
Tras unos minutos de angustia me senté en el respaldo de la cama, peiné mi cabello con las manos y respiré hondo repitiéndome una y otra vez que sólo había sido una horrible pesadilla. Froté mi frente con la yema de mis dedos, luego me deje caer sobre el colchón, tapé con mi antebrazo mis ojos y contuve el aliento fue entonces que de pronto abrí los ojos de golpe.
Esta no era mi habitación.
Sin moverme de mi lugar observé a mí alrededor. Era una buena alcoba. Retiré las sábanas blancas y me puse de pie.
La habitación en la que se encontraba era sencilla pero hermosa, sus paredes laterales, techo y cortinas tenían un tono beige que contrastaba perfecto con el suelo de madera oscura que hacía juego junto a las sábanas claras y el modelo cuadrado de la cama; frente a esta había una amplia repisa de madera que iba de lado a lado pegada a la pared, soportando en el medio un gran televisor negro el cual a los lados tenía un par de pinturas abstractas; recordaba haberlas visto en algún lado aunque ahora no sabía de dónde.
Mi vista viajo a mis espaldas, la gran pintura que tenía la cabecera de la cama me había hecho sonreír, era una pared colosal, llena de vida que detallaba el claro desenfoque de una delicada flor. Un enorme cerezo, fue todo lo que pude identificar dentro de ese verde follaje.
Meneé la cabeza y solté una leve carcajada por la ironía de la pintura.
Continué mirando, a cada lado de la cama había un pequeño mueble que soportaba la carga de un par de lámparas; junto a una de estas había un pequeño cuaderno el cual parecía que no tenía mucho tiempo en el que acaban de usarlo. Me acerqué y lo tomé, al parecer era un diario, uno muy extraño.
En el estaban escritos varios tipos de letras o lo que yo creía que eran letras. Hojeé bastante, desde el principio hasta el final el cual llegaba a la mitad del bloque dejando inconclusa una parte. Todo estaba escrito en un dialecto que no comprendía.
Hice una mueca y coloqué de nuevo el cuaderno en su lugar para dirigirme hacia la ventana.
Estaba por recorrer la cortina cuando de repente note a través del cristal lo que llevaba puesto, era una delgada camisa blanca; arrugué la frente y la cogí, bajo la tela no había nada más que mi propia desnudez. Me asusté. Mi mente divago en un instante pensando en que había sido… ¿violada? ¡No! Eso no, era imposible. No me sentía sucia o ultrajada. Me revisé de inmediato buscando en mi cuerpo cualquier indicio que me indicara que al menos había luchado. Estaba temblando. Mis piernas estaban bien, mi entrepierna igual y mi intimidad intacta, eso lo sabía porque Ino me había dicho alguna vez que la primera vez dolía.
Recorrí el resto de mi cuerpo hasta llegar a mis senos sorprendiéndome al mirar aquella parte. En mi pecho izquierdo tenía las huellas de unas rasgaduras, las toqué, estaban frías y dolían, ni siquiera el dolor se comparaba al de un golpe. Maldije para mis adentros sin dejar de tocarlas. Un par de lágrimas se acumularon en la base de mis ojos, comenzaba a sentirme impotente. Cerré los ojos con tristeza y baje la cabeza. ¡Maldición! No recordaba nada pero una parte de mí sabía que lo poco que me había sucedido lo había disfrutado.
Gruñí furiosa. Mis manos temblaban. Contuve el aire y solté sintiendo al respirar aquel último aroma que creía haber aspirado. Comencé a relajarme y poco a poco fui cerrando los ojos al imaginar la más rica de las fragancias. Inconscientemente olí el cuello de la camisa. Supuse era de un hombre.
La sensación de enojo pronto pasó.
Inhalé y exhalé con los ojos cerrados sintiéndome plena y feliz hasta que de pronto él me llamó. Casi grité al escuchar su voz y aunque intenté girarme para encararlo no pude hacerlo, mi cuerpo se había petrificado al oírlo y al recordar todas las escenas de anoche.
─¿Ahora eres muda? ─cuestionó indiferente.
Maldito idiota. Claro que no lo era, era sólo que no podía moverme. Hice mis manos puño.
Lo escuché gemir a mis espaldas.
Su seductora forma de hacerlo hizo que mi piel vibrará. Apreté los dientes molesta y eliminé todo sonrojo de mi cara, conté hasta tres y giré para golpearlo pero cuando lo hice él no estaba de tras de mí.
─¿Qué sucede? ─inquirió con media sonrisa.
Entorné mis ojos en él, se veía tan hermoso sonriendo de esa manera arrogante y presuntuosa desde la entrada. Mis ojos no pudieron evitarlo, no al estar recorriéndolo de arriba abajo, tenía un cuerpo deleitable que… sin dudarlo haría todo lo que él me pidiera con tal de probarlo.
Lo escuché soltar un pequeño gemido parecido a una risa.
─Así que… ¿te gusta lo que ves?
Sí, me encantaba lo que estaba mirando. Mi interior dijo si pero mi boca pronunció un fuerte no. Él amplió su sonrisa ladina y camino hacia mí, yo di un paso hacia atrás por inercia.
─Que mal ─dijo─, porque a mí sí me gusta lo que mis ojos ven ─susurró y yo no pude evitar volver a caer.
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Continuará...
