─¿Quién es Rowena? ─preguntó Candy, cuando ya estaban a bordo del automóvil que les llevaría de regreso a casa. Lady Townstead no se sorprendió en absoluto, pues había esperado el cuestionamiento tan pronto como la estúpida de Georgiana Arshbrooke, acompañada de esa preciosidad que era su hija, las dejara.

Era una suerte que Candy no hubiera comprendido el resto de las descaradas e inapropiadas insinuaciones de la dama. O tal vez sí, porque su rostro era la viva imagen de la decepción. Una decepción mezclada con impotencia y resignada actitud. Aunque Lady Townstead imaginaba que, parte de ello se debía también a que William no había estado a tiempo para el último baile. El cara dura de Wayne había tenido razón esta vez.

Ya ajustaría cuentas con el Barón de Arwick cuando lo viera al día siguiente en el desayuno, pensó, y luego recordó que Candy se encontraba aguardando su respuesta.

─Lady Rowena Aston, la hija menor del marqués de Galloway ─explicó, tratando de decidir con rapidez qué era oportuno contar a Candy y qué no. Ya era bastante malo que la chica hubiera bailado con Lord Arley como para añadir a su cuenta personal de errores el revelar algo que le correspondía a William tratar con su pupila. Candy sólo podía saber toda la verdad si él lo decidía así ─Ella murió hace casi diez años, en el transcurso de un lamentable conflicto entre los Cornwell-Aston y los MacBain debido a un límite territorial mal trazado.

─¡Conflicto! ─exclamó Candy, obviamente sorprendida, la interrogación evidente en su tono.

─Conflicto, preciosa. Ahora son raros en las Tierras Altas ¿Sabes? Porque la modernidad ha dejado poco espacio para la violencia y exige comportamientos mucho más civilizados a la hora de realizar reclamos. Sin embargo, durante siglos fueron el pan nuestro de cada día entre los clanes y, tratándose de familias tan antiguas como lo son los Ardley y otras más, resulta inevitable que las viejas costumbres se resistan a morir y que existan situaciones que, durante siglos, no han sido debidamente solucionadas.

─¿Y qué fue lo que sucedió con Lady Rowena? ─preguntó Candy, genuinamente intrigada. Lady Townstead notó con satisfacción, que Candy había utilizado la expresión correcta al mencionar a la joven Aston. La chica White aprendía rápido.

La anciana dama permaneció en silencio por un momento, ordenando sus ideas y rogando al cielo porque Candy no hiciera preguntas que la pusieran en un aprieto. Luego, tras contemplar resignada la interminable fila de autos que les precedía en el tráfico nocturno que abandonaba la reunión, indudable garantía de su demora en alcanzar la mansión Ardley no obstante su innegable cercanía a Bute House, explicó:

─Cuando ocurrió aquel incidente, el conflicto, quiero decir, la joven Aston tenía sólo quince años. Ella poseía una extraordinaria belleza, y también era de sobra conocida en todas las Highlands gracias a su habilidad y dominio sobre los caballos, de los cuales poseía una notable colección que hasta los caballeros ingleses envidiaban. Con frecuencia se la veía cabalgando por horas, de un límite a otro del territorio de los Cornwell-Aston. Rowena era demasiado inquieta y vital a comparación de otras jóvenes de su edad; eso la hacía sumamente especial.

─¿Ella y Albert se conocían? ─inquirió Candy, intentando, lady Townstead bien lo notó, disimular su alarma; la tristeza presente de nuevo en su dulce voz.

─Supongo que sí, puesto que el territorio de los Ardley limita al sur con el territorio de los Cornwell-Aston. Aunque William jamás comentó nada respecto a una relación cercana. Lo que sí mencionó fue que Lady Rowena le había parecido imprudente en más de una ocasión, debido a su hábito de forzar más de la cuenta la resistencia de sus monturas. Sabes que William detesta el maltrato a los animales; a los dieciocho el chico era peor con eso, te lo aseguro. A decir verdad, dudo mucho que él y la pequeña Aston hayan simpatizado alguna vez.

Lady Townstead hizo una pausa, recordando que la obsesión de Rowena sin duda debería haber sido tomada como un claro indicio de sus problemas mentales. Sin embargo, supuso que los Galloway sí lo sabían y habían decidido ocultarlo a todos, con funestas consecuencias; sobre todo para el líder de los Ardley.

─Un día, la famosa habilidad de la joven Aston falló y se vió obligada a internarse en territorio MacBain siguiendo a su yegua, que se había desbocado. William cabalgaba en aquel momento por los límites de la Llanura de las Hadas, y pudo atrapar al animal y regresar a Lady Rowena a territorio de los Cornwell-Aston confiando en evitar que los MacBain pudieran acusarla de violar el pacto de no agresión. Lamentablemente, un miembro de la familia MacBain atestiguó el incidente y, dada la crecida reputación de la pequeña Rowena como amazona notable, nadie creyó las explicaciones que tanto ella como William relataron y la tensión entre las dos familias aumentó, sumando a los Ardley al conflicto, dado que William, al penetrar en territorio MacBain violó un juramento sagrado de su propio clan, es decir los Ardley, mismo que se remontaba a la época de los jacobitas.

─¡No es posible! ─exclamó Candy con enfado─. ¿Cómo pueden ser las cosas de esa manera en estos tiempos?

─Son así, Candy. No hay mucho qué hacer al respecto. Sin embargo, debo decirte que los MacBain y sobre todo los Cornwell-Aston no tardaron en lamentar su incredulidad; porque varios días después, durante una ceremonia, esa misma yegua lanzó a la pequeña hija del marqués al acantilado de Dleytower, sin que ninguno de los numerosos jinetes presentes pudiera hacer nada por ayudarla. Su cuerpo quedó por completo destrozado, debido a que las olas hicieron que se estrellara una y otra vez contra las rocas; aunque, supongo que debió morir antes que eso ocurriera. Gracias al buen Dios misericordioso, el acantilado es bastante profundo como para que alguien sobreviva a una caída desde esa altura.

─¡Santo cielo! ¿Dleytower? ¿No se estará refiriendo a...?

─Si Candy, me temo que sí: el castillo Dleytower es el hogar ancestral de los Ardley ¿Puedes imaginar situación más desafortunada? El accidente ocurrió durante una de las ceremonias tradicionales más importantes de la familia. Fue necesario realizar ahí los funerales de Lady Rowena, y concederle los honores correspondientes a un Ardley distinguido. Para William fue devastador, no sólo porque la muerte de Rosemary aún estaba reciente, sino porque apenas era un muchacho de sólo dieciocho años. No es de extrañar que haya evitado regresar aquí por tanto tiempo.

─Debió sentirse responsable por lo ocurrido ─comentó Candy, con clara seguridad. A Lady Townstead le sorprendió su afirmación, porque comprendió cuánta razón tenía la joven. El laird de Arwick siempre había sido proclive a tomar responsabilidades que hubieran intimidado a hombres mucho mayores, y la prueba era su disposición a asumir la culpa en lo sucedido durante la incursión a la Llanura de las Hadas, protegiendo así la reputación de la joven Aston; aunque la muy maldita no lo mereciera y mucho menos el Clan Cornwell-Aston.

─Supongo que tienes razón ─comentó Lady Townstead a Candy, prosiguiendo su explicación─. La muerte de Rowena fue el factor que resolvió las diferencias entre los Cornwell-Aston y los MacBain, aunque eso significó que ahora ambos clanes están enemistados contra el Clan Ardley. Mientras que el territorio en disputa, conocido como La Llanura de las Hadas, aún es fuente de frecuentes roces entre los miembros de los tres clanes. Como te he dicho, el incidente introdujo a los Ardley de lleno en el conflicto, dado que William ya había sido reconocido como laird y su actuación fue juzgada en base a su posición.

─¡Que injusticia! ─exclamó Candy con determinación. Luego, miró a Lady Townstead y dijo─: no entiendo porqué el hecho de que el accidente haya ocurrido en Dleytower hace responsables a los Ardley de eso; si usted misma ha dicho que ninguno de los presentes pudo ayudarla...

─Son situaciones demasiado complejas, Candy ─respondió Lady Townstead, sintiéndose repentinamente fatigada─. Si deseas conocer toda la historia, supongo que debes preguntar a William. En realidad lo que te he dicho es todo cuanto sé. Yo no resido cerca de Dleytower y no me encontraba ahí ese día. Tan sólo me limito a repetir la versión más conocida ─concluyó Lady Townstead, suplicando al cielo que Candy no preguntara la razón de la ceremonia, ni el porqué de los funerales en Dleytower.

Sin embargo, sus esperanzas duraron sólo tres minutos, el tiempo en que Candy tardó en formular una nueva pregunta; ésta vez, más sencilla de responder, pero igualmente comprometedora:

─¿A qué se refería cuando dijo a Lady Arshbrooke que el tema de la castellana de Dleytower es un asunto serio para todos los Ardley?

─Candy... ─Lady Townstead dudó en proseguir. Sabía perfectamente que, de hacerlo, la situación empeoraría tanto para William como para su pupila.

─¡Oh, por favor, Lady Townstead! ─suplicó Candy─. La verdad es que nunca creí que los Ardley reservaran tantas sorpresas.

Lady Townstead observó por un momento a su protegida. Su tristeza anterior sustituída con expectante alegría, evidente en sus rasgos pese a la escasa iluminación. Supo que, más que el conocimiento respecto a los Ardley, su emoción se debía a la posibilidad de saber algo más sobre William; sin embargo, aún así dudo, porque no sabía de qué forma la impactaría la revelación.