Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS ALTAMENTE SEXUALES +18
Capítulo editado por Jo Ulloa de Betas FFAD.
Recomiendo: Sunset – The XX.
Capítulo 9:
Bajo las luces me quemas
.
"…después de lo que tuvimos
Nos comportamos como si nunca nos hubiéramos conocido
Hacemos creer que nunca he visto tu cara
Y tú me niegas…"
Isabella POV
—Bien, Todd, ve lento.
El fisioterapeuta movía lentamente su pierna, de modo que él pudiera acostumbrarse al leve dolor que generalmente le daba.
Mi panorama de día sábado a veces era acompañar a Todd a sus terapias para que sus piernecitas no se atrofiaran y que sus brazos lograsen trabajar aún más, más que nada cuando papá no podía asistir.
Lo miré con su entusiasmo innato por cooperar y sonreí, porque de verdad ponía todo su esfuerzo en sus ejercicios. Fue inevitable acariciar su cabello mientras lo notaba sudar desde la frente.
—Último movimiento, campeón, ¡eso es! —exclamó el fisioterapeuta.
Mi hermano pequeño había pasado toda su vida en esa silla de ruedas y, por ende, en estos ejercicios. Debido a su constancia ahora podía mover sus manos, no con la agilidad de cualquier niño, pero ya estaba escribiendo y dibujando, lo que era estupendo. Aunque me costaba admitirlo, había sacado la perseverancia de mi madre.
Cuando la sesión hubo terminado, Todd cayó de espaldas a la colchoneta y me miró entre sonrisas.
—¿Lo he hecho bien, Chocolate? —inquirió algo inseguro.
—Claro que sí, siempre lo haces bien —le respondí mientras le pasaba un pañuelo por la sudada frente.
—Pero ¿mejor que antes?
Me largué a reír.
—Mejor que nunca.
Emmett nos estaba esperando afuera del centro terapéutico, a un lado de su coche. Cuando vio a Todd corrió hacia él y le dio un tierno abrazo.
Mi hermano mayor era un profesor de educación física en la primaria "Luckesville" de Nueva York. Como cada sábado, preparaba a sus alumnos para un campeonato infantil de voleibol, y luego venía a por Todd, sudado, agotado y usando su uniforme de deportes.
—¿Qué tal la sesión de hoy, hermanito? —le preguntó mientras me ayudaba a sacarlo de la silla para sentarlo en el asiento trasero de su coche.
—Ha estado muy bien. Johnny cree que pronto podré ingresar a alguna clase de terapia en el agua —le contó entusiasmado.
Sonreí con orgullo. Emmett me dio la misma mirada; nosotros sabíamos todo lo que había costado llegar hasta esto, sobre todo papá.
—Eso está muy bien, yo podría llevarte, así tu hermana descansa un poco, ¿qué dices?
Él asintió y se acomodó como pudo en el asiento.
—¿Qué tal la escuela? —le preguntó mi hermano mayor, mirándonos por el espejo retrovisor.
—Ha estado bien, aunque Lauren ha estado molestando mucho últimamente —susurró un poco incómodo.
—Eso no me lo habías contado, Todd —le dije con algo de preocupación.
Emmett frunció el ceño.
—¿Qué te dice? Sabes que tienes que contarnos todo.
Se encogió de hombros y miró hacia la ventana que había a un lado.
—La Srta. Clara nos hizo dibujar a nuestra madre, pero yo no tengo una. Lucille dice que fui abandonado y eso me molesta mucho. ¿Dónde está mamá, Bella? ¿Ha muerto ya? —Todd solo me llamaba por mi nombre cuando estaba serio y, a pesar de que no me miraba, suponía que quería una respuesta contundente.
Suspiré y luego me dirigí a Emmett, mirándolo con nerviosismo. ¿Qué podía decirle? ¿Cómo…? Ni siquiera mi adulto hermano tenía idea de cómo abordar algo tan delicado como eso. Si tan solo supiera que haberlo abandonado era una de los miles de cosas que había hecho con él y con nosotros…
—Ella… ella simplemente no está, Todd. Pero nos tienes a nosotros, a papá, ¡a Sue! Tú la quieres mucho, ¿no es así?
Esta vez me miró y sonrió de oreja a oreja. ¿Quién podía resistirse a Sue? Todd sí que la quería, en realidad todos nosotros la queríamos muchísimo.
—Esa niña no sabe lo que dice —exclamó Emmett—. Oh, mira Todd, un McDonalds. ¿Una extra queso o Big Mac?
—¡Big Mac! —gritó, levantando los brazos con toda la fuerza que tenía.
Dejé ir el aire que había acumulado inconscientemente en mis pulmones. Hace mucho tiempo que Todd no preguntaba por nuestra madre y, cada vez que lo hacía, no sabía qué responder porque a veces ni yo podía encontrar una palabra correcta para todo lo que ella había hecho en nuestra vida.
La Florería Swan tenía un par de clientes aún, esperando los arreglos antes que papá decidiera cerrar. El local era grande, papá lo había conseguido en una ganga y lo transformó con mi ayuda. "Tú sabes más de colores que todos nosotros", recuerdo que dijo. Las paredes eran de tono celeste, con dibujos adorables de sobrias flores rosa. El suelo era de cerámica lisa, blanca y pulcra. Todo estaba siempre lleno de flores de distintos colores, formas y razas.
Charlie estaba detrás del mostrador, con Sue en la caja. Rosalie estaba enseñándole a uno de los clientes los distintos arreglos que podía encontrar, los que hacía yo en mi tiempo libre.
Cuando nos vieron se alegraron. Papá corrió hasta Todd y le besó la coronilla, preguntándole qué tal había estado la sesión de hoy. Mientras, saludé a Sue, que, como siempre, me preguntó cómo había estado durante la semana.
—Te hemos extrañado muchísimo por acá —me dijo.
Rose apareció justo detrás de mí, abrazándome por la espalda. Me hice la molesta, evitando responderle con la misma intensidad, en la cena en casa de mi padre se había pasado de la raya.
—Hey, no estés enojada conmigo, ya te mandé muchos mensajes de amor al teléfono. —Se dio la vuelta para mostrarme su puchero infalible.
—Metiste la pata, Rosalie Hale —exclamé, cruzándome de brazos. Mientras, Sue nos observaba con una diversión bastante similar a la de una madre frente a sus incorregibles hijas.
Mi mejor amiga deshizo el puchero, rodó los ojos y bufó.
—Lo sé, lo siento. Pero no puedes culparme, tengo la boca muy grande.
—¡Una boca apetitosa! —gritó Emmett desde el otro lado de la tienda.
—¡Cierra el pico! —lo regañé—. Primera y última vez, Rosalie Hale. —Le apunté la nariz con mi dedo índice, fingiendo una seriedad intachable.
Ella miró el dedo, sonrió y me dio otro abrazo, del que correspondí como siempre.
Fui a pasar un rato a casa de mi padre, Todd me extrañaba pues, desde que había tomado el puesto de contadora oficial en la empresa de Aro, mi tiempo con él se había reducido.
Durante la tarde no pude quitarme de la cabeza la conversación que tuve con Todd en el coche. Aún era un niño, pero en algún momento debía saber lo que había pasado con anterioridad. La sola idea de contárselo me desesperaba, no sabía por qué.
Volví al departamento a eso de las 7. Rosalie me había acompañado para pasar un rato juntas. Alice aún no llegaba, así que supuse que debía estar con Jasper… o con su tío. Me deshice rápidamente de su rostro, no quería pensarlo, menos recordarlo.
—¿Qué tal la salida con Trace? Aún no me cuentas los detalles sucios —dijo mi mejor amiga, llevándose la caja de leche a la boca.
Rose siempre escuchaba mis chácharas luego de cada cita, las que regularmente acababan en detalles sucios o "casi".
—No sucedió nada sucio —exclamé, encogiéndome de hombros.
Ella abrió los ojos de sopetón y se acercó al sofá, donde yo me encontraba acostada perezosamente.
—¿Nada? Oh no, no me digas que es de esos tipos que buscan más formalidad para entrar a la cama.
La miré un segundo, pero luego me dirigí a mis dedos, escapando de sus cuencas azules. Ni siquiera era eso, probablemente Trace me envió un par de mensajes no verbales que, en otra ocasión, habría entendido perfectamente, pero aquella noche mi cerebro no dejaba de pensar en Edward, lo que por supuesto estaba mal. No respondí, ni siquiera para olvidarlo un minuto. Definitivamente me estaba convirtiendo en una idiota de mierda.
Me centré nuevamente en los ojos de Rosalie y, a pesar de que quería gritarle todo lo que sentía porque no había nadie mejor para escucharme, sabía que no era correcto, ni en sueños.
—Es mi colega, no puedo cagarla. Quiero estar segura que no es como Sam.
—Eso es cierto, menudo imbécil ese.
Me involucré torpemente con Sam Uley, un tonto de recepción que hasta el día de hoy buscaba otra oportunidad conmigo. Si tan solo entendiera que nunca tuvo siquiera "la" oportunidad.
—No sabía ni mover el maldito pene —expresé.
—Y cuando un hombre no sabe moverlo, es mejor alejarse lentamente —dijo, haciéndome reír.
Alice llegó unos minutos después, encontrándonos mirando la televisión. Se veía bastante sonriente.
—¿Y esa cara de felicidad? —le preguntó Rose, recargándose en el sofá para poder mirarla mejor.
Ella se sentó frente a nosotras, sobre el taburete lila. Elevó las manos y lanzó un gritito de emoción.
—Me han aprobado el título acá en Nueva York —nos contó.
—Eso es estupendo, Alice, ¡podrás trabajar! —dijo Rosalie.
—Y lo mejor de todo es que ya me llamaron para una entrevista. ¡Hoy debemos celebrar!
—¡Claro que sí! Podemos pedir una pizza a domicilio y…
—Oh no, ¡salgamos a bailar! Las discotecas de Austria son aburridísimas, ¡quiero disfrutar una noche de locuras en la ciudad más bohemia del mundo! —exclamó ella, saltando de la silla y lanzando su abrigo hacia nosotras—. ¿Qué me dicen?
Me quité el abrigo de la cara, miré a Rose y ambas asentimos con una sonrisa. Nosotras jamás decíamos que no a una propuesta tan interesante, ¡éramos las reinas del baile!
—¿Jasper irá con nosotras? —le pregunté, caminando hacia mi habitación para cambiarme de ropa.
—Oh no, tiene que ver un partido de baseball con tu padre, creo que juegan los... ¿cómo se llamaban?
—Los New York Yankees —respondí.
—¡Eso! Cosa de hombres. —Rodó los ojos—. ¿Y tu Emmett no vendrá, Rose? —le preguntó.
—Olvídalo. Hoy estoy soltera —exclamó sin pelos en la lengua.
Rose tenía un par de tenidas ceñidas en mi closet, así no tenía necesidad de irse a su casa cuando acordábamos salir a divertirnos por la noche. Generalmente mis prendas le quedaban pequeñas, no porque tuviese kilos de más, sino porque sus curvas envidiables resultaban complicadas de llevar.
—¿Qué tal esta? —me preguntó, llevando unos pantalones medio brillantes de tono púrpura y un apretado top negro.
—Te ves estupenda —le comenté, enseñándole con mi dedo índice los tacones que ella acostumbraba a llevar para cada noche de diversión—. Esos te quedan bien.
Fui a darme una rápida ducha mientras las chicas se maquillaban en la sala. Me puse rápidamente una ropa interior que no se marcara con lo que planeaba ocupar. Iba a ponerme mis aretes dorados, pero no los encontré. "De seguro Rose me los ha sacado", pensé.
—Hey, Rose, ¿tú sacaste mis aretes? —dije, saliendo de mi habitación y caminando hacia la sala en ropa interior—. No los…
Me quedé muda. En la sala no estaban mis amigas a solas, sino que acompañadas de Edward Cullen, quien estaba apoyado a la pared de mi sala, cruzado de brazos. Por un momento no supe cómo actuar, ¿qué estaba haciendo aquí? Él me dio una repasada descarada de pies a cabeza, entonces recordé que solo estaba usando una pequeña tanga y un sujetador a juego. Me ruboricé de forma furiosa e intenté tapar pobremente mi cuerpo. Mis amigas se largaron a reír y Rose solo emitió un ¡ups!
—Podrían haberme avisado que teníamos visita —exclamé con sequedad—. Hola, Sr. Cullen —musité.
—Hola, Isabella —dijo, aún manteniendo su cazadora mirada en mi cuerpo.
—Oh Bella, lo siento, mi tío vino a dejarme unos documentos que olvidé en su coche hoy.
—Todos sabemos que te gusta andar desnuda con las visitas —bromeó Rose, sacando la lengua.
Edward enarcó una ceja, sin dejar de mirarme. Lo odié, parecía tan adulto desde su postura, mirándome como si fuese una niñita incorregible.
—L—lo siento, iré a alistarme —musité incómoda.
—No se incomode, Isabella, puedo darme la vuelta —dijo con algo de diversión, efectivamente girando hacia otro lado para fingir no estar pendiente de mí.
Giré con toda la dignidad que pude conservar y me encerré en mi habitación, aún con las mejillas calientes y rojas. ¿Cómo podía estar reaccionando así? Parecía una niña y eso era darle la maldita razón. Choqué mi cabeza y espalda contra la puerta, mirando atentamente a Señor Calabaza, que estaba desparramado en mi cama.
—¿Qué hace él aquí? —le pregunté. Mi perro simplemente elevó una oreja y movió un poco la ceja derecha, escuchándome con atención.
Me vestí rápidamente con unos jeans ceñidos, una blusa azul ajustada a mi cintura con un delgado cinturón amarillo y mis tacones favoritos. Con curiosidad me acerqué a la sala, pensando en la posibilidad de que Edward ya se haya marchado. Pero grande fue mi sorpresa al descubrir que aún seguía ahí y que muy dentro de mí sentía entusiasmo de poder verlo un momento más.
No me entendía.
—Al fin estás lista. ¿¡Por qué siempre te demoras!? —exclamó Rose, retocándose los labios.
—¿Se siente más cómoda, Isabella? —me preguntó Edward, girándose para mirarme. Él aún seguía cómodo contra la pared, vistiendo unos jeans perfectamente entallados a su anatomía, una camisa blanca impecable y un blazer de tono azul, como el mío.
—Los dos con azul. ¿Se han puesto de acuerdo? —bromeó Alice con una sonrisa.
Edward y yo nos miramos a los ojos, pero de inmediato quité los míos.
—Sí, me siento muy cómoda, Sr. Cullen —respondí con seguridad.
—Bien, llamaré a un taxi, ¡solo hay 2x1 hasta las 11 de la noche! —exclamó Rose, sacando su celular de la pequeña cartera brillante.
—No, yo puedo llevarlas. Los taxis son peligrosos a esta hora —dijo él, sacando las llaves de su coche del bolsillo trasero del pantalón.
"Qué considerado", pensé, volviendo a mirarlo. La verdad era que, por más que quisiera odiarlo, seguía encontrándolo atractivo. Ojalá pudiese hallar hombres de su edad así de atractivos por aquí en Nueva York. Bufé. Ni siquiera acostumbraba a rodearme con hombres maduros.
—Eso sería genial —dijo Alice—. Suele ser un experto al volante —nos susurró.
Edward nos esperaría afuera mientras nosotras terminábamos de arreglarnos. Alice lo acompañó y Rose se quedó para ayudarme a maquillarme con rapidez.
—Es bastante guapo, ¿eh? —me comentó mi mejor amiga, pasándome el rímel por las pestañas.
—¿Quién? —No, no era tan estúpida, solo fingía.
—Edward —exclamó como si fuera lo más obvio del mundo.
—Ah. Sí, pero no es mi tipo —mentí con descaro.
El coche de Edward Cullen era tan intimidante como él. Era un Cadillac negro, brillante, espléndido e inmenso, el mismo que había visto afuera de la casa de mi padre, antes de saber siquiera que él estaba ahí.
Una vez adentro, vi a Alice cantando suavemente un tema que no conocía y Edward mirando por el espejo retrovisor. Dentro, el aroma era a cuero, su perfume y algo más que no pude identificar. Se respiraba masculinidad.
Edward manejaba muy veloz, como si no le tuviera miedo a la carretera. Debía ser un muy buen conductor, tal como dijo Alice. A ratos me miraba por el espejo retrovisor y se encontraba con mis ojos, entonces los estrechaba y los quitaba.
Llegamos en 15 minutos, un record para el gran tráfico. La discoteca era un antro bastante conocido de Nueva York y, por supuesto, estaba lleno hasta las fauces. Sin embargo, yo conocía al portero y a al dueño.
—Hey, Laurent, tanto tiempo sin saber de ti —le dije al chico, que vestía completamente de negro.
—Bella, veo que te has decidido a venir. —Sonrió y enseguida me dio acceso a la entrada.
Le guiñé un ojo a las chicas. Por supuesto que Bella siempre tenía las cosas bajo control.
—Bien, me llamas y yo vendré a por ustedes. Estaré trabajando en mi proyecto toda la noche, no tendré problema por la hora —comentó Edward, sacando la llave del coche.
—¡No seas aburrido! Ven con nosotras. ¿Hace cuánto que no te diviertes? —le decía Alice, tirando de su brazo para acercarlo a la entrada—. No creo que a ustedes les moleste que él disfrute con nosotras. —Nos miró, pidiendo una respuesta que alentara a que Edward aceptase.
—Por supuesto que no, ¡ven, será divertido! —respondió Rosalie.
—Quizá el lugar es demasiado juvenil para él —dije con malicia.
Edward sonrió con acidez, como si eso le hubiera hecho cambiar completamente de opinión en un segundo.
—¿En verdad lo cree, Isabella? En realidad no hay problema con ello, prefiero disfrutar de todos los ambientes, sin importar lo juveniles que sean. —Volvió a sonreír con mayor acidez.
Me mordí la mejilla interna para quedarme callada. Las chicas apenas se habían dado cuenta de la nueva tensión y es que probablemente ambos actuábamos muy bien.
Adentro el aire estaba caliente, la gente muy apegada entre sí, aún sin el efecto completo de la locura de un sábado por la noche. En una zona medio apartada había unas cuantas mesas oblongas de tonos alegres, con sofás amarillos y grandes, y para suerte de nosotros quedaba un par para poder acomodarnos. La pista de baile se encontraba a centímetros, con las luces en el suelo y alguno que otro foco sobre los rostros animosos de quienes ya estaban disfrutando de la noche.
—Hace tanto tiempo que no me encontraba aquí —exclamó Rose, descansando sobre el sofá.
—Definitivamente era algo que necesitaba —dije.
—Y ustedes querían comer una pizza —nos molestó Alice.
Edward fue a la barra a pedir algo para beber, lo que dio pie a que Rose pudiera liberar lo que sabía no podía aguantar.
—Tu tío está bastante guapo —exclamó por encima de la música.
Alice se largó a reír, lejos de sentirse incómoda por los comentarios de Rose.
—Tiene unos muy bien conservados 41 años, créanme que he visto a bastantes mujeres darse la vuelta para mirarlo.
—Dicen que los 40 es la mejor edad para conocer a un hombre. —Mi mejor amiga movía las cejas hacia arriba y abajo de forma coqueta.
—Yo creo que tú te estás desatando, querida, recuerda que estás casada Y CON MI HERMANO —le recalqué—. Mejor vamos a bailar —le dije, tomándola de la mano.
—Yo esperaré a mi guapo tío —nos comentó Alice—. Debo cuidar su integridad de las lobas.
Las que debían ser muchas. Podía apostar a que ahora mismo una chica con la suficiente personalidad había ido tras él. Simplemente lo mandé a volar y me aferré a Rose, que estaba enloquecida y preparada para bailar conmigo.
La música electrónica comenzó un ritmo rápido, lo que ameritaba un gran movimiento de caderas, saltos y giros. Me acerqué más a Rose y con una entretenida provocación la invité a que se acercara a mí. Con su rubia cabello comenzó a jugar, moviéndose hacia abajo con el trasero bien parado.
—Extrañaba fingir lesbianismo contigo —me dijo al oído.
—Si Emmett nos ve seguramente nos mata —le comenté entre risotadas. Imaginar su rostro era formidable.
—De seguro se está imaginando las locuras que estoy haciendo con su bella y pequeña hermana.
El ritmo se acentuó y las personas comenzaron a exclamar y a aplaudir. Choqué mis caderas con ella y la toqué desde las piernas hasta la cintura, notando que un par de chicos se quedaba mirándonos.
—Como en los viejos tiempos —me susurró al oído y luego me besó la mejilla.
Me di la vuelta y le bailé, moviéndole el trasero de lado a lado. Como había nacido con una porción bastante generosa, el trabajo resultaba fácil. Me volví a ella y me crucé con sus piernas entre las mías, volviendo a acercarnos.
Busqué con la mirada a Edward, deseando que estuviera viendo cómo una chica joven disfrutaba de lo que era, precisamente joven y libre. Hasta que lo encontré, disfrutando de lo que parecía ser un whisky, mirándome con total concentración. Sonreí y quise mostrarle la lengua. Me volví a Rose y seguí con mi lésbico baile, enviando a Edward nuevamente al demonio.
Tenía el cabello pegado al cuello y el corazón latiendo a mil por hora.
Nos acercamos a nuestra mesa, donde pudimos ver a Alice y Edward con unas cuantas copas ya en su cuerpo.
—Nuestro invitado está generoso hoy —nos comentó mi futura cuñada, señalando hacia las copas que se encontraban para nosotras.
Enarqué una ceja y tomé el líquido de color… ¿durazno? No supe identificarlo. Me llevé el popote a los labios y me bebí la mitad de un solo trago, enloqueciendo a mi lengua con la dulzura de lo que, supuse, era un Orgasmo.
—Tenga cuidado, Isabella, no vaya a emborracharse.
Me senté de golpe en el sofá, justo frente a él. Me crucé de piernas para que parte de mi apretada falda se subiera.
—Ja. Bella jamás se emborracha, eso tenlo por seguro —le dijo Rose, que ya tenía medio vaso también en su cuerpo—. Yo siempre —se apuntó con entusiasmo.
—Agradecería que dejara de tratarme con tanto respeto —le pedí a Edward. Tanto formalismo saliendo de sus labios me resultaba desesperante.
—Podría decir lo mismo de usted —respondió, llevándose el whisky a los labios.
Entrecerré los ojos y le sonreí con poderío.
—Acostumbro a tratar a la gente más madura con todo el respeto que mi querido padre me inculcó.
Aquello cayó nuevamente como balde de agua fría a su impenetrable y sereno semblante. Me sentí triunfar otra vez.
—Pero si gusta puedo tratarlo de "tú" —musité, llevándome nuevamente el popote a los labios.
Edward no me respondió, simplemente sonrió.
—¿Cómo es eso de que no te emborrachas? —inquirió Alice con diversión.
—Tengo un aguante de aquellos. —Soné orgullosa de mí misma—. No suelo emborracharme nunca, puedo beber todo lo que quiera sin dar espectáculos penosos como mi rubia amiga. —Vi cómo Rose abría la boca, indignada por mi comentario.
—Deberían hacer una competencia ustedes dos —apuntó mi futura cuñada, mirándonos a Edward y a mí.
Él elevó su vaso y me guiñó un ojo. Hijo de puta, se veía aún más guapo con esos guiños asquerosamente coquetos saliendo de su bonito rostro.
—No me digas que también eres una roca dura de emborrachar —le dijo Rose al cobrizo.
—Durísima —respondió—. Pero bueno, salud por la futura novia, por tu futuro trabajo y por la maldita convalidación de tus estudios —añadió, chocando su copa con la de su sobrina.
—¡Sí! La maldita convalidación. ¡Salud! —Ella se llevó su mojito a los labios y bebió de golpe todo lo que pudo aunque a decir verdad, parecía no tener mucho aguante con el alcohol como nosotros.
Un chico joven se le acercó y con algo de timidez le preguntó si quería bailar. Alice simplemente sonrió y asintió.
—Prometo no engañar a mi bello Jasper, ¡lo juro! —exclamó antes de marcharse.
—¡Le comunicaré todo, tenlo por seguro! —bromeó Edward con otra de sus sonrisas sinceras.
Debía confesarlo. Solía verse mucho más atractivo cuando brotaba aquel lado que, quizá, no conocería nunca: su cariño. Era una sinceridad que podía ver en sus ojos.
—Bien, muñeco, creo que hay suficiente confianza para que esto ocurra, así que ven a bailar conmigo. —Rose tomó a Edward de la mano y tiró de él para irse a la pista de baile.
—¿No tendré problemas con Emmett? —inquirió él con una sonrisa divertida.
—No si Bella se queda callada —le respondió mirándome.
—Supongo que ambos pueden optar por un momento de soltería, yo me quedaré completamente callada. Con permiso —musité, levantándome del sofá y sin esperar alguna reacción de ellos.
Me fui caminando entremedio de todos los que bailaban, bebiendo de otro Orgasmo.
—Tienes un excelente nombre para ser un trago simplemente dulce —dije, mirando la larga copa oblonga vacía—. Los orgasmos no son dulces.
Me metí al baño, que estaba terriblemente lleno, debía ser una fila inmensa que, al menos, tomaría 20 minutos en darle un espacio en cada cubículo a las más de 20 chicas que esperaban afuera. Cuando acabé vi a lo lejos a Rose bailándole a Edward de forma un poco indecorosa, algo que siempre hacía. Sabía que mi amiga no era capaz de engañar a mi hermano, menos en mi presencia (aunque fingiese no mirar). Pero Edward si era capaz de faltar por completo a todos los compromisos.
Bufé, estaba comenzando a molestarme conmigo misma. ¿Por qué simplemente no lo mandaba al demonio?
Alisé mi ajustada falda y me concentré en el pequeño tajo que había a un lado, caminando hacia la pista de baile para que parte de mi muslo pudiese verse y tentar a algún chico hambriento de diversión. Me dispuse a bailar en medio de todos, sin temor por mi soledad, simplemente observando las luces que a ciertos momentos daban contra mi cara y la de los demás, la música electrónica que iba a aumentando su ritmo de vez en cuando y los ligeros empujoncitos que me daban algunos.
—Hey, te vi bailar con esa chica hace un rato. Debo admitir que lo haces bastante bien —me susurraron al oído.
Sonreí de inmediato. Por supuesto que no podía faltar una oportunidad para Bella Swan.
Me di la vuelta y lo miré en medio de la ligera oscuridad. Era un chico guapo, de cabello ligeramente en puntas y desordenado. Tenía unos ojos interesantes y muy pendientes de mí.
—Me lo han dicho muchas veces —le confesé con una mirada algo arrogante. Eso, lejos de alejarlo le hizo acercarse aún más.
—¿Cómo te llamas?
Pensé en un nombre divertido, algo que distase de mí.
—Bree —le respondí.
—Bien, Bree, soy Riley.
—Es un gusto, Riley —le dije.
Con mis dedos caminándole por el pecho me aferré a él para comenzar otra sesión de baile. A Riley parecía divertirle que en la mayoría del tiempo yo tomase la iniciativa de cada uno de mis actos, pero eso era lo que me gustaba, ser la dueña de mis propias acciones. Pero no era estúpido, en cuanto tuvo la oportunidad comenzó a tocarme, no de manera explícita, sino de una manera bastante decorosa, casi respetuosa.
Vi a Edward desde el otro lado de la pista. Ya no bailaba con Rose, estaba con otra chica, pelirroja, linda delantera y adorables movimientos.
—Hijo de puta —susurré, dándome la vuelta para no mirarlo.
—¿Qué has dicho? —inquirió Riley, apegando su pecho a mi espalda. Su aliento me daba a un lado de la cara, olía a ron y quizá cerveza. Seguramente ya debía estar un tanto ebrio.
—Nada —contesté.
Entonces me di cuenta que Edward también me había encontrado. Me miraba atentamente bailar con el chico que me tenía fuertemente aferrada desde el vientre, jugueteando con su pelvis entre mi trasero y la longitud de mi espalda, con su mano a punto de tocar el final de mis senos. Le sonreí e incluso fui capaz de guiñarle un ojo. Volví a darme la vuelta, solo para no ser testigo de su intensa mirada, tan intensa que lograba inquietarme.
—Eh, Bree, podríamos salir un momento, ¿qué te parece? —dijo, rozándome la oreja con sus labios.
Ya sabía a qué se refería. Salir por la puerta trasera y tener sexo en medio de las bolsas de basuras. Parecía un panorama alucinante para una prostituta, no para mí.
—Quizá después —contesté.
Edward tiró de aquella chica hacia algún lado, quizá para disfrutar a escondidas de unos cuantos besos y algo más. Sentí un atisbo de ira recalcitrante en mis entrañas, lo que por supuesto intenté desechar. Qué hiciera lo que quisiera, a mí qué me importaba.
Enceguecida comencé a bailarle a Riley, lo único que tenía en mente era quitarme a Edward de la cabeza. Lo había intentado tantas veces desde que lo vi por primera vez fuera del crucero, que ya estaba encolerizada conmigo y con él, por simplemente existir en mi vida.
Entonces Riley tomó ventaja del asunto, dando besos intensos en mi cuello, queriendo llegar a mis labios. Estaba claro que no iba acceder, no con un borracho.
Alguien tocó a su hombro. Él se giró y yo ladeé la cabeza para poder observar. El aire se salió de mis pulmones al ver que era Edward, mirando a Riley de manera fija, y luego mirarme a mí como si quisiera controlarme.
—Amigo, disculpa, ¿puedo llevarme a la chica? Gracias —exclamó, tomando mi mano para llevarme a su lado.
—Bree, podrías darme tu número… —comenzó a decir, pero Edward simplemente tiró de mí para adentrarnos aún más a la masa de personas que bailaba al ritmo de un remix de Depeche Mode.
—¿Qué demonios fue eso? —le pregunté en voz alta, en medio de la fuerte música.
Me solté de su mano y me crucé de brazos frente a él, esperando una respuesta.
—Así que ahora eres Bree —me dijo con los ojos entornados. Otra vez tomaba esa postura madura, como si quisiese corregirme.
—¡Ash! —gruñí—. Solo quiero divertirme, ¡no pienso dar mi verdadero nombre en medio de tanto desconocido!
—¿Divertirte de esa manera? —me preguntó.
—Esto hacemos los jóvenes, ¿lo ves, Edward? Tengo 25 años, estoy soltera, ¡es sábado! Creo que la edad comenzó a hacerte muy aburrido —lo molesté.
—Eres una chica mentirosa —murmuró—. Al menos yo conocí tu verdadero nombre, Bree me parece un nombre bastante barato. A propósito, parece ser que tu nuevo tema favorito es reírte de mi madurez. Me pregunto cuándo vamos a reírnos de tu inmadurez.
Rechiné los dientes y me di la vuelta para marcharme de su lado, no iba a permitir que siguiera con sus mierdas. Pero él insistió en tenerme a su lado, tirando otra vez de mí para que regresara. Choqué con su pecho, teniéndolo a solo centímetros junto a mí. Nuevamente volví a sentir el aroma de su perfume y me sentí tentada a él.
—Te tornaste una chica escurridiza.
—Solo quiero ir a divertirme. Ve con esa chica, debe estar esperándote.
Se largó a reír para luego lamerse suavemente el labio inferior.
—Baila conmigo —me susurró al oído, ignorando mi comentario anterior.
Sentí una electricidad recorrerme de pies a cabeza. Esa maldita electricidad… Mi respiración se aceleró.
—¿Estás seguro que quieres bailar conmigo? Soy una chica mentirosa —dije—. No, espera, una chica muy inmadura y muy mentirosa.
—¿A qué le das vueltas, Bella? ¿A qué le tienes miedo? —murmuró, llevando su mano con poderío a la parte baja de mi espalda, solo centímetros y podía aferrarse a mi trasero.
¿A qué le tenía miedo? Ja. A todo lo que me provocaba. Edward no debía volver a mi vida, pero simplemente estaba aquí, en otro contexto, en una realidad tan palpable, mía, a centímetros de Alice. ¡Alice!
—¿No temes que Alice nos vea? —Eludí su pregunta, era imposible contestarle sin dejarme en manifiesto, y eso era la peor de las vulnerabilidades.
—Ella fue al baño, le tomará mucho tiempo siquiera salir y vernos. Rosalie, por cierto, está más preocupada de evitar que ese tonto la bese. ¿Alguna excusa más que quieras usar? —La seguridad con la que simplemente podía decirme algo así hacía que parte de la mía se fuese al desagüe.
Me puse a mirar entre la gente hasta encontrar a Rose, que efectivamente intentaba evitar a un chico muy cariñoso.
—No le has quitado el ojo a ninguna, pareces tener todo bajo control.
—Tengo que hacerlo. Son guapas. Ni Emmett ni Jasper me perdonarían que algo ocurriese.
—Es bueno ser la única sin tu estricta vigilancia.
—Es a ti a quien más he tenido bajo mi atención, Isabella. En este momento hay 3 pares de ojos atentos a ti, probablemente muy deseosos por pasar una noche contigo, como tu amigo Riley a quien, a propósito, estuve a punto de interrumpir mientras te tocaba. ¿Esto es lo que acostumbras a hacer?
Miré hacia otro lado, sintiéndome algo avergonzada por haber intentado eludir a Edward con un desconocido de manos largas.
—No tengo por qué darte explicaciones de lo que hago, Edward, yo no te las he pedido a ti mientras hacías lo mismo con esa pelirroja. Bonito escote, por cierto —dije con sequedad.
Volvió a reírse, lo que aumentó enormemente mi enojo.
—Entonces ¿eso es lo que quieres para permitirme bailar contigo y ser la envidia con todos esos imbéciles que quieren tocarte? Bien, Isabella, no acostumbro a besarme ni a acostarme con chicas en discotecas, si es lo que te mantiene tan reacia a aceptar una inocente propuesta como la mía, menos aún con Alice por aquí. Y, para aclararlo, no estuve muy pendiente de ella.
—¿Por qué?
Sonrió y me atrajo hacia él. Respiré su aire. Aguanté las ganas de cerrar los ojos de deseo.
—Porque tenía mi atención en ti —me respondió.
Apreté mis manos con fuerza para mantenerme en la realidad. Dios mío, no otra vez.
—¿Esa era la respuesta que querías? —me susurró.
No podía engañarme a mí misma, la respuesta era clara.
—Baila conmigo, quiero volver a ver en acción a esa caja de sorpresas llamada Isabella.
Sonreí con sinceridad. Cuando decía que era una caja de sorpresas era imposible que no sintiese aquella vibración en mi estómago.
En ese momento comenzó a sonar Hotline Bling de Drake. Sentía que era mensaje perfecto para que aceptara, sabiendo que era jugar con mi propia salud mental.
Puse mis manos suavemente en su pecho, tocando la extensión de su camisa, ingresando por los huecos de su blazer.
—No te tengo miedo si es lo que crees, Edward —le dije.
—Entonces demuéstramelo.
Sabía que estaba mal, que no podía hacer esto, pero me gustaba tanto tocarlo que no hice caso a los consejos sabios de mi cerebro.
Me di la vuelta para darle la vista de mi trasero y espalda. Jugueteé con mis movimientos, buscando tentar la juguetona mirada de él. El movimiento de mis caderas parecía ser un espectáculo que lo puso ansioso, porque podía notar el claro intento por evitar tocarme a pesar de lo mucho que quería hacerlo. Quería jugarle con la misma moneda, tentarlo, porque eso era lo que estaba haciendo Edward y no podía quedarme atrás.
El ritmo de Hotline Bling resultaba perfecto para mis movimientos, mi tentativa incipiente y deseosa. Me giré para contemplarlo y le pedí entre gestos que me tocara, aún cuando eso no debía suceder. Edward apretó mis caderas para que parte de nuestras pelvis pudieran acercarse. Acaricié la extensión de sus brazos, notando la tensión que había en sus músculos, como si una parte de él también intentase resistirse.
Pero no lo hizo. Edward no era de los que se resistía.
Tomó mi mentón con sus dedos y me besó, mordiendo mi labio inferior en el intento. Mi ansiedad me hizo besarlo también, buscando su lengua y las caricias de su piel. Dios mío, lo sentía adueñarse otra vez de mi cordura. Edward me estaba besando, yo también y no podíamos parar.
Hasta que lo hice, dándome cuenta del grave error que habíamos cometido. Esto no podía pasar, ¡simplemente no podía pasar!
—¡No! —exclamé, dándole un bofetón en la mejilla, con toda la cordura que me quedaba.
Tenía la respiración agitada y Edward también.
—¿Por qué demonios me has besado? —le pregunté volviendo a encolerizarme—. No tenías ningún derecho.
—Isabella… —comenzaba a decir, tocándose el rostro.
—No, ¡no tenías por qué!
Volví a recordar lo que había pasado en el crucero, el mensaje que vi, su forma de tratarme en la cocina de mi padre, o aquí, riéndose de mí por un par de mentiras ridículas que había tenido el error de cometer con él en el crucero. Y yo, tan estúpida, dejándome llevar.
¿Cómo no comprendí que, una vez que volviera a probar sus besos, no había escapatoria?
—Estás muy equivocado si crees que para mí lo nuestro significó algo.
Sus ojos dieron un fulgor, no supe identificar de qué, pero de pronto se largó a sonreír como siempre lo hacía. Una arrogancia abismante salió de él, levantando un tanto la barbilla y manteniendo una postura que se tornó tan distante como frívola.
—Me has demostrado todo lo contrario. Tu cuerpo reacciona de una manera notablemente observable para mí, Isabella. Resultaste ser bastante cobarde, evitándome…
—¡Prefiero evitarte a tener que rogar tu atención en un miserable mensaje de texto!
Sus ojos se abrieron, comprendiendo lo que acababa de decir. Sí, de seguro se había dado cuenta que ya sabía lo comprometido que se encontraba.
—Isabella…
—¡Déjame en paz!
Me escabullí sí, como una cobarde, metiéndome entre el gentío de personas ajenas a lo que acababa de ocurrir. No esperé encontrar a Alice ni a Rosalie, solo caminé y caminé hasta encontrar la salida principal. El aire ligeramente helado de afuera solo hizo que mi cabeza se tornase un huracán y que mis ya tensos músculos se convirtiesen en piedra.
Escuché que alguien me llamaba, pero entonces comencé a correr hasta llegar a la esquina y tomar el primer taxi que encontrase. Afortunadamente no tardé en encontrar uno.
Dentro y mirando hacia la ventana, repasé cada una de las cosas que habían ocurrido hace tan solo minutos. Me recargué en el asiento, profundamente arrepentida por haber reaccionado así y por haberlo besado.
¡Maldita sea! Besarlo era una perdición, lo sabía. Una vez que probase sus labios nuevamente no había salida porque, a pesar de lo enojada que estaba, aún quería volver y besarlo con fiereza, y permitirle que volviese a hacerme suya de todas las maneras que pudiésemos.
Estaba perdida.
¡Hola! Traigo actualización para ustedes. ¿Qué les ha parecido? Fue una noche en donde definitivamente los caminos se trazaron para ambos, Bella jugando a molestarlo y Edward jugando también a sacarla de quicio. ¿Saben qué es lo peor? Que jugar con fuego definitivamente quema. Ahora Bella lo sabe, ¿qué creen que hará luego de este beso que le dio giros a su mundo?
¡Gracias a todas por sus comentarios, chicas! Los estoy leyendo y espero poder responder pronto
Atentas al grupo de facebook, puede caer una sorpresa de un momento a otro
Cariños a todas
Baisers!
