NdA: gracias a Kaith Jackson por el beteo y a LittleGiant, -el nuevo y molón administrador de Haikyuu DF en Facebook-, por recomendar el fic en la página :D

Pasaos al final del capítulo por las notas. Quiero haceros tres consultas. Las que me tenéis en Facebook no hace falta que os pronunciéis sobre las dos primeras, porque ya sé vuestra opinión :3


X.

Oikawa no se considera exactamente fatalista, pero francamente, hay tantas cosas que pueden salirle mal en el examen de conducir -taxistas suicidas, carreras ilegales, persecuciones policiales con fuego cruzado, secuestradores en furgonetas blancas- que le sorprende estar tan tranquilo antes de subirse a la moto con el examinador.

Lo ha visto sin casco y tiene una verruga marrón en la punta de la nariz y cara de pocos amigos, así que Oikawa procura reprimir las ganas que tiene de hacerle saber que se ha tomado muy en serio sus prácticas, porque no quiere caerle pesado y porque cabe la posibilidad de que el buen hombre capte el olor a brandy en su aliento, y eso podría complicarle un poco el asunto.

Meyko le ha jurado y perjurado que nadie va a notarlo, que solo es un chorrito mezclado con zumo de mango, que ella aprendió a conducir camiones de extranjis con diecisiete años gracias a su padre y una vez supo manejarlos, sacarse el carnet para coches fue pan comido. Precisamente había sido su monitora de autoescuela la que le había aconsejado lo del brandy, para aplacar los nervios.

Voy a estar bien, voy a estar bien, voy a estar bien.

Si Iwa-chan se enterase lo crucificaría en tres prefecturas distintas. Ojalá tuviese la misma empatía con Oikawa que el resto de ex-presidiarios que le contestaron con toda la educación del mundo al hilo que abrió en el foro de Crímenes y cómo cometerlos: la comunidad. Todos habían coincidido en que aunque lo interceptasen en un control de alcoholemia, la dosis de alcohol ni siquiera le valdría una sanción administrativa.

Así que ahí está, con su camisa de Football Galaxy de la suerte y el cuerpo templado; cien por cien lucidez y coordinación. Se ajusta la correa del casco y está a punto de apagar el móvil, cuando le llegan varios Lines de Fantabulosos, el grupo que tiene con Makki, Mattsun e Iwa-chan.

–¿Puede esperar? Solo será un segundo –le promete al examinador, que hace un ademán con las manos, como diciendo "vale, venga" y aprovecha para mirar su móvil mientras tanto–. ¡Muchas gracias!

Makki-chan (10: 10)

Mucho ánimo, joven Padawan ´u`

Que la fuerza te acompañe

Mattsun-sun-sun (10:10)

Recuerda que si suspendes invitas tú al almuerzo

Me siento un poco mal amigo, pero ayer reparé la bomba de agua del coche y me quedé pobre, así que pensaba pedir agua para beber y todo, pero si cateas el examen...

´u`

Podríamos pedir taaantos aritos de cebolla~

Iwa-chan (10:10)

Yo quiero pollo agridulce

Oikawa resopla con indignación, escribiendo con los dos pulgares. ¿Es que no pueden darle alas sin más ni en un momento tan histórico como ese? Y encima Iwa-chan se sube al carro de "vacilemos a Oikawa cuando necesita amistad desprendida".

Ya le vale. Esa se la piensa cobrar.

Y yo quiero unos amigos desinteresados y cariñosos /o/ solo estáis conmigo por mi dinero :(

Makki-chan (10:11)

Yo estoy contigo porque eres el único que hace interesantes las torneos a cuatro en el SingStar (L)

Oikawa supone que eso le vale como muestra de apoyo incondicional. Le manda tres corazoncitos con una flecha incrustada a Makki -Oikawa espera que Mattsun e Iwa-chan capten que no va para ellos, que son ruines y avariciosos y solo piensan en cebarse a su costa- y se dispone a salir del Line de una vez por todas, antes de que el centenar de almas cándidas que le han deseado suerte se ofendan porque Oikawa no les conteste estando conectado.

Iwa-chan (10:12)

Oye

Tú puedes, ¿vale?

No te lo iba a enseñar hasta esta tarde, porque es una tontería, pero Yuki me ha obligado a mandarte una foto

(imagen)

ES UN COLGANTE DEL HALCÓN MILENARIO. Oikawa tiene que acudir a todo su autocontrol para no dar un saltito. Yace en un paquetito transparente que combinado con el flash de la cámara dificulta un poco averiguar lo que es a primera vista, pero es el Halcón Milenario, no hay duda. Está sobre lo que Oikawa distingue como uno de los tres edredones que Iwa-chan se llevó a la residencia; el negro que pone "sé feliz con lo que tienes mientras trabajas por lo que quieres" en rojo bermellón.

Iwa-chaaaaaaan (L) (L) (L) (L)

No sabía que necesitaba ese colgante hasta que me lo has enseñado ;W;

Iwa-chan (10:13)

Exagerado

Vete ya, bobo, a ver si el examinador te va a coger manía

Y si no apruebas olvídate del collar

Oikawa lo quiere tanto en ese momento que no puede evitar responderle:

¿Y si suspendo no vas a darme nada?

Estaré como supertriste y me cuestionaré mis habilidades

Necesitaré muchos Halcones Milenarios para recuperarme del fiasco :´(

Iwa-chan (10:14)

Señor, mira que eres víctima

Qué cruz

¿Te vale una maratón de Star Wars?

Oikawa quiere decirle que no es justo que sea tan asquerosamente genial, y que hace tiempo que entiende por qué cuando estaban en el Aoba Johsai los de primero lo miraban como si quisieran ser como él de mayores. O comerle la boca, Oikawa no está seguro de en qué punto la admiración muta y se convierte en sentimientos más turbios.

Pero es que en serio, Iwa-chan es tan apto para todos los roles sociales. Sería el hermano mayor responsable, el padre recto, el amigo fiel. Y quizá. Bueno. Oikawa está convencido de que no lo está idealizando en ese sentido. Sabe que Iwa-chan no ha estado con muchas chicas, siempre ocupado con el vóley y con los estudios y con él, y que las pocas con las que ha estado tampoco lo han hecho un experto, porque a ellas les imponía una barbaridad y él no quería ir demasiado deprisa.

Apenas piensa en la teoría mientras conduce. Tiene interiorizadas las señales de tráfico y cómo debe reaccionar ante ellas, y debería tener sus cinco sentidos puestos en unificar sus conocimientos con su destreza al volante, pero no puede dejar de pensar en Iwa-chan. Iwa-chan tocándolo bajo la camiseta. En cómo sería acostarlo sobre la cama y besarse con él mientras embiste un poco contra sus piernas, los dos vestidos y calientes y deshumanizados.

Últimamente piensa en él casi tanto como piensa en vóley, como los cocainómanos piensan que necesitan su dosis diaria de veneno mordiéndoles las venas y la entereza. Es francamente terrible y frustrante, porque al vóley Oikawa puede jugar todos los días y desquitarse a gusto, hasta que los músculos se reblandecen y se le llenan de cristales de azúcar quemado que le aguijonean la espalda y las piernas por la mañana.

Pero a Iwa-chan no puede tenerlo todos los días. No físicamente. Ni mucho menos. Y cuando lo tiene necesita más. Y a lo mejor Oikawa no es la persona más sincera del mundo, pero puede reconocerse por lo menos eso. Que incluso cuando se propuso no hablarle durante la semana más larga de su vida pensaba en sus rodillas a los lados de la cintura de Iwa-chan, las manos metidas en su pelo.

Cuando Phil Collins compuso "Lo extraño que soy" seguramente tenía en mente una historia como la de ellos dos. Y Oikawa nunca se ha imaginado a nadie protagonizando las canciones que le gustan, así que supone que es más grave todavía de lo que temía, porque no para de ver a Iwa-chan en cada canción, de imaginarse una especie de sinopsis a juego con la melodía, con secuencias y fotos de ellos dos que jamás se han sacado pero que deberían tener, porque en su mente son bastante bonitas.

Al aparcar en el vado que le indica el examinador, solo sale de su ensimismamiento porque el aire vuelve a darle en la cara.

Las bocinas de los coches son sonoras y el hombre lo ajusticia con dos palabras.


–¿Y bien? –pregunta Iwa-chan con ansiedad, los cuatro sentados en torno a una mesa diminuta, coronada por un mantel de papel azul.

Han decidido ir a uno de esos sitios pequeñitos de tapas, en los que pides y das un nombre para que te llamen por el altavoz y vayas a buscar la comanda tú mismo, porque abre un mundo entero de posibilidades para ridiculizarse entre ellos.

–Supongo que Mattsun estará de enhorabuena –musita Oikawa, sorbiéndose la nariz.

–Lo sien... –empiezan a decir los otros tres, el gesto verdaderamente afectado, pero Oikawa levanta la mano para que guarden silencio.

–Estará de enhorabuena, su organismo va a librarse del exceso de grasas saturadas –dice, sin poder ocultar la risa ni un minuto más. Extrae de la mochila el símbolo verde y amarillo que representa en Japón al conductor novel–. Dile hola al agua embotellada y confórmate con una de aritos de cebolla, Mattsun, porque HE APROBADO y tú te quedas sin refresco rellenable. –Le saca la lengua y le hace una pedorreta antes de explotar en una carcajada que le recorre de pies a cabeza.

Mattsun no tarda en echársele encima, buscándole la cintura para bombardearlo a cosquillas.

–Oikawa, ¿cómo puedes jugar así con mis sentimientos? –se lamenta mientras Iwa-chan rodea la mesa para darle un capón.

–Porque es lo peor –gruñe Iwa-chan, visiblemente aliviado a pesar de sus palabras.

–Qué pronto te han dado la pegatina, ¿no? –comenta Makki, examinándola a contraluz–. Normalmente tarda unos días en llegar.

–Es que por lo vis-, ¡Mattsun, ya vale! Por lo visto mi monitor le habló muy bien de mí al examinador, y ya contaban con que aprobaría, así que la tenían prep- ¡no, Iwa-chan, tú también nooo!

–Ah, entonces ha sido lo de siempre –suspira Makki, abriendo la escueta carta del pub, forrada de plástico parcialmente levantado por las esquinas–. Te los has metido en el bolsillo con tu carita de Zac Efron en High School Musical y te ha salido la jugada redonda. –Apunta con boli en la hoja que van a usar para pedir el número 134, que es el de las patatas rizadas–. Nada nuevo bajo el sol.

–¡No me parezco a Zac Efron! –masculla Oikawa casi sin aire.

–Es verdad –secunda Mattsun, retorciéndole un pezón con fuerza–. Él era superenrollado con su colega afro, y tú eres un capullo con nosotros.

–¡Iwa-chan, haz algo! –chilla Oikawa, porque ese último pellizcón ha dolido que no veas, y le da igual que la gente los esté empezando a mirar con desaprobación y que Iwa-chan se haya compinchado con Mattsun. Está desesperado y no le importa recurrir a su última carta–. Por favor, Iwa-chan, dile que me deje.

Sabe que ha funcionado probablemente incluso antes que Iwa-chan. Afloja la presa sobre los brazos de Oikawa y pestañea una vez, con lentitud. Se le agrandan y se le redondean las pupilas y Oikawa nota cómo se llena de serenidad e instinto protector por dentro, y eso último le hace estremecerse.

Me encanta.

–Vamos a pedir ya, ¿os parece? Que nos dan las uvas y Oikawa y yo tenemos clase por la tarde –sugiere Iwa-chan. La voz ligeramente distinta, más baja e imperativa. Tajante–. ¿Hacemos lo de siempre?

Lo que quieras, Iwa-chan. Lo que tú prefieras.

–Venga –aplaude Oikawa. Carraspeando. Parte una servilleta en cuatro trozos y le roba el boli a Makki–. El que saque el del círculo tiene que ir a buscar la comida. Toooda la que pidamos, refrescos rellenables incluidos. –Sonríe, y se hace un ovillo para que ninguno de los otros tres pueda ver a qué papel va a hacerle una marca.

–A ver si te va a tocar a ti, por espabilado –le dice Iwa-chan. Divertido.

–No puede ser. A mí me tocó la otra vez.

–¿Y?

–Pues que si salgo de nuevo no vale, ¿no?

–Pues claro que vale –apunta Makki, haciendo tronar sus nudillos–, nunca hemos dicho nada de que no sea válido si le toca al mismo dos veces consecutivas.

–Ah.

Oikawa no está preocupado. Su horóscopo del mes de octubre dice que va a tener suerte en los juegos de azar, después de todo. No tiene nada que temer.

Meten los papelitos doblados en un cenicero limpio y Mattsun les da un par de vueltas. Lo coloca en el centro de la mesa.

–Coged uno a la de tres –advierte–. Uno... dos... ¡tres!

Oikawa se desinfla un poco cuando Makki cuela los dedos entre los suyos y coge el papelito que tenía acechado. Se siente como en esas carreras de piraguas en las que tienes que ir corriendo y subirte a una de las que hay en la ribera, pero cuando le pones la mano encima descubres que alguien ha elegido la misma que tú y se te ha adelantado.

–Salvado –sonríe Mattsun al plisar su pedacito de servilleta–. ¿Quién de vosotros va a ser el afortunado?

–Yo –suspira Iwa-chan, para consternación de todos los presentes. Muestra su fragmento de papel. Un punto azul y amorfo adorna el centro.

Oikawa mira a Mattsun y a Makki sin poder creérselo.

Es... demasiado genial para ser verdad.

–Iwa-chan, tenemos que deliberar –dice Oikawa, erigiéndose como portavoz–. Date una vuelta por el baño o algo.

Iwa-chan no opone resistencia. Arrastra la silla y se mete las manos en los bolsillos. Siempre se cabrea cuando Oikawa patalea para que repitan el sorteo, y apela a la honorabilidad de las normas y a la madurez y a cómo debe comportarse un hombre.

–No os paséis mucho. –Es lo único que dice antes de emprender el camino hacia los servicios de caballeros.

Cuando vuelve ellos ya han pedido y dado un nombre en el mostrador.

–No es porque haya sido idea mía, Iwa-chan, pero te va a encantar –le asegura Oikawa. Sonrisa maliciosa idéntica en tres de las cuatro caras.

–A lo mejor me encanta tanto que me entran ganas de partirte la cara.

–O de darme un abrazo.

O un beso.

–Eso no me haría sentir realizado.

Ja. Eso lo dice porque no lo ha besado nunca.

El muy creído.

En ese momento, la voz de una señora de mediana edad resuena por los altavoces del garito.

Iwaizilla, acuda a recoger su pedido al mostrador número tres. Muchas gracias.

Iwa-chan respira hondo. Va a sacar el tupper de la pequeña mochila de cuero marrón en la que se ha traído la cartera, las llaves, las gafas de sol y el colgante de Oikawa, cuando lo ve reírse a pleno pulmón y decide que no puede aguantarse las ganas de zurrarle.

Echa a correr alrededor de la mesa antes de que Iwa-chan dé un solo paso en su dirección. Mattsun y Makki se encogen sobre el tablero para no obstaculizarlos, con sendas sonrisas ladinas.

¿Iwaizilla? –vocifera Iwa-chan, intentando pescarlo con la diestra–. ¿En serio? Ven aquí y dímelo a la cara, basura.

–Pensamos que te haría ilusión –confiesa Makki, esquivando el bandazo que Iwa-chan trata de asestarle con el brazo al pasar tras él.

–Ahora ya no puedes hacer nada –ríe Oikawa, dando vueltas y más vueltas. El pelo flotando alrededor de sus mejillas sonrosadas por las risas que se ha echado con Mattsun y con Makki momentos atrás. Iwa-chan parece no entender cómo Oikawa no se marea, porque él está empezando a pisar en falso en las curvas más cerradas–, todos te hemos cambiado el nombre en la agenda de contactos, y deberías hacer lo propio con tu cuenta de Instagram, porque acabamos de subir una foto de la hoja de la comanda con tu nuevo apodo y te hemos etiquetado, Iwaizilla. Incluso podrías ponértelo entre paréntesis en Facebook.

Esa última sarta de despropósitos es la que le da alas para ganar velocidad y agarrarlo de la muñeca. Por el rabillo del ojo, Oikawa lo ve subir la otra mano para darle un capón de los duros, y decide poner en práctica otra de las estrategias en las que ha estado pensando durante los últimos días.

Se deja atraer por la muñeca, sin parar de reír, apoyando la espalda en su pecho y la cabeza sobre su hombro. Procura no cantar victoria tan pronto, pero le cuesta horrores tragarse la sonrisa triunfal cuando Iwa-chan se descoloca, seguramente por tenerlo tan cerca de pronto.

–¿Te rindes? –pregunta Iwa-chan, jadeando. La barbilla contra la mejilla de Oikawa.

Oikawa prueba a darle lo que él cree que bien podría ser el golpe de gracia. Le coge la mano que Iwa-chan ha levantado para pegarle y entrelaza los dedos con los suyos.

Un segundo es todo lo que necesita para darse cuenta de que le gustaría poder hacer eso todos los días. Darle la mano a Iwa-chan. En medio de la calle, en casa, en la cancha; durante minutos, mucho más que el choca-esos-cinco de siempre, tan ellos y tan insuficiente, ahora que Oikawa lo piensa. Iwa-chan tiene durezas en la cara interna de las manos, justo igual que él, pero el resto de su piel es suave y desprende ese calor que necesita uno para vivir; como de cosas que respiran y reconfortan.

A Oikawa siempre le ha gustado darle la mano a las chicas, con su agarre suave y mimoso, pero nunca ha acabado de entender ese orgullo que emite destellos dorados desde sus ojos cuando caminan junto a él. Hasta ahora. Ahora se imagina a Iwa-chan donde antes siempre ha habido una chica y se le encoge el estómago, porque no sabe si está preparado para que la gente los mire y vea que hay un punto en el que sus dedos se mezclan, y sepa que Iwa-chan está con él.

Tal vez Oikawa no pegaría mucho a su lado. Quizá saltaría a la vista que algo va a salir mal entre ellos, como cuando un millonario se casa con una conejita Playboy y todo el mundo parece tener claro que la cosa va a hacer aguas tarde o temprano, como si las personas solo pudiesen enamorarse de alguien con su mismo nivel económico, o de su misma edad. A lo mejor resultaría increíble que alguien tan equilibrado, respetable, fuerte -en todos los sentidos- y alucinante como Iwa-chan saliese con... bueno, con él.

A Oikawa le parece que podrían hacerlo bien, porque son muy distintos, sí, pero siempre coinciden en lo básico, y puede que solo con eso baste. Se turnan para animarse cuando el otro tiene ganas de irse a dormir para no volver a despertarse, les gusta esa gama de geles de ducha con aromatizante de golosinas que ha salido en verano, opinan que el feminismo es beneficioso para ambos sexos, aborrecen todo lo que lleve la firma de Woody Allen y en fin, se quieren. Oikawa sabe que Iwa-chan lo quiere, y aunque es consciente de que él también, hace semanas que está cien por cien seguro de que lo quiere; de esa forma de la que los hombres se sienten afortunados en primavera, cuando un par de labios en concreto los besan y les dicen "oye, te quiero a morir, compremos manzanas caramelizadas y comámoslas mientras vemos una puesta de sol".

¿Te rindes?

–Incluso yo me rindo a veces, Iwa-chan –admite Oikawa, terriblemente cómodo entre sus brazos–. Pero solo ante ti.

Podría besarlo, pero no va a hacerlo. Y no porque estén rodeados de gente ni porque a Mattsun y a Makki se les vaya a desencajar la mandíbula de un momento a otro -de hecho, Oikawa ha pensado en ello alguna que otra noche. En Makki y Mattsun mirando mientras ellos se besan sin parar. También ha buscado en Google para asegurarse de que no es enfermizo que la perspectiva le parezca interesante, cuanto menos, pero solo ha encontrado testimonios de gente a la que le mola montárselo en el metro, así que se conforma con pensar que cosas más raras se han visto-.

No. Es porque a pesar de que le está dejando muy claro lo que quiere a Iwa-chan, Oikawa entiende que la última palabra debe ser la suya. Fue él quien le apartó la cara la otra vez, y aunque Oikawa no es lo bastante idiota para intentar convencerse de que fue porque Iwa-chan no quería besarle, le parece justo que sea él quien tome la iniciativa esta vez. Total, a Oikawa no le importa esperar. Tiene toda la vida por delante para esperarlo, a fin de cuentas, y no es como si fuera a aburrirse, porque las miradas incendiarias de Iwa-chan, y la manera de la que se corta súbitamente cuando Oikawa le sonríe con demasiado descaro, y el cuidado con el que lo trata cuando se da cuenta de que le está pellizcando/pegando con demasiada fuerza... todo eso hace que la espera valga muy mucho la pena.

–Oooooh, tíos –dice Mattsun de repente, llevándose la mano al pecho–. Tíos. Sois tan gays. En serio, ¿hay algo más gay que vosotros dos?

–¿El Karasuno? –aventura Makki, que lo observa todo con una sonrisa enorme.

Los contemplan como si estuvieran viendo una aparición.

–El Karasuno no es tan gay –empieza Oikawa.

Por favor –resopla Mattsun–, si hasta sus entrenadores están liados entre ellos.

–¿Oikawa y yo os parecemos gays? –pregunta Iwa-chan con un hilo de voz, parado como un pasmarote junto a la mesa.

Mattsun y Makki se miran con incredulidad.

–¿Es una pregunta trampa, no? –dice Makki–. Tipo, como cuando vas con alguien hacia la orilla del mar y el otro se mete antes que tú y le preguntas que si está fría, pero ya sabes que sí.

–O cuando ves que sale vapor del ramen pero de todas formas le preguntas al que acaba de probarlo que si está caliente –apunta Mattsun–. Es decir, Iwaizumi, nos estás preguntando que si a Makki y a mí nos parecéis gays, pero lo que quieres decir es "¿sabéis que Oikawa y yo somos gays?" –inquiere con la voz un poco raspada, en una imitación bastante fidedigna de Iwa-chan–. Vosotros sabéis que lo sois y nosotros también lo sabemos, ¿por qué nos preguntas algo que ya sabes?

–Ni se te ocurra recurrir a la baza de la presunta heterosexualidad de Oikawa –advierte Makki, levantando la mano para interrumpir la réplica de Iwa-chan–. Tú hace tiempo que no te la crees, y a nosotros nunca nos ha importado mucho a la hora de shippearos.

–A nadie le importa la heterosexualidad cuando tiene una OTP –recalca Mattsun.

–¿Nos shippeábais? –cuestiona Oikawa, maravillado–. ¿Y somos vuestra OTP? ¿Desde cuándo?

–¿De qué estáis hablando? ¿Por qué sabes de lo que están hablando? –intenta Iwa-chan, pero justo en ese momento vuelve a resonar "Iwaizilla" por los altavoces, y tras pensárselo un poco chasquea la lengua y trota hacia el mostrador.

A Oikawa le gustaría ponerlo en antecedentes, pero una parte de él no puede evitar que la pereza lo embargue. A saber la de términos que Iwa-chan no entiende -¿cómo puede ser japonés y no saber lo que es una OTP? Por favor- relacionados con el fandom, y con los que él está más que familiarizado. No en vano leyó su primer fic largo de Naruto a los doce años, cuando todavía pensaba que lo lógico era que Sasuke terminara con Sakura en lugar de con Naruto.

–Os shippeamos desde tiempos inmemoriales –contesta Makki, viendo a Iwa-chan alejarse–. La OTP es la OTP, supongo.

–La OTP es la OTP –secunda Mattsun, y ambos chocan los puños por encima del servilletero–. No por nada nos hemos metido en un montón de peleas por Twitter con tus fans –añade, cabeceando hacia Oikawa–, cada vez que a alguna le daba por escribir un fic en el que te enamorabas de alguna de ellas.

–¿En serio habéis hecho eso por mí?

–Por vosotros –lo corrige Makki–. Nunca desde nuestras cuentas oficiales, pero sí –admite, haciendo hueco en la mesa para que Iwa-chan cuele la bandeja en el centro–. IwaOi_fan, OiIwalover, dorksinlove, Setterandhisace... –enumera mientras le echa ketchup a sus patatas rizadas–... todos esos éramos Mattsun y yo.

–Oikawa y yo no estamos saliendo –dice Iwa-chan con firmeza, dándole un sorbo a su Seven Up.

–Todavía –responden Mattsun y Makki al unísono.

–A nosotros no nos importa que seáis idiotas y estéis esperando a que el otro dé el paso –masculla Mattsun, chupándose el pulgar antes de pescar un nudo de aros de cebolla rebozados–. Eso sí, daos el primer beso con nosotros delante o nos sentiremos ofendidos.

–Altamente ofendidos –aclara Makki, apuntándolos con una alita de pollo bañada en salsa–. Tanto que pasaremos de ser vuestros padrinos cuando os caséis, así que tenedlo muy en cuenta.

–Eso es un poco drástico –opina Mattsun, levemente contrariado.

–Se suponía que habíamos quedado para comer y hablar de tu examen –gruñe Iwa-chan, cruzándose de brazos– y de esos tíos que están yendo a tus entrenamientos a sentarse en las gradas y apuntar cosas en sus respectivas libretas.

–¿Qué tíos son esos? –quiere saber Makki, frunciendo el ceño.

–Los del equipo de Tontikawa creen que son observadores de la sub-21 –explica Iwa-chan, con un deje de petulancia. Oikawa no sabría decir si es porque Iwa-chan se siente orgulloso de él, o porque está satisfecho de haber logrado cambiar el rumbo de la conversación–. Los entrenadores se niegan a soltar prenda, así que algo saben.

–Qué cabrón, te van a reclutar –celebra Mattsun, palmeándole el hombro a Oikawa.

–No quiero hacerme ilusiones –comienza Oikawa, aunque no puede evitar sonreír un montón, porque la perspectiva de jugar para la selección japonesa de vóley es maravillosa, tanto que le da un poco de miedo, porque ha habido momentos en los que ha pensado que cómo iba él a terminar tan alto, que cómo iba una gota del océano a convertirse en una estrella en el cielo*–, pero ojalá me llamen. La sub-21 es... wow, siempre que he intentado imaginarme jugando ahí lo he acabado visualizando como algo genial que le acabaría pasando a otras personas, así que wow, me cuesta un poco creer que pueda ocurrir de verdad.

–Pues claro que va a ocurrir –exclama Iwa-chan con fiereza–. Como te oiga dudar de tus capacidades un segundo más te parto los brazos.

–Cuando te llamen, porque van a llamarte –asegura Mattsun–, ¿qué vas a hacer?

–¿Cómo que qué voy a hacer? –repite Oikawa, sin comprender.

–Mira, ha salido esta mañana –Mattsun saca una revista de su mochila y pasa las páginas con su parsimonia habitual. Oikawa distingue las letras de la portada. Es la Juvenvóley, la revista de vóley de instituto más vendida de Japón–. Se ha filtrado que la sub-21 planea fichar a Kageyama y a Hinata cuando empiecen su último curso de instituto. Por lo visto el colocador titular de la sub-21 y dos de sus bloqueadores centrales van a cumplir veintidós en unos meses, así que están esperando a que se les acabe el contrato y a ver cómo lo hace el Karasuno este año, para asegurarse de que pueden mantener el nivel sin Daichi, Asahi y Sugawara.

–Se rumorea que después de cómo lo hizo Tsukishima contra Ushiwaka en el prefectural también quieren contar con él –añade Makki, señalando la foto del chico rubio, que ocupa un cuarto de página–. Y después está ese chiflado de Noya. Hace dos días que aceptó unirse.

–Lo sé –reconoce Oikawa, hastiado–, lo vi primero en su Facebook y después en la tele. Parecía el típico crío al que le preguntan qué tal lleva la vuelta al cole –bufa–. Y me fastidia reconocerlo, pero no me extraña que lo hayan llamado. Es un líbero impresionante. Y es normal que después del torneo que ha hecho el Karasuno se hayan fijado en varios de sus miembros.

–Y después está ese tal Bokuto, de Tokio –prosigue Mattsun–. Ha subido del top cinco al top tres de mejores rematadores del país durante los últimos meses. Los expertos especulan que es cuestión de tiempo que le hagan una oferta en firme.

–Sé lo que estás pensando –dice de pronto Iwa-chan, muy serio–. Que cómo van a estar moviendo ficha con niños de instituto sin siquiera haber contactado contigo. Crees que si no lo han hecho ya es que quizá no tienes posibilidades.

–A lo mejor estoy pensando un poco en eso.

–Tienes una rodilla mala y tobillos de princesa, Tontikawa.

–Gracias por recordármelo.

–Pero ahora están mucho mejor, porque me prometiste que irías a rehabilitación durante todo el verano si perdíamos contra el Karasuno, y aunque ahora te estás cuidando un poco menos por las clases, por lo menos la terapeuta de la Miyagi se encarga de que cumplas tus rutinas de ejercicio después de cada entrenamiento. Así que sí, tus lesiones crónicas son un problema, pero uno muy pequeño. Si no te han llamado todavía es por nuestra culpa –dice, y Oikawa no soporta la manera de la que aparta la vista de repente.

–Iwa-chan.

Oikawa levanta la mano, aunque no sabe qué pretende hacer con ella, realmente.

–Durante los tres años que estuvimos en el Aoba Johsai jamás logramos pasar del prefectural. Es lógico que tengan sus dudas, porque normalmente se centran solo en los equipos que pasan esa ronda a la hora de escoger jugadores. Quieren lo mejor de lo mejor. Por eso tienen a Ushiwaka. Y por eso te tendrán a ti. Dales un poco de tiempo para que se caigan de culo viéndote jugar.

Oh.

Iwa-chan.


Oikawa entiende lo que ha pasado solo cuando está en la puerta del local, metiendo y sacando las manos de los bolsillos de la chaqueta; esperando a que Iwa-chan se despida de Mattsun y de Makki con excusas vagas y dos porciones de tarta de plátano casera metidas en una bolsa rojo con el logo del sitio.

–¿Se puede saber por qué te ha entrado tanta prisa, atontado? –le pregunta Iwa-chan una vez que suben a su coche y se dirigen a la casa de Oikawa. Iwa-chan ha tenido que vaciar tres gasolineras y merendarse el mundo en carretera por ese almuerzo, porque Oikawa tenía que examinarse del carnet cerca de donde está empadronado, y Makki y Mattsun viven por la zona, y les ha costado cuadrar sus horarios para coincidir los cuatro, así que Oikawa entiende que Iwa-chan esté su poquito de indignado porque ahora él se haya deshecho en "vámonosvámonosya" y quiera irse tan pronto y sin rendir cuentas a nadie–. Íbamos bien de tiempo.

El problema de Iwa-chan es que si no le das una respuesta coherente se mosquea, y verdaderamente, Oikawa podría intentar explicarle que no soporta que la gente los rodee cuando Iwa-chan se abre en canal solo para él, como lo hizo aquella noche en la que todavía iban al instituto, cuando le soltó de golpe y porrazo que era un colocador excepcional, y ese compañero del que podía presumir, y luego maquilló la densidad del momento mascullando que lo machacaría la próxima vez que se enfrentasen.

Le responde cuando Iwa-chan está aparcando delante del garaje.

–Ya sé que íbamos bien de tiempo, Iwa-chan. No es eso.

–¿Y qué...?

Para qué me preguntas cosas cuya respuesta no quieres escuchar.

–No te va a gustar mi punto de vista.

–¿Tu punto de vista sobre qué?

Sobre qué va a ser.

–No me gusta compartirte, ¿vale? –escupe por fin–. ¿Sabes lo inusual que es que me digas ese tipo de cosas? Mattsun y Makki son nuestros amigos pero no tienen... –se frota las sienes mientras recorren el sendero de entrada. A ambos lados se erigen un montón de gnomos y esculturas talladas al detalle de naves espaciales reales; el Apolo 12 entre ellas–... no tienen derecho a ver esa faceta tuya. Y ya está. Eso es lo que pasa. Puedes enfadarte. Me da igual.

No me da igual.

Iwa-chan le coge del hombro con tanta fuerza que podría dislocárselo, y Oikawa quiere mucho a su madre, pero en ese momento, mientras baja las escaleras del segundo piso taconeando frenéticamente, le parece una salvadora celestial.

–¡Pero si son mis dos niños! –gorjea, yendo a besuquearlos a toda prisa, con cuidado de poner la mejilla y no los labios pintados pulcramente de morado, para no mancharlos–. ¿Has visto, Hajime? ¡Ya tenemos otro conductor en la familia! –sonríe, y Oikawa se deja abrazar. Ahora que no vive con ella la echa tanto de menos. Tiene unas ganas locas de que lleguen las vacaciones de Navidad. Los espera una cantidad ingente de programas doblados de Cuarto Milenio* sobre abducciones. Con esas plataformas marrones su madre es casi tan alta como él. Lleva varias carpetas de fieltro bajo el brazo, y parece apurada–. Necesito que me hagáis un superfavor –les pide, juntando las manos a la altura de sus cejas perfectamente delineadas–. Esta tarde tengo tres presentaciones del proyecto aquel sobre Marte que te comenté, Tooru, y hace una hora se me rompió la bomba del agua. Acabo de dejar mi coche en el taller. ¿Podrías prestarme el tuyo, Hajime? Pediría taxis, pero cuando los necesito siempre doy exclusivamente con los que están ocupados y en fin –suplica, y aunque Iwa-chan le dijese que no, su madre supura tanta desesperación que Oikawa estaría dispuesto a hacerle una llave con las piernas para retenerlo mientras ella escapa con su Honda Civic–. Será solo por hoy. Prometo subírtelo mañana a primera hora a tu campus si me mandas la ubicación. Y aquí tenéis –explica a toda prisa, sacando un fajo de yenes de su cartera de Hello Kitty–; dinero para la gasolina.

–¿Para gasolina? –repite Iwa-chan.

–Ah, ¿Tooru no te lo ha contado? –inquiere, pero menea la cabeza con rapidez–. Tenéis medio de transporte alternativo, pero bueno, ya lo verás. Está en el garaje. Y también te pagaré todo lo que gaste hoy con tu coche –promete, y da un par de saltitos, toda impaciencia e hiperactividad–. ¿Porfi?

–Claro, ten –se apresura a responder Iwa-chan, tendiéndole las llaves–. Pero no hace falta que me pagues nada.

No ha terminado de decirlo y su madre ya está saltándolo sobre él y revolviéndole el pelo. La forma de la que Iwa-chan se deja hacer es pasmosa.

–¡Id con mucho cuidadito! –es lo último que les dice, lanzándoles besos por la ventanilla del coche de Iwa-chan–. ¡Y probaos los disfraces de Halloween antes de salir, por si tengo que hacerles algún remiendo! ¡Tenéis galletitas de coco que me hizo tu madre en la nevera! –dice, señalando a Iwa-chan con una mano llena de juegos de anillos.

Cuando dobla la esquina de la calle de casas terreras y desaparece, Iwa-chan se vuelve hacia él. Suspicaz.

–No me habías dicho que ya te habían comprado el coche –comenta mientras se prueban los cosplays en el vestidor de la madre de Oikawa.

–¿Qué coche? –pregunta Oikawa, una vez se han cerciorado de que los trajes les quedan como un guante. Oikawa termina de escribirle una notita a su madre contándoselo, y la pega en su neceser de pinturas de uñas para que lo vea cuando llega, dibujando muchos guiños y corazones en los márgenes.

–¿Cómo que qué coche? Tu madre acaba de decir que...

–Que hay un medio de transporte alternativo, sí.

Pillan un par de galletas de coco antes de dirigirse al garaje.

–¿Y entonces?

–¿Entonces qué, Iwa-chan? –sonríe Oikawa, caminando resueltamente hacia una figura alargada cubierta por una funda plateada–. Oh. ¿Sabes que el carnet que me he sacado no es el de coche, verdad?

Y tira de la funda, doblándola para dejarla sobre una estantería empotrada en uno de los laterales del garaje, repleta de cubos de pintura en tonos pastel, herramientas de jardinería y bricolaje, cajas de zapatos, un bulto abombado envuelto en papel de regalo y forros que recubren formas indeterminadas.

–Oikawa.

Oikawa está a punto de acariciar el manillar con posesividad, porque Iwa-chan mira los faros y los asientos de cuero como si quisiera llevarlos al desguace y reducirlos a chatarra.

–Es una Suzuki Marauder. ¿No te gusta? –inquiere un poco preocupado–. Porque ya le he puesto nombre -Mara-, y es ella la que va a transportar tu culo de rematador hacia la Tohoku, así que no le pongas esa cara.

–¿Una moto? –sisea Iwa-chan–. ¿Una jodida moto? ¿Estás zumbado? ¿En serio crees que voy a subirme contigo en una moto durante tu primer día de...? Un momento, un momento –toma aire–. ¿Por qué cojones tienes el carnet de moto? ¿Por qué se llama como la agente de Pokémon, Oikawa?

–Porque para eso me he estado preparando durante dos meses. –Oikawa se encoge de hombros–. Para el de motos de ciento veinticinco centímetros cúbicos, para ser precisos. Pensaba que lo sabías.

–¿Cómo coño voy a saberlo si no me lo cuentas?

–Nunca te dije que fuera a sacarme el carnet de coche.

–Joder, pero se sobreentiende que cuando alguien dice "me estoy sacando el carnet" sin más, lo que quiere decir es "me estoy sacando el carnet de coche" –brama Iwa-chan, sulfurado–. Cuando te estás sacando otro lo especificas, hostia. Sea para conducir motos de agua, camiones con bombonas de butano, trenes o putos platillos volantes, joder.

–¿Y qué piensas hacer, Iwa-chan? –farfulla Oikawa, sacando de su forro en la estantería el casco que se adjudicó cuando su hermana le pasó las fotos por Line; azul metálico salpicado de constelaciones–. ¿Quedarte aquí enfurruñado hasta que vuelva mi madre? Porque tengo clase dentro de menos de una hora, y pienso ir contigo o sin ti. Pero francamente, mañana es jueves y tengo la mañana libre, y pensaba hacer noche en tu casa y desayunar contigo, y seguramente te arrepentirás si dejas escapar esta oportunidad de disfrutar del privilegio de mi compañía tan a la ligera.

–El privilegio de tu compañía... –rezonga Iwa-chan, dando vueltas por el garaje como un perro ansioso–. Dios mío. No me puedo creer que vaya a preguntar esto –suspira, quitándole la pegatina verde y amarilla de las manos a Oikawa y plisándola sobre uno de los costados de la moto–. ¿Como cuántas probabilidades crees que tenemos de sobrevivir?

–Más que los de Shingeki no Kyojin.

Iwa-chan le da un manotazo en la espalda, pero se parapeta junto a la moto con hastío.

–Venga. Va. Me vale –murmura con resignación–. Móntante antes de que cambie de opinión.

–¿En serio? –inquiere Oikawa, emocionado, porque no esperaba que le costase tan poco convencerlo–. ¡Guay! –Y corretea nuevamente hacia la estantería, volviendo sobre sus pasos con las manos a la espalda–. A ver si te gusta –dice, soplando para retirar el polvo que se ha posado sobre el papel de regalo. Le tiende el paquete a Iwa-chan, que lo mira alternativamente a él y al envoltorio decorado con las caras de Elsa y Anna de Arendelle–. Mi hermana le salvó la vida al pato de uno de sus clientes hace unos meses, y resulta que el tío personaliza cascos. Lo mandé a hacer para ti –explica, tratando de esconder la sonrisa nerviosa, porque conoce a Iwa-chan. Sabe mucho sobre sus gustos y sobre lo que considera o no estético. No tienen por qué sudarle las manos.

E Iwa-chan no tiene por qué mirarlo así, como si fuera incapaz de decidir si Oikawa es lo mejor o lo peor que le ha pasado en la vida.

Rasga el papel, y Oikawa se da cuenta de que Iwa-chan intenta desprenderlo por donde hay cinta adhesiva para no romperlo.

–Es integral* –constata–. No hacía falta que me comprases uno personalizado, tontaina –musita, retirando un pedazo grande y celeste lleno de copos de nieve–. Habría bastado con… oh.

A Iwa-chan se le aclaran los ojos, como si le hubiera eclosionado una estrella blanca tras las retinas, y es solo un instante, pero Oikawa ve en él al niño que perseguía escarabajos con cinco años, la cara llena de tiritas y las rodillas amoratadas y raspadas, y se le contrae un poco todo lo que bombea sangre y vida y latidos dentro del cuerpo.

–A veces creo que eres demasiado para mí, Iwa-chan –se sorprende comentando. Pasa los dedos por la superficie lisa y brillante de su casco, siguiendo el patrón del estampado de escamas negras con tornasol verde, asombrosamente logrado–. He estado pensando en lo que dijiste cuando… ya sabes, cuando fuimos a cenar y pasó todo aquello. –Le coge el casco de entre las manos y se lo coloca, con cuidado de sacar las correas primero para abrochárselas bajo la barbilla después.

–¿En cuál de todas las cosas que dije has estado pensando?

Iwa-chan hace lo propio con su casco de constelaciones. Le roza el cuello con las puntas de los dedos al manipular la correa.

Oikawa se muerde la carne de la mejilla.

–Creo que sí que es verdad que intento paliar materialmente todos los tomentos por los que te hago pasar, ¿sabes? –admite–. Se me da bien. Esto de planear detalles; de aparecer en tu puerta con algo que sé que te va a hacer ilusión y esperar que entiendas que me importas y que me fijo en ti sin tener que explicártelo, que lo siento por algo que he hecho. A veces quiero decirte un montón de cosas bonitas, Iwa-chan, y se me ocurren tantas a la vez que me atraganto, y me siento idiota y expuesto, así que te acabo lanzando una pulla o un insulto velado. No se me da demasiado bien sacar lo que tengo en la cabeza hacia afuera. No se me da demasiado bien la gente, a veces. Incluyéndote a ti. Y espero que no estés pensando en abrazarme ahora mismo, porque nuestros cascos chocarían y haríamos el imbécil.

–¿Tú crees? Porque yo creo que llevamos un tiempo haciendo el imbécil a tiempo completo.

Iwa-chan da una zancada en su dirección y Oikawa baja los brazos para pasárselos por la cintura, pero cambia de opinión en el último segundo y le rodea el cuello con ellos. Sus viseras chocan en suave, con sequedad, y huele a polipiel y a plástico duro.

–¿Qué haces? –pregunta Iwa-chan, las mejillas comprimidas y las manos en su espalda baja.

–Iba a abrazarte como abrazo a las chicas –musita Oikawa.

Iwa-chan se queda callado, y Oikawa quiere pedirle que le quite el casco, que le quite todo lo que lo hacer parecer formidable y repleto de talento y humor estúpido y mal genio, que lo vuelva loco de verdad, besándolo contra la estantería del garaje hasta que le duela la boca.

–Pues menos mal que no lo has hecho –carraspea Iwa-chan, poniendo cinco centímetros crueles e inaguantables entre ellos–. Porque te habría sacado las tripas, pero luego habría tenido que llevarte al hospital, y te habrías perdido la clase que tienes en veinte minutos.

¿Veinte minutos?

Oikawa se mira el reloj de pulsera. Efectivamente, faltan ni más ni menos que veinte minutos para que empiece la última clase que tiene ese día.

–Tienes razón. Vámonos.

Oikawa dice vámonos, pero piensa y qué más da.

No obstante, pasa una pierna por la Marauder y cuando el motor ya está ronroneando y él le ha dado la vuelta para que apunte hacia la salida del garaje, le tiende el mando de la puerta a Iwa-chan y le hace una seña para que se suba.


Oikawa sufre bastante durante el trayecto.

Contra sus previsiones, Iwa-chan no se esfuerza en agarrarse a todas partes menos a él. De alguna manera hace algo mucho mejor y peor y mejor. Mete los brazos bajo los suyos, más trabajados y nutridos de sol, y ni siquiera lo hace porque vayan a demasiada velocidad o porque Oikawa conduzca con brusquedad. Es como, Iwa-chan no necesita aferrarse a él para ganar estabilidad o seguridad, pero lo hace igualmente. Y eso solo puede significar que quiere contacto. Deja las manos en los bolsillos delanteros de su chaqueta, sin coger puñados de tela ni nada. Le dibuja círculos con el nudillo de los pulgares contra el estómago en los semáforos, y Oikawa lo odia por ello, porque nota cómo le hormiguea la rodilla mala solo por eso y desde cuándo Iwa-chan lo toca así.

Prácticamente corre escaleras arriba por uno de los dos módulos de la Facultad de Medicina, con Iwa-chan pisándole los talones. Lleva una sonrisita muy mal disimulada que a Oikawa no le gusta ni un pelo. Le pone nervioso. Y no se gusta estando nervioso.

Llegan justo cuando el corredor se está despejando, y Oikawa estira el cuello para ver cómo el profesor de Anatomía Humana entra por la puerta delantera.

–¿Dónde hay enchufes? Para cargar el móvil mientras estás en…

–Ni hablar, Iwa-chan –lo ataja, cogiéndole de la muñeca–. Tú te vienes conmigo.

Iwa-chan no opone resistencia hasta que están en el portón trasero del aula y comprende que Oikawa va en serio.

–Qué. No.

Forcejean.

–Que sí. Que este hombre nunca pregunta.

–Me la suda, Burrikawa. ¿Cuántos sois en el turno de tarde? ¿Sesenta? Se va a dar cuenta de que nunca he pisado su clase. ¿Y si me echa?

Trastabillan entre las hileras de pupitres, atrayendo varias miradas.

–Es un riesgo que debemos asumir –concluye Oikawa, empujándolo contra uno de los asientos más pegados a la pared–. Ah, hola, Minaka –le sonríe a su compañera, pasando de largo por el sitio que seguramente ha guardado para él, poniendo su bolso negro encima–. Este es Iwa-chan –le levanta la mano a Iwa-chan y la agita un par de veces a modo de saludo antes de que su amigo le propine un zape–. Hoy me voy a sentar con él. No te importa, ¿no? –pregunta, frotándose la nuca y poniéndole mala cara a Iwa-chan, que parece desafiarlo a quejarse–. En otras circunstancias nos sentaríamos los dos contigo, pero estoy en esa etapa en la que quiero demostrarle que voy en serio, y ya le he dado un par de buenos motivos para que desconfíe de mí, así que lo dejamos para cuando la cosa esté más establecida, ¿vale?

–V-vale.

Seguramente Minaka no es la única que está alucinando pepinillos en ese momento, pero a Oikawa le da igual todo. Sus niveles de empatía están en números rojos y bajando porque Iwa-chan y él podrían estar enrollándose a lo bestia –él nunca lo ha hecho así con una chica, pero seguro que Iwa-chan podría soportarlo. Es él quien se pone físico con sus amigos mientras conducen y pone a prueba de fuego sus reflejos, muchas gracias–, pero NO.

No está pasando absolutamente nada. Nada de lo que debería estar pasando, al menos.

¿Hola? De qué va Iwa-chan, en serio. Se gustan. Es evidente que se gustan. Por qué diablos no pasa naaada si se gustan, por qué Iwa-chan insiste en ser superadorable delante de sus amigos y ultraatento y precioso y en fin, por qué le manda señales todo el rato que -en el idioma global de los besos que no se dan- vienen a decir algo así como Oikawa, del uno al mil tengo un millón de ganas de besarte, bastardo.

PERO NO.

Están a punto de iniciar una charla sobre la proporción correcta de calcio en según qué estructuras óseas y todo es insustancial e irritante e insultante a su madurez sexual. Que a ver, está bien la mayor parte del tiempo, pero a veces Iwa-chan le da demasiado y demasiado poco a la vez y Oikawa no sabe cómo lidiar con eso, no está acostumbrado a necesitar a nadie de la nueva forma en la que lo necesita a él, cada día más turbio e incontrolable, no está hecho a la realidad de querer besar a alguien a la desesperada y mucho menos a no poder hacerlo.

No-puede-aguantarlo, y sabe que está siendo injusto con Iwa-chan pero no-puede-más, de verdad. Necesita poner tierra de por medio durante unos minutos. Enfriarse. No quiere hacer ni decir nada hiriente y ahora mismo es un hervidero de puñaladas verbales que se le podrían ir de las manos de un momento a otro.

Tengo que alejarme, tengo que alejarme, tengo que alejarme.

Se levanta de un salto cuando el profesor lo llama, y pilla a Iwa-chan garabateando algo en un papelito, seguramente varias preguntas en un tono poco amable sobre qué significa, exactamente, lo que Oikawa acaba de soltarle a esa chica delante de tanta gente. No ha terminado de escribir y Oikawa saca la notita de debajo de la punta del boli que está empuñando Iwa-chan, con su ademán más brusco y su sonrisa más amplia, la arruga en un gesto y se la tira a la cara antes de enfilar hacia el frente de la clase, para que Iwa-chan tenga una aproximación de cómo, exactamente, se encuentra anímicamente y cuánto, exactamente pasa de sus interrogatorios de poli duro.

Resuelve los problemas de proporción cálcica con buena caligrafía. Podría hacerlo mucho más rápido, pero se permite explayarse; explicarles paso por paso a sus compañeros los cálculos que ha empleado y las cifras que ha obtenido, y se calma un poco. Los números siempre han surtido ese efecto en él, y escuchar su propia voz diciendo cosas racionales y no embarazosas contribuye a que se sienta seguro de nuevo.

Las chicas de la primera fila no pierden una palabra de lo que dicen, aunque Oikawa no saben si es porque les interesa su explicación o les interesa él.

Un momento.

Chicas.

¿Y si es por eso?

¿Y si es porque él no es una chica? ¿Y si por eso a Iwa-chan le cuesta tanto besarlo?

Que no sea por eso. Por favor. Que no sea por eso.

Busca a Iwa-chan con la mirada. Su amigo lo observa de brazos cruzados, con una expresión extraña, como si quisiera estar cabreado con él por todo lo de antes, pero estuviese presenciando algo que se lo impide. Oikawa expone el último problema solo para él, sin quitarle la vista de encima, y cuando todos se encorvan para apuntar le guiña el ojo.

–¿Qué te pasa, Iwa-chan? –le pregunta después de despedirse de Minaka, saliendo al pasillo amarillo, adornado con pósters de músculos, entramados de arterias y venas, alegatos en contra del tabaco y tablas de nutrición–. ¿Se te ha comido la lengua el gato?

–No –responde con sequedad–. Es solo que es –busca la palabra–… raro oírte hablar así.

¿Sí?

–¿Sí?

–Pareces inteligente. Me resulta chocante.

–A mí me resulta chocante lo cruel que estás siendo.

Oikawa se venga de él en el camino a la Tohoku. La mezquindad le ayuda a no pensar más de la cuenta. Acelera en los semáforos en rojo para después dejar caer la moto hacia atrás. Iwa-chan le da cabezazos con el casco puesto que no le duelen, y Oikawa se ríe con ganas dentro del suyo. Recorren carreteras angostas y atestadas de coches entre los que se cuelan. El paisaje cambia a medida que salen de la ciudad, volviéndose más verde y agreste, y ambos notan el aroma a campo saneándoles los pulmones. De vez en cuando Oikawa pasa sobre el arcén para que el relieve de las líneas continuas haga que los asientos vibren e Iwa-chan dé un respingo.

A mí me gusta ser un chico.

Hacen la escala de rigor en una gasolinera cochambrosa, para repostar y que Oikawa vaya al baño, y se zampan el pastel de plátano que Iwa-chan pidió para llevar en el almuerzo, porque han transcurrido horas desde entonces y están hambrientos. Oikawa parte trocitos de masa rellena que se lleva a la boca, empezando por la parte de atrás, que es la más seca; porque le gusta dejar lo mejor para el final. Iwa-chan, en cambio, muerde la porción directamente, comenzando por la punta triangular.

Ojalá a él también le guste que lo sea, porque si no voy apañado.

Al final tienen que comprar un zumo de melón y una botella de agua para bajar el empalague. Juegan a contar los coches amarillos que pasan ante ellos; por esa carretera regional poco transitada. El primero que vea uno tiene derecho a darle una palmadita al otro en la pierna. A los cinco minutos ambos están tan expectantes porque aparezca un coche amarillo que Oikawa sabe de antemano que como lo intercepten a la vez van a partirse la cara.

Eh. Qué ha sido eso –replica Iwa-chan en cuanto Oikawa le asesta un manotazo en la nuca al ver pasar una camioneta verde.

–Me ha podido la presión.

Iwa-chan le pinza la rodilla con el pulgar y el índice. La fuerza es comparable a la de un gato mecánico, y Oikawa se deshace en risas histéricas y gritos inarticulados de dolor.

–Mira por dónde, a mí también me ha podido.

Cansados de esperar, reemprenden la ruta hasta la Tohoku. Llegan tan derrotados que Iwa-chan no opone ninguna resistencia a que Oikawa le acompañe a su clase de Psicología del Desarrollo. Cuando salen ya es prácticamente de noche, y las agujetas empiezan a morderles la carne. Aún así, Iwa-chan acude al entrenamiento de vóley nocturno, y Oikawa siente un poco de envidia porque pueda jugar y él no. En su equipo de la Miyagi ha aflorado un virus gastrointestinal que se ha expandido y afectado a media plantilla, y los entrenadores han suspendido las prácticas de tarde hasta el viernes, para acelerar la recuperación, ya que no tiene sentido forzar a los chicos y debilitarlos en el proceso, ni tampoco entrenar con menos de medio equipo.


Llegan a casa arrastrándose.

–¿En tus clases de mañana por la mañana pasan la lista de asistencia para que la firméis? –bosteza Oikawa, quitándose los zapatos en el vestíbulo en sombras–. Si no la pasan podrías saltártelas y pedirle a alguien de confianza que te saque fotos de los apuntes. Tú lo has hecho por ellos alguna vez.

–Creo que voy a hacerlo –bosteza Iwa-chan, rascándose el cuello–. Estoy reventado.

–Por cierto, ¿y Yuki y Mobi?

Iwa-chan cabecea hacia la nevera.

–Esta mañana han salido dando voces y con media casa a cuestas, rumbo al concierto ese de k-pop que seguramente esté empezando en Tokio ahora mismo.

–¿Les gusta SHINee? –cuestiona Oikawa, arrugando la nariz–. ¿A ellos? Venga ya.

–Nadie es perfecto.

Oikawa lo deja grabándole un audio en el salón a uno de sus compañeros y se da una ducha lenta y necesaria. En el baño hace un frío húmedo que le eriza los hombros cuando se quita la ropa, y es perfecto; el contraste con el chorro de agua caliente que le cae en la espalda mientras se enjabona el pelo.

Tarda menos de un minuto en aplicarse el desodorante, la hidratante y la citronella; su última adquisición.

Deja el espejo empañado y sale con la toalla sobre los hombros y el sueño tras los párpados. Y se encuentra con una caseta de campaña en medio del salón.

–¿Iwa-chan?

Pestañea varias veces para asegurarse de que no se ha quedado dormido en la bañera y lo está soñando. Se frota los ojos, pero no. Hay una tienda de campaña verde pistacho de Quechua justo delante de él, aparentemente. Oikawa revolotea alrededor, palpando el material fino y resistente, y cuando pasa por una de las zonas con cremallera, a modo de puerta, esta se abre e Iwa-chan asoma la cabeza.

–¿Qué te parece? –le pregunta, apartándose para que entre.

–¿Que qué me parece? –silba Oikawa, en cuclillas. Maravillado. Olfateando aquí y allá. Levantando pliegues y abriendo y cerrando mosquiteras–. ¿De dónde has sacado esto?

–Hace tiempo te comenté que estuve mirando tiendas por e-Bay, ¿recuerdas? –Iwa-chan se recuesta sobre sus brazos, contemplando sus dominios con una satisfacción que no se esfuerza mucho en ocultar–. Me gustó esta. Estaba a buen precio, y tiene capacidad para seis personas, así que pensé que podríamos irnos de acampada con Mattsun y con Makki.

Oikawa ya ha sacado tres fotos de la tienda y las ha enviado por Fantabulosos antes de que Iwa-chan termine su explicación. Se deja caer hacia atrás sobre su regazo y estira los brazos todo lo que dan de sí, poniendo la cámara frontal.

–Ponte, Iwa-chan –le pide, poniendo su mejor sonrisa y guiñando el ojo al objetivo, el signo de la victoria junto a su oreja. Iwa-chan baja un poco la espalda, poniéndole el mentón sobre el hombro. Oikawa aprieta el botón lateral del móvil–. Vale, ahora sin cara de estar muerto por dentro.

Iwa-chan bufa, exudando cansancio por todos los poros.

–Es que estoy muerto. Es tarde y estoy cansado. Y no me sale lo de sonreír para las fotos, de todas formas.

–Veeenga, hazlo por mí –insiste Oikawa, estirándole las comisuras de los labios con los pulgares.

–Qué pesado eres –espeta Iwa-chan, pero esboza una sonrisita diminuta que es apenas una curva en su boca. No enseña los dientes, pero Oikawa tampoco va a pedirle peras al olmo–. Dispara. Que se vea el techo de la caseta

Una vez que se la envía a Makki y a Mattsun y se la pone de foto de perfil, Oikawa se vuelve hacia él. Es como si el agotamiento se le hubiera evaporado de los huesos y alguien le hiciera cosquillas en la barriga con una pluma y polvos pica-pica desde dentro.

–Esta –dice, haciendo un ademán con las manos que abarca toda la estancia– es probablemente la mejor idea que has tenido nunca, Iwa-chan.

–Se me había ocurrido otra.

–¿En serio? Porque eso ya es un poco sospechoso. No te ofendas, pero deberías moderarte con el tema de las ideas brillantes, no sea que se te vaya a romper el cerebro de tanto pensar.

–Voy a ignorar la gilipollez que acabas de decir solo porque estoy para el arrastre –le gruñe Iwa-chan–. Considérate afortunado.

–Claro que a lo mejor no eres tú el que está hablando ahora mismo –continúa Oikawa, en una pose pretendidamente pensativa–. A lo mejor te han abducido los aliens y te están inspeccionando en su nave nodriza, y tengo delante a uno de ellos, que ha adoptado tu apariencia para aprender acerca de la convivencia humana en sociedad.

Iwa-chan saca algo de su bolsillo.

–Ahora que hablas de marcianitos… –repone, rasgando el plástico con los dientes–. Ten. Tu colgante. Felicidades. Otra vez. Por lo del carnet. Aunque fuera de moto. No conduces mal. Del todo –masculla. A trompicones. Las paredes verdosas le confieren una tonalidad olivácea a sus mejillas oscuras y rojas–. Como te iba diciendo, había pensado en que quizá… solo si tú quieres… –Oikawa está a punto de cogerle de los hombros y exigirle que respire, porque a Iwa-chan parece estarle costando horrores convertir sus pensamientos en palabras, y es casi doloroso verlo ahí, con la voz grave y baja y la expresión hosca, tan torpe–, a lo mejor, no sé, también podríamos irnos tú y yo de acampada. Como… tú y yo solos. Sin amigos. Y eso.

Es curioso, porque Oikawa siempre ha tenido un orden dentro de su desorden, y no suele perder nada. Salvo ahora. Ahora busca su voz pero no la encuentra, y lo único que logra sacarse del pecho es una reminiscencia, un ruidito estrangulado que espera que Iwa-chan sepa interpretar, porque no va a ser capaz de emitir un sonido más claro que ese hasta que dejen de pitarle los oídos y el corazón vuelva a su tamaño normal. Lo nota hinchado y errático, como esas bolas de cereales que dejas demasiado tiempo en la leche.

–¿Solo los dos? –musita.

Iwa-chan asiente, tímido y avergonzadísimo, y Oikawa se promete esperar por sus besos.

–Solo los dos.

Ojalá lleguen. Los besos. Algún día.

Aunque Oikawa no sea una chica.


PREGUNTAS:

1) A estas alturas no creo que a nadie le quepa la menor duda de que Oikawa e Iwa-chan se van a acabar besando. Me gustaría saber qué punto de vista os gustaría más conocer cuando eso pase. ¿El de Iwa-chan o el de Oikawa?

2) Como habréis podido comprobar, los últimos capítulos han salido bastante más largos que los primeros, y aunque tengo material adelantado soy consciente de que no podré mantener el ritmo si pretendo actualizar semanalmente. ¿Qué preferís; un capítulo largo cada dos semanas o uno corto cada semana? Cabe aclarar que en ambos casos el contenido será exactamente el mismo.

3) ¿Os molestaría eventualmente una subida de rating?

En los tres casos respetaré la decisión de la mayoría. Me apetece que toméis decisiones, dado que este fic también es vuestro :)


REVIEWS:

Guest: hola cacahuete :D Quizá es una tontería pero por casualidad, ¿has comentado antes por aquí? Porque el primer review del fic también está en Guest y el tono me recuerda mucho al tuyo :3 Me alegro de que te esté gustando la dinámica de su relación, y de que te sientas cómodo/a con mi forma de escribir. Espero que disfrutes de este capítulo también, un besote y muchas gracias por pasarte ´u`

Adri: ¡salvados por la campana! Que sepas que tu review me llegó al correo esta mañana, pero no pude leerlo completo desde ahí, y como FF lleva teniendo problemas toda la semana, cuando entré en la página para saber cómo terminaba: ¡sorpresa! No aparecía con el resto de reviews D: Por suerte, hace unos minutos he reiniciado FF y ha aparecido nun

Entrando en materia, Iwa-chan tiene el cielo ganado, y me quedo corta. Yo creo que la desesperación en su justa medida puede llegar a ser atrapante (aunque yo me leí Luna Nueva de pe a pa cuando el boom de Crepúsculo y fueron un billón de páginas de desesperación), pero tengo que reconocerlo: no se me da bien tener a los personajes distanciados durante demasiado tiempo. Creo que cuando dos personas que se importan tienen problemas en la vida real tardan poco en buscarse, o por lo menos esa es mi experiencia con amigos, familia y pichurro.

Eh, la inocencia puede adoptar muchas formas. Iwaizumi a lo mejor es inocente para algunas cosas, pero la violencia no es una de ellas (?). Me alegro mucho de que te gustara el regreso de Oikawa nwn JAJAJA habríais tenido todo el derecho del mundo a masacrarme si se me hubiera ocurrido hacer que tocasen la puerta y fuera un ladrón de verdad en vez de Oikawa :´D Y claro que no me río, faltaría más. De hecho es una de las cosas más bonitas que me han dicho nunca, y creo que el hacer que el lector sienta a los personajes como reales es algo a lo que aspiramos todos por aquí. Muchísimas gracias por eso. Espero poder hacerte sentir así hasta el final.

Y vaya, la verdad es que sí. La gente es genial por dedicar un trocito de su tiempo a pasarse por aquí. Miro la cifra de los reviews varias veces al día, porque no termino de creerme que haya tantos y tan maravillosos. Gracias por contribuir a esta suma tan inesperada (L); espero que este capi sea de tu agrado y que tengas una linda semana. ¡Besotes enormes! :D


*Esta frase hace referencia a la canción Skelleton Dance, del grupo Children Collide.

*Cuarto Milenio es un programa español sobre fenómenos paranormales, leyendas y asuntos sin resolver, entre otras cosas.

*Los cascos integrales son aquellos que recubren la totalidad de la cabeza. Son los más seguros, aunque hay marcas mejores que otras. Si estáis pensando en compraros moto y sois gente de pasta, os recomiendo un Arai o un AGV.


¿Alguien se acuerda de en qué episodio Iwa-chan mira tiendas por eBay? :D