Capítulo 10
Mis dones.
La noche se veía completamente cerrada desde el campanario, el clima de comienzos de marzo aún era riguroso. No lo sufría siendo vampiresa, pero si podía observar desde la distancia las personas con gruesos abrigos. Desde la distancia sí, porque Aro no había permitido que cazara como el resto del aquelarre. Su temor a que nuestros enemigos me descubrieran era tan extremo, que me estaba convirtiendo en una princesa encerrada en una torre... como la de los cuentos.
Mis víctimas eran traídas hasta el mismo palacio, Heidi se encargaba de ello.
Intenté en vano convencerlo que no me pescarían, que sería cuidadosa, meticulosa en cada paso, sin embargo no tuve éxito.
Por ahora el único éxito que tenía con él, era poder ganarle siempre al ajedrez, me sonreí. Menos mal lo tomaba con humor, hasta cuando le ganaba en los campeonatos frente a todos. Eso llamaba poderosamente mi atención, Aro tan invencible y altanero, creo que era porque yo... era algo especial.
Sentada a medio metro de la abertura que daba a la plaza iluminada, recosté mi espalda en la pared de piedra, junté mis rodillas y las pegué a mi pecho.
Sólo tres o cuatro personas deambulaban mendigando en los tachos de basura, no podrían jamás divisarme, el campanario estaba totalmente oscuro.
Mi fino oído, comenzó a escuchar el repiqueteo de las primeras gotas de lluvia. Poco a poco la llovizna aumentó dando paso a una bella tormenta. Amaba ver los rayos recorrer el infinito, hubiera dado algo valioso de mis pertenencias si alguien me cambiaba unos minutos bajo la lluvia. Menos mi escudo Vulturi.
Mis dedos acariciaron el símbolo que me convertía en uno de ellos. Ya no era sólo Cautha, era Cautha Vulturi, con la satisfacción de poder conjugar el preciado verbo « pertenecer ».
Un silbido agudo señaló que Heidi esperaba por mí al pie de la escalera.
Le contesté con otro silbido señalándole mi ubicación. En segundos apareció tímidamente por la puerta entreabierta.
-¿No bajas? Preguntó sin moverse de su sitio.
-Aún no. ¿Por qué no vienes a ver la tormenta desde aquí?
-Aro no le agradará. Es su refugio, bueno... también el tuyo.
-No te preocupes, ya le he preguntado. No tiene inconveniente mientras no desee estar solo aquí. No creo que quiera por el momento, últimamente lo he visto muy poco.
-Lo sé, han llegado otros aquelarres para reunirse con él. Nuestros enemigos están cerca y eso le preocupa.
Heidi trepó al ancho zócalo y miró hacia la plaza.
-Es una suerte que mi trabajo sea atraer humanos en pleno día.
-¿Eso por qué?
-No me gusta la noche, creo que no hace justicia a mi belleza, la opaca.
Reí.
-Heidi eres hermosa aún en la oscuridad.
-Te equivocas, lo que hace bello a los seres en la oscuridad es la luz del alma, y no la tenemos.
La miré fijo.
-Si carecemos totalmente de alma, como explicas que nos enamoramos.
-No nos enamoramos, es simplemente atracción.
-Prefiero mi teoría. Murmuré.
-Como gustes.
Apoyé mi barbilla en las rodillas, Heidi sonrió.
-¿Qué tal vas con tu excepcional conquista?
-¡Horrible! Peor que antes de ser vampiresa.
-¿Tú crees?
-Si... antes al menos estaba preocupado por cualquier movimiento.
-No estoy de acuerdo Cautha. Su presencia se ha acoplado a la tuya por eso no estás pendiente.
-No Heidi.
-Dime. ¿Qué ha dicho cuando te vio convertida por primera vez? ¿Te ha reprendido por tu actitud de devolverle el talismán a la fuerza? Te recuerdo que NADIE fuerza al amo.
Sonreí.
-Lo sé Heidi, no quiso hablarme ni verme después que le comentaron como terminó todo... Pero al final nos cruzamos.
Volví a sonreír.
-Cuenta por favor.
-Lo vi, caminaba por el pasillo supongo que rumbo a su recámara, yo venía en sentido contrario. Pienso que dudó a la distancia si se trataba verdaderamente de mí.
-Jajajaja ay hubiera pagado por verlo.
-Shhh calla Heidi. Reí.
-¡Cuenta de una vez!
-Bien... después de unos segundos, paso tras paso sus ojos se clavaron en mi rostro.
-¿Y?
-¡Aguardaa! Dije divertida por su curiosidad.
-Lo miré y le dije. Hola Aro... y él arqueó una ceja.
-Jajajaja ¡Cautha! Sólo le has dicho « hola Aro »
-¿Y qué quieres que diga en una situación así?
-Mmm no sé... con mis ojos de vampira te veo más guapo jajajaja.
-¡Calla Heidi!
-Es una suerte que Demetri no haya tenido que pagar por tu locura.
-Aro no es tonto Heidi, Demetri es el mejor rastreador.
-¡Y el más bello para mi! Contestó Heidi.
De pronto me sobresalté.
-¿Qué ocurre Cautha? No he escuchado ruidos.
-No... Es su aroma, está cerca.
-Me voy.
-Ya te dije no te preocupes, además... es tarde... ya está tras la puerta.
-Buenas noches Cautha... Buenas noches a las dos.
-Buenas noches amo.
-Buenas noches Aro. ¿Nos buscabas?
-A ti.
-Permiso. Dijo Heidi y corrió raudamente escaleras abajo.
El se acercó lentamente quedando a un par de metros de mi.
-¿Te gustan las tormentas? Preguntó con voz casi imperceptible.
-Me encantan. ¿A ti?
-También. Es una de las manifestaciones de la naturaleza, la cual ni humanos ni vampiros podrían con ella.
-Admiras el poder. ¿Verdad? Pregunté aún conociendo la respuesta.
-Sabes que si- contestó mirándome fijo -y dime... ¿has conocido todos tus dones?
Lo miré recorriendo su rostro apacible.
-Ohh sii mis dones... no sé si he descubierto todos.
-¿No eres curiosa? Es extraño, parecías serlo cuando eras humana.
-Si lo soy, pero mi mente ha estado dispersa últimamente... por el aquelarre enemigo.
¡Yo y mi bocota!
Sonrió.
-¿Ese es el motivo de tu distracción? ¿De verdad? Preguntó con voz pausada.
Si había alguien capaz de meter la pata a menudo, esa era yo.
Balbuceé.
-Si, estoy preocupada como todos por el aquelarre... el temor a nuestros enemigos.
Se perdió en mis ojos como si fuera una máquina de rayos x sin dejar de sonreír. Para que tomar mi mano e indagarme si yo era un libro abierto. Sin embargo obvió el tema... Cobarde...
-Haces bien. Debes tener tus agudos sentidos puestos en ello. Dime... ¿Me harías el favor de acompañarme a ver Aurora?
-Por supuesto.
Que no haría por él...
-¿Aurora puede conocer todos mis dones? Pregunté poniéndome de pie.
-Si.
-Entonces vamos...
Llegué a la entrada de la cueva segundos antes que Aro, al menos uno de mis dones estaba a la vista. Era muy veloz.
Lo esperé en la entrada, hizo un ademán de dejarme pasar en primer lugar, era sabido viniendo de un caballero.
Apenas entramos la anciana se acercó a saludarnos.
-Aro querido... ¿Cómo estás? Veo que traes grata compañía- se dirigió a mi con una leve reverencia - mi reina, un placer.
-Hola Aurora. Contesté sonriente.
Aro no respondió, noté en él desconcierto e inquietud. Daba fe que sería por el peculiar adjetivo hacia mi. « Mi reina »...
-¿Sabes por qué hemos venido hasta aquí? Preguntó finalmente Aro.
-Claro que si- respondió la anciana -Cautha desconoce sus dones y tú estás interesado en saberlos.
-Así es. Murmuró.
La anciana se acercó hasta quedar frente a mí, sus ojos cansinos del color de las naranjas maduras, se clavaron en los míos. Se perdió en mis iris como examinando mi mente.
Rápidamente de su boca, escaparon uno a uno mis dones.
-Puede mover objetos con su mente, si los toca verá su historia a través de ellos, percibe emociones... pero desconoce los pensamientos. Es la más veloz del aquelarre, su melodiosa voz al cantar, enamorará al vampiro macho al que se dirija. Es una buena arma de distracción, lo que no hará su fuerza, lo hará su canto.
Aro se recostó contra la pared y con una sonrisa bromeó.
-Trata de no usar tu arma conmigo.
Sonreí.
Aurora apartó la mirada de mi, la fijó en él, y claramente escuché su murmullo.
-No hará falta.
Diablos... Me sentía incómoda con la situación, mi secreto de amor no duraría entre tan entrenados vampiros. Aurora que parecía intuir mis sentimientos, y Aro que con sólo tocarme conocería lo que sentía por él.
Por suerte Aurora continuó su examen.
-Mmmm a ver mi reina que más... Ohh sii tiene excelente puntería, es una pena que nuestros enemigos sean vampiros, no podrá acabar con ellos con sólo lanzar objetos punzantes, pero le servirá de distracción- la anciana se retiró unos pasos hacia atrás -espera... tiene un don muy particular, jamás lo he visto en nuestro aquelarre.
-¿Cuál don? Preguntó Aro con sumo interés.
La anciana tomó asiento sin dejar de recorrerme admirada.
-¡Aurora dilo ya! Ordenó él, impacientándose con su silencio.
-Mi reina... puede hablar con los muertos.
Aro quedó petrificado, poco a poco se acercó a mi.
-¿Puedes hablar con los muertos?
Lo miré perdida en su mirada borgoña, y asentí suavemente.
Aurora agregó.
-No lo hará cuando ella lo desee, sólo cuando ellos... los de otro mundo, quieran hacerlo.
Los tres nos mantuvimos en silencio, creo que cada uno analizando la última frase dicha.
-¿Es todo? Dijo finalmente Aro.
-Si, al menos por ahora. Tu sabes querido, que el hecho de ser como nosotros, aumentará su poder en diversas virtudes. Quizás con los años o décadas descubra otros dones escondidos que ni yo puedo ver por el momento.
-Muy bien, gracias. Vamos Cautha.
-Buenas noches Aurora.
-Buenas noches a ambos.
Por el pasillo camino a mi habitación, Aro rompió el silencio.
-Cautha, quiero hacerte una pregunta que he deseado hacerte hace tiempo.
-Dime.
-¿Quien te ha ayudado a escapar de Demetri aquella vez que abandonaste el castillo?
Me detuve y lo miré.
-De verdad no la conozco, no la he visto en el aquelarre.
-Dices no haberla visto entre nosotros, es... ¿una mujer?
-Si, hermosa.
-¿Me permites? Dijo extendiendo su mano.
Envolví sus dedos con los míos y se concentró en mi mano. Al cabo de unos segundos estalló.
-¡No la veo! Veo la situación, a ti, a Demetri, nada más. ¡No entiendo el porqué!
Mis ojos lo miraron con pena. Lamentaba no poder ayudarlo, yo también deseaba que la viera y quitarme la duda.
-¡Espera! Creo tener la solución al enigma- dijo esperanzado -¡sígueme!
Rápidamente me guió por los pasadizos hasta llegar a la puerta del salón de manualidades. Pocas vampiresas estaban en sus quehaceres, en cuanto lo vieron sus rostros reflejaron el terror.
Evidentemente Aro no solía acercarse si no era para algo malo.
-Buenas noches, necesito que desalojen el salón de inmediato, menos Daiara.
En instantes la inmensa sala quedó vacía, en un rincón una vampiresa de ojos temerosos quedó inmóvil al costado de un soporte de lienzos para pintar.
Aro se acercó con pasos apresurados, lo seguí.
-Daiara. ¿Quieres dejar de temblar como estúpida? No vine hacerte daño. Para lo que voy a pedirte necesitarás concentración.
-Si amo. Murmuró la vampiresa.
-Ella es Cautha, debes haberla conocido o escuchado sobre ella seguramente.
-Si, si la he visto, cuando vino a saludar a su madre. Hola Cautha.
-Hola Daiara.
-Muy bien- interrumpió Aro dirigiéndose a ella -¿crees que podrás hacer un identikit con los datos que te brinde Cautha.
-Por supuesto amo.
-Entonces no pierdan tiempo, debo irme, Félix ha traído novedades. Estaré en el salón principal.
En cuanto desapareció, la joven se colocó frente al lienzo, a su costado una extensa gama de bellos colores en forma ordenada en la paleta, esperaban por mis directivas.
Y comencé a guiarla... su silueta, su ropaje, sus ojos color cielo, sus rasgos perfectos, su cabello azabache...
En minutos la ágil y experta mano de la creadora terminó el identikit.
Sus ojos recorrieron el lienzo con sorpresa.
-¿El amo ha querido este retrato? Preguntó curiosa.
-Mmm me temo que no debo hablar, lo siento.
-No te preocupes, vamos... se lo llevaremos.
Aro y parte de los guardianes estaban reunidos puertas cerradas, debimos esperar bajo la atenta mirada de Alec custodiando la entrada.
Estaba impaciente porque Aro viera la obra terminada. Por fin lo sacaría de su incógnita, estaba casi segura quien podría haber sido mi salvadora, pero era tan increíble a la vez, sobre todo porque ya no pertenecía a este mundo...
Por un momento la revelación de Aurora vino a mi mente... « Puede hablar con los muertos » Entonces... nada me pareció extraordinario. Quizás en ese momento, él también se le había cruzado la remota idea, lo vi en sus ojos.
Había transcurrido alrededor de una hora cuando las pesadas puertas se abrieron, decenas de vampiros de la guardia abandonaron el lugar.
Alec se hizo a un lado y con una gentil reverencia señaló el interior, después cerró las puertas tras nosotras dejándonos a solas con Aro.
El estaba sentado en su trono, se puso de pie y ordenó a Daiara entregarme el lienzo.
-Puedes retirarte, agradezco tus servicios.
-Ha sido un honor amo.
Una vez que quedamos solos, se acercó lentamente, no era temor lo que percibía en él, era angustia...
Tomé con firmeza la obra y la di vuelta para que viera de quien se trataba.
Su mirada la recorrió, con la leve desesperación de querer abarcarla por completo. Los iris que tantas veces había visto en distintos tonos dorados y rojizos, se bañaron en un ocre desconocido para mí. Su pena era tan infinita y yo la sentía como mía, el brillo de sus ojos era diferente, bellísimo sí, pero cubierto de un velo de tristeza.
Supuse que así se tornarían cuando reflejaban amor.
Los labios alcanzaron a susurrar el nombre de quien había sido su amor de toda la vida...
-Sulpicia.
Respeté el largo silencio mientras contemplaba la imagen, no lo interrumpí, jamás lo hubiera hecho. Comprendía que aunque yo me encontrara en el salón junto a él, no era a mi, a quien deseaba ver en éste momento.
Al fin su mirada se clavó en mí.
-Cautha, la has visto. Puedes hablar con los muertos. Dime que te ha dicho.
Clavé la vista en el suelo para tomar fuerzas y volver a mirarlo.
Podría haberle dicho lo que se me ocurriera, inventos que me favorecieran, órdenes de Sulpicia que nunca habría dado, sin embargo como hacerlo...
Tenía un hombre frente a mí, muerto de amor por otra, pero yo lo amaba, como jugar con su desesperación.
-Sólo me dijo « corre, al salvarte he salvado mi alma» Dije suavemente.
Se retiró hasta llegar al trono y recostó el lienzo en un costado. Continuó de pie mirándome con angustia.
-No he vuelto a verla Aro, si es lo que te aqueja. No sabía con seguridad que era ella, la mujer del talismán, se ve diferente.
-Lo sé...
Respiré hondo.
-Me voy, que tengas buenas noches. Murmuré.
-Por favor no te vayas- suplicó -no quiero estar solo.
Su pedido no se hizo esperar, caminé hacia él y mis brazos lo rodearon por el cuello.
-Me quedaré todo lo que necesites.
Sus brazos lentamente rodearon mi cintura y me presionó contra su pecho.
Murmuré en su oído.
-¿Lo ves? El dolor compartido duele menos...
