OTRA REALIDAD, LA DESESPERADA LUCHA POR CANDY
DECIMA PARTE
1
Después del banquete y subsiguiente fiesta que los Legan habían preparado para Candy y su marido, y durante la que además Mark se enteró del compromiso formal de su padre con la madre de Candy, lo cual le cogió desprevenido, una vez que se hubo sumado a las muestras de afecto y cariño junto con los halagos y felicitaciones para el prometido de Eleonor, que ya era uno más dentro del complejo y extraño, pero entrañable mundo que se había conformado entre los muros de Lakewood y del que incluso formaba parte un moderno y revolucionario robot, único en su género. Tras agradecer y recordar con los Brown toda la ayuda y cariño recibido y sin la cual, tal vez, Mark y más que él, quizás Candy no habría sido capaz de resistir el enorme choque moral que le había acarreado la contemplación de dos dramáticos acontecimientos, por un lado, una devastadora guerra en el último confín del mundo, y por el otro el dramático salvamento del mítico Titanic que el joven había llevado a cabo, por su esposa y casi les cuesta la vida a ambos. Una vez que ambos padres lloraron sobre los rostros entristecidos y emocionados de Marianne y Maikel, en el que los cuatro estrechamente abrazados se prometieron no separarse jamás, después de tantos acontecimientos que llenaron una de las tardes más ajetreadas que recordara Candy en toda su vida, cuando la noche extendió sus dedos de silencio y negrura sobre la propiedad que ahora le pertenecía, Mark, conde de Grahester, tomó a su esposa la condesa en brazos y subió con ella a cuestas los peldaños que le separaban de su alcoba en silencio. Candy con el cabello rubio totalmente suelto, que le caía en cascada sobre los hombros se aferraba a Mark con fuerza, contemplándole con sus deslumbrantes ojos como esmeraldas. El vestido de noche de Candy, de una viva tonalidad roja remansaba por el suelo, mientras Mark se inclinaba sobre ella. Abrió la puerta de la habitación y ambos entraron procurando no hacer ruido. Cuando estuvieron a unos pasos de la cama, Candy alzó la cabeza y musitó:
-Te quiero Mark.
-Yo también.
La besó y se dejaron caer sobre el lecho para amarse.
2
Candy reposaba reclinada sobre Mark, abrazándole con fuerza como si temiera que el joven fuera a marcharse de nuevo, durmiendo plácidamente. Mark que estaba despierto velaba el sueño de su esposa acariciando sus cabellos y prometiéndose así mismo que jamás volvería a separarse de ella y que tal como le había garantizado se terminarían los viajes en el tiempo. El iridium nunca más volvería a emanar de sus muñecas ni exhibir su poder, respecto en cuanto a él se refería. Mark besó las mejillas de Candy. Sus brazos ceñían el torso de Mark el cual no se cansaba de admirar a su esposa. Se preguntó como tras haberla engañado con otra mujer, en el contexto de un mundo tardomedieval, Candy aun así le había perdonado. Mark llegó a esa realidad para enfrentarse sin éxito, a una amenaza, de la cual se desharía en secreto, en un viaje relámpago al siglo XX donde terminó con los sueños de grandeza de un brillante científico que había pretendido dominar y esclavizar al mundo con la asistencia de poderosos robots. Y si lo hizo no fue realmente pensando en la seguridad de un tiempo que ya no era el suyo y al que no se sentía apegado, si no porque no quería que tal personaje, siguiera constituyendo una acechante pesadilla para su esposa y sus hijos. En cuanto a la respuesta del porqué Candy le había concedido otra oportunidad, tal y como ella le pronosticara en la penumbra de la cueva situada allende de su recogido y protector mundo, en un tiempo remoto, de un lugar igualmente remoto sumido en una devastadora guerra, la muchacha ya se lo había confesado.
Su vínculo de amor era tan fuerte que cortarlo, aunque cualquiera de los dos hubiera realizado un acto reprochable, como en el caso de Mark y tal vez irreparable, les habría matado. Candy podía permanecer alejada de Anthony, de Terry y de cualquier otro hombre que supuestamente la hubiera amado, pero no de Mark. La impronta que el viajero del tiempo, había dejado en el corazón de la joven, era tan indeleble, que borrarla terminaría con su vida de una forma dolorosa y lenta en una larga agonía.
Buena prueba de ello la tenía en el momento en que Mark se separó nuevamente de ella poco después de salvarla de la embravecida furia de la cascada de Lakewood. Sus recuerdos retornaron y se pasó cerca de un mes acostada, aquejada de una extrema debilidad y un delirio que la hacía gritar y anhelar continuamente al joven crono nauta. Estuvo a punto de perder la vida hasta que finalmente, tal vez su mente teniendo piedad de la atormentada joven volvió a sumergir el recuerdo de su encuentro con Mark en la colina de Pony en el olvido. Se recobró a duras penas y logró rehacerse junto a Anthony hasta que algunos nuevos y esporádicas visitas de Mark, reavivaron la llama de aquel amor que se fortalecía día a día. Pero otra vez su mente, tal vez compasiva con su sufrimiento, corría un velo de olvido sobre sus recuerdos. Pese a recaer en su tormento, cuando Mark defendió a su hermanastro Neil y encararse con ella brevemente, aun cuando la libró en un terrible viaje de extrema dureza a otro país terminaba por rehacerse y permanecer aislada de una realidad que se abría camino hacia su corazón cada vez con mayor fuerza y cobrando más y más empuje. Pero cuando Mark salvó a Anthony para impedir que su dicha se hiciera añicos, el dique de contención de sus recuerdos se vino abajo y finalmente, su amor desbordado e infinito como las aguas embravecidas de las que la rescatara Mark terminó por anegar su corazón. Mark supo entonces que si volvía a marcharse, la mataría y él terminaría por no sobrevivir a su separación. Aquella tarde no fue tanto la gravedad de sus hemorragias y heridas la que mantuvo atado a ese momento, sino su desesperada pasión que a él, pese a ser más fuerte que Candy en ese sentido y no estar protegido por una especie de bloqueo mental, le había terminado por doblegar del todo.
Y aquel lazo les encadenaría de por vida.
3
Saori reflexionó sobre las razones que le habían impulsado a buscar la ayuda de Mark, intentando destruirlo. Puede que sonara muy extraño, pero para lograr que la mítica sirgue, elaborada en el mismo metal primigenio que nació de la creación del Universo despertara de su letargo, hacía falta un acontecimiento tan traumático, que afectara a la psique del joven como para conseguir que la armadura se vinculara con este. Saori sabía perfectamente que el nuevo enemigo de la Humanidad no sería abatido por sus caballeros, conocía de antemano que el poder del retorcido y torticero científico no era fácil de abatir. Y por esa razón sacrificó el Santuario y ella misma se puso en mortal peligro para conseguir sus propósitos. A su vez, el doctor Infierno, tratando desesperadamente de ganar tiempo se propuso desviar a Mark hacia Nevus, con un elaborado engaño del que formó parte su mano derecha, el barón Ashura haciendo creer a Mark, que la energía del gran árbol que con sus raíces sostenía al mundo también influía sobre el destino de la Tierra. Y como parte del engaño, otro de sus lugartenientes, quizás el más peligroso y letal de todos, el Vizconde Cerdo, maestro del engaño y el disfraz, supremo dominador de las arcanas artes de la Magia, fue enviado a influenciar a Atenea. Quizás contra la diosa no hubiera tenido nada que hacer, pero Saori, su receptáculo humano seguía siendo como mortal, tan vulnerable y atacable como cualquiera del resto de los habitantes del planeta. El temido vizconde, tal vez no pudiera ni rozar tan siquiera a una diosa, pero su parte humana se hallaba a su alcance. Se infiltró en el Santuario, en el cual no llegó ni poner la planta de sus pies, y se proyectó mediante una imagen de si mismo hasta los aposentos privados de Saori,. La imagen fantasmal, susurró bajo la forma de un hombre de piel cetrina y larga barba enmarañada y negra al oído de la muchacha, mientras dormía profundamente, lo que debería de hacer y decir para convencer a Mark de que realizase tal inusual y largo viaje a otra dimensión, que resultó ser finalmente un planeta situado en los márgenes del Universo conocido.
Mientras Mark buscaba enemigos ficticios en otro mundo alejado varios cientos de años luz de la Tierra, y al que el doctor Infierno había despachado a su más fiel servidor engañándole a su vez, para dar más verosimilitud a su complicado y sutil plan que fue tejiendo como una tela de araña en torno a Mark, él secuestraría a Candy para doblegar a Mark a su merced, obligándole incluso a secundar sus malvadas intenciones, pero las cosas se complicaron en grado sumo. La resistencia terrestre contra sus designios, encabezada por un anciano médico francés centenario, en algún lugar de Centroeuropa estaba absorbiendo más recursos y medios de los que podía permitirse. Teniendo que enviar a su otro lugarteniente, el conde Broken para sofocar la rebelión se le presentó otro percance. La disciplina de sus tropas y el antaño poder e influencia que ejercía sobre las mismas, se habían esfumado. El colapso interno y el subsiguiente caos habían dejado paso a un estado de degradación y decadencia casi totales. Incapaz de evitar que los cimientos de su imperio fueran deshechos desde dentro de forma soterrada, y con el principal de sus lugartenientes ausente, que quizás podría haber remediado la situación, al menos en parte, porque el prestigio y el dominio que el barón Ashura ejercía sobre las máscaras de hierro estaban fuera de toda duda, solo era cuestión de tiempo, nunca mejor dicho que Mark buscase al doctor Infierno para vengar la terrible afrenta que le había inferido, no tanto por él, sino por el dolor y el sufrimiento que había planeado producirle a su esposa y a sus seres queridos. Mientras arrasaba el imperio subterráneo del doctor Infierno, o más bien lo que quedaba de él, pensó en la advertencia que le había realizado al capataz de los Andrew en sus instantes finales de vida, cuando terminó con esta:
"Si me hubieras atacado a mí, quizás te hubiese perdonado la vida, pero al haber hecho sufrir a mi esposa, has firmado tu sentencia. Mi esposa, mi Candy es sagrada, pero ahora es demasiado tarde para que lo entiendas".
Mientras Tauros F3, herido mortalmente por Mark, se precipitaba sobre el malhadado y ofuscado Doctor Infierno , que permanecía sentado en su trono, poco después de que en un gesto de magnanimidad o quizás postrer sentido del honor liberase a Koji Kabuto y a Sayaka Yumi, el vizconde Cerdo aprovechó para deslizarse subrepticiamente por un pasadizo secreto, huyendo en la oscuridad mientras las llamaradas de iridium siseaban rabiosas destrozándolo todo. Broken yacía sin vida a pocos metros de su señor y Ashura, en su retirado dorado en otro mundo no prestó la menor atención a los dramáticos acontecimientos que estaban terminando con el sueño malvado de su otrora poderoso amo y señor. Antes de perderse entre las tinieblas, el vizconde Cerdo se giró y juró venganza mientras se lamentaba lentamente con la cabeza gacha:
-Si el doctor Infierno me hubiera escuchado, si mi señor hubiera dejado todo este asunto en mis manos…
4
La retorcida venganza del Vizconde Cerdo no tardó en llegar. De hecho, mientras Mark estrechaba a su esposa entre sus brazos, la cual dormía plácidamente recostada en él, mientras el joven disfrutaba de su compañía y rememoraba hechos de su vida, una oscuridad tan impenetrable como cerrada invadió la habitación. De repente las estrellas que titilaban en el firmamento parecieron apagarse y un viento helado invadió la alcoba. Mark extrañado se irguió con cuidado de no despertar a Candy, la cual seguía sumida en un profundo sueño para asegurarse de que las contraventanas del balcón estaban cerradas, al igual que los batientes de la puerta que se abría al balcón que presidía la parte central de la fachada de la mansión Legan. Caminó con tiento intentando no hacer ruido. Mark se giró hacia Candy que bañada en la escasa luz proveniente de unas nubes plateadas que asomaban por el horizonte semejaba una princesa de cuento de hadas, increíblemente hermosa con los cabellos rubios deplegados sobre la almohada y en torno a sus hombros, mientras mantenía las manos entrelazadas sobre su regazo. Mark dirigió hacia la muchacha una mirada cargada de amor. Habían luchado tanto por su amor y habían pasado por tantas pruebas tan duras y terribles que se le hacía extraño vivir en un remanso de paz. Si hubiera sospechado lo que le esperaba, tal vez no hubiera sido tan confiado. Mark examinó las contraventanas de madera y movió el picaporte de las puertas dobles tras las cuales, estaba la imponente terraza desde la que los hermanos Legan recibieran a Candy con un jarro de agua que vaciaron completamente sobre su cabeza. Como reacción a aquello, de no presentarse rápidamente Helen, Candy habría arrojado a Neil por encima de la balaustrada al enlazarle la muñeca con un lazo que llevaba entre las manos. Sonrió al evocar que aquel lugar había sido el punto de partida para la difícil vida de su valerosa y bella esposa. Las puertas estaban cerradas firmemente y no había ni una sola rendija por donde entrara aquella repentina ráfaga de aire gélido que se había colado sorpresivamente en la habitación. Volvió a la cama restregándose los ojos, tras reprocharse aquellas figuraciones tan infantiles, más propias de sus hijos que de él. Se acostó nuevamente junto a su esposa a la que besó levemente en los labios. La muchacha no se movió ni un ápice. Mark dio un pequeño respingo. Normalmente Candy no tenía el sueño tan profundo, pero tampoco era cuestión de despertarla para comprobarlo. Se tendió de costado cuan largo era en la cama sobre las sábanas cubriéndose con el edredón, cuando de repente sus músculos se crisparon y se puso tenso. Un par de ojos oscuros y crueles le estaban observando desde el fondo de la habitación.
5
Inmediatamente se puso en pie de un salto tomando su arma, de la cual no se había vuelto a separar pese a las protestas de Candy. Odiaba tener que interrumpir el descanso de su esposa, pero fuera lo que fuera aquello, no la iba a dejar desprotegida a su merced. Mark amartilló el arma con un suspiro. El ruido sería lo bastante fuerte como para que Candy retornara del mundo de los sueños. Esperaba que el resto de los habitantes de la casa no se alarmaran por el fuerte sonido que estaba a punto de producir. Para su extrañeza, Candy no solo no abrió los ojos si no que parecía completamente inmóvil pese a que continuaba respirando suavemente y su torso se elevaba y descendía acompasadamente. Entonces los ojos que le observaban crueles y burlones, aparecieron enmarcados por un rostro adusto y cruel, enmarcado por una larga y poblada barba. El hombre de enmarañados y largos cabellos negros que se confundían con su barba llevaba un traje pasado de moda. Mark levantó su arma y le apuntó pero el hombre sonrió burlonamente y dijo sin pronunciar palabra:
-Es inútil alacrán, nunca podrías alcanzarme, porque lo que estás viendo no es mi cuerpo físico sino una representación del mismo. Una imagen etérea e impalpable.
Las palabras del ser resonaban en su mente. Mark temió que estuviera en lo cierto porque en ningún momento aquel hombre habría logrado invadir la intimidad de su cuarto sin que él no se hubiera dado cuenta.
Temiendo lo peor fue a despertar a su esposa, para que aunque se llevase un terrible susto, sacarla de allí cuanto antes y ponerla a salvo mientras él se las entendía con el hombre barbudo, el cual antes de que Mark hubiera siquiera empezado a moverse le transmitió su pensamiento:
-Es inútil Mark. Tu esposa ha caído en un letargo más profundo que el del sueño definitivo. No podrás despertarla y tus poderes está vez no te servirá de gran ayuda.
Mark intentó abalanzarse contra el ser el cual no se movió para acreditar la veracidad de sus afirmaciones. Sus contundentes puñetazos solo rasgaron aire, atravesando la adusta y temible silueta del hombre.
-¿ Quién eres ? ¿ qué le has hecho a mi esposa maldito cerdo ? –aulló fuera de sí. Ya le daba igual que el resto de los moradores de la mansión se despertaran, pero no se escuchó ningún rumor, ni el más leve susurro. Ni siquiera Mermadón que solía estar activo durante la noche como medida supletoria de seguridad y vigilancia reaccionó.
-Mark tranquilízate –le dijo la imagen sin desplegar los labios- todos los habitantes de esta casa, incluido vuestro robot, están inmersos en un letargo del que no los podrás rescatar por medios violentos. Pero no temas, no han sufrido el menor daño. Todos ellos recobrarán la consciencia al amanecer, menos tu esposa.
Mark sintió como un escalofrío le recorría la espina dorsal. Por alguna razón que aun no alcanzaba a comprender, aquel ser se le hacía sospechosamente conocido, muy conocido. Captando sus dudas y temores, el hombre asintió y le envió sus pensamientos:
-¿ No me conoces Mark ? –preguntó desgranando las palabras- bien, te lo voy a decir. He venido a vengar a mi señor el Doctor Infierno. Soy el Vizconde Cerdo.
Mark notó como la sangre se paralizaba en sus venas. Era el ilusionista, el mago, el encantador del doctor Infierno y el más terrible de sus lugartenientes. De todos ellos, no había reparado en el más astuto y temible.
5
No tenía ninguna opción. Si disparaba una granada cónica contra el ser, explotaría con tal violencia que la mansión entera saltaría por los aires matando a su esposa, y a todos nosotros, menos a la visión que continuaba observándole con sus ojos burlones y una ligera sonrisa entre los labios que se abrían entre las hirsutas pero bien cuidadas barbas. Emplear el iridium representaría otro tanto de lo mismo. Aunque pudiera inferir algún daño al vizconde Cerdo, seguramente la mansión Legan ardería como una tea hasta los cimientos. Llorar y maldecir no arreglaría el problema ni haría que su esposa o los demás recuperásemos el sentido. Por lo que Mark bajó el arma aun sin desplegar y dijo mirando suplicante al vizconde:
-Si me quieres a mí adelante. Aquí me tienes, pero deja en paz a mi esposa y a mi familia, por favor –dijo con las lágrimas bajando por sus ojos de azabache mientras se arrodillaba ante el secuaz de su antiguo enemigo.
-Levántate alacrán –dijo la aparición con voz autoritaria- aunque solo deseo vengar a mi amo y señor, no quiero hacerlo humillándote. Eres el único enemigo que ha demostrado una tenacidad y una fortaleza increíble. Tu poder y fuerza son tales que ni yo personalmente podría vencerte y por eso me manifiesto a través de esta representación incorpórea mía. Por eso te propongo un reto.
Mark se alzó lentamente. Creía que había entendido mal las palabras del ilusionista.
-El resto –prosiguió la imagen que se agitaba levemente deformando el aire sobre el que se mecía lentamente- consiste en que me demuestres que tu amor por Candy es tan fuerte como para haberte posibilitado derrotar a mi señor.
Antes de que Mark intentara decir nada, el vizconde alzó la mano derecha interrumpiéndole, para pedir silencio.
-El reto consistirá en que pruebes que eres capaz de defender tu amor en las condiciones más adversas, para lo cual deberás trasladarte a una realidad alternativa donde otro hombre disputará el corazón de Candy contigo, aun sin saberlo.
Mark notó como una sorda ira le atenazaba. Lo que le estaba proponiendo el vizconde era ni más ni menos que utilizase sus poderes para recalar en una línea temporal en la que Candy y Terry eran novios y tal vez tuviesen posibilidades de llevar adelante su amor.
Mark se negó en redondo y tan vehemente que el ser retrocedió unos pasos, pese a que era una imagen incorpórea a la que Mark no podía dañar. Era evidente que el auténtico vizconde manejaba su propia imagen a mucha distancia de allí desde un lugar seguro. Por un acto reflejo, dio un paso atrás ante la impetuosa acometida de Mark.
-Entonces –dijo cruzando los brazos- y dirigiéndole una mirada de soslayo- tu esposa no abrirá los ojos jamás. Elige Mark. No puedo obligarte a que participes en mi desafío, ni enfrentarme físicamente a ti porque no tendría la más mínima oportunidad en un combate cuerpo a cuerpo, pero si que puedo influir en la mente de Candy para que continúe durmiendo eternamente. Tú decides alacrán. Mark vertió dos lágrimas sobre la alfombra de su lujoso cuarto. Los regueros blancos que perlaban sus mejillas brillaron como rayos de luna en su faz. No dijo nada. Y no era para menos. El alterar una realidad alternativa, ya el mero hecho de invadirla podía acarrear que terminase desplazando la original reemplazándola. En resumidas cuentas, podía perder a Candy, y sus hijos tal vez no nacer nunca, porque como resultado de la manipulación quizás no llegara a surcar el tiempo o cayera en otra época muy distinta de aquella en la que había conocido a Candy, enamorándose mutuamente el uno del uno.
Pero no tenía otra opción. Por lo que intentando contener las lágrimas y mostrar el debido respeto al vizconde pese a que solo deseaba arrancarle el alma, cosa que el siniestro personaje percibía en su mente como violentas olas de ira estrellándose contra el acantilado de su desesperación escuchó las condiciones y esencia de su retorcido y macabro plan.
6
Las condiciones eran sencillas. Debía de viajar a esa otra realidad alternativa y partiendo del momento en que Candy y Terry Grandschester se conocía intentar reconquistar a su esposa, que naturalmente no le conocería de nada y no estaría casado con él. Tampoco existirían sus hijos Marianne y Maikel y ninguno de nosotros tal vez estuviéramos allí tampoco.
-Podrás utilizar tus poderes, pero al final, lo que contará es la decisión final de Candy. Si cuando llegues al final del todo, ella corresponde a tus sentimientos, haré que ella despierte y nunca más volverás a saber de mí. Te lo garantizo.
-Y si no utilizo mi poder mental contra ti –dijo al captar los pensamientos de Mark al respecto- para derrotarte, es porque tu mente es demasiado poderosa como para influenciarla o doblegarla, aparte de que podrías rastrearme con una mínima probabilidad de éxito y tu venganza sería ciertamente horrible.
7
No podía hacer otra cosa que escucharle y permanecer allí quieto, conteniendo su rabia y sus lágrimas. Su arma brillaba levemente sobre el suelo de madera de su habitación, a donde había ido a parar una vez que lo arrojara con estrépito y furia, aunque como le había predicho la aparición, nadie en la mansión se despertó. No se escuchó ni el más leve susurro, ni el sonido más apagado se dejó sentir en los pasillos, ni en los salones de la mansión de los Legan. Mark acariciaba los cabellos de su esposa, empapando su bello rostro con sus incesantes lágrimas, mientras se preguntaba espantado y rabioso porqué, porqué su ángel, la madre de sus hijos y su compañera tenía que sufrir aquel irreal y horrible tormento.
-Perdóname amor mío, perdóname -susurró Mark mientras besaba el rostro de Candy que continuaba sumida en un sueño muy profundo. Entonces Mark se acordó de Maikel y de Marianne y tuvo la tentación de ir rápidamente a sus habitaciones para comprobar que se encontrasen bien. No sabía que hacer. Por un lado no se atrevía a dejar a su esposa sola junto a la imagen del hombre barbudo y de piel cetrina que le observaba ceñudo con las manos entrelazadas sobre su regazo. Por otro, si lo que le había comentado era totalmente cierto y preciso, ningún habitante de la casa se despertaría. Como si realmente pudiera leerle el pensamiento el vizconde de indigno nombre repuso mientras su imagen fluctuaba como las calmas aguas de un lago al arrojar una piedra a su superficie formando ondas concéntricas:
-No ganas nada yendo a cerciorarte. Están tan dormidos como ella. Con la diferencia de que despertarán mañana por la mañana, pero ella no. Candy continuará en su letargo, hasta que cumplas tu parte del pacto.
Mark se giró encolerizado. Esgrimió su puño izquierdo hacia delante mientras algunas llamaradas de iridium empezaban a alzarse de su piel. Las mangas de la camisa de su pijama empezaban a consumirse presas de un voraz fuego. Ningún tejido que no fuera el de la ropa que llevaba puesta cuando involuntariamente saltó en el tiempo, podría resistir en modo alguno, el sofocante y tremendo calor. El vizconde negó con la cabeza y le dijo sin mover los labios:
-Es inútil amigo mío. Las llamas del iridium no tendrán efecto sobre mí, porque me encuentro a mucha distancia de donde he enviado mi imagen. Además -dijo el astuto ser- si desatas tus llamas quemarás esta casa, con todos los que la habitan. No tienes más remedio que escucharme Mark. Estás condenado a entenderte conmigo.
-Jamás.
-Entonces -dijo señalando el cuerpo inerte de su esposa- Candy continuará así para siempre. Eternamente joven y hermosa como ahora, pero su sonrisa...jamás volverá a iluminar su rostro.
Mark intentó contener su llanto pero fue incapaz. Largas hileras de lágrimas resbalaban por sus mejillas. Meneó la cabeza y preguntó al ser mientras golpeaba las baldosas de la habitación con sus puños desnudos dominado por una furia incesante:
-¿ Por qué ? ¿ por qué ella ? ¿ por qué no te enfrentas a mí directamente ? -gritó encarándose con la proyección del vizconde Cerdo.
-Ya te lo he dicho, porque eres demasiado poderoso. Ni yo podría salir victorioso de un combate abierto contra ti. Y si la he elegido a ella -dijo en referencia a Candy- es porque este es el máximo daño que puedo inflingirte sin arriesgarme directamente.
-Si ese es el problema -dijo mirando al vizconde con sus ojos de azabache- dime donde estás y yo mismo iré para que me inmoles, a condición de que devuelvas la consciencia a mi esposa.
El ser pareció reconsiderarlo, mesándose la abundante barba que crecía sobre su mentón. Entonces sonrió levemente y dijo:
-No, por dos razones.
-La primera, porque aunque accediera, sigues siendo lo bastante rápido como para intentar eliminarme una vez que accediera a lo que pidieses.
Antes de que Mark pudiera aducir nada, el vizconde levanto su mano derecha extendiendo otro dedo y explicándole al atribulado joven:
-Y la segunda, porque alguien como tú, Mark Anderson no puede ser ajusticiado como un perro. Mi señor el doctor Infierno encontró un digno oponente en ti, por lo que, debido a ello también mereces mi respeto.
Mark sabía que no tenía nada que hacer. Ni tampoco daría resultado salir al exterior y tratar de encontrar al Vizconde, ni en las inmediaciones de la casa ni viajando a los confines del planeta. Mark se removió los cabellos abatido y asintió respirando de forma agitada.
-De acuerdo, de acuerdo -dijo intentando recobrar la compostura- jugaremos a tu juego.
El ser asintió con una leve inclinación de cabeza. Su larga capa ondeaba a su espalda como una trágica banderola fúnebre.
-Muy bien. Entonces procederemos como te he dicho. Sal al exterior, y viaja a la realidad alternativa que se hubiera producido de no haberte conocido Candy. Si en esa dimensión consigues ganar su amor, me convencerás de que aun puedo tener fe en este mundo y levantaré el castigo a tu mujer. Podrás utilizar tus poderes. Si para cuando llegue el instante en que comenzó todo has conseguido que se enamore de ti, cuando retornes aquí de nuevo, la encontrarás sana y salva y no volverás a verme jamás. Palabra.
-¿ Qué momento inicial ? -preguntó Mark confuso y ofuscado por la impotencia que le aquejaba por no poder solucionar aquello de otra manera, que obviamente su rival desaprobaba del todo -¿ a qué te refieres ? ¿ a cuando la conocí en la Colina de Pony ? ¿ sobre aquel árbol gigantesco ?
-No, me estoy refiriendo al instante en que combatisteis contra Norden el día que le enviamos al hospicio a secuestrarla y no lo logramos porque Haltoran y tus amigos lo impidieron.
Mark guardó silencio. No tenía humor ni fuerzas ni deseos de reemprender un salto no ya en el tiempo si no a otra dimensión con resultados impredecibles y puede que catastróficos, pero el ser tenía razón. El iridium no podría traerla de vuelta a la vida, a menos que se sometiera a los dictámenes de aquel ser perverso y enloquecido.
-Acepto -dijo con voz queda, girándose para mirar a Candy por última vez- pero si lo consigo e incumples tu promesa, si durante mi ausencia le haces el menor daño a mis hijos, a mi esposa o a mis amigos, dedicaré el resto de mi vida a seguir tus huellas y no pararé hasta dar contigo para matarte. ¿ Me has entendido ?
El vizconde asintió con un leve escalofrío recorriéndole la espina dorsal, al otro lado del mundo, desde su escondrijo en las heladas entrañas de Islandia. Con toda su vida disponible y sin nada que perder, Mark se convertiría en un terrible y letal adversario que no cejaría hasta hallarle y acabar con él en el supuesto de que su familia o alguno de nosotros sufriera algún daño.
-Tienes mi palabra de que así será. Si me demuestras que ese amor que provocó la caída de mi señor el doctor Infierno, puede superar mis pruebas te la devolveré sana y salva. Es más, durante el tiempo que permanezcas ausente, ningún poder en este mundo les importunará. Aunque te suene a burla atroz yo defenderé a los tuyos.
Mark dio por zanjada la extraña e irreal conversación. Se cambió de ropa ante la imagen fantasmal y poniéndose su ajado y deshilachado atuendo asintió, mientras la cazadora se aposentaba sobre sus hombros y el RPG-12 era guardado totalmente plegado en un compartimiento secreto de su cinturón.
-Está bien ¿ alguna consideración más antes de partir ?
El vizconde afirmó con la cabeza y dijo:
-No sé si lo sabes, pero en las dimensiones a diferencia que en las distintas épocas no existe la posibilidad ni de escoger el momento ni el lugar más propicio para hacer la reentrada. Aparecerás donde aparezcas. Y ten en cuenta que no podrás retornar hasta que consigas tu objetivo, porque si tratas de engañarme, el sueño de tu esposa se hará irreversible y por otro lado, aunque podrás usar el iridium a voluntad no podrás emplearlo para saltar en el tiempo hasta pasado un lapso que ni yo estoy en disposición de indicarte cuanto será.
Mark asintió y aferró el pomo de la puerta para salir al exterior. Antes de dejar la habitación preguntó con voz queda y apagada:
-¿ Por qué haces esto ? ¿ no sería más fácil quitármela desde un principio, sin condiciones ni metas previas?
-No alacrán. Debes de probarme que ese vínculo de amor que os ata de forma inalterable realmente vale la pena. Debe de ser así –dijo la imagen del ser, tajante.
8
Ya no había vuelta de hoja. La irreal situación planteada entre el mortal más poderoso del planeta y un enemigo temible que se escondía entre las sombras y del que solo percibía una etérea e intangible imagen, había finalmente confluido en una macabra competición cuyo premio sería la vida de la propia Candy. Mark no tenía ninguna otra opción que aceptar los términos del temible vizconde. Suspirando ruidosamente y procurando no volverse, porque si lo hacía se abrazaría tan fuertemente a su esposa que no sería capaz de moverse de su lado o terminaría tan abatido por el dolor que tal vez en su irreflexiva ira, acabaría atacando al fantasma de un hombre que no estaba allí, y tal vez quemase hasta los cimientos, la mansión Legan, su hogar y el de los padres adoptivos de Candy, aparte del mío con todos nosotros en su interior.. Mark salió al exterior una vez que clavó una fría mirada en los ojos oscuros del vizconde que semejaban dos rendijas de luz. Cuando el joven pasó por su lado, la imagen ya no sonreía. Se mesó la barba del mentón con la mano derecha y bajó la cabeza abrumado por emociones contradictorias.
Mark accedió a los jardines principales de la mansión situándose frente a una fuente muy semejante a la que destrozara durante su segundo salto en el tiempo, durante el que declaró su amor a su esposa, y que tras una serie de vicisitudes consiguieron consolidar. El vizconde leyendo los pensamientos de la mente de Mark reflexionó para sí. Nunca había aprobado los métodos del doctor Infierno, pero desde que le salvara la vida en circunstancias muy difíciles para él, no tuvo otro remedio que jurarle fidelidad. El vizconde asintió. Un chamán, un hombre versado en las artes ocultas como él nunca debería haber secundado la loca carrera hacia el poder del brillante científico. Cuando descubrió las masacres, las ciudades arrasadas hasta los cimientos por seres metálicos, sin alma y carentes de toda compasión debió de haberle persuadido, haber intentando detenerlo, pero no le fue posible. Porque sus férreos postulados morales le demandaban fidelidad al hombre que le había evitado perecer víctima del ataque de otra casta mágica rival cuando aun no era más que un simple practicante y no había sido iniciado en el camino de los secretos y herméticos rituales de los grandes magos. Y ahora que su señor había muerto, en cierta forma no estaba obligado a seguir guardándole obediencia aunque si cierta fidelidad. Por otro lado, Mark se había ganado su respeto y si superaba las pruebas que le tenía deparadas obtendría los elementos de juicio suficientes como para convencerse así mismo de que el joven merecía ser feliz junto a su esposa e hijos.
"Es extraño" -se dijo el siniestro personaje- "se supone que debería vengar a mi señor de forma definitiva, porque ese hombre acabó con su vida y la de sus hombres, pero por otro lado, hay un poso de nobleza en su corazón que me impide en convertir el sueño por el que está atravesando su esposa, en algo definitivo y eterno".
Miró desde la habitación en penumbra a través de los cristales de las puertas que daban al balcón y fue testigo de cómo Mark caminaba lentamente a través del jardín removiendo la hojarasca a cada paso que daba. Podía sentir las lágrimas de dolor por el destino de Candy que semejaba una especie de princesa, radiante en su belleza tendida en la cama de dosel con las manos entrelazadas sobre el regazo, así como el dolor que martilleaba su alma.
El vizconde entornó los ojos y se dijo que si Mark superaba aquel trance, la nobleza e indómito valor que adivinaba en el joven ganaría inmediatamente su definitivo y más absoluto respeto.
9
Mark se dispuso a activar su poder. No sabía si lo que pretendía aquel loco que le hablaba a través de una imagen fantasmal era factible. Ni siquiera sabía si podría alcanzar otra realidad temporal diferente a la suya. Teóricamente era posible lograrlo, pero las teorías no satisfacían a Mark. No podía llenar el inmenso vacío producido la terrible y absurda sanción que le había sido impuesta por destruir a un homicida peligroso. Por otra parte, aunque solo pensaba en como matar al vizconde y devolver a Candy a la vida lo antes posible y no estaba de humor para análisis o conjeturas, le pareció entrever una mirada de amargura y reposada tristeza en sus pupilas cuando hablaba del científico. Pero no era una mirada de admiración o de aflicción por su pérdida, si no de melancolía y sobre todo de vergüenza por haber colaborado tan dócilmente y sin quejarse en lo más mínimo, por el proceder de un hombre tan brillante como irreflexivo, tan inteligente, como sanguinario y despótico. Aunque Mark no le había interrogado acerca de ese al parecer curioso cambio de parecer en su carácter, el vizconde maestro de la ilusión y las palabras transmitidas sin que fueran pronunciadas, sonrió tristemente ante la recriminación mental que Mark le había hecho.
-Porque le había jurado lealtad por haberme salvado la vida, y debido a mi indecisión y cobardía, permití que sacrificara varios miles por haber preservado la mía -dijo el hombre gravemente.
Y como por un lado, sentía que tenía que realizar un postrer acto en memoria de su señor, como muestra de respeto hacia este, pero por el otro Mark se había ganado su admiración y consideración se le había ocurrido esta especie de macabra prueba, que si era superada por Mark le convencería de que el joven merecía todo su respeto y por otro se reconciliaría con el otro hecho que le atormentaba, de haber huido cobardemente mientras el doctor Infierno se sacrificaba por su ideario que bueno o malo era el que tenía, inmolándose en la pira funeraria que el enfurecido Mark había provocado envolviéndoles a todos en sus crepitantes y devoradoras llamaradas.
El Barón Ashura había sido más inteligente aceptando una existencia tranquila y reposada en otro mundo, mientras que el conde Broken recuperado de su alcoholismo salió de su particular batalla contra la bebida para entrar en otra casi de inmediato, contra el desatado Mark que sobrevolando las instalaciones del doctor Infierno no dejó piedra sobre piedra, y esta vez el conde, no fue capaz de ganar.
Había pensado en ajustarle las cuentas a Ashura, pero optó por no hacerlo. El eliminar al barón no le reportaría ninguna satisfacción aparte de que no devolvería la vida al doctor Infierno.
Pensó en la decisión que había tomado y asintió satisfecho. De todas las opciones que podía adoptar, aquella era la menos mala, bajo su particular punto de vista, y también la más acertada.
10
En el exterior de la señorial mansión, Mark se giró para mirarla por última vez. Su cazadora negra brillaba siniestramente bajo las estrellas pálidas que se mecían en el firmamento. El joven comprobó que su pesada y voluminosa arma estuviera en su sitio y crispó los puños para concentrarse y desatar mejor el iridium. No sabía si tendría éxito en alcanzar esa otra realidad alternativa, porque nunca antes había viajado a una de ellas. Incluso podría ocurrir que se disolviera en la nada o que la otra Candy de ese mundo ignoto y misterioso le odiara tan radicalmente, como tan fuertemente le amaba en el mundo que conocía y la felicidad que tan dramáticamente le había costado alcanzar. Aquello era de locos. Impulsado, obligado por el fantasma de un ser demencial se veía abocado a tomar una dramática decisión. No deseaba hacerlo, y por vez primera sentía que el vínculo que le atacaba a Candy podía resquebrajarse por causas ajenas a ambos. Suspiró maldiciendo sonoramente y tratando de contener las lágrimas. No servía de nada llorar, tampoco era de utilidad quedarse allí sin hacer nada. Cuando el alba despuntara sobre la mansión todos a excepción de Candy despertarían y entonces la horrible tragedia estallaría con todas sus consecuencias. Flexionó los músculos y se dispuso a correr tratando de alcanzar la máxima potencia para poder llegar a aquella otra dimensión. Entonces sintió el roce de una cadena metálica en torno a su piel. Tomó delicadamente los eslabones de oro entre sus dedos y sostuvo en la palma de la mano derecha un pequeño relicario que abrió con cuidado. Dentro el retrato de su mujer le sonreía encantadora, mientras sus cabellos ensortijados y adornados por cintas de seda caían sobre sus hombros. Los deslumbrantes ojos verdes se abrían como flores al aire de la primavera y su sonrisa era tan cautivadora que Mark esta vez no logró reprimir su llanto.
-Candy amor mío. Te juro que romperé ese maleficio, sea como sea.
Echó a correr. Dio grandes zancadas convirtiéndose en un rayo plateado a medida que sus piernas cubrían rápidamente los senderos de grava de los jardines de los Legan, que pese a su extensión se le estaban quedando rápidamente pequeños.
En el momento en que iba a imprimir a sus músculos el impulso final que le elevaría en el firmamento convirtiéndole en una estrella más, dos imponentes figuras le salieron al paso haciendo que tuviera que frenarse en seco, casi colisionando contra los dos intrusos. Mark adelantó su puño izquierdo soltando una llamarada de fuego que rasgó la oscuridad. Entonces una voz familiar y tranquilizadora le habló en ese instante:
-Mark, amigo mío, ¿ qué está pasando aquí ?
El hombre que había pronunciado estas palabras se adelantó de forma que su rostro quedó iluminado por las danzarinas lenguas de fuego que partían de la muñeca izquierda de Mark. Unos cabellos pelirrojos rebeldes se deslizaban sobre la frente, bajo la que unos ojos verdes le contemplaban con sorpresa.
-Haltoran –exclamó Mark sorprendido al tiempo que apagaba las llamaradas con un siseo- ¿ qué estás haciendo aquí ?
La figura que se encontraba detrás del joven caminó lentamente y una voz meliflua le saludó efusivamente. Aunque Mermadón tenía sentimientos a veces no percibía bien los ajenos. O quizás se debiera a que no podía adoptar un tono de voz triste. Haltoran le había programado así.
-Tuve un mal presentimiento sobre Candy y me acerqué hasta aquí procurando que Annie ni Alan se despertaran, sobre todo la bruja de mi suegra que ha venido a pasar unos días con nosotros. Ya ves que soy un tonto y un alarmista. Hasta le he pedido a Mermadón que me acompañara.
Mark se sorprendió que al contrario que lo que le había referido el vizconde, el robot no había perdido la consciencia, quizás porque como tal no tenía o quizás el vizconde había sobrevalorado su propio poder.
Mermadon aun desconocía la horrible situación que guardaban los muros de la mansión Legan porque había estado desconectado no por efecto de la influencia mental del vizconde si no porque una vez por semana necesitaba recargar sus baterías eléctricas. Aunque su planta de potencia estaba basada en el iridium, las baterías que movían sus extremidades tenían que recargarse periódicamente. Por eso el vizconde había creído que su poder había influenciado a la prodigiosa máquina y por ello el robot creía que todo seguía envuelto en un manto de normalidad que no era más que una mera ilusión.
Entonces Mark, pese a la prisa que tenía o quizás temiendo que nunca más volvería a ver a Candy porque tal vez perdiese la vida en el intento se echó sobre Haltoran y le abrazó sorpresivamente llorando amargamente. Con voz entrecortada le contó la absurda situación en que sin comerlo ni beberlo, la hermosa muchacha y su familia, incluyéndome a mí, nos había sumergido en una especie de letargo de cuento de hadas, solo que aquello no era un cuento y el hada si acaso era malvada.
Haltoran apenas consiguió entender a Mark por lo nervioso, apurado y rabioso que estaba pero cuando finalmente lo hizo, se rascó la cabeza y no supo que pensar. Sabía que Mark no mentía. De hecho, prácticamente nunca le había mentido. Entonces le palmeó la espalda y dijo resignado a creerle y a secundarle en una nueva aventura otra vez más:
-Está bien. Supongo que no hay tiempo que perder. Vamos ve delante Viajaré en Mermadón. Ya veo que mis presentimientos eran acertados.
Pero Mark le miró con ojos tristes. Se separó de su amigo y le dijo depositando la mano derecha sobre su hombro:
-Te lo agradezco amigo mío. Pero tengo que ir yo solo. Esta vez no puedes seguirme.
Haltoran adivinó problemas. La terquedad de Mark era legendaria. Se preguntó que utilizaría esta vez para intentar disuadirle. El lanzagranadas o las voraces haces de fuego.
Mark comprendía que su amigo solo intentaba ayudarle, por encima de todo por lo que tampoco quería herirle o dañarle. No se lo perdonaría nunca si tal sucedía, pero no podía dejarle ir con él. Esta vez no sería posible. Viajar a una realidad alternativa no era lo mismo que hacerlo a otra época. Sólo alguien dotado de un formidable poder lo conseguiría. Y en estos instantes hasta él dudaba de poder reunir el suficiente para alcanzar esa meta.
Antes de que Haltoran pudiera replicar nada, Mark se irguió cuan largo era y fingió aceptar la oferta de su amigo tras haber hecho como que reflexionaba. En ese momento se giró como una centella y proyectó un haz de luz iridiscente en torno a Haltoran y Mermadón que quedaron inmovilizados férreamente sin que ni tan siquiera el robot a instancias y cumpliendo las órdenes del enfurecido joven pelirrojo pudiera romperlos.
Haltoran forcejeó pero era imposible. Aquellos anillos parecían de acero
-Suéltame maldito cabezota –gritó Haltoran haciendo muecas, que de no ser por las tristes circunstancias por las que estaba pasando, le habrían hecho reír de buena gana.
Mark meneó la cabeza y les observó con sus ojos arrasados de lágrimas por tener que hacer aquello, y sobre todo por el trágico estado de Candy.
-De verdad, Haltoran amigo mío, os llevaría conmigo, pero no puede ser. Un ser humano normal, sin poderes como los míos se quemaría como una brizna de paja.
-Mierda –masculló Haltoran mientras instaba al robot a que destrozara cuanto antes los brillantes anillos de luz que ceñían sus cuerpos, pero pese a que los dedos del robot estaban realizando un esfuerzo sobrehumano los círculos no cedían ni un ápice.
"Se ha vuelto demasiado fuerte" –pensó Haltoran abrumado tratando de encontrar una solución desesperadamente- "cuando Candy le besó poco antes de salvar al Titanic debió aumentar el poder de sus facultades hasta extremos insospechados, pero cómo ha podido…?"
-No le des más vueltas Haltoran –dijo Mark entristecido, recogiendo la bolsa de munición que había depositado sobre la hierba mientras conversaba con Haltoran- no puedo dejar que me acompañes. No soportaría sobre mi conciencia el dejar viuda a Annie y a Alan sin su padre.
-Se supone que soy tu amigo –le recriminó Haltoran crispando los puños y agitándose, pero los anillos de energía se tornaban más herméticos cuantos más esfuerzos realizaba por zafarse de su presa –tienes que dejarme ir. Candy también es amiga mía, y no puedo permitir que vayas solo. Tal vez no puedas lograrlo, ¿ has pensado en ello ?
Mark bajó la vista. Su mirada triste recorrió los parterres floridos y sobre los que revoloteaban algunas mariposas nocturnas. Afirmó mientras decía lentamente:
-El mejor que he tenido jamás, y por eso precisamente, no quiero que arriesgues tu vida en vano. Tienes que pensar en tu familia, Halt. Y aunque no logre –se interrumpió un momento y dio un fuerte tirón a la correa que mantenía la mochila pegada a su espalda- yo tengo que hacerlo por la mía.
Mark se giró. No le gustaban las despedidas y se dispuso a echar a correr nuevamente, pero se quedó quieto y dijo sin volverse:
-Adios Haltoran. Los anillos se disolverán tan pronto como me aleje de vosotros, una vez que mi cosmos no los alimente. Y no trates de usar a Mermadón. Su anillo ha absorvido su energía aunque tendrá el suficiente iridium para mantenerle activo pero no para viajar en el tiempo. Hasta dentro de una semana no tendrá capacidad para saltar en el tiempo, y espero retornar antes de que amanezca…si todo va bien –musitó con dificultad.
Haltoran ladeó la cabeza. Le parecía haber escuchado mal. Por un momento creyó oír en boca de Mark la palabra cosmos.
Entonces reparó asombrado en los anillos que les sujetaban. Sólo había una persona en todo el planeta capaz de hacer algo así, y Mark había sido capaz de replicar su técnica a la perfección aumentando su eficacia exponencialmente hasta extremos insospechados. Y por lo que parecía no había perdido su capacidad de generar un cosmos, que era lo que estaba haciendo para alcanzar esa meta tan lejana.
¿ A dónde se proponía ir ? ¿ qué locura estaba tratando de poner en práctica ?
Echó a correr. Haltoran le gritó pero Mark no se paró a escucharle. Continuó caminando para hallar un lugar idóneo desde el que iniciar su fantástico y loco viaje.
11
Ciñó en torno a su cuello el medallón con el retrato de Candy una vez que lo hubo besado con sus labios trémulos. Lo unió al colgante de la cabeza del águila engarzada en una cadena de plata, que era idéntico al que Mark había encargado para Candy. Crispó los puños y echó a correr mientras las lágrimas brotaban de sus ojos negros. Los recuerdos se fueron agolpando en su mente, mientras la rabia se iba apoderando de él, la rabia y su ciego furor le infundían un coraje que a su vez se traducía en la vivacidad de sus llamas que azotaban el aire, mientras el iridium completamente desatado silbaba rabioso al entrar en contacto con la atmósfera. Varias zancadas, Candy en su mente, la primera vez que la conoció. Sus ojos se encontraron por un instante eterno. Las pupilas de esmeralda y las de azabache se unieron en un baile, una danza de amor que ya no cesaría jamás.
Una breve explosión. El iridium formaba una densa neblina anaranjada en torno suyo. Si algo le agradecía al vizconde era haber sumido en un profundo sueño a sus hijos y al resto de nosotros para que no presenciáramos su loca y desesperada carrera tal vez hacia ninguna parte. Le habría gustado despedirse de Marianne y de Maikel, pero si entraba en su alcoba y los abrazaba, tal vez no reuniera el valor necesario para partir.
Algunas flores se marchitaron debido al sofocante calor. Mark corría desesperadamente. Sus pies casi no tocaban el suelo. Aunque no solía hacer mediciones de sus prodigiosas marcas, esta vez realizó el cálculo mental, tal vez para distraerse y no perder el juicio, debido al dolor que le atenazaba el alma por la suerte de su amada esposa y sus hijos. Calculó que estaba corriendo en torno a los cien kilómetros por hora. Entonces dio un gran salto despegándose del suelo. Si continuaba a ese ritmo terminaría por estrellarse contra los grandes muros exteriores de la finca de los Legan o quizás provocando una accidental explosión nuclear, pero necesitaba todo el impulso necesario para proyectarse hacia otra realidad. Entonces plegó los brazos en torno al cuerpo y subió como una flecha de plata para perderse entre la oscuridad, ganando rápidamente altura. Cuando estuvo en la estratosfera, se escuchó un fuerte ruido y una estela de fuego como la de un cómeta fue el último testigo de su partida, si exceptuamos a un joven pelirrojo triste y un robot confundido por no haber podido ejecutar una en apariencia sencilla orden. Tan pronto como Mark refulgió como un diamante en la bóveda celeste, los anillos concéntricos se disolvieron tal y como les prometiera. Haltoran tuvo la tentación de entrar en la mansión para obligar a aquel extraño personaje a revelarle como viajar en pos de Mark, pero entonces recordó las palabras de su amigo de que solo era una ilusión y que probablemente él también terminaría por quedar inconsciente.
-Supongo que por esta vez –dijo Haltoran cariacontecido- tengo que permitir que vayas tu solo akarsnia. Espero que sepas lo que haces.
Sin embargo sonrió satisfecho. Aunque él no estaría allí como otras veces, uno de sus inventos le acompañaría. Mientras Mark les daba la espalda teatralmente, poco antes de saltar en el tiempo, Haltoran le había deslizado uno de sus jetpack en su mochila a la espera de que le fuera de utilidad. No supo porqué pero presintió que le haría falta. Lo mismo que había notado como Candy estaba en peligro.
Cuando quedó libre entonces se reprochó su cobardía. Aunque Mark no estuviera allí no podía quedarse de brazos cruzados. Tenía que hacer algo, y esgrimiendo su arma de asalto que desplegó rápidamente corrió hacia la entrada principal de la mansión, cuando la imagen de un hombre de piel morena y abundante barba le cerró el paso. Aunque le había costado creer la historia de Mark, la sola mención de lo que aquel peligroso ser le había hecho a Candy, le había empujado a intentar seguir a Mark para ayudarle, pero dado que el joven había terminado por salirse con la suya impidiéndole ir con él, intentaría por lo menos proteger a Candy. Cuando iba a franquear el umbral de la mansión, la proyección alzó la mano izquierda y un viento huracanado le impidió continuar adelante.
-Detente Haltoran. Admiro tu valor, pero no puedes pasar. Tu amigo te lo ha referido, pero te has negado a hacerle caso. No puedes entrar aquí. Las personas que duermen bajo mi hechizo no deben de ser molestadas mientras Mark no haya conseguido completar el desafío.
Haltoran estaba rabioso. Decepcionado porque Mark se había desembarazado de él, contraviniendo el espíritu de su amistad, ahora se enfrentaba a un fantoche que era el responsable de aquella situación, por lo que desobedeciendo los requerimientos del vizconde, continuó caminando mientras esgrimía su MP-5.
Estaba tan ofuscado que no advirtió que le había llamado por su nombre. El vizconde podía leer sus pensamientos como si de un libro abierto se tratara.
-No hagas eso –le recriminó la imagen- podrías destruir la mansión y eso es algo que no te voy a permitir, aunque aun la amas. Nunca has podido quitarte de encima ese peso de tu conciencia por anhelar el cariño de Candy.
-¡Cállate maldito¡ –gritó Haltoran al tiempo que levantaba el MP-5 amartillándolo para disparar. Cuando se disponía a hacerlo, el vizconde le sugirió algo que le heló la sangre en sus venas:
-Piensa que podría ser tuya –dijo el ser sonriendo aviesamente mientras alzaba las palmas de las manos hacia arriba- seguramente Mark no volverá de la misión que le he encomendado a cambio de devolver a Candy a la vida, y yo solo tendría que retocar ligeramente su mente, para que ella cayera rendida a tus pies.
Haltoran se lanzó contra la imagen. El vizconde suspiró. Tal y como había temido, había caído en la burda trampa que le había tendido dejándose llevar por sus sentimientos, nobles aunque demasiado vehementes.. No pretendía zaherirle ni provocarle, pero quería saber hasta que punto el joven pelirrojo era digno de la amistad de Mark y no había quedado precisamente decepcionado. El ser lamentó haber tenido que emplear tan ladinas provocaciones, pero de esa manera había adivinado de que pasta estaba hecho Haltoran. Meneó la cabeza. Odiaba tener que inmovilizarle, pero el valeroso joven era aun más pasional e irreflexivo que su amigo y no quería dañarle, porque a pesar de su inventiva, talento y habilidad en el combate era un ser humano corriente, desprovisto de los formidables poderes de Mark. Aun así era un adversario escurridizo y peligroso, pero no representaba una seria amenaza para él, ni aunque su cuerpo físico hubiera estado allí presente, en vez de su imagen. Levantó el brazo izquierdo y murmuró unas palabras arcanas, extrañas e ignotas. Y al instante, Haltoran notó como sus piernas se doblaban para caer laxamente sobre la hierba. Aunque pugnó por tener los ojos abiertos, finalmente sus párpados terminaron por abatirse sobre sus pupilas verdes. Mermadón miró al ser y este le dijo:
-No temas. Dormirá hasta mañana. Este hombre es sin duda el mejor amigo al que cualquier hombre podría aspirar.
El robot asintió. Si no había intervenido es porque Haltoran le había ordenado que se quedara quieto ya que no deseaba que resultase destruido por un eventual enfrentamiento contra el vizconde. Pese a que su programación le permitía ejercer e inferir la violencia necesaria para salvar a un ser humano de un temible peligro, había recibido una orden directa de su creador, la cual no podía soslayar bajo ningún concepto, llegando a saltarse todas y cada una de las directrices de comportamiento dictadas por su programación..
Mientras Mark continuaba surcando el tiempo a velocidades inconcebibles, dispuesto a encontrarse con su destino.
12
El Mauritania se deslizaba sobre las aguas del Atlántico, llevando a una entristecida y contrita muchacha, en pos de un incierto, para ella futuro. Había dejado su hogar en Norteamérica para ingresar en un exclusivo y renombrado colegio religioso donde aprendería a convertirse en una verdadera dama, en Inglaterra. La antigua institución estaba enclavada en el corazón de la capital inglesa. La joven, de ojos como esmeraldas y cabellos rubios adornados con una cinta roja estaba enfundada en un largo y vaporoso vestido de fiesta. Después de abandonar el cargado ambiente de la fiesta donde se estaba dispensando un homenaje al capitán del gran barco y ligeramente achispada por la copa de champan que había tomado a su salud y que le había sentado algo mal, al salir al brumoso exterior, el viento le arrebató el chal que llevaba sobre los hombros y al ir a recogerlo, distinguió a alguien entre la bruma. Se acercó y discernió a un muchacho de cabellos castaños y ojos azules que contemplaba el mar, mientras el viento mecía su capa azul. Le contempló disimuladamente mientras creyó ver en la apuesta figura a su adorado Anthony que había fallecido recientemente al caerse del caballo. Pero no solo no era Anthony, si no que además era ligeramente más alto que él. Entonces el muchacho se giró al sentirse observado, y la contempló sorprendido. Cuando Candy le dijo que le pareció haberle visto llorando, el joven se puso a reír sorpresivamente ante el estupor de la chica que no entendía como había cambiado tan bruscamente su humor cuando hacía un momento que había prorrumpido en un silencioso y amargo llanto. El joven se puso a bromear sobre las pecas que moteaban la nariz de Candy, al fijarse mejor en su hermoso rostro y en ese momento, se escuchó un lejano bramido que hizo que ambos jóvenes levantaran la vista al unísono hacia lo alto. Candy señaló hacia el firmamento y una estrella fugaz más brillante que las demás rasgó la oscuridad pasando de un horizonte a otro, obligándoles a levantar un brazo para protegerse los ojos debido al resplandor ígneo que desprendía. Candy dio un respingo. Aquello le resultaba familiar pero no pudo precisar porqué. Entonces la extraña luz descendió rápidamente. Parecía que iba a estrellarse, picando casi verticalmente, con celeridad meteórica, contra el barco de pasajeros, por lo que inconscientemente buscó refugio en el joven de la capa oscura que llevaba anudada en torno a sus hombros. El muchacho que ya no bromeaba intentó alejarla de allí exhortándola mientras tiraba de su mano izquierda asiéndola con las suyas mientras las largas y amplias mangas de su vestido ondeaban en el aire frío de la noche:
-Vámonos. Sea lo que sea esa estela de fuego puede resultar peligrosa. Tal vez sea un cometa, que pasa demasiado cerca de la órbita de la Tierra.
Candy asintió. Tal vez lo mejor sería refugiarse en el interior del barco retornando a la fiesta. Un hombre moreno con un pequeño bigote de cuidado y pulcro aspecto, se les acercó. Era George, el secretario personal de Albert buscándola por todas partes. Cuando se presentó al joven, le reconoció enseguida instándola a retornar junto a él al baile. Pero antes de que el muchacho que había conocido se fuera por su lado y acompañara a George nuevamente, se había girado hacia la luz. Lo que contempló la dejó sin aliento. Entre las llamaradas distinguió una luz muy hermosa y cálida, que a su vez envolvía a un joven de largos cabellos negros y pupilas de idéntico color y mirada triste. El joven estaba llorando y pasó tan cerca del barco que levantó una estela de espuma a su lado, antes de remontar el vuelo y perderse en lo más alto ascendiendo verticalmente acelerando al máximo, en el último momento. Candy se llevó una mano a los labios para reprimir un grito y musitó en voz tan queda que George no llegó a oírla:
-"No…no es posible" –se dijo asustada y dudando de su cordura, mientras se ajustaba el broche en forma de flor que ceñía su esbelto cuello –"había un hombre dentro de esa luz…y estaba llorando. Y era como si me conociera de algo…Tengo una extraña sensación…que no logro definir, como un gran congoja que estalla dentro de mí"
Fue una milésima de segundo, pero los ojos de ambos volvieron a encontrarse nuevamente. Pese a que estaba al límite de sus fuerzas, Mark no había logrado resistirlo y decidió bajar para contemplarla tan pronto como intuyó la silueta del barco deslizándose mansamente sobre las aguas. Aun no debía entrar en contacto con ella, pero no había conseguido sustraerse a sus propios deseos. La amaba tanto, que pese a que era un completo desconocido para ella en esa dimensión, ya que jamás llegó a irrumpir en la misma hasta ese momento, no pudo por menos que reprimir sus ansias de admirarla más de cerca. Entonces sobre la tarima de madera de la cubierta refulgió algo tras precipitarse sobre el suelo con un leve y musical tintineo que atrajo la atención de la joven, pero que pasó desapercibida para el serio y elegante George, enfundado en su impecable traje negro. Candy se agachó para recogerlo y distinguió un pequeño colgante rematado por lo que parecía ser la cabeza de un águila, engarzada en una cadena dorada. Lo levantó hasta la altura de sus expresivos ojos verdes, examinándolo cuidadosamente, extrañada y se fijó en el haz de fuego que se alejaba gradualmente en dirección opuesta. Pese a que luchó contra los fantasmas que su razón trataba denodadamente de expulsar de su mente y que amenazaban con instalarse en la misma, había visto perfectamente como el colgante había cortado el aire, cayendo a plomo, y yendo a parar entre sus pies con una enorme exactitud, procedente del haz de luz que aquel muchacho, si sus sentidos no la habían jugado una mala pasada, dejaba a su paso. Lo guardó con disimulo para que George no se percatara de nada y en un momento en que el fiel secretario de Albert Andrew fue a departir con algunos invitados a la fiesta primero, y luego con el capitán, Candy hizo girar la pequeña joya entre sus dedos. Al estudiar el reverso de la cabeza del águila lo que descubrió la dejó sin habla. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no perder los estribos o desmayarse delante de toda aquella gente. Grabada en la parte de atrás de la cabeza del águila pudo leer unas palabras que destacaban perfectamente a contraluz, pese a su reducido tamaño:
"Para Candy con todo mi amor, Mark".
13
Ya le daba igual todo. Estaba tan dolido por el largo viaje que sus pretendidos planes de llegar hasta Inglaterra y tratar de adelantarse a Candy para esperarla en el colegio religioso se habían ido al traste. Con un gesto de disgusto observó el barco y como se iba alejando mientras sus ojos se habían cruzado con los de ella durante un breve instante. Estaba convencido de que le había visto. Con lo que no contaba era con la pérdida del colgante en forma de cabeza de águila que llevaba al cuello junto con el relicario de su esposa, con la foto de Candy en su interior. Se palpó la piel del cuello y musitó desalentado:
-Vaya, he perdido el colgante.
Pero aquella era la menor de sus preocupaciones. También se dijo que si debía de encontrarse con Candy cuanto antes, tanto daba en el barco como en Londres, pero de pronto cayó en la cuenta de un inconveniente que no había tenido en cuenta antes.
Ella no le conocía en esa realidad y si lo hacía todo tan repentinamente probablemente lograría el efecto contrario. Una vez había soñado que ella no le correspondía y que el profundo amor que les ligaba se había tornado en una aversión rayana en el miedo, por su obsesiva pasión. En ese mundo alternativo, ella era su amiga, como mucho su hermana pero poco más. Quizás fuera la temida y horrísona versión que tanto detestaba. Tal vez se tratara del reverso amargo del mundo que conocía y que tanto añoraba. De no ser por aquel fantasma de piel cetrina elegantemente trajeado y con una espesa barba enmarañada que enmarcaba su rostro. Suspiró. Temía que su sangre se envenenara debido al tremendo esfuerzo al que había sometido a su cuerpo para alcanzar no ya otra era, si no una dimensión alternativa. Era la primera vez que hacía algo semejante y le dolía haber tenido que aprisionar a Haltoran, pero si le hubiese consentido acompañarle, se habría quemado porque los viajes inter dimensionales no eran para seres que no estuvieran imbuidos de la fuerza del iridium. Quizás Mermadón hubiera aguantado un poco más, pero el cerebro del robot se habría freído inevitablemente. De haberles permitido venir, Haltoran no sería más que un montón de cenizas carbonizadas y Mermadón una carcasa metálica sin mente, un cascarón vacío e inmóvil. Su cuerpo habría sobrevivido, pero su mente no. Y él no estaba seguro de poder sobrevivir a aquello. Si perdía la vida o quedaba inconsciente se precipitaría al Atlántico con idéntico resultado a menos que le rescataran. Y si moría, Candy no despertaría jamás. Por otro lado, si subía al Mauritania ahora probablemente la Candy de esta realidad le rechazaría o se asustaría si la abordaba directamente identificándose de pronto sin más. Difícil dilema. Ahora que era feliz, un fantasma del futuro, deudor de un enemigo que creyó derrotado y abatido para siempre venía a importunarle haciéndole participar en una especie de macabro juego, mezcla de venganza y de justificación personal. Aquel ser quería vengar a su antiguo señor, pero por otro lado le admiraba y se preguntaba si tal vez después de evaluarle con resultado positivo no debería dejarle en paz, disfrutando con su felicidad y su existencia. A fin de cuentas, Mark no quería variar el destino del mundo, no deseaba ser famoso ni sobresalir ni destacar, solo quería vivir en paz, pero hasta ahora, por culpa de megalómanos incorregibles o gangsters obsesionados, cuando no se trataba de millonarios tutores sedientos de venganza por no ser correspondidos, no le había sido posible. Como le dijo a su esposa cuando salvó al mismo barco de ser torpedeado y echado a pique durante la gran Guerra, cuando no era por h o por b, siempre interrumpían sus mejores momentos juntos. No sabía que hacer, aunque ahora controlaba mucho mejor la emisión de iridium que fluía por sus venas con una facilidad que casi le resultaba embriagadora y hasta desconocida. No había más que una explicación. El amor de su esposa había insuflado un nuevo poder desconocido al que ya de por si le procuraba el iridium. Pese a llevar muchas horas volando no se sentía desfallecido ni agotado, aunque su aflicción era más moral que física. Sin embargo, optó por cortar el suministro del iridium. Había descubierto finalmente el jetpack que Haltoran le había deslizado en la mochila de las granadas sin que se percatara de ello. Sonrió pese a no tener ganas de hacerlo y dijo en voz baja:
-Haltoran, siempre te preocuparás antes por los demás que por ti mismo. Nunca cambiarás.
Se lo había puesto mientras surcaba el aire envuelto en la luz iridiscente a mínima potencia para ahorrar fuerzas y aunque no tenía intención de salir al paso del Mauritania, la casualidad quiso que tal hecho se repitiera nuevamente, solo que esta vez no estaba Haltoran para secundarle. Se sintió muy solo y se preguntó si tal vez no habría sido mejor permitirle ir junto con él, pero se dijo que había hecho lo más conveniente. Realmente no sabía si Haltoran hubiese podido sobrevivir al salto a otra dimensión pero era algo con lo que no quería experimentar. Annie no se lo perdonaría jamás si su esposo sufría algún contratiempo por su culpa.
Apagó el iridium y de inmediato la cola de luz que iba dejando tras de sí se desvaneció totalmente. Pulsó los botones de las toberas retráctiles del jetpack y estas emergieron por debajo del cinturón en que estaban camufladas de sus alojamientos. Pero como en aquella otra ocasión, el invento de Haltoran volvió a dar pruebas de su renqueante y caprichoso funcionamiento. El motor empezó a fallar y Mark perdió altura precipitándose al vacío. Justo en el momento en que creyó que debería utilizar nuevamente el iridium para remontarse, un resplandor ígneo destacó muy por encima de su cabeza. Olió las emanaciones de ozono y notó como el aire cargado de electricidad estática le erizaba el vello del cuerpo. Del resplandor emergió una forma metálica con forma vagamente humanoide a la que iba asido un hombre que se aferraba con manos de hierro a la espalda del robot. Mark más intrigado que enfadado, activó levemente el iridium para ganar altura y situarse en la vertical de ambos pero no fue necesario. Mermadón que volaba con un propulsor que sobresalía de su espalda como si de una pequeña joroba se tratase le asió con sus tenazas a modo de manos. Demasiado cansado y confundido para enojarse esbozó una sonrisa triste y dijo:
-Haltoran, sabía que no me harías caso. Basta que te digan una cosa y hagas la contraria.
-Y basta que seas tan cabezota y no escuches a nadie para que siempre quieras hacer las cosas por tu cuenta. Te lo dije una vez. Soy tu amigo y no te va a resultar tan fácil deshacerte de mí.
Mark iba a preguntarle como había podido averiguar donde se encontraba y como había logrado descubrir su paradero sin que le hubiese revelado un ápice de hacia donde se dirigía.
-Tu amigo el barbudo me lo reveló –dijo Haltoran intentando que la joroba del propulsor de Mermadón no se le clavara en el vientre- al principio me hizo caer en el mismo estado de trance que los Legan, que Candy y Maikel, pero no sé debió compadecerse o algo así y no solo me devolvió la consciencia si no que me puso sobre tu pista. Me dijo que era libre de ayudarte si lo deseaba.
-No es mi amigo –repuso Mark de forma un tanto desabrida y es el responsable de que estemos metidos hasta el cuello en este embrollo, pero ya que estás aquí- dijo dirigiéndole una mirada afable, me alegro de que tú y Mermadón estéis de una pieza.
-Y yo de que tu teoría de que arderíamos como briznas no sea cierta –dijo Haltoran tratando de que la bolsa con provisiones y diversos objetos que tal vez pudieran serles de utilidad no se le deslizara de entre sus dedos y fuese a parar al mar.
Mark se encogió de hombros y rió quedamente. Pese a la desesperada y absurda situación en la que un ser del que no se había preocupado lo más mínimo le había introducido de lleno, estaba realmente contento y agradecido de que su amigo le hubiese seguido hasta allí. Haltoran le explicó que Mermadón había desplegado un escudo de iridium menos efectivo que el suyo pero que serviría para su objetivo de protegerle hasta que llegasen a aquel ignoto y desconocido mundo.
-Creí que viajarías en su interior como cuando fuistéis a buscarme tú y mi maestro a Neo Verona.
-No había tiempo y además con un poco de suerte, volveremos para el amanecer de nuestra realidad. Espero que Alan y Annie no se enteren de nada –dijo Haltoran pensativo rascándose el mentón.
Antes de que Mark pudiera hablar para disculparse por haberles inmovilizado con sendos anillos de energía, Haltoran le interrumpió palmeándole el hombro izquierdo y diciéndole:
-No hace falta que te deshagas en disculpas Mark –dijo Haltoran- temía que tramases algo así, aunque no sabía el que, para disuadirnos de que te siguiéramos y te dejé hacer, aunque dudo que hubiéramos podido librarnos de tus círculos, así como así.. Pero necesitaba que entre comillas te confiaras y te marcharas para ir detrás de ti, en cuanto ya no reparases en nosotros.
-Podrías haber muerto junto con Mermadón –dijo Mark con una inflexión de cierto remordimiento en la voz. Haltoran lo notó. No sabía si se debía al hecho de haberles atado como si fueran reses o por esa segunda posibilidad que ahora esbozaba.
-O tú también en tus intentos por alcanzar este otro mundo o como se llame. Esto es de locos, pero desde que me salvaste de esos T-72, tu locura es ahora la mía. Ya sabes que nunca ha sido tan fácil librarse de mí akarsnia. Además hemos venido por nuestra cuenta y riesgo.
Mark asintió. Preguntó entonces como le habían localizado. Mermadón habló por vez primera con su voz almibarada y educada, diciendo lleno de satisfacción al sentirse el centro de atención de ambos amigos:
-No me fue difícil distinguir su rastro señor Anderson. Sus emanaciones espectroscópicas son claramente visibles si las sometemos a un concienzudo análisis tomográfico orientado mediante un telémetro laser que…
-Ya basta Mermadón, ya basta –le interrumpió Haltoran que temía que la improvisada conferencia científica fuera a durar el resto de la noche- vamos que lo que quiere decir, que has soltado iridium por todas partes. Las miguitas de Pulgarcito o el hilo de Ariadna son minucias al lado de todas las pistas que nos has ido dejando. Menos mal que estamos de tu parte –le dijo Haltoran golpeándose el pecho entre risas.
-Por cierto –le dijo Mark tendiéndole su jet-pack después de desabrochárselo- ha vuelto a fallar. Pensé que lo habías perfeccionado.
-Y lo había hecho –dijo Haltoran rascándose la cabeza- en fin, ya lo revisaré a la vuelta. Por cierto, te arriesgaste mucho acercándote tanto al barco. Podrían haberte visto.
-La he visto Haltoran, la he visto –dijo Mark por toda respuesta- y no sé que hacer. Siento miedo de encontrarme con ella. No es la misma Candy. Puede que me odie o le produzca una tremenda repulsa pero si no consigo…
-Lo sé, lo sé –dijo Haltoran fruciendo el ceño- si no consigues que te ame, ese fantoche dejará a tu esposa, a la auténtica Candy, bueno ya me entiendes –repuso algo irritado porque no era fácil hablar de dos entidades que en el fondo eran distintas caras de una misma persona- sumida en un letargo eterno. Me lo contó sin más.
Entonces notó como sus nudillos se humedecían. Estaban impregnados con las lágrimas de su amigo. Haltoran se disculpó de inmediato:
-Perdóname amigo, no pretendía…
-No pasa nada Halt, no pasa nada –dijo a su amigo asintiendo levemente.
Creo que debemos llegar hasta Londres, buscar ese internado y preparar el terreno. Ya iremos planeando nuestros siguientes pasos sobre la marcha.
Entonces el estómago de Mark rugió con estrépito. No había comido prácticamente nada desde el momento inmediatamente anterior a la enrevesada tragedia que había afectado a Candy. Haltoran movió la cabeza afirmativamente y dijo:
-Esta es la prueba querido amigo –dijo Haltoran haciendo un somero recuento de las provisiones que llevaba encima.
-¿ De qué Haltoran ? ¿ a qué te refieres ? –preguntó Mark clavando en él sus ojos de azabache.
-De que aun sigues siendo un ser humano aunque tú te empeñes en creer lo contrario. Ahora enseguida te paso un bocadillo. Por cierto, a mí también me está entrando hambre.
Mark alzó las cejas sorprendido y levantó la cabeza para mirarle. Las tenazas de Mermadón le sujetaban con firmeza pero procurando no dañarle la piel, cosa que quizás no fuera tan sencilla como pudiera parecer a simple vista.
-¿ Tuvíste tiempo de preparar y empaquetar comida para el viaje ? ¿ a pesar de la urgencia de la situación ?
-No soy tan irreflexivo como tú Mark, que la mayor parte de las veces actúas por impulso y sales corriendo antes de que te digan que es lo que debes hacer y como. Cuando ese vizconde me contó lo que había sucedido decidí tomármelo con cierta calma pero sin perder de vista mi objetivo de ayudarte. Además quedarse allí a atacar a un fantasma no es nada productivo y si muy doloroso. Tuve ocasión de comprobarlo personalmente, aunque como ya te he contado se debió compadecer de mí y me permitió ir a ayudarte. Nunca he asistido a un hecho tan raro como inexplicable. Que tu mortal enemigo me permita a mí y a Mermadon que somos tus amigos, correr en tu ayuda.
-Quizás no sea tan malvado como aparenta ser –repuso Mark dubitativo- es como si estuviera probándonos –añadió.
14
Conformaban una extraño y para nada habitual grupo de amigos. Dos jóvenes que viajaban a bordo de un robot volador, venidos allende del tiempo, para insertarse en una realidad que no era la suya. Dos hombres que provenían del siglo XXI, que se habían quedado a vivir a principios del XX y que ahora estaban moviéndose dentro de una realidad paralela a aquella a la que habían hecho suya finalmente. El único que parecía encontrar a aquella situación tan enrevesada como disparatada era el robot que les servía de medio de transporte, invento de uno de ellos. Los dos jóvenes, uno pelirrojo y el otro moreno comían bocadillos de jamón con queso mientras sobrevolaban el Atlántico a una altura de cinco mil metros. Estaban conversando acerca de lo que harían a partir de entonces, cuando Mark empezó a evacuar, la sangre negra que saltaba de su espalda y Haltoran esquivaba los regueros que dejaban grandes goterones a su paso, como buenamente podía, mientras su amigo se contorsionaba entre las manos del robot sacudido por los dolores que la filtración de su sangre le producía.
-Mark, amigo, deja que te ayude -se apresuró Haltoran pero Mark le contuvo con la mano derecha mientras trataba de recobrar el aliento al tiempo que decía con voz desfallecida:
-No...no te entrometas Haltoran. Pronto pasará. Ya deberías saberlo mejor que nadie.
-Ciertamente, pero nunca me acostumbro a ver como sufres de esa manera.
Haltoran se cruzó de brazos y se sujetó con fuerza a la espalda del robot. No era sencillo aferrarse con una mano a la bruñida superficie metálica de su creación y con la otra, intentar a duras penas tratar de alimentarse con el bocadillo. Había saqueado casi toda la despensa de los Legan. No sabía cuanto tiempo estarían allí, y ni siquiera si conseguirían nada en claro. Todo por la retorcida e innecesaria venganza de aquella especie de duende que le había dejado inconsciente como si fuera un ser desválido, para luego, movido por un sentimiento de admiración o lo que fuera, devolverle la consciencia y permitirle junto con el robot, ir a ayudar a su amigo. La vida de Haltoran había sido hasta el momento en que acudió en mi ayuda, cuando aun tenía un imperio económico tan trágica y desafortunada como la de Mark, si acaso más violenta, pero jamás imaginó que su amistad con el joven moreno sometiera a tan crucial prueba a su cordura, llevándola hasta sus límites más extremos, los cuales afortunadamente no llegó a rebasar. Cuando al cabo de unos diez minutos, los últimos chorros de sangre ya roja se precipitaron al Atlántico, las heridas de Mark se cerraron como si nunca hubieran existido. En ese intervalo de tiempo, debido a las violentas sacudidas que le habían hecho estremecerse, su bocadillo también siguió la trayectoria de su sangre, convirtiéndose en un objeto más de los incontables que el mar recibía en su seno, una vez traspasadas sus aguas. Mark suspiró meneando la cabeza. Pese a los vaivenes que había impreso al robot, este volaba estable sin acusar apenas sus efectos. Mermadon preguntó entonces al joven si se encontraba mejor:
-Si, gracias por interesarte por mí, amigo -dijo Mark palmeando el corto cuello del robot- esto es algo, a lo que nunca me acostumbraré.
-Ni yo -repuso Haltoran rebuscando en el compartimiento que había habilitado en la espalda del robot, y en cuyo interior había conseguido depositar con dificultad, la comida y los útiles con los que se había pertrechado antes de salir en busca de Mark. Por un momento temió que la mochila se perdiera en el vacío uniéndose junto al bocadillo de Mark y su sangre en su particular singladura submarina. El resplandor de iridium les protegía del frío y permitía que respirasen con normalidad al mantener una burbuja de oxígeno en torno a ellos, pero si un objeto salía de su área de influencia, podía darse por perdido. Si en vez de Mermadón hubiera sido Mark, el que mantenía ese poder, todo lo que escapara del caparazón de luz se quemaría instantáneamente, pero como Mermadón desarrollaba los mismos poderes que el joven, pero a media potencia no sucedía tal cosa.
Mermadon chequeó el estado de Mark y declaró con un brillo que iluminó la rejilla metálica que le servía de boca:
-Señor Anderson se encuentra fuera de peligro. La toxicidad en sangre ha descendido al cero por ciento.
Mark estaba devorando el bocadillo que Haltoran le había dado en sustitución del que se había precipitado al Atlántico. Aquellos procesos le producían un hambre atroz.
-O sea, si no he entendido mal -dijo Haltoran masticando a dos carrillos- bajaste hasta el Mauritania para observarla, pero ella te vio.
-Sí, -dijo Mark un tanto nervioso por el tono recriminatorio de su amigo- no tenía esa intención, pero si pretendo conseguir que...que...
No se atrevió a concluir la frase. Aquello era ciertamente una locura, un gran y desafortunado enredo del que ni siquiera él sabría como saldría de ello.
-Te entiendo Mark, te entiendo. Tener que conseguir su amor de nuevo, cuando ya lo tenías -declaró Haltoran sombrío terminando de digerir los últimos restos de su almuerzo.
Mark estaba a punto de llorar. Tener que verse envuelto en una situación absurda sin necesidad alguna. Haltoran posó una mano en su hombro izquierdo y dijo:
-Esta vez llegaremos a Inglaterra sin percances. Mermadón siempre ha funcionado bien, mejor que mis jetpacks, por lo menos. Y no te preocupes hombre. En peores nos hemos visto. No sería la primera vez. A tu lado, cualquier cosa puede hacerse realidad.
-Solo espero que esta Candy...-dijo Mark con un hilo de voz- se avenga a razones.
15
El barco estaba a punto de entrar en el puerto de Southampton. La noche había sido dura y sobre todo muy larga, para Candy, que había sufrido horrendas pesadillas en las que un joven moreno de ojos tristes la llamaba insistentemente con desesperación desde el interior de una intensa y vivida luz que sin embargo desprendía un aura de calma y placidez. La joven examinó por enésima vez el colgante que había caído a sus pies procedente del irreal haz de luz que el enamorado y desesperado Mark dejaba a su paso.
Reclinada sobre la cama que presidía su camarote, no dejaba de releer la inscripción que habían grabado en el reverso de la pequeña figura:
"Para Candy, con todo mi amor, Mark".
¿ Mark ? ¿ quién era ese Mark ? jamás antes había oído hablar de alguien así, ni le conocía de nada. Desde el fallecimiento de Anthony durante la cacería en honor a la bella muchacha recién adoptada por los Andrew no había experimentado una sensación de temor y al mismo tiempo de vacío tan grande. Pero lejos de ser una presencia amenazante o inquietante, obviando claro está su nada habitual aparición ante ella, se dio cuenta de que aquel joven estaba llorando y que había pretendido hablarla, aunque finalmente no lo había hecho.
-Quizás fuera un fantasma -dijo notando como un escalofrío recorría su espina dorsal. Había amanecido y el sol entraba a raudales por el ojo de buey. Sonaron unos golpes en la puerta del camarote. Por un acto reflejo, Candy escondió el colgante detrás de si camuflándolo entre las largas y amplias bocamangas de su camisón de raso. Sin embargo, pese a que musitó un breve "adelante" la puerta permaneció cerrada y una voz masculina, al otro lado de la misma repuso:
-Señorita Candy, estamos llegando al puerto de Southampton. Prepárese porque en breve desembarcaremos.
La joven asintió y dijo alzando la voz pero no tanto como para que sonara chillona o demasiado estridente:
-Muy bien George, enseguida me prepararé. No tardaré mucho.
El secretario de Albert que hacía las veces de guardaespaldas y ayuda de cámara de la muchacha, se alejó. Candy pudo escuchar como sus pasos resonaron en la tarima de la cubierta.
La muchacha retomó el hilo de sus pensamientos y se dijo:
-No, no podía ser un fantasma. Estoy convencida de ello. Ese chico...es alguien real y no creo que los espíritus vayan dejando colgantes u objetos tangibles a su paso.
Nuevamente elevó el colgante hasta la altura de sus ojos de esmeralda.
-Tu nombre es Mark, y no sé porqué, pero tengo la sensación de conocerte.
"Con todo mi amor" releyó moviendo los labios maquinalmente mientras tomaba la firme decisión de arrojar luz sobre aquel tremendo misterio que tal vez amenazase con afectar a su mente.
Aquella evocadora y sobrecogedora frase tenía que significar algo. Debía de resolver aquel enigma o de lo contrario, perdería la escasa paz que había logrado recobrar desde el triste fallecimiento de su primer amor.
No sabía por donde empezar a buscar. Si ese Mark era como al parecer había quedado patente, capaz de volar, le sería muy difícil encontrarle. Su única esperanza era que el extraordinario joven forzara un segundo encuentro con ella, cosa de lo que estaba totalmente convencida. Era una premonición, pero al mismo tiempo un anhelo, un deseo de verle de nuevo para poner todo en claro. Se deshizo de su camisón y empezó a enfundarse un vestido de gasa ligero sobre el que se puso un abrigo claro y remató su cabeza con un sombrero recargado de adornos florales. Un largo pañuelo al cuello completó su indumentaria.
16
-Me parece que has precipitado los acontecimientos Mark -le reprochó Haltoran mientras Mermadón que volaba a la mitad de la velocidad de Mark, pero que podía mantenerse más tiempo en el aire continuaba impasible hacia las costas de Inglaterra.
-Lo sé -dijo Mark que ya estaba empezando a sentir como su cuerpo se entumecía entre las tenazas del robot que le asía sólidamente por la cintura- pero estaba tan desorientado, tan desesperado que no sabía como proceder. Si debía de entrar en contacto con ella, pensé que tal vez lo mejor era hacerlo desde ya.
-Pero te entró el pánico y lo convertiste en una especie de "mirada anhelante desde un discreto segundo plano", solo que al final, no fue tan discreto Mark -dijo Haltoran con una inflexión de tristeza en la voz. Mark sabía que tenía razón, pero Haltoran decidió no ensañarse con él, porque no era cuestión de cargar más las tintas contra el atribulado joven. Haltoran exhaló un breve suspiro y encogiéndose de hombros, pasó una de sus manos por detrás de su nuca. El también estaba dolorido de tener que abrazarse a un robot que volaba a dos mil kilómetros por hora. Ciertamente habría estado mejor junto a Annie, a la que dejó una nota sobre la almohada para correr en ayuda de Mark y de Candy. Tenía un mal presentimiento y por irracional e irreflexivo que un acto así, pudiera suponer y lo que podía conllevar, decidió fiarse de su intuición. Y lo que se encontró fue tan grotesco como trágico, tan surrealista como increíble, aunque poco tenía de onírico, y todo de realidad.
-Es igual -dijo Haltoran mientras le pedía a Mermadón que localizase el punto más discreto para aterrizar, porque la costa de Inglaterra ya se estaba empezando a divisar en lontananza - de todas maneras, tarde o temprano tenía que ocurrir, aunque se habrá llevado un susto tremendo. ¿ te vio alguien más a bordo ?
-No lo sé Halt, es posible, aunque ya supongo que da lo mismo.
Haltoran asintió. Mark se extrañó de que el robot, normalmente tan parlanchín y locuaz hubiera hablado tan poco durante la larga singladura. La razón se debía a que Haltoran le había ordenado callar y no responder hasta que se le preguntara algo o se le pidiera algún tipo de información o requerimiento. Haltoran reflexionó en que aquella tal vez fuera la aventura más alucinante y rocambolesca de su ya de por si increíbles vidas, exceptuando si acaso, el infructuoso e innecesario viaje a Neo Verona al que me había arrastrado a mí, pese a mis protestas e intentos de zafarme de aquello. Aparte de una estancia en una especie de penitenciaría medieval no saqué nada en claro de aquello.
El joven pelirrojo, al que un insistente viento le azotaba de cara, oteó el horizonte cuajado de nubes, mientras la voz de Mermadón suave y calma anunció con un deje levemente triunfal:
-Costa de Inglaterra a diez kilómetros, tiempo estimado de llegada: ocho minutos.
Pero a Mark lo que le preocupaba aparte de las consecuencias que su nada afortunado encuentro con Candy pudiera reportarles, era el semblante preocupado y callado de su amigo. Haltoran se dio cuenta de que le estaba mirando y adivinando el tipo de pensamientos que le asaltaban, le dijo:
-Es igual, no te tortures más Mark. Ya se nos ocurrirá algo. Solo espero que nuestros otros yo no anden correteando por esta realidad. Supongo que mi salud mental no lo soportaría.
Mark se sumió en un hondo silencio. Dio gracias a que en aquellos pretéritos años del siglo XX aun no se hubiera inventado el radar, afortunadamente para ellos, aunque aquellos primitivos aviones poco habrían podido hacer contra un robot de titanio, de kevlar y acero, un hombre versado en el manejo de múltiple armamento, y su amigo, el mortal más fuerte del planeta.
17
Cuando descendió del barco en compañía de George, Stear y Archie estaban aguardándola. Los dos hermanos se alegraron sobremanera de verla de nuevo y la abrazaron entre grandes muestras de afecto, rodeados por la ingente multitud que recibía algún familiar o amigo procedente del barco o viceversa. Entre la abigarrada muchedumbre tocada con extravagantes sombreros, estolas o abanicos la muchacha distinguió claramente la faz de sus dos amigos. Estaba tan contenta de verlos, que a punto estuvo de caerse al agua de no ser porque George la sostuvo en el último momento.
-Debe tener más cuidado señorita Candy -le recomendó George, entre las miradas divertidas y asombradas de algunos viajeros.
Candy asintió sonrojándose levemente por su manifiesta torpeza y ambos abandonaron el barco por la pasarela dispuesta apresuradamente por el personal del muelle. Cuando se reunieron con Stear y Archie, el joven inventor intentó hacer funcionar uno de sus inventos, una especie de antigua pistola de chispa con la que pretendía homenajear la llegada de Candy a Inglaterra, pero como de costumbre el artilugio funcionó mal.
Con la amistosa discusión entre ambos hermanos, acerca del porqué la pistola no había disparado la salva de salutación a Candy, como telón de fondo, la joven se fijó en un chico de cabellos castaños y ojos azules que la miraba discretamente. Se sorprendió al recordar como había cambiado tan repentinamente de humor cuando le abordó creyendo que le sucedía algo. Ya casi había olvidado, -por lo menos de momento- el extraordinario incidente de la brillante luz que contemplara rielando sobre las aguas del Atlántico, cuando un muchacho de ropas mugrientas, con una gorra varias tallas más grande que su cabeza, y que sostenía sus anchos pantalones remendados con una cuerda y unos maltrechos tirantes, voceaba con insistencia los titulares de los diarios que estaba vendiendo o por lo menos lo intentaba, entre el numeroso público congregado en el muelle.
-Extra, extra, extraña luz es divisada sobre la costa. Varios barcos reportan encuentro con el inusual fenómeno.
Candy se aproximó al joven vendedor y le compró un periódico, casi arrebatándoselo de las manos. El chico se lo tendió algo cohibido por la impetuosidad de Candy, que se disculpó al percatarse de su poco discreto comportamiento.
George les emplazó a subir al elegante automóvil que les aguardaba a los cuatro y junto al que esperaba un imperturbable y flemático chofer.
Cuando se acomodaron en la parte de atrás, y George delante junto al chofer, Candy hojeó nerviosa el diario pasando las páginas con mano temblorosa. Intentó disimular y leyó el artículo que recogía la noticia. La descripción del vivo haz de luz coincidía plenamente con cuanto había presenciado. Candy logró disimular su temor y el violento temblor que empezaba a agitarla. Los hermanos Cornwell seguían enfrascados en sus inocentes bromas mientras George se giró para decirle algo a Candy, la cual estaba tan concentrada en la lectura, que el requerimiento del hombre la sobresaltó haciendo que casi se golpeara contra el techo del habitáculo:
-Señorita Candy, no lea durante la marcha o podría marearse –le dijo George, para alivio de la muchacha que plegó rápidamente el periódico guardándolo para leerlo más tarde.
18
Gracias al poder de apantallamiento de Mermadón, idéntico al de Mark consiguieron bajar en los muelles de Southampton sin ser vistos ni descubiertos por nadie. Pero como sucedía con Mark, también había ciertos problemas con su poder que ni el ciclópeo robot podía evitar. Al contrario que con Mark, Mermadón no corría riesgo de envenenamiento alguno pero cuando los niveles de iridium alcanzaban su masa crítica, simplemente los poderes del robot, conferidos por la planta de iridium se desvanecían, aunque no llegase a afectar a los sistemas más vitales del robot, por lo que podía seguir en funcionamiento pero operando de forma más lenta y torpe. Aparte de su fobia al agua que Haltoran no había conseguido desterrar de sus bancos de memoria y comportamiento, el robot se comportaba como un borracho cuando la intensidad de sus facultades empezaba a desvanecerse. Por eso tan pronto como el robot había conseguido hollar con las plantas de sus pies metálicos, el adoquinado de una zona poco transitada de los muelles de Southampton, empezó a comportarse de forma extraña. Se puso a cantar con voz gangosa y comenzó a girar como una peonza sobre si mismo, ejecutando una especie de danza sin sentido. Mark temía que los gritos del robot, atrajeran la atención de alguien por lo que agitó la manga derecha de su amigo apremiándole con urgencia:
-Halt, Halt, hazlo callar, va a atraer a la policía portuaria o a cualquiera que pase por aquí.
Haltoran manipulaba frenéticamente en los paneles de control disimulados en la espalda de Mermadon, justo debajo del compartimiento donde había guardado las provisiones y algunos útiles para la accidentada travesía. El joven sudaba y meneando la cabeza resoplaba cada dos por tres, ante la impaciencia de Mark.
-No consigo devolverle a su modo normal. Voy a tener que desconectarle.
Mark arqueó las cejas y se puso a bracear mientras caminaba en círculos en torno al robot y a su creador:
-Lo que faltaba. Si le desconectas, no habrá manera de moverlo. Ni yo podré desplazarlo un solo milímetro. Necesitamos que pueda trasladarse por sí mismo.
-No consigo devolverlo a su módulo normal de comportamiento -dijo Haltoran pasándose el dorso de la mano por la frente que chorreaba sudor, de lo nervioso y agitado que estaba. Voy a apagarlo.
-No, -exclamó Mark poniendo su mano sobre la de Haltoran e impidiendo que tocase los controles de desconexión- que pesa dos toneladas. Y si empleo el iridium para moverlo atraeremos a todo el mundo.
-Tonelada y media Mark -le corrigió Haltoran que no era capaz de controlar al cada vez más inquieto e impredecible coloso.
No es que se comportara de forma violenta, pero en su estado el robot podía provocar algún estropicio ya que empezó a manotear y a girar sin control mientras batía palmas. El ruido metálico que producía junto con las exclamaciones que emitía estaban empezando a atraer las miradas furtivas e inquisitivas de los paseantes y algunos estibadores y trabajadores locales.
Entonces realizó un brusco movimiento y apartó a Haltoran sin percatarse de ello, lanzándole a unos pasos de distancia. El cuerpo de Haltoran impactó contra la puerta de un almacén que cedió con un leve crujido.
-Mierda -se quejó Haltoran cuando aterrizó pesadamente sobre los batientes de madera sintiendo como un repentino dolor le recorría la espalda. Mark acudió rápidamente en su ayuda, momento en el que perdió de vista al robot el cual se escabulló enfilando hacia la explanada principal del puerto de la ciudad. Haltoran con ojos como platos, exhortó a su amigo a ir en persecución del enloquecido robot.
-No te preocupes de mí ahora. Y corramos, tenemos que pararlo o se plantará en medio de la multitud.
Mark y Haltoran salieron en su persecución pero el robot les llevaba cierta ventaja. Mark pensó en utilizar una descarga de iridium para frenarle, pero no se atrevió, no solo porque dañara al robot de forma irreversible si no porque el haz de fuego podía estrellarse contra la gente congregada para recibir al Mauritania.
-Vamos, vamos -le exhortó Haltoran a Mark- si llega hasta donde está la gente, será una catástrofe.
-¿ Qué le está ocurriendo ? -preguntó Mark esquivando un gato callejero que se apartó bufando a su paso, y que había amenazado con hacerle tropezar.
-No lo sé, pero se comporta igual que un borracho. Nunca antes le había visto así.
Mermadon no era consciente de lo que le estaba sucediendo. Se tambaleó moviéndose sin orden ni concierto hacia los lados. Golpeó contra algunas paredes de los almacenes que se alzaban a ambos márgenes desconchándolas o dejando la huella de su puño o de sus pies en forma de profundos huecos. En esos instantes, el rumor del motor de un imponente automóvil que iba aproximándose de forma gradual, llegó hasta sus oídos.
19
Candy estaba reclinada en la cómoda tapicería del coche, mientras Stear y Archie entablaban una pugna con George, intentando que se ablandara. Pretendían que en vez de ir directamente al internado realizaran un periplo por Londres, a efectos de enseñar los rincones y atracciones más notorias de la gran ciudad. De solo imaginar la faz severa y ceñuda de la hermana Grey, la rectora de la venerable institución, a Stear le entró una especie de estremecimiento que hizo reír a Candy, por la cara que esbozó. Parecía que el serio y circunspecto George estaba a punto de ceder en su empecinada decisión de llegar cuanto antes al Real Colegio San Pablo, cuando una voz alegre y gangosa atronó en sus oídos. Candy se ajustó el aparatoso sombrero en torno a sus sienes y recompuso la forma del pañuelo de seda que se cimbreaba en torno a su cuello. Intrigada miró en dirección hacia donde provenía el exagerado y desafinado canturreo.
-¿ Qué es eso ? -preguntó Candy intentando averiguar que ocurría.
-No lo sé, -apuntó George ceñudo- pero parece como si alguien embriagado estuviera entonando una melodía con muy poco acierto la verdad.
Archie rió y alisando las mangas de su camisa de seda dijo:
-¿ Embriagado ? suena como si se hubiera bebido varias barriles de whisky.
La forma maciza y tosca de Mermadón empezaba a despuntar por el callejón de almacenes que se encontraba justo a mano derecha. El automóvil rodaba directamente sin saberlo al encuentro del robot. Entre tanto Mark, que no veía forma alguna de frenar la torpe y vacilante marcha del robot, sacó su arma y se dispuso a desplegarla cuando Haltoran le gritó asiendo esta vez las manos de su amigo:
-Ni se te ocurra. Primero porque no le harás nada. Sería como lanzarle una pompa de jabón a un elefante. Lleva un blindaje de kevlar tratado con aleaciones de titanio. Podría soportar hasta el impacto de una ojiva nuclear táctica.
Mark hizo caso omiso de sus palabras y desató el iridium y se envolvió en la luz iridiscente que le permitió volar. Puede que dieran nuevos titulares para los tabloides sensacionalistas británicos, pero no vio otra solución. No deseaba dañar a Mermadon porque era como un amigo para él, pero tampoco le consentiría dañar a Candy bajo ningún concepto, porque había distinguido al final de la calle como un lujoso automóvil con Candy asomada a una de las ventanillas, junto a los hermanos Cornwell enfilaba directamente hacia la mole del voluminoso robot humanoide.
Mermadon avanzó torpemente hacia el gran coche. El robot se comportaba como un auténtico payaso, por lo que la gente tomó aquella especie de gigante metálico por el reclamo de algún circo o el anuncio de una feria aunque muchos se extrañaban de que no hubiera ninguna otra publicidad que indicara claramente siquiera la ubicación de dicha feria. George advirtió al chofer que fuera con cuidado porque la actitud del hombre que iba ubicado en tan curioso disfraz no parecía ser precisamente la de alguien muy prudente. El chofer redujo la velocidad frenando tanto que el vehículo se detuvo casi por completo, también debido en buena medida a la cantidad de público que se iba congregando en torno al robot, que halagado por tanta concurrencia, alzó la voz por encima del murmullo de la pequeña muchedumbre que se iba congregando en derredor suyo.
Cuando Mark estaba a punto de alcanzarle, desactivó el incipiente resplandor anaranjado para evitar llamar la atención más de la cuenta, como si ya no tuvieran bastante con el espectáculo que estaba dando el robot y se puso a caminar con normalidad acompasando el paso. Ya no había vuelta de hoja. Haltoran se tapó los ojos con las manos apartando la vista. Su robot estaba atrayendo todas las miradas y no era fácil acercarse a él sin que nadie les relacionara con el mismo. Como mal menor, las personas allí reunidas le habían confundido con una o más personas disfrazadas. Mark se adentró entre la multitud seguido a corta distancia por Haltoran, que no sabía como encauzar la situación.
-Madre mía -se lamentó abochornado por el comportamiento del robot -no puedo creerlo.
-Algo ha debido desencadenar esta reacción -observó Mark pensativo- no tiene otra explicación que el uso del iridium. Y la afluencia de público le anima a persistir en esta forma de actuar.
Haltoran intentó pensar con claridad y mientras esquivaba a una oronda señora con una gran pamela, que apremiaba a su marido, un caballero delgado y enclenque con un sombrero de copa y chaqué para que pudiera observar en primera fila el espectáculo, creyó hallar la razón de tan extraña manera de comportarse:
-Ya está. Son los efectos secundarios digamos, del abuso del iridium. A ti te envenenan la sangre Mark, y a él -dijo señalando al robot que no dejaba de cantar y bailar frenéticamente de forma absurda- y a él, ha debido de afectar alguno de sus módulos de comportamiento, en otras palabras, lo que tiene Mermadón es equivalente a una borrachera humana.
-A ver como le recobramos -dijo Mark percatándose de cómo algunos transeúntes estaban empezando a fijarse en él. Haltoran llevaba una ropa similar más o menos, década arriba, década abajo, acorde con la época, cosa que no se podía decir de Mark precisamente. No solo estaba llamando la atención el robot, si no él también.
En ese instante se escuchó un claxon estridente. Algunos hombres se giraron airados, pero enseguida volvieron su mirada hacia el robot que continuaba agitándose y cantando con una voz similar a la de un hombre en estado etílico lo que suscitaba la hilaridad de los curiosos que formaban un corrillo cada vez más ingente en torno a Mermadón. El chofer se encogió de hombros y con un suspiro, apagó el motor del automóvil, ,mientras decía con tono apagado, retirando la gorra de anteojos de su cabeza:
-Es inútil. Con toda esa gente en medio, no se puede pasar. Ese hombre o lo que sea, con su borrachera ha concentrado a toda esa gente en medio.
George se pasó una mano por el fino cabello negro engominado y dijo exasperado, porque su paciencia estaba llegando al límite:
-Tenemos que pasar, la señorita Candy y sus primos tienen que estar en el internado a las ocho en punto.
El chofer cruzó las manos sobre el volante en un gesto de fastidio, como si la involuntaria parada dependiera de él, y dijo ligeramente enojado por la insistencia de George:
-Lo siento, pero la gente no se aparta, ni lo van a hacer, mientras continúe ese payaso ahí en medio.
Stear abrió la portezuela y descendió a tierra. Mermadon continuaba saltando y haciendo imitaciones. A cada intervención suya, de la masa se elevaba un torrente de carcajadas. Stear avanzó hacia el público congregado desoyendo los insistentes requerimientos de George de que se mantuvieran junto al coche. Muy pronto se le unió Candy y Archie que no pudieron resistir la tentación de averiguar que era lo que suscitaba tanta curiosidad en la gente. El joven inventor se abrió paso con dificultad entre el público y consiguió distinguir finalmente al coloso metálico. La gente creía en su mayoría que aquel era el disfraz de un par de artistas, subidos el uno encima del otro, que estaban haciendo algún tipo de publicidad de un circo o algo similar, pero el ojo entrenado de Stear le decía que allí había algo más. El muchacho, inventor autodidacta se percató enseguida de que la carcasa de Mermadón era algo más que un mero disfraz. Por los movimientos que realizaba dedujo que no había ningún ser humano en su interior y que aquel prodigio de la técnica estaba animado por algún tipo de fuerza o fuente de energía desconocida. Abrió unos ojos como platos y se pasó una mano por los cabellos morenos.
"Eso no es un ser humano" -pensó entusiasmado sin asomo alguno de miedo o de temor- "esa especie de autómata, se mueve de forma autónoma".
Entonces notó como alguien le rozaba el hombro. Se giró y descubrió a su hermano Archie, acompañado de George. El chofer se había quedado en el interior del vehículo, por indicación de George. Solo faltaba que alguien pudiera robarles el automóvil.
-¿ Dónde está Candy ? -preguntó Archie nervioso, mirando a todos los lados.
Stear se encogió de hombros y repuso sorprendido:
-Creí que estaba con vosotros.
-Y nosotros que estaba con usted -explicó George que intentaba controlar su creciente preocupación, cosa que lograba a duras penas dirigiéndose hacia el joven moreno de anteojos- la hemos perdido de vista.
-Tenemos que encontrarla cuanto antes -exclamó Archie intentando moverse entre la gente. Algunas damas le miraron con enojo por sus bastos modales y el joven se sonrojó musitando una disculpa.
El pulcro y flemático secretario de Albert Andrew, el magnate que había adoptado a Candy tras una serie de sinsabores que habían golpeado a Candy sin piedad, precisamente para protegerla mejor, miró su reloj de pulsera y adoptó una expresión de impaciencia y de horror pensando que ya no llegarían puntuales a la cita con la hermana Grey, la rectora del antiguo internado. Las manecillas seguían deslizándose, desgranando los segundos que se iban convirtiendo en minutos y terminando con el cada vez más escaso margen de tiempo del que disponían para llegar a tiempo a la reunión con la religiosa.
Decidieron dividirse para localizarla. Para colmo, la señorita Andrew había desaparecido entre una muchedumbre congregada en torno a dos saltimbanquis borrachos.
20
Mark estaba apremiando a Haltoran para que diera con una solución. Haltoran había extraído un pequeño aparato similar a un móvil con el que podía en caso de emergencia dirigir al robot, el cual continuaba cantando y batiendo palmas, encantado de ser el centro de atención de todas las miradas.
-No me metas prisa Mark -dijo Haltoran algo ofuscado por las presiones de su amigo- tengo que establecer una frecuencia que me permita sacarlo de ahí, sin levantar sospechas.
Mark alzó las cejas y extendiendo las manos hacia delante resopló moviendo la cabeza y empezó a caminar en círculo sin fijarse bien hacia donde se dirigía. En ese instante se tropezó con alguien notando un impacto a la altura del pecho. Escuchó una exclamación de dolor femenina, aguda y ligeramente chillona. Mark que conocía perfectamente aquella inflexión notó como la sangre se le helaba en las venas. Había sonado a como cuando su esposa se sorprendía o sufría una contrariedad. Aquella era la voz de Candy.
Mark intentó disimular, pero un temblor muy fuerte agitaba sus extremidades, impidiéndole que actuara con normalidad. Entonces los ojos verdes como esmeraldas bajo los bucles dorados y rubios se enfrentaron a sus pupilas negras y oscuras. La chica estuvo a punto de gritar al reconocerle. Pese a que una intensa luz dorada le rodease cuando Mark surcaba el aire, aquellos ojos negros se le habían grabado a fuego en su memoria. Entonces, la muchacha le tomó de la mano y tirando de él suavemente, le susurró al oído:
-Tengo que hablar contigo.
Mark muy confundido dudó. Miró de hito en hito a Haltoran que intentaba hacerse con el mando del robot, y a Candy. Escogió la segunda opción. Si tenía que ponerla en antecedentes, aquel era un momento tan bueno como cualquier otro para hacerlo. Ambos jóvenes se escabulleron detrás de unas dependencias fabriles, al abrigo de miradas indiscretas. Lo malo es que también se había marchado sin avisar a Haltoran, aunque este por el rabillo del ojo se percató de la escena. Con un sudor frío, intentó conservar la calma mientras luchaba con los tercos y desobedientes controles del mando.
21
Mark se sintió atrapado entre la pared de ladrillo que había tras de sí y la en apariencia frágil pero decidida muchacha, que le contemplaba con sus inmensos ojos verdes exigiendo respuestas, tratando de arrancarle la verdad. Candy sintió que la congoja que había experimentado al contemplar la luz que envolvía al muchacho la noche anterior, retornaba con una fuerza inusitada. La joven notó que las lágrimas se asomaban a sus pupilas cuando le mostró la cabeza de águila engarzada en la cadena de oro, y en cuyo reverso había grabado la enigmática dedicatoria para ella.
-¿ Qué significa esto ? ¿ quién eres realmente ? -preguntó Candy intentando no desmayarse de la impresión. Mark tuvo la tentación de abrazarla y estrecharla contra su pecho pero se contuvo. Aquella Candy no le conocía de nada y aquello era tan duro y terrible para él, que le costó mucho dominar sus verdaderos sentimientos
Mark estaba entre la espada que Candy le apuntaba hacia su rostro contraído por la pena, en forma de colgante y la pared sobre la que reclinaba su espalda. Se había percatado que el colgante se había desprendido de su cuello y ya lo imaginaba perdido en las profundidades marinas. Lo que nunca se hubiera perdonado sería extraviar el relicario con el retrato de su esposa. Y ahora para su inmenso asombro, el colgante habia ido a parar a los pies de Candy, que le contemplaba a la expectativa taladrándole con la recriminatoria mirada de sus ojos verdes.
Mark tragó saliva. Apenas era capaz de reprimir sus deseos de besarla apasionadamente, pero si lo hacía tal vez la asustara y la alejara definitivamente de su vida, por lo que a su vez, su alter ego no despertaría nunca, debido a las condiciones impuestas por un fantasma del que ni se acordaba, ni sospechara de su existencia. Alzó las cejas y guardó silencio mientras buscaba las palabras más adecuadas y con el mayor tacto posible para referirle una verdad casi imposible de creer.
-Mark -dijo ella caminando lentamente aunque la distancia entre ambos ya se había reducido a unos pocos milímetros- nunca te he visto, pero siento que hay una gran afinidad entre tú y yo. Debería sentir miedo hacia ti, sobre todo después de lo que presencié a bordo del Mauritania, pero, pero...
Mark sabía que la cordura de Candy estaba a punto de flaquear y que tal vez no encontrara un momento más apropiado para explicárselo. Posó sus dedos en los pliegues de su cazadora y tiró en dirección opuesta de cada solapa dejando al descubierto el relicario con el retrato de la joven. Candy estuvo a punto de desplomarse pero se dominó. Tenía que llegar al final de todo aquello, costase lo que costase. Aquella chica del retrato alojado en el interior del camafeo era su vivo reflejo. Era idéntica a ella. Candy rozó con sus dedos trémulos el borde de la joya y dijo incrédula:
-No...no puede ser...Es...idéntica a mí.
-Eres tú Candy -dijo Mark de repente posando sus manos sobre los hombros de la joven. Pese a la excesivas confianzas que se tomaba el desconocido, Candy no sacudió sus hombros ni le obligó airada a retirarlas de su piel. Quizás porque aquel desconocido no lo fuera tanto.
Candy flaqueó. Sentía una fuerte atracción hacia aquel hombre, al que en apariencia no conocía de nada.
Intentó huir, pero sus pies no la obedecían y sus piernas temblaban pese a que su cerebro les enviaba constantes requerimientos para que la sacaran de allí. Entonces Mark, terminó con sus escasas reticencias a intuir la cruda y terrible verdad, con unas demoledoras palabras:
-Candy...Soy Mark. Soy tu marido.
La joven intentó resistirse, no porque Mark hubiera hecho mención alguna de inferirle daño, si no porque sentía que aquellos sueños que había estado teniendo desde el fallecimiento de Anthony y a los que atribuía como producto de los duros meses pasados tras la terrible pérdida cobraban un nuevo sentido, un terrible y crudo sentido.
-Si me lo permites te contaré quién soy y que hago aquí. Pero quiero que sepas, que cuando acabe de relatarte la verdad, si no estás dispuesta a hacer lo que te suplicaré que realices, lo entenderé. Me marcharé y jamás volveré a molestarte. Asumiré mi dolor, porque Candy, amor mío -exclamó dejándose llevar por sus apasionadas emociones sin darse cuenta de que la estaba abrazando contra si- en este tiempo o cualquier otro, siempre te amaré, jamás dejaré de amarte, y aunque en una realidad te pierda, sé que en otra estarás viva y serás feliz.
Candy notó como la piel del muchacho desprendía un suave y dulce calor que la envolvía suscitando en ella sentimientos contradictorios. Notaba una dulce fragancia que la embriagaba y sin saber porqué evocó algo que nunca había sucedido en apariencia, aunque ella tenía la sensación de que sí. Rememoró un sueño en una verde colina, un chico de ojos tristes que lloraba sosteniéndose precariamente sobre una de las ramas más bajas del padre Arbol. Se vio así misma, antes de ser adoptada por los Legan mirando a esos ojos negros tan profundos e inescrutables, enamorándose de él en unos pocos instantes, notando como la misma congoja que experimentaba ahora en su pecho, era idéntica a la que notaba en sueños.
Para su sorpresa, no le rechazó. Le dejó hacer, aunque Mark fue delicado y considerado en todo momento y no intentó besarla.
En ese momento, la voz estridente y chillona de Haltoran llegó hasta sus oídos. Había conseguido situarse junto al robot fingiendo ser una especie de maestro de ceremonias de un hipotético circo o feria, tal y como había supuesto acertadamente que la gente creería. El joven mostró una sangre fría y unas dotes de actor que le sorprendieron hasta él mismo.
-Señoras y señores, el mayor espectáculo del mundo, esta tarde a las ocho en este mismo lugar. No se olviden de acudir a ver a nuestro increíble gigante de hierro entre otras maravillosas actuaciones, todo siempre pensando en ustedes.
Disimuladamente había apretado un botón del pequeño control tras haber logrado sincronizarlo con la frecuencia en la que operaba el robot. Casi al instante, el robot pareció despertarse de un largo sueño y moviendo la cabeza a los lados se sorprendió sintiéndose visiblemente avergonzado, por el espectáculo que estaba protagonizando. Mermadon anuló los circuitos que emitían la voz cibernética del robot, para impedir que inadvertidamente, el robot pudiera tergiversar más, la ya de por sí, complicada y difícil situación. Haltoran se abrió paso entre la multitud, seguido por el robot, mientras continuaba cantando las excelencias de un circo inexistente. En esos momentos los agudos sones de varios silbatos atrajeron la atención de todos. La policía portuaria, avisada por George y los hermanos Cornwell intervenía para disolver el pequeño tumulto que Mermadon había provocado y por otro, porque estaban buscando a Candy. Cuando la joven oyó que alguien la llamaba a gritos, interrumpió su contacto con Mark y dijo turbada:
-Es la voz de George. Me está buscando. En el barco no salió muy bien parado cuando huímos -sonrió débilmente al recordar otro de sus sueños.
Mark notó una vaga pero creciente sensación de felicidad que le indicaba que no todo estaba perdido. Quizás aun hubiera esperanzas.
-Tengo que irme, pero desearía volver a verte -dijo la chica notando como una tormenta de sentimientos encontrados, mezcla de felicidad y de turbación se disputaban su corazón.
Le tendió un papel con algo garabateado que desprendía un leve aroma a rosas, y cuyas esquinas estaban adornadas con bellos motivos florales y guirnaldas y le dijo:
-Estas son mis señas...en el colegio de San Pablo. Intentaré ponerme en contacto contigo lo antes posible, tan pronto como tenga noticias de ti. Sea lo que sea, afrontaré la verdad de todo esto. Tengo que saberlo todo. Si tengo una vida anterior...debo averiguarlo todo. Esta incertidumbre me está matando.
Antes de irse, depositó un suave beso en sus labios. Mark notó como sus entrañas se removían pero decidió no ir más allá. Candy se despidió de él, agitando levemente la mano saliendo al encuentro de George que franqueado por dos bobbies escrutaban cada rincón tratando de dar con la chica. Al tiempo, Haltoran y el robot que no entendía que le había ocurrido se reunía con Mark. Afortunadamente, la Policía Portuaria les permitió marcharse disolviendo a los curiosos. Finalmente, tras una larga espera, el automóvil con Candy y el resto de sus ocupantes pudo partir con destino hacia el viejo y venerable colegio.
Fue un alarde de ingenio y de favorables casualidades que Haltoran y el robot no se cruzaran con el grupo formado por una dubitativa y entristecida Candy, los adustos policías y el no menos serio y ceñudo George. Su seriedad contrastaba vivamente con la alegría de los hermanos Cornwell que celebraban con grandes muestras de afecto, el que hubieran hallado a Candy, sana y salva.
-Ha sido una suerte que no nos hayan descubierto después de todo –observó Haltoran exhalando un suspiro mientras observaba como Candy se alejaba escoltada por George y los bobbies de la Policía Portuaria, sufriendo las tenues recriminaciones del secretario de Albert, pero recriminaciones a fin de cuentas.
22
Lograron esconderse en un almacén portuario cuyas puertas forzó Mermadón a una orden de Haltoran. El robot puso reparos una vez que se recobró de aquella especie de borrachera que le había afectado. Cuando se percató del riesgo que habían corrido por su causa, el robot se sintió profundamente abochornado. Se disculpó tantas veces que Haltoran tuvo que ordenarle que se centrara en la labor que le había encomendado.
-Primero el ridículo más absoluto -dijo emitiendo un sonido neumático, parecido a un suspiro muy hondo- y ahora me veo obligado a allanar una propiedad.
-Déjalo ya -le apremió Haltoran mientras Mark vigilaba que no les descubriese nadie- haz lo que te digo. Ya habrá tiempo de comprobar que es lo que te sucedió.
Mermadon puso sus manos en torno al grueso candado de acero que mantenía las puertas sólida y herméticamente cerradas y lo deshizo como si fuera de papel. Previamente, se habían asegurado de que nadie vigilara o rondara por allí.
Cuando el robot descorrió las puertas empujando un batiente hacia la izquierda, mientras Haltoran hacía lo mismo con la otra, llamó a Mark que se reprochaba el no haber utilizado un método más contundente para inmovilizar a su amigo y al robot, aunque tal vez emplear tales medidas, hubieran lesionado a ambos. Por otra parte, lo mismo que el amor que sentía por Candy le hacía traspasar cuantas barreras y dificultades se interpusieran entre ambos, la incondicional amistad de Haltoran actuaba de una forma similar. Cuando retuvo al pelirrojo y a su creación, con la técnica de los anillos de energía aprendida de Hyoga, ya contaba que tarde o temprano terminarían siguiéndole. Meneó la cabeza y siguió a Haltoran adentrándose en el oscuro interior de la nave.
El plan era sencillo y nada complicado. De momento, esperarían hasta que Mermadon recuperara su poder de invisibilidad antes de moverse nuevamente. Lógicamente, el candado estaba reventado y si los propietarios del almacén regresaban antes de que Mermadón estuviera completamente listo para utilizar su invisibilidad nuevamente tendrían que salir rápidamente de allí. Mark se acomodó entre unas cajas de madera apiladas junto a una columna mientras Haltoran monitoreaba los circuitos de Mermadón, para intentar hallar la razón de su extraño comportamiento.
"Como viajeros del tiempo dejamos mucho que desear" -se dijo tendiéndose lo más cómodamente que pudo al recordar una conversación que sostuvo con él antes de un baile organizado en honor de Candy y él mismo.
El almacén era oscuro y permanecía sumido en una permanente penumbra, pese a la luz que se filtraba por algunos ventanucos practicados en la parte más alta de la estructura, cercanos a la techumbre abovedada. Por todas partes había cajas apiladas la una encima de la otra llenas de pescado supuestamente fresco que desprendían un fuerte olor, que unido al de la humedad y el moho que poblaba el interior de la estructura hacían difícil soportar el cargado ambiente dentro del mismo. Para colmo, algunas ratas se deslizaron furtivas haciendo que Mark se estremeciera al notar el contacto de su pelaje hirsuto y áspero.
-Mierda -se quejó Haltoran al experimentar como uno de los odiosos roedores pasaba junto a su pierna derecha -lo que nos faltaba.
El único que no parecía tener queja del local, era Mermadón que seguía lamentándose por el ridículo que había hecho, pese a que ni Mark ni Haltoran habían mencionado nada al respecto, ni habían sacado a relucir la cuestión.
Haltoran trataba de obviar el desagradable y repulsivo inconveniente que suponía la ingente presencia de roedores en aquel almacén mohoso y en penumbra y trataba de imaginar un plan mientras revisaba los sensibles circuitos de Mermadon intentando hallar la razón del caprichoso y comprometedor comportamiento del robot.
-No lo entiendo –dijo examinando la CPU del robot con sumo cuidado- nunca te habías portado así. Ha debido de ser un fallo de alguno de los sistemas que controlan tus mecanismos de inhibición muchacho.
El enorme robot intentó no pisar una de las grandes ratas parduscas que le correteaban entre las piernas. A diferencia de Mark o de Haltoran, el robot no sentía asco si no una tremenda curiosidad por los huidizos y furtivos animales que se deslizaban con un ominoso corretear sobre el suelo de madera de la insaluble nave.
-Yo creo señor Hasdeneis –dijo el robot examinando con sumo cuidado a una rata de ojos acuosos que se detuvo un momento para hacerse con un trozo de pan enmohecido que había en una esquina junto a una de las cajas de madera apiladas en interminables columnas hasta el techo del almacén –que el abuso del iridium para llegar hasta aquí, ha provocado en mí un estado similar a una intoxicación etilica, de lo que me siento profundamente avergonzado.
Haltoran se detuvo sorprendido ante la formalidad del robot. Nunca se había dirigido a él como señor, y menos por su apellido.
-Un momento, un momento –dijo agitando la mano derecha en la que sostenía el cortador laser que con tal mala fortuna disparara por error Stear, tronchando la rama de un árbol que a punto estuvo en aquella ocasión de lastimarle la cabeza –no te programé para que fueras así de formal conmigo. Yo soy tu creador.
-Razón de más para mostrarme sumamente cortés con usted, señor Hasdeneis.
Mark parecía ajeno a la conversación entre hombre y robot. Permanecía absorto en sus pensamientos, examinando el camafeo con el retrato de su esposa y recordando el suave beso que había depositado en su mejilla izquierda. Había otro indicio que dejaba abierta una puerta a la esperanza. Candy se había quedado con el colgante en forma de cabeza de águila que perdiera accidentalmente al sobrevolar el barco durante su arriesgada e insensata aproximación al Mauritania para observarla más de cerca, mientras estaba envuelto en el haz de luz.
Haltoran iba a pedirle a Mark que le pasara otra herramienta de su mochila para continuar la revisión de Mermadon, pero decidió tomarla él mismo. Su amigo estaba aislado en sus meditaciones con un brazo cruzado sobre la nuca y con la mano derecha contemplaba el retrato de su bella esposa. El joven pelirrojo negó con la cabeza, arqueó las cejas y mientras alargaba el brazo para tomar el útil que necesitaba pensó para sus adentros:
"Mark, Mark, debería haberte abroncado por exponerte de ese modo al acercarte al Mauritania, pero tu amor es tan fuerte que supongo que recriminándotelo no arreglaré nada. Yo soy el menos indicado para darte lecciones morales, después de que haya dejado a Annie y a Alan solos para seguirte hasta otra realidad alternativa."
Dio un suspiro mientras de un taconazo apartó a un insidioso roedor que había empezado a treparle por la pernera del pantalón. La rata se precipitó al suelo, y chilló con rabia pero optó por no enfrentarse a Haltoran, para acto seguido esconderse en un agujero practicado en uno de los maltrechos tabiques divisorios que compartimentaban el almacén.
-¿ Te queda mucho para recobrar la capacidad de apantallamiento Mermadon ? –preguntó Haltoran esbozando una mueca de asco, mientras lanzaba una furibunda patada contra otra rata blanca que le esquivó por pocos centímetros.
-En un cuarto de hora estaré listo señor, aunque lamentaré tener que marcharnos sin estudiar el interesante habitat de estos curiosos animales.
-No sabes como lo voy a lamentar –dijo Haltoran con una inflexión de sarcasmo mientras reajustaba algunos cables que se habían desprendido de su alojamiento en el interior del robot.
Mark que estaba reclinado contra una columna, le miró levemente esbozando una sonrisa y continuó contemplando el retrato de Candy. Intentaba disimular, pero Haltoran sabía que estaba llorando. El brillo que perlaba sus mejillas y las manchas de humedad que brillaban levemente, sobre la foto que adornaba el camafeo, que pendía de su cuello, le delataban.
23
Candy gritó despavorida cuando Clean salió a la carrera escapando del carruaje que transportaba a los hermanos Cornwell y a George. Este había hablado de trasladar al pequeño coatí a un zoológico dado que en la rancia institución no admitía animales de ninguna clase. Para colmo habían tenido un accidente provocado por la conducción temeraria del joven que había conocido en el barco y al que había sorprendido llorando mientras observaba absorto el horizonte del interminable e inmenso Atlántico. Habían dejado el lujoso automóvil y habían tomado un coche de punto gracias a los ruegos de Archie y de Stear que lograron que el atildado y obediente George demorara por un poco más de tiempo, la cita con la hermana Grey, rectora del colegio religioso al que Candy iba a ingresar en breve, al objeto de que la muchacha pudiera disfrutar de las incomparables vistas y de la contemplación de los monumentos de Londres. Pero todo se había torcido. Por culpa de la temeraria acción de un joven de cabellos castaños y ojos azules al volante de un flamante deportivo, habían tenido un leve accidente pero que había conllevado que el eje delantero del carruaje se partiera. Mientras, Clean se había refugiado en un parque cercano subiéndose a un gran árbol desde el que contemplaba receloso a su amiga.
24
Mark y Haltoran deambulaban por la ciudad intentando localizar la ubicación del gran edificio. A su lado, y amparado en su invisibilidad Mermadon les seguía de cerca, tratando de orientarse. Mark tenía las señas que Candy le entregara hacía un escaso margen de tiempo, pero aunque preguntaron a varios viandantes nadie les supo dar razón del sitio al que pretendían llegar, quizás porque fueran forasteros que no conocían precisamente aquella parte de Londres. Aunque Haltoran disponía de un mapa digitalizado de la City que se mostraba en un pequeño scanner de cuando había estado allí en un intento de localizar a Eliza y a Neil para cerciorarse de que estaban bien, debido al riesgo de raids aéreos por parte de la fuerza aérea alemana, se lo había dejado con las prisas y la precipitación de seguir a su instinto de que Candy corría un serio peligro y de que algo no iba bien, sobre el aparador del salón que daba al norte de su casa. Temió por el destino del aparato, porque cosa que su hijo Alan descubría, cosa que desmontaba para averiguar sus secretos y que probablemente no volvería a funcionar. Afortunadamente, Mermadón disponía de datos suficientes como para guiarles en la dirección correcta, aunque tardaría un poco en situarse en el rumbo correcto. La invisibilidad reducía sus facultades a la mitad. Mientras Mark, se había cambiado de ropa en el almacén antes de que ambos amigos lo abandonaran silenciosamente y vigilando que nadie pasara por las inmediaciones, aunque conservaba debajo sus ajadas ropas del siglo XXI por si tenía que utilizarlas. Haltoran intentó disuadirle de que cambiara de idea, pero sus recomendaciones se agotaron antes de empezar. Sabía que no lograría hacerle cambiar de parecer. Pasaron cerca de un parque y entonces los agudos sentidos de Mark captaron los gritos procedentes de la espesura. Era una voz de mujer, una voz que reconocería entre mil. Presintiendo que Candy estuviera en peligro se adentró rápidamente en el recinto del parque. Haltoran intentó detenerle, pero Mark se zafó con habilidad, casi sin pensarlo de las manos de su amigo.
-Espera Mark, espera –le espetó Haltoran intentando retenerle- ¿ qué sucede ?
-He oído la voz de Candy, puede que esté en peligro.
Meneó la cabeza. Recordó aquel día en que a lomos de un caballo que le arrebatara al capataz de los Andrew y la ayuda de su arma de asalto se llevó a Candy consigo frustrando toda posibilidad de boda con Neil. Le dejó ir, porque sabía que no podría detenerle.
Mark cruzó como una exhalación los cien metros escasos que le separaban de Candy. Contempló con horror como un cazador apuntaba su arma hacia lo alto. Su objetivo, no era evidentemente Candy, si no Clean que no se atrevía a moverse ni un ápice paralizado por el miedo que le causaba la visión de los dos cañones gemelos de la pesada escopeta de caza que el cazador había alzado en dirección al pequeño coatí blanco. Pero Mark obcecado por sus deseos de salvar a Candy no se detuvo a realizar una inspección más sosegada de la dramática escena. Temeroso de no llegar a tiempo, extendió la mano izquierda y un haz de llamaradas cruzó el aire impactando en el percutor del arma. El cazador sorprendido y asustado disparó por puro acto reflejo sin mirar donde tiraba. Finalmente, lanzó el arma abandonándola entre los arbustos y salió huyendo sin atreverse a mirar atrás. Lo único que sabía es que un haz de fuego salido de la nada le había atacado. Cuando Candy llegó hasta donde esperaba, temerosa y llorando toparse con el cadáver destrozado de su pequeño amigo, halló a un joven de cabellos negros y ojos de azabache que sostenía al diminuto animal entre sus brazos. Mark en su precipitación por salvar a Candy no se percató de que la bala iba en su misma dirección y le atravesó el brazo. Normalmente una bala no era problema para Mark porque las esquivaba cuando le era posible con su enorme velocidad, pero no era inmune a ellas ni a sus efectos si estas conseguían alcanzar su cuerpo. Candy se llevó las manos a los labios sorprendida. Su abigarrado sombrero con una gran rosa central y dos lazos rojos estuvo a punto de desprenderse de su cabeza. Estuvo a punto de retroceder. Pronto llegarían Archie y Stear junto con George y el cochero que la buscaban afanosamente por segunda vez durante ese ajetreado día. Primero en el muelle y ahora entre la espesura de un gran parque.
-Tú –dijo incapaz de creerlo- tú, de nuevo.
Mark realizó un gesto de dolor. Se llevó la mano derecha al hombro del que brotaba desde una gran herida un largo reguero de sangre. La bala le había atravesado limpiamente la carne. Candy se le acercó lentamente. Pese a que aun no había podido asimilar la tremenda revelación que el joven le realizara, pese a que las piernas se le doblaban de miedo, se le aproximó. La piedad y un incipiente amor que pugnaba por rechazar, pero que no era capaz de alejar de su corazón disputaban una fiera batalla con sus recelos y miedos más secretos. Había empezado a tener aquellos sueños desde que perdiera a Anthony. Eran tan inverosímiles e irreales que pensó que la aciaga pérdida de su primer amor le había hecho perder el juicio, pero cuando vio la estela de fuego, cuando de esta se desprendió el colgante en forma de águila que había contemplado en sus sueños, cuando le halló en el puerto mostrándole aquel camafeo con su retrato supo que ya no le era posible continuar negando la realidad y huyendo de cuanto había estado temiendo desde hacía tanto tiempo. Se desprendió del largo pañuelo blanco que llevaba anudado en torno al forro de piel de su abrigo y le vendó la herida, sorprendida de su pericia para hacer algo, que jamás antes había realizado.
-Serás una excelente enfermera –dijo Mark intentando disimular sus gestos de dolor para no ahuyentarla o preocuparla más aun.
Candy estaba a punto de llorar y no respondió a las palabras del desconocido que afirmaba ser su marido. Entonces resbaló y Mark por la fuerza de la costumbre la rodeó con sus brazos. Una sensación de indescriptible felicidad la embargó. Notaba como una congoja muy fuerte subía desde lo más recóndito de su alma amenazando con estallar en lágrimas. Mark sin poder evitarlo la atrajo hacia sí besándola con delicadeza pero no exenta de pasión. La muchacha tembló como una hoja correspondiendo a aquel súbito y arrebatador beso. Candy alzó una mano para abofetearle pero no pudo. Notó como si algo que hubiera perdido hacía muchísimo tiempo le era devuelto finalmente.
-Candy amor mío amor mío –musitó Mark en sus oídos como el rumor de una lejana ola que se abatía contra las vacilantes defensas de su corazón- soy yo Mark, tu esposo. Tengo que contarte algo muy importante, tienes que escucharme porque de ello depende nuestra felicidad y la de nuestros queridos hijos.
Candy se quedó petrificada. A duras penas se separó del hombre mirándole incrédula, pese a que sabía que cuanto estaba refiriendo era terriblemente real y cierto, demasiado cierto como para negarlo con un simple movimiento enérgico de cabeza.
-No, no, no se quien eres, no –dijo la chica retrocediendo mientras alzaba ambos manos y mirando nerviosamente hacia atrás en derredor suyo como si buscara ayuda.
-Pero Candy, me besaste en el puerto y has correspondido al mío. Sé que me conoces, aunque digas que no, es más, de hecho presiento que sabías de mi llegada, lo sé positivamente.
Pero Candy no escuchaba a los dictados de su corazón. Sentía que amaba locamente a aquel desconocido pero el miedo y el horror que le suscitaba todo aquello fue más fuerte y consiguieron apartarla del joven aunque a duras penas.
-Aléjate de mí –le suplicó con voz poco firme y menos convincente aun –no sé quien eres, no sé que pretendes, no quiero saber nada de ti –mintió.
-Pero, pero, Candy tú misma viste como llegaba envuelto en luz, me diste las señas de tu colegio para que pudiera localizarte y hablarte de todo esto. Tienes que creerme, soy tu marido, y si me dejaras contártelo lo entenderías. Tienes que creerme –suplicó el joven desesperado.
Candy sabía que Mark tenía razón. Los sueños eran demasiados reales como para ser mentira o una veleidad de su mente y habían sido corroborados por pruebas tangibles e innegables. Las evidencias eran tales que resultaban atroces para la cordura de la muchacha que amenazaba con romperse en mil pedazos, pero como sucediera en el puerto, las voces de sus primos adoptivos y del secretario de Albert, que la había adoptado hacía poco tiempo impidieron que pudiera revelarle nada al respecto.
-Está bien, está bien –dijo con voz agotada y deseosa de terminar con aquello cuanto antes- tengo que saber la verdad, pero ahora no. Búscame en el colegio. Estoy segura de que si eres quien sospecho no tendrás la menor dificultad para entrar.
Sabía que era una locura porque no solo había soñado con la realidad en la que era la esposa de Mark, si no con el futuro de la que se encontraban. Pero Mark estaba harto de huir, de tener que separarse de Candy, por lo que asiéndola repentinamente por el talle dio un salto y se remontó por encima de las cabezas de los asombrados George y sus primos. Aunque Haltoran intentó alcanzarle ya era demasiado tarde. Decidió permanecer a cubierto junto a Mermadón. Tal vez sería mejor permanecer en la sombra por si tenía que echarle una mano.
25
Candy había cerrado los ojos firmemente y cuando sus deslumbrantes pupilas verdes escrutaron lo que sucedía a su alrededor, comprobó que estaba volando firmemente asida a Mark. Lo que más le llamó la atención es que ni Archie ni Stear ni George parecían haberse percatado de que estaba por encima de ellos a no demasiada altura. Intentó gritar. De hecho le hubiera resultado fácil pero optó por seguir callada, porque por un lado, tal vez no la oyesen y por el otro deseaba fervientemente estar en compañía de aquel hombre. Sonrió sin asomo de temor o de ira a lo que a todas luces parecía un rapto y susurró lentamente:
-Este es el poder del apantallamiento. Lo utilizas para volverte invisible. Y ahora volamos gracias al haz anaranjado que desprende tu cuerpo, la manifestación menos violenta del iridium.
Durante el breve ínterin en el que Mark se remontó por el aire con la muchacha a cuestas ceñida por la cintura, realizaron un breve y corto desplazamiento para separarse unos metros de los acompañantes de Candy, sus ahora primos adoptivos, el celoso y circunspecto George y el chofer que continuaban buscándola contrariados y muy sorprendidos, de que hubiera conseguido despistarles por segunda vez en un lapso de tiempo. Mientras pasaban a muy poca distancia de la pareja sin percatarse de que ambos jóvenes estaban reclinados contra el tronco de un árbol, pese a que Candy podría haber alertado a sus primos y a los dos hombres que les acompañaban, acerca de su posición no lo hizo. Miró a Mark contrariada preguntándose porque no había delatado su presencia aunque sabía perfectamente que ninguno de ellos, ni siquiera todos al unísono lograrían hacer nada contra Mark. De hecho Candy, o mejor dicho, la Candy de aquella realidad alternativa lo sabía todo acerca de Mark, porque lo que había tomado como desvaríos y delirios sin sentido se había confirmado como plena y aterradoramente real.
Candy lejos de sentir miedo u odio asintió para tranquilizarse mientras se retorcía las manos nerviosa, intentando encontrar una explicación racional a todo aquello, aunque no hacía falta. Entornó los hermosos ojos de esmeralda y contempló de soslayo a Mark:
-Lo que tengas que contarme hazlo pronto, porque presiento que tratas de explicarme algo más de lo que ya conozco por mis sueños.
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Cuando terminó de hablar, la incredulidad más absoluta y demostrativa de la perplejidad de Candy ensombrecía su hermoso rostro. Mark había descrito punto por punto lo que le asaltaba en sueños y confirmándolo plenamente. Cuando le explicó la razón de su estancia allí, la muchacha se negó a aceptarlo estando a punto de alejarlo hoscamente de su lado. Intentó llamar a sus primos, pero sabía que no resultaría. El poder de Mark les mantenía al abrigo de sus miradas, al envolverlos en una invisibilidad total. Candy entornó los ojos y acarició la cabeza de Clean que miraba lastimosamente a su dueña. El pequeño animal había quedado comprendido dentro de los límites del manto de iridium que les cubría.
-Sé que me estás diciendo la verdad, pero me cuesta aceptarlo. Vienes de otra realidad, en la que yo, he sido sumida en una especie de encantamiento o profundo sueño, del que solo me puede despertar si acepto tu amor. Es de locos, pero no me queda más remedio que aceptarlo. Cuando te ví desde el Mauritania, flotando en el aire, envuelto en ese resplandor, supe que cuanto había soñado desde el fallecimiento de Anthony era verdad, tenía que serlo por fuerza.
Mark contuvo el aliento. Su corazón latía aceleradamente porque esperaba que Candy le diera un sí a su proposición. Lamentaba tener que hacer partícipe a su amada de un cruel juego impuesto por un tétrico e ignoto personaje que se divertía imponiendo su malvada voluntad, pero que no tenía más remedio que secundar porque de lo contrario, su esposa, en aquella otra realidad que era la suya, no despertaría jamás.
Candy, escuchó al vehemente joven que aseguraba ser su esposo en otra realidad o universo alternativo y que afirmaba que habían tenido dos maravillosos hijos, niño y niña en dicho mundo, pero para su sorpresa y horror, la Candy de aquel tiempo, no era la misma que la adorable muchacha que se había convertido en su esposa, amándole incondicionalmente. Candy se pasó la mano derecha por sus colas de caballo y dijo alisándose los pliegues de su vestido:
-Mark. Por el momento no puedo aceptar tu propuesta. Puede que cuanto me digas sea totalmente verdad, pero no puedo entregarme a un completo desconocido, porque eso es lo que eres ahora para mí Mark. Me siento la víctima de un colosal y temible engaño. No puedes llegar así a la vida de la gente y trastocarla a tu antojo.
Mark dio un respingo. Jamás había oído hablar así a la muchacha o por lo menos no recordaba haber escuchado expresarse en semejantes términos. Contrajo los puños y presintió que las siguientes palabras de la hermosa joven serían un definitivo mazazo a sus esperanzas.
-Te besé en el puerto, porque sentía una afinidad hacia ti que creía que se convertiría en amor, pero lo he pensado mejor, y en el fondo no te conozco Mark. No sé nada de ti, pese a los sueños que me han asaltado desde que perdí a Anthony en aquel desgraciado accidente. Puede que en otra realidad, como bien afirmas, nos enamorásemos en la Colina de Pony y nos quisiéramos como para convertirme en tu esposa, pero no en esta Mark. Lo siento, pero por ahora no puedo aceptarte en mi vida.
Mark se puso a llorar. Largas hileras de lágrimas resbalaban por sus mejillas porque nunca se había acostumbrado a perder a Candy ni en su realidad ni en esta otra alternativa.
La joven le dirigió una mirada de lástima, e intentó confortarle, pero Mark se apartó hoscamente de su lado, porque tal y como había temido siempre el malhadado y cruel espejo del mundo que conocía y en el que estaba plenamente seguro y protegido le devolvía un reflejo del que jamás habría deseado contemplarse. Y eso el Vizconde lo sabía plena y conscientemente. Si Candy no la aceptaba, su esposa no recobraría la consciencia. Aquello era de locos. Candy, se alejó lentamente de Mark tras despedirse afectuosamente de él, traspasando el velo de iridium con total tranquilidad. El joven moreno, notando como su alma se hacía añicos, desactivó su poder, resignado a perder a su esposa por la negativa de su alter ego a aceptarle. Haltoran se mantuvo a prudente distancia, permaneciendo invisible gracias al poder del robot que había creado tan afanosamente. Sentía lástima de su amigo y se acercó lentamente pasando su brazo izquierdo por la espalda de Mark. El anonadado joven no opuso resistencia permitiendo que el joven de cabellos pelirrojos tirase lentamente de él, para apartarlo de allí, mientras Mermadon movía lentamente la cabeza en señal de duelo y pena por Mark.
-Vamos querido amigo, vamos, encontraremos una forma para resolver este atolladero, ya lo verás.
Mark sorbió sus lágrimas mientras contemplaba la cimbreante figura de Candy encaminarse al encuentro de sus primos y del secretario de Albert, el serio y circunspecto George que por segunda vez en aquel largo día, la buscaban coreando afanosamente su nombre entre los árboles y los bancos del parque. Archie dio un respingo al pisar casi inadvertidamente a un pato que salió granando indignado tras emprender un corto vuelo para alejarse de los inoportunos humanos que rompían la tranquilidad del parque con sus estentóreas voces.
-La he perdido, la he perdido –musitaba Mark lentamente con la mirada perdida, mientras era atendido por Haltoran y el robot que intentaban que no cometiera ninguna tontería, y le vigilaban estrechamente. Pero Mark se había resignado. Finalmente, después de tantos sinsabores y desvelos para hacer plena realidad sus sueños, su dulce esposa se había apartado definitivamente de él. Y con la negativa de aquella Candy, su esposa no despertaría jamás, si el temible Vizconde no recibía pruebas de que sus caprichosas y capciosas condiciones se habían cumplido, antes de que el sol despuntara sobre las copas de los árboles de Lakewood en su otra realidad.
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Habían seguido a Candy desde la distancia, apantallados por el poder de invisibilidad de Mermadon porque Mark parecía haber perdido todo su ardor combativo y su voluntad tan férrea y decidida se había venido abajo con la negativa de Candy a amarle. Tuvo que ser Haltoran el que propusiera un plan de acción porque si no hacían nada, el Vizconde se saldría con la suya. Para su sorpresa Mark se encogió de hombros cuando le expuso sus intenciones, encogiéndose de hombros y diciendo con voz velada por el cansancio y una resignación rayana en la desesperación que exasperaban a su amigo:
-Haz lo que quieras. Ya ves que no hay nada que hacer. Tanto me da quedarme en esta realidad como volver a la nuestra. Por lo menos, Candy aquí está viva y en todo su esplendor, aunque no me ame. Regresa tú con Mermadón amigo. Annie y tu hijo te están esperando. Yo no tengo nada más que hacer.
Haltoran estuvo a punto de asestarle un puñetazo, debido a la fuerte carga negativa que llevaban implícitas sus desesperadas palabras, que olían a estrepitosa y total derrota. Lejos de abandonar a Mark, ordenó a Mermadon que les apantallara y siguieron al coche en el que viajaba Candy, con sus primos adoptivos y el secretario de Albert junto al chofer. Después de atravesar toda la ciudad, y admirar el BigBeng, y recalar en el hotel Savoy donde Candy esperaba encontrarse con el escurridizo y misterioso tío abuelo Williams, aunque para su decepción, la habitación estaba ocupada por el insolente y socarrón joven que conociera a bordo del Mauritania, entre la bruma y que lanzó una bocanada de humo al rostro de Candy que la hizo toser, ante el gesto contrariado y enojado de Archie que por poco llegó a las manos con él, siendo contenido a duras penas por su hermano y George. Finalmente llegaron a las puertas metálicas del internado, donde una adusta religiosa recibió a Candy que contempló con una mezcla de miedo y aprehensión la severa y monumental fachada del sombrío e imponente edificio que se extendía ante sus ojos verdes.
Una vez que Candy traspasó la cancela del famoso y reputado internado, algo empezó a removerse en Mark, que pareció salir de su abatimiento. Aquella escena no habría tenido lugar jamás si no hubiera mediado el episodio en el que rescató a Candy del Mauritania con la inestimable ayuda de su amigo Haltoran.
Finalmente se colaron en el internado y recalaron en un ruinoso edificio con una minúscula torre. Las ventanas de lo que parecía haber sido unas dependencias docentes que sin duda conocieron tiempos mejores, estaban completamente reventadas y rotas. Algunos desconchones salpicaban las desvencijadas paredes de la destrozada aula en la que recalaron y en cuyo interior, se apilaban en caótico desorden, los restos de una miríada de mesas y pupitres escolares totalmente destrozados y reducidos a astillas prácticamente unos, mientras que otros se apoyaban precariamente los unos contra los otros. El interior del aula estaba completamente intransitable, atestada de muebles viejos y apolillados. Una silla descansaba sobre un encerado en un ángulo de cuarenta y cinco grados y una compleja red de telarañas bordada con primorosa paciencia por una incansable multitud de arañas, pendía del desordenado conjunto de sillas y mesas de madera apolillada recubiertas por una pátina de polvo y suciedad. Haltoran abrió la puerta del aula con sumo cuidado, mientras una recua de ratas, espantadas por la intrusión de los extraños, salieron huyendo despavoridas, colándose entre los pies de Haltoran, que por segunda vez tuvo que soportar la molesta presencia de tan insidiosos animales en el mismo día.
-Mierda –se quejó Haltoran saltando de un lado a otro para esquivar a los viscosos y grises roedores que Mermadon observaba evolucionar con suma curiosidad. Temiendo que el robot tratara de hacerse con alguno de aquellos especimenes para su estudio, Haltoran le detuvo con una seca y cortante orden cuando el robot se disponía a atrapar a una rata:
-Mermadon, ni se te ocurra. Deja a esos bichos en paz. Tenemos otras cosas más importantes de las que ocuparnos.
Mark que había observado indiferente la escena, pareció salir de su estado de abatimiento. Un brillo especial que Haltoran conocía muy bien, titiló en las profundidades de sus ojos negros.
-Todavía tengo una esperanza –musitó lentamente mientras se apoyaba displicentemente sobre el tablero de lo que había sido la mesa principal del profesor que presidiera la ajada y ruinosa dependencia en su momento. Ejerció sin querer una presión mayor de lo debido sobre la maltrecha estructura y el caótico rimero de trastos y pupitres destrozados se vino abajo con estrépito. Haltoran se hizo a un lado de un salto, aunque Mermadón se interpuso entre su creador y la imprevista avalancha de objetos evitando que terminara por venirse abajo.
Sorprendido por la reacción de Mark, en lugar de recriminarle por su imprudencia, Mermadón le observó detenidamente y le preguntó:
-¿ Qué quieres decir Mark ? ¿ acaso crees que aun podemos modificar el curso de los acontecimientos ?
Mark asintió. En los ojos de Candy había percibido por unos instantes un fugaz y sutilísimo brillo que le indicaba que no todo estaba perdido. El amor que ataba a ambos jóvenes era tan fuerte y rotundo que si estaba en lo cierto, sería capaz de traspasar las eras aun estando situadas en realidades completamente distantes y alejadas la una de la otra.
-Estoy convencido de que Candy terminará por recapacitar –dijo Mark enigmáticamente mientras cruzaba los brazos sobre el pecho sin dar más aclaraciones ni indicios de lo que supuestamente había descubierto.
-Este sitio es una ruina total. Será mejor que nos marchemos de aquí –observó Haltoran asqueado por el reciente recuerdo de las ratas pasando entre sus piernas y sus pies.
-Opino que si hemos de quedarnos aquí –dijo el robot que había hablado por vez primera desde su caótico e imprevisible comportamiento en el puerto de Southampton –el mejor lugar es este. Se trata de un edificio relativamente estable pese a su aspecto. La estructura está muy ajada, pero solo externamente. Los cimientos son sólidos y aguantarán perfectamente. Además la frecuencia de visitas a los mismos es muy baja. Por el momento, puedo desactivar mi poder de apantallamiento. Nadie nos verá aquí.
28
La posibilidad de alojarse temporalmente en el desvencijado edificio, no le hacía muy feliz, pero Haltoran, se había comprometido ayudar a su amigo y optó por no hacer participes a Mark y al robot de sus verdaderas impresiones. A falta de una idea mejor, el plan que seguirían en adelante sería pegarse a los talones de Candy y vigilarla estrechamente, hasta que consiguieran dar con el momento propicio para volver a insistir con el asunto. Haltoran no había interrogado aun a su amigo acerca del significado de sus enigmáticas y extrañas palabras, pero suponía que se refería a que tarde o temprano, la chispa del amor prendería en el corazón de aquella Candy como lo hiciera en la realidad completamente distinta que Mark indujo con su irrupción sobre la Colina de Pony. Mark pareció recobrar sus esperanzas y su combatividad de una forma tan repentina, que Haltoran temió que cometiera una tontería como intentar secuestrar a la muchacha o algo así, aunque para su tranquilidad Mark parecía completamente sereno y relajado. La respuesta a su aparente calma se hallaba en que el joven había descubierto que por la fuerza no conseguiría nada, si no que tendría que seguir toda la secuencia de acontecimientos planteada por aquel universo paralelo. De esa manera, tal vez Candy terminara por enamorarse de él.
Haltoran torció el gesto ante la posibilidad de tener que pernoctar allí pero no había otra solución. El resto del complejo de edificios del internado estaban atestados de alumnos y docentes y por supuesto, el tratar de acercarse a Candy no sería posible en tanto estuviera rodeada de gente por doquier. Entonces sonó un pequeño pitido que atrajo la atención de Haltoran y que provenía de la estructura interna del robot. Haltoran se disponía a examinar a Mermadon cuando este dijo contrariado:
-Mi poder de apantallamiento está indisponible temporalmente, lo siento. He debido de agotar las reservas de mis baterías, destinadas a esta facultad, aunque se repondrán en un plazo de una semana.
Haltoran dejó escapar un silbido a medias entre la indignación y el hastío. Se dirigió hacia la pizarra en la que aun se podían leer algunas inscripciones referentes a la obra de Shaskeapeare que supuso habrían sido parte de la última clase, probablemente de literatura impartida en las asoladas dependencias y dijo pasando la yema de dos dedos de su mano derecha por la agrietada superficie del encerado:
-Esperemos que no tengamos que…
Justo cuando estaba a punto de concluir la frase añadiendo :"que recurrir a tus poderes Mark" este ya estaba intentando utilizar su facultad para apantallarles por si tenían que tornarse invisibles de nuevo. Pero algo salió mal o no como era de esperar, por lo menos. Mark se dobló de dolor justo cuando las primeras emisiones de iridium empezaban a iluminar el interior de su improvisada nueva residencia desatando una claridad irreal. Haltoran corrió a su lado y sosteniéndole por los hombros, le enjugó el sudor que perlaba su frente tendiéndole en un lugar que despejó rápidamente de sillas y mesas con la ayuda de Mermadon.
-Mark, muchacho –preguntó Haltoran insistentemente con voz preocupada- ¿ te encuentras bien ? ¿ que te sucede ?
-No lo sé –dijo Mark que parecía ir recobrando paulatinamente el color, debido a que la piel de su rostro había adquirido la tonalidad de la cera –pero es como si mis poderes no respondieran adecuadamente.
-De hecho –dijo Mermadon observando a Mark con sus sensores ópticos que ardían como ascuas de luz y que le enviaban datos médicos y antropomórficos de su estructura al sensible cerebro del robot- esta realidad parece haber alterado sus poderes señor Anderson, aunque en algunas contadas ocasiones, porque cuando voló sobre el Mauritania lo hizo con toda normalidad.
Haltoran emitió una risa carente de alegría por lo bajo y meneó la cabeza. Un robot hablando con un crono nauta acerca de la posible conveniencia de utilizar la capacidad de volar en una realidad alternativa y completamente diferente de la suya, que a su vez no había sido en origen tampoco la que les correspondía. Pero como Mark era su amigo y su amistad desde que le salvara del ataque de aquellos T-72 era incondicional y desinteresada optó por disimular sus emociones, terreno en el que era un maestro a diferencia de Mark, que nunca había sabido enmascarar sus verdaderos sentimientos. Y existía otra razón. Aunque Mark hubiera renunciado a su propósito original impuesto por la desquiciante y apabullante irrupción del siniestro hombre barbudo, antiguo aliado y servidor del científico que derrotara tras una cruenta y corta batalla junto con sus sueños de conquista, Haltoran hubiera seguido adelante porque su amistad hacia Candy era tan honda como la que le unía a Mark, pero con un poso de profundo amor que en ocasiones, aun le asaltaba de forma nostálgica, y habría obligado a Mark a continuar de alguna manera.
La voz meliflua e insinuante del robot le sacó de sus cavilaciones.
-Por el momento señor Anderson no le aconsejaría utilizar su poder de invisibilidad hasta no estar seguros de que no corre ningún peligro.
Haltoran soltó un breve reniego que disimuló hábilmente como había hecho con su risa desprovista de alegría y totalmente cargada de cinismo.
"Genial, sin el poder de volvernos invisibles cualquiera que pase por aquí a echar un vistazo, sea un empleado del Internado, algún profesor o simplemente un estudiante o un grupo con ganas de aventuras o de saltarse alguna clase, o por el motivo que sea, descubrirán a un robot de otro tiempo de tonelada y media de peso, por dos metros de altura y a dos completos desconocidos que se han colado en el internado, si señor, genial".
29
El plan era descabellado y nada lógico, incluso para quienes habían traspasado los dominios del tiempo y saltado a través de las eras. Mark, aparentemente recobrado de su pasajero malestar, permanecía reclinado contra una de las desvencijadas sillas mientras comía con parsimonia uno de los bocadillos que Haltoran había alojado en el compartimiento trasero del robot, mientras Haltoran contemplaba en el porche del ruinoso edificio el frondoso bosque que se extendía a pocos pasos de allí, bajo el frontispicio de la fachada principal cuyas profundas y más que evidentes grietas no contribuían a tranquilizarle precisamente. Caminó hasta la escalinata que remataba el frontispicio, y descendió por ella separándose unos metros. Se fijó en el pequeño campanario que coronaba la edificación con el reloj averiado detenido sin duda desde hacía mucho tiempo. Mermadon se movía lenta y sigilosamente en torno a su improvisado campamento alerta a cualquier indicio sospechoso por si debía de dar la alarma inmediatamente. Haltoran se encogió de hombros y sonrió con ironía. Aunque allí llegase media Scortland Yard probablemente poco podrían hacer en contra de hombres pertrechados con un avanzado armamento de guerra, por lo menos para la época. Haltoran estaba preocupado por el sesgo que habían tomado los acontecimientos. Aquella Candy se había negado, por lo que Mark le había referido a corresponderle o a aceptar su amor, por lo que, Candy en la realidad de la que procedían, no despertaría nunca. Meneó la cabeza sentándose en las escaleras de mármol a la fresca sombra que el frontispicio le proporcionaba. Unos metros más allá divisó un templete parecido al que había servido como telón de fondo a su enlace con Annie, en Lakewood y en el que Candy había sido adoptada por la familia Andrew. En aquel lugar de tan sonoras y evocadoras referencias no solo para él, sino también para Mark, el presidente de los Estados Unidos había entrado en contacto con Mark gracias a la testarudez y la insistencia de un sobrino suyo.
-Esto es de locos –dijo lanzando un suspiro mientras se preguntaba si Candy, aquella Candy cambiaría de opinión respecto a Mark.
En ese instante, una figura se movió a su espalda. Haltoran movió la cabeza levemente y dijo:
-No sé si esto es lo más adecuado amigo –dijo Haltoran mientras su vista seguía el discurrir de dos estorninos que se perseguían revoloteando de árbol en árbol –si ella no quiere corresponderte…
Mark posó su mano derecha en el hombro del joven pelirrojo y negó con la cabeza.
-No digas eso ni en broma Halt –comentó el joven con una inflexión de horror en la voz- tenemos que tener éxito, o de lo contrario mi esposa no despertará jamás.
Haltoran arqueó las cejas. No podía entender la personalidad de su amigo. Hasta hacía unos escasos instantes había permanecido abatido sin posibilidad de ver alguna luz al final del túnel, y ahora su seguridad y su fe en que Candy terminaría por quererle le apabullaba.
-No lo veo claro Mark –dijo Haltoran levantándose de un salto y preguntándose si lo más sensato no habría sido quedarse junto a Annie y a Alan, tal y como Mark le sugirió en un principio. Pero ahora ya era demasiado tarde para echarse atrás. Aparte que la amistad entre ambos era demasiado intensa como para haberse desentendido de la suerte de Mark y de Candy así como así.
-Esta Candy parece diferente a la que conocemos Mark. –dijo Haltoran intentando escoger cuidadosamente las palabras para no herir a su amigo- es como si esta época, fuera un reflejo de la nuestra.
Mark asintió y notó como un escalofrío le recorría la espina dorsal. Siempre había temido que Candy le rechazase, algo que estuvo muy cerca de suceder si el iridium le hubiera impulsado a través del tiempo unos minutos después de la llegada de Albert. Y la cosa no tendría mayor importancia de no ser, porque de la negativa de Candy dependía la vida de su esposa cuya vida estaba suspendida de un fino hilo que en cualquier momento podría romperse.
Mark reclinó su frente contra una de las columnas blancas que sostenían el porche del edificio que imitaba con cierto éxito la estructura situada a la entrada de los templos clásicos de la antigüedad. Haltoran temió que en uno de sus arrebatos de ira destrozara alguna de las columnas derruyendo parte del por si ya arruinado y afectado edificio de dos plantas, pero el joven se controló y dijo tristemente
-Y yo que pensaba que habían terminado nuestras desdichas…
Haltoran guardó silencio. Desde su extraño y poco provechoso viaje a una antigüedad neorrenacentista hasta su irrupción en un universo alternativo. El joven pelirrojo se tendió en los escalones con las manos detrás de la nuca mientras la voz entristecida de su amigo llegaba hasta sus oídos:
-Si ella se niega a amarme, jamás podré recuperar a mi esposa, jamás.
Haltoran se levantó de un salto. Nervioso por la actitud derrotista de Mark le sujetó por las solapas de su cazadora encarándose con él. Si había un ser humano capaz de cogerle con la guardia baja, sin duda alguna ese era el cremonés, cosa que hizo en unos instantes.
-Escúchame Mark –dijo Haltoran elevando la voz- estoy hasta las narices de tus lamentos y lloriqueos. Yo deseo tanto como tú o más que Candy despierte. Si pudiera machacar a ese brujo, ilusionista o lo que porras sea ya lo habría hecho, pero ahora no tenemos más remedio que jugar a su juego y seguir sus reglas. Por muy rara y excepcional que te parezca nuestra situación, tiene que haber una salida. Nos las hemos visto en peores y yo no estoy dispuesta a dar mi brazo a torcer.
Haltoran respiraba agitadamente. En ese instante se aproximaba Mermadon dispuesto a poner orden y a separarles. Haltoran soltó a Mark y dijo arrepentido de su repentino ataque de ira:
-Perdóname muchacho, pero tiene que haber alguna solución a todo esto. Estamos todos muy alterados, empezando por mí.
Mark iba a responder cuando por el rabillo del ojo, divisó una mancha blanca que saltaba entre la hierba velozmente. En un primer momento ambos pensaron que se trataría de un conejo pero cuando a modo de estandarte entre la vegetación asomó la cola listada a rayas blancas y negras de Clean, Mark se puso tenso y se puso a perseguirlo. Haltoran intentó disuadirle, pero aunque logró aferrarle por la manga de la cazadora, el joven se despojó de ella quedando en la mano de Haltoran como si fueran los restos de una presa que había logrado burlar a su cazador, desprendiéndose de la cola o de una extremidad como hacían algunos animales como los castores o los lagartos.
Mark corrió tras el coatí. Sabía que con un poco de suerte encontraría a Candy junto a él o muy cerca suyo, por lo que redobló sus esfuerzos por seguir al animal, aunque tuvo que bajar el ritmo, porque se dio cuenta, de que le costaba un poco. Se quedó sorprendido porque parecía que sus reflejos y su velocidad no eran los de siempre. Tal vez se debiera a la explicación de que aquella dimensión afectaba a sus poderes en ocasiones tal y como le había comentado el robot. Por el momento, su capacidad de tornarse invisibles se había esfumado. Y por el momento su única preocupación era dar caza al saltarín y huidizo mapache que como era de esperar, no le conocía en aquella realidad y huía espantado de su lado, porque temía que aquel vociferante intruso pudiese hacerle daño. Clean dio un salto y se encaramó a un árbol que coronaba la suave y escasa pendiente de lo que parecía una pequeña colina enclavada en un lugar muy agradable y tranquilo desde el que se divisaba perfectamente algunos de los barrios periféricos de Londres. El coatí trepó por el rugoso tronco hallando un refugio a su medida, ocultándose en un agujero perfectamente circular desde el que parecía contemplar al desconocido con cierto desdén. Sus ojillos ribeteados de negro como si llevara puesto un antifaz le observaban entre burlones y temerosos. Mark que había tenido que caminar más despacio, asaltado por un repentino cansancio, respiraba trabajosamente, lo cual por otra parte, le permitió detenerse a tiempo, justo antes de que Candy le descubriera. Sus ojos negros la contemplaron anegándose de lágrimas. El recuerdo de cómo permanecía sumida en un profundo y para nada conciliador sueño por culpa de un enemigo ni del que se acordaba por un asunto de su pasado, que teóricamente no debería haber afectado para nada a su esposa ni a su entorno familiar le hicieron apretar el paso recobrando súbitamente sus fuerzas. Haltoran intentó detenerle por segunda vez, para que no actuara irreflexivamente, hasta que por lo menos intentaran pergeñar un proyecto que les permitiera afrontar la complicada y enrevesada situación con más calma, pero el joven cuando se trataba de cuestiones de amor, no escuchaba más que a su corazón ni veía más lo que tenía en frente de sí, y que no era otra cosa que el objeto de sus desvelos, la mujer de la que estaba profundamente enamorado. Pero antes de que el joven se plantara ante Candy, sucedió un imprevisto que cambiaría todo a partir de ese momento.
30
Todo sucedió muy deprisa. Detrás del árbol en el que se había refugiado Clean apareció de repente Neal que se encaró con Candy. Llevaba el uniforme oscuro del prestigioso y exclusivo colegio. Mark se quedó boquiabierto pero se detuvo y no hizo nada. Quería ver hasta donde llegaba aquella situación. En ese instante llegó a su altura Haltoran. Mark se llevó un dedo a los labios imponiéndole silencio. Haltoran asintió y ambos se echaron en la hierba para disimular su presencia allí. Entonces Neal rodeó a Candy y observándola mientras caminaba en círculos en torno suyo dijo con voz despectiva, aunque sin poder ocultar su admiración por la muchacha cuya belleza había florecido espectacularmente desde el fallecimiento de Anthony:
-Vaya, vaya, no esperaba que finalmente vinieras a Londres, después de tanto tiempo.
Candy se puso a la defensiva. La sonrisa socarrona de Neal no podía deparar nada bueno, pero la joven rubia no se amilanó. Sonrió y guiñándole un ojo replicó:
-Yo tampoco y quiero que sepas que me desagrada mucho compartir mi estancia contigo aquí.
Haltoran dio un respingo. Naturalmente él, no sabía nada de cómo habrían transcurrido las cosas si ambos no hubieran sacado del Mauritania a Candy variando completamente el curso de los acontecimientos. El joven pelirrojo resopló y dijo para sí:
-Neal actúa así porque está despechado.
Mark le chistó para que callase y de paso no delatara su presencia a Candy. Cuando Haltoran centró su atención en el tenso diálogo que los dos jóvenes mantenían al pie del árbol y del que eran testigos parte de ellos, el pequeño mapache que contemplaba a Neal con resquemor, Candy le estaba mortificando echándole en cara que solo allí, tan lejos de Lakewood y con un océano de por medio, en otro país, podía hacerse el valiente con ella.
Aquello fue demasiado para el orgulloso y como bien había observado Haltoran, despechado muchacho. Sabedor de que sus fuerzas nada podrían contra las de Candy había buscado la ayuda de dos estudiantes a los que había encandilado con su ostentación y porque tenían un carácter y temperamento casi tan mezquinos como el suyo lo cual hizo que cimentaran una precaria amistad basada en el interés y el beneficio mutuos. Neal gritó entonces:
-Muy bien, salid.
De detrás de los árboles circundantes emergieron dos muchachos mal encarados con el uniforme oscuro del colegio San Pablo. Uno de ellos era ligeramente más bajo que Neal y que Candy, tenía el pelo de color zanahoria y unos gruesos anteojos sobre sus ojillos hundidos en una cara rubicunda y salpicada de granos. El otro sobrepasaba en algunos palmos a Neal, y mascaba displicentemente el tallo de una hoja que hacía girar entre sus labios y que escupió esbozando una sonrisa cruel al contemplar a Candy, pensando tal vez en la posibilidad de divertirse a costa de ella. Para ser una huérfana sucia como la había definido su amigo Neal, era muy bonita y tenía unos ojos verdes muy atrayentes y expresivos bajo un pelo dorado encrespado pero muy sedoso, como sus formas que despertaron la lascivia del muchacho. Ambos llevaban las manos embutidas en los bolsillos y fueron rodeando lentamente a la joven junto a Neal. Candy puso los brazos en jarras adelantando el cuerpo hacia delante para poner más énfasis en sus gestos, y lejos de asustarse o echar a correr se encaró con los tres y dijo con audacia:
-Siempre has sido un cobarde Neal. Como de costumbre, necesitas la ayuda de subalternos para imponer tu voluntad.
Neal ahogó un gruñido y trató de zaherirla reprochándola sus orígenes humildes.
-Trabajó en nuestra casa como sirvienta –explicó a sus compañeros que elevaron el tono de sus risas a medida que Neal continuaba hablando- dormía en el establo y además robó varias joyas valiosas pertenecientes a mi familia y que afortunadamente pudimos recuperar –explicó Neal mientras disfrutaba del cambio que sus injustas y falsas acusaciones habían producido en el ánimo de Candy. La muchacha extendió los brazos hacia delante y se abalanzó sobre el joven que por acto reflejo retrocedió temeroso de que Candy le arañara o le saltara encima como había hecho en la mansión de los Legan cuando la joven harta y exasperada por las vejaciones del joven primogénito de los Legan había reaccionado con justa indignación. Entonces el joven grueso le puso la zancadilla haciéndola caer. Candy se lastimó al rodar por tierra y el otro secuaz de Neal la levantó del suelo asiéndola por las axilas. El de los anteojos empezó a tironear de sus coletas. Entonces Candy sintiéndose indefensa por primera vez empezó a gritar pidiendo ayuda. Aunque se debatía revolviéndose con furia, los dos jóvenes la mantenían firmemente sujeta manteniéndola a merced de Neal el cual se puso frente a ella y señalándola con el dedo índice de su mano derecha, le continuó echando en cara su condición de huérfana criada en un humilde hospicio situado en lo más recóndito de la geografía estadounidense.
-Este colegio no es un buen lugar para ti, Candy, tienes que irte inmediatamente –añadió Neal.
Mark no pudo contenerse por más tiempo. Aunque aquel alter ego de su esposa no fuera la Candy que el conociera tan bien y madre de sus dos hijos, no iba a consentir que Neal continuara metiéndose con ella. Puede que aquel Neal tuviera una posibilidad de rehabilitarse y reconducir su vida enmendándose, pero no iba a pararse a averiguarlo ni a sopesar los pros y los contras de su acción. Se puso de pie de un salto y antes de que Haltoran pudiera siquiera preverlo, echó a correr hacia la tensa escena que tenía lugar en aquella especie de remedo de la Colina de Pony, de tan hondo y arraigado significado para él.
Mark cubrió los escasos metros que mediaban entre él y Candy y sus atacantes en un tiempo record. Haltoran consultó una especie de cronómetro parecido al que utilizó para escanear los datos de su amigo, cuando en circunstancias parecidas se zafó de él, para ir en auxilio de Candy en aquel ensayo preliminar a su forzada boda con Neal y silbó admirado:
-Ha recobrado su poder de repente. Sus reflejos son los de costumbre y…
Entonces detuvo sus reflexiones en seco. Se irguió rápidamente y siguió a Mark asustado. De pronto comprobó que el joven moreno estaba desatado y que si no llegaba a tiempo, impidiéndoselo puede que alguno de aquellos infortunados estudiantes, incluído Neal salieran contusionados o con algún brazo o pierna fracturados. Justo en el momento en que Neal iba a ensañarse con Candy, Mark llegó en tromba empujando con su cuerpo a sus dos amigos. Primero cargó contra el más grueso haciendo que sus anteojos salieran despedidos siendo recogidos al vuelo por Haltoran de forma casi refleja. El muchacho fue empujado contra el tronco del árbol donde continuaba escondido Clean con una fuerza inusitada. En ese momento, su compañero, el joven alto de ojos claros y cabellos de un color similar a los de Neal intentó frenarle, pero aun empleándose a fondo, notó que el muchacho de los anteojos venía con demasiada potencia contra él. Lo logró a duras penas y cuando depositó a su asustado compañero en el suelo, reclinando su espalda contra el árbol, observó al joven de ojos oscuros como la noche que le observaba con rabia y un siniestro brillo titilando en sus pupilas. Candy se llevó las manos a los labios temblando como una hoja.
-Es…él –dijo a media voz deformada por el miedo- es él…de nuevo.
Cuando parecía dispuesto a acometer a sus dos rivales, Haltoran se interpuso entre los desarmados y temblorosos estudiantes y su amigo. El joven devolvió las gafas intactas a su asombrado y temeroso propietario que las recogió entre sus dedos gruesos y agitados por un súbito temor. Neal pareció dudar. Observó al muchacho de ojos claros que estaba ocupado en auxiliar a su compañero. Entonces Haltoran habló dirigiéndose a ambos:
-Yo que vosotros, no intentaría nada. Mi amigo puede resultar muy peligroso cuando se le contradice o enoja –dijo divertido por el azoramiento de ambos muchachos, aunque sin quitarle ojo a Mark por si hacía alguna tontería.
Mark dirigió sus tristes ojos hacia Neal. No tenía intención de hacerle daño, porque de hecho recordaba su intervención en su favor cuando le defendió de Albert, pese a su más que reprochable acción en contra de uno de los pura sangres de la familia. El joven de ojos claros bajó la cabeza, momento que aprovechó Haltoran para insistir ante ambos en el valor de una honrosa retirada a tiempo:
-Lo mejor es que os fuerais de aquí haciendo mutis por el foro. Así el asunto quedaría olvidado, aunque si aun tenéis ganas de pelea….-dijo Haltoran mientras se despojaba de su chaqueta mostrando sus antebrazos musculosos y recios por efecto del prolongado ejercicio que practicaba diariamente. Naturalmente, tampoco era su intención aprovecharse de su fuerza sobre aquellos dos jóvenes, que habían sido deslumbrados por la riqueza de Neal y su oratoria aunque más bien la afinidad de caracteres de los tres jóvenes les había reunido con propósitos nada buenos ni edificantes. El más alto de los dos se ocupó de su compañero que estaba llorando, con los ojos cerrados, asustado ante la posibilidad de que aquellos dos desconocidos se cebaran en ellos. Le ayudó a levantarse pasando una mano por sus hombros y le dijo palmeándole la espalda:
-Vamos Clark, no tengas miedo, no va a pasar nada.
El muchacho alto pareció buscar la aprobación y la comprensión de Neal con la mirada, que lo ignoró totalmente indignado por su cobardía. Sin el apoyo de sus dos compinches se sentía aun más desvalido y desprotegido que nunca. Se dio la vuelta y echó a correr despavorido mientras juraba una venganza que por el momento quedaría pospuesta.
En ese momento un látigo restalló en el aire y antes de que su doloroso contacto impactara contra el hombro izquierdo de Mark, este se giró como una cobra reteniéndole con habilidad y tirando con furia hacia sí. Lo hizo con tal intensidad que un joven de ojos azules y cabellos castaños enfundado en finas ropas, que estaba siendo testigo de todo cuando se desarrollaba a sus pies, cómodamente reclinado desde la rama de un árbol cercano se precipitó al vacío. De no ser por Haltoran, que lo sostuvo entre sus brazos en una posición lo suficientemente incómoda y vergonzante para él, se habría dado de bruces contra el suelo.
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-Bájame, bájame, maldito pelirrojo –pataleó Terry Grandschester más preocupado de la impresión que hubiera podido causar entre los que le observaban incrédulos por la comprometida posición en que se hallaba en los brazos de Haltoran, que por la clara desventaja que mantenía frente a los dos desconocidos. Haltoran no pudo por menos que evitar rememorar la estéril pelea que Terry intentó mantener contra él a raíz de que le hiciera perder su gorra preferida regalo de su padre, y el llegar tarde a la representación teatral que aquel día habría tenido que protagonizar en compañía de Susan Marlow. Haltoran obedeció, riendo por lo bajo y suscitando la ira del joven castaño mientras decía fingiendo afectación, mientras lo depositaba sobre la hierba sano y salvo:
-Tranquilo, tranquilo, de todas maneras no eres mi tipo.
Candy le miró fijamente. Era el mismo muchacho que había encontrado llorando en mitad de la neblina y con la mirada perdida en el horizonte. De no ser por la irrupción de Mark envuelto en sus llamaradas, habría podido averiguar algo más acerca de él, o eso creía ella por lo menos. Pese a sus sueños, pese a las evidencias de que cuanto Mark le relatara en el parque poco después de que se reuniera con sus primos y con George para encaminarse hacia el internado tras el incidente que casi le cuesta la vida a Clean, sentía una honda aversión hacia el joven moreno, aumentada por el miedo que Mark inspiraba en ella. Por el contrario, pese a que Mark la había salvado de las garras de Neal y sus dos compañeros de fechorías, sus ojos de esmeralda no podían dejar de fijarse en los azules de Terry. Mark presintió muy asustado, que algo iba muy mal. Notó como por un curioso paralelismo y completamente adverso para él, se estaba repitiendo en cierto modo la situación de la Colina de Pony en la que conoció a la muchacha que se convertiría en breve, en su único y gran amor. Terry estaba en el árbol como él aquel día, el lugar era parecido a la Colina de Pony, y ella había elevado su cabeza hacia arriba por un momento, quedando atrapada por las pupilas casi hipnóticas, del futuro y exitoso actor, poco antes de que descargara su fusta sin resultados, sobre la espalda de Mark, confundiéndole con otro de los asaltantes de Candy.
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-No insistas Mark. El hecho de que me hayas defendido de Neal no me hará cambiar de opinión.
Mark escuchaba con los puños contraídos y sus lágrimas bajaban a plomo por sus mejillas. En un escenario parecido al que dio comienzo su amor, ella lo daba por finalizado, aunque de hecho, jamás había llegado a comenzar para Candy.
De nada sirvieron las súplicas y los ruegos de Mark, de poca utilidad fue cuantas pruebas le aportara de que cuanto le había relatado era totalmente cierto. Ni los sueños de Candy, para ella atroces pesadillas que deseaba olvidar lo antes posible, enterrándolas bajo la indiferencia y el paso del tiempo ni las ardientes palabras de amor que Mark le dedicaba y que ella escuchaba incómoda, lograron hacerla cambiar de parecer. Candy sentía una inmensa piedad por el joven moreno de ojos tristes y cabellos flotantes que demandaba sin éxito, la comprensión y el amor de la muchacha. Pero no había nada que hacer. Candy se mantuvo en sus trece rechazándole de continuo.
-Mark. Me inspiras mucho miedo, no sé quien eres realmente, pese a esos sueños que he tenido. Jamás podría amar a alguien que tiene ese don, por llamarlo de alguna manera. Es posible que cuanto me has referido sea cierto, quizás tú y yo nos amásemos en otra vida, pero no en esta Mark. Perdóname. No quisiera hacerte daño, pero yo no te amo.
Al escuchar aquello de labios de Candy, Mark sintió una congoja tan fuerte que se dobló de dolor arrodillándose lentamente hasta ella. El joven tenía los ojos firmemente cerrados y no podía dejar de verter tantas lágrimas. Candy pareció apiadarse de él y avanzó lentamente hacia el joven al que intentó levantar. Entonces Mark, ciñó el talle de Candy con sus brazos y la atrajo hacia sí. Al contemplar aquello, Terry creyendo que intentaba dañarla quiso impedirlo, pero Haltoran le cerraba el paso para evitar que interfiera. Intentó esquivarle pero aquel maldito pelirrojo era la viva personificación de la rapidez y la antelación. Cada vez que Terry intentaba escapar a su atento y férreo control, Haltoran le placaba cerrándole el paso una y otra vez.
-Déjame pasar, maldita sea –espetaba con rabia el joven de cabellos castaños y que empezaba a acusar los efectos del cansancio que sus infructuosos esfuerzos le estaban reportando.
Haltoran miró a Mark y Candy de soslayo. El advertir como su amigo estaba pasándolo tan mal estuvo a punto de convencerle de que lo mejor era permitir que Terry se reuniera con Candy. Aquella no era su realidad, no era el mundo que conocían. Estaban viviendo unos acontecimientos que no habían tenido lugar desde que Mark torciera el eje del tiempo con su imprevista llegada. Pero pensó en Candy, en la que ambos conocían y habían amado, por lo menos él, cuyo recuerdo de aquella tarde soleada al pie del Padre Árbol golpeaba su mente una y otra vez. Candy, postrada e inmóvil sumida en un eterno sueño como una princesa de cuento. Se distrajo un momento y Terry logró finalmente burlarle, aunque por pocos instantes. La mano de Haltoran más ágil y rápìda, le sujetó del cuello de terciopelo negro, que remataba su abrigo rojo tirando de él con una fuerza inusitada. Terry se revolvió pero no logró conectar ni un golpe en el cuerpo de Haltoran, que mientras miraba inquieto hacia el lugar donde tenía lugar el tenso encuentro entre Candy y Mark.
-Tú me diste las señas del colegio –dijo Mark incrédulo, mostrando la hoja garabateada con su elegante caligrafía- querías llegar al fondo de todo este asunto, incluso me besaste –insistió pasándose la mano por los labios en un gesto inconsciente, como si aun la huella de aquella inocente muestra de afecto perdurase en los mismos.
-Sí –admitió Candy retorciéndose las manos y arrepintiéndose de haber hecho tal cediendo en un primer momento a sus impulsos- sentí cierta atracción por ti, pero luego, ese sentimiento se ha ido transformando en temor, Mark. Lo del colgante con forma de águila y tu camafeo con mi retrato…bien podría achacarlo a parte de un plan muy bien urdido para acercarte a mí, si no fuera por mis sueños…y en como te ví volando en mitad de aquel resplandor sobre el mar, tan cerca del barco.
Mark alzó la cabeza. La muchacha aun continuaba abrazándole, incapaz de alejarlo de su regazo. El joven había albergado ciertas esperanzas de que Candy rectificara y le admitiera en su vida, para poder salvarla precisamente en el mundo del que provenía, pero recibió un nuevo jarro de agua fría que condenó sus últimos anhelos a la nada.
Aquel brillo de complicidad y aquiescencia que había creído adivinar en sus ojos de esmeralda había sido una ilusión, un falaz engaño que no tardaría en desmoronarse como un castillo de naipes. Candy posó sus manos sobre las de Mark retirándolas lentamente de su cintura. La muchacha le contempló con compasión y le dijo mientras intentaba ayudarle a que se irguiera, a lo que Mark se negó permaneciendo postrado ante ella.
-Si quieres seré tu amiga, te escucharé y trataré de ayudarte a salir de esa desesperación en la que estás sumido, pero no me pidas que te ame Mark, no eso no.
Mark puso su empeño en no venirse totalmente abajo. En esos instantes, más que el temor a que su esposa quedase para siempre sumida en un sueño eterno, lo que le atormentaba profundamente era el rechazo de Candy, tal y como siempre había temido. Sabedor de que utilizando la violencia no lograría tampoco nada ni enojándose, cosa que jamás haría por otra parte, porque antes de dañar a Candy terminaría con su propia vida suspiró resignado y dio media vuelta para sin pronunciar palabra alejarse lentamente de Candy y caminar en dirección hacia Haltoran, en esos momentos su único apoyo. Mientras sus pasos removían la hojarasca que alfombraba la suave loma de la pequeña colina rematada por el gran árbol donde aun permanecía Clean, observando con cierta lástima al vencido joven Candy le llamó por su nombre:
-Mark.
El joven frenó su marcha, manteniendo una leve y tenue esperanza de que la muchacha recapacitara y le aceptara, pero sus palabras le desengañaron cruelmente.
-No temas. No le contaré a nadie tu secreto, ni que te colaste en secreto en el colegio. Puedes estar tranquilo.
Mark no dijo nada. Un espasmo sacudió su cuerpo, mientras el viento le arrancaba algunas lágrimas que fueron arrastradas en dirección hacia Candy. La muchacha notó como unas gotas húmedas y saladas restallaban contra su mejilla derecha. Eran las lágrimas del joven. Se llevó dos dedos a la piel y retiró con delicadeza, casi con respeto aquellas minúsculas partículas que cuando las observó detenidamente para su sorpresa, advirtió que refulgían como perlas.
Mark se reunió con Haltoran, quien finalmente permitió que Terry fuera en busca de Candy para interesarse por ella. Tal y como le había prometido Haltoran, una vez que el antiguo amigo de Candy, como había definido a Mark terminó de hablar con la muchacha, le franqueó el paso. Los ojos de los dos jóvenes se cruzaron por unos instantes. Terry sintió ganas de echarle algo en cara pero se contuvo. Le bastaba con ver como aquellos dos desconocidos se alejaban de allí para no regresar, esperaba. Sintió escalofríos cuando contempló los ojos tristes y esquivos del moreno aunque Mark no clavara sus pupilas directamente en las de Terry.
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Candy se sintió en la obligación de explicarle a Terry detenidamente todo aquel monumental embrollo, obviando claramente la parte en la que el joven desafiando a las leyes de la gravedad y toda lógica, era capaz de mantenerse flotando en el aire envuelto en aquella luz. Urdió una historia convincente acerca de un antiguo pretendiente despechado que por otra parte, no estaba muy lejos de ser la verdad. Naturalmente, Terry especialmente irónico y cínico aquella tarde no se tragó la para él burda trama. No en vano era actor o estaba camino de serlo y era capaz de discernir algunos comportamientos claramente engañosos o la veracidad de historias inverosímiles como aquello, pero decidió no mortificar a la muchacha más de lo que el encuentro con los dos desagradables y poco recomendables personajes lo había hecho ya de por sí, produciéndola una honda impresión. Por otra parte, Candy creía que aquella firme y rotunda aunque delicada negativa suya bastaría para convencer a Mark de que no sentía nada por él, pero la muchacha estaba temerosa de que el joven, frustrado y desengañado emprendiera una venganza cuya consecuencias no podía calibrar. No le amaba, pero sus ojos negros y tristes la habían fascinado induciéndola erróneamente a entregarle sus señas y darle falsas esperanzas, cosa de la que se estaba arrepintiendo largamente. No deseaba averiguar quien era, ni de donde procedía su poder, porque sus sueños le habían mostrado ciertos acontecimientos, retazos de una realidad paralela donde Anthony no perdía la vida y donde todo resultaba radicalmente distinto, pero no le habían dado a conocer el origen de semejantes facultades.
Mientras, Mark y Haltoran desanimados, y de regreso a su improvisado refugio en el dañado y desvencijado edificio fueron recibidos por Mermadon que apenado y preocupado por el estado anímico de ambos, no se atrevió a decirles nada, por miedo a molestarles o sumirles aun más en su desesperación. Haltoran no sabía que hacer. A fin de cuentas, aquello no tenía porqué ir con él. Podría regresar con la ayuda de Mermadon a su realidad, al lado de Annie y de su hijo Alan, pero abandonar allí a su amigo, permitir que Candy, a la que también había amado brevemente, continuara en aquel letargo…Meneó la cabeza. Desconocía si Candy sabía su ubicación en el colegio aunque probablemente no daría la alarma, pero si la severa madre superiora, rectora de la antigua institución llegaba a descubrir algo, o si Terry o Neal desvelaban el secreto, seguramente Candy tendría problemas y resultaría expulsada fulminantemente del Internado, lo cual aun la indispondría más si cabe contra Mark.
-Me ha ofrecido su amistad, y su apoyo –dijo Mark apesadumbrado rompiendo el tenso silencio finalmente, mientras Mermadon intentaba consolarle sin éxito con palabras breves de ánimo. Haltoran le ordenó callar, aunque el robot no tenía la culpa y solo pretendía ser útil. El joven pelirrojo se aproximó a Mark y posando una mano sobre su hombro izquierdo sonrió removiéndole los cabellos con la otra:
-Tranquilo amigo, tranquilo, algo se nos ocurrirá. Lograremos que cambie de parecer.
Pero Mark sabía que no. Las palabras de Candy habían sido certeros dardos envenenados que se habían clavado en su corazón terminando de raíz, con cualquier posibilidad de ganar la mortal partida que el extraño personaje les había impuesto utilizando a Candy como cebo y principal razón para obligar a Mark a seguir jugando hasta el final.
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Por el momento decidieron mantenerse a la expectativa alojados en el edificio que afortunadamente era poco frecuentado, aunque un par de vigilantes se pasaban por allí, pero muy de cuando en cuando. Para el momento en que los dos hombres hacían su ronda habitual por aquel paraje, acercándose hasta la construcción en desuso, Mermadon había dado ya la alarma alertando a Mark y a Haltoran para que escondiéndose en los pisos superiores aguardasen a que los empleados, tras su inspección abandonaran el edificio. Normalmente, no solían adentrarse en las plantas superiores que estaban igual o puede que más desvencijadas y en completo desorden que las dependencias de abajo, que habían sido en su momento, aulas que ahora se empleaban como desvanes y almacenes de material inservible y dispuesto en completa y caótica anarquía.
Por otra parte, no sabían cuanto tiempo les quedaba hasta el amanecer en su mundo, momento en el que el tétrico personaje cumpliría su amenaza con respecto a Candy, y si un día de aquella dimensión que teóricamente nunca habría tenido que existir se correspondería con la de la realidad que habían dejado atrás.
El ánimo de Mark cada vez estaba peor. Y Haltoran dudaba si tal y como le había referido conseguirían sacar algo en limpio de todo aquello. Quizás la forma de abordar tan delicada cuestión y acercarse a Candy no había sido la correcta, tal vez si Mark no hubiera hecho aquella locura de acercarse al Mauritania a tan baja altura, casi en vuelo rasante, envuelto en su haz de luz iridiscente para observar de cerca a la joven, las cosas hubieran discurrido por otros derroteros más favorables. Pero ya no había vuelta de hoja y tenían que apechugar con lo que a partir de ese momento aconteciese.
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Por si las tribulaciones de ambos crono nautas y su robot no eran pocas, un nuevo suceso perturbó la relativa calma en la que ambos jóvenes recluidos tras los gruesos muros de las antiguas aulas, se habían sumido a modo de catarsis para tratar de reorganizar sus ideas, elaborar nuevos planes y sobre todo pensar con serenidad y claridad, si es que en tal demenciales circunstancias era posible encontrar el suficiente equilibrio y serenidad. ¿ Cómo convencer a una persona de adoptar determinado comportamiento ? ¿ cómo inducir el amor en el corazón de una Candy que era la misma que tantas veces le había abrazado, manifestándole su amor ardientemente, pero que como consecuencia de formar parte de una realidad alternativa, se negaba en redondo y sistemáticamente a sentir nada por él, más que lástima y compasión ?
En esas cavilaciones estaba Mark, acostado sobre una improvisada cama que Haltoran había conseguido recrear con mayor o menor acierto, con el tablero de una de los desvencijadas mesas, y cubierto por varias sábanas que había comprado en una tienda próxima al colegio cuando se escuchó un ruido fortuito en el exterior. Haltoran estaba harto de vivir en semejantes condiciones en unas habitaciones mohosas, atestadas de ratas y con la perpetua amenaza de ser descubiertos, pero callaba y aguantaba por su amigo. Si perdían a Candy de vista, tal vez no la encontrasen jamás o cuando lo hicieran ya fuera demasiado tarde. Por lo que, ambos mantenían una discreta vigilancia moviéndose subrepticiamente por todo el campus intentando no ser pillados in fraganti. Pero de todas maneras, su labor estaba condenada al fracaso, porque Candy no correspondía a Mark.
En ese momento, Mark alzó la cabeza al captar con sus finos sentidos el sospechoso sonido, aunque Haltoran ya lo había captado poco antes.
-Hay alguien ahí fuera –susurró Mark alargando la mano mecánicamente para hacerse con su arma de asalto, cosa que Haltoran impidió de inmediato, arrebatándosela antes de que estuviera en su poder.
-¿ Estás loco ? –le espetó intentando no elevar demasiado la voz- deja eso ahora mismo. Solo nos faltaba una explosión para indicar a medio Londres que estamos aquí.
Mark asintió y retiró los dedos lentamente de su arma plegada, que no obstante guardó en el interior de su camisa. Haltoran lanzó un suspiro y se dispuso a averiguar que o quien había provocado aquel ruido. Ambos se irguieron lentamente y bajaron las carcomidas escaleras de madera, que amenazaban con venirse abajo en cualquier momento. Haltoran sonrió irónico. Tenía dinero como para comprar el Big-Beng, le había dicho a Mark en su viaje hacia la lejana Inglaterra en un intento de rescatar a Candy del colegio en el que ahora se hallaban ocultándose como buenamente podían cuando sobrevolaron el Atlántico a bordo de los frágiles y volubles jetpack, y en aquella ocasión disponiendo del efectivo suficiente como para alojarse como verdaderos potentados en algún buen hotel de lujo, tenían que hacerlo como pordioseros en un edificio seguramente declarado en ruina, por culpa de la caprichosa venganza de aquel escurridizo y desconocido vizconde que se empeñaba en torturarles de aquella manera. Mermadon quedó oculto en un rincón de su improvisado dormitorio. Solo faltaba que aparte de dos intrusos, sorprendieran a un robot del siglo XXI, en un internado religioso de comienzos del siglo XX.
Haltoran se maravilló que la endeble estructura del piso de arriba soportara el excesivo tonelaje del robot y oró porque así continuara siendo. Ambos jóvenes salieron al exterior. Haltoran hizo gestos a Mark de que se desplegase por la izquierda y él, lo haría por la derecha, esperando rodear en un movimiento de tenaza al intruso que tal vez amenazase con poner en evidencia la presencia de ambos en el Internado y que hasta ese instante había pasado inadvertida. Candy creyó que ambos se habían marchado, una vez que simularon delante de ella y de Terry su retirada. La joven de ojos verdes como esmeraldas seguía creyendo que Mark se había introducido en silencio en el internado burlando todas las medidas de seguridad. Afortunadamente para Mark no sospechaba que él y Haltoran estuvieran viviendo secretamente dentro del recinto del Internado para estar cerca de ella.
Mark asintió y ambos fueron cercando a una figura menuda que aun no se había percatado de que estaba siendo observada por ojos expertos y decididos. En un principio, debido a la oscuridad reinante ambos solo alcanzaron a distinguir el característico uniforme femenino del Internado. La mujer que portaba las vestimentas blancas del Colegio San Pablo, no había reparado aun en Mark o en Haltoran, el cual se preguntó porqué si aquella joven pretendía sorprenderles no se había enfundado el uniforme negro empleado y exigido obligatoriamente a las alumnas, para asistir a actos eclesiásticos y solemnidades, para confundirse en la oscuridad. Haltoran descartó el pensamiento inmediatamente, sintiéndose ridículo por haberlo formulado siquiera, pero su analítica mente no podía dejar de pensar en términos militares aun sin pretenderlo. Durante demasiado tiempo había sido un soldado y seguía actuando y comportándose como tal pese a intentar deshacerse de tal condición, que parecía afectarle en algunas ocasiones interfiriendo con su comportamiento habitual.
Haltoran se disponía a ordenar, solo si era estrictamente necesario, a Mark que sujetara a la mujer, que a todas luces parecía ser una alumna del internado, pero que procurase controlar su fuerza para no hacerla daño, y así interrogarla acerca de que hacía rondando por allí. Haltoran volvió a reprocharse cariacontecido, que los únicos intrusos totalmente fuera de lugar además, eran ellos, y no a la inversa. En ese momento, la luna llena iluminó indirectamente el rostro de la mujer, revelando para sorpresa de ambos, la faz de una anciana de cabellos grises y con un rostro alegre y confiado, cuyos vivaces ojillos destacaban detrás de sus pequeños anteojos. El gran lazo rojo decorativo del uniforme, flameaba sobre el pecho de la anciana como una gigantesca e inquieta mariposa, mientras la falda blanca revoloteaba temblorosa, en torno a su cuerpo frágil pero animado por un alegre anhelo que se tornaba contagioso, aunque las circunstancias no aconsejaran tal.
-Pero…pero…-susurró Haltoran sorprendido dando un respingo, al igual que Mark, mientras la anciana que parecía portar algo entre sus manos caminaba entre las sombras, como si estuviese disfrutando de la contemplación de cuanto la rodeaba, ayudada por la luz lunar que se revelaba como su mejor aliada. La señora parecía extasiada, prácticamente feliz de encontrarse en el recinto del internado, el cual suscitaba en Haltoran y más aun en Mark si cabe, el efecto contrario. Afortunadamente descartó el visitar la improvisada residencia de Mark y de Haltoran, sin duda influida por su lamentable aspecto, para dirigirse hacia el ala de dormitorios y estancias destinados al alumnado femenino. Se alejó caminando con pequeños saltos sin saber que dos hombres venidos de otro tiempo acechaban, aunque sin intención de causarla el menor daño, entre los muros desconchados y deslucidos de las antiguas y viejas aulas ya en desuso.
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Neal Legan no se atrevía a delatar a Mark ni a Haltoran, pese a que podría utilizarlo como arma contra Candy, debido a que según su parecer al menos existía cierta afinidad entre los dos hombres y la muchacha a la que había llegado a odiar intensamente, por dos razones principalmente.
La primera, era que no tenía pruebas de que ambos intrusos hubieran estado allí, perturbando la paz del internado. Obviamente, Terry no iba a testificar contra la muchacha, pese a la mala reputación que arrastraba tras de sí, aunque el hecho de ser hijo de uno de los nobles más poderosos e influyentes de Escocia, y por ende de Inglaterra tampoco contribuía ni aconsejaba a que sostuviese una pendencia personal contra él de la que solo podía salir mal parado y como claro y absoluto perdedor.
La otra razón era que sin saber bien porqué temía a aquellos dos jóvenes, sobre todo al de largos cabellos morenos y ojos como la noche, cuya mirada le heló la sangre en las venas, como si le estuviera advirtiendo claramente que no se interpusiera en su camino. Teóricamente debería de preocuparse más por Terry Grandschester que podía inferirle un daño mayor, que un completo y total desconocido, pero no podía quitarse de la cabeza aquella expresión casi salvaje que cruzó con él a modo de advertencia. Por otra parte, contaba con testigos, sus propios amigos que le habían secundado en la cobarde y furtiva agresión contra Candy, pero ya podía irse despidiendo de contar con ellos. Clark, el muchacho obeso de anteojos y pelo de zanahoria estaba aun bajo los efectos de una fuerte crisis nerviosa que finalmente le obligó a abandonar San Pablo en condiciones poco apropiadas y en secreto, casi por la puerta falsa. A los dos días, debido a sus continuos lloros y falta de atención en las clases, así como su incapacidad de seguir los estudios, la hermana Grey tras considerarlo muy seriamente y debido al deterioro del muchacho lo que hacía temer a la madre superiora, que su estado fuera a peor, se tomó la libertad de enviarlo a su casa. Debido a la urgencia del asunto y pese a que odiaba tener que recurrir a las modernidades del progreso que consideraba poco más que instrumentos de brujería o cuestiones malignas, muy a su pesar se vio en la tesitura de tener que recurrir a un teléfono para ponerse en contacto con la familia del chico. Venciendo su repugnancia ante la tecnología tuvo que hacer acopio de valor y enfrentarse a la boca de un auricular negro y con forma de campana de la que salía la voz de la operadora, lejana y hueca y solicitar comunicación con la mansión de la familia de Clark Thompson. Al otro lado del hilo, se puso en comunicación con la adusta religiosa, una mujer entrada en carnes, con los cabellos recogidos en un moño y que llevaba un vestido de satén plisado hasta los pies. La mujer que tenía los labios remarcados exageradamente con carmín y colorete en las mejillas atendió a la hermana Grey, que una vez que se identificó escuchó el relato de las penurias por las que estaba atravesando su retoño. La dama casi se desmayó del pasmo al escuchar horrorizada lo que le había sucedido a Clark y finalmente, después de una tensa conversación seguida de varias imprecaciones por parte de la airada madre, que la hermana Grey tuvo que soportar pacientemente con estoicismo, Clark fue remitido a su casa, al cabo de dos días. El chofer de la familia llegó con un imponente y lujoso coche para conducirlo a la mansión de sus padres distante a cincuenta kilómetros del Internado, a primera hora de la mañana para minimizar el impacto que un escándalo así –en opinión de la hermana Grey así era- podía acarrear a la venerada institución que tan eficaz como férreamente dirigía.
En cuanto a Adrien Green, el joven alto y espigado de ojos claros que en compañía de Clark y siempre bajo instigación de Neal, aunque ellos también pusieron de su parte de buena gana, habían intimidado a Candy, permaneció en San Pablo, pero se negó a soltar prenda de lo que había sucedido aquella aciaga tarde en que decidieron molestar a la muchacha rubia de grandes ojos verdes. Ni los requerimientos de la hermana Grey, ni las presiones a los que fue sometido por parte de la madre superiora, sirvieron de nada. Pese a la amenaza de expulsión Adrien no reveló nada ni delató a nadie. Finalmente la hermana Grey achacó aquello a su solidaridad hacia el infortunado Clark y decidió no presionarle más aunque también las donaciones que la influyente y acaudalada familia de Adrien realizaba al internado evitaron que la iracunda monja optara por llevar a cabo sus intimidantes propósitos. Finalmente llegó a un acuerdo con el muchacho, el cual al contrario que Clark deseaba fervientemente permanecer en el Internado por temor a que su autoritario padre le azotara si era expulsado nuevamente por enésima vez. A cambio de que no trascendiera nada, todo quedaría en agua de borrajas. Naturalmente, el joven aceptó encantado el ventajoso trato.
En cuanto a Neal Legan, Clark estaba ya demasiado lejos como para implicarle y por lo que se refería respecto a Adrien, a él tampoco le interesaba enemistarse con su "amigo" o perder su favor. Adrien era lo suficientemente astuto como para saber por otra parte, que importunar a Candy podía suponerle la animosidad de Terry Grandschester. Curiosamente temía más a este, mientras Neal y el joven obeso de anteojos redondos no podían quitarse de la cabeza la expresión triste y esquiva de Mark, pese a que en ningún momento hizo mención alguna de amenazarles, más allá de su afán por defender a Candy de sus ataques.
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Incluso para las personas excepcionales hay una serie de limitaciones que no se pueden soslayar ni dejar de lado por demasiado tiempo. Pese a sus poderes, Mark seguía siendo tan humano como el que más con todo lo que tal condición implicaba. El joven continuaba sintiendo hambre, frío y sobre todo hastío por la tensa espera mientras los días transcurrían entre las paredes del astroso edificio que sin duda había conocido tiempos mejores. Haltoran por otro lado, no se atrevía a recordarle el objeto de su misión y estancia allí. Fuera, la lluvia golpeaba con fuerza las ventanas de la segunda planta que en su día también estuvo destinada a aulas. Milagrosamente, los cristales de los ventanales continuaban intactos pese a las espartanas y austeras condiciones en que se estaban viendo obligados a vivir y a desenvolverse. Mark, había llegado a principios del siglo XX, con una mano delante y otra detrás, es decir, sin nada más que su lanzacohetes que había hurtado durante la furiosa refriega librada entre los ladrones y la escolta del furgón que transportaba la prodigiosa sustancia que le catapultaría a través de las eras junto con su munición para defenderse sin saber muy bien de qué, algunos euros en el bolsillo y sus ropas. Se había convertido por mor de su valerosa acción de salvar la vida de dos de los jóvenes sobrinos-nietos de la estirada tía abuela Elroy en uno de los hombres más ricos de Estados Unidos y probablemente del mundo, y eso junto con el hecho de haberse desposado con una hermosa joven habían calado hondo en él. Aunque no había perdido su bondad y humildad naturales, se había hecho al lujo desbordante que había obtenido a costa de la fortuna de Albert, que purgaba en prisión sus múltiples delitos y errores. Y tener que vivir en una cochambrosa cueva por culpa de uno de los lugartenientes de un demente al que tuvo que destruir para impedirle que llevara a cabo sus propósitos le estaba deprimiendo de forma que hasta Mermadon se daba cuenta de ello y aconsejaba discretamente a Haltoran un urgente traslado a un ambiente más refinado o por lo menos saludable. Haltoran le hacía callar con una seca mirada y el robot, bajaba la cabeza no pronunciando palabra en toda la tarde cariacontecido por el enfado de su creador.
Por otro lado, las provisiones se les estaban terminando y algunas de ellas, transportadas en el compartimiento que Haltoran había habilitado en la espada de su creación se estaban echando a perder, por lo que no quedaba más remedio que hurtarlas de la despensa del Internado o bien, salir al exterior para intentar comprar comida.
Mark deseaba abandonar por unas horas el asfixiante ambiente de las antiguas aulas. Habían conseguido expulsar a las ratas de allí y adecentar un poco el lúgubre y cochambroso salón en el que se alojaban pero el estado de abandono y de ruina del edificio era tal, que no podían hacer gran cosa. Y para colmo tenían goteras. Mientras la lluvia repicaba en los diversos recipientes que habían encontrado tirados por varias de las antiguas aulas y dentro de un pequeño cuarto trastero, Mark se ofreció para adquirir comida, una vez descartada la opción de tomarla prestada de las cocinas o de las despensas. Demasiado arriesgada, sobre todo desde que se hubiera extendido entre el alumnado el rumor de que el fantasma de una anciana, vestida con el uniforme del colegio que la hermana Grey trató de acallar pero en vano. Aun agobiada por el reciente escándalo de la precipitada y furtiva partida de Clark Tomphson solo le faltaban semejantes habladurías. La seria y cariacontecida religiosa había optado por encerrarse en su despacho y escribir interminables cartas con su pluma de ganso que mojaba rápidamente en su tintero dorado, para intentar no pensar en semejantes problemas.
Haltoran que conocía semejantes chismorreos lo asoció inmediatamente con la misteriosa anciana que había contemplado deslizarse furtivamente entre las dependencias y los jardines del campus y de una cosa estaba completamente seguro y es que no se trataba de ningún espíritu, si no de un ser humano de carne y hueso.
Por otro lado, no se opuso a que su amigo dejara el astroso edificio durante un tiempo. No les convenía andarse prodigando por ahí, pero si Mark continuaba encerrado allí terminaría por desvariar por lo que le entregó algunas libras distraídamente sin darse cuenta de que había deslizado un billete de diez euros entre el dinero que le entregó en mano. Afortunadamente Mark se dio cuenta. No era la primera vez, que la moneda de la Unión Europea les traía problemas. En otra ocasión, en su descabellado e imposible viaje hacia Inglaterra, cuando Candy tuvo que partir al mismo internado en el que se encontraban casualmente ahora, por orden de Albert para rescatarla, Haltoran hizo entrega a su amigo de un bote hinchable junto con otras pertenencias, y algunas cantidades en metálico. Y también le había dado sin querer un billete de veinte euros mezclado con las libras, aunque afortunadamente Candy lo descubrió a tiempo antes de que compraran comida en un pequeño pueblo cercano a Southampton. Y durante la guerra mi despiste permitió que el testarudo viejo escocés, que conocimos junto a su perra San Bernardo se hiciera sin pretenderlo, con otro de aquellos billetes imposibles para la época cuando jugábamos a las cartas. Afortunadamente, el propio Mac Gregor me lo devolvió alabando el valor de una buena amistad frente al del dinero, aunque en un primer momento su más inmediato objetivo era venderlo. Mark regresó el billete a su amigo que puso cara de sorpresa y se propinó un coscorrón, disculpándose por su torpeza.
Finalmente Mark, tras despedirse de su amigo con un abrazo abandonó silenciosamente su improvisada casa y se alejó aprovechando la oscuridad. Había dejado de llover por lo menos con tal intensidad, aunque seguían cayendo algunas gruesas gotas. Cuando se hubo alejado unos pasos se giró y observó la estructura maciza y agrietada del pabellón en desuso con el frontispicio y las escalinatas que había atravesado velozmente. Pensó entonces en la mansión Legan, pensó en mí, en Marianne y en Maikel sus adorados hijos que sin duda se estarían preguntando donde se encontraba su padre. Pensó en su propio padre, en su vida, pensó en muchas cosas pero sobre todo en su esposa, inmóvil y sin sentido sumida en un prolongado y perpetuo sueño. Frunció los labios y se apresuró. Iría a comprar comida, pero como fuera debería convencer a Candy, por lo menos a la de este tiempo para que su esposa pudiera retornar a la vida.
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El tendero era un hombre amable, con una pronunciada calva y unos gruesos bigotes oscuros que se movían levemente al hablar, que le conferían un aspecto bonachón y que invitaba a la confianza. Mark compró varias raciones de comida y tras pagar al apacible tendero se despidió de él, cargando con dos grandes bolsas de tela que había tenido que comprar en la misma tienda, porque Haltoran había olvidado llevarse consigo algunos recipientes para almacenar la comida. En su precipitación por salir cuanto antes en su ayuda empleando a Mermadon como medio de transporte, había apilado como pudo, la comida que había conseguido reunir, tomándola de las cocinas de la mansión Legan, así como de las despensas en el compartimiento de carga de Haltoran y había emprendido un viaje del que no sabía si retornaría, a otra dimensión por una promesa de amistad que realizara hacía ya tanto tiempo, -o realizaría según se mirase- cuando Mark selló con el joven pelirrojo y exsoldado una amistad indestructible, ante los amasijos retorcidos y humeantes de varios T-72 que podrían haber segado su vida de no ser por la desinteresada intervención de Mark. Desde entonces, le había seguido con mayor o menor fortuna allá donde el joven moreno partiera. Desde su descabellada singladura hacia el Artico, donde redujo su estatura drásticamente por amor a Candy, mediante una fuerte explosión nuclear, resultado involuntario de la manipulación de su estructura genética, hasta el estéril y nunca bien aclarado del todo viaje hacia una realidad renacentista en una ciudad imposible de altas torres de mármol, palacios etéreos y caballos alados que se deslizaban entre los imposibles edificios en lo que constituyó una de las más enigmáticas y extrañísimas aventuras de nuestras singulares vidas. Y era ya de por si una proeza, que los alimentos dispuestos de cualquier manera dentro del habitáculo metálico del robot hubieran llegado en relativas buenas condiciones hasta esa realidad.
Mark salió a la calle. Su estómago rugió inopinadamente. Aunque tuviese un sistema circulatorio impregnado y totalmente tomado por una sustancia radiactiva, su estómago seguía demandando comida y su cuerpo continuaba siendo el de un ser humano, pese a sus prodigiosos poderes y el peaje que estos le exigían, cada vez que recurría a los mismos. Se fijó que estaba en un barrio poco recomendable, donde hombres y pilluelos de mala catadura le observaban con interés, y mal disimulada inquina. Aunque ninguno de ellos se atrevería a acercársele, porque Mark no era hombre con quien se pudiera jugar fácilmente. O eso, o simplemente les daba igual, porque a fin de cuentas lo que había creído percibir en los rostros serios y curtidos de tantos desocupados y gentes, sin duda de mal vivir no era más que indiferencia. En aquellos lares dejados de la mano de Dios, uno más o menos poco importaba. Nadie preguntaba nada a nadie, ni quería saber de nadie. En esos instantes escuchó los sonidos de una pelea. Se giró rápidamente y presenció como cinco hombres rodeaban a otro de cabellos castaños y ojos azules. Mark dio un respingo y se preguntó enojado si siempre tendría que cruzarse con Terry Grandschester. Aunque el joven era diestro con los puños, y peleaba bien no podía hacer frente a cinco adversarios al mismo tiempo. De hecho Mark, contó a sus pies y a los de sus enemigos otros cuatro cuerpos tendidos en posiciones grotescas, y con aspecto de haber perdido el sentido después de haber sido zurrados a conciencia. Mark emitió un silbido. Nueve contra uno, y había tumbado a cuatro. Pero seguían siendo cinco contra uno y Terry Grandeschester parecía herido. Aunque estaba oscuro, Mark percibió con claridad la sangre que le goteaba de una herida inferida en el hombro izquierdo y que el joven se tambaleaba por efecto de la embriaguez. A su fino y sensible olfato mejorado por los efectos residuales del iridium, llegó el inconfundible hedor de los vapores etílicos. Probablemente, el propio Terry se lo hubiera buscado, y fuera el causante de la pelea, aunque era algo que ya daba igual averiguar o no. Maldiciendo su suerte dejó las bolsas de comida en un rincón con la secreta esperanza de encontrarlas intactas cuando terminara la refriega y se sumó a la pelea sin entusiasmo pero con decisión. Por mal que le cayera Terry Grandeschester, no podía permitir que aquellos rufianes le mataran impunemente a sangre fría dejándole tirado en un apestoso y oscuro callejón, ni aunque el rebelde y a veces insolente joven hubiese motivado la pelea adrede o tal vez no, con aquellos hombres. Con grandes zancadas avanzó hacia el grupo de atacantes. Su primer puñetazo apartó a uno de ellos, tocado con una gorra a cuadros y la cara salpicada de acné y estrías, secuelas seguramente de una varicela mal curada, haciendo que su cuerpo se estrellara contra unos cubos de basura, cuyo contenido fue desparramado por doquier, debido al impacto que por ende le dejó inconsciente. Terry parpadeó sorprendido y dio un respingo. Pese a que casi no se tenía en pie por efecto del alcohol, reconoció en el hombre que peleaba a su lado, al joven que durante la otra tarde casi le derribó del árbol al intentar fustigarle con su látigo creyendo que estaba atacando a Candy. Aun se hacía cábalas de cómo aquel joven había siquiera intuido el silbido del látigo cortando el aire y la espantosa fuerza con la que tiró de él, arrastrándole consigo, abajo. Se habría partido la crisma, de no ser porque su amigo, compañero o quien fuera aquel petulante pelirrojo de ojos verdes le sostuvo entre sus brazos, en el último momento.
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Mark se encaró con sus adversarios mientras Terry, demasiado lastimado para seguir luchando, se sentó en el suelo reclinando la espalda contra una pared. Tenía una profunda herida incisa en la pierna derecha y otra fea lesión se abría desgarrando la carne del hombro del mismo lado. Observó a Mark demasiado confundido y cansado como para entender nada o tratar de seguir enfrentándose a sus enemigos. Mark descargó un puñetazo contra otro hombre que intentaba atizarle con un tablón de madera que había tirado cerca del improvisado ring, en que habían convertido la calle, y en cuya trifulca nadie se atrevía a intervenir, siquiera a mediar. Poco a poco, los atacantes se desplomaban ante los certeros golpes de Mark, al cual el iridium confería reflejos y una fuerza sobrehumana. No solamente tenía sus enormes e inconcebibles poderes si no que había adquirido unas habilidades tanto físicas como intelectuales que le permitían sobrellevar algunos proezas como aquellas. Ni aunque sus enemigos hubieran sido el doble, o el triple habrían logrado reducirle con una mínima garantía de éxito. Pero el iridium, no le alertó de que entre el maremagnum de cuerpos, brazos y piernas que se confundían en una confusa y caótica mezcolanza se encontraba un hombre de cabellos rubios y ojos verdes, algo más alto que él y que el propio Terry y al que tumbó de un puñetazo, no demasiado fuerte, pero que bastó para dejarlo inconsciente. Sus ropas aunque informales, parecían de buena factura y quedó tendido cuan largo era, boca abajo con los brazos echados hacia delante y el rostro oculto por el pavimento. Mark se giró para auxiliar a Terry no prestando atención a las víctimas de sus golpes que yacían desperdigados en derredor suyo. Unas gafas de cristales oscuros y que inconcebiblemente no se habían quebrado ni tan siquiera mellado, rodaron por el suelo hasta sus pies, aunque tampoco se fijó en ellas pasando completamente inadvertidas. Mark examinó las heridas de Terry con detenimiento. No eran graves y decidió llevarlo de vuelta al colegio San Pablo para que le atendieran en la enfermería, porque desconocía cual posible ubicación de un médico o dispensario cercano que pudiera atenderle y se hiciera cargo de él a tan intempestivas horas de la noche. Cargó con Terry, con el debido cuidado para no lastimarle mientras el muchacho musitaba incongruencias y lanzaba hipidos aun bajo los brumosos efectos del alcohol que había trasegado en abundancia aquella noche.
"No sé porqué hago esto" –pensó mientras llevaba a Terry consigo sosteniéndole por los hombros. Supuso que era por un simple y llano deber hacia el joven de ojos azules y cabellos castaños que se le parecía levemente, y que según sus sueños le arrebataría a Candy en esa realidad, o tal vez no llegara a suceder. Su esposa le había recalcado en un buen número de ocasiones, la innata bondad y compasión, que pese a su aspecto y la naturaleza de sus poderes, guardaba en lo más recóndito de su corazón.
Meneó la cabeza contrariado, mientras lanzaba un suspiro y en las cercanías se escuchaban los agudos pitidos que los bobbies proferían con sus silbatos, alertados finalmente por alguien, para que pusieran fin a la caótica pelea, que por otra parte, se había terminado ya hacía rato con la contundente actuación del joven. Mark apretó el paso antes de que los policías le reclamaran para hacerle contestar un montón de engorrosas y poco convenientes preguntas y se alejó rápidamente, llevando a Terry semiinconsciente que finalmente, terminó por quedarse profundamente dormido. Mientras la Policía había llegado al dantesco y caótico escenario de la reyerta y habían comenzado a detener a todos los presuntos participantes, entre ellos, un hombre de cabellos rubios y largos, de ojos verdes que despertaba lentamente sacudiéndose las sienes y quejándose de un tremendo malestar producido por una persistente jaqueca. Lo que más le sorprendió e hizo que diera un violento respingo fue la pérdida de sus gafas oscuras y su aparición entre las cuatro paredes metálicas y herrumbrosas de un furgón policial, rodeado de borrachos y gentes pendencieras que de cuando en cuando se asomaban a los ventanucos enrejados practicados en su superficie. Albert intentó hablar, pero la algarabía que había dentro del atestado furgón en la que destacaba especialmente la estentórea voz de un borracho cantando desafinadamente y un petimetre, pidiendo a gritos un abogado hacía imposible cualquier intento de comunicarse con nadie. Movió las manos y para su indignación y sorpresa, comprobó que se hallaba esposado.
La llegada de Mark había alterado el curso de los acontecimientos. Si no hubiera aparecido en la pelea, el hombre rubio habría derrotado a uno o dos adversarios, ganando el tiempo suficiente para escapar con Terry y no convirtiendo una vulgar riña de borrachos en una batalla campal, pero con la irrupción de Mark sucedió lo segundo, lo cual trajo la llegada de la Policía y alterando toda la línea temporal.
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Mark consiguió llegar hasta el recinto del Internado sin ser detectado. Realmente, las medidas de seguridad de egregio edificio, se reducían a algunas patrullas nocturnas que las monjas realizaban más que nada para evitar la tentación de que los jóvenes estudiantes visitaran el ala del alumnado femenino y viceversa. Aparte de los jardineros y los vigilantes que realizaban una ronda día sí, día no, cuando les apetecía no era difícil colarse o escapar del campus del Internado con relativa facilidad. Haltoran había realizado un conciso y concienzudo plano de la edificación, pero Mark se lo había dejado sobre uno de los gastados y estropeados pupitres que atestaban una de las aulas y apenas le había echado una ojeada, aunque lo suficiente como para ubicar la enfermería y la deteriorada construcción que hacía las veces de hogar de los dos jóvenes y el robot que les acompañaba. Consiguió traspasar la verja del Internado utilizando el jetpack que Haltoran había intentado reparar y perfeccionar un indeterminado número de veces. Como de costumbre, el inestable aparato falló, aunque duró lo suficiente como para elevarle por encima de la cancela negra que vallaba todo el perímetro del Internado y lo más importante, le permitió remontase con Terry depositándolos sanos y salvos sobre la hierba justo en el momento en que el invento de Haltoran se descompuso, llenando el aire de un intenso olor a cables quemados que sin duda resultaba mareante. Logró trasladar a Terry hasta la enfermería una vez que traspasó los batientes de una puerta de madera, rematada por una cristalera semicircular. Recorrió un corto pasillo tras adentrarse en el inmueble y se detuvo frente a otra puerta de color verde en la que destacaba un rótulo blanco con caracteres negros en los que rezaba: "Enfermería".
Depositó a Terry en el suelo y tocó la puerta con los nudillos asestando unos golpes lo suficientemente fuertes como para que le hubieran escuchado sin género de dudas al otro lado. Cuando una monja salió precipitadamente, solo alcanzóa atisbar a una sombra oscura de flotantes cabellos que se alejaba corriendo a toda velocidad, y desoyendo las voces de advertencia de la religiosa, que reclamaba que se detuviera e identificara. Naturalmente, Mark hizo caso omiso de los requerimientos de la monja. La religiosa, de facciones delicadas y amables lanzó un grito de sorpresa al descubrir semiinconsciente y herido al díscolo y rebelde Terry al que alguien había dejado apoyado contra la pared de piedra grisácea del pasillo abovedado y su exclamación de horror atrajo la atención de la hermana Grey que estaba unos metros más alla, al escuchar la interjección de la hermana, preguntando enojada que había pasado. Cuando fue puesta al corriente de la situación, se situó por delante de la otra monja y caminó apresuradamente con las manos cruzadas sobre su regazo hasta llegar a la altura del desmayado Terry al que se apresuraron a levantar no sin cierta dificultad y pasar al interior de la enfermería, para acostarle inmediatamente en una cama, mientras la hermana Margaret avisaba urgentemente al médico del Internado.
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Mark se notaba mareado y algo desorientado. Apenas había utilizado el iridium, pero aquella realidad algo tenía que tener que afectaba negativamente a su organismo. Ya lo había experimentado al intentar emplear su poder de camuflaje cuando recalaron en el deteriorado y ruinoso edificio docente abandonado hacía ya tiempo, y que se sostenía en pie increíblemente y ahora le había vuelto a afectar, aunque afortunadamente su malestar parecía de índole leve. Sin embargo cuando se creía recuperado, notó como sus heridas que solo se abrían a modo de válvulas, para liberar los residuos del iridium y que ennegrecían su sangre a efectos de descontaminar su cuerpo, lo hacían de nuevo pero para manar sangre roja. Era extraño y cada vez se notaba más débil y lo que parecía un malestar sin importancia iba empeorando. Delirando y tiritando caminó erráticamente hasta que sin darse cuenta se internó en el ala destinada al alumnado femenino y caminó tambaleándose dejando un rastro sanguinolento a su paso. A duras penas logró llegar hasta la fachada de un edificio de dos plantas rematado por un tejado de tejas rojas. Notó que su vista se le nublaba para recuperarla gradualmente. Se sintió tan débil que decidió apoyarse un momento en la pared para descansar unos minutos y recobrar fuerzas aun a riesgo de ser descubierto allí mismo. Estaba tan débil, que no se fijó que una ventana de doble hoja se hallaba detrás suyo. Al reclinarse notó como esta cedía hacia dentro y el joven se precipitó al interior con estrépito. Mark se levantó con dificultad y subió las escaleras que se abrían ante él, apareciendo en un pasillo cuya techumbre estaba adornada con arcos terceletes. A su izquierda, había una pared con varias ventanas como la que había cedido bajo el peso de su cuerpo y a su derecha, varias puertas de madera que correspondían sin duda a las celdas, habilitadas como individuales de cada alumna. Entre su repentina debilidad y la oscura penumbra que envolvía todo, Mark caminó a tientas, incapaz de discernir donde se encontraba realmente ni cual era su ubicación exacta dentro del enorme edificio. Caminó arrastrando los pies y apoyándose en la pared para no caerse. Se enjugó el sudor de su frente y dijo con dificultad:
-No…entiendo…Nunca el iridium…había reaccionado así.
O era el iridium o su cuerpo el que había sufrido el impacto de una especie de malestar general.
Harto de caminar, y deseoso de dormir decidió entrar en la primera habitación que estaba más a su alcance y eligió una puerta al azar. Empezó a forcejear con el pomo realizando un cierto estrépito. Al otro lado, Candy que dormía plácidamente abrazada a su almohada se despertó súbitamente asustada al percibir los ruidos en la cerradura de la puerta de su alcoba que amenazaba con venirse abajo bajo los embates de Mark.
Candy se giró asustada sobre si misma y mirando con temor hacia la puerta preguntó con un deje de temor en la voz:
-¿ Quién es ?
Finalmente, la puerta se abrió de golpe, repentinamente, y una sombra oscura destacó en el quicio de la misma. Mark invadió la intimidad de la alcoba de Candy y se precipitó hacia delante, cayendo pesadamente a los pies de la cama de la muchacha, mientras un charco de sangre se iba formando gradualmente bajo su cuerpo inerte. Mark se desplomó de costado con las manos echadas hacia delante. Intentó levantarse, pero sus fuerzas no le respondían. Candy angustiada, se llevó la mano derecha a los labios musitando su nombre con voz vacilante::
-Mark..
Candy que estaba aun reclinada en su cama, se levantó rápidamente. Lejos de asustarse, se envolvió en una bata azul de raso sobre el camisón blanco, con volantes, que resaltaba su esbelta figura.
Mark se rascó el mentón y respiró entrecortadamente. La visión de la sangre casi hizo que la muchacha se desmayara pero aguantando el tipo, preguntó mientras hacía acopio de valor:
-¿ Qué…que te ha pasado Mark ? ¿ cómo has llegado hasta aquí ?
El joven intentó sonreír para transmitirle calma y tranquilidad. La sola visión de la hermosa muchacha servía para que su pena se atenuara. Hasta su dolor parecía hacerse más leve.
-Yo…yo, lo siento Candy –musitó Mark suponiendo que la joven daría la alarma horrorizada y que debido a su extrema debilidad no podría impedir que le expulsaran de allí. Puede que incluso, llamasen a la Policía, pero Candy lejos de montar una escena o haber pedido ayuda, como hubiera sido lo más lógico, se aproximó a una cómoda y rebuscando en un cajón, extrajo vendas y tomó una jarra de agua asiéndola por el asa, aproximándose al atribulado y magullado joven que afirmaba haber sido o ser su esposo en una realidad alternativa y en la que habían tenido dos hijos en común.
-Espera no te muevas, voy a curarte.
Se arrodilló a su lado. Mark cubría la sangre que manaba de su hombro, más preocupado de la imagen que de si mismo ofrecía ante Candy, que de su lastimoso estado.
Candy le miró con atención. Pese a la fiera y torva mirada que sus pupilas de azabache irradiaban, ardía un poso de tristeza e infinita melancolía en sus ojos. Candy empapó su pañuelo de encaje con el agua de la jarra y empezó a retirar la sangre que salía de su herida sin amilanarse. Se fijó que en su cuello aun pendía el camafeo con su retrato y al observarle de soslayo advirtió que era un joven atractivo y bien parecido. Sintió piedad por él y se detuvo súbitamente cuando Mark emitió un repentino quejido. Entonces Candy sirviéndose de otra banda de tela azul empezó a vendarle otra herida que se abría en su pierna izquierda y entonces constató desalentada que no podría parar la hemorragia con tan magros y parcos recursos. Contempló dubitativa su imagen en el espejo con un dedo apoyado en sus labios fruncidos, y se dijo:
-Necesito remedios más fuertes, pero la enfermería a estas horas se encuentra cerrada. Tengo que buscar una farmacia.
Se vistió rápidamente procurando que Mark no la viera, aunque el joven había desviado prudentemente la mirada, para no indisponer aun más a la muchacha en su contra, pese a que conocía cada centímetro de piel de su cuerpo, de cuando ambos se habían amado apasionadamente como marido y mujer. Candy se fijó fascinada mientras se ajustaba el lazo blanco con borde negro de su abrigo, en que el joven que se reflejaba en el bruñido espejo, estaba llorando. Sus lágrimas de una tonalidad increíblemente blanca, brillaban como perlas ardientes. La joven se le acercó trayendo varios cojines que puso detrás suyo para que estuviera más cómodo fingiendo que no se había percatado de los regueros de lágrimas, resbalando por las mejillas del joven. Mark, a su vez, intentó disimular su llanto lo mejor que pudo, sorbiéndose las lágrimas, pero el esconder sus emociones era algo que siempre se le había dado rematadamente mal. Candy notó una rara congoja en su pecho al verle llorar de esa manera pero no dijo nada. Le cubrió con una manta, para luego sacar de debajo de su cama una especie de cuerda con la que se deslizaría desde el balcón de su cuarto hasta el suelo sin hacer ruido y con facilidad. Entonces Mark movió la mano derecha y la retuvo por la muñeca derecha, que sobresalía debajo de la amplia manga de su abrigo. La joven notó una extraña corriente eléctrica que recorrió su ser mientras imágenes que creía producto de su imaginación en las que estaba en compañía de Mark en diversos momentos de su larga relación acudieron a su mente, y enigmáticas emociones sacudieron su cuerpo. Mark alzó la cabeza y dijo lentamente:
-Espera, no es necesario que hagas esto por mí.
Mark se levantó pesadamente pese a las protestas de la joven de la que estaba profundamente enamorado y se distanció unos pasos de ella. Antes de que Candy pudiera decir o hacer nada, un brillo iridiscente partió de su cuerpo bañando la habitación con una luz irreal y muy hermosa. Lejos de sentir miedo o temor, Candy experimentó un profundo bienestar y una emoción que tocaba la fibra más sensible de su corazón. Poco a poco, las heridas de Mark se cerraron, y la sangre dejó de manar gradualmente y fue entonces cuando la claridad cesó.
Candy se acercó al joven y sin saber porqué un impulso desconocido hizo que se abrazara fuertemente a él, llorando sobre su pecho como si hubiera encontrado algo que hubiera buscado largamente y sin éxito hasta entonces.
-Mark, Mark.
-Candy, Candy –musitó Mark lentamente acariciando los rizos rubios de sus coletas que empapó con sus lágrimas - mi amor, mi querida y dulce esposa.
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Pero el recuerdo de los ojos azules contemplándola desde lo alto de aquel árbol la perseguía. Había estado a punto de entregar la llave de su corazón a Mark, pero en el último momento recapacitó y se la arrebató súbitamente cuando el confiado y esperanzado muchacho estaba a punto de recibirla entre sus manos anhelantes y extendidas hacia ella. Candy apartó a Mark con dificultad, porque el amor le confería al joven una fiera determinación a culminar su sueño. Finalmente la muchacha se alejó de él unos pasos y se dirigió al extremo opuesto de la habitación. Mark empezó a temblar, porque presumía que algo desagradable y horrible estaba a punto de echar por tierra sus incipientes expectativas. Candy odiaba tener que romperle el corazón, pero cuanto más sabía de aquel joven más temor sentía hacia él. Puede que en otra vida ella y él…pero no en esta, no aquí, se decía Candy abrigándose en su bata azul y alejándose del joven que estaba demandando encarecidamente su amor. Con lágrimas en los ojos de una belleza inhumana y un verdor que hería la vista Candy bajó la cabeza y dijo cariacontecida mientras se retorcía las manos:
-No quiero hacerte daño Mark, jamás querría que sufrieras injustamente, pero…yo…yo…no siento nada por ti. Podemos ser amigos, pero no me pidas más…yo.
Mark se quedó paralizado pese a que ya esperaba una conclusión así. Se dobló sobre sus rodillas postrándose de hinojos ante ella, como si la estuviera suplicando una oportunidad, pero no dijo nada. Sabía que si alguna vez Candy le rechazaba o rompía su relación, sería el fin y él nunca la inferiría daño para hacer que reconsiderara su posición. Mark meneó la cabeza mientras sus lágrimas como perlas rebotaban con una ligera salpicadura sobre las baldosas de la alcoba de Candy. En esos instantes, Mark sufría doblemente, porque con la negativa de Candy, por lo menos de la Candy de esa realidad, había perdido a su esposa, que si le amaba y jamás le dejaría por un lado.
Y por el otro, también estaba notando como su alma se desangraba por el rechazo de la muchacha. Candy conmovida se le aproximó e intentó abrazarle para consolarle, y así intentar calmarle, pero Mark rechazó sus manos delicadas y blancas con un gesto de desdén de sus dedos y dijo exánime:
-Me ofreces amistad –susurró el joven apartando sus pupilas negras de las de Candy que brillaban levemente bajo la mortecina luz de la luna.
Candy asintió lentamente. Cada palabra del joven aumentaba más su congoja y remordimientos, pero sentía que la imagen de unos ojos azules enmarcados por los cabellos castaños del joven y rebelde estudiante que conociera en el barco, estaban llenando su mente al igual que su corazón.
Mark realizó una mueca amarga y añadió con dificultad.
-Y yo te ruego amor. Es como si intentases alimentar con pan al que tiene sed.
-Mark, yo…yo –dijo Candy considerándose prácticamente responsable de la desesperada situación del joven.
Mark se irguió lentamente y caminó hacia la puerta depositando su mano sobre el pomo dorado. Candy preocupada por su estado y la debilidad de la que aparentemente parecía recuperado, se abalanzó hacia él, pero Mark la esquivó ágilmente sin haberse movido aparentemente de sitio. Candy parpadeó perpleja y Mark dijo a modo de despedida:
-Y así no hay que hacer. Adios Candy. Siempre te amaré…en esta vida o en la otra.
Candy creyó que el joven se estaba refiriendo a un hipotético intento de suicido y Mark no tenía ganas de aclararle el verdadero significado de sus palabras.
Sonaron unos pasos y una voz gutural al otro lado de la puerta exigió imperativa:
-Señorita Andrew, abra la puerta inmediatamente.
Mark aprovechó la momentánea confusión de la chica para saltar por el balcón de la habitación y deslizarse a la calle. Descorrió las cortinas de seda blanca rematadas por puntillas y abriendo los batientes de la doble puerta salió a la plataforma de mármoll del balcón. Candy se precipitó hacia el borde de la balaustrada de mármol, desoyendo los cada vez más recios golpes en la puerta artesonada de su habitación y los acuciantes requerimientos de la hermana Grey, que demandaba inmediatamente que le franqueara el paso, mientras la hermana Margaret, conciliadora, le pedía constantemente calma. Llegó justo a tiempo de ver como saltaba por encima del balcón. Por un momento sus ojos se cruzaron. Y las lágrimas de Mark se posaron en sus mejillas. Entonces, en su mente resonaron unas palabras:
-Adios Candy, jamás de dejaré de amarte, jamás.
El joven aterrizó sobre la hierba con un sonido amortiguado y empezó a moverse frenéticamente.
Contempló a Mark correr velozmente entre los árboles del jardín como una estela plateada mientras sus lágrimas continuaban manando. En ese instante, el sonido de una llave hurgando en la cerradura de la puerta atrajo su atención. La puerta se abrió y ante ella se personó la enojada rectora del internado y la bondadosa monja que había intentado sin éxito, aplacar a la iracunda religiosa intercediendo por Candy.
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Haltoran estaba preocupado por Mark y se disponía a salir a buscarle, cuando su amigo cansado y completamente derrengado se dejó caer exánime, en las escaleras sobre las cuales se alzaba el frontispicio de su improvisada morada. Haltoran le sostuvo entre sus brazos, asustado porque creyó que por un momento, estaba sufriendo un envenenamiento por efecto del caprichoso e inestable iridium, pero respiró tranquilo cuando comprobó que afortunadamente su piel, continuaba siendo clara y más bien tirando hacia una acendrada palidez. Estuvo tentado de llamar a Mermadón para confirmar su diagnóstico, pero el robot estaba descansando si por tal se podía considerar como su periódica desconexión para poder recargar sus baterías
El joven pelirrojo le sacudió ligeramente. Mark abrió lentamente los ojos y dijo restregándose algunas lágrimas:
-Todo se acabó Haltoran. Ella no me ama. Esta realidad…no nos pertenece. Nunca existimos aquí. Su verdadero amor es Terry Grandschester, no yo.
Haltoran sabía que el joven no bromeaba ni estaba siendo presa de un ataque de pánico que le hacía llegar a conclusiones precipitadas. Estaba dispuesto a tomar una drástica decisión. Se giró para dar la espalda a Mark y se preparó para aplicar un remedio desesperado. Mark lo intuyó y le sujetó rápidamente el antebrazo derecho con dedos de hierro pese a su aparente y engañosa debilidad.
-Suéltame Mark –dijo iracundo Haltoran- si no me dejas hacer lo que se debe hacer, jamás conseguirás que tu esposa despierte del sueño en el que ese loco la ha recluido.
-No Halt, querido amigo –dijo Mark con voz apagada- secuestrándola no lograrás nada. Y llevándola a nuestra realidad a la fuerza tampoco, porque para empezar no sobreviviría al viaje de retorno. La mataríamos, también a ella.
Haltoran enarcó las cejas. Sabía que su amigo tenía razón pero tenía que hacer algo aunque tuviera que aplicar medidas extremas y desagradables que le repugnaban, pero que no tenía otra opción que poner en práctica fuera como fuese.
-No Halt –dijo Mark nuevamente. Su voz sonaba cada vez con menos intensidad –aunque tú sobrevivieras con la ayuda de Mermadon, el campo protector que desprende, no resguardaría a Candy con la suficiente eficacia. Solo hay sitio para uno.
Entonces Haltoran esbozó un plan desesperado y determinante. Se quedaría en aquella realidad, para que Candy pudiera ser transportada hasta la suya. Quizás contemplando a su otro yo aprisionado en un eterno sueño, se apiadara y optara por ceder finalmente, cumpliendo las inhumanas condiciones del implacable vizconde y este tal vez accediera a devolver a la esposa de Mark a la vida. El joven adivinando las intenciones de su amigo negó con la cabeza y dijo:
-No, no te lo voy a permitir Halt. Si haces eso, destrozarás el corazón de Annie y por ende el de tu hijo Alan que crecería sin padre. Y no podemos condenar a esta Candy a un destino tan cruel aprisionándola en una era que no es la suya por muy injusta que se nos antoje su decisión. Pero yo la entiendo. Se presenta un desconocido envuelto en luz, le cuenta la relación que les unió o unirá en otra realidad paralela y trata de que acceda a sus propósitos. No Halt, no se puede forzar el amor ni tan siquiera por compasión. Debemos seguir hasta el final aquí, con todas sus consecuencias y tal vez, solo tal vez, pueda producirse un milagro.
-Pero, pero –dijo Haltoran revolviéndose como un toro aprisionado y pugnando por liberarse, aunque no logró zafarse de la presa de los dedos de Mark ni por asomo. El joven pelirrojo resopló. Nunca antes había experimentado una fuerza tan monstruosa, porque siempre había conseguido librarse de los dedos de Mark, pero no ahora - si no intentamos nada…
Mark le miró de tal forma que le impuso silencio. Haltoran calló sorprendido y supo que el joven no cedería ni un ápice. Si trataba de poner en práctica el descabellado plan, Mark aunque no reveló nada al respecto no dudaría en matarle si fuera necesario.
-Tú también la amaste una vez querido amigo –dijo Mark más conciliador- y por esa razón debemos buscar otra manera de conseguir sacarla de ese sueño que ese maldito ser ha inducido en ella.
Haltoran asintió lentamente con un suspiro de resignación. Casi al mismo tiempo, Mark emitió otro de alivio que se solapó con el de su amigo y aflojó sus dedos que aun aferraban la muñeca de Haltoran.
-Está bien –dijo Haltoran a media voz- tú ganas.
Mark asintió complacido aun en medio de su dolor. Buscarían otros caminos y otras soluciones que no implicaran soluciones tan drásticas y tajantes que finalmente dejaban de serlo para convertirse en remedios totalmente inapropiados.
Haltoran pensó en su esposa y en su hijo. Evidentemente deseaba volver a verlos con todas sus fuerzas, dado que cuando regresasen a su mundo, Mermadon no tendría energía para otro salto, a efectos de devolver al alter ego de la esposa de Mark a su mundo en mucho tiempo y el shock emocional puede que la matase o la privase totalmente de su cordura.
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Candy estaba pasando por un mal momento. A la desazón que le había supuesto contemplar a Mark tan desvalido y derrotado demandando amor, prácticamente suplicándoselo se unió la reprimenda que la hermana Grey le dispensó porque creía que Terry se había herido al tratar de visitarla, en una cita secreta que solo existía en su cabeza, tal vez tratando de escalar la fachada del edificio de habitaciones destinadas al alumnado femenino situada en aquella ala del sobrecogedor y sobrio edificio del internado. Pero como no tenía pruebas, se tuvo que conformar con amonestar a Candy por permanecer levantada hasta tan intempestivas y altas horas de la madrugada e imponerla un castigo. Afortunadamente, la monja no llegó a descubrir la intrusión de Mark en la habitación de la joven pero la adusta y seca religiosa no podía tolerar semejante vulneración de la recia y rígida disciplina del Internado que dirigía con mano firme. Como tampoco sospechaba que dos viajeros del tiempo acompañados por un robot colosal se escondían en el antiguo inmueble abandonado y que formaba parte de la primera remodelación que se hizo en el Colegio San Pablo y que había caído en total y completo desuso. Obviamente, Candy no podía contar su encuentro con Mark, principalmente porque confirmaría las sospechas de la hermana Grey lo cual le costaría sin duda alguna la expulsión del prestigioso Internado y por otro, porque nadie la creería.
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Haltoran y Mark decidieron por unanimidad continuar allí, con la secreta esperanza de que el corazón de Candy accediera finalmente a mostrar sus verdaderos sentimientos. Mark suponía que si el amor que le ataba a Candy de por vida era tan fuerte e indestructible rebasaría las barreras del tiempo y las eras, para confirmar las enrevesadas y capciosas teorías del esbirro del doctor Infierno. Haltoran se había levantado aquella mañana con la idea de reprochar a su amigo su poco oportuna intervención en favor de Koji Kabuto y las fuerzas que defendían al asustado mundo de los maquiavélicos planes del brillante y desamaldo científico y sus lugartenientes, pero se abstuvo de hacerlo. Candy lo había definido de una manera insuperable y totalmente acertada: El corazón de Mark albergaba tal capacidad para la bondad y la lealtad que difícilmente pudo sustraerse a la desesperada petición de ayuda que Sayaka le había demandado. Haltoran no lo sabía, pero ambos había mantenido un brevísimo romance que no llegó a más porque en el fondo la bella joven continuaba enamorada de Koji Kabuto como él de Candy.
Mientras, las cosas parecían haberse aquietado. Candy cumplido su castigo consistente en copiar una interminable lista de palabras en su habitación, pudo reintegrarse a la vida normal del colegio. La hermana Grey, cuyo rostro cetrino estaba enmarcado por el hábito oscuro confiriéndole una siniestra apariencia asintió complacida pero sin perder un ápice de su seriedad que daba a su rostro, el aspecto de una máscara esculpida en piedra. Tomó las cuartillas entre sus manos y examinándolas con atención dijo mirando de soslayo a Candy mientras alzaba sus cejas blancas semejantes a trazos de nieve:
-Muy bien Candy. Espero que hayas aprendido la lección y no vuelvas a conculcar las normas del colegio.
Candy, enfundada en el uniforme blanco del internado asintió con la cabeza gacha mientras hacía una leve reverencia. Tenía las manos entrelazadas sobre el regazo de su falda blanca y los ojos cerrados en señal de humildad y respeto.
-Puedes retirarte y recuérdalo. La próxima vez no seré tan magnánima contigo y serás expulsada sin contemplaciones.
Candy musitó, un débil gracias y abandonó el despacho de la rectora lanzando un suspiro de alivio largamente contenido. Las piernas le temblaban ligeramente. Se ajustó el enorme lazo rojo que florecía sobre su gargantilla y caminó apresuradamente pero intentando no llamar la atención de la hermana Grey. Sus botas blancas apenas hacían ruido sobre el suelo enmoquetado del largo y sombrío pasillo abovedado.
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Harto de pasar allí las horas muertas, pero temeroso de que Mark pudiera sufrir una crisis si le dejaba allí solo, finalmente accedió a pasear por el campus aleccionado por Mark que le prometió que no haría ninguna tontería y que permanecería allí en compañía de Mermadon. El robot, que había vuelto a activarse estaba jugando a las cartas con Mark y por el momento, el astuto y taimado robot le estaba ganando. Haltoran le había programado para que fuera un buen tahúr aparte de otras habilidades que Mark aun desconocía. Por eso lo de las cartas le sorprendió cogiéndole desprevenido. Haltoran salió de allí con cuidado de que no les detectaran. Por increíble que pudiera parecer, las misiones de vigilancia hacia Candy se alternaban con furtivos y cuidadosamente planeados paseos para romper el tedio y evitar que sus mentes terminaran desbordadas por la enormidad de lo que habían llevado a cabo y realizado.
"No debería agobiarme tanto por esto" –se dijo Haltoran mientras enfundado en un uniforme del colegio que había conseguido sustraer subrepticiamente caminaba intentando aparentar ser un estudiante más y pasar completamente desapercibido –"si variamos ligeramente el resultado de la Gran Guerra, esto debería ser una minucia comparado con aquello".
Recordó que había tomado prestado otro uniforme para Mark, pero este se había negado a probárselo. Le parecía demasiado serio y poco apropiado para él y no le simpatizaba la idea de disfrazarse de estudiante.
Se preguntó porqué no habrían tomado esa medida antes. Podía moverse libremente entre los estudiantes que se concentraban en pequeños grupos por todo el campus, que se encontraba enmarcado por el hermoso claustro gótico por cuyas arcadas paseaban igualmente otros estudiantes. Caminó por los jardines disfrutando del bello entorno primaveral y aspirando las fragancias de la estación. Aun en medio de tanta pesadumbre había momentos para el esparcimiento y la momentánea evasión. En ese instante se cruzó con una monja de ojos caídos y expresión tan adusta como la de la hermana Grey. Parecía de hecho una versión más rejuvenecida de la seria y sempiternamente enojada rectora. La monja de hábito oscuro iba seguida por una anciana de cabellos grises y ojillos vivaces que llevaba un vestido rosa con una capa azul y con una boina a juego de la que sobresalía una aparatosa pluma blanca. Haltoran dio un respingo al reconocer en la anciana a la mujer que habían contemplado extrañados, ataviada con un uniforme escolar. Llevaba en la mano la funda de un violín, el extraño objeto que la habían visto portar aquella noche. Se cruzó con la religiosa que le contempló indiferente sin apenas fijarse en él, mientras la anciana le dedicó una amable sonrisa. Haltoran asintió con una leve inclinación de cabeza y se preguntó si la anciana de vivaces gestos y bondadosa expresión sabría algo y si habría delatado su presencia. Aparentemente parecía que no.
Continuó caminando embutiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta negra. Al parecer no eran los únicos ocupantes ilegales que se escondían entre los gruesos y recios muros de aquel edificio con un toque de siniestra apariencia. Entonces reparó en lo bien que encajaba la severa hermana Grey a la que habían contemplado desde lejos y que recordaba durante el revuelo que organizó al derribar al Gotha alemán durante su afortunadamente fallido bombardeo del internado cuando salvó a Annie.
Annie. La sola mención de su nombre hizo que se detuviera en seco, justo cuando se tropezó con un grupo de muchachas que bailaban al son de la música, emitida por un gramófono algo desafinado, que reposaba sobre una mesa de piedra. Lo que más le llamó la atención era el vals que desgranaba el arcaico y deslucido aparato a través de su gran altavoz en forma de estrambótico embudo: era la misma melodía que había sonado en el baile que Mark había interrumpido abruptamente al reclamar la atención de Candy golpeando los cristales de uno de los ventanales del salón de baile de los Andrew, cuando la muchacha bailaba con Anthony, tal y como Mark le había referido pormenorizadamente. Iba tan absorto que sin querer ni pretenderlo, empujó levemente a una muchacha de cabellos negros recogidos en un alto y recargado moño, adornado por un lazo rojo, con su pecho contra la espalda de la chica. La muchacha se giró sorprendida centrando la atención de sus compañeras en el descarado estudiante de ojos verdes y cabellos pelirrojos revueltos, que arrancó más de un suspiro de admiración entre las muchachas.
Haltoran se quedó paralizado y sin habla. Estaba observando la viva imagen de su esposa. Annie le miraba sin entender nada, porque aunque no le conocía de nada, presentía algo.
Musitó una leve disculpa que Annie aceptó con una sombra de duda en sus ojos. Aquel rostro le era remotamente familiar, pero no podía identificarle ni sabía bien porqué.
Eliza, que se había indignado por la interrupción del atolondrado joven a su modo de ver, se le encaró con los brazos en jarras posando sus ojos ambarinos en los de Haltoran.
-¿ Por qué no miras por donde andas ? has interrumpido nuestro ensayo y ahora tendremos que volver a empezar y…
-¿ Ensayo ? –preguntó Haltoran que aun no se había repuesto del choque emocional de encontrarse de bruces cara a cara con su primer y único gran amor, y al que había intentado suplantar y olvidar con Eliza para apartar a Annie, de su peligrosa y azarosa vida.
Eliza cautivada por los ojos verdes de Haltoran, cuando se fijó mejor en el muchacho, calló de improviso adoptando una actitud más pacífica, casi serena que contrastaba con su vivido genio y su caprichoso carácter.
-Sí…-dijo casi tartamudeando- para el festival de Mayo…habrá baile, desfiles de carrozas y tal vez…-dijo soñadora y rozando levemente la mano de Haltoran en un gesto que escandalizó a sus compañeras- tal vez, quieras ser mi pareja para entonces –le susurró coquetamente al oído y guiñándole un ojo.
Haltoran desvió la vista hacia Annie cuyos ojos azules observaron con una mezcla de indignación, vergüenza ajena por el atrevimiento de Eliza, y curiosidad, la escena. El joven pelirrojo asintió brevemente y dijo improvisando una excusa rápidamente:
-Yo…bueno…quizás sí…ahora tengo que irme.
Se marchó caminando apresuradamente. Eliza se quedó mirándole con enojo. Comenzó a gruñir apretando los dientes y crispando los puños en otro de sus característicos gestos y dijo:
-Ese presuntuoso…ni siquiera se ha disculpado conmigo.
Haltoran se preguntó si había sido una buena idea mezclarse con el alumnado, ya que lo que menos se esperaba era toparse con Annie, pese a que lo intuía. Suponía que Eliza estaría por allí cerca dado que se había encontrado con su hermano al que Mark había parado los pies y puesto en fuga a sus compinches, justo cuando Terry intervino confundiéndoles con otro grupo de esbirros de Neal.
Se marchó de allí y quitándose la chaqueta por el calor reinante, se la puso sobre el hombro sujetándola con la mano derecha.
Annie intentó poner en marcha el gramófono de nuevo, dado que la melodía se había terminado sin que se dieran cuenta, debido a su encuentro con Haltoran.. Estaba tan nerviosa porque había recordado súbitamente una cosa, que no acertó a hacer funcionar al viejo y recalcitrante aparato correctamente. Eliza resopló enfadada y apartándola del gramófono con brusquedad, dijo a Annie secamente:
-Deja, ya lo haré yo.
Mientras Eliza hacía que la melodía del vals volviera a sonar gradualmente, Annie recordó uno de los vividos sueños de Candy que le había relatado unas semanas después de que un empleado de George y el propio secretario de Albert, la devolvieran sana y salva a la seguridad de Lakewood. Fue con anterioridad al trágico y repentino fallecimiento de Anthony. Le habló de un joven moreno de largos cabellos negros y ojos de azabache acompañado por un muchacho pelirrojo de ojos verdes y algunos personajes más entre los que se incluía un chico parecido a un niño, un hombre obeso y con gafas y una especie de enorme autómata metálico. Ambas habían reído ante la extravagante naturaleza del sueño de Candy y sobre todo cuando la joven rubia recalcó ante su amiga unas palabras que ahora hacían que se estremeciera de miedo al recordarlas:
-Ambos eran nuestros maridos. El hombre de cabellos negros, se casaba conmigo y teníamos dos hijos – Candy se había sonrojado violentamente al evocar aquella parte del sueño- y el otro, el pelirrojo se convertía en tu esposo y teníais un hijo.
Cuando Anthony perdió la vida en la cacería, los sueños habían seguido repitiéndose, pero con mayor intensidad. Candy ya no sentía deseos de reír al pensar en ellos, y en cuanto a Annie, ya no le parecía tan romántica la idea de que un hombre llegado allende los confines del tiempo, fuera su esposo.
"Tiene que ser una casualidad, tiene que serlo" –se repetía así misma intentando disimular ante sus compañeras su creciente nerviosismo, pero sabía que no lo era.
Aparte de los rasgos más identificativos y sobresalientes de Haltoran, había otro detalle que Candy le había mencionado. El joven que aparecía en sus ensoñaciones tenía un pequeño lunar en la mejilla derecha y un tono de voz ligeramente engolado pero recio e incluso dulce.
El muchacho que se había tropezado con ella presentaba dichos atributos físicos.
Además Annie había realizado un boceto del joven basándose en la somera descripción de Candy. Cuando en la soledad de su habitación comparó su dibujo, con el recuerdo de los rasgos del joven se quedó completamente pálida. Coincidían plenamente como dos gotas de agua.
FIN DE LA DECIMA PARTE
