CAPITULO 9: Amigos y rivales
Días después
Mientras Candy viajaba en el último barco de pasajeros civiles con destino a puerto italiano, un grupo de soldados se congregaba en el puerto de Southampton, aguardando porque llegara el momento de abordar alguno de los navíos de guerra allí anclados. Uno de los combatientes arribaba al muelle cuando recibió de manos de un chiquillo una hoja de papel que leía: ¡HERMANO BRITANICO! ANTES DE ABANDONAR TU PATRIA EN EL CUMPLIMIENTO DEL DEBER, NO TE PIERDAS ESTA TARDE LA GRANDIOSA HISTORIA DE FAUSTO, AQUÍ, EN ESTE MUELLE.
En cuanto terminó de leer, el soldado buscó en todas direcciones el lugar donde se llevaría a cabo la obra, cuando casi al final de la calle avistó un enorme escenario ambulante, frente al cual ya se habían congregado cientos de combatientes, al igual que una que otra chica en espera de un posible autógrafo de sus actores favoritos. Uno de los soldados preguntó a su compañero: "¿Quiénes son estas personas, y de dónde vienen?"
"He oído que se trata de una compañía de América que llegó a Inglaterra recientemente, y sus integrantes ya se han presentado en varias ciudades para alegrarnos un poco la vida antes que vayamos a morir", contestó el otro con pesimismo. "Pero no ha sido sino hasta hoy que han llegado a este puerto."
"El protagonista de la obra es de Londres, y muy famoso en Broadway", interrumpió una fanática desconocida para ambos hombres. "Comentan que es tan bueno en lo que hace, que incluso estudió alemán porque quería leer la obra de Fausto en su lengua original."
"¿Y por qué habría de hacer eso?", preguntó la amiga que la acompañaba.
"En una entrevista que le hicieron, indicó que de esta manera podía entrar más a fondo en la complejidad del personaje principal", señaló la admiradora en defensa de su galán. "Faltan pocos minutos para que comience la obra…"
Detrás del escenario, y ajenos a los comentarios del público, los miembros del elenco terminaban de prepararse. Una desesperada actriz envió a uno de los técnicos por el director de la obra, quien también era el dueño de la compañía Stratford, y cuando apareció, la chica echaba chispas por los ojos. "¡Qué bueno verlo, señor Hathaway!", suspiró con alivio, secando el sudor de su frente. "¿Alguien me quiere explicar dónde diablos está el actor principal?"
Robert Hathaway respiró profundo, pues no era la primera vez que debía encarar la responsabilidad sobre los atrasos de algunos actores. "Ya sabes lo que he dicho sobre tu ego, Linda… debes guardarlo en una valija y olvidarte de todo cuando pises el escenario."
"¡Esto no guarda ninguna relación con mi ego!", gritó la joven.
"Además", continuó Robert, "es conocido por todos que nuestro protagonista suele alejarse de la escena porque sólo así se siente lo suficientemente confiado para brindar una gran actuación. De todos modos iré en su busca." Y dicho esto, se dio la vuelta y se alejó del resto de la compañía, adentrándose en la multitud de soldados y otros admiradores que se apostaban frente a la tarima. 'Al menos esta vez no actúo en la obra, por lo que no hay necesidad de cambiarme de ropa', dijo en su interior, buscando con la mirada alguna pista que pudiera indicarle adónde pudo haber ido el mejor de sus actores, y supuso que el rebelde artista ni siquiera debía estar vestido para la presentación. Entonces lo vio, descansando su espalda contra la pared de una cantina. "Espero que no hayas cometido la imprudencia de tomar", murmuró. En efecto, el chico vestía lo que Robert había denominado "su ropa de escondite": bajo una gorra se ocultaba el abundante cabello color chocolate que ahora llevaba un poco más arriba del hombro, pero con el mismo volumen y espesor; y quien viera la despintada chamarra y desgarrados pantalones de mezclilla pensaría que se trataba de un vagabundo, y no de uno de los actores más cotizados en el mundo entero. "Sabía que te encontraría aquí", dijo Robert una vez estuvo frente a él. "¿Hasta cuándo vas a seguir haciéndote esperar por el resto del grupo? ¡Llegará un día en que se me agote la paciencia!"
Terry Granchester sonrió con ironía a su gran maestro y amigo. "Aún faltan veinte minutos, Robert. ¿Qué se supone que yo haga hasta entonces… anudar el corsé a las actrices?"
"Te diré lo que se supone que hagas", dijo Robert fingiendo enfado ante quien se había convertido en su alumno favorito. "Deberías ser más considerado con tus compañeros y no hacerte de rogar para que llegues a tiempo. ¿Es eso pedir demasiado?"
"Dile al resto del elenco que se vayan a-" No pudo continuar. A lo lejos, una figura conocida se confundía entre los soldados y caminaba en dirección a uno de los barcos. "No puede ser…"
"¿No puede ser qué?", repitió Robert.
Pero Terry no escuchó a su mentor, pues su vista continuaba en dirección a su gran amigo, casi hermano, a quien no había visto en años, ahora con traje y corbata hechos a la medida. Albert… William Albert Andley. ¡Qué callado se lo había tenido! Terry podía contar con los dedos de una mano las veces que alguien, en adición a Candy, lo dejaba sorprendido en gran medida, y Albert era una de esas personas. Albert, el famoso abuelo William, cuya identidad finalmente había sido revelada en los diarios, con el único propósito de aclarar que una foto publicada con anterioridad donde su protegida Candy White tomaba la mano de Neil Legan no significaba nada en términos románticos. Lo que Albert nunca supo fue que, al hacerlo, alivió la atribulada alma de Terry, quien hasta ese momento no lograba dormir ante la idea de que Tarzán pecosa anduviera de novia con el insoportable de Neil.
¡Candy! ¿Por qué no le decía adiós de una vez? Ambos habían acordado, en breves pero emotivas palabras, que por el bien de Susana habrían de estar separados, ¿entonces por qué no se hacía a la idea de amar a su novia y concretar sus planes de matrimonio? No hubo necesidad de consultar a su corazón para una respuesta: decir adiós a su gran amor conllevaba algo más que una separación, hacía falta además desligarse de los recuerdos sin necesidad de borrarlos de su memoria, de tal manera que no le afectase. Y Susana… la pobre aceptó que viniera a Londres junto a la compañía Stratford para darle un poco más de espacio. ¡No iba a ser tan ingrato de abandonarla a su suerte luego de todo lo que ella había arriesgado y sacrificado por él!
Ignorando las órdenes de Robert de que regresara tras bambalinas, Terry avanzó en dirección hacia Albert, y a medida que se acercaba pudo observar, por vez primera, la angustia en los ojos del rubio, quien se movía en dirección opuesta. En eso, Terry se detuvo a sólo unos pasos de Albert, lo suficiente para verlo discutir con el capitán de una de las naves. Robert, quien había seguido a Terry en todo el trayecto, no aguantó más la curiosidad. "¿Se puede saber qué estás haciendo?"
El respondió, con la mirada aún fija en el poderoso señor Andley: "Para ser franco… no lo sé. De lo único que estoy seguro es de que tengo un fuerte y horrible presentimiento, y de que alguien que no debería estar aquí ha llegado a este puerto."
"¿Olvidas que tenemos una función que presentar?"
"¡Al diablo la función!"
"Cálmate", sugirió su jefe, quien al ver la desesperación en el actor no tuvo otro remedio que ceder. "De acuerdo, tienes unos minutos para que hables con ese joven que tanto espías, pero toma en cuenta que a quien debes tu carrera en realidad no es a mí, ni a tus compañeros, y mucho menos a los personajes que encarnas… le debes, más que nada, respeto a tu público."
"No lo olvidaré, Robert."
"Anda, aquí estaré si me necesitas."
Avergonzado, Terry bajó la cabeza. "Gracias". Y acto seguido salió con deliberación en busca del hombre que ahora irradiaba un poderío notable a varios metros de distancia, y comprendió que Albert, aún en su humilde trabajo en el zoológico, emanaba un aire de misterio que lo hacía extraño y especial a la vez. 'Debo hablar con él', se dijo. '¿Por qué no dejo de pensar que su presencia tiene que ver con Candy?'
Cuando quedó frente a él, ya el capitán del barco se había marchado. Albert, envuelto en sus preocupaciones, no lo había visto, aún estando tan cerca del joven duque. "Qué decepción, amigo", habló Terry disimulando su creciente ansiedad. "Y yo que pensaba que aún siendo rico no olvidarías a tus viejos camaradas de Londres…"
La mente de Albert quedó en blanco al escuchar aquella voz, y al voltearse a mirar de dónde provenía la misma, Terry se quitó la gorra, dejando al descubierto su nuevo corte de cabello así como sus inconfundibles facciones. "Parece que ha visto un fantasma, señor Andley…"
"¡Terry… Terry Granchester!" Albert hizo a un lado la rivalidad oculta que sostenía con el joven inglés, y ambos se dieron un fraternal abrazo. "¡Qué gusto verte por aquí! Supe de tu misión con la compañía Stratford, pero jamás pensé encontrarte tan pronto."
"Yo, por otro lado, desconocía tu verdadera identidad hasta que se publicó la noticia en los diarios hace mucho tiempo", comentó Terry simulando reproche. "Nos diste una gran sorpresa, William Andley… tanto, que ahora me haces quedar como un limosnero cojo."
"Era preciso arreglar ciertas cosas antes de aparecer en sociedad", dijo un apenado Albert. "Supongo que también te enteraste de la pérdida de Stear."
Una sonrisa de tristeza se asomó en las comisuras de los labios de Terry. "Así es. ¡De veras me caía muy bien el genio! Aún recuerdo el día que me despedí de él en el colegio y me dijo que yo tenía manos de inventor." Su sonrisa se amplió al recordar también a Archie, quien a pesar de sus diferencias con él, siempre le había simpatizado. "Pero dejémonos de rodeos y dime qué estás haciendo aquí, y por qué tienes el ceño tan fruncido; ése nunca lo había visto."
Terry sintió de inmediato cómo los ojos de Albert se clavaban en los de él implorando que no insistiera, y la lucha interna que vio en esas pupilas disipó las pocas dudas que tenía sobre la gravedad de la situación. "¿Es Candy, verdad?" Al ver, por primera vez desde la noche que lo conoció, la inseguridad reflejada en el rostro del joven que siempre se había caracterizado por su fortaleza de espíritu, lo tomó por el cuello de la camisa, y a pesar de que Andley le llevaba unas dos pulgadas de estatura, lo alzó de tal manera que ambos quedaran mirándose frente a frente. "¿Qué le ocurre a Candy, Albert… acaso está aquí en Inglaterra?"
Con firmeza, Albert se separó de Terry. "¿Ves los dos barcos de guerra anclados en el muelle?"
"Sí. ¿Y qué hay con eso?", preguntó Terry con su acostumbrada insolencia.
"Junto a esos dos buques verás el único barco de pasajeros proveniente de Nueva York. Justo ahora acabo de bajar de ese barco, y de inmediato procuré por el capitán de uno de esos buques que van a salir, ya que va con destino a Italia."
"¿Estás loco? ¡Italia es tierra de nadie! Hoy, por ejemplo, pudiera estar bajo el control de los austriacos y mañana los italianos retomarían el poder… así de impredecible está ese país, sin obviar que Inglaterra tampoco es un lugar seguro." De pronto, los colores del cielo parecían tornarse oscuros a su alrededor, y en ese instante no hubo Susana, ni Eleanor, ni Robert Hathaway que ocuparan su mente. "Candy está en Italia…", murmuró con incredulidad. "¡No me digas que fue a servir como enfermera!"
Luego de unos segundos, Albert retomó la palabra. "Nuestra amiga fue vilmente engañada por Eliza bajo el pretexto de que yo me encontraba en Sicilia y me urgía verla; y ella, despreocupada como siempre, abordó uno de los últimos trasatlánticos disponibles… me imagino que debe estar en altamar rumbo a territorio italiano."
"¡Esa venenosa de Eliza!", gritó Terry con cólera, y luego añadió: "Perdón, olvidaba que es tu pariente…"
"Estás en todo tu derecho de llamarla como quieras; de hecho, en cuanto todo esto termine tendré una larga conversación con ella… respecto a su herencia."
"Si de dinero se trata, ahora ha de comportarse como una blanca palomita."
"No hablemos más de Eliza", dijo Albert. "Antes que me encontraras, intentaba convencer al capitán de ese barco que me permitiera abordar el mismo, pues le expliqué la situación ya que se trataba de algo urgente; pero el capitán fue muy firme en no permitir en la nave ciudadanos que no sean soldados."
El manejo de nervios siempre había sido una especialidad en Terry Granchester, al igual que en muchos otros actores, para brindar la mejor de sus ejecutorias; pero en esta ocasión tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no perder el control. "Albert", comenzó, "¿te das cuenta de lo que me dices? Candy va rumbo a Sicilia, donde la esperan la muerte y el caos, ¿y el capitán de ese barco no permite que vayas a buscarla?"
La ecuanimidad de Albert brillaba por su ausencia, y una advertencia de lágrimas era visible en sus pupilas. "Por primera vez en toda mi vida, traté de sacar provecho de mi apellido, y en cierto modo lo presioné diciéndole que ejercería mis influencias, y llegué incluso a ofrecerle dinero con tal de que me dejara abordar, pero ninguno de mis métodos hizo una diferencia en él."
"Vaya que es muy rudo ese capitán", comentó Terry con mofa.
"Comprendo su negativa… camino de América, escuché a dos pasajeros conversar sobre la propagación de una epidemia a través del mundo, y el brote ha alcanzado tierras americanas con el regreso de muchos soldados contagiados provenientes de Europa. Es una terrible enfermedad que comienza como una leve gripe, y quien la padece no parece tener nada de cuidado, pero luego de unos días, en lugar de desaparecer los síntomas, los mismos se agravan. La fiebre se agudiza, y la tos se convierte en pulmonía, y muchos han muerto por este mal. Se dice que este mortal virus fue descubierto por vez primera en unos cerdos."
"¿Y aún no han encontrado una cura?", preguntó Terry con voz de alarma ante el panorama que presentaba el nuevo año 1918. Candy no sólo habría de poner su vida en riesgo visitando un país esclavo de las armas; también podría quedar gravemente enferma.
"Un médico ya casi termina de experimentar con un posible antídoto; pero mientras no se compruebe la efectividad del mismo, serán muchas las muertes que habrán de sumarse a los asesinatos de guerra."
"Ahora entiendo por qué el capitán del barco no te deja subir. Por la seguridad de todos, no se puede seguir propagando la enfermedad por todos lados."
Albert dejó escapar un suspiro de frustración. "Nunca en mi vida me había sentido tan impotente, Terry. Ahora es cuando mi pequeña más me necesita, y no puedo ayudarla como quisiera."
Terry tomó nota de la expresión facial de Albert cuando se refirió a Candy como "su pequeña." ¿Acaso era su imaginación, o le pareció ver un distintivo brillo en los ojos del magnate? Terry conocía a la perfección ese brillo, lo había visto en sus admiradoras, en Susana, en Candy, en sí mismo, en los esposos y esposas… era el brillo del amor, y no precisamente un amor de padre a hija. Ahora comprendía la extraña actitud de Albert, y el por qué había percibido una atmósfera de tensión entre ellos desde que se encontraron. La brecha emocional que había puesto Albert iba más allá de la inquietud por la suerte que correría Candy: estaba enamorado de ella… y no quería que él lo supiera. ¿Pero por qué Albert, el siempre transparente Albert, con su posición y prestigio, habría de ocultar a su amigo sus verdaderas intenciones con la enfermera? Andley no era el tipo de persona a quien le importaba mucho el qué dirán, ni el escándalo que se pudiera suscitar de iniciarse una relación sentimental entre él y su hija adoptiva. Si le hubiera importado lo que opinara la gente, no estaría allí, en el lastimado continente europeo, buscándola como un loco. En su mente cabía sólo una posibilidad: que Albert lo viera a él como una amenaza para ganar el amor de Candy. ¿Pero por qué habría Albert de temerle? 'Seguramente Candy ya me ha olvidado', pensó con desaliento. 'El no tiene nada que perder… en cambio yo la perdí para siempre.' Para comprobar que sus sospechas no eran equivocadas, decidió poner a prueba a Albert. "Iré por ella", dijo, "No sé qué pretexto me invente para subir a ese barco, ¡pero no podemos dejar que nada malo le suceda a Candy!"
"No lo hagas."
Las palabras de Albert habían sido tan cortantes que tomaron a Terry por sorpresa, aún cuando se había preparado para confirmar sus temores. "Te desconozco, viejo amigo", le dijo, devolviéndole la cautela con la que había sido observado por el otro. "¿Hay alguna razón por la cual no puedo salvar a Candy?"
"Bien sabes que el capitán no permitirá que ningún civil suba por miedo a un contagio de la enfermedad."
"Pero estabas dispuesto a abordar de todos modos."
"Yo…" Albert sintió un fuerte latido en su cabeza. "Terry, sabes que eres más que un amigo para mí… eres como mi hermano menor, y me importa lo que te pase tanto como me importa lo que pase con Candy y otros miembros de mi familia. ¿No crees que ya tengo las manos bastante llenas tratando de localizar a Candy como para jugar con la vida de alguien más?"
"Es mi decisión abordar el barco, Albert, no la tuya."
"¿Y crees que eso me hará sentir más tranquilo?" Movió la cabeza de un lado a otro, incapaz de tolerar la necedad de Terry. "¿No crees que si permito que subas me sentiría responsable por lo que pudiera pasarte? ¿O es que piensas que nada grave está pasando allá afuera, y que en Italia todos viven felices y contentos?" Al haber capturado la atención de Terry, continuó reforzando su punto. "¿Qué explicación se supone que debo dar a tu familia? Tal vez estés distanciado de tu padre, ¿pero qué hay de la señora Baker? Ahora que disfruta de tu cariño, ¿te parece justo dejarla abandonada? ¿Y qué me dices de Susana?"
"Mi asistente, que sigue en Nueva York, supo por la señora Marlowe que Susana salió de viaje con rumbo desconocido porque quiere descansar un poco. Como ves, ni siquiera sé dónde se encuentra."
"¿Dijiste tu asistente?", preguntó Albert, sonriendo por primera vez desde que se vieron.
"Espero que algún día conozcas a mi mano derecha, Russell Bird", dijo Terry con orgullo. "¡No creas que eres el único que tiene el derecho de contratar ayudantes!"
Ambos rieron, olvidando por un momento sus desacuerdos, hasta que Albert volvió a tomar la palabra. "En serio, Terry, jamás me perdonaría si algo te ocurriera, y no puedo imaginar el gran dolor que causaríamos a tu familia así como a Susana. Por favor, no te esfuerces en buscar a Candy."
Terry lo miró con escepticismo. "¿Estás seguro de que no hay otra razón por la cual no quieres que vaya?" Pero no necesitó oír respuesta alguna: la risa nerviosa de Albert decía más que mil palabras, a lo que Terry añadió en tono de broma: "¿O es que no deseas que me encuentre con Candy y tengamos un tórrido romance?"
La risa de Albert se convirtió en carcajada. "Eres incorregible, Terry."
"¿Qué harás ahora?"
Albert respiró profundo. "No me queda otro remedio que esperar a que se reanuden los viajes al público en general… no creo que esta situación se prolongue por mucho tiempo."
"No es prudente que permanezcas en Inglaterra; aquí cualquier cosa puede suceder."
"¿Y cómo voy a regresar a América… en bicicleta?" Esta vez fue él quien provocó en Terry un estallido de carcajadas. "Es obvio que debo permanecer aquí por un tiempo… tal vez semanas."
"¿Irás a Londres?"
"Es posible… pero aún no me has dicho si harás de las tuyas para subir a ese barco o no."
"De acuerdo", se resignó a decir Terry con derrota. "Aunque me cueste reconocerlo, tienes mucha razón en lo que dices. No puedo exponer a mi familia ni a Susana a que padezcan más sufrimientos por mi culpa."
"¡Qué alivio me da escucharte!" Observó su reloj. "Tengo entendido que en unos minutos te presentarás en el teatro rodante."
"Así es. ¿Qué te parece si ves la función?"
"No vayas a tomarlo como un desaire, pero ya es muy tarde, y con todas las familias que pernoctarán en Southampton luego de haber despedido a sus soldados, tengo miedo de no encontrar un lugar donde pasar la noche."
"Descuida, hermano. Anda, vé y busca un hotel antes que tengas que dormir debajo del muelle."
"He dormido al aire libre, como también entre animales y vegetación", dijo Albert mientras daba un último abrazo a su amigo. "Dormir bajo el muelle sería como dormir en un palacio."
"Como quieras… Cuídate, Albert." Terry esbozó una sonrisa aún después de que Albert se diera la vuelta y se marchara. En verdad lo había echado de menos, aún luego de haber percibido su extraña actitud. 'Creíste haberme engañado con esa excusa de que no quieres que nada malo me pase, pero no lo hiciste', pensó, 'y no sabes que he sido yo quien te ha engañado a ti…'
"¿Todo bien por aquí?" Robert Hathaway corrió tras él en cuanto vio desaparecer a Albert entre la multitud. Al ver que Terry no respondía, añadió: "Debemos regresar con nuestros compañeros de inmediato."
Pero Terry no movió siquiera la cabeza para mirarlo; sus ojos se habían desviado hacia el buque de guerra que comenzaba a llenarse de soldados, pues estaba próximo a salir. "Una vez me dije a mí mismo que te protegería, Tarzán pecosa, y hoy no será la excepción…"
"¿De qué estás hablando?", preguntó Robert con exasperación. "¡Apúrate y vámonos, se nos hace tarde!"
"Tienes razón, se nos hace tarde", repitió Terry, volviéndose finalmente hacia Robert. "Se nos hace tarde para buscar la manera en que yo suba a ese barco", dijo, señalando con el dedo índice hacia la embarcación.
Robert levantó las manos al aire. "¡Este no es momento para hacer bromas, Granchester!"
"¿Le parece que estoy bromeando?", inquirió Terry con enojo. "Pues sepa usted que se me ha presentado una situación de extrema urgencia y necesito salir a Italia cuanto antes."
"¿Qué dices?", preguntó Robert alzando la voz más de la cuenta. "¿Y se puede saber qué tienes que hacer allí?"
"Muy sencillo", respondió él con ironía. "¿Recuerdas los votos que hiciste con tu esposa el día que contrajeron matrimonio?"
"Cómo no recordarlo… juré amarla y protegerla en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe."
"Pues eso es precisamente lo que voy a hacer… amar y proteger a la mujer que amo, hasta que la muerte nos separe."
"¿Acaso Susana está en Inglaterra?" Mientras más preguntas formulaba Robert, menos entendía a su protegido.
"¿Y quién está hablando de Susana?" Ante la mirada atónita de Robert, prosiguió con otro asunto de vital importancia: una espina que necesitaba sacar de su corazón, y cuya herida, a pesar de su orgullo y del tiempo transcurrido, no había logrado sanar. "Necesito que antes de que yo suba al barco me hagas un último favor."
"Con excepción de informarle a tu suplente que él hará el papel de Fausto a partir de hoy, no se me ocurre otra cosa que pueda hacer por ti sino despedirte", reclamó su jefe.
"Siento mucho que tenga que ser de esta manera, pero me urge entrar a ese barco. Te prometo que en cuanto regrese me reintegraré a las funciones y nunca más te fallaré."
"Hablaremos de eso más tarde. ¿Qué es eso que querías pedirme?"
Terry extrajo de su bolsillo una de varias hojas de promoción anunciando la obra. "¿Tienes una pluma?" Robert le suministró una, y Terry lo colocó de espaldas a él; y sobre los hombros de Robert, comenzó a escribir una carta por varios minutos, y cuando terminó, depositó la misma en manos de su maestro. "Si vas a Londres los próximos días, hazle llegar esto a mi papá, el duque de Granchester. A pesar de todo, él es mi padre, y merece saber sobre mis planes… y otras cosas más."
"¡No pensarás que es una carta de despedida!"
"Todo es posible en tiempos de guerra. Vamos, acompáñame al barco; sólo tienes que seguirme el juego."
Ambos hombres caminaron entre la gran masa de personas hasta llegar a la escalera de entrada al barco, la cual estaba solitaria; y cuando se disponían a subir, un miembro de la tripulación se interpuso. "¡Está prohibido que pasajeros que no son soldados aborden este barco!"
Terry cruzó las piernas y abrazó su vientre, ante la mirada de asombro de Robert. "¡Déjeme entrar, se lo suplico! Soy Terry Granchester, protagonista de la obra que está a punto de comenzar a sólo unos pasos de aquí, ¡y necesito ir al baño!"
Pero el marino permanecía inmutable. "Reglas son reglas, y no es mi problema que ustedes no cuenten con facilidades sanitarias en sus inmediaciones."
"¡Es que no aguanto más! ¿O prefiere que tenga un accidente aquí, frente a la escalera, por donde pasan tantos soldados?" Se colocó en cuclillas, casi rozando el suelo, y cuando desabotonó su pantalón, el marino se agachó junto a él. "¿Qué está haciendo, joven?"
"¿Qué cree usted? ¡Será mejor hacerlo aquí que en medio del escenario!"
Varias personas que presenciaban la escena comenzaron a reír, y el marino no pudo evitar sonrojarse. "Me está avergonzando, joven…"
"¿Quién está avergonzando a quién?" Esta vez fue Robert quien intervino. "Nosotros venimos con la mejor de nuestras intenciones a presentar un espectáculo de altura para animarlos antes de la batalla, ¿y así es como nos pagan? Lo último que desea hacer mi actor principal es unirse al ejército, y tampoco le interesa cancelar la obra para ir a dar un paseo hacia la destrucción y el caos. ¿Es tan difícil para usted concederle unos minutos para ir al baño?", terminó, ante el estruendoso aplauso de los espectadores.
El marino miró a su alrededor, apenado por la situación que se había creado. Se acercó a Terry y le dijo al oído: "Está bien… tiene cinco minutos, y sólo podrá salir por una escalera trasera que apenas toca el muelle. Nadie, a excepción de los tripulantes, sabe que esa escalera existe; pero si algún extraño lo sorprende, simplemente dígale que estaba perdido."
"Trato hecho", dijo Terry poniéndose de pie; y lanzando una mirada de infinita gratitud a Robert, subió corriendo las escaleras, y en menos de lo que esperaba, ya estaba dentro del barco.
Caminó en puntillas, pues si algún otro marino lo descubría, habría de ser expulsado de la nave con la misma rapidez con la que había entrado. "¿Dónde me escondo?", preguntó en voz baja. Con toda intención, anduvo con sumo cuidado por los rincones más oscuros y solitarios, evitando encontrarse con algún miembro de la tripulación, y esquivando las áreas más concurridas, procurando no ser visto en cada esquina que doblaba, en cada paso que daba… su corazón dio un vuelco de sólo pensar que pudiera ser echado del barco. Entonces, al final de la cubierta, una lámpara cuya luz estaba a punto de extinguirse había dejado ese pequeño y solitario rincón en penumbras, aún bajo el candente sol de la tarde. Terry dio varios pasos adelante, y cuando abrió los ojos con mayor amplitud para adaptarse mejor al sombrío espacio, vio una puerta entreabierta, y al acercarse pudo notar que se trataba de un hueco que apenas tenía cabida para dos personas. Un viejo rótulo leía: PARA EL EQUIPO DE LIMPIEZA, FAVOR DE DIRIGIRSE A LA QUINTA PUERTA, CUBIERTA NUMERO SEIS. Por lo deteriorado del anuncio, Terry dedujo que el compartimento no había sido utilizado en años, y para su suerte, alguien, o algunos, habían tenido el descuido de dejarla abierta. Probó la puerta al frente y atrás, y grande fue su alivio al constatar que tenía cerradura por ambos lados. Sin titubeos, entró al oscuro cuarto, y cerró la puerta tras de sí.
Una enfermera de discretos anteojos y semblante apagado terminaba de dar una última ronda por los alrededores cuando vio la silueta de un hombre sin uniforme entrando al antiguo cuarto de efectos de limpieza, y tomando en sus manos las llaves que llevaba consigo, corrió hacia la puerta para desenmascarar al polizonte. Luego de un par de años arriesgando su vida en el frente de batalla francés, y de unos meses curando espantosas heridas en un hospital londinense, la experimentada enfermera se dirigía a su último destino: Italia. Allí llevaría a cabo la más compleja de sus misiones… cuidar de los soldados contagiados con la gripe asesina, y salir sana y salva del país. Antes de abrir la puerta, la chica apartó un mechón rebelde de su recogido cabello azabache. Cuando al fin lo hizo, ambos jóvenes lanzaron un grito al unísono. "¡Tú!"
A pesar de haberla visto sólo una vez, Terry la reconoció de inmediato. "¡Eres la solterona amargada que nos arruinó la noche a mí y a Candy en aquel hospital de Chicago!"
Flammy Hamilton hizo una mueca de enfado. "Veo que usted no tiene escrúpulos en infringir las reglas… enseguida lo reportaré con el capitán." Iba a darse la vuelta cuando él la detuvo por el brazo. "¡Un momento, señorita envidiosa de sus compañeras! ¿Olvida que por causa suya pasé toda esa noche frente a la entrada del hospital sin haber logrado reunirme con Candy?"
"Para entonces no estaban permitidas las visitas; además, Candy abusó de la confianza que le había brindado su compañera Natalie al haber burlado la guardia que le correspondía, y estuvo toda la noche de paseo por la ciudad."
"¡Ese paseo, como tú dices, lo hizo porque estaba buscándome por todas partes!" Respiró profundo y agregó: "Anda, vé y dile al capitán que ha entrado un polizonte si eso te hace sentir más tranquila; pero si por alguna razón Candy muere en suelo italiano, quiero que lo tengas presente para siempre en tu conciencia."
La enfermera se detuvo, sin poder ocultar su asombro bajo los anticuados anteojos. "¿Candy trabaja en Italia?"
"No exactamente… viaja bajo el engaño de una enemiga del pasado", dijo él, deseando tener a Eliza de frente para darle una bofetada.
Flammy tragó saliva, alarmada ante la arriesgada travesía de la antigua compañera de cuarto que tantos desconciertos le había producido… pero también a quien además apreciaba, no al punto de convertirse en su amiga, pero tenía que admitir que aunque el estilo de trabajo de Candy era muy diferente al suyo, la rubia de coletas hacía una excelente labor, e incluso le había enseñado la más grande de las lecciones, la cual ahora ponía en práctica todos los días: mostrar un lado más humano con los pacientes. ¿Pero por qué Candy no estaba trabajando? Era una pena que no lo hiciera, aunque más penosa era la manera en la que su enamorado viajaba de incógnito en el buque… debía amarla demasiado para haber asumido semejante riesgo. "Vendré todos los días a traerle comida, y en mis ratos libres entablaré una que otra conversación con usted, para que no pierda la costumbre de hablar", dijo con voz áspera, y Terry contuvo los deseos de reír al ver la apretada mandíbula de la joven. "Dios la compensará algún día por su sacrificio, señora", dijo con satisfacción, y Flammy tiró con fuerza la puerta del cuarto.
