Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.

Beta: Isa.


Diosa Oscura

Por Lissa Bryan

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Capítulo 10

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Lo que sea eso que le dio el doctor del barco, era mierda de la buena. Jacob volaba tan alto como un papalote y al parecer completamente despreocupado por la claustrofobia, lo cual era bueno porque esta vez llevaban más tiempo en el contenedor, estarían ahí hasta media noche cuando hubiera menos gente en el patio de almacenamiento de mercancías donde su contenedor sería descargado del barco. El doctor le prometió que el efecto le duraría hasta que salieran, y Jacob parecía ser un campista feliz.

Estaba sentado sobre una manta en el piso con Edward y Bella, ambos trabajando en el español de Bella. Ella había progresado mucho en la última semana y media. Todavía necesitaba práctica para pronunciar ciertas palabras, pero ya había progresado con oraciones cortas.

—Bella quiere hambre —intentó Bella.

—No, no exactamente. No quieres hambre.

Ella lo pensó por un momento.

—¿Bella tiene hambre?

—Muy cerca, pero ¿recuerdas lo que dijimos de usar "Yo" en lugar de tu nombre?

—Yo tengo hambre.

Jacob le sonrió.

—¡Muy bien!

Edward besó su mejilla y los ojos de Bella brillaron por el cumplido.

Edward no hubiera pensado que fuera posible amarla más, pero cada día lo que sentía por ella se hacía más y más fuerte. Anoche ella se había acostado en sus brazos y había dicho su nombre con suavidad. Cuando él la miró, ella tenía una mano sobre su corazón e hizo un gesto como si se lo estuviera dando a él. Él había sentido que su propio corazón se detenía.

—Amor —dijo él suavemente.

—Bella ama Edwurr —respondió ella.

—Y yo te amo a ti. —La besó y se dio cuenta que estaba viviendo el momento más feliz de su vida. Intentó empaparse de cada sensación, cada imagen y cada sonido, porque éste era un recuerdo que querría mantener por siempre. Ella lo amaba. Él no necesitaba nada más para ser el hombre más feliz de la tierra.

Jacob había tenido razón: todo lo que tenía que hacer era ser él mismo. Y milagrosamente, a ella le gustaba él. Incluso aunque a veces él perdía la pista de lo que estaba haciendo y vagaba para ir a escribir en su libreta, o se fascinaba con algún artículo y tenía que desarmarlo para examinar minuciosamente las piezas, a ella parecía no importarle y siempre estaba esperándolo con una sonrisa cuando salía de sus estados de trance a los que a veces entraba cuando la fascinación llegaba a él.

Él le hizo los animalitos de origami que Jacob le había sugerido y también había tenido razón sobre su reacción. Ella estaba emocionada con ellos, especialmente con la pequeña rana que saltaba si presionabas su espalda. A veces ella se sentaba junto a él y lo miraba hacerlos. Había algo muy satisfactorio en darle un regalo que había creado con sus propias manos.

Le hubiera gustado contarle a Jacob de su éxito, pero en la última semana no había visto mucho a Jacob o a Rosalie. En el caso de Jacob, era porque éste le estaba dando espacio y tiempo para que creciera la nueva relación de Edward y Bella. Sólo los visitaba para dejarle platos de comida a Edward antes de irse tan rápidamente como había llegado. Edward no estaba muy seguro acerca de Rosalie. Por lo que él sabía, ella se la había mantenido en su habitación, saliendo sólo para agarrar un plato de comida del comedor y llevárselo a su habitación. Jacob no miró a Edward a los ojos cuando éste le relató la información, así que Edward sospechaba que algo había pasado ahí, algo que ni Jacob ni Rosalie querían discutir.

Rose estaba sentada en la parte trasera del contenedor en una silla de jardín. Una lámpara se balanceaba en el brazo de la silla y aparentemente estaba enfrascada en un libro. Edward pensaba que llevaba horas sin levantar la vista del libro. Una o dos veces vio lágrimas brillando en sus mejillas, debía haber partes tristes en su novela de romance.

Afortunadamente esta vez estaba mucho más fresco el contenedor. Un poco más cálido que frío, pero no lo suficiente para hacerlos sudar. Jacob sacó otra Pepsi de la hielera. Tenía la boca seca y ésa era la tercera que bebía. Edward se preguntó cómo lo haría cuando todo lo que había bebido llegara a su vejiga.

—Soy Bella. Guto-en concerte.

—Gusto… en… conocerte.

Bella repitió las palabras lentamente.

Y de repente, algo salió mal. Muy mal. La puerta del contenedor chilló a causa del metal oxidado cuando la abrieron, pero era demasiado temprano. Los cuatro intercambiaron miradas.

—La jodida Patrulla Fronteriza —suspiró Rosalie—. ¡Uno por ciento de los contenedores! ¡Uno! Y tenían que elegir el nuestro.

Edward abrazó con fuerza a Bella. No iba a dejar que se la llevaran. Si intentaban deportarla, tendrían que enviarlo con ella. ¿Y si los metían a la cárcel? ¿En una cárcel con ventanas? Un frío pinchazo de miedo congeló su estómago mientras pensaba a cuál de sus abogados llamaría.

—¡Ustedes, salgan con las manos en alto! —La orden fue repetida en inglés. Sólo había dos agentes afuera de su contenedor.

—¡Carajo! —susurró Rose.

—Está bien —les aseguró Bella.

Edward llevó a Bella hacia la puerta seguido por Jacob y Rose. Él se bajó primero y luego bajó a Bella. Había un pequeño escalón porque su contenedor había sido puesto sobre lo que parecía ser un montón de paletas de madera.

Uno de los agentes empujó con brusquedad a Jacob contra un costado del contenedor y comenzó a cachearlo en busca de armas. Jake, todavía drogado y feliz, le sonrió, su sonrisa crecía más y más cada vez que el agente lo tocaba. Desconcertado el agente se detuvo de golpe y retrocedió. Se giró hacia Rosalie y comenzó a tocarla.

—¡Oye, no puedes cachearla a ella! —protestó Jacob—. ¡Se supone que debe hacerlo una agente mujer!

—Cállate, cabrón —ladró el agente.

Bella se puso frente al agente que estaba a cargo, que acababa de levantar su radio para pedir refuerzos y lo miró a los ojos.

—Está bien —le dijo ella—. Estamos bien. Tú vete ya.

Él asintió lentamente.

—Nos iremos. ¿Anderson?

—¿Qué? —El segundo agente estaba demorando demasiado en su cacheo a Rose.

Bella atrapó su mirada también, y repitió su orden. Ambos agentes se fueron con expresiones vacías y deslumbradas.

—Pues eso fue interesante —comentó Rose al verlos partir.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Jacob.

—Supongo que llamar a alguien para que venga por nosotros, antes de que alguien más nos encuentre. Tiene que ser alguien a quien no le importe saltarse un poco las leyes.

—Emmett —dijo Jacob de inmediato y sacó su celular.


Regresaron al contenedor y cerraron la puerta detrás de ellos. No podían ponerle el seguro por dentro, claro. Puede que Bella sí pudiera, pero Edward decidió que demasiadas cosas podían salir mal con ese plan. Se sentaron a esperar; estaban tensos y saltaban ante cualquier mínimo ruido que escuchaban. Con un fuerte sonido metálico y un crujido, la puerta se abrió y la luz de una linterna los golpeó. Edward parpadeó e intentó taparse los ojos, pero no pudo distinguir a la figura que estaba de pie ahí.

—Emmett, estúpido, apaga la linterna —espetó Jacob.

—¡Oh! Lo siento —respondió Emmett. Apuntó la linterna hacia el piso y Edward pudo distinguir su grande figura en la entrada.

Edward ayudó a Bella a ponerse de pie y caminó con ella hacia la puerta agarrados de la mano. Emmett se le quedó viendo porque nunca había visto a Edward tocar a una chica frente a otros.

—Hola Edward —le dijo, parpadeando—. ¿Quién es ella?

—Bella Cullen, mi esposa —dijo Edward con orgullo en su voz. Le sonrió y ella le regresó la sonrisa. Él no pudo contenerse de besar esos labios sonrientes.

—¿Bella Cullen?

—Emmett, ¿podrías moverte, por Dios? —refunfuñó Jacob—. Llevamos horas atrapados aquí y tengo que hacer del baño.

—¡Lo siento! —repitió Emmett y retrocedió. Jacob se bajó frente al contenedor y corrió hacia un lado. Todos escucharon su suspiro de alivio.

Rosalie estiró una esbelta mano blanca para que la ayudaran a bajar del contenedor y en cuanto Emmett la vio, puso la expresión de alguien que fue golpeado entre los ojos con una tabla. Todo su rostro se aflojó y abrió los ojos como platos. La ayudó a bajar y su mano se quedó en el brazo de ella.

Rose pareció no darse cuenta.

—¿Dónde está nuestro carro? —preguntó.

Emmett tuvo que tragar un par de veces antes de recuperar el poder del habla.

—Por acá.

—¿En qué vienes? —le preguntó Jacob cuando regresó con ellos. Aceptó el paquete de toallitas húmedas que le dio Rosalie y le agradeció.

—En la Van de papá.

—¿Qué? ¿Ese pedazo de mierda?

—Carnal, me llamaste a media noche para decirme que te recogiera en un patio de embarque, y que traías otras tres personas contigo. No iban a caber todos en mi Rabbit. ¿Qué otra opción tenía?

—¿Acaso sabes cómo manejar esa cosa? —Todos los controles del vehículo estaban en el volante. El papá de Jacob estaba parapléjico, debido a un accidente que sufrió estando borracho hace dos décadas. Edward estaba bastante seguro que seguía conduciendo ebrio simplemente porque nunca había visto sobrio a Billy Black. Afortunadamente su capacidad para manejar estaba limitada ya que era discapacitado, no tenía un trabajo a donde ir y siempre decía que no tenía para pagar la gasolina. (Y Jacob era conocido por quitarle silenciosamente las bujías si de repente Billy tenía la inclinación de ir a algún lugar.)

—Claro. He recogido a papá un par de veces cuando estaba… —Emmett cerró la boca rápidamente viéndose avergonzado, como si el problema con la bebida de Billy Black no fuera de conocimiento popular.

Él los guió por el terreno oscurecido hacia la Van de Billy, que le faltaban como dos años para poder aplicar por placas "clásicas". Era de color gris pálido con rayas azul oscuro en los costados. Flores oxidadas adornaban la parte inferior del vehículo. Abrió la puerta corrediza de un costado, revelando la rampa para la silla de ruedas de Billy. Edward y Bella se apretaron detrás de ésta, y se sentaron en el asiento de atrás que había sido reparado en varios lugares con cinta adhesiva. Una revista Playboy sobresalía de la bolsa del asiento de enfrente. (Edward no quería especular la razón de por qué estuviera ahí.) Bella la sacó de la bolsa y comenzó a estudiar las fotos de mujeres desnudas con una arrebatada fascinación.

—Hola, soy Emmett. —Emmett estiró la mano y Rosalie la sacudió brevemente.

—Rosalie —dijo con voz cortante.

—Gusto en conocerte, Rosalie.

—Soy Bella. Gusto… en… conocerte —recitó Bella para después volver a ver a las mujeres desnudas.

—¿Tienes hambre? Quizá podamos ir a comer…

—No, gracias —lo interrumpió Rosalie—. Sólo necesito ir al aeropuerto, gracias.

—¿Aeropuerto? ¿Te vas? —Emmett se veía deprimido.

—No tengo razón para quedarme. —Rosalie se sentó frente a Edward y Bella, y sacó su iPhone.

Emmett le lanzó a Jacob una mirada suplicante. Jacob suspiró internamente pero dijo:

—No te vayas todavía, Rosalie. Puede que necesitemos tu ayuda.

Ella lo miró fríamente.

—No puedo imaginar para qué.

—No sé. Puede que ella necesite un historial dental o esas mierdas. Sólo no te vayas todavía, ¿sí?

Rosalie suspiró.

—Bien. Pero tú vas a pagar mi hotel.

—Suena justo.

Ella sonrió.

—Espera a que te llegue la cuenta.

Emmett se subió detrás del volante y Jacob se acomodó en el asiento del copiloto.

—¿A dónde primero, hermano?

—Llévame a mi apartamento y puedes dejar a Rosalie en el Hilton cuando vayamos de camino a los suburbios.

—¿Está bien el Hilton para ti, Rosalie? —preguntó Emmett al encender la Van. Tosió y se sacudió como un perro viejo intentando secar su pelaje. Bella soltó un gritito de emoción cuando saltó.

—Bien —respondió ella. Su atención seguía pegada al teléfono que tenía en manos.

Salieron hacia la carretera. La Van comenzó a vibrar alarmantemente cuando aceleraron al máximo que se podía en carretera.

—¿Alguien tiene hambre? —preguntó Emmett alzando la voz para ser escuchado sobre el traqueteo. Nadie respondió, pero en realidad la pregunta iba dirigida a Rosalie. Emmett lo intentó de nuevo—. Y bien, Rosalie, ¿trabajas en la universidad? —dijo mirando por el retrovisor.

—No exactamente. —Rosalie estaba enfrascada revisando su correo electrónico y su tono fue ausente.

—¡Jesucristo, Emmett, mira la carretera! —gritó Jacob.

La Van iba a mitad de la carretera y se dirigía a la zanja que corría a lo largo de ésta. Instintivamente Emmett pisó buscando un freno que no estaba ahí y giró el volante con fuerza hacia la izquierda, lo cual los llevó directo frente a una SUV que venía en el carril contrario. La brillante mirada de las luces llenó la Van.

Todos gritaron. La Van se ladeó sobre dos llantas cuando Emmett giró el volante en dirección contraria, esquivando la SUV por milímetros. El conductor de la SUV expresó su indignación por el incidente tocando su bocina. Su tono subió y bajó mientras relampagueaba y Edward pensó soñadoramente, El efecto doppler.

Todos gritaron cuando la camioneta se ladeó, las llantas echaron humo y chirriaron, inclinándose en vertiginosos círculos a través de la carretera durante un momento infinito. Finalmente Emmett recordó que el freno estaba en el volante, por lo que frenó y la camioneta se detuvo con un golpe tembloroso.

En el repentino silencio los jadeos de pánico en busca de aire fueron muy ruidosos.

—¡Más! —gritó Bella y aplaudió—. ¡Más!

—Toma, Bella, ve a las damas desnudas —dijo Edward y le dio la Playboy.

—A la chingada, eso estuvo cerca —jadeó Jacob—. Creo que eso califica como una Experiencia Cercana a la Muerte.

—Sí —dijo Emmett y apagó la camioneta—. Y yo acabo de tener una de esas pifanias.

—Er… ¿qué?

—Epifanía —dijo Edward.

—Maneja tú. —Le dijo Emmett a Jacob, se bajó de la camioneta y le dio la vuelta hacia la puerta deslizante. Entró, y apenas pudo meter su enorme figura sobre la rampa para la silla de ruedas para dejarse caer junto a Rosalie—. ¿Quieres salir conmigo?

—Sí, claro —dijo Rosalie débilmente. Sus ojos se veían como platos y deslumbrados.

—Increíble. —Emmett se recargó en su asiento, cruzó los brazos sobre su pecho y sonrió.


Dicen que la definición de locura es intentar la misma cosa una y otra vez esperando resultados diferentes. Jacob miraba estúpidamente su llave. Su mente confirmó que sí, era la llave de su apartamento. Miró la puerta y confirmó que sí, era el número de su apartamento.

Pero la llave no giraba en el pomo.

No tiene lógica, dijo su cerebro.

Levantó la vista y vio a la encargada caminando por el pasillo.

—¡Señora Cope! Me alegra verla. Mi llave no funciona.

—No funciona porque lo desalojamos —le informó ella. Cruzó los brazos sobre su protuberante pecho y le lanzó dagas con la mirada. En una mano sostenía un plumero como si fuera un cetro real.

—¿Pagaste la renta? —le susurró Edward.

—Todavía debe seguir descontándose automáticamente —dijo Jacob perplejo.

—No es la renta —espetó la señora Cope—. Estos apartamentos son únicamente para estudiantes y profesorado de la universidad.

—Yo soy un profesor —protestó Jacob—. Por el momento estoy en baja administrativa, pero sigo siendo profesor.

—¡Lo despedirán pronto! —espetó ella—. Todos saben lo que le hizo a la señorita Mallory, esa pobrecita chica dulce, ¡dejó que la culpara por su trabajo de pacotilla! Ella podría perder su trabajo por culpa de usted.

—Jake, quizá deberíamos irnos —dijo Edward.

—¿Qué hay de mis cosas? —En realidad tenía muy pocas cosas de valor. La única cosa que de verdad le importaba era la navaja de caza que le había dado su abuelo. Iba a estar muy molesto si le había pasado algo a eso.

—Sus… pertenencias están en el sótano. Excepto su colchón inmundo, ése lo tiré. —Los ojos de ella lo retaban a discutir, y él sí que lo consideró porque no había nada de malo con el colchón, a menos de que se refiriera a pijos invisibles de putas o algo así. Pero Jacob sacudió la cabeza y decidió que no tenía caso hacerlo.

Bajaron las escaleras detrás de ella hacia el sótano húmedo y oscuro. Ella señaló un montón patéticamente pequeño de cajas que tenían escrito el número "201" en un lado; era como si ni siquiera pudiera soportar decir su nombre. Edward y Jacob agarraron una cada uno. Habían sido mal empacadas y estaban muy pesadas. La señora Cope, Reina de las Venganzas Sutiles. Bella agarró dos cajas y le sonrió dulcemente a la señora Cope cuando pasaron.

—¡Gacias! —Y al menos la señora Cope tuvo la decencia de verse avergonzada.

—¿Qué demonios? —preguntó Emmett cuando salieron con las cajas. Se suponía que Edward y Bella se iban a despedir, no ayudarlo a mudarse. Bella le pasó las cajas a Emmett y él se tambaleó por el peso—. ¿Y tus muebles? —dijo Emmett al meter las cajas por la puertas que estaban abiertas en la parte trasera de la Van.

Jacob no dijo nada.

—Vamos, hombre, ¿dónde están el resto de tus cosas? —dijo Edward.

—No tenía ningún mueble —dijo Jacob y su cara ardió—. No reemplacé las cosas después de que tú te saliste.

—¿Por qué no me dijiste? En primer lugar no sé por qué Tanya insistió en que nos lo lleváramos viendo que ella ni siquiera quería esas cosas. Pude haber…

—No es para tanto. Olvídalo. —Jacob dejó su caja sobre las otras y todos se metieron—. Llevemos a Rose a su hotel y después podremos…

—Oh no —dijo Rosalie—. Este show empieza a mejorar. ¿Tienes habitación para invitados, Edward?

—Sí.

—Entonces me quedaré ahí esta noche, si te parece.

—Está bien.

Edward buscó en su cartera y sacó su tarjeta de acceso cuando Emmett llegó al portón. Metió la tarjeta en la ranura y la luz verde se prendió antes de que el portón de hierro forjado comenzara a retroceder. Tenían la forma de vainas y hojas, y él intentó convencer a Tanya de que poner una enrome "C" de oro en medio de cada una era muy estrafalario, pero ella no le hizo caso.

Emmett estacionó la vieja Van frente a la puerta y la apagó. Murió con un temblor y un exhalo.

—¡So fue divertido! —declaró Bella y palmeó la Van al salir de ella. Edward agarró su mano con una sonrisa y dejó un beso en ella.

—Bienvenido a casa, señor Cullen —dijo Felix, el administrador de su casa (Edward odiaba la palabra "mayordomo") cuando abrió la puerta. Edward no se sorprendió al encontrarlo despierto y cumpliendo su deber. Felix parecía no dormir nunca y daba la impresión de que tener un sexto sentido para saber cuándo sería necesitado.

—Buenas tardes, Felix, ¿cómo estás?

—Muy bien, señor. ¿Tendremos huéspedes para la noche?

—Sí, así que por favor, nece…

—¡DÓNDE HAS ESTADO! —gritó Tanya.

Edward saltó sorprendido y se giró para ver las escaleras. Tanya bajaba las escaleras dando pisotones tan fuertes que sus escuálidos tacones de diseñador estaban en peligro de romperse. Su perrito bajaba saltando por las escaleras junto a ella y le ladró a su némesis.

Edward le lanzó dagas con la mirada a Noodles y dijo:

—Tanya, ¿qué estás haciendo aquí?

—¿A qué te refieres? ¡Vivo aquí! —Tanya entrecerró los ojos con malicia al ver a Jacob antes de mirar a las otras dos personas de pie junto a la puerta y después notar a Edward y a Bella con las manos agarradas—. ¿Quién es ella?

—Oh, esto se va a poner bueno —dijo Jacob frotándose las manos.

—¿Qué demonios está pasando, Edward? —Noodles olfateó a Bella y ladró alarmado. Rose le había dicho a Edward que los perros odiaban a los vampiros—. ¡Cállate! —gritó Tanya, pero el perro sólo ladró más fuerte, si es que esos grititos chillones podían ser considerados un ladrido. Bella miró mal al perro y éste se quedó callado, para luego esconderse detrás de los pies de Tanya.

—Eso mismo me pregunto yo. Rompiste nuestro compromiso, dijiste que no esperara verte aquí cuando regresara a casa.

—Oh, no lo decía en serio y lo sabes —dijo Tanya quitándole importancia—. ¿Quién es esta chica, Edward, y por qué agarras su mano?

—Es mi esposa, Isabella Cullen.

Tanya no se movió por un largo momento, ni siquiera parpadeo. No parecía estar respirando.

—¿Qué? —dijo tranquilamente.

—Mi esposa. Nos casamos en Catalupa.

Tanya palideció, se veía blanca bajo sus capas de bronceado en spray y cosméticos, y se tambaleó en sus delgados tacones. Recuperó el balance y la pose (si es que a eso se le podía llamar así).

—No seas ridículo, Edward. Tú no harías algo así.

—Pero lo hice.

—¡Tengo fotos de la boda! —dijo Jacob alegremente, y sacó una de su cartera para dársela—. Puedes quedarte con ésa —le dijo Jacob—. Tengo más copias.

Tanya miró la fotografía. Parpadeó. Miró.

—Esto no es divertido, Edward.

—No es una broma, Tanya. Tú rompiste nuestro compromiso antes de que me fuera, y encontré a alguien más.

—Eso no es posible —argumentó ella.

—¿Que haya encontrado a alguien nuevo? —dijo Rose—. Lo dudo. Se ve lindo cuando se sonroja.

—Nadie te lo preguntó, perra —espetó Tanya.

Rose se lanzó hacia ella y Jacob la atrapó de la cintura, girándola para que quedara detrás de él.

—Calma, no debemos manchar de sangre los brillosos pisos de Felix.

Felix pareció considerar este hecho y luego se encogió un poco de hombros.

Tanya cambió de táctica. Le dio a Edward su sonrisa engatusadora, la que siempre lo convencía de comprar lujos excesivamente caros, de perdonarle sus "indiscreciones" y de repente él se dio cuenta que ella de verdad creía que se sentía conmovido por ella.

—Escucha, cariño, está bien. Podemos arreglarlo. Lo anularemos y podrás mandarla de regreso al lugar de donde vino, y todo volverá a la normalidad. —Ella levantó la mano para acunar su mejilla y fue entonces cuando Bella se enojó.

¡EDWURR MÍO! —gritó y golpeó a Tanya con su poder. Tiró a Tanya de sus escuálidos taconcitos haciéndola caer sobre su trasero. Saltó y se deslizó por el piso de mármol hasta el vestíbulo. Bella dio un pisotón y señaló la puerta—. ¡Vete! ¡Vete y no vuelvas! —Ella movió su mirada hacia el perrito, que estaba en medio del piso, y se veía tan asombrado como su dueña. El perro se deslizó por el piso hasta que topó con el muslo de Tanya.

Tanya la miró, y su mandíbula se abrió hasta que su boca se transformó en una mueca de asombro.

—Su bolsa, señorita —dijo Felix, que había agarrado la bolsa del aparador, y la soltó en el regazo de Tanya.

Tanya se puso de pie, pero Felix le bloqueó el paso al vestíbulo interior.

—Lo siento, señorita, pero la señora de la casa dejó en claro que su presencia no es bienvenida. —Y con eso, le cerró la puerta a Tanya en la cara.


—¿Ya se fue? —le preguntó Edward a Felix cuando éste trajo bebidas para los viajeros cansados.

—No, señor Cullen. Sigue sentada enfrente, dentro de su carro y llorando. ¿Llamo a la policía para que la escolten fuera de la propiedad?

Edward suspiró.

—No. Se cansará en algún momento.

El timbre sonó.

—Con su permiso, señor.

—¿Quién podrá ser a esta inapropiada hora? —se preguntó Edward. No tuvo que esperar mucho para descubrirlo. Esme Masen Cullen navegó a través de la puerta hacia el salón. Incluso a media noche estaba perfectamente vestida. Su cabello estaba agarrado en un suave chongo a la altura de su nuca y su maquillaje era suave y sutil. El vestido que usaba tenía un abrigo a juego, el cual debió haberse negado a entregar a Felix cuando entró.

—¡Edward! —sonrió cálidamente y abrió sus brazos. Él se acercó para abrazarla.

—Hola madre.

—Buenas noches, señora Cullen —dijo Jacob amablemente. Ella le sonrió y dijo algo sobre alegrarle verlo de nuevo. Perfectamente correcta, perfectamente educada y tan insincera como lágrimas de cocodrilo. Aceptó las manos de Rose y Emmett con la misma cortesía, siempre la dama, incluso en situaciones extrañas con personas que no le agradaban. Se giró de regreso a su hijo.

—Me alegra tanto que estén en casa —dijo intentando, como siempre, peinar su indomable cabello—. Ahora, ¿qué está pasando? Recibí una llamada de emergencia por parte de Tanya, y me contó una extraña historia de que la echaste a la calle a mitad de la noche porque trajiste a una… Bueno, no usaré el epíteto racial que ella utilizó, pero que trajiste una chica de Catalupa que dices es tu esposa.

Edward respiró profundamente.

—Sí, madre, me casé. Y no esperaba que Tanya estuviera aquí porque ella rompió nuestro compromiso antes de irme.

—¿Cuántas veces te ha dicho eso antes?

—Seis o siete, creo —admitió Edward.

—Oh, Edward. —Esme peinó su cabello de nuevo y sonrió tristemente—. ¿Por qué esta vez sí te la tomaste en serio?

De hecho, ¿por qué ahora sí? Tal vez porque él quería que fuera cierto. Se sonrojó y no contestó, sus ojos estaban pegados a la punta de sus zapatos.

—¿En qué tipo de problema te metiste ahora? —suspiró Esme.

—En realidad no es ningún problema. —Él escuchó un sonido y levantó la vista para ver a Bella bajar las escaleras; al parecer regresaba de su entusiasta exploración de la casa. Detrás de ella venía Felix, que tenía una enorme sonrisa tonta en el rostro, obviamente encantado por ella.

Ella llegó al último escalón de las escaleras al mismo tiempo que Esme. Estiró la mano y dijo con una perfecta precisión:

—Soy Bella. Gusto en conocerte.

Esme atrapó su mano en las suyas y se giró hacia Edward. Lágrimas bajaban por sus mejillas.

—Oh, Edward —susurró—. Ella es exactamente el tipo de chica con la que siempre esperé que te casaras.


Las invito a pasar por un nuevo OS que subí ayer, se llama "Superhéroes y Segundas Oportunidades".

Espero que les haya gustado, y disculpen la larga espera.

¡Gracias por sus comentarios! ^^

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