Corazón Salvaje
X
Gale estaba frustrado por no encontrar a Prim en casa, tenía muchas ansias de verla después de su viaje, pero en su lugar halló a su hermana mayor, una mujer con unos bellísimos y expresivos ojos grises que, a pesar de su indumentaria, lucía indudablemente hermosa. En cualquier caso, lo que más le había impactado de aquella mujer era su carácter, para ser una novicia tenía un temperamento muy fuerte.
Aún estaba muy molesto, pero se daba cuenta de que, si veía las cosas desde la perspectiva de su malgeniada cuñada, se merecía totalmente el recibimiento que ella le dedicó, él había entrado sin llamar a una casa que no era la suya y la joven novicia de ninguna manera lo recibiría con los brazos abiertos, aun si Prim ya les hubiera hablado a ella y a su madre sobre la relación que mantenían. Sin embargo, la futura monja no tenía por qué estar en ese cuarto. Es más, ni siquiera debería estar en esa casa sino en el convento.
Posiblemente al siguiente día podría encontrarse con Prim, eso era todo lo que necesitaba para serenarse. Si la veía y podía pasar unas horas con ella, todo aquel embrollo quedaría en el pasado incluyendo el reclamo de esos bellos ojos.
Se dirigió entonces a la casa de su amigo Noel Undersee, con afán de buscar solución a la situación de Annie. Al llegar arremetió contra la puerta con impaciencia, descargando parte de su frustración con las aldabas, sobresaltando al notario, que ya se disponía a retirarse a sus habitaciones.
—Ya voy. ¡Ya voy! ¿Quién es? —Inmediatamente Gale se identifica y el notario abre la puerta. —¿Qué horas son estas de venir? —cuestiona con cierto deje de mal humor.
—No es tan tarde —replica el pirata, en actitud displicente.
—Pues, para mí sí, ya sabes que me retiro temprano.
—Si quiere regreso mañana —propone un tanto arrepentido Gale, definitivamente no estaba teniendo ningún tacto aquella noche.
—No, no. Pasa y siéntate —le invita Noel, dejando de lado la molestia inicial—. ¿Cómo has estado? Hace tiempo que no te veía. ¡No me digas que estás metido en algún lío!
—Acabo de llegar de viaje y de hecho me fue bastante bien —comenta el joven mientras se sienta cómodamente en un sillón.
—¿Contrabando, otra vez? —pregunta Noel, siendo conocedor de la respuesta que le dará aquel chico al que tanto afecto le ha tomado con el correr de los años.
—¿Qué más me queda? —le pregunta de vuelta Gale, encogiéndose de hombros.
—Eso lo hemos discutido muchas veces, Gale.
—Y nunca hemos estado de acuerdo —sentencia el joven, negándose a volver a presentar sus alegatos, en aquella cuestión no iban a coincidir jamás.
—Uno de estos días te van a aprehender, muchacho —insiste el notario—. Deberías de cambiar de vida mientras aún estás a tiempo.
—¿Y meterme de criado? Es el único trabajo "decente" al que puede aspirar alguien como yo.
—Ya te dije que puedo darte mi apellido.
—Y de nuevo le agradezco su gesto, pero el día en que tome un apellido será el que me corresponde.
—Sabes que eso nunca sucederá.
—La palabra nunca no existe en mi vocabulario.
—Eres demasiado orgulloso, Gale —apunta Noel, señalando lo evidente.
—Es el orgullo de los Mellark, algo debí de heredar de ese perro que fue mi padre. Me dijeron que Peeta ya regresó, no debe importarle mucho su hacienda si la abandonó durante tantos años.
—Ha estado instruyéndose, viajando… y tengo entendido que Campo Real marcha muy bien, doña Sophie ha resultado ser una magnífica administradora.
—¡Querrá decir esclavista! Todo el mundo sabe que abona sus cosechas con la sangre de los peones.
—Tal vez con Peeta todo eso cambie…
—¿Peeta? —cuestiona en medio de una carcajada sarcástica—Si sigue siendo el miedoso que conocí dudo mucho que tenga agallas para imponerse a su santa madre. Pero no vine a hablar de eso sino a pedirle un favor muy importante para mí: Hace unos años acogí a una huérfana, se llama Annie, y por lo pronto vive en la cantina de Chaff, quiero sacarla de ahí, y necesito su ayuda para colocarla de criada en alguna casa decente.
Prim y su madre llegaron puntuales a la cita con sus parientes ricos, poca idea tenía la joven amante de Gale del Diablo de lo decisiva que sería aquella noche en su vida. Sophie y Peeta las recibieron con sumo entusiasmo, incluso, tras las cortesías tradicionales, la señora Mellark preguntó por su otra sobrina, la joven y futura novicia, la exprometida de Peeta: Katniss. Aquello le pareció a Katherine una grosería y una falta de delicadeza, pero haciendo alarde de su exquisita educación respondió que en efecto su hija mayor había ido de visita a casa, pero que había preferido no salir aquella noche.
La cena aún no estaba lista, por lo que Peeta, ansioso y sin poder contenerse más, le pide a su tía permiso para que Prim le acompañe al despacho. La viuda condesa ya sospecha sus intenciones pero, a ciencia cierta, nada puede hacer para retrasar más aquella situación, así que concede el permiso y aguarda a que los jóvenes desaparezcan de la estancia para cuestionar a su prima, con la misma angustia que le atenaza el pecho desde la hora en que, en aquella misma sala, Sophie le comunicara que Peeta rompía su compromiso con Katniss.
—¿A qué se debe la invitación? ¡No me digas que Peeta ya va a pedir la mano de Prim!
—No se ha podido retrasar más. Y como bien dice Peeta, si todos creen que la decisión de romper el compromiso fue de Katniss, él está en su derecho de buscarse otra novia.
—Por supuesto, pero Katniss se va a sentir terriblemente humillada al saber que Peeta la ha cambiado por su hermana.
—¿Y qué podemos hacer? —Cuestiona Sophie, restándole importancia.
—¡Pues esperar un poco más! — Clama Katherine, perdiendo su acostumbrada actitud comedida.
—¿Y crees que no intenté convencerlo? —replica la otra, empezando a impacientarse por la actitud de su prima, al fin de cuentas una de sus hijas entraría a la familia Mellark, con todo el prestigio y la comodidad que aquello representaba también para las otras dos mujeres Everdeen. ¡Qué malagradecida estaba resultando! — Pero no quiere, dice que está muy enamorado. Lo único que nos queda por hacer es no hablar con nadie de esto. Y tú pídele a Prim que no le diga nada a Katniss. Por lo menos por un tiempo. Ya Katherine, no seas tan dramática, a tu hija se le pasará.
En el elegante y sobrio despacho de aquella casona, Prim toma asiento guardando las debidas distancias del joven y apuesto Peeta Mellark. Está intrigada y también algo nerviosa, pero nada en comparación con Peeta. Él ha ido a buscar un pequeño estuche que reposaba sobre el escritorio y se acerca a la mujer que ha escogido para ser su esposa, parece orbitar alrededor de ella antes de postrarse de rodillas y tenderle el estuche.
—Le traje un obsequio.
—¿A mí? —cuestiona, extrañada. Luego, al ver el bello anillo, de plata con un enorme zafiro orlado de diminutos diamantes, en el interior de la pequeña caja solo atina a exclamar: —Es hermosísimo… —pero, finalmente, se obliga a rechazarlo— sólo que no…
—Prim… —la interrumpe suavemente, sin separar un instante sus ojos del rostro de aquella hermosa mujer que le ha subyugado por completo— dudo que no se haya dado cuenta de lo que siento por usted.
—Pero es que…
—Entiendo su desconcierto —continúa explicándole—, pero cuando mi mamá me hizo aquel compromiso con su hermana yo apenas era un niño.
—Entonces… ¿Fue usted quien rompió el compromiso?
—No exactamente, la verdad para mí nunca existió. Y cuando la conocí a usted en Capitol City me enamoré perdidamente y quiero hacerla mi esposa. ¿Por qué no me contesta? ¿Acaso no siente nada por mí?
—No lo puedo creer.
—¿Quiere pensarlo unos días? —Insiste, cada vez más nervioso.
—No, es decir, usted me agrada mucho… pero, me preocupa la reacción de Katniss —surrurra, haciendo uso de toda su gracia, escondiendo tras sus párpados el azul intenso de sus irises.
—Yo también me siento incómodo, pero no podemos culparnos por como sucedieron las cosas. Además, si su hermana le dijo que fue ella quien rompió el compromiso, usted no tiene por qué decirle que está enterada de la verdad.
—Eso sí.
—Por favor, siquiera deme una esperanza. Diga algo.
—Está bien, Peeta. Acepto.
—¿Puedo pedirle algo más?
—¿Qué?
—Me gustaría que nos tuteáramos...
Ya en su cuarto, Katniss intentaba controlar sus nervios. ¿Realmente había sucedido? Ahora que aquel hombre se había ido, ella había dejado escapar la tensión reprimida y sentía el impulso de llorar y gritar para liberarse. Estrujándose las manos, tomó su libro de oraciones y se arrodilló ante la imagen de la Virgen que reinaba en la habitación.
No supo cuánto tiempo estuvo rezando, pero una vez que decidió hablar con Prim se sintió un poco más serena. Su hermana no podía tener ese tipo de relaciones. No sabía qué pensar, era mejor descansar un poco y esperar el regreso de su madre y su hermana. Lentamente se puso su camisón y se acostó, determinada a no dormirse, escuchar la llegada de su familia y hablar cuanto antes con Primrose; pero casi sin darse cuenta, Katniss cayó en un sueño inquietante y perturbador, en el cual Peeta se apoderaba nuevamente de su vida, su mundo, su cama…
Estaban en la alcoba nupcial, ataviados para ir a la cama, tiernamente, el hacendado bajaba el tirante de su camisón y comenzaba a besar su hombro. Ella se estremecía, enamorada y entregada, cerraba los ojos y, correspondiendo sus besos, comenzaba a acariciar el cabello de Peeta, su nuca y a abrazarlo, poco a poco los besos se volvían más apasionados e intensos; Peeta soltó su cabello y sus largo rizos castaños se derramaron a lo largo su espalda, mientras ella con ternura y timidez acariciaba los cabellos de él y los sentía entre sus dedos…
Súbitamente Katniss despertó inquieta y terriblemente mortificada. ¿Cómo podía continuar teniendo aquellos sueños? Hasta el momento había tenido algunas dificultades para tolerar aquellos sueños prohibidos, pero ahora… ahora, que estaba decidida a convertirse en religiosa, esto era mucho peor, no era apropiado que una novicia tuviera ese tipo de sueños, y aunque sabía que no podía controlarlos, trataba de excusarse frente a sí misma diciéndose que el recién roto compromiso le alteraba todavía mucho, sobre todo después de haber visto a Peeta aquella misma tarde. Y lo que le resultaba aún más doloroso era que aquellos sueños ya nunca se plasmarían en la realidad.
La chica se levantó de la cama, decidida a buscar a Prim de inmediato, seguramente su familia ya había llegado y ella, ocupada con sus inapropiados sueños, no las había escuchado. Lo mejor era concluir con su deber respecto a su familia, hablar con su hermana, ¡aclarar todo ese asunto de una buena vez! Y regresar al convento, sólo allí podría recobrar la paz.
Peeta ha llevado en su más suntuoso carruaje a su prometida y su futura suegra hasta la casa de estas, aún quedan rescoldos de la abrupta tormenta que azotara la isla unas horas atrás, una vez allí dejándolas sanas y salvas ante el portal, le pide a Katherine su autorización para visitar al día siguiente a Primrose, y es aún mayor su dicha al escuchar el sí de su respuesta, se despiden y una vez dentro de casa Prim con un aire soñador murmura para sí misma:
—No puedo creerlo.
—Has tenido suerte, hija —le señala Katherine, sonriéndole, para luego prevenirle— pero, por lo que más quieras, no le digas nada a tu hermana.
—¡Eso me parece una tontería! —replica Prim, resentida porque tanto su madre como su hermana le habían mentido— Fue ella la que rompió el compromiso, no puede pretender que Peeta se quede para vestir santos.
—Fue una decisión que tomamos Sophie y yo, además Peeta estuvo de acuerdo. No quiero seguir discutiéndolo. Estoy muy cansada y me voy a acostar. Buenas noches.
Primrose se dirige a su alcoba y se lleva una desagradable sorpresa al hallarla todavía desordenada, sin embargo refrena su súbito mal humor, todo aquel desbarajuste carece de importancia, el peso de la sortija en su dedo, el brillo de aquellas valiosas gemas, el compromiso que ahora ha asumido de casarse con Peeta, es lo que verdaderamente importa. Se retira el anillo justo en el momento en que Katniss ingresa a su habitación.
—No recogiste mi alcoba —Le reclama apenas la ve.
—Estaba haciéndolo, pero…
—Pero tu caridad cristiana no incluye a tu hermana. ¿Verdad? —Le interrumpe, con una ironía y un sarcasmo fruto de todo lo que aquella noche le había sido revelado.
—Te digo que estaba haciéndolo cuando de pronto por esa puerta entró un individuo buscándote. ¿Tú que tienes que ver con ese delincuente al que llaman Gale del Diablo?
Prim se sorprende, al punto de perder la actitud beligerante de unos instantes atrás, y sin ninguna precaución se atreve a preguntarle:
—¿Gale estuvo aquí?
—Sí. Entró en esta habitación, llamándote por tu nombre… y veo que no te extraña.
—Es un hombre que no anda bien de la cabeza —trata de corregir su desliz rápidamente—, un marinero que a veces me vende pescado.
—Tengo mucho más tiempo de vivir aquí que tú y Gale del Diablo no es precisamente un marinero que vende pescado —señala Katniss, molestísima con su hermana, pues era evidente que estaba mintiendo y si estaba haciéndolo era porque tenía algo que ocultar—, es un hombre horrible, contrabandista, malhechor…
—¿En serio? —Se hace la extrañada.
—¿Eres o te haces?
—Mira, hermanita —replica Prim, retomando su ataque inicial—, no estoy dispuesta a soportar tus regaños ni tus sarcasmos. Conocí a ese infeliz en la playa y he cruzado algunas palabras con él. ¿O qué? ¿Ni siquiera puedo hablar con la gente?
—¿Crees que soy tonta? Tuvo que haber más que unas palabras para que ese insolente se atreviera a buscarte en tu recámara de noche, y encima a dejarte un recado: "dígale a Prim que la busqué…"
—Lo que te digo, está medio loco.
—Loco o no, te advierto una cosa, si en Capitol City te has acostumbrado a coquetear hasta con las piedras, aquí no se te va a consentir. No vas a darle un disgusto a mi madre, mucho menos a ensuciar el buen nombre de nuestra familia.
Katniss se vuelve y sale de la habitación, sin darle oportunidad a Prim de agregar nada más, pero la más joven le dedica un par de insultos:
—¡Mustia! ¡Hipócrita!
Prim Everdeen ha cruzado el jardín, tensa, ardiente, indiferente a las ráfagas de viento, a las gotas de lluvia que de cuando en cuando golpean con violencia sus dorados cabellos, oscureciéndolos, su frente despejada, sus mejillas pálidas de deseo, sus labios ávidos y sensuales, impacientes.
Con prisa y descuido se dirige hasta la cabaña de Gale, corre, porque a pesar de lo que ha prometido aquella noche, no puede sino alegrarse del regreso del pirata. Y lo desea, desea permanecer a su lado una noche más, sin tener que pensar en más nada… en nadie más que en su fiero amante pirata.
Apenas lo ve apura más el paso y grita su nombre. Él se gira, gratamente sorprendido, la estrecha en un abrazo brutal, y la besa en los labios, igual de trémulo y anhelante...
—¡Al fin! Desde ayer te esperaba, Gale. ¿Qué hacías? ¿Dónde estabas? —indaga Prim.
—En el mar... Llegué, contra todos los vientos, estuve cien veces a punto de estrellar el barco por entrar esta noche, con semejante tormenta pero, al ir a buscarte, no te encontré.
—Mamá me obligó a acompañarla a una cena. De todos modos, te esperaba ayer —le reclama—. Cuando faltas a tu palabra, pienso que estás con otra y me vuelvo loca. ¡Y quisiera destrozarte, matarte! Pero cuando estás aquí, a mi lado, lo único que quiero es besarte, amarte… Bésame, bésame de nuevo, Gale.
Satisfecho, al fin, Gale ha vuelto a besar a Prim. Y poco a poco se han acercado al ancho lecho, ambos se aman con prisas, dejándose consumir al fuego intenso de la pasión que los domina. Ningún pensamiento coherente atraviesa la cabecita de Prim, mientras él se da cuenta de que nunca antes ha sentido aquellas ansias incontrolables por mujer alguna.
Una vez que sus respiraciones retornan a la normalidad, Gale le tiende con orgullo un presente a su adorada Prim. Es un collar de perlas genuinas, digno de una princesa. La condesita lo mira con coquetería lasciva, irguiéndose en la cama, exhibiéndole sin recato los encantos de su cuerpo.
—Gale, es muy hermoso… Pónmelo —El marino se acerca a ella y con delicadeza le coloca la joya que le ha obsequiado. Cuan hermosa luce, aún en su cama, con tan sólo aquel collar—. Gracias, es precioso. Pero te tengo que regañar…
—¿Por qué?
—Por haber ido a mi casa.
—¡Ah! ¿Te refieres a tu hermana?
—Está indignada con tu atrevimiento, indignada con que yo trate a tipos como tú. Estaba furiosa… tuve que inventarle que eras un pescador con el que hablaba de vez en cuando. ¡No te rías!— Le reprende por la carcajada brutal que él suelta ante su mentira.
—¿Y te lo creyó?
—No sé, pero hiciste muy mal, mi hermana puede ser una terrible enemiga.
—¿Y qué va a hacerme? ¿Tiene influencias allá arriba o va rezar para que el mar se trague mi barco? —se burla Gale, divertido.
—No es algo de tomarse a la ligera…
—¿Y tú? ¿Cómo te estás tomando lo nuestro? Porque te advierto que me estoy enamorando.
—Yo también te quiero y mucho. Pero… es que me duele que seamos tan distintos.
—Claro, tú eres mujer y yo hombre—apunta riendo, para luego perder todo rastro de buen humor y reclamarle—, pero si te refieres a que tú eres una condesa y yo un paria, te recuerdo que tú fuiste la que me buscó, y tuviste lo que querías, pero como te dije un día, desde entonces me perteneces y no tolero ni perdono que me quiten lo que es mío. Que te quede claro que yo jamás amenazo en vano, Prim. No vas a burlarte de mí. No me interesabas, no quería caer en tus redes... Sé bien lo que puede esperarse de las mujeres de tu clase... No quería sentir por ti, pero te propusiste hacerlo y lo lograste. Ahora, entiende que no me manejarás a tu antojo por ello.
«Me mandas tan terribles pesadillas para ponerme a prueba, así como tú fuiste tentado por el demonio en el desierto, lo acepto. Pero por favor, no te ensañes conmigo, soy débil, soy mujer. Ten piedad, sufro mucho. Ayúdame, ayúdame te lo pido.»
Katniss ora desesperada, temiendo que la asedien nuevamente aquellos sueños pecaminosos. Es muy tarde ya, pero es tal su miedo que aún a aquellas horas no se va a la cama.
Gale ha llevado a Prim de regreso a casa, hasta la misma puerta que cruzara hacía unas horas en su búsqueda. Ebrios de amor y placer ambos ríen, pero llega el momento de despedirse.
—Ya, vete.
—Antes prométeme que nos veremos mañana.
—Pero mañana tengo cosas que hacer — repone Prim, recordando su cita con Peeta.
—¿Cosas? ¿Qué cosas? —Cuestiona suspicaz.
—Bueno, está bien, te busco en la tardecita. ¡Ahora, Adiós!
—¡Ah! Otra cosa, salúdame a Santa Katniss.
Desde la ventana de su habitación Katniss los ha visto, no logra escucharlos, pero resultan evidentes las confianzas que se toman, además de ninguna manera era apropiado que se vieran a solas y aquellas horas de la madrugada. ¡Por Dios! ¿Qué era lo que Prim tenía en la cabeza?
Pero aquello quedaría zanjado en aquel mismo instante, Katniss salió de inmediato rumbo a la recámara de su hermana, sintiéndose todavía más indignada al notar que la puerta estaba asegurada.
Primrose por su parte se ha sobresaltado en cuanto siente que alguien intenta girar la manija de su puerta, con prisas se quita el collar de perlas y lo oculta entre sus otras joyas.
—¡Prim! ¡Prim, abre la puerta! ¡Abre, te digo! —la apremia, la otra sabiéndose descubierta empieza a pensar rápidamente en qué le dirá para librarse esta vez. Es lo suficientemente fría y calculadora para, a pesar del temor de ser descubierta por la rival que de seguro la juzgará con toda dureza, finge extrañarse y sin prisa, luciendo la expresión más inocente, le abre la puerta —¿Te has vuelto loca?
—¿Qué te pasa?
—¡Te vi allá afuera con ese individuo! ¿Es que has perdido el juicio, la decencia?
—¡Basta ya! —le ataja Prim, airada— Tú no eres ninguna santa... y no sólo engañas a todo el mundo sino a la misma Iglesia. ¿Acaso es verdadera tu vocación o fue lo único que se te ocurrió para esconder que Peeta te rechazó?
—¿Quién te dijo eso? No es cierto —susurra—. ¡Es una mentira!
—Ya, Katniss, por favor… estoy enterada de todo. Y lo sé —aclara esgrimiendo con crueldad el arma que le da toda la ventaja por sobre Katniss— porque Peeta acaba de decirme que quiere casarse conmigo.
La noticia le sienta a la novicia como una bofetada, al punto que no es capaz de pronunciar ni una sola palabra. El calor ha abandonado su cuerpo, ha perdido el color en sus mejillas y por pura voluntad no se derrumba frente a su hermana, se mantiene erguida, pero en silencio. Prim aprovecha todo eso para seguir derramando su veneno, revistiéndolo todo de la inocencia más hipócrita y desleal que puede fingir.
—Escúchame, Katniss, me da mucha pena todo esto. Deja que te lo explique: él había olvidado su compromiso contigo, no sabía que era tu novio y, cuando nos conocimos en Capitol City, se enamoró de mí. Te juro que yo no hice nada ni siquiera lo sospechaba hasta esta noche que él me lo dijo. Mira, aquí está el anillo de compromiso… quizá si te hubiese visto a ti antes, las cosas serían diferentes —agrega, con una sonrisa interior, mientras observa la dura máscara de indiferencia de Katniss resquebrajarse a momentos—. Entiéndelo por favor, Peeta es un buen partido y me quiere, por favor no arruines mi vida, y te repito que entre Gale y yo no hay nada. ¡No lo voy a volver a ver! —Grita finalmente, cuando Katniss, superada por la presión del momento, huye de aquella habitación dejándola con la palabra en la boca.
