Disclaimers: Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer, la historia a la loca que aquí rubrica.

Aquí un nuevo capítulo, las cosas empiezan a enredarse y ponerse más oscuras. Prometo que voy a actualizar muy pronto. Besos.

Capitulo 10

Huida.

Bella Pov

Una semana… esta había sido una larga y difícil semana.

Si alguien me hubiese preguntado como había hecho para soportarla, mi respuesta hubiese sido: La más absoluta inconsciencia. Era eso o la demencia súbita. Y apuesto que con Alice tras mis pasos, no hubiese pasado del área de recepción de cualquier hospital psiquiátrico al que hubiese querido internarme.

Trate de imaginarme que no ocurría nada en mi vida. Que no existía nadie a mí alrededor que expectante esperaba que diera aunque sea algún indicio de los pasos a seguir. Lo que no quería decir, que no sintiera tres pares de ojos en mi espalda todo el tiempo. Cosa que me ponía nerviosa de sobre manera, por lo cual había adquirido una costumbre de estar todo el tempo mirando la hora del reloj, para por fin correr a esconderme en la reserva, Si, milagrosamente me había podido mudar allí.

Fue la mañana siguiente a la discusión final que tuve con Edward. Me había acostado con la idea desesperada de convencer a Charlie de que de alguna manera me dejara ir, aunque sea por unos días. Di varias vueltas en la cama, devanándome los sesos para encontrar una excusa plausible a mi escapatoria. Y mil veces durante la noche insulte a mi inepto cerebro por haberle soltado tremenda mentira. Ahora estaba obligada a hacer algo.

A la única conclusión que llegue fue de una vez por todas tendría que pensar antes de hablar.

No pude quitar la vista de la ventana que aunque hacia ya varias horas que él se había ido, seguía abierta…como en los últimos ocho meses. El rostro de Edward no cesaba de pasar ante mí, y cada vez se me hacía más claro los signos evidentes de dolor en el ¿Pero cómo hacer esto sin lastimarlo? ¿Por qué no se iba? Era evidente que no lo quería en mi vida y él seguía allí, como un masoquista, ávido por algo de lo que yo no podía darle. Rece para que se hubiese cansado de toda la situación y se hubiese marchado. Y aunque era lo mejor para todos, el solo hecho de imaginarlo yéndose, hizo que se me cortara la respiración en el pecho.

Estaba sentada desayunando cereales con leche, que era lo único que mi estomago soportaba gracias a los nervios que me carcomían por dentro. Estaba determinada a mudarme a la Push, lo quisiera mi padre o no. Pero pareció que la fortuna ese día se había acordado que yo existía.

Me di cuenta de que algo pasaba porque Charlie nunca se quedaba en la casa los sábados por la mañana. Salvo que hubiera pasado algo importante, como así parecía.

-Buenos días Bella.- Me dijo nervioso.

-Buenos días papa. ¿Hoy no vas a pescar?-

-No, tengo que hacer algunas cosas en el trabajo. Y que a propósito te conciernen a ti también.-

-¿Paso algo de lo que me tenga que preocupar?-

-No a ti, más bien el preocupado debería ser yo.-

- Por favor ve al grano.-

-OK. Tengo que irme a Seattle un par de semanas por cuestiones administrativas.-

-¿Irte?-

-Si nena, parece que mis superiores ven con inquietud que Forks tenga una estación exclusiva. Me temo que están queriendo trasladarla a Port Ángeles.- Me dijo abatido.

-Espera. ¿Me estas queriendo decir que nos tendremos que mudar?-

Por dios aparte de tener que lidiar con dos sádicas vampiras, con un padre desempleado también. Ahora sí tendría la excusa perfecta para internarme en un psiquiátrico…

-Sinceramente no lo sé. Lo que si tengo claro es que no te dejare sola en la casa. Así que estuve pensando que sería mejor…-

Juro que en ese instante pensé que finalmente me enviaría con Renée. ¿Pero alguien me aseguraba que marchándome Jane no me seguiría? ¿O Victoria? ¿Quién me aseguraba que en florida no sería como en Forks? o lo que sería peor ¿Tendría el valor esta vez de despedirme de Edward?...

De repente quise que todo terminara de una vez. Que Victoria o Jane hicieran su trabajo y así acabar por fin con la pesadilla. Todos eso pensamientos rondaron por mi cabeza en un instante. Como en un segundo supe que esta vez sí, no resistiría mi vida lejos de Edward, si por alguna razón el destino aun me quisiera con vida.

-…Que te quedaras con los Uley.-

-¿Por qué con ellos? Le dije saliendo de mi ensimismamiento.

-Porque no voy a dejar que pases casi dos semanas en la casa de Jacob. Eso no está bien.-

Machista.

-¿Y qué te hace pensar que me quedare con Sam?-

-Porque ya hable con él y está de acuerdo ¿O a caso quieres quedarte con los Cullen?-

-¡Por supuesto que no! ¿Qué es lo que te hace pensar eso?- Le dije poniendo mi mejor cara de enojo.

-Que que puede que sea cerrado, pero no soy estúpido.- Me miro con condescendencia.

-No sé de que hablas papá.- Le dije tratando de poner mi mejor cara de póker. Pero no se me da bien eso de mentir.

-Tú sabes perfectamente a lo que me refiero. Pero eso no es lo que estamos hablando ahora. Te vas mañana a la mañana, prepara tus cosas.-

-Ok.-

Y así termino la charla que me daría la vía de escape que tanto estaba deseando.

Ya que tenía por delante la mañana y la tarde libre me dedique a hacer las cosas de la casa. En el fondo sabia que lo hacía para no pensar, pero no me cuestione. Era lo único que me faltaba. Después de dejar la casa más o menos arreglada, me ocupe concienzudamente de empacar mis cosas. Por más que puse todo mi empeño en hacer las maletas, en el fondo de mi cabeza escuchaba la susurrante voz de mi consciencia. Claramente me decía que no hiciera lo que Charlie casi me había ordenado. Y que en cuanto pusiera un pie fuera de casa, corriera hacia Edward, que él me daría toda la protección que necesitaba.

Y de verdad me moría por hacerlo.

Estaba en mi habitación, terminando de reunir las ultimas prendas para meter en la maleta, cuando me aferre al respaldar de la cama, por el fuerte estremecimiento que me recorrió de la cabeza a los pies, al imaginarme envuelta por los fuertes y fríos brazos de Edward, al imaginarme aferrándome a su cintura por largo rato. Casi pude sentir sus manos fuertes acariciar mi espalda una y otra vez. Y por el solo hecho de pensar en ese gesto me hizo ansiar su cuerpo mucho más de lo que ya lo hacía. Lo que no hubiese dado en ese momento porque mi fantasía se hiciese realidad.

Y otra vez mi mente me transporto hacia su cuerpo, y como si fuera un rayo, un espasmo traspaso mi vientre al recordar las veces en que me dormí sujeta a su pecho, los momentos que pasamos solos en su habitación o en la mía, en silencio, abrazados sin más sonidos que nuestras respiraciones.

Su frio y cálido pecho. Cuanta noche abrazada a él… y no iban a volver.

La certidumbre que me dio el saber que ya no habría marcha atrás, que después de mañana no habría palabras para deshacer el camino, que no habría manera de arreglar las cosas, hizo que después de tanto tiempo, el agujero en mi pecho se abriera de nuevo. Pero ya no supuraba por la ausencia de Edward, por no verlo o saber que me dejaría vivir la vacía vida humana que el tanto anhelaba para mí. Ahora era diferente, tendría que esconder el miedo de poder ser descubierta.

Sonreí sin alegría al reconocer que el haber tratado de comportarme normal ante Charlie durante los últimos ocho meses, había sido un juego de niños comparado a lo que me esperaba de aquí en más. Seria yo la que tendría que simular indiferencia y desamor. Y en desventaja, tendría a Jasper detrás de mis emociones todo el tiempo

Pelee con la sensación de angustia durante el resto del día. Y como un deja vu, volvieron las lagrimas a escondidas y el silencio penetrante y espeso. No quería que llegara la noche, por eso me quede con Charlie, en la sala frente al televisor. Hasta que irremediablemente, el sueño empezó a vencerme. No quería entrar a mi cuarto, no quería clavar mis ojos en la ventana cerrada, aunque tuve que aferrarme a la perrilla para no abrirla de par en par.

Tome el pijama y el neceser y literalmente corrí hacia el baño.

Me bañe y cepille los dientes con la extraña mezcla de ansiedad y miedo. Mi corazón y mi cuerpo ansiaban que literalmente Edward irrumpiera en mi cuarto y jurara no irse para después meterse conmigo en la cama, debajo de las sabanas para no soltarnos más. Que me dijera que los problemas se terminarían con la promesa de una vida eterna juntos. Me dolió el sentimiento de frustración que esto provoco en mí, el nunca se permitiría llegar tan lejos, aunque para mi seria la gloria.

No más barreras y mis piernas enroscadas en las suyas, no más murallas y mi pecho pegado al suyo, aunque tratase de apartarme con dulzura, con el siempre eficaz alegato de que su gélido cuerpo me enfermaría. Nada de eso me importaría, si pudiera tener tan solo una noche todo su cuerpo para mí, para acariciar y besar y abrazar y amar…si él se dejara llevar.

Y el miedo de que lo hiciera recorrió mi cuerpo casi tanto como el mismo anhelo.

En cambio enrosque mi cuerpo en las frazadas y me deje llevar por los hermosos recuerdos que me lo trajeron a mi toda la noche. Así fue mi última noche antes de mudarme a la reserva. En una duerme vela que me mantuvo en vilo. Con imágenes de Edward en el prado y detrás del cristal de la ventana a la vez. Al amanecer estaba despierta y exhausta. Pero permanecí en la cama hasta que un atisbo del sol llego hasta sus pies y ya no lo pude retrasar más.

Me cambie, cepille mis dientes y baje a desayunar en menos de media hora. Y todo me supo a mierda. Porque no había otra palabra para describir como me sentía en ese momento. Sentada en una de las tres sillas de la cocina, con la nota de mi padre diciéndome que había salido a la estación un momento y que llegaría antes que Sam para despedirse y la noche pasada pasándome factura, lo único que atine a hacer fue quedarme mirando por la ventana de la cocina, como invariablemente llovía sobre Forks.

Cerré los ojos y todo me daba vueltas y sabía a mierda.

Dos golpes en la puerta me volvieron a la tierra y supuse que era Sam, pero mire la hora y ni siquiera eran las nueve de la mañana. Estaba por regañarlo por haber venido tan temprano. De seguro venia con Jacob y ya me veía haciendo el desayuno para dos que comían como un batallón de infantería después de la guerra. Al abrir la puerta me quede de una pieza al verlo parado frente a mí, con la mirada de niño triste, que no pude dejarlo parado allí. Así que busque mi voz hasta que la encontré y lo hice pasar.

Mientras que cerraba la puerta y veía su espalda, me traspasaron exactamente ocho sentimientos distintos, culpa por hacerlo sufrir, dolor por mentirle, rabia hacia Jane y sus juegos siniestros, odio a Victoria y su escapatoria constante, cansancio por tantos meses de lucha, desolación por lo que vendría, amor por el maravilloso hombre que tenia ante mí y un deseo indomable por su boca. Todo y nada en un segundo.

-¿Ya te vas?-

-No, estoy esperando a Sam.-

-Entonces ¿Todavía estoy a tiempo de convencerte?-

Si, por dios has algo, has algo, me muero.

-No.-

Se paso la mano por el cabello, en signo claro de frustración y me miro con impotencia. En un abrir y cerrar de ojos, tomo mi cara entre sus manos y se quedo así, pretendiendo entender. Después beso mi frente y me abrazo fuerte. Llegados a este punto ya no pude aguantar más y simplemente me largue a llorar, con mi rostro enterrado en su pecho, enrosque mis brazos a su cintura, mientras me acariciaba la espalda.

-No llores corazón. Te prometo que Victoria no te va a tocar, antes va a tener que matarme.-

No, no, no, no, no, no, no.

-Edward perdóname.-

-No tengo nada que perdonarte, los dos sabemos que esto es mi culpa. Solo prométeme que te cuidaras. Si te pasara algo. …-

-Por favor quédate tranquilo.- Le dije mientras enterraba mi rostro en su cuello.

-Entonces ¿Dime qué hago? ¿Me quedo de brazos cruzados? ¿Me siento a esperar a ver cómo te alcanza Victoria?- Me dijo soltándome y echándose a caminar como un león enjaulado por toda la sala.

-No tienes que hacer nada, este no es tu problema. Te lo dije el otro día.- Tuve que agachar la cabeza para que no vea las lágrimas que amenazaban con derramarse.

De reojo vi como se quedo estático en medio de la sala, cualquier rastro de calma se había evaporado y me miraba como un loco recién escapado del manicomio. Por primera vez le tuve miedo.

-No puedes pedirme eso.-

Y aunque susurro pude sentir la furia contenida.

-Sí que puedo.-

Me recorrió un fuerte escalofrió por el cuerpo, en sus ojos no quedaban trazas del dorado que tanto me gustaba. Retrocedí dos pasos y volví hacia la cocina, necesitaba aire. Me senté en una de las sillas, la boca me sabía a metal, la cabeza me daba vueltas y todo era una mierda. El silencio se hizo espeso y pensé que se había ido. Pero no, seguía parado en el medio de la sala, mirándome fijamente, terriblemente bello y abatido.

-Eres lo más importante que tengo y te juro que voy a matar a cualquiera que quiera hacerte daño.-

Cerré los ojos ante tan terrible afirmación.

Si él hubiese sabido que con su terquedad lo único que hacía era mandar a su familia y a sí mismo a una muerte segura, me odiaría y se llevaría con él la poca cordura que todavía conservaba. Pero no podía tener un momento de egoísmo y arruinarlo todo. Así que hice lo que venía haciendo hasta ese momento, callar.

Tuve la certeza de que si permanecía en Forks, cualquiera saldría lastimado. Y me sentí asqueada. Era una cobarde sin remedio, no podía ni soportar la idea de no volverlo a ver, no después de todo lo que había pasado los últimos ocho meses. No después de que creí que no lo volvería a ver, que no me amaba. Y si me hubiesen preguntado en ese minuto si arriesgaría mi vida, a pesar de todo, les hubiese contestado con un sí rotundo. Si solo arriesgara mi propia vida, la echaría a la suerte mil veces, con tal de estar con Edward. Pero este no era el caso, y había otras vidas que dependían de mi cordura y no de mi corazón.

Abrí los ojos y tan corto como un suspiro fue el segundo que tardo en pararse frente a mí y tomar mi cara entre sus manos y al pararme tuve que aferrarme al borde de la mesa, porque las piernas no me funcionaron. No hizo falta que dijera nada, lo veía en sus oscuros ojos, que me miraban con desesperanza. Si me hubiese negado, tuve la impresión que no le importaría. Pero no me negué. A decir verdad, lo deseaba con todo lo que era. Una simple muchacha de dieciocho años.

Este beso fue distinto a todos los demás, hasta del primero. De su parte no hubo vacilación, ni miedos, ni siquiera timidez. Tomo mis labios como si quisiera devorarlos, y quise llorar de alivio al sentir su boca fundida en la mía. Sus ojos clavados en los míos, parecían encendidos por un fuego extraño. No vacilo al meter su lengua en mi boca y enroscarla con la mía, convirtiendo al beso en frenético y demandante, haciendo que mis barreras cayeras con un estrepitoso gemido. Sus manos como tentáculos se envolvieron a mí alrededor, y por primera vez sentí como sus dedos se clavaron en la carne de mi espalda.

La parte coherente de mi cerebro me gritaba que me alejara, que el besarlo de esa manera lo confundiría más, pero no pude hacerlo. Sabía que estaba mal, pero era tal mi necesidad de él, que me deje arrastrar por la sensación placentera que su boca en la mía me proporcionaba. Era como un enfermo de cáncer después de curarse, era el mejor estado en que me había encontrado en mucho tiempo, y sé que Edward lo supo.

Sé que quiso ser suave, pero no lo fue y no me importo. Me tomo de la cintura y me sentó con rudeza en la orilla de la mesa, mientras enroscaba sus largos dedos en las raíces de mi cabello y me acercaba mas, como si eso fuera posible. En ese instante su urgencia y la mía se unieron para que el metiera la mano por debajo de mi camiseta y pasara su largo y frio dedo índice por debajo del broche del sostén, haciendo que me atravesara una potente descarga por todo el cuerpo. Sin pensarlo dos veces enrosque mis piernas en torno a su cintura y envolví fuertemente los brazos en su cuello. Ninguno de los dos tenía consciencia en ese momento, solo las ganas terribles de tenernos.

No me acuerdo en que momento volví a sentir su boca en mi cuello, pero lo sentía por todos lados y estaba feliz. Y angustiada y triste y mortificada y disgustada y sola y vacía y profundamente necesitada de su amor. Y con todo eso a cuestas enrosque mas fuerte mis piernas a su cintura y rodeé con rabia su cuello y deje que el momento me llevara hacia donde quisiera.

No sentí la mesa debajo y abrí los ojos, estábamos en medio de la cocina, enroscados y jadeantes, nos miramos a los ojos. Era tarde, supe que él lo había descubierto, su mirada me lo gritaba, pero me quede callada.

-Si te pasara algo, ten por seguro que entrare y matare al culpable. - Me dijo con la mirada más terrorífica que le conocía.

Dios ten piedad de mí.

-Puedo escuchar que Sam está a unos kilómetros. Cuídate y cuando quieras a la hora que sea, te voy a buscar.-

No pude hacer otra cosa más que asentir. Era una extraña escena para aquel que lo viera desde afuera. Edward me reprendía y yo todavía enroscada en el asentía como niña buena.

Acto seguido me soltó y me sentí absolutamente vacía. Pero no dejo mi boca con la que lleno con la suya por un momento. Al siguiente lo vi parado en el umbral de la puerta de la cocina, con la mirada anhelante y turbia.

-Te amo corazón.-

Y se fue dejándome sola en mitad de la cocina y con un vacio enorme en el estomago. Como pude corrí hacia el baño y me encerré. La cabeza me daba vueltas y una pena infinita me oprimía el pecho. Pero había algo mas, una nueva sensación que me recorría y se centraba en un punto del cuerpo que jamás pensé sentir con Edward. Como definirlo, sentía lujuria, pasión. Pero sabía lo que significaba, estaba… excitada y necesitada de Edward más que nunca. En silencio rece para que el sintiera la mismo en ese momento. Dos golpes fuertes en la puerta me bajaron de las nubes. Era Sam.

Corrí hacia la puerta y sin saludarme se metió en mi sala, olfateando el aire como Beagle tras el pato.

-¿Quién estuvo aquí? ¿Te encuentras bien?-

-Edward vino a despedirse.-

Me miro esperando a que continuara pero no lo hice. El podía ser mi protector pero no mi padre ni mi amigo, ni mucho menos mi confidente y así se lo hice saber con mi mejor cara de enojo.

-Ok. Me llamo Charlie, pidió que lo esperáramos un momento.-

- Siéntete como en tu casa, Voy a mi habitación.-

Subí y me quede sentada en la cama hasta que escuche como se estaciono la patrulla. Era como empezar de nuevo, con las maletas en la puerta, sentí otro deja vu, pero este era más agradable. Que es lo que no hubiese dado en ese momento por volver el tiempo atrás y poder remediar tantos errores. Un golpe en mi puerta me trajo de nuevo a la realidad… otra vez. ¿Cuántas veces me había pasado en este día? Había perdido la cuenta.

-Cariño estoy de vuelta.- El tono dulce que mi padre uso, me hablo de lo preocupado que se encontraba por dejarme sola tantos días.

-Ahora bajo, estoy viendo si no me olvide de nada.-

-Ok.-

Hice un rápido recorrido por el cuarto y cuando fui a cerciorarme que la ventana estuviese cerrada, lo vi. Parado en el límite entre mi patio trasero y el bosque, me miraba directo a los ojos. Estática no pude destrabar mi mirada de la suya, hasta que escuche la voz de Charlie instándome a bajar de una vez. Después de despedirme y prometerle a mi padre que me cuidaría, cosa que estaba haciendo muy a menudo últimamente. Me metí en el viejo auto de Sam, a la espera de no sé qué cosa.

El viaje hacia la reserva fue silencioso, teniendo en cuenta que tenía la poderosa sensación de estar siendo observada. Así que me pase el viaje mirando por la ventanilla, con el firme propósito de que mi perseguidor pudiera ver que estaba a salvo. Lo que no sabía era que no se conformaría con ese gesto. Cuando estábamos a menos de veinte metros de la frontera que dividía los dos territorios (licántropo y vampiro) nos estaba esperando.

Sam freno de golpe al ver que Edward no se movió, bajando furioso para encarar al hermoso vampiro que no hacía otra cosa más que mirarme. Pero me adelante y me interpuse entre los dos, llevándomelo a un costado. No sin antes ganarme una furiosa mirada del macho alfa de la manada.

-¿Qué sucede Edward?- Le dije nerviosa.

-No te preocupes, no vine a pelear.- Dijo mirando a Sam. -Solo que ya sabes que Alice no podrá verte y sin ella estoy ciego.-

Me dijo tomándome la mano. Aprovechando a llevarme un poco más lejos de la mirada de Sam.

-Solo vine a darte este móvil, para que lo uses cuando quieras. Puedes hablar con Alice y si quieres conmigo. Por favor acéptalo.-

-Edward mañana es lunes.- No pude evitar rodar los ojos.

-Lo sé, por favor hazlo por mí.-

Dijo mirándome a los ojos. Lo que me hizo aceptarlo de inmediato. Lo que vi no me gusto. No supe que es lo que se escondía tras esa mirada de hielo. Pero por las veces en que la había visto, significaba que el volcán dentro de él estaba a punto de erupción.

-Está bien, llamo esta noche. Pero lo hago para que no vuelvas loca a Alice.-

-Como tú quieras, solo hazlo.- Me dijo mientras acariciaba mi mejilla y repasaba mi labio inferior con el dedo pulgar.

Sam carraspeo sonoramente, sacándonos de la pequeña burbuja en que estábamos metidos. Me abrazo fuerte por un momento y beso mi frente. Mientras caminaba hacia el auto escuche como Edward "hablaba" con Sam.

- Cuídala.- Le dijo con un claro tono de advertencia.

-El aviso está de más. Y si pasara algo, al único que le tendría que dar explicaciones es a Charlie. No al causante del lio en que está metida.- Le contesto el licántropo agriamente, mientras me abría la puerta del acompañante del auto.

Dicho lo cual presurosa me subí al auto para por fin llegar a la reserva.

Lo último que vi fue sus ojos como dos pozos llenos de agonía.

Realmente no sabía con exactitud cuál era la magnitud del lio en que estaba metida. No llegue a darme cuenta que al mudarme con Sam, lo único que estaba haciendo era enredar más las cosas. Pero era tal mi desesperación que no me di cuenta que a partir de allí, todo iría cuesta abajo.

-Realmente Bella no entiendo.-

-No hace falta, que lo entienda yo, basta y sobra.-

Sabía que estaba mal que le contestara de esa forma. Después de todo, me estaba proporcionando seguridad. Pero estaba cansada de que todos se sintieran con el derecho de opinar sobre mi vida. Sam no me miro pero pude percibir el enojo escondido debajo de su silencio. El cual duro hasta que llegamos a su casa.

Nos esperaban en la puerta de entrada Emily y Jacob, que ansioso se lanzo a abrirme la puerta del coche, sacándome volando literalmente por los aires. Y como siempre me retuvo entre sus brazos por largo tiempo. En cambio Emily me beso en la mejilla. De reojo vi como Sam "conversaba" con su novia en silencio. De inmediato supe cual era el motivo.

No había vuelto a la pequeña casa desde el tiempo en que estaba bajo el ala protectora de la manada. Y desde que los Cullen habían vuelto, no había tenido el coraje suficiente para mirar a Emily a la cara. Siempre supe que le habría gustado que Jacob y yo llegáramos a ser pareja, obviamente nunca me lo dijo, no con palabras. Pero si con las miradas que nos lanzaba cada vez que él y yo estábamos juntos. Sobre todo en aquellos días en que Victoria me acechaba y me había instalado como hoy, en la reserva. En los momentos de ansiedad y desasosiego, esperando que la creciente manada volviera de sus expediciones de rastreo.

Después de todo en ese momento yo era la chica lobo.

Pero en el fondo siempre fui la chica vampiro.

Al ingresar sonreí al recordar la primera vez en que entre allí, la mañana en que Jacob me confirmo su licantropía. Y por un momento me sentí bien. La pequeña sala parecía enorme sin la presencia de los demás muchachos. Jacob no dejaba de rondarme como la abeja a la miel, haciendo bromas y metiéndose en la cocina para comer algo. En dos segundos tenia ante mí un muy suculento desayuno, el cual Jacob miraba como ciego que ve la luz por primera vez. Sentí la risa cantarina de Emily.

-¿Y qué quieres hacer el resto del día?- Me dijo Jacob, mientras se devoraba de un solo bocado mi pancake entero, con el tocino y todo.

-Por ahora ir a mi habitación y desempacar, tengo que terminar un trabajo para el instituto y después si me queda tiempo, veré.-

-Aguafiestas.- Me respondió Jacob, todavía con la comida en la boca.

La habitación de huéspedes era más pequeña que la de la casa de Charlie, los muebles eran humildes y antiguos a simple vista, pero bien conservados. La pintura fresca todavía se podía oler y las cortinas azules nuevas me hicieron sentir vergüenza. Ellos no nadaban en dinero y que hayan remodelado el cuarto me dejo sin palabras.

-¿Te gusta? Si quieres podemos sacar lo que no sea de tu agrado.- Me dijo Emily, que con extrañeza esperaba que no me gustara la habitación.

- No digas eso, es bonita, gracias.-

El resto del día se fue entre desempacar y terminar de hacer el trabajo sobre Jane Eyre de Charlotte Bronte. El cual me tenía obsesionada, básicamente por el coraje de Jane de alejarse del hombre que amaba. Deje a un lado la lapicera, me sentía frustrada. ¿En dónde estaba el romanticismo en sufrir tanto? Si las hermanas Bronté hubiesen conocido de verdad lo doloroso que era separarse de la persona que se ama, no hubiesen escrito las novelas que escribieron.

Así llego mi primera noche en la reserva. Tanto Sam como los demás habían salido de expedición, según pude escuchar Victoria rondaba otra vez y habían salido a cazarla. La angustia volvió multiplicada a la enésima potencia, si conocía como conocía a Edward, estaba segura que estaría en la expedición también. Y si él estaba tras la peligrosa vampira, los demás. Y de solo pensar en la pequeña Alice en una supuesta pelea, se me erizo la piel. Era noche cerrada cuando vi entrar por la puerta a la manada en pleno. Todos me saludaron pero nadie hizo alusión a los Cullen, del único vampiro del que tuve noticias fue de Victoria, que había logrado escaparse… otra vez.

Afortunadamente se fueron enseguida, viendo que mi humor no era el mejor. Me moría de ganas de tener alguna noticia de Edward, pero no quería llamarlo teniendo a Jacob y los demás a solo unos metros míos. Después de la cena por fin pude ir estar a solas con el móvil que me había dado Edward. Casi grito de la alegría cuando Emily me dispenso de lavar los platos. Salí disparada hacia mi cuarto.

Tenía dos mensajes. Me los había mandado inmediatamente después de seguirme hasta el límite del territorio Quileute.

Te acabo de dejar y lo único que quiero es que sea mañana. Me haces falta.

Edward.

Deduzco de tu silencio que no te pasa lo mismo que a mí y duele. No sabes cuánto. Te amo.

Edward.

Por dios ¿Desde cuándo se había convertido en un vampiro demandante? y…¿Caprichoso?

Me quede en silencio unos minutos, mirando absorta su último mensaje. Si ya era sobreprotector, malhumorado cuando lo contradecía, el hombre más romántico que existía, lo cual ya rayaba en la incredulidad, increíblemente tierno, inteligente hasta la envidia y dolorosamente bello ¿Ahora se le sumaba celoso y agobiado?

Madre mía estaba enamorada de un caballero victoriano de verdad.

O a lo mejor estas ante su verdadera naturaleza.

Pero aunque fuera así, lo amaría igual. Si pude hacerlo con todo lo malo, que realmente era malo. Podría lidiar con sus celos y sus inseguridades.

Eres un exagerado.

Bella.

Es lo único que pude elaborar con coherencia. Sabía que estaba mal, pero el solo hecho de imaginarlo celoso y triste, me hicieron amarlo más. No porque sufriera, sino porque me amaba de la manera en que yo quería que me amaran. No quería un simple:

" ¿Llegaste bien? Te extraño"

No, yo quería que se sintiera como yo me sentía. No para que sufriera sino para que se diera cuenta en la forma en que lo amaba. Y si realmente así era, quizás cabria alguna esperanza para nosotros. Un amor tan profundo y poderoso no se podía terminar poniéndole kilómetros de distancia, mucho menos veintitrés.

No lo soy. Si supieras lo angustiado que estaba porque no contestabas, no dirías eso.

Edward.

Ok. Estoy bien. Igual eres un exagerado.

Bella.

Exagerado o no lo único que quiero es saber de ti.

Edward.

Estoy bien. Solo quiero dormir.

Bella.

Me encantaría estar allí contigo. Dulces sueños amor.

Edward.

Buenas noches para ti también.

Bella.

Me quede con el móvil en la mano por unos minutos. Si le hubiese contestado con la verdad en menos de veinte minutos lo tendría corriendo por la reserva yendo en mi búsqueda.

El desayuno fue fundamentalmente extraño y ruidoso.

Por lo general el mío era tranquilo y solitario, ya que Charlie se había marchado una vez que me levantaba. En cambio este fue todo lo contrario. Me sentía apretada en la pequeña sala, sentada a la mesa, rodeada de los hombretones de los integrantes de la manada. Todos hablaban a la vez mientras comían. Varias veces tuve que esquivar las manazas de Jared, que sentado frente mío se estiraba para tomar uno de los tantos panecillos que Emily había preparada con dedicación y paciencia oriental. Para que en veinte minutos seis fornidos chicos Quileutes se los devoraran como simples bizcochitos.

Tome mi solitario café intranquila y asombrada por tanto bullicio a tan temprana hora de la mañana. Estaba impaciente por irme, me sentía como sapo de otro pozo en ese momento. Solo quería seguir con lo poco de la rutina que me quedaba. El instituto, que para muchos era como una tortura china, para mí desde el momento en que me había levantado, se había convertido en la zanahoria que alcanzar para un galgo entrenado.

Y mi zanahoria se llamaba Edward Cullen.

Discutí por varios minutos con Sam por el hecho de que él y Jacob me fueran a llevar al instituto. No quería niñeras a esta altura de mi vida y así se los hice saber yéndome sola en mi vieja camioneta, los treinta kilómetros que separaban La Push del instituto.

No te engañes, no quisiste que te acompañaran porque no quieres que él se sienta desplazado. Quieres que en este gesto vea que sigue siendo tu ángel guardián. El único…

Llegue mas tarde de lo que suponía, el estacionamiento estaba silencioso, señal de que las clases habían comenzado. Me apresure a tomar mi mochila y al abrir la puerta los brazos fuertes de Edward me rodearon con fuerza. Lo sentí nervioso, casi hubiese podido jurar que asustado. Deje que me tuviera así para que se calmara, pero cuando quise separarme al cabo de unos momentos no pude moverme ni cinco centímetros.

-Es horrible no poder saber cómo te encuentras.- Dijo dándome un largo beso en la frente.

-Te lo dije, eres un exagerado.-

-Y yo te dije que no lo soy. Solo dame un minuto mas.- Dijo abrazándome un poco más fuerte, aunque no se lo dije. Solo me quede allí gritándole en silencio cuanto lo amaba.

-Por favor Edward, estamos retrasados.-

Me soltó reticente, lo cual era extraño en el. Aunque siempre había sido un poco posesivo, siempre se esforzó por controlarse.

¿Cómo te sentirías tú en su lugar? Sin saber nada de Edward.

No temas Edward, no temas. Estoy aquí, mírame, sigo aquí, a pesar de todo.

Camine rápido hacia el edificio, sintiendo los ojos de Edward clavados en mi espalda. Al llegar a la puerta del salón de historia, vi parado a Mike, que sonriente quiso acercarse, pero se detuvo. Algo detrás de mí lo hizo meterse de inmediato en el salón. Y a juzgar por su semblante descompuesto Edward había tenido que ver.

Sentí su presencia como un fantasma todo el día. Edward nunca se había comportado de esa manera, aunque trate de no mirarlo, cuando lo hice parecía reconcentrado, perdido en sus pensamientos. La energía que emanaba su figura aunque no estuviese conmigo en la biblioteca, ni cuando me escondí en el baño, parecía no desaparecer de mí alrededor. Fluctuaba según estuviera cerca de mi o no., que eran muy pocas veces. La mayoría era como ser tragada por un agujero negro, denso y oscuro. Lleno de amor y desespero, que se reflejaban en sus anhelantes ojos. Y yo solo me quede allí, rodeada de esa aura que me hacía perder el hilo de cualquier pensamiento que rondara por mi cabeza. Así día tras día, se hacía duro permanecer a su lado, como si nada pasara. Sentir venir desde lejos a golpearte toda la energía de ese ser que de a poco iba cambiando con el transcurrir de los días, a veces era aterrador, pero la mayoría de las veces era alucinante. Ya no se mostraba dócil ante mi planeada indiferencia, se las arreglaba para estar pegado a mí todo el tiempo. Tal era la magnitud de su estado de ánimo, que Jasper pareció olvidarse de mi presencia, para avocarse a Edward enteramente. La gota que rebalso el vaso fue el viernes antes de la clase de biología. Al salir del baño de mujeres me esperaba parado cual estatua de Miguel Ángel, al lado de la puerta.

Parece como a la espera del desastre.

-Edward me estas acosando.- Le dije entre irritada y asombrada.

Lo mire dos segundos, no sabía si ponerme a gritar o reírme como histérica. Pero me recompuse y seguí de largo sin mirarlo. Otra vez el aura envolviéndome, arrastrándome hacia él. Pero no fue el aura la que me aprisiono contra la pared sino sus fuertes brazos.

-Y yo me siento enfermo Bella, exhausto. No me alcanza el mirarte por los pasillos, cuando finges no verme. ¿Me sientes verdad corazón?, lo único que hago es sentir.- Me dijo pegando su frente con la mía, tanto que pude hasta saborear el dulce aliento de su boca.

-Considérate con suerte. Yo no tuve ni siquiera esa consideración de parte tuya.-

Un gemido lastimero salió de su boca y acto seguido sentí el vacio a mí alrededor.

Perdóname, perdóname, perdóname.

Fue el mantra que repetí durante la hora de biología. Hubiese querido que en solo esa hora pudiera escuchar mi mente. En cambio, asumimos la postura de mutua indiferencia, aunque a él obviamente le salió mejor. Yo vague entre la angustia y la culpa y le di gracias a dios cuando al fin escuche el timbre que daba por finalizado el día en el instituto. Cuando al fin pude llegar hasta la puerta de la camioneta me sentía como si hubiese recorrido mil kilómetros a pie. Con desgano me metí dentro y prendí la calefacción, con asombro descubrí que era viernes y que no había tenido noticias de Charlie desde el martes, así que como ese día fui hasta casa a escuchar si había dejado algún mensaje en la contestadora de casa.

Si mi viejo era el jefe de policía y enemigo de la tecnología. Así que tenía que pasar dos veces por semana después del instituto para saber de él. Al entrar a la casa fui directa a la contestadora, me ponía triste ver a la casa tan solitaria y me quise ir de inmediato. Ya bastante había tenido por hoy. Y allí estaban los dos escuetos mensajes.

"Espero que estés cómoda con Sam, Seattle es un desastre, llena de autos…"

"Esto se está extendiendo demasiado, dudo que pueda volver la semana próxima…"

"Cuídate te quiero…"

¡Yupi! que felicidad una semana más en la reserva. Edward estará feliz.

Me estaba yendo cuando escuche el sonido de un nuevo mensaje en la contestadora.

"Isabella Swan, hija de Charlie Swan, jefe de policía de Forks, Niña quien diría que el jefe de policía de ese patético pueblo fuera tan joven. ¿Cuántos años tiene? ¿Treinta ocho, cuarenta? Cualquiera diría que a esa edad se tiene la vida por delante. Pero quien sabe, Seattle tiene la estadística más alta en mortalidad de menores de cincuenta. Tú sabrás ¿no?"

Me desmaye al oler la sangre que salía de mi cabeza después de tropezarme con la mesa de la sala.