TERESA
Capítulo 10
Miércoles, 19 de julio de 1950.
Anotación histórica: Se inicia la caza de brujas en Estados Unidos
El sueño se vio alterado por unos suaves golpes en la puerta de su cuarto. Tanteó el interruptor de la luz y lo encendió. Cogió el reloj y miró la hora. Eran las once de la noche. Captó unas voces detrás de la puerta. Salió de la cama y se puso la bata. Abrió la puerta. Se sorprendió al verlos ahí plantados discutiendo en voz baja.
- ¿Qué hacéis? - Preguntó en susurros, molesta por la interrupción.
- Ya te dije que estaría durmiendo. - Pedro reprochó a su amiga. Se volvió hacia ella, claramente arrepentido.- Lo siento mucho, Teresa. Perdónanos por despertarte.
- Pedro, ya verás cómo no le molestará en cuanto lo sepa. - Ana se exasperó. Con la mirada puesta en Teresa, habló con entusiasmo. - Teresa, quiero que te vengas con nosotros a la verbena de la fiesta mayor que se da en Terroliva. ¡Vente con nosotros! Te lo pasarás genial.
Observó la vestimenta de ambos. No cabía duda de que estaban listos para asistir a una fiesta. Pero no de etiqueta. Iban informales pero al mismo tiempo elegantes. Pedro estaba muy apuesto. Vestía una camisa blanca de manga corta, unos pantalones azules claros que ceñían a sus piernas y unos mocasines blancos. Una ropa cómoda para soportar el calor veraniego. Mientras que Ana... estaba deslumbrante, con un blanco vestido de vuelo estampado de flores rojas sin mangas, una cinta de pelo y un pequeño bolso de mano a juego. Llevaba unas sandalias rojas con tacón. Su rostro estaba discretamente maquillado. Su cabello llevaba tirabuzones que caían elegantemente. En resumen, estaba fabulosa y muy hermosa. Todo lo contrario que ella, vestida en pijamas.
- Pero, ¿estás loca? Si ni siquiera estoy vestida. - titubeó, a la vez que lanzaba miradas furtivas a ambos lados del pasillo, aterrada ante la idea de encontrarse en aprietos.
- ¡Chica! Seguro que no tardarás más de media hora. Quiero que vengas. - insistió Ana.
- ¡Sssssh! - siseó con el dedo sobre los labios. Señaló con el dedo la puerta de enfrente. - Mis padres duermen ahí.
- No te preocupes por nosotros. Estaremos abajo, esperándote. Detrás del porche. Ana ha sido muy lista. Dejó el coche fuera de los terrenos de la Villa Fortuna. Para no despertarlos con el ruido de motor. - Pedro habló en voz baja, sin dejar de sonreír.
- Sí, no nos pillará. ¡Hagamos esta escapada! - Ana animó, con excitación apenas contenida.
Teresa observó alternativamente a ambos. No le hacía feliz que Pedro estuviera ahí. "¿Por qué eres tan dura con él? Si hasta está encantado de que vengas." Ahogó esa voz interior, no queriendo admitir que llevaba la razón. "Ni siquiera sé si quiero aceptar la escapada. Es una locura." Pero, en cuanto apreció la calidez de los ojos avellana, la decisión ya estaba tomada.
- De acuerdo, iré. Idos antes de que os oiga. Intentaré tardar lo menos posible. - prometió.
Casi se cayó atrás cuando Ana la abrazó con ímpetu. Le plantó un beso sonoro en la mejilla antes de irse por el pasillo junto con Pedro. Se quedó ausente en la puerta con la mano sobre la mejilla que había besado su amiga.
- ¡Es fantástico estar aquí! Cuán ambiente. Me voy a bailar, que mis caderas me piden un meneo. ¿Venís? - Al ver las respuestas negativas, ladeó la cabeza a modo de decepción. - Pues me voy sola y os lo perdéis, hala.
Teresa la vio mezclándose con la multitud en el centro de la sala improvisada del baile. Se le veía feliz. De pie, se contentó con verla bailando sin preocupaciones. Sin ataduras. Sin etiquetas. Sin muros. Sólo era una más que quería divertirse.
- ¿Quieres algo? - Pedro preguntó. - Voy a pedir bebida. Vamos a necesitar mucha si queremos aguantar el ritmo de Ana. - guiñó.
Teresa sonrió y le pidió una limonada. Tras tomar su nota, la silueta de Pedro desapareció en medio de la muchedumbre.
Una media hora antes, durante el camino, en un principio fue arisca con Pedro. Pero Ana se dio cuenta de ello, por lo que se acercó a sus oídos, pidiéndole que fuera conciliadora con él. A regañadientes le hizo caso sabiendo que Pedro no tenía realmente ninguna culpa. Así que decidió darle un voto de confianza.
Rió al ver a Ana bailando con un viejete enclenque que debía rondar los ochenta años y que no sobrepasaba en altura los hombros de Ana. Alrededor de la pareja extravagante, una buena cantidad de jóvenes lo miraban celosos por la suerte del viejo surcado de arrugas quien consiguió asombrar a Ana atreviéndose a ejecutar un volteo con éxito. El publico le vitorearon por su osadía. En cuanto acabó la canción, su amiga se vio en un aprieto al encontrarse frente a una hilera de hombres (mejor dicho, hienas) peleándose por su mano. "Parece un ejército de abejorros obreros pululando alrededor de su distante abeja arena con la única aspiración de servirla", reflexionó. Sonrió cuando su amiga les dio la espalda bailando sola, ignorándolos por completo. "Ahora es cuando los obreros se vuelven locos de desesperación, volando sin rumbo. Sin su reina, no son nadie. Penosos." Ladeó burlonamente la cabeza.
- ¡Mis ojos no creen lo que acaban de ver. La hermanita ha crecido! - Oyó una voz a su lado.
Giró la cabeza. Su nariz se arrugó a modo de disgusto. La voz desagradable pertenecía a un rostro igual de desagradable. Lo peor de todo era que le era familiar. Era Carlos Pérez, un viejo amigo de su hermano. Nunca le cayó bien. Sin contar que era una mala influencia para su hermano, quien se vio metido en más de un lío por la culpa de ese ogro. Estudió las facciones del hombre. Comprobó que el aspecto había cambiado de mal a peor. Excepto en una cosa. Seguía siendo igual de desagradable. Era un hombre de aspecto musculoso, con ancha espalda. Su cara cuadrada estaba picada de acné. Sobre su frente lucía un gran mechón grasiento.
- Veo que Alfonso no te enseñó a saludar como es debido a sus queridos amigos. Por ahora lo dejaré pasar porque te has convertido en una mujercita... deliciosa.- Sin molestarse a disimular la lujuria, Carlos se pasó la lengua por los labios mientras sus ojos recorrían todo el cuerpo femenino.
Asqueada, Teresa se abrazó por instinto, esquivando las miradas de lascivia. Mantuvo su silencio, no queriendo echar a perder sus minutos valiosos con ese ser impresentable.
- ¿Qué te ha comido la lengua el gato? - La sonrisa socarrona de Carlos se esfumó para dar paso a una ira apenas contenida.
Teresa, sin palabras, lo rechazaba públicamente, poniendo distancia entre ambos. En un principio, se creyó victoriosa pero el triunfo era efímero cuando una mano peluda agarró con violencia su brazo, torciéndolo de dolor. Su cuerpo se estremeció cuando unos labios se acercaron a su oído. Notó el aliento al alcohol.
- ¿Eres dura, eh? Te va lo duro. Necesitas una lección. Debes aprender a tratar con respeto a un hombre hecho y derecho como yo.
- Ni muerta. - Respondió entre aterrorizada y enfurecida, tratando de zafarse sin éxito de la mano que aún oprimía más.
- Suéltala. Al parecer, es a usted a quien no le han enseñado lecciones de cómo tratar a una señorita. - A su espalda, oyó una voz firme. Teresa nunca pensó que una simple voz pudiera aportar tanto alivio como en ese momento.
- No se meta en nuestros asuntos. - Carlos contestó con furia, molesto por la interrupción. Aprovechando su distracción, Teresa pudo soltar al fin la mano que la apresaba.
- Se equivoca. Es mi amiga.
Impertubable ante la mirada furiosa de Carlos, Pedro extendió la mano que aceptó gustosamente Teresa. Refugiada bajo el brazo protector del joven moreno, constató cómo ambos chicos se enfrascaban en una dura batalla visual. Carlos fue el primero en rendirse, con una pequeña reverencia con la cabeza. Emitió una falsa disculpa en tono burlón.
- Sólo estábamos recordando los viejos tiempos, ¿verdad Teresina?
Teresa, aún presa de inquietud, soportó el insufrible descaro de ese adefesio. En silencio agradeció el gesto de Pedro de estrecharla más a su costado. La proximidad entre ellos no dejó desapercibido a Carlos.
- Me disculpará señor por haber intentado cortejarla. - Fingió estar apesadumbrado por la incomodidad que había provocado. - ¿Sabe usted que ella es la hermana de mi muy buen amigo? Le ruego me perdone por no conocer de antemano los gustos de Teresina. - Pese al silencio lúgubre de Pedro, Carlos parecía estar divirtiéndose metiendo la llaga en las heridas. Teresa se tensó cuando la vista de Carlos resbaló sobre ella. -Quiero decir que... Alfonsito nunca me dijo que te encamabas con los niños de bien. Parece que Madrid te ha subido los humos, niña. Buenas noches.
Tras estas palabras humillantes, dio media vuelta y se marchó, estallando a carcajadas. Entretanto, con un enorme esfuerzo Teresa consiguió contener a Pedro de lanzarse sobre la espalda de ese ser repugnante.
- ¡Déjame. Te acaba de faltar el respeto!
-Lo sé, lo sé. Pero no vale la pena. Ese imbécil no merece ningún pensamiento nuestro. Por favor, no dejes que eso nos arruine la noche. - suplicó.
En su interior, Teresa se moría de ganas de unirse a la petición de Pedro, de borrar la sonrisa del rostro grasiento de Carlos. Le habría encantado de propinar una patada en las partes íntimas. Pero era inútil. Sólo quería olvidar lo antes posible el encuentro desafortunado. No sin protestas, Pedro aceptó.
- Tienes razón. Aquí tienes tu limonada. - Pedro le alargó el vaso. Se mostró verdaderamente preocupado. - Pero, ¿estás bien? Siento no haber venido antes.
- Tranquilo, yo tampoco lo esperaba. Mira, olvídemoslo. Lo que debemos hacer es disfrutar como lo está haciendo Ana. - Teresa indicó con la cabeza al salón donde su amiga continuaba bailando. Esta vez, acompañada de un joven tímido quien no parecía creerse su suerte.
- Tienes razón. ¡La noche es joven! ¡Como nosotros! - manifestó jovialmente, levantando el vaso.
- ¡Bien dicho! - Aprobó, chocando su vaso contra el de Pedro. Se rieron cuando la fuerza del brindis hizo derramar un poco del refresco.
Casi pegados, se divirtieron atestiguando los numerosos bailes de su amiga con varios pretendientes. Algunos resultaron ser bastante cómicos debido a la torpeza de los bailarines quienes más de una vez habían destrozado los pies de Ana. Al cabo de unos diez minutos, Pedro rompió el silencio.
- ¿Es increíble, verdad? - murmuró con un atisbo de admiración.
Sin apartar los ojos del salón, Teresa movió la cabeza afirmativamente, sabiendo muy bien a qué se refería. Mejor dicho, a quién se refería. A Ana, sin duda alguna. Tomó otro trago del refresco. Su cuerpo se movía ligeramente al compás de la música.
- ¿Sabes? Nos conocemos desde pequeños. Pero Ana no cesa de asombrarme tras todos estos años. Es tan viva. - Teresa no pudo estar más de acuerdo con él. Pedro prosiguió. - ¡Mírala! Podría tener a cualquier hombre que quisiera. Y hacerlo feliz... Es una chica maravillosa. - Dicho esto, el joven soltó un largo suspiro de ensoñación.
Teresa comenzaba a incomodarse al percibir el brillo en las pupilas de Pedro. No estaba equivocado. En una sola hora, su amiga acababa de hacer felices a unos cuantos hombres quienes acababan de ver cumplido su sueño de conseguir la mano de una chica hermosa y divertida como Ana Rivas pese a no conocer su verdadera identidad. La heredera del gran imperio Rivas. De pronto, no le hacía ni una pizca de gracia observar cómo esos hombres contemplaban con deseo el cuerpo grácil de su amiga. Su primer impulso era ahuyentar a las moscas inoportunas. "Estás siendo irracional, Teresa. Sólo está pasándolo bien. Además Ana es consciente de su poder." Su propia réplica sólo lograba crear más malestar en su alma. Vio a su amiga riendo a carcajada limpia mientras ésta meditaba con aire pensativo sobre la invitación que ofrecía un joven de rodillas. Su amiga sabía muy bien lo que estaba haciendo. Y también sabía que Ana era consciente de que podía jugar con ellos a su antojo. ¡Lo que le fastidiaba era que se lo pasaba bien todo el mundo menos ella! "Antes te lo estabas pasando bien. ¿A qué se debe el cambio?". De golpe acalló esa voz interior. Bebió otro largo trago.
- ¿Puedo preguntarte una cosa? - escuchó la voz algo titubeante de Pedro. - ¿Ana te ha comentado algo acerca de mí?
La pregunta la descolocó, tanto que se atragantó mal, por lo que escupió ruidosamente el contenido del refresco, salpicando la camisa blanca del pobre Pedro. Se golpeó repetidas veces el pecho tratando de aliviar la violenta tos. Sintió una mano frotando en círculos.
- ¿Estás bien? - Pedro preguntó.
- Lo siento, me había atragantado. - Dijo entre toses, un tanto avergonzada por su torpeza.
Ya recuperada de la tos, se fijó en el estado lamentable de la camisa. Vio a Pedro sacando el pañuelo del bolsillo de sus pantalones. Se lo arrebató y se encargó de secar la mancha amarilla que mantenía pegada al pecho del joven. Éste trató de recuperar el pañuelo, alegando que no era necesario.
- No, por favor, déjame secar. Lo siento, lo siento. ¡Qué torpe soy! - se disculpó con fervor.
- ¡Tranquila! - Pedro quitó importancia al asunto. - Déjame, por favor. Ya sé que vosotras sois perfectamente capaces pero los hombres también sabemos cuidarnos solos. - Bromeó.
Teresa no pudo evitar de reírse por lo bajo, devolviendo el pañuelo manchado a su propietario. Una anciana amable, sentada cerca de ellos, ofreció su vaso de agua a Pedro. Éste la aceptó con una sonrisa y pudo quitar la mancha pese a que quedó prácticamente húmeda la parte delantera de la camisa.
- Ya está. Ahora estoy más fresco. No hay mal que por bien no venga. - guiñó.
Aunque todavía estaba avergonzada, se dejó contagiar por la alegría del joven. De inmediato, el semblante de Pedro se tornó grave.
- Teresa, antes te preguntaba... eh... no sé cómo decirte. - Desgraciadamente, la chica se acordaba perfectamente de la pregunta que le formuló. No le quedó otro remedio que esperar a que el joven lo soltara. - No quiero abusar de tu confianza.
"Maldita seas, maldita seas." Maldijo mentalmente a Ana por ponerle en esta situación violenta.
- Pero he visto que os habéis hecho grandes amigas. Me gustaría saber que... si te he hablado de mí. Quiero decir que vosotras, las chicas, soléis hablar de esto. Verás, Teresa, quiero saberlo porque... No importa, déjemoslo. Por favor, dime la verdad. - imploró, sin ocultar su nerviosismo.
No supo qué decir. Se quedó prácticamente en blanco. Observó la expresión de ansiedad en el rostro del joven. Frunció el ceño recordando la escena del baño que contempló accidentalmente y la charla con Ana sobre sus sentimientos hacia Pedro. Su amiga le aseguró que no sentía nada más por él que una gran amistad. "Con derecho al roce", repitió con sorna las palabras de Ana. Se encontró dividida en unos sentimientos contradictorios. Por un lado, sintió pena por Pedro quien había demostrado ser un joven lleno de buenas intenciones. Divertido. Culto. Amable. "Todo un galán", reconoció resignada. Y por otro, no podía evitar de sentirse territorial con Ana, queriendo alejarla de... Se frenó antes de que pudiera proseguir. "¡Deja de ser egoísta! Deja que Ana sea feliz..." Detuvo esa locura de pensamientos. Tomó otro sorbo de limonada antes de mirar directamente a la cara de Pedro.
- No. - mintió, no queriendo lastimarlo. - Lo siento, acabamos de conocernos. - balbuceó al leer la tristeza en los ojos castaños del joven.
- No, tienes razón. He sido estúpido. - Pedro se rascó la nuca a la vez que evitaba a toda costa sus ojos. - No me hagas caso. Ah, mira, esta camisa está ya casi seca. - Teresa no dijo nada cuando éste cambió abruptamente del tema. A decir la verdad, así lo prefería ella también, decidiendo seguir el juego.
- Sí, y lo siento mucho. Soy muy torpe. - dijo con una media sonrisa algo forzada.
- Un poco sí lo eres. - evidenció. Pero no era la voz de Pedro, sino la de Ana detrás de ellos.
Se volvieron. Ana los miraba entre curiosa y divertida. De pronto se acordó del motivo de su torpeza. "Maldita seas, maldita seas." En su fuero interno le profirió una sarta de insultos por ser la fuente indirecta de la incomodidad entre ella y el joven enamorado de Ana. Ésta se percató de su actitud algo hostil hacia ella, ya que su rostro se bañó de confusión.
- ¿Qué pasa aquí? - Ana dijo, algo a la defensiva por las miradas furibundas de Teresa.
- No ha pasado nada. Teresa se ha atragantado y me escupió. No soy tan horrible como para que me escupan, ¿verdad? - Pedro simuló estar herido por la falta de tacto de Teresa.
- Calla, calla. - La joven García tapó la cara con ambas manos, avergonzada.
- ¿En serio? - Ana preguntó en tono de sorpresa. Acto seguido se frotó el mentón tomándose unos segundos para pensar antes de responder. - Hombre, Pedro, horrible no estás. Pero tú, torpe lo eres. - señaló con mofa con el dedo a Teresa.
- ¡Por tu culpa! - Con la cara libre de las manos, las palabras salieron de la boca antes de poder detenerse. El tono acusador pilló de sorpresa a los tres. Al darse cuenta de su error, se corrigió rápidamente suavizando su voz. - Por tu culpa, al verte con ese joven que te pedía de rodillas tu mano... y no pude evitar de reírme mientras bebía. - Le sonó pobre como excusa pero era lo único que se le ocurría. Aparentemente, su trola coló al ver las facciones de sus amigos relajándose.
- ¡Ah! Tienes razón, estaba bastante ridículo el pobre. Pero era divertido. - Ana reconoció con una sonrisa jovial que al mismo tiempo denotaba la satisfacción de tener al mundo rendido a sus pies. Teresa giró los ojos a modo de exasperación. - Bueno, me muero de sed. ¿Qué bebéis? - miró con interés el contenido de los vasos.
- Yo una gaseosa y ella una limonada. ¿Quieres algo? - contestó Pedro. Ana ladeó la cabeza con desaprobación.
- Necesito algo fuerte. Pedro, ¿podrías traernos unos copitas de aguardiente? - pidió.
- No, no, no quiero nada de alcohol. - Teresa rechazó rotundamente.
- No digas tonterías. Pedro, tráenos y haremos un brindis por la noche fantástica. - Ana dijo, obviando las quejas de su amiga morena.
Pedro se limitó a contestar con un asentimiento de la cabeza y volvió de nuevo al bar. Ya solas, Ana se limpiaba con un pañuelo el sudor en la nuca.
- ¡Ana! Pedro me preguntaba si me habías hablado de él. - explicó tras asegurarse de que Pedro estaba lo suficientemente lejos como para oírlas.
- ¿Y? - Preguntó aburrida, continuando con su tarea de secar el sudor, esta vez, en el torso.
- ¿Y? - imitó poniendo tal énfasis, airada por la falta de interés de su amiga. - ¡Que me preguntaba si me hablabas de él! En otras palabras, "¿Teresa, sabes si le gusto?" Eso me dijo.
- ¿Y? Ya te expliqué ayer que él conoce la naturaleza de mis sentimientos. Te repito que no hay nada entre nosotros. - Ana dijo con voz cansina. Guardó el pañuelo en su bolso de mano. Teresa soltó un bufido de frustración.
- ¡Ana! ¡Escúchame! ¿Eres tonta o qué? Está e-na-mo-ra-do de ti.- Zarandeándola, deletreó con la esperanza de que su amiga entendiera la gravedad de la situación. Por fin vio cómo los ojos de Ana se abrían de par en par.
- ¿En serio? - Su amiga preguntó con una nota de alarma, mirando a ambos lados como si creyera que huirse de ahí solucionaría todos sus problemas.
- ¿Tengo cara de broma? Debes aclarárselo de una vez por todas. - aconsejó. Consideró que Pedro se merecía saber la verdad, para acabar con las falsas esperanzas que sólo le crearían más dolor.
- Tienes razón... -admitió - Hablaré con él. Te lo prometo. - Pese a su semblante sombrío, Teresa leyó la determinación en los ojos de su amiga. Podía adivinarse sus pensamientos. Francamente, no le gustaría estar en su situación. Ana cogió su mano y la estrechó. Se calmó al saber que su amiga la creía. - Gracias por decírmelo.
- De nada.- dijo, más serena.
- Cambiemos de tema. - Ana pidió. Rápidamente su rostro se iluminó sin previo aviso, algo que hizo picar la curiosidad de Teresa, cuyas cejas arquearon. - Quería verte esta mañana pero no nos hemos visto en todo el día. Hemos estado ocupadas. Tú con Héctor. - Abrió la boca para replicarla, pero Ana no la dejó.- Y yo con mis padres. Bien, aquí estamos. Espera un momento.- Vio que su amiga rebuscaba algo en su bolso de mano. - Aquí están, tachan. Ana gritó con júbilo a la vez que sujetaba a lo alto dos papelitos de color verde. Los alargó y Teresa los cogió. Sus ojos casi se saltaban de las órbitas al ver que eran unas entradas de cine. Ni más ni menos para ver...
- Pero... pero... - Teresa apenas podía articular palabra alguna.
- Sí. - afirmó con gran satisfacción..
- Pero... - tartamudeó. - pero... ¿cuándo..? ¿cómo?
- Me acordé de ti. De lo que me explicaste. Así que pensé que podría hacerte mucha ilusión ver la película "El mago de Oz", que está basada en el libro que leíste.- Teresa aún estaba anonadada. Ana continuó. - Y es para mañana a las seis de la tarde. ¿Te gustaría verla conmigo?
Sus miradas perplejas se alternaban entre las entradas y Ana. No podía creerse en la suerte de tenerla como amiga. Tal como dijo Pedro, Ana era una chica maravillosa. Se reafirmaba en su creencia de que había encontrado a su verdadera amiga que era Ana pese a las numerosas diferencias entre ellas. Se miraron fijamente. Su alma se inundó de cariño, afecto y amor... hacia esa criatura más maravillosa que había engendrado la naturaleza. Sin poder contenerse más, se abalanzó sobre ella, rodeando el cuello con los brazos.
- Lo interpreto como un sí. - Ana dijo entre risas, apretándola contra su cuerpo. Teresa cubrió su rostro de besos, ignorando las miradas confusas del público.
- Te quiero, te quiero mucho. Te quiero muchísimo. - dijo toda exultante mientras unas pequeñas lágrimas de felicidad resbalaban sobre las mejillas sonrosadas. Nunca se había sentido tan feliz como en ese momento. Sólo tenía una sola certeza. Que nunca se separaría de ella, pasara lo que pasara.
- Y yo a ti. - Ana susurró a sus oídos con voz gentil, aún abrazadas.
Teresa fue la primera en deshacer el abrazo. Aún seguía absorta mirando las entradas que sujetaba al tiempo que se secaba las lágrimas. Ana sonrió.
- Guárdalas en tu bolso. Mañana las usaremos. Me alegro mucho de que te haya gustado la sorpresa.
- Sí, mucho. Muchas gracias. - Repitió.
Haciendo caso a su amiga, metió las entradas en su bolso. En ese instante, su único deseo era que las horas transcurrieran rápido para poder ver la versión cinematográfico del libro "El Maravilloso Mago de Oz". Se moría de ganas de verla. En compañía de Ana Rivas.
- Chicas, aquí las tenéis. - anunció Pedro, quien sujetaba peligrosamente tres copitas que pidió su amiga. Ambas chicas cogieron rápidamente su copa.
- ¡Que se repitan más noches como hoy! - brindó con euforia Ana.
Teresa, olvidándose de su casi inexistente tolerancia al alcohol, chocó su copa contra las otras dos y vació en un solo trago el contenido que deslizó como un fuego por la garganta. Tosió.
- ¿Estás bien? - preguntó Ana, dando palmaditas en su espalda.
- Sí, no te preocupes. Me quemaba la garganta. Pero ya estoy mejor.
- Genial, porque ahora no os podéis librar de mí... ¡A bailar! - anunció.
Ana tomó de las manos de Pedro y Teresa, arrastrándolos hasta mezclarse con la muchedumbre. Con la cabeza algo ofuscada por el alcohol, la joven García dejó rienda suelta a sus emociones, dejándose llevar por la música eléctrica y por las manos hábiles de Ana conduciéndola. Bailaron unas tres horas seguidas sin tregua.
Cuando tocaron las cuatro de madrugada, decidieron que era hora de volver a casa. Ana estaba ligeramente ebria, por lo que Pedro tuvo que conducir, llevándolos de vuelta a la Villa Fortuna. Sentadas en el asiento trasero, Teresa y Ana se entretuvieron cantando algunas letras que causaban furor entre los jóvenes. Más de una vez, Pedro tuvo que darles un toque de atención a fin de no despertar los vecinos. Aparcó el coche en el mismo lugar de donde salieron, en las afueras de la mansión de los Rivas para no delatar su escapada. Salieron del coche y se encaminaron a la mansión. Pedro y Ana tuvieron que sujetar precariamente a una Teresa algo mareada. Por fin alcanzaron la puerta de la cocina.
- ¿Podrás caminar tú sola? Te puedo acompañar si quieres. - Ana se ofreció.
- No te preocupes. Sólo estoy mareada. - insistió aunque sabía que apenas podía mantenerse de pie sin ayuda. Sólo quería que su cabeza dejara de dar vueltas. Apoyada contra el marco de la puerta, dijo haciéndose un gran esfuerzo por mantener los ojos abiertos. - Venga, que es tarde. Iros tranquilos. Nos vemos mañana. ¡Buenas noches!
- Vamos, Ana. - dijo Pedro. Pero su amiga no estaba dispuesta a dejarla en ese estado. Pero la cabezonería de Teresa pudo con ella.
- Vale. Nos vemos mañana. - Ana contestó a regañadientes.
Ana plantó un beso en la mejilla de Teresa, cuyos ojos cerraron por reflejo. Soltó un suspiro de bienestar. Quería abrazarla pero sus brazos pesaban tanto. Abrió abruptamente los ojos al notar la pérdida del agradable contacto físico. Observó a Pedro y Ana caminando hacia el porche. Agitó la mano a modo de despedida, pese a saber que no podían verla.
Durante un largo minuto, su postura no había cambiado. No tenía fuerzas para moverse. No quería arriesgarse a sufrir otra oleada de mareos. Cerró los ojos. Casi gimió de placer al recibir en plena cara una suave brisa. La noche estaba siendo más calurosa de lo habitual, por lo que cualquier brisa fresca era bienvenida. Abrió los ojos. Lo primero que vio la hizo sonreír. Parecía llamarla desde ahí, invitándola a intercambiarse secretos. Reunió todas sus fuerzas para mover las piernas, acudiendo a la llamada. Anduvo algo torpe pero firme hasta que sus brazos extendidos tocaron la ruda y áspera madera de un árbol. Su árbol. Se abrazó al tronco, riéndose para sus adentros sabiendo que quienquiera la viera en ese instante pensaría que era una loca que se había escapado del manicomio. Levantó la vista y vio las hojas oscilándose como si estuvieran saludándola. No pudo frenar el impulso de subir a la copa. Todavía la asaltaban los mareos pero en menor medida. Subió con ciertas dificultades. Su falda oscura sufrió un jirón al ser desgarrada por una rama traicionera. Ya acomodada entre las ramas, apoyó la espalda sobre el tronco, apreciando las vistas desde lo alto. Pudo divisar de lejos las ondulaciones plateadas del lago. Sonrió al recordar la noche del baile. Su casi beso con Héctor. Su mente se encontró por completo despejada, saboreando la serenidad conocida que le otorgaba su refugio.
Estuvo a punto de de caerse de la copa cuando escuchó unas voces algo agitadas. Tenía la intención de salir de la copa pero cambió de pensamiento al verlos ahí justamente debajo de ella. Discutiendo. Aguantó la respiración por miedo a ser descubierta. Aguzó su oído.
- ¡Basta ya! - casi gritó entre sollozos.
- Ana, no llores. Escúchame. Te quiero. Siempre te he querido. - Pedro declaró con ardor. -Sé que de algún modo me quieres. ¿Me quieres? Por favor, dímelo.
- Pedro, por favor, dejémoslo. - su amiga rogó, evitando los brazos de Pedro. - Ya lo hemos hablado.
- Sí, lo sé. Pero nunca me has tomado en serio. Hasta ahora.- Intentó acercarse pero Ana se retrocedía. - Ana, te quiero desde que nos conocimos. He tratado de olvidarte pero me es imposible. Eres la razón de mi ser.
- ¡Pedro! Ya te he dicho que no puede ser.
- Pero me acabas de decirme que me quieres. - insistió.
- !Sí, pero como un amigo y nada más¡ - estalló. Esa frase los dejó sin habla, como si hubiera arrebatado la poca energía que les quedaba. Los rasgos de Ana se suavizaron mientras los de Pedro se endurecían. La joven se acercó y tomó con dulzura el rostro entre las manos. - Pedro, siempre te querré. Porque eres un hombre maravilloso. Pero no te puedo dar lo que quieres de mí. Créeme si te digo que cualquier chica que te tenga será muy afortunada. Pero no seré yo esta afortunada, lo siento. - dijo con voz quebrada.
El corazón de Teresa se encogió al atisbar entre hojas el semblante desencajado de Pedro, rechazado por la chica de sus sueños. Podía entenderlo. Ella misma albergaba esperanzas infantiles de verse correspondida por su príncipe azul durante mucho tiempo. Pese a haber sido a punto de ser besada por el señorito Perea, era consciente de numerosos obstáculos insalvables. Su amor era prácticamente imposible. Vio a Pedro con la cabeza gacha, alejándose de Ana, de vuelta a la mansión. El cuerpo del joven se sumió en la oscuridad, su única compañera en la soledad del amor no correspondido. Unos llantos ruidosos requirieron su atención. Encontró a una Ana desconsolada, cubriéndose su cara con ambas manos mientras su cuerpo sufría espasmos violentos. No sabía qué hacer. Quería correr a abrazarla pero tampoco quería importunarla con su presencia ya que en un principio no debía estar ahí contemplando un momento muy íntimo para ambos.
La vio girándose y echándose a correr hacia el bosque. Teresa tomó la decisión. No quería abandonarla en uno de los peores momentos de la vida y menos en un lugar peligroso como el bosque. Resuelta con su cometido, bajó rápidamente del árbol, ignorando otro desgarrón que sufrió su falda. Corrió a toda prisa, no queriendo perder el rastro de su amiga veloz. Se detuvo para coger el aire. Jadeada, buscó con la mirada a su amiga. Su oído captó a la derecha un ruido de ramas quebrándose bajo los pies. Fue en esa dirección. La llamó repetidas veces por el nombre de su amiga.
No tardó en encontrarla.
Ana se encontraba sentada, apoyada contra un árbol y con la cabeza hundida entre las rodillas abrazadas contra el pecho. Aminoró la velocidad a medida que se acercaba a la figura. En silencio, se agachó y posó la mano sobre el hombro de Ana, cuya cabeza se alzó bruscamente.
- ¿Qué haces aquí? - preguntó, sorprendida, con voz ronca por los sollozos.
El rostro de Ana era una pobre caricatura de su verdadera belleza. El rímel corrido por las mejillas. El cabello parecía un manojo de hojas y ramas. La mejilla manchada por el carmín. Detrás de esa máscara arruinada, brillaba dos emociones en toda su esplendor. La humanidad y la tristeza.
- Os escuché por accidente. ¿Estás bien? - habló con gentileza. Como respuesta, de la boca de su amiga salió un sollozo ronco al tiempo que hundió su rostro en el cuello de Teresa, quien la estrechó con fuerza.
- Teresa, ¿por qué no puedo quererlo? Si lo hubiera querido, no le habría hecho daño. ¡Teresa, si tiene todo. Es el sueño de toda chica! No consigo entenderlo. ¡¿Por qué no puedo quererlo y ser feliz con él? - farfulló entre lágrimas, cuya intensidad no hacía más que aumentar.
- Sssh. - siseó en un intento de calmarla. Acarició el cabello con afecto. - No tienes ninguna culpa. No puedes obligarte a quererlo si no lo sientes de veras.
Pero, en vez de apaciguarla, lo empeoraba. Notó cómo su prenda se humedecía a causa de los llantos. Unas manos agarraban con fuerza su blusa a punto de ser arrebatada. Teresa decidió no hablar hasta que su amiga se calmara por sí sola. Fueron unos cinco minutos eternos. Casi se volvía loca escuchándola martirizándose y llorando sin consuelo. Cuando su amiga por fin se aserenó, Teresa hurgó en su bolsillo y sacó un pañuelo. La tomó del mentón a Ana, levantando el rostro. Con el pañuelo, limpió las lágrimas y el maquillaje corrido.
- Ya estás guapa. Todo irá bien. - Teresa sonrió, sosteniendo con ambas manos el rostro de Ana. Ésta se limitó a apoyar una mano sobre la suya que acariciaba su mejilla.
- Gracias por estar aquí. - habló gravemente sin desviar la mirada.
Se miraron fijamente, sin mediar palabra. Teresa se descubrió estudiando las facciones de la aristócrata, débilmente alumbradas por la Luna. Esa nariz larga y refinada que quitaría el sueño de todo escultor. Esa piel de color café con leche, tersa y bien perfumada. Esas mejillas algo sonrojadas a causa del sol veraniego. Ese lunar cerca de su comisura que parecía sugerir promesas interesantes. Esa sonrisa sensual que se oscilaba a menudo hacia el costado derecho. Esos ojos que desprendían un oleaje de sentimientos puros. Ese cabello corto rizoso que siempre la tentaba a menearlo.
Sabía que en un momento dado su amiga empezó a hablar ya que los labios movían. Teresa no pudo luchar contra la corriente que la arrastraba hasta ahogarse en los hipnotizantes ojos avellana. Sus instintos se multiplicaron.
Esos ojos expresivos le decían todo y al mismo tiempo nada.
Saciedad y vacío. Ternura y desdicha. Pureza y suciedad. Amor e infelicidad.
De súbito, sin saber cómo, esos sentimientos se los tomaron como los suyos. Bajó la vista hasta los labios. En contra de los dictados del corazón, el alma revivió las emociones de la tarde anterior en la cocina. Sentía la invasión de una criatura extraña poseyendo por segunda vez su alma. Lo peor de todo era que esa criatura venía increíblemente sedienta que le exigía saciar su sed. Y esa sed sólo podía apaciguarse de una sola manera. Quería expulsar ese ser con todas sus fuerzas pero su cuerpo y, hasta su corazón, en vez de rebelarse, se pusieron de acuerdo en satisfacer esa sed. En un lugar muy recóndito donde aún conservaba la cordura, trataba de disuadirla advirtiéndole acerca de los peligros de beber la pócima letal. Pero cómo apagar esa sed si no de la manera tal como sugería su cuerpo, su alma y su corazón...
Finalmente la razón dedujo que si la apagaba, ya no volvería a sufrir el quemazón de la sed.
Cerró los ojos, disponiéndose a beber.
La primera gota que bebió casi le hizo perder el juicio.
Placer, éxtasis, deseo, locura, dolor...y más sed.
Se adentró más a medida que el suministro de agua se abría con más fuerza. La sed parecía haber mitigado pero en su contra anhelaba más, dado que cada sorbo de agua equivalía a una dosis de bienestar... bienestar celestial. El grifo se cerró de pronto. Su garganta rugió, reclamando más agua. Abrió los ojos. Observó los labios enrojecidos. Los asaltó de nuevo, obligándolos a abrir para recibir a borbotones el agua de bienestar. Su corazón se rejuvenecía una y otra vez. La energía se renovaba. El alma recobraba la serenidad.
Tras la sed, llegó la paz.
Jamás se había sentido tan bien. Abrió los ojos. Sólo para descubrir con horror lo que acababa de hacer.
Pupilas dilatadas. Aire entrecortado. Mejillas sonrojadas. Labios hinchados. Esas pruebas evidenciaban era que...
¡Acababa de besar a Ana! ¡Y lo peor era que la había besado dos veces!
Se separó violentamente de Ana, sin poder creérselo.
- Dios mío, dios mío, dios mío. - Repetía sin cesar. Se tapó la cara con las manos. - Lo siento, Ana. Lo siento muchísimo. No sé qué me ha pasado.
No podía volver a mirar nunca más a Ana. "¡Qué pensará de mí! Es horrible. Voy al infierno. Voy al infierno." - se repetía, frotándose los brazos como si con ello pudiera borrar todo rastro del pecado. No podía controlar los temblores que convulsionaban su cuerpo. Se limpió en repetidas ocasiones los labios pecadores sin importarle el dolor, sintiéndose asco hacía sí misma.
Asco por experimentar algo que no debía haber disfrutado. Asco por pedir más. Asco por perder la cabeza. Asco por desear a... una mujer.
En medio del torrente de pensamientos, escuchó vagamente su nombre repetidas veces, forzando su regreso a la realidad. A la cruel realidad donde ya no podía borrar sus acciones imperdonables.
- Teresa... - la oyó susurrando con dulzura.
Lloriqueó porque su primer impulso que muy a duras penas logró frenar era... hundirse de nuevo en esa calidez del cuerpo femenino sin oponer resistencia alguna. Se frotó los ojos impidiendo que las lágrimas brotaran. No quería mirarla. Pero una mano delgada sujetó su mentón y lo empujó hacia arriba.
No sabía qué pensar. Estaba aterrorizada con lo que encontraría en los ojos avellanas de su amiga. Entendería perfectamente que Ana quisiera poner punto y final a su corta amistad. Su acción no tenía perdón. "Ni me perdonaré nunca a mí misma." Pensó atormentada mientras Ana le suplicaba que la mirara. Tragó la saliva haciendo acopio de voluntad. Cuando levantó la vista, no pudo evitar de soltar un gemido...de sorpresa. En vez de asco, decepción, dureza... recibió comprensión, piedad, ternura... Pero había algo más en los ojos de Ana... que la perturbó tanto. Por encima de todo, había dolor... mucho dolor.
- Teresa... - La mención de su nombre la hizo volver a la realidad, recuperando la cordura. Se concentró en la chica de enfrente, aunque el miedo aún la atenazaba. Aguantó la respiración esperando la sentencia. - No es nada malo... Me ha gustado. Ha sido hermoso. - susurró su amiga.
- ¿Qué...? - gritó un tanto perpleja, sin poder dar crédito a sus oídos.
Esperaba cualquier cosa menos esto. Sus oídos no podían asimilar la información. Mientras disertaba consigo misma, en un pequeño atisbo de claridad -o de locura, quién sabía-, sus músculos se tensaron al pensar en la posible razón de los silencios de su amiga, de sus miradas que duraban más de lo debido y de los contactos físicos que parecían no acabar nunca.
Su propio corazón rechazaba vehementemente la idea que ya era de por sí ridícula, inmadura y absurda. Pero su determinación se quebró en pedazos al contemplar el rostro abatido da Ana. Ya no había marcha atrás, incapaz de apartar la mirada. Esos ojos, bajo el dolor, escondían algo intenso y vibrante. No sabía lo que era exactamente. Aún así, sabía que... hubiera lo que hubiera, no le gustaría nada. ¡No era nada normal sólo de pensarlo, por el amor de Dios! Su cuerpo temblaba como si estuviera enfermando. En cierto, lo estaba...
De inmediato se acordó de la mano de su amiga que sostenía su mentón. La zafó violentamente y se levantó de un salto, alejándose a toda prisa de Ana. Giró la cabeza, incapaz de soportar la expresión herida que cruzó el semblante de su amiga.
- Teresa... - Se levantó, acercándose sigilosamente.
- No, no, no te acerques. No ha sido nada hermoso. Es un pecado. ¡Somos mujeres! ¡¿Que no lo ves? - exclamó, dando pasos atrás.
- Teresa... escúchame. No has hecho nada malo. Somos amigas y sólo... era una muestra de tu cariño que sientes hacia mí... Es un beso inocente. - Alegó.
Quiso gritarla a pleno pulmón que el beso era todo menos inocente. La presencia de Ana la abrumaba. Ya no podía soportar estar en el mismo lugar que su amiga. Se echó a correr a toda velocidad, sin ver adónde iba. Ni le importaba. Sólo quería estar muy lejos. Y sola. Y lejos del pecado.
Oyó a su espalda la voz de Ana, gritándola por su nombre.
La luna era su testigo. De su propia desgracia. Y de la de Ana.
