Buenas... Me parece que no hay palabras para poder expresar lo mucho que siento el retraso. He tenido un año bastante movidito y todavía sigo liada. Mi ajetreada vida hace que deje de lado todo esto, pero cada vez que retomo la traducción esta historia me vuelve a enganchar. ¿Qué le voy a hacer? Es una de mis favoritas.

Me he dado cuenta de que no he traducido las notas de la autora al principio de cada capítulo. Algunas no vienen al caso (como en este capítulo, por ejemplo), ya que avisaba de cuándo iba a publicar el siguiente o de cómo le iba la vida. Sin embargo, hay capítulos en los que habla o comenta sobre la obra. Así que prometo volver hacia atrás y publicar lo que sea relevante. Os avisaré cuando los tenga todos listos por si queréis leer las notas de los capítulos anteriores.

Sin más dilación, os dejo con el siguiente capítulo. Es bastante emocional (con lo que me sé de una que ya está poniendo los ojos en blanco), pero hay momentos muy bonitos.

Mis más sinceras felicitaciones a MAEC, que pronto cumple años. Espero que lo disfrutes mucho, perla.

Por supuesto, esta historia pertenece a Ayezur y la historia y personajes originales a Watsuki Nobuhiro.


CAPÍTULO 9: Salva a tu corazón y llévate tu alma. (Save your heart and take your soul - Seven Devils)

Algo había cambiado y Yahiko no sabía lo que hacer al respecto.

No era sólo que Kenshin hubiese dejado de llamar a Kaoru «señora», aunque ciertamente era un cambio y uno bueno; hizo creer a Yahiko que quizá Megumi había tenido razón después de todo y que, de alguna forma, funcionaba lo que estaban haciendo. Pero no era sólo eso y no era sólo Kenshin quien había cambiado. Kaoru casi no había vuelto a alzar la voz, ni siquiera cuando la llamaba «fea». Sano apenas hablaba, sólo cavilaba con las manos en los bolsillos. Megumi actuaba como si todo fuese igual, hasta que la mirabas a los ojos: había algo allí que recordaba a ramas de árbol viejo.

De un tiempo a esta parte había empezado a sentir que no cabía en su propia piel, como si algo dentro de él estuviera intentando crecer más allá de los límites del hueso y la carne, y no era una mala sensación, no exactamente. Excepto que esa misma cosa le picaba en la parte posterior de la garganta y no sabía cómo dejarla salir; esa cosa que era como estar de pie al borde de un acantilado mirando hacia abajo para ver a las olas estrellarse contra las rocas.

La primera vez que Kaoru puso una espada de madera en sus manos había jurado que nunca, jamás, volvería a sentirse indefenso. Que aprendería a luchar y que la próxima vez que alguien viniese e intentase llevarse lo que era suyo —intentase hacer daño a la gente y a los lugares que amaba— no serían capaces de hacerlo. Los pararía. Los haría pagar.

Y había hecho pagar a Kihei, con sangre y moratones y haciéndolo encogerse de miedo.

Entonces, ¿por qué no lo hacía sentir bien?

Kihei había sido una despreciable babosa, más cerca de ser un monstruo que una persona. Había intentado hacerle daño a Kaoru. Había atacado el hogar de Yahiko. Había...

Había parecido sumamente patético, tirado en el lodoso suelo, gimoteando. Y también lo había parecido después, en la sala de audiencias: temblando, retrayéndose y encogiéndose de miedo, con sus rasguños apenas curados y sus morados tomando un enfermizo amarillo parduzco. En ese momento Yahiko había recordado algo que Kaoru había dicho a la ligera una vez hacía mucho tiempo, citando a su padre, acerca de cómo los monstruos eran siempre más pequeños a la luz del día. Debería haberlo alegrado pensar que él había empequeñecido a ese monstruo, pero no lo hizo: lo hizo sentir pequeño y asqueado por dentro.

Pero Kihei no habría dejado que algo así lo detuviera, había discutido consigo mismo, y tan pronto como lo hubo pensado, una silenciosa voz le había contestado «¿pero no se supone que tienes que ser mejor que Kihei?»

La espada que protege. Había creído comprender lo que eso significaba —para proteger a alguien tienes que ser fuerte, ¿no?—, pero mientras había estado en la sala de audiencias con Sano lanzando miradas asesinas por encima de su hombro (y Sano era fuerte, y Sano no había estado allí, y ¿de qué le servía la fuerza a alguien si no estaba allí?) había pensado que quizá no lo había comprendido en absoluto.

Yahiko dio un suspiro apoyando la cabeza contra el pilar del porche y observó a Kenshin mientras sacaba despacio un cubo de agua del pozo. El día había sido muy luminoso y casi tan cálido como si en verdad fuera primavera; el sol aún estaba semioculto tras las nubes, pero por lo menos había hecho acto de presencia. Ahora se acercaba el atardecer y el sol estaba empezando a bajar por su arco descendente hacia el horizonte. El aire estaba en calma y olía como a brotes nuevos.

Kaoru y Sano estaban fuera desde el almuerzo y le habían advertido que no los esperara hasta después de que oscureciese. Así que había cogido algo de comida para llevar del Akabeko1, suficiente para él y Kenshin, y conseguido llegar a casa antes de que Kenshin empezara a cocinar. Cuando Yahiko le dijo que se estuviera quieto y dispuso la comida, Kenshin se había puesto tenso, relajándose una pizca después de que Yahiko hubo cogido su parte y gesticulado para que Kenshin cogiese el resto. Se había refugiado en la cocina para comer, pero por lo menos había comido. Yahiko había medio temido haber pisoteado sin querer una de las mil y una extrañas reglas que constreñían al hombre más adulto, pero éste había cocinado todas las noches que había sido físicamente capaz y ya era hora de que tuviese un descanso.

Kenshin llevó el cubo al interior de la cocina. Cuando volvió a salir se detuvo un momento, con los ojos ensombrecidos por su largo pelo rojo. Entonces fue y se arrodilló al lado de lo que se suponía que debía ser un jardín, pero que en realidad era sólo una esquina del patio cubierta de malas hierbas con la que Kaoru no había tenido tiempo de hacer nada al respecto. Estudió el suelo durante un buen rato, lo bastante largo como para que Yahiko decidiese caminar hasta allí y ver qué ocurría.

—¿Pasa algo? —preguntó agachándose al lado de Kenshin. La cabeza de Kenshin se hundió un poco más y Yahiko creyó haber visto los hombros del pelirrojo elevarse, como si se estuviese preparando para encogerse.

—La señorita Kaoru le ordenó a este ser indigno que mantuviera la casa en buen estado —dijo tras una pausa.

Yahiko reflexionó sobre ello mirando al trozo de jardín cubierto de maleza. En realidad era más maleza que jardín, pero que él supiera Kaoru no le había dicho exactamente a Kenshin que cuidase del jardín, no con esas palabras...

Así que ¿esto era quizá algo que Kenshin había decidido hacer por sí mismo? Había estado haciendo elecciones desde hacía algún tiempo, pero sólo cuando se lo habían propuesto; que Yahiko supiese, ésta era la primera vez que había indicado que quería hacer algo por su cuenta. Si es que de verdad estaba haciendo eso. Quizá Kaoru le había dicho que se ocupase del jardín.

Por otro lado, ¿realmente importaba lo que Kaoru podía haberle dicho a Kenshin que hiciese?

Sabía que por lo menos a Kenshin sí. Pero no debería y eso parecía más importante.

—Creo que hay algunas herramientas de jardinería en el almacén, arriba en el altillo —dijo, poniéndose de pie—. ¿Quieres que las traiga?

Kenshin hizo una reverencia apresuradamente y empezó a levantarse.

—Este ser indigno irá...

—No, no. —gesticuló Yahiko con las manos y Kenshin se detuvo sobresaltado—. Es una idea muy buena. Quiero ayudar. —Yahiko se puso en camino al almacén mientras hablaba hacia atrás por encima del hombro—. Tú averigua por dónde empezar, ¿vale? Traeré las herramientas.

Los utensilios de jardinería estaban donde Yahiko recordaba: envueltos en tela en el altillo tras un montón de muñecos de entrenamiento rotos en varias fases de reparación y una especie de estante desarmado. Estaban dispuestos al lado de una pequeña caja, una que Yahiko no recordaba, marcada con un emblema familiar que Yahiko no reconocía. Aunque tenía el fuerte presentimiento de que debería.

Recorrió el emblema con los dedos, frunciendo el ceño. Una línea gruesa horizontal y tres puntos por debajo, formando una pirámide invertida. Le parecía familiar. Muy familiar. Y la caja ni siquiera estaba cubierta de polvo lo suficiente como para haber estado en el altillo mucho tiempo. Allí nadie limpiaba nunca: todo lo que había en el altillo estaba roto o raramente merecía la preocupación de almacenarlo en la habitación principal. Pero nunca antes había visto nada con esa marca ni en la casa ni en la sala de entrenamiento.

No era muy grande —no mucho más grande que una cacerola de sopa—, pero sí pesada, como descubrió cuando la cogió y la agitó para averiguar qué contenía. Algo tintineó y repiqueteó dentro de ella: muchas cosas, pequeñas, metálicas y, francamente, sonando un montonazo como a dinero—. Nunca había sido un ladrón de casas muy bueno, pero sí un excelente carterista, y había birlado suficientes monederos repletos para reconocer el sonido del dinero contante y sonante.

¿Qué estaba haciendo una caja rebosante de dinero en el altillo de Kaoru? Supuso que podía ser calderilla, clavos o cualquier otra cosa inofensiva, pero tenía un precinto en el borde y un candado y... Todo el asunto parecía sospechoso.

Yahiko volvió a poner la caja en donde la había encontrado con mucho cuidado, haciendo todo lo posible por ocultar el lugar donde se había alterado el polvo, y bajó la escalera con las herramientas envueltas en tela bajo un brazo. Kenshin se encontraba de pie en mitad del almacén, permaneciendo extremadamente quieto.

—Están un poco oxidadas. ¿Te van bien? —preguntó Yahiko con cierta indecisión. Hablar con Kenshin era duro: la idea de dirigirse a él de la forma en la que lo hacía Kaoru lo ponía enfermo. La forma en la que Kaoru tenía que hacerlo, se recordó, porque ella era la «señora» y había reglas, y Megumi les había explicado que a Kenshin no se le podía forzar a romper las reglas con las que había sido atado. Tenía que romperlas él solo o estaría demasiado asustado para funcionar. Todo lo que podían hacer era mostrarle que no pasaría nada malo si lo hacía.

Pero aun sabiendo todo eso, parecía estar mal.

Se preguntó cómo podía soportarlo Kaoru.

Yahiko le tendió el bulto de tela y Kenshin lo cogió, lo desenrolló y estudió las herramientas con la cabeza gacha y los hombros caídos. Todavía tenía tendencia a derrumbarse sobre sí mismo, aunque sucedía con mucha menos frecuencia desde hacía unas pocas semanas. Desde que ambos habían vuelto de la mansión de Kanryu (de una pieza en cuerpo y mente, y hasta que no se encontraron a salvo en casa, Yahiko no se había dado cuenta de lo terriblemente asustado que había estado de cosas a las que todavía no se atrevía a nombrar, ni siquiera en la privacidad de sus pesadillas).

—Perdone a este ser indigno por molestarlo, joven señor —dijo Kenshin con cautela, y tragó con fuerza.

—No es ninguna molestia —Yahiko se dio la vuelta, tirando distraídamente de un listón de la escalera que se había salido un poco hasta ponerlo en su sitio—. También es mi casa, ¿sabes?

Entonces Kenshin hizo una reverencia, se dio la vuelta y se fue. Yahiko lo siguió, meditando sobre el tema de la caja. Si era dinero, era un montón, más de lo que Kaoru ganaba en un año. A lo mejor podía ser otra cosa, pero no se le ocurría qué otra cosa podía hacer ese sonido tan característico. Kaoru no habría cabido en sí de gozo si hubiera tenido la suerte de dar con tal cantidad inesperada de dinero, así que no debía saber de su existencia. Con lo que, ¿quién podría haberlo dejado allí?

Le echó un vistazo intranquilo a Kenshin cuando el hombre de más edad se volvió a arrodillar al borde de la parcela de jardín. No podía tratarse de alguien que intentara volver a tenderle una trampa a Kaoru, ¿verdad? Después de todo, los hermanos Hiruma estaban en la cárcel; aunque por otro lado, eso no significaba que no tuvieran aliados por ahí. Y eran del tipo de gusanos de mente retorcida que buscan venganza, aun si —mierda, especialmente si—eran derrotados por las reglas de su propio juego.

Yahiko negó con la cabeza. Ahora no había nada que pudiera hacer al respecto. Se lo preguntaría a Kaoru cuando regresase.

En vez de preocuparse tanto, se sentó en el suelo al lado de Kenshin y lo observó durante un rato. Kenshin estaba arrancando las malas hierbas con una eficiencia minuciosa y metódica. Había vuelto a ocultar los ojos tras sus mechones de pelo y Yahiko creyó ver que sus dedos temblaron cuando los ahondó en la tierra, enroscándolos alrededor de un grupo de raíces particularmente rebeldes.

—Entonces, ¿vamos a arrancarlo todo?

Kenshin se sobresaltó, luego terminó de arrancar esa mala hierba y la colocó sobre la pequeña pila que había acumulado.

—No, joven señor —dijo, y Yahiko pudo ver lo mucho que le costó. Había una tensión tremenda en la mandíbula de Kenshin, una que sólo había visto una vez antes: el día en el que la policía había venido a intentar llevárselo.

—¿Me puedes enseñar lo que no debo arrancar?

Otra casi sacudida y Kenshin se puso en pie en silencio. Señaló a un puñado de plantas, fácilmente distinguibles de la mala hierba.

—De acuerdo —dijo Yahiko, y se deslizó hacia el otro lado del jardín—. Ocúpate de ese lado. Yo me ocuparé de éste y nos encontramos en el centro. Y... mmm... —El joven movió las manos con nerviosismo—. ¿Sabes? No tienes que llamarme «joven señor» y todo eso. «Yahiko» es suficiente. Quiero decir, si te parece bien.

Durante un único y largo segundo, Kenshin se volvió a quedar completamente quieto —y Yahiko estaba seguro de que había sobrepasado los límites de algún modo, roto alguna regla de la que no le habían hablado y de la que por sí mismo no había conseguido darse cuenta—, pero luego, muy despacio, Kenshin volvió a tranquilizarse.

—Como desee, joven señor. Ya...Yahiko. Señor Yahiko.

Se puso a quitar malas hierbas de nuevo y Yahiko creyó que había visto algo moverse en el rostro de Kenshin, algo que no era una sonrisa del todo, pero que quería serlo.

El suelo estaba más blando de lo que Yahiko pensó que estaría. Había cierta resistencia al principio, pero bajo esa superficie compactada la tierra era fértil y estaba húmeda, y se sorprendió al encontrar cierto placer en trabajarla con las manos. Bueno, la mayor parte con las manos: la mala hierba se debía arrancar de raíz y algunas veces las raíces eran muy profundas. Pero había una técnica para eso y era fácil cogerle el truco a cavar y aflojar a esas glotonas, cortando los capilares pequeños para sacar la parte más grande. No estaba seguro de por qué no debía preocuparse por esas venas más pequeñas que salían del tronco principal, pero Kenshin parecía saber lo que hacía y había negado con la cabeza cuando Yahiko le había preguntado qué hacer con ellas. Así que supuso que quiso decir que no importaban.

No tenía ni idea de jardines, ni de nada relacionado con plantar o cultivar. Al fin y al cabo era un samurái y, a pesar de que también había sido un carterista y una rata callejera —a pesar de que su familia se había endeudado y caído en desgracia, perdiendo su posición entre los miles de subordinados del shogun2—, nunca había dejado de ser un samurái. Uno no lo hacía, por muy bajo que cayera. Y un samurái no cultivaba. Eso era un trabajo de campesinos.

Aunque era algo agradable. No divertido exactamente, porque era un trabajo duro, pero una sensación firme y cálida comenzó a llenar su pecho cuando vio cómo el espacio libre de maleza crecía desde los extremos del terreno hacia la mitad del enmarañado caos, con la tierra virgen toda revuelta, oscura y lista para sembrar.

Kenshin había limpiado mucho más terreno que Yahiko. El joven se sentó sobre sus talones, estudiando al de mayor edad por un momento. Kenshin trabajaba sin prisa pero sin pausa, sin quejarse. Él lo hacía todo sin quejarse. Las únicas veces que Yahiko lo había visto perder la calma fue durante todo el asunto con los Hirumas. La primera vez, cuando Kihei había intentado comprarlo y la segunda, un breve instante después del asalto de Gohei. Yahiko se había arrodillado al lado de Kaoru y Kenshin lo había observado fijamente con la mirada resquebrajada como si de un espejo roto se tratase. Alguien había estado mirando detrás de esos ojos, alguien más herido y más asustado de lo que el críptico Kenshin solía estar.

Quizás ésa era la persona a la que Kaoru siempre veía cuando lo miraba.

Kenshin alzó la cabeza, como si hubiese escuchado los pensamientos de Yahiko. Entonces sus ojos se dirigieron a la puerta.

—La señorita Kaoru está de vuelta, joven señor —dijo sin emoción, y recogió las malas hierbas arrancadas. Yahiko lo imitó, tirando las suyas en un montón que había contra el muro junto con las de Kenshin. El pelirrojo se dio la vuelta tan pronto como se hubo ocupado de lo que cargaba en los brazos, echando casi a correr —aunque no del todo— hacia la puerta.

—¡Kenshin! —Kaoru sonaba feliz de estar en casa, feliz de verlos, pero sus ojos parecían distantes—. Y Yahiko. No creí que los dos estuvieseis todavía afuera a estas horas.

El sol estaba casi bajo el horizonte, aunque había suficiente luz para ver lo que les rodeaba, y sería así por otra hora más o así.

—Estábamos limpiando ese viejo trozo de jardín —dijo Yahiko, apuntando con el pulgar por encima del hombro hacia dicho lugar —. Fue idea de Kenshin.

Kenshin se mantenía con demasiada quietud otra vez. Kaoru miró tras ellos, hacia el jardín, y sonrió. Y ésa era una sonrisa de verdad. Yahiko le había visto bastantes falsas últimamente como para saber la diferencia.

—¿De verdad? ¡Eso es fantástico! Ya era hora de que alguien hiciese algo con ese viejo pedazo de tierra.

Una exhalación imperceptible y la calma de Kenshin regresó. Era más que calma: parecía que se inclinaba hacia el espacio que ocupaba la joven de la misma forma en la que las hojas de los árboles se giraban lentamente para seguir al sol. Eso hizo que la garganta de Yahiko se cerrara con cosas para las que no tenía palabras, en todo caso ninguna que importase. Cualquier cosa que pudiera pensar decir sonaría como si culpase a Kaoru por esto, cuando no era culpa suya. Sabía tan bien como cualquier otro lo que le había costado darle a Kenshin incluso este poquito de paz.

—Creí que Sano y tú no ibais a volver hasta más tarde —continuó él.

—No hemos vuelto —dijo ella, echando a andar hacia el almacén—. Sólo he venido para coger algo. No deberíais molestaros en esperarnos levantados, ninguno de los dos. Vamos a estar fuera hasta muy tarde.

—¿Cómo de tarde? —exigió Yahiko, alarmado ante la ligereza de su paso. Iba derecha al almacén como una avispa enfadada y bajo la chaqueta sus hombros estaban tan tensos como una cuerda a punto de romperse. Portaba su espada de madera en el costado y llevaba una hakama3 sobre el kimono. Kenshin trotó tras ella como un perrito faldero y a Yahiko se le volvió a revolver el estómago ante la comparación.

—¡Tarde! —contestó ella, abriendo la puerta—. ¡No te preocupes! No pasa nada, Kenshin, no necesito ayuda —dijo Kaoru rápidamente cuando él se dispuso a seguirla al interior—. Volveremos antes de que amanezca, ¿vale?

La puerta se deslizó cerrándose. Yahiko frunció el ceño y se dirigió hacia el almacén. Kenshin estaba de pie en lo alto de la escalera, esperando, y antes de que Yahiko pudiera atravesar la mitad del patio siquiera, la puerta se volvió a abrir y Kaoru salió con una pequeña caja de madera en los brazos. Había una marca en la caja: un emblema familiar con una gruesa línea horizontal y tres puntos por debajo, formando una pirámide invertida.

El estómago de Yahiko le dio un vuelco.

—¿Qué necesitabas coger? —preguntó él, en un tono excesivamente casual, aunque Kaoru no pareció darse cuenta.

—Oh, sólo es algo de Sano. —exhaló ella, dirigiéndose de nuevo hacia la puerta y metiendo la pequeña y delgada caja dentro de su chaqueta—. Nada importante, sólo algún trasto viejo que prometió cuidarle a un amigo mientras que éste estaba fuera del país. Y ahora su amigo ha vuelto, así que Sano tiene que devolvérselo.

—¿Y eso os va a llevar toda la noche?

—Bueno, ya sabes cómo es Sano cuando queda con sus viejos amigos. Les llevará hasta el amanecer. Y de verdad que quiere que conozca a este chico. Creo que está intentando organizarme una cita. —Una expresión desesperada cruzó el rostro de la kendoka4—. Francamente, como si tuviera tiempo.

Yahiko respondió de forma automática con una pulla sobre su apariencia, su peso o su falta de gracia femenina y obtuvo la respuesta deseada, ya que tuvo que esquivar una bofetada cuando ella salía por la puerta. Pero no sabía lo que había dicho: su mente no reaccionaba y se le habían helado las venas porque Kaoru estaba mintiendo. Era buena —muy buena, teniendo en cuenta que él no creía que le hubiese mentido nunca antes—, pero la joven nunca había tenido que mentir para vivir y él sí. Yahiko había necesitado hacer que otros confiasen en él y también saber en quien confiar para poder sobrevivir.

Estaba mintiéndole a él. Estaba pasando algo, algo gordo, y ella no creía poder confiar en él para contarle la verdad.

—A la mierda con eso —murmuró, y miró alrededor del dojo5 con ojos de ladrón. No podía coger y seguirla por la puerta; podría darse cuenta. Aunque había un árbol que crecía junto al muro contiguo...

Lo escaló en un momento y la vio desvaneciéndose en la distancia hacia la bahía. La distancia entre la rama y el muro era insignificante: la podía haber atravesado con una sola mano y una cinta sobre los ojos. Y si ella pensaba que iba a meterse en problemas, quizá a resultar herida, o quizá a ser asesinada y que él iba a dejar simplemente que ocurriera sin ni siquiera...

Bueno. Él era el hombre de la casa después de todo.

Yahiko se balanceó en lo alto de la rama, preparándose para saltar, cuando una voz suave lo llamó desde el patio.

—Joven señor.

Kenshin. Yahiko bajó la vista para ver al hombre de más edad de pie relajadamente a los pies del árbol, observándolo con unos ojos abiertos que casi mostraban preocupación.

—No te preocupes —le dijo Yahiko—. También sé que está tramando algo. No dejaré que le ocurra nada. Todo irá bien.

Entonces saltó del muro y se fue tras Kaoru.

No miró atrás: si lo hubiese hecho habría visto —tras una larga y preñada pausa— un borrón de marrón y rojo cuando Kenshin saltó el muro en un rápido movimiento y lo siguió.


Era fácil seguir a Kaoru: al fin y al cabo no creía que la estuvieran siguiendo. El estómago de Yahiko se iba empequeñeciendo a medida que los barrios iban empeorando. Iba en dirección a los muelles y encima a los antiguos —no a los puertos luminosos y bien patrullados que solían usar los barcos y dignatarios extranjeros—. Ningún comercio occidental venía nunca hasta estos muelles, sólo viejos pescadores de costumbres fijas y comerciantes locales que no podían o que no querían permitirse un atracadero mejor. Era el último lugar al que alguien como Kaoru debería ir nunca. Las prendas de seda y el brillante lazo que la señalaban como una mujer respetable de cierto estatus en su propio vecindario, aquí sólo la convertían en un objetivo.

Al menos parecía saberlo. Sus pasos se hicieron más largos y su espalda se puso más recta mientras caminaba, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, y su mano descansaba cuidadosamente sobre la empuñadura de su espada de madera. La mayoría de la chusma se apartó de su camino, no queriendo aventurarse con alguien que caminaba con tanta confianza, pero sí que la observaban con creciente especulación los suficientes como para que el puño de Yahiko se cerrara con impotencia. Y esperó que se encontrara con Sano pronto.

Su destino era un antro en mitad del vecindario, a alrededor de una manzana o así del agua. En la calle se derramaba una humeante luz a través de las ventanas de listones de madera junto con risas, unos singulares chillidos femeninos y los alaridos ocasionales de un samisén6 mal afinado cuando intentaba llegar a las notas más altas y no lo conseguía. Kaoru entró en él y un minuto más tarde Sano y ella emergieron con el brazo de él rodeando de forma despreocupada los hombros de la joven. Habrían podido parecer dos amantes escabulléndose en la noche en busca de algún lugar más privado si no veías la recelosa cautela que portaban sus rostros.

Yahiko dejó que se alejasen un poco antes de volver a seguirlos. Sano era bueno, muy bueno, y ahora debía tener más cuidado.

Bajaron hasta la orilla del agua y empezaron a caminar hacia las afueras de la ciudad, mucho más allá de las farolas y de incluso la pretensión de respetabilidad. A Yahiko le llevó unos minutos darse cuenta de hacia dónde se dirigían, pero tan pronto como lo hizo, todo tuvo sentido.

Incluso antes de que el país se hubiese abierto al comercio con Occidente, había habido traficantes en la Bahía de Edo7. Había más, ahora que el comercio estaba tan poco regulado, pero aún usaban los mismos puntos de atraque y la policía todavía hacía la vista gorda, siempre que se pagasen los sobornos y nadie se pasara de la raya. Kaoru y Sano se dirigieron hacia uno de los puntos más seguros, uno del que Yahiko estaba bastante seguro de que la policía no tenía ni idea. Lo que explicaba la caja llena de dinero, pero no explicaba nada más. ¿Qué querría Kaoru de los traficantes? ¿De dónde había conseguido el dinero para pagarles? ¿Y qué es lo que Sano...? No, probablemente la estaba ayudando. Al fin y al cabo, ¿cómo iba a saber ella cómo contactar con los traficantes sin él?

Pero ¿por qué la estaba ayudando? Tenía que ser algo importante para ella, muy importante. Si no, Sano la habría convencido para que no lo hiciese o habría encontrado alguna otra forma.

O quizás...

Yahiko tragó, sintiendo de repente la garganta seca y tan tensa por cosas que no se podía permitir sentir ahora que apenas le pasaba la saliva. Quizás había ocurrido algo, ese día en el que ella y Kenshin fueron a la mansión de Kanryu. Y... bueno, el primer día que Kenshin vino a quedarse con ellos ella había dicho que era probable que tuviera que abandonar el país, así que quizás... quizás se estaba agenciando un pasaje de forma clandestina de manera que no pudieran seguirlos ni a ella ni a Kenshin.

¡Pero Kaoru se lo habría dicho!

A menos que no pudiera llevarlo con ella —o era tan importante que la joven no podía quedarse bajo ninguna circunstancia, no se podía permitir siquiera darle a elegir si quedarse o irse con ella...

Yahiko se restregó los ojos con furia y continuó siguiéndola, con el estómago anudándosele en la columna vertebral.

Finalmente, se acabó la madera podrida y descuidada de los muelles y comenzó una lodosa senda que llevaba hacia un acantilado poblado de árboles. Sano se detuvo a encender un pequeño farolillo y entonces él y Kaoru empezaron a subir por el sendero. Proyectaba justo la luz necesaria frente a ellos para evitar que tropezaran. Esta noche había una luna perfecta para los contrabandistas, oscura y cubierta de nubes, y el bosque no tenía farolas.

Una ligera brisa hizo susurrar a los árboles, un suave contrapunto a las pequeñas olas que siseaban contra la orilla. Tironeó de la ropa de Yahiko y le rozó el pelo al pasar, oliendo a sal y a pescado muerto, y el joven se descalzó y puso las sandalias dentro de su camisa para poder moverse de forma más silenciosa.

El farol hizo que fuera fácil seguir a Kaoru y Sano si sabías lo que buscar. El pequeño círculo de luz se balanceaba frente a ellos como un fuego fatuo, sin ser lo demasiado grande como para revelar su posición —no, a menos que ya supieses que estaban allí—. Siguieron todo el camino hasta llegar a lo alto del acantilado. Arriba del todo había un pequeño claro, daba al océano y el bosque lo resguardaba. Yahiko no quiso traspasar la línea de árboles y reptó con cuidado bajo un arbusto no muy alto, asegurándose de oscurecer su ropa con barro y tierra mientras lo hacía. Entonces se acomodó a esperar.

No pasó mucho tiempo hasta que tres hombres emergieron del borde del acantilado, apareciendo como por arte de magia —probablemente por una puerta oculta de algún tipo, una que conducía a las cuevas que había más abajo—. Yahiko no fue capaz de escuchar lo que decían, pero sus gestos fueron más que evidentes cuando se detuvieron fuera del alcance de Kaoru y Sano. El líder se frotó las manos, con una gran sonrisa en los labios.

Kaoru metió la mano en la chaqueta y Sano se puso rápidamente frente a ella, negando con la cabeza. El líder frunció el ceño y cruzó los brazos. Sano lo imitó, fulminándolo con la mirada.

Un gesto brusco y una orden bramada. Uno de los hombres volvió a desaparecer y regresó unos segundos más tarde, portando una enorme caja con la ayuda de un cuarto. La depositaron entre su jefe y Sano y se alejaron lentamente. El cuarto hombre no se marchó.

Sano agitó la mano hacia la caja. El jefe agitó la mano hacia sus hombres. Uno de ellos se adelantó con una palanca y forzó la tapa, entonces retrocedió para dejar que Sano inspeccionara lo que fuera que contuviese en su interior. Introdujo la mano y sacó un rifle y Yahiko tuvo que meterse el puño en la boca con fuerza para reprimir un grito.

Contrabando de armas. ¡Contrabando de armas! Pero... ¿por qué haría Kaoru...? ¿Por qué haría Sano...?

Una rama crujió tras él. Se quedó inmóvil, con el corazón latiéndole con un irregular tamborileo contra las costillas. Su mano libre se hundió en la tierra, sintiendo los granos, recordándole terriblemente al pacífico jardín. Y, muy despacio, giró la cabeza.

Había hombres en el bosque, armados, agachados con rifles en la mano y los ojos fijos en Kaoru y Sano. Y estaba claro que no eran policías.

Ahora Sano dejó que Kaoru se pusiese a su lado y sacase la caja con el dinero. El líder la cogió con una empalagosa reverencia y la abrió, comprobando su contenido. Una sonrisa se deslizó por su rostro como la espuma sobre una fuga de petróleo y Sano se arrodilló para recoger la mercancía.

Lentamente, con mucho cuidado, Yahiko se acuclilló e hizo que los dedos de sus pies se aferraran al suelo, preparándose para echar a correr. Los hombres armados podían ser sólo un seguro en caso de que el trato saliese mal para los traficantes. O podían ser algo completamente diferente. Fijó los ojos en el líder de los contrabandistas, temeroso de parpadear siquiera un momento.

El líder dijo algo. Kaoru se giró, con la sorpresa visible en sus rasgos incluso bajo la tenue luz del farol. Él le tocó la manga y ella lo dejó, maldita mujer. Sano frunció el ceño y apartó la mano del hombre de un golpe, echándose al hombro la caja de rifles con un brazo. Señaló a la caja de dinero; el líder negó con la cabeza, sonriendo con amplitud como el cerdo comemierda que era.

Yahiko apretó los puños contra la tierra. Ahora Sano estaba enfadado y Kaoru le tiraba de la manga. Ella sabía tan bien como Yahiko cómo era Sano cuando empezaba... La ira siempre lo volvía un poco estúpido y éste no era el momento para ser estúpido...

Los hombres armados adoptaron la posición de en guardia. Yahikó observaba al líder, esperando la señal que estaba por llegar.

El líder chasqueó los dedos y sus hombres se abrieron en abanico tras él. Yahiko le echó un vistazo a los hombres con los rifles y los vio subir las armas a sus hombros, vio la débil chispa roja de sus piedras...

—¡Sano! ¡Kaoru! ¡Es una trampa!

Salió disparado de los árboles, mientras las balas pasaban zumbando a su alrededor. Una le arañó el hombro. Sano se había girado al gritar Yahiko y se dirigió hacia el bosque de un salto, con el rostro contraído en un furioso gruñido. Dejando a Kaoru sola. Ella había sacado su espada de madera, bloqueando un golpe del hombre que portaba la palanca: giró la muñeca y la palanca salió volando de la mano del hombre. Un paso hacia delante y le había estampado la empuñadura en la barriga. Él se dobló hacia delante, tosiendo.

Yahiko se abalanzó contra el contrabandista que estaba más cerca, sacando su propia espada de bambú de la espalda. Su oponente se rio; entonces Yahiko lo golpeó con la espada de prácticas en el hombro y la risa del hombre se transformó en un furioso rugido mientras se agarraba el brazo aturdido. El líder había retrocedido y los otros dos hombres se habían unido al que luchaba contra Kaoru. Estaba rodeada...

—¡Kenshin! —gritó Kaoru con la sorpresa impresa en su voz. Y de repente se produjo un torbellino en mitad de la melé, el pelo rojo fustigó como un látigo bajo la lámpara del farol y los hombres salieron volando hacia atrás cuando Kenshin le despejó a Kaoru un lugar seguro en el que estar. Yahiko se quedó sorprendido durante un momento, preguntándose de dónde había salido Kenshin: qué estaba haciendo aquí, cuando se suponía que no debía dejar el dojo sin el permiso de Kaoru; y entonces el hombre que luchaba contra Yahiko echó a andar hacia los dos. Yahiko lo golpeó con fuerza en la rodilla.

—¡Estás luchando conmigo! —gritó, pero la voz se le rompió al recordar el sabor de la sangre de Kihei en la boca. Y ese momento de duda fue un momento demasiado largo, ya que el traficante lo cogió por el cuello de la camisa y lo abofeteó con el revés de la mano. La luz le estalló en el lateral del rostro, como fuegos artificiales.

—Maldito mocoso —escupió, y lo lanzó lejos. Yahiko aterrizó con fuerza, nublándosele los extremos de su campo de visión cuando el aire le salió de golpe de los pulmones. Se esforzó por ponerse de pie con un ojo ya cerrado y amoratado. De alguna forma, tenía una piedra en la mano.

—¡No te atrevas a darme la espalda, joder! —chilló con una negra furia retorciéndole las entrañas. Porque todo estaba mal; porque Kaoru estaba envuelta en asuntos turbios con hombres malvados y Sano no la estaba protegiendo, y ninguno de ellos hablaba con él y nada tenía sentido ya. Y con razón no lo tomaban en serio si no podía conseguir que ni un solo combatiente lo considerara una amenaza... Si las únicas personas contra las que podía luchar eran cobardes...

Lanzó la piedra. Se estampó con fuerza en la parte trasera de la cabeza del hombre y éste se giró, avanzando con una cruda mirada en los ojos. Yahiko retrocedió, extendiendo su espada frente a él.

El contrabandista miró más allá del joven durante un segundo. Y sonrió.

—¡Estúpido chiquillo! —dijo casi con amabilidad, y le dio un empujón. Yahiko deslizó el pie tras él para recuperar el equilibrio, pero no había suelo. ¡No había suelo! Y el estómago le dio un vuelco cuando cayó hacia atrás y siguió cayendo sobre el borde del acantilado. El mundo se ralentizó. Vio los ojos de Kaoru abrirse de par en par, la escuchó gritar su nombre. Vio a Sano lanzar de repente al hombre con el que estaba luchando cuerpo a cuerpo contra los otros traficantes y correr hacia el borde. Vio el fogonazo de las pistolas al dispararse en minucioso detalle...

«Demasiado tarde», le dio tiempo a pensar, y entonces impactó contra el agua.


Yahiko cayó.

El tiempo se detuvo.

Kaoru gritó.

El joven desapareció sobre el borde del acantilado y el tiempo comenzó a avanzar de nuevo. Kaoru salió corriendo hacia el borde, a sólo un paso por detrás de Sano, pero ambos fueron superados por Kenshin. «¿Cómo podía moverse tan rápido un ser humano?», se preguntó ella en la terrorífica separación entre un latido y otro cuando él pasó como una exhalación ante ellos y se tiró al agua de cabeza, reduciéndose a la punta de una aguja.

Ella casi lo siguió. Sano rodeó la cintura de Kaoru con el brazo y tiró de ella hacia atrás, ignorando el ruido sordo que hizo el tacón de la joven al golpearlo en la espinilla.

—¡Las rocas, señorita! ¡ Si ellos las han esquivado, es un maldito milagro!

Kaoru volvió a mirar, ahogándose con su dolorido corazón, y vio los serrados y devoradores dientes que esperaban abajo. No podía ver a Yahiko ni a Kenshin. No podía ver nada salvo ese terrible escurridor de piedra y la espuma blanca en las crestas de las olas del negro mar que se elevaba embravecido.

—No —gimoteó, con el espíritu de lucha desapareciéndole de los huesos—. Por favor, por favor, no...

Sano la puso en el suelo y Kaoru se arrodilló en el borde del acantilado, agarrando la tierra como si pudiera ser capaz de contener la erosión con sus propias manos, como si con su fuerza de voluntad pudiera conseguir evitar lo inevitable. Oyó a Sano encargarse de la pequeña escaramuza tras ella, rompiendo las pocas cabezas que quedaban y rasgando ropas para atarlos entre sí. No sabía lo que tenía pensado hacer con ellos y tampoco le importaba. Cada molécula de su ser se esforzaba en ver con claridad bajo la débil luz de las estrellas, buscando alguna señal humana en las brillantes olas.

Ahí. ¿Eran algas o...? No, era la cabeza de Kenshin saliendo a la superficie, el rápido destello de su rostro mientras luchaba por volver a respirar y se zambullía de nuevo. Contuvo el aliento con él hasta que sus extremidades temblaron y unos puntos florecieron en sus ojos como si fuesen rosas —las rosas de Kanryu—. Cosas bellas, monstruosas...

Volvió a salir a la superficie y esta vez vio la cabeza de Yahiko metida bajo su brazo. No se detuvo a verlo nadar hacia la orilla.

Corrió, con el corazón golpeándole con fuerza en el pecho, en la garganta, latiendo por sus extremidades como un sangriento tambor aterrorizado. Las ramas le arrancaron y le tiraron del pelo y la ropa cuando se lanzó sin pensar fuera de la senda y bajó el lateral del acantilado gateando, con las piedras rasgándole la piel. Llegó a la playa al mismo tiempo que ellos, tambaleándose un poco cuando su pie dio con terreno llano, y usó ese desequilibrio para catapultarse hacia donde Kenshin se había derrumbado a mitad del alcance de los cachones, sosteniendo a Yahiko en sus brazos. El mar creció tras él, cubriéndolo hasta la cintura con cada ola. Dejaba codiciosos dedos al alejarse, como si ansiara persuadirlos de que volviesen adentro.

—¡Yahiko!

Kaoru cayó de rodillas al lado de ellos, cogiendo a Yahiko con suavidad de los brazos de Kenshin. Kenshin tosió, vomitando un puñado de agua de mar: un chorrito le bajó por la barbilla al levantarse para arrodillarse al lado de la joven.

—Yahiko... No, no... Venga, pequeño idiota, por favor...

Su estudiante estaba pálido, frío y no respondía. Apretó el oído contra su pecho, contra su boca, esperando oír su latido o el susurro de su aliento, pero no había nada...

—Apártate, señorita. —De repente, Sano estaba allí (debía haberla seguido), echándola a un lado con cuidado y arrodillándose al lado de Yahiko. Giró a Yahiko sobre el costado y le presionó el estómago, y lo enderezó poniéndole la mano abierta contra la espalda. Yahiko era tan pequeño al lado de Sano... Malnutrido y esquelético y la cosa más preciosa del mundo...

¡Y tosía! Yahiko escupió y vomitó. La mitad de la Bahía de Edo estaba saliendo vomitada de su boca, pero respiraba de nuevo...

A Kaoru las lágrimas le ardían en los ojos.

—Vamos, chico —dijo Sano en un tono demasiado calmado—. Eso es. Hasta un bebé sabe cómo respirar, ¿verdad?

Como respuesta, Yahiko vomitó algo más de agua y aspiró una larga y profunda bocanada de aire. Kaoru lo envolvió en un fuerte abrazo y él resolló, golpeándole los hombros con los puños.

Me has dado un susto de muerte...

Sano la echó hacia atrás. Se quitó la chaqueta y la dejó caer sobre Yahiko, cubriéndole la cabeza de ropa blanca por un momento.

—Tranquila, señorita. Déjalo respirar un momento. Se pondrá bien, ahora que ha expulsado el agua.

—¿Está bien? ¿De verdad? —Se aferró al cuello de su kimono, con los ojos ardiéndole por la neblina salina y sus desbordantes lágrimas. Kenshin se movió a su lado y ella se giró para mirarlo de frente, sosteniéndose con un brazo tembloroso sobre la orilla de guijarros.

—Kenshin...

La garganta del pelirrojo se movió al tragar; bajó los ojos y fijó la vista en sus manos, cerradas con fuerza en lo alto de sus muslos. Preparándose para algo, como si esperase...

Un sorprendido «¡oh!» se escapó de sus labios antes de que pudiera detenerlo. Había desobedecido: había dejado el dojo cuando se suponía que nunca debía abandonarlo sin su permiso, y había ido tras Yahiko cuando se suponía que debía quedarse a su lado y protegerla...

Kenshin empezó a encogerse ante su exclamación; antes de que pudiera acabar de derrumbarse sobre sí mismo lo rodeó con sus brazos, demasiado abrumada para pensar en las consecuencias.

—Gracias —lloró en su hombro—. Gracias, gracias, gracias...

Él cayó hacia atrás apoyándose en las manos y poniéndose rígido: la joven olía el agua salada sobre su piel y algo más, algo amaderado y dulce. A tierra limpia y cedro... Estaba más duro de lo que había imaginado, todo fibroso músculo y tenso control y gélido frío de su chapuzón, y antes de que se diera cuenta de lo que estaba haciendo lo apretó contra ella con fuerza, queriendo calentarlo. La humedad se filtró de las ropas de él a las de ella y entonces se percató de lo cerca que estaban.

—Estás empapado... —dijo apartándose de golpe—. Tu piel está como el hielo. Ten. —Quitarse la chaqueta la ayudó a cubrir su propia incomodidad: la extendió alrededor de sus hombros, con cuidado de no tocarle la piel desnuda—. Ponte esto o vas a pillar un resfriado de muerte.

Kenshin se enderezó, con una mano asomando apenas para mantener cerrada la chaqueta. Sus ojos estaban abiertos de par en par, sin pestañear, y ella tuvo que apartar la mirada mientras el rubor subía de forma espontánea por su rostro.

—Debería llevaros a los dos a casa —dijo en voz baja—. Sano, ¿puedes cargar a Yahiko?

No. —La voz de Yahiko sonaba quebrada y ronca y el joven la fulminó con la mirada desde donde se había acurrucado en la chaqueta de Sano con negra furia en los ojos. El estómago de Kaoru dio un vuelco—. No voy.

—¿Qué? Yahiko, no seas ridículo, estás congelándote; necesitas calentarte y descansar... —Sólo eran preocupaciones triviales, pero estaba intentando de desviar su atención, porque sabía lo que él quería saber y también que no podía decírselo...

—No voy a ir —tomó una profunda e irregular bocanada de aire— ¡hasta que me expliquéis qué hacíais tratando con traficantes de armas!

—No es algo que necesites saber, chico —entonó Sano apoyando pesadamente una mano sobre el hombro de Yahiko—. Confía en mí.

—¿Por qué demonios debería hacerlo? —Yahiko habría estado gritando si no fuera por que su voz estaba demasiado cansada para poder hacerlo. Tosió, metiendo aire en sus pulmones—. ¡Tú no confías en mí! ¿Así que por qué demonios debería confiar en ti?

—Yahiko... —Kaoru estiró la mano hacia él y él la apartó de un golpe, fulminándola con los ojos.

—¡No me trates como si fuera un niño pequeño! —Su voz se volvió a romper y no de cansancio—. ¡Sea lo que sea lo que pase, tengo derecho a saberlo! También es mi casa...

Parpadeó con fuerza, con los ojos brillantes por un instante, y Kaoru creyó que se le rompería el corazón.

—Sí. Pero... esto no es algo... No puedo decírtelo, Yahiko. Es demasiado peligroso. No deberías habernos seguido hasta aquí en primer lugar y... y tienes que olvidar todo lo que acabas de ver. —La náusea se le empezó a asentar en el estómago, una sensación horrible como cuando corres colina abajo y saber que vas demasiado rápido para detenerte.

¿Por qué? —Yahiko empezó a gesticular y se contuvo, como si hubiese querido estampar su mano contra algo y se hubiese dado cuenta casi demasiado tarde de que no había nada allí sobre lo que hacerlo—. ¿Qué es tan jodidamente importante? No soy... ¿Crees que no puedo con ello? —Ahora respiraba con fuerza, en rápidas inhalaciones que indicaban que estaba intentando contener las lágrimas, y se restregó la nariz con furia—. Crees que soy demasiado estúpido para ayudar o para saber la verdad o...

—Creo que eres un chico de diez años —dijo ella, y recordó a su padre. Ahora estaba diciendo sus palabras, y se sintió como si violase territorio sagrado—. Y eres el chico de diez años más valiente, fuerte y honorable que conozco... ¡pero tienes diez años y eres mi estudiante, y si algo te ocurriera no podría vivir con ello, Yahiko!

Ella lo cogió por los hombros, sin llegar a zarandearlo, con sus dedos cerrándose con fuerza alrededor de sus brazos. Tenía que escuchar, tenía que comprender. Porque no debería haber estado aquí esta noche, porque el corazón se le había parado en el momento en el que lo había visto salir corriendo de entre los árboles y ella había muerto al verlo caer de aquel acantilado: muerto, y no había vuelto a la vida hasta que él hubo inhalado esa primera e irregular bocanada de aire.

—¡Sí, estoy intentando protegerte! Soy tu maestra. ¡Ése es mi trabajo! Y ahora te estoy ordenando, como tu maestra, que olvides todo lo que has visto esta noche y que nunca, jamás, lo vuelvas a mencionar. Y si no puedes confiar en mí en esto, ¡entonces olvida que alguna vez fuiste mi estudiante!

Las palabras ondearon en el aire como el eco de la campana de un templo, frío y devastador. Algo se rompió en los ojos de Yahiko —el fiero orgullo que mantenía con tanto celo— y las lágrimas comenzaron a caer a mares por su rostro. Pero no sollozaba. No hacía ningún sonido.

—Yahiko, yo... No, lo siento. Lo siento.

Ella tiró de él y lo abrazó, apoyando la cabeza del joven contra su hombro. Él no respondió.

—No lo decía en serio. No te echaría, nunca. Eres mi familia, eres... Me has asustado tantísimo. Yo... lo siento. No te abandonaré. No lo haré. Jamás. —La voz de la kendoka era muy débil.

Kaoru miró a Sano con impotencia. También había ira en los ojos del hombre, la misma asustada furia que había latido en el interior de la joven hasta que se había desahogado. Mientras observaba, esa ira se apagó y murió.

—Eh, chico. —Sano estiró la mano, inseguro, y le alborotó el pelo a Yahiko—. Sabes que ella no lo decía en serio. Es sólo que nos asustaste, eso es todo. Pero no vamos a echarte.

Yahiko sollozó, sólo una vez, y ella lo escuchó susurrar «lo siento».

—Lo sé —dijo ella, en voz baja y calmada—. Lo sé. Yo también.


Sano se quedó atrás para ocuparse de los traficantes y llevar los rifles a su último lugar de destino —uno de los muchos almacenes diseminados por Edo, a la espera de instrucciones de Kioto—. Kaoru llevó a Yahiko a casa y él no le cogió la mano, pero caminó en silencio justo a su lado, como una sombra. Kenshin caminaba unos pocos pasos detrás de él, mostrándose cauteloso cuando cruzaban los viejos muelles y tranquilizador cuando se aproximaban a casa y a la seguridad. Yahiko había perdido las sandalias en algún sitio; no dejó que nadie cargara con él e iba arrastrando de forma obstinada los pies cubiertos por sus calcetines hasta que casi hubieron caminado las tres cuartas partes del trayecto de vuelta a casa, y entonces tropezó. Kenshin cogió la parte trasera del cuello de su ropa y lo levantó en un sólo y sencillo gesto. Yahiko no protestó. Kaoru lanzó una mirada llena de agradecimiento en dirección a Kenshin y creyó ver a sus inexpresivos ojos girar para encontrarse con los suyos.

Para cuando llegaron a casa, Yahiko se quedaba dormido de pie. Esquivó a la joven con torpeza y se fue derecho hacia su habitación. Kaoru lo vio irse, impotente.

—Señorita Kaoru —dijo Kenshin en voz baja, poniéndose a su lado.

Kaoru sorbió rápido por la nariz y se giró para mirarlo de frente, obligándose a adoptar una expresión calmada. Ahora mismo no era capaz de lograr alegrarse.

—¿Sí, Kenshin?

Él dudó durante un instante demasiado largo antes de hablar.

—¿Debería preparar este ser indigno algo de té? —dijo por fin, y Kaoru se preguntó qué habría intentado decirle sin conseguirlo. ¿Que había sido demasiado dura? ¿Dicho cosas estúpidas y horribles que nunca se podrían retirar?

Eso ya lo sabía.

—Suena muy bien, Kenshin —dijo ella con voz temblorosa—. Un poco de té de cebada, por favor. Verde, no.

Él le hizo una reverencia, retirándose hacia la cocina, y ella se quedó sola en el tenue círculo de luz arrojado por los faroles de piedra que flanqueaban la puerta. Se tomó un momento para respirar, forzando a que el aire fluyera a través de la aspereza de su garganta y no dejó que las lágrimas llegaran a sus ojos.

Entonces entró en la casa. La puerta de Yahiko estaba cerrada, pero su farol estaba encendido. Llamó con suavidad.

—¿Yahiko? —llamó. Se oyó un susurro, como si el joven se estuviese poniendo algo de ropa o se estuviese levantando de la cama.

»No tienes que abrir la puerta —dijo rápidamente—. Yo sólo... quería decir que lo siento. Otra vez. Yo.. yo nunca... —Una inspiración rápida y profunda—. Aunque decidieses que no quieres seguir estudiando el Kamiya Kasshin8 nunca más, aquí todavía tendrías un hogar. Éste siempre será tu hogar. Siempre. Pase lo que pase.

Pudo oír cómo la voz se le quebraba varias veces y esperaba que él también hubiese podido hacerlo: esperó que él pudiera escuchar la verdad que había en ella.

Otro suave murmullo y la puerta se abrió. Yahiko estaba arrodillado al otro lado, con la ropa de dormir puesta y los ojos ligeramente rojos e inyectados en sangre.

—¿Puedes sólo...? —Y el joven cogió su propia bocanada de aire—. ¿Puedes decirme sólo... que lo que Sano y tú estáis haciendo... no es nada malo, vale? Que no estáis envueltos en nada... que esté verdaderamente mal. ¿Verdad?

—No. —Parecía tan pequeño, iluminado desde atrás por el farol de papel, pero el fuego estaba empezando a reavivarse en sus ojos y Kaoru se permitió tener durante un momento la esperanza de no haberlo herido de forma irreparable.

»No —volvió a decir, con suavidad—. Es ilegal y peligroso, pero... no está mal. Probablemente sea lo más correcto que he hecho nunca.

Mientras lo decía supo que lo había revelado todo. Yahiko era lo bastante listo como para descubrir, si no toda la verdad, la suficiente como para ponerse en peligro. Pero... no vio ningún otro modo. No después de lo que ella le había dicho.

Yahiko lo consideró durante un momento, mordiéndose el labio inferior. Entonces asintió con la cabeza.

—De acuerdo —dijo él—. Sólo... Prométeme que no harás nada estúpido. Promételo. —Había desesperación en su voz.

—Estaré todo lo a salvo que pueda —dijo ella—. Te lo juro. Por el nombre de mi padre.

Y pensó en decirle más cosas: que lo había incluido en su testamento y que había sido así desde que se convirtiera en su estudiante. Que aunque le ocurriese algo a ella, tendría una renta y un techo sobre su cabeza. Que nunca lo dejaría en la estacada, jamás.

Pero ésa no era la cuestión: la cuestión era que él la necesitaba, a ella y a Sano, y sabía cuánto debía reconcomerlo por dentro no ser capaz de ayudarlos. Sin embargo, no podía dejarlo ayudar. No en esto. Ya estaba arriesgando demasiado.

—Lo prometo —repitió, y le sostuvo la mirada—. No va a pasar nada malo.

Tras un momento, el joven asintió con la cabeza.

—De acuerdo —dijo él, pasándose la mano por el cuello—. Mm. Buenas noches, Kaoru.

—Buenas noches, Yahiko.

Él cerró la puerta. La kendoka se quedó afuera durante unos minutos, hasta que la luz del farol se atenuó y se apagó; entonces se puso de pie y se dirigió hacia la cocina, esperando que Kenshin hubiese terminado de hacer el té.


Sano pasó por la clínica Oguni cuando volvía de la casa de Katsu, teniendo casi —pero no del todo— la intención de entrar. Estaban en mitad de la noche, después de todo; la clínica estaba cerrada, a pesar de la solitaria lámpara que ardía en el vestíbulo. Era para emergencias y un puñado de arañazos y moretones no lo justificaba.

Suspiró, permitiéndose apoyarse contra la puerta durante un momento. No, no había ninguna razón por la que molestar a la arpía a estas horas: las únicas verdaderas heridas que padecía no eran nada por lo que tuviera derecho a pedirle ayuda. Nunca había tenido la intención de implicar a Kaoru o Yahiko en nada de esto.

Y sí, de acuerdo, había sido un egoísta de cojones por intentar mantenerlos al margen, mantenerlos impolutos. Lo había estado haciendo por su propio bien, no por el de ellos. Pero había estado intentando protegerlos, maldita sea. ¿Y es que eso no contaba para nada...?

Megumi solía saber cómo extraer la verdad de entre todo el fango de gilipolleces con el que solía cubrirla. Unos ojos de cirujano que veían más allá de la fingida enfermedad y los falsos síntomas hasta el verdadero mal que azotaba. Quería hablar con ella, sólo que no tenía derecho a hacerlo. No cuando ella ya llevaba tantísimas cargas propias.

Después de la guerra, quizá... Quizá ella consintiera dejarlo cargar con unas pocas una vez que Kanryu estuviese muerto y pudriéndose. Y habría un mañana, para los dos. Él se aseguraría de ello.


Megumi se detuvo al llegar a la puerta de la clínica. Era tarde, demasiado tarde para salir. Demasiado tarde para todo. Aunque encontrara a Sagara a estar horas, ¿qué podría decir?

Shinomori había escrito a Kioto y Kioto había respondido. Ella tenía sus órdenes y sabía lo importantes que eran. El último plan de Kanryu superaba sus peores pesadillas; no podían permitir que lo consiguiera.

Y no lo haría. Ella podía detenerlo —lo haría—. Por un precio.

Pero todo tenía un precio, ¿no? Por cada vida, una muerte: la medicina no era más que el arte de escoger. Intercambiar la vida del niño por la de la madre, o la de la madre por la del niño. El hombre con la supurante herida en el estómago al que despachaban rápidamente para que el hombre con una simple pierna rota pudiera vivir. Ningún médico podía salvar la vida de todo el mundo. Algunas veces no había esperanza ni nada que hacer, y cuando eso pasaba lo único que podías hacer era... dejarlo ir.

Se recostó contra la puerta y por un momento pensó que Sagara se apoyaba cálido contra su espalda.

Dolería dejarlos ir. Dejar ir la esperanza que había logrado con tanto esfuerzo, cuando casi se había permitido creer que tendría un mañana. Aunque... esto sería un pequeño futuro, entregado de forma voluntaria, para asegurar miles de finales felices.

Un trato justo.


Era tarde y Kaoru sabía que debería estar durmiendo. Pero la ropa de Yahiko se había rasgado en la lucha y quería tenerla remendada antes de mañana por la mañana. Sabía coser, después de todo; era una cocinera horrible y una ama de casa mediocre, pero por lo menos podía hacer que ella y su familia estuvieran presentables.

Así que ahí estaba, sin parar de coser junto al farol de papel. No arrojaba una luz muy brillante, así que tenía que sentarse casi encima. La aguja resplandecía con cada puntada, arrastrando el hilo amarillo y cerrando la rasgadura poco a poco, de forma minuciosa. Trabajaba lento y al detalle, disimulando las puntadas entre la trama de la tela. Para cuando hubiera terminado, con suerte, nadie sería capaz de decir que se había rasgado en absoluto.

Kenshin estaba arrodillado pacientemente a su lado, con la cabeza cayéndosele. Se le seguían cerrando los ojos y cada vez se quedaban más tiempo cerrados, pero se había negado a marcharse. No dormía hasta que ella lo hacía, sin importar lo mucho que ella insistiese. Así que de verdad que debería irse a la cama pronto, por el bien de Kenshin. Pero si lo hacía, sólo se tumbaría despierta y miraría al techo y él sabría que no dormía y se quedaría despierto de todos modos. Por lo menos de esta forma hacía algo productivo con su tiempo.

Coser era la única tarea del hogar en la que sobresalía. Al dojo no le había ido bien desde la muerte de su padre; tenía muchos menos ingresos de los que la gente imaginaba, y sus cuidadosos remiendos eran una de las razones por las que podía mantener las apariencias tan bien. Eso y los rollos de tela del almacén con los que solía hacer ropa nueva cuando las viejas prendas eran más puntadas que tejido. Le llevaba tiempo, pero tenía mucho.

Su madre le había enseñado a coser. Eran algunos de los recuerdos más vívidos que Kaoru tenía de ella. Sus manos habían guiado las de Kaoru, tranquilas y tiernas, con la risa reflejándose en su voz cuando le aconsejaba paciencia. Era una meditación, le había explicado, como la disciplina de batalla que su padre le enseñaba. «Cose tus sentimientos en la prenda», le había dicho. «Esperanza, amor y el deseo de proteger: ponlo en tu trabajo y mantendrá a tus seres queridos a salvo y calientes, y los guiará de vuelta a casa.»

Kaoru se detuvo, después le dio la vuelta al dobladillo de la camisa. Había bordada una pequeña rana verde, un amuleto para regresar a salvo, y su pulgar la acarició con ternura. Se estaba deshilachando.

Primero, remendar. Sólo quedaban unas puntadas y Kaoru las dio con mucho cuidado y con una silenciosa oración en los labios. «Sánanos». A todos ellos —a ella misma, a Sano, a Megumi, a Yahiko, y a Kenshin también—. «Tráenos de vuelta a casa sanos y salvos». Siendo el hogar algún futuro muy lejano, cuando todo hubiese acabado y el mundo fuera nuevo y libre. «Mantennos a salvo». Haz que las rosas crezcan lejos de nuestra puerta...

Terminó y estiró el brazo para coger su taza de té. Todavía estaba casi llena, habiéndose enfriado hacía ya mucho. Sintió una leve presión en el cráneo: un creciente dolor de cabeza —por la escasa luz o la deshidratación, aunque no estaba segura de por cuál de ellas—. Había una pequeña bandeja de bolas de arroz al lado de la taza y recordó que no había comido nada desde el almuerzo. Todavía no tenía hambre.

Se comió una de todos modos, sin saborearla, y se puso a buscar el hilo verde. Ya que estaba ahí, bien podría reforzar la pequeña rana. Seguro que todo su poder se había gastado en traer a Yahiko sano y salvo del mar.

Con un débil suspiro, Kenshin se cayó con suavidad —una especie de caída semicontrolada— y se hizo un ovillo en el suelo a su lado, con la parte superior de su espalda descansando contra el lateral del muslo de la joven, como un gato. Su pelo le cayó sobre el cuello, del color de las hojas de otoño, reluciendo con oro bajo la tenue luz del farol. Tenía los ojos cerrados y los brazos fuertemente doblados dentro de la curva de su cuerpo como un niño que se esconde.

—¿Kenshin?

Él hizo un sonido soñoliento —justo como hacían Ayame o Suzume cuando no querían despertarse— y se acurrucó aún más, apretando la espalda contra ella. Nunca se había dormido delante de ella, no desde que se hubo recuperado de sus heridas. El protocolo, le había dicho Megumi cuando ella se lo había mencionado: un esclavo nunca duerme delante de su amo, por si su amo pudiera necesitarlo...

Kenshin dormía ahora, o por lo menos dormitaba. Las líneas de su rostro se habían suavizado: parecía tan joven, sin el peso de la consciencia.

Con cuidado, sin estar muy segura de por qué lo hacía, Kaoru apartó un mechón de pelo suelto y lo metió detrás de su oreja. Él se desenroscó un poco ante su tacto —relajándose, no tensándose—. Entonces se quedó quieto y su respiración se volvió más profunda y regular mientras caía en un verdadero sueño.

Kaoru le acarició el pelo otra vez, tan suave como una pluma, y una feroz y dolorosa calidez floreció en su pecho. La necesidad de proteger... la necesidad que residía en lo más profundo de sus huesos de protegerlo y mantenerlo a salvo, un deseo que no tenía derecho a sentir, pero que sentía de todos modos. A luchar, no porque la justicia lo demandara, sino para mantenerlo a salvo. Porque él era suyo y ella nunca dejaría que nadie le hiciera daño a lo que era suyo. Jamás.

Ningún derecho. No tenía ningún derecho a sentirse así, no cuando él no podía elegir. No cuando él no tenía más opción que quedarse con ella. Kenshin no era de ella, en realidad no. Él no había pedido nada de esto, como tampoco ella, y Kaoru necesitaba recordarlo. Kenshin nunca podría ser suyo porque él no tenía un ser que entregar libremente: Kanryu se lo había quitado por la fuerza; ella se lo había quitado a Kanryu por accidente. Y ahora la joven lo mantenía en fideicomiso hasta el día que él fuese lo suficientemente fuerte como para reclamarlo.

Y si tenía suerte, cuando ese día llegase la recordaría con benevolencia.

Kaoru apartó las lágrimas de sus ojos y se concentró en su trabajo.


Hiko estaba de pie frente a las puertas de la escuela Kamiya y el vial de perfume que tenía en su bolsillo quemaba como un hierro candente. Cerró la mano a su alrededor, con cuidado, sintiendo su peso. Una cosa tan pequeña en la que depositar sus esperanzas, y una cosa tan terrible que hacerle a un hombre que sólo se había recuperado a medias.

Pero así eran las cosas. La crueldad y la amabilidad eran todo una, vistas desde cierta distancia: el ideal de la espada del cielo9, hacer lo que fuera necesario. Y él estaba seguro de que esto era necesario. Si no fuera así, no lo estaría haciendo. Un razonamiento bastante circular, realmente engañoso, pero nada que importase. Él tenía un papel que jugar en todo esto, en este drama, y lo jugaría hasta el final.

El chico no había cambiado, no en su corazón. Solía necesitar un empujón. No era un cobarde, pero siempre había evitado el conflicto y era un defecto que llegaba hasta lo más profundo de su corazón, un defecto que Hiko había sabido que lo destruiría si no se corregía. Que lo había destruido, sospechó Hiko. Después de todo ésa era la razón por la que él le había permitido al pequeño idiota irse corriendo tras la chica Yukishiro en primer lugar. Porque ya había sido hora, y además tarde, de que el chico aprendiera a mantenerse firme y luchar por algo, y si la lucha era inútil entonces mucho mejor: dos lecciones en una.

Algunas veces debes luchar.

Algunas veces no puedes ganar.

Y sin embargo luchas de todos modos.

Avanzó unos pasos y después se detuvo. Esta noche no había luna, sólo las débiles y frías estrellas y una baja brisa que agitaba los árboles. El pequeño hogar de la maestra parecía... más en paz que ningún otro sitio, en un mundo como éste, silencioso y sagrado como la nieve intacta, y eso no debería haber importado, pero lo hizo.

De una manera u otra, unas pocas horas... ¿qué más daba?

Con un suspiro parecido al de un león anciano, Hiko se dio la vuelta y se fue a buscar un lugar en el que esperar a que amaneciese.


GLOSARIO:

1. Akabeko: restaurante de Tae al que suelen ir todos cuando comen fuera. Tsubame trabaja allí y Yahiko también, aunque a media jornada.

2. Shogun: originariamente, designaba literalmente al «comandante en jefe para la destrucción de los bárbaros», título concedido directamente por el emperador. Durante el siglo XII y hasta 1868 []el shōgun se constituyó como el gobernante de facto de todo el país, aunque teóricamente el emperador era el legítimo gobernante y éste se veía obligado a depositar la autoridad en el shōgun para gobernar en su nombre. Fueron los dictadores militares del Japón medieval.

3. Hakama: es un pantalón largo con pliegues cuya función principal era proteger las piernas, por lo que originalmente se confeccionaba con telas gruesas y con algún diseño patrón. Era tradicionalmente llevado por samuráis y otros nobles y tomó su forma actual más fina durante el periodo Edo, en donde tanto hombres como mujeres podían llevar la hakama.

4. Kendoka: persona que practica el kendo, esgrima japonesa.

5. Dojo: significa literalmente «lugar donde se practica la Vía» o «lugar del despertar» y se refiere a la búsqueda de la perfección física, moral, mental y espiritual. Espacio destinado a la práctica y enseñanza de la meditación y/o las artes marciales tradicionales modernas. Tradicionalmente supervisado por el sensei o maestro.

6. Samisén: el shamisen o samisen es un instrumento musical japonés derivado del chino sānxián (tres cuerdas). Se toca pinzando y golpeando las cuerdas con el plectro en la mano derecha y parando las cuerdas con tres dedos de la mano izquierda. Suele acompañar a un cantante y su línea melódica forma casi la misma melodía que la del cantante, pero el Shamisen controla el ritmo haciendo que la voz del cantante sea más clara dependiendo de los golpes fuertes del plectro.

7. Edo: ciudad de Japón, que tras la Guerra de Restauración Meiji pasó a ser su capital y a llamarse Tokio. Aunque en este fic estamos en la era Meiji, la Restauración y el Bakumatsu nunca ocurrieron.

8. Kamiya Kasshin: estilo de lucha que creó Kamiya Koshijiro, padre de Kaoru, que se fundamenta en que la espada es un instrumento para salvar vidas y no para quitarlas.

9. Espada del cielo (Hiten Mitsurugi): el honorable estilo de la espada voladora del cielo. Seijuro Hiko es su maestro y Kenshin, el antiguo y único aprendiz del primero.


Nota de la traductora: ¿Qué os ha parecido ese momento en el que Sano y Megumi se hayan apoyados contra la puerta de la clínica, pensando el uno en el otro?

El próximo capítulo es el culpable de que me uniese a FFnet.