Capítulo 10
El Regreso a Lindon
Silmarien cepillaba meticulosamente la crin del caballo que le habían asignado desde que salieran de Lindon el otoño pasado, los nudos del largo pelaje iban cediendo al camino del cepillo con dificultad, la cabalgata de esa tarde junto con el lodo del camino habían hecho de las suyas tanto a montura como a jinete, casi no quedaba nada visible de sus ropas que no fuera barro seco y hierba casi petrificada. La Dama arrojó un balde de agua al caballo y este resopló alegre. Silmarien sonrió cuando evocó el recuerdo del fino corcel que la esperaba en las marmóreas caballerizas del palacio de Armenelos. Un sentimiento de extraña añoranza se adueñó de ella, lo único que pudo apaciguarla fue la idea de llevar al corcel a vivir a Lindon con ella en el futuro.
Ereinion había partido hace casi dos semanas a Tharbad junto con Elrond y Glorfindel, así que salir desde temprano a explorar y regresar al anochecer se había convertido en su mejor manera de acelerar el tiempo.
-¡Aquí estas! Por fin te encuentro- Silmarien se sobresaltó al ver aparecer a Euriel por las puertas de las caballerizas con las manos en la cintura- Todos estamos por sentarnos a la mesa a cenar y no podía encontrarte por ningún lado.
-Lo siento, se me fue el tiempo recorriendo el valle y regresé cuando empezó a oscurecer- Silmarien condujo al corcel a su box mientras Euriel descubría alarmada la figurilla de barro en la que se había convertido su amiga.
-De verdad Silmarien, no te veo entrando a los palacios ni de Dunedain ni Eldar en esas condiciones.
-Pues aunque no lo creas, cabalgar hasta el anochecer y regresar empanizada de lodo es mi pasatiempo favorito, ya todos en Armenelos están acostumbrados a verme así al final del día- dijo Silmarien riendo.
-Pues si cierto Rey no regresa pronto vamos a tener que acostumbrarnos nosotros también- Silmarien inmediatamente le hiso una señal de bajar la voz y Euriel solo soltó una delicada carcajada- no sé porque te preocupas, en poco tiempo esa noticia recorrerá la Tierra Media hasta las desconocidas tierras del Este.
-Pero primero que nadie más, necesito que lo sepa Minastir, así que no lo tomes a la ligera, no quiero que se vaya a enterar por terceros en vez de por mí y Ereinion- Euriel hiso seña de sellarse los labios que se torcían en una sonrisa maliciosa.
-Corre, ve a darte ese intenso baño que necesitas urgentemente, pediré que retrasen un poco más el primer tiempo- dijo Euriel.
-No los mates de hambre por mí, después pasaré por algo a la cocina.
-Apenas has convivido con nosotros desde que Ereinion se fue a Tharbad- dijo Euriel en tono de desilusión, y a Silmarien le disgustaba aceptar que tenía razón- yo sé que extrañas las malas bromas de Glorfindel y las canciones de Elrond pero Kherion y yo también tenemos lo nuestro.
-Me apresuraré lo más que pueda, no los haré esperar mucho- dijo sonriendo a su amiga y desapareciendo en una carrera por las puertas abiertas de par en par de las caballerizas.
Los días pasaron y una mañana trajo de regreso a Ereinion con el sol acuestas como si él mismo lo trajera arrastrando con la fuerza de Roch. Todos en Imladris los recibieron con melodías de arpas de oro y con copas de vino en las manos, la alegría de la fiesta combinada con la melancolía de la despedida de los hermanos de Lindon inundaba cada rincón de la casa, no fueron pocas las nobles doncellas que se acercaban a los caballeros ofreciéndoles de beber en sus burbujeantes copas, pero Ereinion solo bebió de la que Silmarien le ofreció, y la pareja desapareció por una terraza aprovechando la intimidad de la multitud que hacía más caso a la música y los barriles de cerveza y vino.
-Anímate Elrond, esa hermosa doncella te está mirando desde hace rato, deberías de ir a saludarla- Elrond volvió sus ojos hacia la dirección que Kherion le había indicado. Una doncella rubia lo miraba descaradamente luciendo una sonrisa coqueta que hubiera atraído a cualquier caballero.
-Estoy perfectamente bien donde estoy.
-Lo que pasa es que a Elrond le gustan más las princesas Noldo rubias platinadas- comentó Glorfindel divertido.
-No seas ridículo, todavía es una niña- espetó Elrond.
-No, no lo es, y tu muy bien sabes- dijo Glorfindel.
-¿Así que has puesto tus ojos en la Princesa Celebrian? Tienes gustos muy exigentes Elrond, me pondría muy nervioso tener como suegra a la Dama más poderosa de la Tierra Media, un movimiento en falso y tus días se habrán terminado - dijo Kherion dando un gran sorbo a su copa de vino.
-No creas que no lo he pensado…- Glorfindel y Kherion rieron con la cara de preocupación del Heraldo de Gil Galad.
-¿Entonces lo admites?- dijo Kherion, Elrond no contestó y pegó un gran sorbo a su copa de vino.
-Necesito más vino- dijo Elrond agitando en el aire su copa vacía y se dirigió al extremo del salón donde se encontraban los barriles rodeados de gente.
La mañana del inminente regreso a Lindon había iluminado el mundo. La compañía de Eldar que había llegado a Imladris el otoño pasado, ahora se veía acrecentada por el grupo de herreros que se mudaban al reino de Gil Galad, su buen ánimo infundado por la esperanza de una mejor vida era contagiado a los demás integrantes de la comitiva y todos sonreían amablemente.
-¿Tu nuevo amigo el pelirrojo no va a venir?- cuestionó Glorfindel una vez que hiso el recuento de los integrantes del grupo y traía el informe a Ereinion.
-No, Almandur partirá con el otro grupo de Herreros y orfebres a finales de este mes- dijo tomando el informe de Glorfindel y escudriñándolo rápidamente- iré a la vanguardia con Cirdan y otros tres soldados y quiero otros tres junto contigo y Elrond en la retaguardia, atrás de mi irán los herreros, después las damas y tras de ellas los carros de vituallas con otros veinte soldados, no quiero que nada nos tome de sorpresa en el camino.
-Como el Rey lo ordene- dijo Glorfindel y volviéndose al grupo de Eldar que se encontraban esparcidos y en desorden, gritó una sarta de órdenes a diestra y siniestra que ante su voz autoritaria que pocos le conocían al jovial Glorfindel, en unos pocos minutos ya tenía a toda la comitiva organizada y lista para partir.
-Me da miedo cuando se toma las cosas en serio- murmuró Kherion.
-Entonces no tienes mucho de que temer, pasa una vez cada cien años- dijo Elrond.
La compañía empezó a movilizarse bajo un Sol cálido de la primavera recién llegada. Silmarien volvió su mirada hacia atrás donde se encontraba la arcada entrada de la casa y los brazos de los habitantes ondeaban altos en su despedida, dejaba en Imladris recuerdos que atesoraría hasta el final de sus días, jamás pensó que pudiera sentirse como en su casa aun rodeada de inmortales que al principio parecían tan ajenos a su naturaleza, pero el tiempo que pasó con ellos le sirvió para encontrar más similitudes que diferencias entre las dos razas. Miró el gélido resplandor de la estrella que llevaba en su dedo anular, definitiva Imladris había marcado una pauta entre un antes y después en su vida, sonrió instintivamente sin saber que la mirada azul del Rey había sido testigo.
El viaje transcurrió sin ninguna anomalía para tranquilidad de Ereinion. Los paisajes de Eriador en primavera eran como sacados de un sueño, el clima era perfecto para las largas cabalgatas del día y en transcurridos cuatro días habían alcanzado las inmediaciones de lo que había sido el reino de Eregion, a petición de uno de los herreros que lideraba el grupo del gremio, rodearon por otro camino para no pasar por la ciudad destruida, donde tantas tristezas y amigos habían dejado.
Cumplidas las dos semanas de viaje habían atravesado las fronteras de Lindon y al segundo amanecer las grandes puertas de la ciudad se abrían ante ellos donde flores caían del cielo como la lluvia, arrojadas por los habitantes de Mithlond desde las altas torres que se erguían como espigas plateadas, las tenues melodías de las flautas se mecían como las olas a esa hora del amanecer cuando el Rey entró triunfante a su palacio con su séquito de amigos y nobles tras de sí. Dio consejo al líder del gremio de Herreros sobre mesones en donde podrían hospedarse mientras encontraban un lugar definitivo, y este se retiró con una reverencia de un profundo agradecimiento al Rey. La compañía se fue disipando hasta que solamente quedaron Glorfindel, Elrond, Kherion, Euriel, Silmarien y Ereinion.
Dio órdenes a los sirvientes que lo habían escoltado desde su entrada al palacio y estos desaparecieron, y con un ademan los condujo atravesando corredores y estancias, todos ellos de techos altos y monumentales de columnas de mármol iluminados por los innumerables ventanales de los que las lejanas cúpulas se conformaban, hasta que llegaron a un jardín privado que Silmarien reconoció en cuanto sus ojos grises se posaron en la fuente con forma de doncella elfica vertiendo el agua de un jarrón. Ya una mesa los esperaba con copas llenas de jugos dulces y platos de fruta fresca.
-Nada se te escapa Ereinion- dijo Euriel- me estoy muriendo de hambre. Todos tomaron sus asientos y disfrutaron del tan añorado alimento después de tanto camino recorrido.
-Pues ya estamos aquí, otra vez de regreso- dijo Elrond como concluyendo el capítulo de un libro.
-Las vacaciones no pueden ser eternas- dijo Kherion.
-Tu eres el único que tuvo vacaciones, Kherion- espetó Glorfindel- nosotros si tuvimos pendientes y problemas que resolver.
-¡Hey! Yo no le pedí al huargo que amablemente masticara parte de mí para que me dejara en cama casi todo el invierno- se defendió Kherion. Los demás rieron mientras la pobre Euriel la estremeció un escalofrío.
-Lo importante es que ya todos estamos de regreso en casa- dijo Ereinion sonriendo sutilmente a Silmarien, ella le devolvió una tímida sonrisa. Ereinion hablaba con una soltura como si todos supieran sobre su compromiso, que era lo más probable, ya que como ella se lo confesó a Euriel, Ereinion por lo menos lo habrá comentado con Glorfindel y Elrond que eran sus más allegados.
-Entonces ¿Cuándo es la fecha de la boda?- preguntó Glorfindel, Silamrien casi escupe el jugo que estaba tomando sino hubiera sido que Kherion respondió en eso momento. Euriel observó divertida la reacción de su amiga en silencio
- Antes del otoño, lo más probable- dijo Kherion- tenemos ciertos detalles que afinar.
-Entre ellos necesitamos saber cuándo estarás de vuelta en Lindon, Silmarien- dijo Euriel volviéndose a su amiga- queremos que nos acompañes en ese día tan especial para nosotros.
-Tu dime la fecha y yo estaré de regreso, por eso no te preocupes- dijo la doncella numenoreana con una sincera sonrisa.
Kherion se le había declarado a Euriel justo antes de partir a Lindon. Fue de los momentos más agradables que se vivieran en Imladris ya que la pareja era apreciada por todos y había presenciado el desarrollo del romance esperando que un día no muy lejano unieran sus existencias. El caballero había consultado a los padres de Euriel antes de partir a Imladris así que con la aceptación de estos, ya era una noticia que estaba en boca de todos los nobles de Lindon, era algo que ciertamente Silmarien envidiaba a su amiga, la libertad de pronunciar su amor a los cuatro vientos.
La rubia doncella de ojos verdes observaba atentamente cada puntada que las hábiles manos de Aranisse daban al hermoso bordado, los rayos de Sol entraban por la ventana sin sospechar que serían convertidos luego en brillantes hilos dorados por la bella doncella Noldor, y que serían ahora una parte del hermoso estandarte que estaba tomando forma. La magnífica habilidad de bordar con los elementos de la naturaleza era un arte que solamente los nacidos en Aman sabían ejecutar, Aranisse aunque nacida en la ciudad secreta de Gondolin, sabia este arte por herencia de su madre, que en aquellos días remotos, el blanco palacio del Rey Turgon se adornaba con las obras elaboradas por sus diestras manos.
-¿La estrella del Rey no es plateada?- dijo Valadiel sentada frente a su amiga. El hermoso y orgulloso rostro de Aranisse se contrajo en un gesto que evidenciaba su error pero que nadie percató por la rapidez en la que desapareció.
-¿Quién te dijo que es para el Rey?- dijo Aranisse sin siquiera mirar a su amiga.
-Pensé que era otro estandarte para el Rey, parece ya tradición que cada vez que vuelve de algún viaje le obsequias uno, ha de tener tapizadas todas las paredes de palacio, sin olvidar todos los demás regalos que le has hecho, y además…
-Euriel, ¿Por qué no nos cuentas todos los detalles de tu boda?- dijo Aranisse interrumpiendo a Valadiel que se había vuelto demasiado parlanchina para su gusto, Euriel la miró extrañada, Aranisse no ahondaba en ningún tema que no tuviera referencia a ella misma.
-¿Otra vez?- dijo Euriel.
-Es que se me hace tan romántico que me gustaría volver a escucharla- dijo Aranisse con una sonrisa.
-¡Amo las bodas!- exclamó Valadiel emocionada, Aranisse puso los ojos en blanco- pero aquí entre nos, creo que tú no eres la única que se va a casar.
Aranisse y Euriel se acercaron a Valadiel esperando que continuara, esta última echó una mirada hacia la entrada de la estancia cerciorándose de que nadie estuviera pasando en ese momento y prosiguió en un susurro.
-La princesa numenoreana, esa que Gil Galad la trae como si fuera una muñeca por todas partes- Euriel dio un respingo al escuchar esta afirmación.
-¿Qué te hace pensar eso? Pocas veces la he visto en compañía del Rey - dijo Aranisse incrédula.
-Entonces no has salido tanto como deberías- contestó Valadiel.
-¿Por qué dices que ella se va a casar? ¿Alguien te dijo algo?- inquirió Euriel tratando de ocultar vanamente su urgencia.
-La verdad es una sospecha de la que estoy 99 porciento segura de estar en lo correcto- Valadiel disfrutaba del efecto que esta noticia había causado en sus amigas, pocas veces se interesaban tanto en cualquier cosa que tuviera que contar- hace días estaba paseando por la plaza frente al Palacio del Rey con mi hermana, era un día soleado y especialmente caluroso, ustedes saben que es muy raro que a mí me haga tanto el calor ya que lo prefiero al frio de invierno…
-¡Ve al punto!- Aranisse ordenó con impaciencia.
-Está bien- Dijo Valadiel sonriendo maliciosamente, tenía la atención de Aranisse completamente- mi hermana y yo decidimos bajar al puerto y justamente en las escalinatas nos topamos con el Rey y esta numenoreana… ¿cómo se llama?...
-Silmarien.
-¡Si! Silamrien, gracias Euriel, los dos parecían pasear tranquilamente, la verdad se veían muy alegres, pero no hubiera pensado en otra cosa que no fuera que el Rey solo estaba siendo cortes con la nobleza de los Dunedain sino fuera porque por unos segundos un destello intenso resplandeció en la mano de ella, obviamente volví mi atención a ese punto, y me percaté de que había sido un anillo en su dedo anular, este tiene engarzado un diamante precioso- Valadiel hiso una pausa y se volvió a Euriel- Tu viajaste con ellos a Imladris, ¿No te enteraste de algún romance entre ellos dos?- Euriel tragó saliva.
-No, la verdad es que no- dijo con toda la naturalidad que pudo reunir- El Rey siempre estaba ocupado con sus asuntos, y Silmarien sino estaba cabalgando todo el día, estaba en compañía de otras damas tejiendo, no vi nada anormal…
-¿Estas insinuando que podrían estar comprometidos? No seas absurda- dijo Aranisse riendo nerviosamente- El Rey solo se fijaría en alguna doncella noble de nuestra raza, eso de emparejarse con los Edain es cosa de la Primera Edad.
-Pues ella es la doncella más noble de los Dunedain que existe- dijo Euriel y las dos doncellas la miraron, una asintiendo a su comentario y la otra con una mueca de disgusto que no podía ocultar.
Aranisse comenzó a recoger deprisa sus cosas y varias veces se pinchó con las agujas de tejer, pero ese dolor no era nada comparado con otro más intenso que sentía en lo más profundo de su corazón. Valadiel le lanzó una mirada de arrepentimiento a Euriel.
-¿A dónde vas?- preguntó Valadiel.
-Tengo que irme, por poco se me olvida un asunto de suma importancia que tengo que hacer- dijo sin hacer contacto visual con sus amigas y se retiró de la habitación.
-¿Crees que hablé demasiado?- dijo Valadiel mordiéndose el labio- te juro que olvidé por completo que a Aranisse le interesa el Rey, estaba más concentrada en contar mi chisme y pasé por alto ese detalle…
-No te preocupes, se le va a pasar, conozco a Aranisse desde siempre y puedo casi asegurarte que esa atracción al Rey es solo capricho- dijo Euriel retomando el libro que tenía a un lado.
-Eso espero- dijo Valadiel fijando su mirada en la entrada de la estancia como disculpándose con el rastro de su amiga que acababa de irse.
Aranisse salió de prisa de la casa de Valadiel que se situaba en una de las regiones más adineradas de Mithlond, donde vivían todos los Noldor estando estos en la cumbre de las clases sociales de los Eldar. Siguió su camino por la calle empedrada sin saber muy bien a donde se dirigía, poniendo más atención a enjugar las lágrimas que luchaban por salir de sus ojos.
-¡Aranisse!- la bella doncella levantó su blanco rostro para ver borrosamente a través de sus ojos llorosos como un rubio caballero se acerca de prisa, limpió sus mejillas húmedas rápidamente y cuando secó sus ojos pudo ver la sonrisa de Gildor.
-Aiya Gildor- saludó esbozando la sonrisa más casual que pudo mostrar.
-¿Sucede algo?- preguntó Gildor percatándose del colorete de sus mejillas.
-Nada, solo tengo calor y llevo caminando rato- dijo secamente, solo quería que la dejara sola, era muy incómodo tratar con él después de haberlo rechazado varias veces.
-¿A dónde te diriges?
-A mi casa.
-Pero tu casa queda en dirección contraria- dijo Gildor, Aranisse volvió su mirada a la dirección que el caballero le había indicado y fue como si hasta ese momento se diera cuenta de donde estaba- si gustas te acompaño.
-Creo que tus amigos te van a extrañar- dijo mirando sobre el hombro de Gildor a un grupo de Teleri de cabellos plateados.
-Pueden arreglárselas sin mí un momento, explicarle a un noldo la infraestructura de un barco no es lo que más disfruten del día.
-Está bien- dijo desistiendo sin remedio a la insistencia de Gildor.
La pareja retomó el camino correcto hacia la mansión de la familia de Aranisse sin decir una palabra. Caminaba lado a lado acompañándose en silencio, ella miraba a un punto lejano como hundida en sus cavilaciones y Gildor la contemplaba libremente, llevaba en sus brazos una bella tela resplandeciente de color azul profundo y dorado que parecía apretar contra ella como defendiéndola de ser arrebatada.
-¿Otro estandarte para el Rey?- preguntó Gildor con una leve sonrisa, Aranisse puso los ojos en blanco molesta.
-¿Por qué todos piensan que es para el Rey?- dijo desesperada- No, no es para el Rey.
Gildor sonrió divertido, a muchas personas les podría molestar esos arranques de la doncella pero a él le causaban gracia, uno de sus placeres culposos era amar el temperamento voluble y orgulloso de Aranisse, es por eso que a pesar de que lo hubiera rechazado no deseaba perder su amistad.
-¿Puedo verlo?
-No es nada del otro mundo- dijo Aranisse extendiéndole la tela a Gildor, este la contempló con cuidadoso escrutinio deseando que fuera él quien estuviera en los pensamientos de la doncella en cada puntada en vez de otro caballero.
-Es hermoso- dijo Gildor por fin- Pero te aconsejo que uses los rayos del Sol de la mañana, darán un destello más potente a las estrellas- dijo pasando sus dedos por los centelleantes astros de hilo brillante.
-Ahora me vas a decir que sabes tejer- dijo Aranisse tomando su estandarte.
-Aunque te cueste trabajo creerlo, si- dijo Gildor riendo- desde muy pequeño ya sabía que quería ser un guerrero y me pasaba el tiempo practicando con la espada o buscando pleito con mis compañeros solo para demostrarles que yo era mejor que ellos en combate cuerpo a cuerpo.
-Desde pequeño eras un rebelde sin causa, pobre de tu madre- dijo Aranisse divertida.
-Es exactamente como pensaba ella, así que me prohibió practicar y para mantenerme ocupado todas las tardes me daba agujas e hilos, y créeme que no soy para nada malo.
Aranisse soltó una melodiosa carcajada, no podía creer que el hiperactivo y bélico Gildor fuera también un experto tejedor.
-Ríete lo que quieras pero te aseguro que soy mejor que tú en este arte- dijo Gildor haciendo ademán como si estuviera tejiendo.
-Muy difícil que me ganes, pero podemos organizar una tarde de chicas y ponemos a prueba nuestras destrezas- bromeó Aranisse.
-Sería una excelente idea.
El silencio volvió a reinar entre los dos y pronto estuvieron frente a la entrada marmórea de la mansión, la doncella agradeció al caballero y se dio vuelta para comenzar a subir la escalinata.
-Aranisse- ella se volvió hacia él, los cabellos dorados de Gildor resplandecía en el rojo atardecer como los rayos del sol que tocan las olas del mar- Solo quiero que sepas que puedes estar tranquila y segura de que de mí no volverá a haber una propuesta como las que te he hecho en el pasado, heriste mi orgullo pero preservar tu amistad es más importante que mi amor propio.
Gildor le hiso una respetuosa reverencia al pie de la escalinata y con una melancólica sonrisa dio la vuelta y se retiró, dejando a la sorprendida doncella boquiabierta, mirándolo desaparecer en una esquina, sintiéndose más vacía que nunca.
Silmarien extendió el pergamino sobre el escritorio y comenzó a leer. Su hermano le escribía desde Tharbad, había navegado desde el sur y había llegado a proveerse a la ciudadela Numenoreana de Eriador antes de zarpar de nuevo hacia Lindon, dos semanas los separaban solamente, sintió como unas mariposas revoloteaban en su estómago. El día de hacer público su compromiso con Ereinion se acercaba, se hacía más palpable la idea de que su permanencia definitiva fuera ese maravilloso reino elfico que la había hospedado tantos meses. Amaba Numenor desde su medula, como si ella misma hubiera nacido de la tierra de la isla, pero Lindon y su Rey se le habían metido por los ojos y se habían anidado en el corazón.
Escuchó abrirse la puerta tras de sí y volvió su mirada gris para contemplar al Alto Rey de los Noldor entrando a la estancia esbozando una bella sonrisa, solo con eso sabía que ella pertenecía ahí, a ese lugar donde esa sonrisa estuviera.
-¿Cómo encontraste tu nueva habitación?- preguntó Ereinion acercándose a ella por detrás y posándole un beso en la mejilla- ¿Es de tu agrado?
-No podría pedir algo mejor, es casi tan grande como mi habitación en Armenelos- dijo sonriente.
-¿Casi tan grande?- dijo Ereinion sorprendido- Pediré que habiliten la habitación más grande del palacio, tiene siglos cerrada y necesita muebles nuevos, pero haré la orden en este momento y estoy seguro que quedará para antes de que llegue tu hermano.
-No es necesario, estaba de lo más cómoda en la primera habitación que me asignaste cuando llegué a Lindon y estoy más que feliz con la que me diste ahora- dijo Silmarien apresurándose antes de que Ereinion llamara a un sirviente.
-Solo quiero que te sientas en tu casa.
-Me siento en mi casa donde sea que estés tu- Ereinion le sonrió cálidamente desde el sillón en el que se había postrado frente a ella.
Ereinion se esforzaba para dar a Silmarien los lujos a los que ella como hermana del Rey de Numenor estaba acostumbrada, y a los beneficios como Reina de Lindon se le serían otorgados, sin entender que Silmarien lo único que necesitaba era estar con él, aun sin reino, sin palacio y sin corona.
-Minastir ya viene de regreso, se le nota de muy buen humor, al parecer todo marchó bien en las colonias del sur- dijo Silmarien refiriéndose a la carta que tenía extendida sobre el escritorio.
-Yo también he recibido una carta de el- dijo Ereinion pensativo.
-¿A si?- dijo Silmarien interesada- ¿y que te ha contado?
-Básicamente pareciera que estuviera enterado de nuestro compromiso- Ereinion sonrió al ver los enormes ojos de la doncella numenoreana- solo preguntaba por ti y hablaba de las grandes uniones del futuro y demás cosas referente a lo mismo.
-Yo no le he comentado absolutamente nada- se apresuró a decir Silmarien para liberarse de cualquier sospecha.
-Sé que no le has dicho nada, pero habla con tanta seguridad de la unión de Lindon y Numenor que siento que tiene el don de la clarividencia.
-Ha de ser la vena elfica que todavía nos recorre desde la cabeza, pasando por el corazón hasta el dedo pequeño del pie.
-Es lo más probable- dijo Ereinion sonriendo y contemplándola cruzado de piernas plácidamente recargado en el mullido sillón, así como quería pasar todas las tardes de su existencia, contemplándola desde lejos, sabiéndose poseedor y poseído de la hermosa dama que tenía frente a él.
-Hablando de clarividencia y esos temas…- dijo Silmarien guardando la carta en su sobre y caminando hacia Ereinion sin mirarle hasta que estuvo sentada junto a el- ¿Has echado algún vistazo al futuro?
-No- dijo Ereinion secamente, su rostro se endureció repentinamente y sus músculos se tensaron- no hay nada en el futuro que me interese saber desde ahora.
-No debes de oprimir las visiones que llegan a ti, pueden ser advertencias que pueden salvar vidas, o incluso todo tu reino- Silmarien se acercó más a él y puso su mano sobre la de Ereinion, tensa como si estuviera presta a tomar una empuñadura- no lo hagas por mí.
Ereinion se levantó súpitamente del sillón y caminó hacia los ventanales de la estancia dejando a la sorprendida Silmarien mirándolo preocupadamente. Sabía que Ereinion había estado bloqueando las visiones que se le presentaban desde que se comprometieron en Imladris por miedo de ver un futuro que no le agradara, pero esto no podía seguir así, una de esas visiones podía ser una advertencia que le ayudaría contra Sauron o cualquier mal que amenazara a su reino, no podía permitir que el Rey más poderoso de los Eldar rechazara esta ventaja innata que poseía contra sus enemigos, solo por ella.
-Sé que temes a un día no verme junto a ti, pero debes estar consciente de que ese día llegará, tarde o temprano, por muerte en batalla, enfermedad o natural- decía Silmarien poniéndose de pie y caminando hacia Ereinion que le daba la espalda- y lo único que podemos hacer es prepararnos y aceptarlo.
Ereinion se dio la vuelta y Silmarien pudo ver atreves de la dureza de su semblante un profundo dolor oprimido por mucho tiempo, que poco a poco se iba añejando y agriando, y sintió miedo y pena por él. Porque por más que ese amor que se tenían trascendiera el tiempo y el espacio, no podía cambiar la naturaleza de la que estaban hechos, uno de marcharse y el del otro de permanecer para siempre.
-No voy a empezar a sufrir tu perdida cuando aún te tengo conmigo- dijo tomándola en sus fuertes brazos- he decidido solo vivir el presente, lo que veo y siento ahora, porque de otra forma, aunque te tenga así como ahora entre mis brazos, voy a sentir tu ausencia.
Ereinion tomó el rostro de Silmarien entre sus manos y la besó lentamente, disfrutando el tacto de sus carnosos y rojos labios, añorando ávidamente lo que aún tenía a su alcance. La miró fijamente con sus penetrantes ojos, zafiros incrustados en mármol, aun sosteniendo el bello rostro de la doncella entre sus manos, suspiró profundamente y salió de la habitación. Silmarien lo miró retirarse apesadumbrada y volvió su mirada gris al ventanal, el mar se expandía más allá de su alcance y sobre de él una tormenta de mal augurio se iba formando.
