CAPITULO 8

Candy observaba las verdes praderas que rodeaban Crawford a través de la ventanilla del carruaje de alquiler que las conducía a ella y sus tías a casa desde la estación de trenes.

Su tía Pony, sentada a su lado, dormitaba, todavía demasiado cansada a causa de la larga recuperación tras la operación. A diferencia de su tía Maria, que, con el ánimo por las nubes, no dejaba de parlotear sobre lo mucho que se habían divertido en Londres, prometiendo que pronto tendrían que regresar, y en esta ocasión en un viaje de placer y no por necesidad.

Candy sonreía como única respuesta, sin desviar la vista de la ventana. Esa noche había vuelto a tener el mismo extraño sueño, sólo que en esta ocasión, el rostro del hombre del jardín había sido reemplazado por las hermosas facciones de Albert Andrew.

Sabía que aquello no tenía sentido. A Albert lo acababa de conocer, y si ese sueño realmente era el recuerdo de una experiencia pasada, era imposible que él fuese el hombre del jardín. Además, claramente recordaba haber dicho en el sueño que el hombre era uno de los aprendices de su padrastro, y un conde jamás ostentaría ese título. Por lo que sabía, los condes no tenían profesiones.

—¿Sigues pensando en ese sueño? —le preguntó su tía Maria, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos.

—No es nada —Candy se encogió de hombros, percibiendo que un ligero rubor le cubría las mejillas.

Había sido una tontería preguntarle a su madre al respecto. Ella se había portado cortante con el tema del accidente y su memoria perdida, como siempre. Lo mejor sería que hiciera las averiguaciones al respecto por otro camino, si es que de verdad quería llegar a conocer la verdad algún día. Porque tal como iban las cosas, era más que claro que nunca recuperaría la memoria.

Si no hacía algo para cambiar las cosas, nunca conocería su pasado…

Cansada de los mismos pensamientos que comenzaban a provocarle una jaqueca, Candy abrió la ventanilla para respirar el cálido aroma de la pradera. Sin duda se había divertido en Londres, pero no había nada igual como la belleza de la naturaleza salvaje. El perfume de las flores silvestres embriagó sus sentidos, aturdiéndola en un gozo pleno que le hizo cerrar los ojos, perdida en el deleite de ese momento maravilloso.

Al abrir los ojos una vez más, todavía extasiada por el vasto paisaje que se abría ante ella, su vista se fijó en un punto oscuro que destacaba contra el verde claro y el amarillo de las flores del campo. Un hombre a caballo, que a su vez la observaba fijamente.

Albert Andrew.

De no haberse encontrado sentada, Candy estaba segura que habría caído por la impresión. ¿Qué demonios estaba haciendo ese hombre en su tranquilo pueblo alejado del mundo?

—¿Estás bien, linda? —le preguntó Maria.

—Sí… —musitó, cerrando la ventanilla de golpe y corriendo la cortina—bien.

—Te has puesto muy roja.

—No, estoy algo acalorada, es todo.

—Pronto llegaremos y podrás darte un buen baño, querida. El agua helada te vendrá bien.

Candy se estremeció al recordar la calidez del imponente cuerpo de Albert mientras la tenía sujeta entre sus brazos, llevándola en un baile delicioso y suave, su ardiente mirada fija en ella, sus labios sensuales…

—Sí, tienes razón, tía —se apuró a decir, abanicándose con fuerza—Un baño de agua fría me vendrá excelente.

Con cuidado, echó un vistazo hacia afuera por el borde de la cortina. Albert, tan quieto como una estatua, observaba fijamente el carruaje alejándose por el camino.

De no haberse encontrado a tanta distancia, Candy habría jurado que parecía tan sorprendido de verla como ella a él.

El carruaje se detuvo un par de minutos más tarde frente a la estación de correos del pueblo de Cheshire. Candy fue la primera en bajar, seguida por su tía Maria. Entre ambas ayudaron a Paulina a apearse del carruaje. El viaje había hecho estragos en su semblante, que lucía mucho más mortecino que al momento de partir de Londres.

—Será mejor ir a casa y meterte en la cama cuanto antes, tía —le dijo Candy con cariño, arreglándole el chal sobre los hombros— Te prepararé una rica sopa de avellanas.

—Mi favorita —sonrió la anciana—. Oh, mira, si ahí viene Meg.

—La pobre parece que va a reventar en cualquier momento —bromeó Maria, saludándola.

Candy se volvió para saludar a su vecina. Dos años menor que ella, Meg se había vuelto una buena compañía, aunque poco frecuente. A diferencia de ella, Meg estaba casada y esperaba su cuarto hijo.

—Candy, señorita Pony, señorita Maria —las saludó, aferrando un cesto repleto de verduras contra su prominente vientre—, me alegra verlas de nuevo por aquí. ¿Cómo está Londres?

—Sucio, ruidoso y repleto de gente —gruñó Pony—. Tú, por otro lado, luces radiante, mujer. ¿Cuánto te falta?

—Sólo un mes más, más o menos —sonrió Meg, acariciando su vientre—. El médico me recetó… —el estrépito de varios gritos sofocó la voz de Meg y llamó la atención de todos. Un carro cargado de verduras había chocado contra uno cargado de leños. Este último se volcó, cayendo, con todo y carga, sobre un pobre hombre que iba pasando en ese momento.

—¡Santo Dios, hay que hacer algo! —chilló Candy—. Meg, por favor, ayuda a tía Pony a llegar a casa. Voy a ver en qué puedo ayudar.

—¡Ten cuidado! —escuchó que le gritaba Maria cuando ya partía a la carrera hacia el lugar del accidente.

Una multitud rodeaba la escena. Varios hombres intentaban apartar los leños y aligerar la carga para rescatar al pobre hombre, que no dejaba de gritar, atormentado por el dolor.

Debía de tener la pierna rota, cuando menos.

Candy se abrió paso hasta él, pensando en la mejor forma de sacarlo de allí lo antes posible. Sabía que si la sangre se quedaba acumulada por demasiado tiempo en un miembro y luego ésta era liberada de golpe, podía provocar que el corazón del individuo se detuviera.

—Descuide, señor. Se pondrá bien —le dijo, arrodillándose a su lado y colocando su chal bajo su cabeza, de modo que estuviera un poco más cómodo—. Lo sacarán de aquí enseguida.

—¿Qué está sucediendo? —Una potente voz se hizo oír sobre las otras.

La gente abrió paso a un elegante caballero cuya vestimenta le hacía lucir extraño entre los trabajadores de campo y labriegos que se encontraban en el lugar. Sus ojos azules viajaron directamente hacia los carros accidentados y el hombre atrapado, para terminar posándose sobre el rostro de Candy.

Ella abrió la boca por la sorpresa al reconocerlo. Albert Andrew.

—Traigan palancas, debemos mover esto antes de que termine por derrumbarse sobre el hombre —exigió Albert, quitándose el abrigo y la chaqueta, para quedarse sólo con el chaleco y la camisa.

Los hombres se movieron con agilidad, gritándose unos a otros para cumplir con lo que él les había pedido.

—Si me permite, señorita —se dirigió a Candy, pasando a su lado para situarse en un punto bajo el carro. Posó ambos hombros bajo la madera y luego las manos.

Candy arqueó una ceja, incrédula a lo que iba a suceder. Ese hombre con aspecto lechuguino no iba a intentar levantar el carro por sí mismo, ¿o sí…?

—Señor… Es decir, milord, no creo que usted sea capaz de levantar ese carro — Candy se quedó callada ante la mirada encendida que él le dedicó—. No se ofenda, pero es muy pesado.

—Esto no es nada para mí —replicó el hombre—. ¡Todos listos! —Gritó, tomando una honda inspiración de aire.

Con fuerza empujó hacia arriba y para sorpresa de Candy, el carro se movió con facilidad. Los demás hombres sujetaron el carro con las palancas, dejándolo fijo en su lugar, mientras otros ayudaban al herido a salir del lugar del accidente.

Albert salió del hueco, preocupado por la salud del herido, no dejaba de dar órdenes para que el hombre fuera transportado con los debidos cuidados al consultorio del médico, calle abajo.

—¡Tenga cuidado, señorita! —Candy todavía no se había movido del lugar cuando escuchó el sonido del carro desplomándose.

Una sombra salió de la nada y la cubrió, impulsándola con ella lejos. Candy apenas percibió el golpe contra el suelo, todo había sido demasiado rápido. Al abrir los ojos se encontró con esos hermosos iris azules justo frente a ella, y entonces se dio cuenta de que se encontraba tirada en la calle, con Albert Andrew encima de ella.

—Dios santo, ¿se ha hecho daño? —preguntó ella como primer instinto, al notar que él sangraba.

Él frunció el ceño, confundido por la pregunta.

—Iba a preguntarle precisamente eso —le dijo, poniéndose de pie y ayudándola a hacer lo mismo.

Varios hombres los rodeaban ya, listos para socorrerlos. Sin embargo, Candy pudo notar que él no parecía dispuesto a aceptar ninguna ayuda, como si estuviera acostumbrado a valerse por sí mismo en todo momento.

La camisa de Albert se había rasgado por el hombro, dejando al descubierto un brazo fuerte y musculoso. Para nada el brazo de un conde anodino acostumbrado a la comodidad y a los placeres. Sin duda un hombre como él habría levantado ese carro con facilidad.

Candy recordó lo que Annie le había dicho: «él siempre ha cuidado de su familia». Tal vez había mucho más en el pasado de ese conde de lo que suponía, o de lo que los chismorreos de la gente podían insinuar. De cualquier forma, dudaba que un asesino fuera capaz de arriesgar su propia vida para salvar a un campesino de la muerte y luego a una chica cualquiera.

Albert habló con la gente que los rodeaba, pidiendo que le informaran más tarde sobre el estado de salud de aquel campesino.

Candy se había perdido tanto en sus pensamientos que había sido incapaz de pronunciar palabra alguna.

Recordó a un conde al que Annie le presentó en Hyde Park en una ocasión, durante uno de sus paseos. El hombre llevaba a su lacayo como compañía y, por un mal incidente, el pobre empleado resbaló con el fango dejado tras un día completo de lluvia y cayó, lesionándose seriamente la pierna. Sin embargo, el elegante conde no se preocupó en lo más mínimo por la salud de su sirviente, todo cuanto le importó fue el estado en que terminó el costoso abrigo que su lacayo cargaba por él en ese momento.

Candy se sorprendió por ese estado tan falto de humanidad hacia otro ser humano, pero Annie le indicó que así era la forma habitual de actuar de la aristocracia. Motivo por el cual su amiga se sentía tan poco cómoda entre sus iguales y apreciaba tanto la compañía de ella, su nueva amiga, así como de otros pocos similares a su modo de pensar.

Y Annie le había dicho que Lord Andrew y su familia eran sus amigos.

Ahora lo comprendía.

Lord Andrew no parecía molesto por el fango sobre sus elegantes ropas, o la fina camisa de lino rota. Ni siquiera parecía notar sus propias heridas. Sonreía, por extraño que pareciera, agradeciendo a los preocupados aldeanos su ayuda.

—¿Se ha hecho daño? —le preguntó él, volviendo a centrarla en la realidad—. Debe tener más cuidado, señorita. Ese cargamento de leños estuvo a punto de aplastarla.

—Gracias a usted no lo hizo —ella sonrió, agradecida—. Pero usted está sangrando.

—No es más que un rasguño, no se preocupe… —se quedó prácticamente petrificado cuando ella sacó un pañuelo bajo su manga y se levantó de puntitas, para limpiarle la sangre que corría por su frente.

—Me temo que necesitaremos ir a casa a limpiar esto, no tiene buen aspecto.

—No se preocupe por mí, señorita White. Me encuentro perfectamente —dijo mientras se daba cuenta de que no se había movido ni un milímetro, para permitir que ella hiciese lo que le diera la gana con su herida.

—Podría infectarse —ella negó con la cabeza, frustrada—, y de este modo no puedo hacer nada. Usted es demasiado alto y estamos los dos cubiertos de barro.

—Oh, es cierto… La caída, supongo… Siento eso… —tartamudeó, sintiéndose otra vez como un jovencito estúpido e inexperto.

—No es nada que no pueda arreglarse con agua y jabón. Iba a tomar un baño de todos modos. Su herida, por otro lado, podría infectarse y no podemos permitirlo.

—Estaré bien.

—Usted me ha salvado la vida, milord, y no puedo hacer nada menos que corresponder a su gesto con un mínimo de cuidado. Lo llevaría al consultorio del médico, pero me temo que él estará ocupado por un tiempo, así pues, si no le molesta, tendré que ser yo quien revise su herida.

—¿Usted…? Señorita, no quiero parecer…

—Mi padre es un prestigioso médico, milord —ella le interrumpió, sonando un poco ofendida—, y en el pasado compartió varios de sus conocimientos conmigo. Confíe que está en buenas manos.

Él inspiró hondo, clavándole la mirada con esos ojos azules que Candy sintió que de alguna forma eran capaces de atravesarle el alma. No pudo moverse, ni siquiera respirar, era como si hubiera quedado paralizada en ese mismo instante bajo el influjo de su mirada.

—Muy bien —aceptó él al fin—. Estoy seguro de que no podría estar mejor atendido que bajo el cuidado de sus manos.

Candy sintió que las mejillas se le encendían por el halago y asintió, incapaz de articular palabra. Albert recogió el abrigo y la chaqueta del sitio donde los había dejado, antes de girarse hacia ella y tenderle el brazo.

—Si me hace el honor, señorita.

—Será un placer, caballero —contestó ella, cogiendo su brazo con una mano un tanto temblorosa.

En casa se había formado un barullo a causa de la reciente llegada de la familia. Tía Pony y tía Maria yacían acomodadas en el salón, mientras Molly, la criada, metía los bolsos de viaje en la casa con ayuda de un muchacho al que habían pagado para que cargara con el equipaje.

Al escuchar pasos en el recibidor, tía Maria se dio prisa en ponerse de pie para salir al encuentro de Candy.

—Candy, querida, no pudimos quedarnos más tiempo. Tu tía Pony se sentía indispuesta, dime cariño, ¿qué pasó con aquel pobre hombre…? —Maria perdió el habla súbitamente al notar al hombre que acompañaba a su sobrina.

—Buenos días —saludó él, quitándose el sombrero que acababa de ponerse—. Espero no importunarla. Mi nombre es Albert Andrew. Soy un vecino reciente de la localidad.

Los ojos de Maria parecían a punto de salirse de sus cuencas, permaneciendo fijos sobre el hombre.

—Milord, es un gusto conocerle —Pony salió al rescate de su hermana, llegando tras ella en el momento preciso—. Por favor, póngase cómodo. Me temo que no me encuentro en buen estado y no puedo estar mucho tiempo de pie.

—No es mi intención molestar…

—De ningún modo —dijo Maria, prácticamente en un chillido—Siéntese. Por favor.

—Lord Andrew ha sufrido una herida durante el accidente —contó Candy— Me temo que por mi culpa.

—De eso ni hablar —replicó él, tomando asiento en el lugar que Maria le ofrecía—, ha sido un leño el que me ha dado contra la frente. Usted nada ha tenido que ver en ello.

—No se lo lancé, si a eso se refiere, pero se ha hecho ese golpe salvándome la vida —arguyó Candy, corriendo a la cocina por tela limpia y un cuenco con agua.

—¿Le ha salvado la vida? —preguntó Pony.

—Oh, pero qué romántico —musitó Maria, llevándose ambas manos juntas al pecho— por favor, tienen que contárnoslo todo.

—Me temo que será en otro momento —Candy volvió con la palangana—. Ahora debo curar las heridas de lord Andrew y vosotras debéis subir a reposar. Este no será un espectáculo que queráis presenciar.

—Tiene razón, la sangre siempre me pone enferma —Maria se puso de pie muy rápido—. Vamos, Pony, es hora de tomar tu siesta.

—No es propio dejar a Candy sola con un caballero.

—Tía, no necesito chaperón a estas alturas —le aseguró Candy, hablando en tono de broma—. De todas formas, Molly anda cerca, en caso de que pueda necesitar ayuda.

—Bien… en ese caso, os dejamos. Mucha suerte. —Maria sonrió, guiñándole un ojo a Albert.

Albert se puso de pie para despedirse, prácticamente chocando de frente con Candy, quien se acercaba a revisar su herida. Trastabilló y enseguida se vio envuelta por los fuertes brazos de Albert, que evitaron que cayera. La mano de Candy se coló por el orificio de su camisa, palpando la cálida piel desnuda de su brazo, duro y musculoso.

Candy se perdió por una fracción de segundo, preguntándose cómo sería el resto de su cuerpo, dejándose llevar por la fantasía de tocar cada centímetro de su piel cálida y aterciopelada…

Al levantar la vista, notó la intensa mirada de Albert fija en su rostro. Ella sabía que ya había pasado el momento en el que debieron separarse, pero él no parecía dispuesto a soltarla. Y la verdad es que tampoco ella se sentía con ganas de dejarse ir.

—No creo que debamos dejarlos a solas —la voz de Pony llegó desde el pasillo, acompañado por los rápidos pasos de Maria

—Tú déjalos solos y no repliques, mujer. Ya son mayorcitos para saber qué es lo que hacen.

Candy sintió que las mejillas se le encendían. Albert debió de sentirse igual de incómodo, porque la soltó al fin, apartándose un par de pasos de ella.

—Por favor, tome asiento —le pidió Candy, enjuagando un trozo de tela limpia en el agua que acababa de verter en la palangana.

Él así lo hizo, aunque estaba tan recto que ella temió que fuera a partirse la espalda en dos.

Con cuidado, Candy se acercó y comenzó a limpiar la herida.

—Puede que esto le escueza un poco —le advirtió la ahora enfermera, tomando una infusión de la mezcla de medicinas que había llevado consigo.

—No se preocupe por eso —le dijo él, manteniéndose impasible cuando ella vertió parte del contenido del frasco sobre la herida.

—Es usted muy valiente —lo halagó Candy, terminando la curación.

—Parece sorprendida.

—Un poco. Debo admitir que tenía una pobre opinión de los condes londinenses tras ver a un par de ellos retorcerse como lombrices cuando una enfermera intentaba ponerles una inyección en el hospital de Londres.

Albert soltó una carcajada que de algún modo calentó el corazón de Candy.

—Temo desilusionarla, señorita. Eso no sucederá conmigo, se lo aseguro.

—Traeré una jeringa y una aguja y haremos la prueba —bromeó ella—Sin hechos, es difícil creer lo que ha dicho. Aunque por tratarse de un hombre tan valiente como usted, supongo que podré hacer una excepción y me fiaré de su palabra.

—¿No suele fiarse de la palabra de un desconocido?

—No, milord, no suelo fiarme de la palabra de un hombre que dice no temerle a las agujas. Hasta ahora no he conocido uno solo que no lo haga.

—Ha de haber pasado mucho tiempo en ese hospital en Londres.

—Sólo un par de meses, pero mi padre es médico y yo solía ayudarlo a… —Candy guardó silencio de forma abrupta, y tratándose de un tema que le resultaba doloroso, sonrió, terminando la frase con otra oración—. He visto demasiados traseros temblorosos como para asegurarle que la gente teme a las inyecciones, milord.

—Tal vez debería ver este trasero. Le aseguro que es firme como roca—Albert sonrió al verla encenderse como una granada al escuchar sus palabras—. Lo siento, le aseguro que bromeaba —le dijo, alzando las manos en señal de paz.

Ella sonrió.

—Lo sé. Todos tiemblan —bromeó ella. De pronto sus ojos se fijaron en su brazo, y antes de notarlo, estaba palpando una marca roja en su muñeca.

—Es una marca de nacimiento —explicó él.

—Tiene forma de murciélago —ella sonrió aún más—. Qué extraño.

—Es la marca de mi familia. Mi padre la tiene, también mis hermanos, cada uno en una parte distinta. Mi hermano la tiene justo en medio de los dos glúteos… Lo siento —se disculpó al verla ponerse roja de nuevo—, creo que hemos hablado demasiado de traseros por un día.

Ella rio con ganas, acompañada por él, hasta que ambos callaron, compartiendo un silencio amistoso, sin dejar de sonreír. Candy vendó bien la zona de la herida y se aseguró de limpiar la sangre de la frente y el rostro, en busca de algún otro corte que hubiera pasado por alto.

Estar tan cerca de él le resultaba difícil, las manos le temblaban y apenas podía respirar. Actuar con naturalidad le era casi imposible.

—Me alegra decirle que ha tenido suerte —le dijo tras unos minutos de incómodo silencio que le parecieron como una eternidad—. No se ha hecho nada grave. Podrá quitarse el vendaje en un par de días y la cicatriz apenas se notará.

Ella se sobresaltó al sentir el repentino contacto de su mano sobre la suya, aferrándola.

—Se lo debo a usted, sin duda —él sonrió con suavidad, mirándola fijamente a los ojos.

Candy sonrió en respuesta, nerviosa por la extraña carga de electricidad que sentía al contacto con su piel.

—Al contrario, milord. Ha tenido suerte de no haberse lesionado gravemente al haberse puesto en esa situación tan peligrosa por mi culpa. Debí ser más cuidadosa, y usted… Usted me ha salvado la vida. Y nunca sabré cómo recompensarle por su ayuda.

—Se me ocurren más de un millón de maneras en este mismo instante —le dijo con un fervor inesperado, llevándose la palma de su mano a los labios y besándola.

Candy se sintió estremecer por el contacto, incapaz de apartar la mirada de esos ojos azules que parecían dispuestos a devorarla con la sola mirada.

—Señorita, ¿las medicinas de su tía debo dejarlas en la cocina o en su habitación? —Entró Molly en ese momento, rompiendo la conexión entre ella y Albert.

Ambos se separaron con un respingo, evitándose mutuamente como si hubieran sido atrapados infraganti cometiendo el peor de los delitos.

—Oh… disculpe, no sabía que tenía compañía —sonrió la criada de forma pícara, volviendo por su camino.

—Creo que será mejor que me vaya. Es tarde y mis hermanas se habrán preocupado por mí —Albert se puso de pie, tropezando brevemente con la pata de la silla—. Le agradezco mucho sus atenciones, señorita. No pude encontrar mejor médico en toda Inglaterra.

—Es usted demasiado generoso con su opinión, milord —sonrió Candy—. Por favor, vaya con cuidado.

Él pareció dudar acerca de su respuesta y finalmente se decidió por asentir.

—Buen día, señorita —dijo antes de marcharse.

Candy se sintió tonta al escucharse suspirar ante su imagen alejándose por el camino. Se estaba comportando igual que una solterona romántica…

Aunque, en realidad eso era…

Con enojo, alzó la mano para cerrar la ventana, dispuesta a dejar atrás cualquier pensamiento romántico que pudiera alterar su vida. Lord Andrew era un conde. Y los condes no se casaban con mujeres solteronas de campo. Pero al hacerlo, notó la figura de Albert volviéndose hacia la casa, como si dudara entre regresar sobre sus pasos o no. Pero aquello duró apenas una fracción de segundo, antes de que él diera media vuelta para montar sobre su caballo y partir a todo galope en dirección contraria.

Los pasos frenéticos de Albert retumbaron en toda la casa, previniendo a sus hermanos de lo obvio: estaba furioso.

—¡Ella está aquí! —le gritó a Rosmary nada más entrar en la habitación donde ella se encontraba.

Rosmary, sentada tras un escritorio de caoba, anotando números en un enorme libro de contabilidad, ni siquiera parpadeó cuando su hermano entró.

Pauna, por otro lado, acurrucada en una otomana junto a la ventana, cerró de golpe la novela que la había mantenido absorta hasta entonces, dedicándole a su hermano una mirada mezcla de terror y culpabilidad.

—¿Quién? —preguntó Rosmary con total calma, sin levantar la vista de los números.

—¡No te hagas la inocente! —Albert cruzó la distancia que los separaba y colocó ambas manos sobre las páginas del libro, impidiéndole ignorarlo.

Al levantar los ojos de los números, Rosmary debió reprimir una risita al encontrar a su hermano, por lo general pulcro y muy ordenado, cubierto de lodo y completamente desaliñado.

—Dios santo, ¿qué te ha pasado? —preguntó, cubriéndose la boca con una mano para que él no notara que sonreía.

—Eso no es asunto tuyo —rugió, pasándose una mano de forma inconsciente por el vendaje que Candy le había hecho—. ¡Me convenciste de venir aquí asegurándome que de esa forma evitaría encontrarme una vez más con ella, y ahora resulta que Candy también se encuentra en Crawford!

—¿No me digas? —Los ojos verdes de su hermana le miraron con una encantadora alegría—. Qué maravillosa coincidencia.

—¡Coincidencia un cuerno! ¡Has sido tú quien lo ha planeado todo!—Miró a Pauna, que se encogió como un ratón—. ¡Y tú también!

—No le hables así —Rosmary frunció el ceño—. Habría jurado escuchar que se quedaría en Londres hasta las navidades.

—Eres una… —Albert volvió a centrar su atención sobre Rosmary—¡traicionera vil y mentirosa!

—Tal vez. Pero no me arrepiento ni un poco de lo que he hecho —le guiñó un ojo por encima de sus gafas, antes de bajar una vez más la mirada sobre sus números.

—¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? —Albert volvió a colocar las manos sobre las páginas donde ella intentaba escribir.

—Sí. Lo correcto. Y si no te molesta hermano, estás dejando llena de manchas mis páginas, ¿podrías moverte?

—No se puede razonar contigo… —Albert se apartó, llevándose una mano manchada de tinta al rostro, en un gesto preocupado—Regresaré ahora mismo a Londres.

—Me temo que eso no será posible, hermano. Acabo de enviar una orden para remodelar por completo la residencia de Londres. Será imposible habitarla durante los próximos seis meses.

—Eres una…. Bruja. —Albert se giró hacia ella, sus ojos destilando furia.

No obstante, la joven Pauna soltó una risita nada más verlo. Una ceja arqueada de su hermano bastó para hacerla callar y volver a encogerse de miedo.

—Lo siento… Tienes tinta en el rostro —le dijo en voz baja, temerosa

—Pau, sabes que yo no soy como padre… No debes temerme, ¿entiendes? —Albert miró a su hermana menor con preocupación—Puedes reírte cuanto quieras de mí, nunca te haré daño. No importa lo enojado que esté.

—Lo sé, Albert… Es sólo que a veces… Lo siento —agachó la mirada, aferrando las uñas en la cubierta del libro.

Albert se aproximó a ella y se arrodilló frente a su hermana menor, obligándola a mirarle a los ojos.

—Eso está en el pasado, Pau. Nadie te hará daño nunca más, ¿me entiendes?

Pauna levantó la mirada, sus ojos brillantes por las lágrimas, y los fijó sobre el rostro de su hermano. Con cariño pasó la yema de los dedos por la nariz, alguna vez rota, de su hermano, al tiempo que las lágrimas se derramaban por sus mejillas, tan silenciosas como su llanto. Hacía mucho tiempo que había aprendido a llorar en silencio…

—Lo sé, Albert. Lo sé bien…

Albert sonrió y la besó en la punta de la respingada nariz, igual como hacía desde que Pauna era sólo un bebé.

—Anda, ve a decirle a la cocinera que tengo antojo de budín de chocolate mientras yo termino de hablar con Ross, ¿quieres?

—Ya no tengo seis años, Albert. Soy tan culpable como mi hermana…

—Anda, Pauna. Antes de que cambie de opinión —se adelantó a decirle Rosmary—. Yo puedo arreglármelas mejor con esta bestia cuando estamos a solas.

Pauna sonrió ligeramente antes de darle un beso en la mejilla a su hermano y salir de la estancia, dejándolos a solas.

—No me llames bestia —le reclamó Albert en cuanto la puerta se hubo cerrado tras su hermana menor—. Por cierto, ¿dónde está Stear? Porque estoy seguro de que ese… hermano nuestro —cuidó sus palabras— tuvo que ayudarte en este plan maquiavélico.

—Stear está en Oxford, atendiendo unos asuntos de Archie y Willian, como le pedí.

—¿Te ha dejado sola para presentarme batalla como un completo cobarde, o es que realmente piensas que puedes manipularme mejor tú sola?

—Soy la mejor para tratar contigo, Albert. Siempre hemos estado unidos —los brillantes e inteligentes ojos de su hermana se clavaron en los suyos—. Tú y yo contra el mundo, protegiendo a los pequeños, ¿recuerdas?

—¿Y desde cuándo eso te ha autorizado a querer convertirte en mi titiritera?

—¿Titiritera? —repitió, riendo—. ¿Es así como te sientes? ¿Manipulado como un pobre títere sólo porque te he traído a pasar unos agradables días a tu propia casa de campo?

—Sí, cuando actúas a mis espaldas para hacer exactamente lo contrario a lo que, sabes bien, son mis intenciones.

—¿Y esas intenciones son…?

—¡No me saques de quicio, Rosmary! ¡Sabes muy bien a qué me refiero!

—Perdona, hermano, pero mis dotes de titiritera no incluyen la de lectora de mentes. No puedo tener idea de lo que quieres a menos que me lo digas.

—¡Eres exasperante!

—Sí, y una traidora vil —Rosmary sonrió, mordaz— Ya lo dijiste. Eso no cambia el hecho de que tendrás que quedarte aquí, con nosotros, hermano.

—Me iré a un hotel, a un hospicio, lo que sea… —se dirigió a la puerta—. No te saldrás con la tuya.

—¿Tanto miedo tienes de enfrentarte a ella? —Rosmary se puso de pie, siguiéndolo de cerca.

—¿Estás loca? —Albert se giró hacia ella, dejando el pomo de la puerta en paz antes de poder girarlo—. Yo no le tengo miedo…

—Actúas como un gallina —Rosmary se ubicó delante de él, bloqueándole el paso hacia la puerta—. Es tu esposa, Albert. No un demonio.

—Créeme, si fuera un demonio con el que tuviera que tratar, no me sentiría tan aturdido como ahora.

—¿Qué es a lo que temes, Albert? ¿Que ella te rechace?

Albert fijó la vista en las llamas de la chimenea. A pesar de ser verano, la casa era fría y por orden del conde, todas las habitaciones donde estuvieran sus hermanos debían estar siempre cálidas, con un fuego encendido en la chimenea.

Rosmary se sintió estremecer ante la imagen de su hermano mayor. En su rostro se reflejó una tristeza tan honda y sincera que ella se vio obligada a guardar silencio. Incluso el arrepentimiento cruzó por su mente. De no estar completamente segura de que hacía lo correcto, se habría visto tentada a disculparse con su hermano mayor.

—Albert, tienes que lidiar con esto. Tu pasado te ha estado consumiendo todos estos años. Ya nunca ríes… Recuerdo que solías reír tanto antes.

—Si os he descuidado a ti y a mis hermanos, lo siento. No fue mi intención…

—No, Albert —ella le interrumpió—. A nosotros siempre nos has tenido en el mayor cuidado, tratado con todo el afecto que un hermano puede prodigar a otro. Eres tú mismo el que ha quedado relegado… Es tiempo que te ocupes de ti mismo, hermano. Que des remedio al dolor de tu corazón.

—Qué más quisiera yo, Ross. Qué más quisiera…

—¿Y por qué no? ¿Qué te lo impide?

Albert levantó la mirada, fijando sus ojos azules sobre su hermana.

—Todo.

Continuara...