Capítulo X:

"El cielo se va caer"


Nunca creí que el desafío más difícil al inicio de mi travesía sería el hecho de creer, creer en lo que mis ojos no pueden ver, ni mis oídos escuchar, o mi cuerpo sentir. Las pruebas venían a mí con lentitud, mostrándome que de nada servía ver como realidad a lo que nuestros sentidos más primitivos pueden apreciar.

Incluso mis maestros no veían como un hecho irrefutable el mundo que sus sentidos entrenados podían ver; su filosofía les dictaba que su mente siempre debía estar abierta, capaces de siempre dar un siguiente paso a la trascendencia. Nunca hay un final del camino, nunca hay una cúspide del conocimiento. Siempre hay y habrá un mundo desconocido por descubrir.


Aldea Orni, Región de Tabanta…

Con algo de vergüenza, Revali había tenido que aceptar prácticamente a regañadientes que los más jóvenes de su séquito de élite encabezaran la formación triangular de vuelo, permitiendo que estos cumplieran la función de contrarrestar la presión del aire para los que estaban tras ellos, incluido Revali, que volaba de último. El Campeón de los Ornis tenía una grave quemadura en su pata derecha luego de haber enfrentado a la Aeroalfo Ígneo Reina, sacrificándose para salvar a uno de los de su legión. El joven que Revali había salvado a costa de una grave quemadura en su pata estaba al inicio de la formación, sintiéndose terrible por haber sido tan descuidado como para que su patriarca y campeón hubiera tenido que salir herido por salvarle el pellejo.

Visualizaron desde las alturas nubladas y la poca luz del atardecer la masa rocosa en la que había sido fundada la Aldea de los Amos de los aires, oculto entre los peligrosos valles y el mortal Cañón de Eldra, lo que limitaba el acceso únicamente a las criaturas aladas. La localidad estaba coronada por un ente de extraordinaria proporción e imponente figura. Tal como un águila madre protegiendo a sus crías de las tempestades con sus inmensas con sus amplias alas, la deidad protectora de los Ornis, la Bestia Divina Vah Medoh se encontraba afianzada a lo más alto de la Tribu, rozando la estratosfera por su masivo tamaño. La deidad era una criatura mecánica creada centenas de milenios en el pasado en el auge de la tecnología los Sheikahs como última línea de defensa del espacio aéreo de Hyrule en caso de una catástrofe.

—Dirección oeste, vamos con las curanderas—comandó el segundo al mando de Revali, llamado Teba; un guerrero Orni de apariencia peculiar al ser de plumaje blanco y prominente, vestido de un peto de metal tan resistente como ligero con ornamento de plumas de colores, y debido a su peculiar color, era el comandante del grupo de espionaje y rastreo por la facilidad de camuflaje en los páramos blancos de Hebra.

—Olvídenlo, yo me largo a mi casa. Tómense la noche—interrumpió Revali desde atrás de la formación, contradiciendo las ordenes de su subalterno, ya que el único que necesitaba atenciones mayores en el equipo era él, y no estaba de humor de que las ancianas de la aldea comenzaran a atosigarlo como un niño. Girando a ver a su líder sobre sus hombros, confirmando que realmente les había dado la noche libre de vigilia, su séquito disimuló la alegría. No solo iban a ser agasajados como reyes al día siguiente por haber detenido la invasión de los demonios en Tabanta, sino que también podrían descansar de forma decente hasta entonces.

—Como ordene—respondió Teba con su usual tono serio y lineal, ajustando la formación del grupo para planear directamente hacia la zona central de la metrópoli que había formado las colonias Ornis a los pies de Vah Medoh.

Al estar a poca altura de la superficie, Revali rompió la formación elevándose un poco más con la pata herida totalmente retraída por el dolor, distanciándose de su grupo de soldados para dirigirse a su hogar, en las zonas más altas del risco de piedra. Una vez a solas, acompañando por la oscuridad de la noche, Revali comenzó a pensar en el problema más grave que tenía sobre sus hombros, y esa era la cuestión del Centaleón suelto y el incidente por el que la elegida de Nayru casi muere; algo que estaba oculto del conocimiento público de los Ornis hasta que pudiera resolverse con tal de evitar un brote inútil de pánico.

Ubicó con la mirada la plataforma de aterrizaje en la terraza de su amplio hogar, reduciendo la velocidad y planeando con muchísimo cuidado, siendo ya tarde. Contuvo un graznido de dolor al aterrizar sobre su única pata funcional, respirando profundo para comenzar a cojear, adentrándose al silencio y oscuridad de su casa de estructura de madera en el pico de piedra escarpada. Con algo de ansiedad Revali comenzó a andar con cuidado hacia una de las secciones del lugar, específicamente una de las habitaciones, evitando hacer ruido en su irregular cojeo. Al llegar al umbral suspiró con calma, al visualizar en sus respectivas hamacas a sus dos hijos, acurrucados en sus plumas que comenzaban a tomar sus colores definitivos, distinguiéndose de los plumones blancos con los que habían nacido. El varón adoptando un tono oscuro, y su hermana un azul rey

Con una tranquilidad extraña en él, Revali sonrió de medio lado con la mirada tranquila, decidiendo dejarlos descansar aunque tuviera deseos de estar con sus polluelos luego de semanas de ausencia. Apoyándose de una de las paredes, dio la vuelta para dirigirse a su propia habitación. Pero en ese momento se frenó en seco al observar delante de él una figura muy conocida para él.

Con un sigilo digno de un ave depredadora, la dama estaba en frente del Campeón con una sonrisa al volver a verlo. Era una Orni de plumaje azabache y exótico, con una contextura delgada aunque más fornida que sus congéneres hembras, mirada profunda, un poco más baja que Revali, de pico oscuro, peinada con una compleja trenza, vestida con una indumentaria tradicional y cómoda de su tribu.

La dama miró hacia la extremidad mal herida del guerrero, para volver a mirarlo a los ojos.

—Que terco eres —susurró en voz baja a Revali con un tono irónico de regaño enmarcando al mismo tiempo una sonrisa resignada, dando un paso hacia adelante para ocupar el espacio personal del Orni. Correspondiendo a la acción, Revali se mantuvo quieto en su lugar, poniendo los ojos en blanco.

—Por eso me casé con la única capaz de aguantarme—respondió con sorna el guerrero a la dama Orni, sonriéndole como él sabía que a ella le gustaba, ese gesto orgulloso y seguro de sí.

—Ni me lo recuerdes—dijo la fémina en voz baja y con un suspiro la Orni, bajando los hombros con un poco de pereza, para dar media vuelta y comenzar a caminar a la habitación, comenzando a ignorarlo. Tratando de seguirle el paso a ella, Revali comenzó a caminar a paso lento, pero no podía por el cojeo.

—Lyreli, espera—llamó el Campeón a su esposa, haciendo que ella girara a mirarlo, hecha la desentendida. Sabiendo lo que ella quería, Revali suspiró, desviando la mirada con algo de tensión en sus hombros; pero derrotado, finalmente tuvo que hacerlo. — ¿Me ayudas? —pidió a su mujer, al ver que realmente el dolor de la pata no le permitía seguir andando por su propia cuenta.

—Por supuesto, mi amor—respondió Lyreli con picardía, acercándose hasta él para tomarlo de una de las alas y servirle de apoyo en sus pasos. Asistiéndolo lo llevo hasta la habitación de ambos, la más amplia de la edificación.

La consorte de Revali no demoró nada en llevarlo hasta la hamaca de ambos para sentarlo cómodamente, pidiendo que se relajara para poder atenderlo, observando la quemadura que había llegado hasta la dermis, chamuscando el plumaje y dejando su piel expuesta con un tono rojo oscuro, supurante e inflamada, y bastaba ver la expresión de su esposo para saber que le ardía intensamente. Con mucho cuidado, atendió la zona con compresas de agua fría para regular la temperatura de la herida, y aliviar un poco el dolor de Revali. Luego de varios minutos refrescando y limpiando la zona, trajo varias pomadas de hierbas en pasta, malolientes pero muy eficaces, aplicándola en el área por sus propiedades desinflamatorias. Para concluir, envolvió la pata de Revali con una gaza para proteger la herida.

—Ya está—dijo con simplicidad Lyreli, subiendo con cuidado a la hamaca matrimonial al lado de Revali, acercándose forma íntima para comenzar con su pico a alizar las plumas sucias y erizadas del Campeón por la batalla, limpiándolo con cuidado y alisando su prominente plumaje como si se tratara de su polluelo. Por su parte, Revali aceptó en silencio las atenciones de su esposa, aligerando sus extremidades con pereza. Estaba a la expectativa, ansioso de no verse descubierto por su compañera. Trató de regular su respiración con tal de no llamar la atención de su esposa, pero fue inútil al oír el siguiente cuestionamiento de ella.

— ¿Qué te sucede? —Esa pregunta de su esposa hizo que Revali maldijera para sus adentros, al saber que en realidad no podía ocultarle prácticamente nada a su consorte sin que ella notara algo extraño en su usual comportamiento prepotente que ella se encargaba de aplacar, por las buenas o generalmente por las malas. Aquella interrogante que hizo la fémina orni hizo que Revali rememorara con claridad una de las últimas cosas que le había dicho Link antes de que cortaran con la discusión. Aunque no quisiera convencerse de aquello, tanto el rubio como él iban a ser juzgados con dureza una vez que saliera a la luz el hecho de que habían contradicho los preceptos divinos para proteger a Zelda.

Revali titubeó al responder; admitir era algo anormal para él. Pero reunió toda la determinación que pudo, mirando a los ojos a Lyreli con seriedad antes de aceptar aquella culpa que estaba socavando su cordura.

—Creo que cometí un grave error…—


Antigua Neburia. Monasterio de la Orden de Hylia…

El tiempo transcurría con una extraña lentitud a su perspectiva, cómo si las cosas se detuvieran al concentrarse momentáneamente en cualquier factor de su entorno. Un sonido, un objeto, una sensación. Todo se detenía a su alrededor, y transcurría de nuevo con normalidad cuando salía de ese estado. En esos instantes en la soledad de aquella habitación que tenía solo para ella, Zelda rozaba con incredulidad la punta de sus dedos en la forma triangular que había surgido en el dorso de su mano derecha, la marca de la Trifuerza que había estado habitado su alma durante incontables generaciones, estando ella en completa ignorancia durante la corta vida de esa actual reencarnación. Su respiración se hizo irregular y tensa al contemplar con grima la figura abstracta que resaltaba en la nívea piel de su mano, una especie de marca tribal que cubría sus dedos, abarcando el dorso de su mano izquierda y muñeca hasta alcanzar la mitad de su antebrazo. La figura era un diseño de una especie de dragón, una figura que Zelda había visto alguna vez en los libros de la biblioteca real. Un símbolo que representaba a uno de los guardianes dragones, el protector de oriente de Hyrule en antaño y amo de los inviernos, Naydra. El tatuaje era ornamentado por forma de copos de nieve y espirales simétricos.

De nuevo sintió un intenso malestar que no podía localizar en alguna zona en específico de su cuerpo. Era como si una fuerza etérea la recorriera con lentitud, atravesándola como si fuera intangible, y dejando una sensación dolorosa a su paso. Desconocía por completo cómo clasificar aquel síntoma que la aquejaba, ni mucho menos el que experimentaba en su cuerpo en general. Sentía su piel arder de forma insoportable, pero al contacto se sentía gélida como una pared de hielo; su cuerpo ni siquiera sudaba como debería si aquello fuera una fiebre, ni sus extremidades temblaban como deberían si realmente la temperatura de su cuerpo estaba tan baja como la sentía. Estaba en pánico al no poder sentir su pulso ni sus signos vitales. Sus ojos ardían con fuerza, soltando sin parar lágrimas abundantes; podía ver cómo su visión se distorsionaba, todo a su alrededor se desvanecía; era como si pudiera ver a través de las barreras sólidas. Sus oídos dolían y aquella distorsión de voces la aturdía por completo; podía escuchar cientos de voces tras su nuca, susurrándoles y hasta gritándole con euforia.

Apartó la mirada al sentir de nuevo esa intensa ansiedad invadirla, haciéndose un ovillo mientras apoyaba su espalda en la pared, tratando de convencerse a sí misma de que nada de lo que había visto podía ser verdad. Deseaba con todas sus fuerzas convencerse de que todo era una ilusión, que lo que contemplaba era falso. Pero en caso de hacerlo, iría en contra del principio que regía su propia vida. Ella no buscaba creer, sino saber. Y ahora sus ojos había visto lo imposible, y aquello no podía negarlo.

Un leve toque de la puerta la alertó, sobresaltándose. Su corazón palpitaba a la fuerza, teniendo su cuerpo en posición defensiva. Volvió a contemplar con todos sus sentidos lo que le rodeaba. Todo había vuelto a la normalidad dentro de ella, temporalmente.

— ¿Esperamos por ti? —dijo la suave voz de Izak a través de la puerta, con tono conciliador y comprensivo, sin abusar del espacio de la noble. Zelda meditó en silencio unos pocos instantes, indecisa entre renegar a la ayuda o recibirla, aun asustada de lo que le había sucedido en los días anteriores luego de haber despertado en aquel recinto milenario. Se sentía fuera de sí, totalmente perdida; amurallada, pero no encerrada, observaba, pero no acechada.

—Sí—murmuró la regente a forma de respuesta casi inaudible, pero estaba seguro que el caballero había escuchado. Se arrepintió de haber aceptado de nuevo, su lado racional le gritaba que debía aislarse; pero otra fuerza en ella le decía que huir era inútil, y hacerse oídos sordos sería perjudicial. Algo estaba mal en ella, y quisiera o no admitirlo, aquellas personas que la habían cuidado eran lo más cercano que tenía a una solución a su problema. Tenían las capacidades digno de dioses; si tenían tales habilidades, tal vez eran capaces de arreglar eso que se había roto dentro de ella desde que su alma había rozado el umbral del Más Allá en la emboscada de los centaleones. Tal vez, y solo tal vez ellos podrían enmendar esa descomposición que sentía en su interior, ese estado que dejaba obsoletos todos sus conocimientos como doctora. El mal que la aquejaba no era en lo absoluto físico.

Desde el día que había despertado en ese sitio había tenido poca oportunidad para conocer aquella edificación tan grande, ya que ella misma se había confinado a la habitación en la que dormía luego de esa noche que había intentado huir al salir del tormentoso letargo, aturdida y asustada.

Recibía alimentos desde la puerta, e intentaba no darles acceso a esos individuos que la hospedaban, pero con el pasar de las noches, había terminado por acceder a ser ayudada por ellos. Le había impresionado la precisión con la que aquella mujer de voz como hielo había descrito el malestar que sentía desde el otro lado de la puerta, como si ella misma lo estuviera experimentando.

Sé lo que sientes, porque en mi juventud lo experimenté. Aprendí a controlarlo; Y es eso lo que ahora te ofrezco—

Aquellas palabras la llevaron a abrir la puerta ese día, y dejarse guiar por aquella alta mujer de tez morena, cabello blanco y ojos como la sangre. Ese momento, era la tercera vez que acudía a aquella mujer que se había presentado como Impa. Volviendo en sí observó con curiosidad a Izak, viéndolo caminar como guía entre los oscuros pasillos del recinto, viéndose rodeados por la incontable cantidad de cuadros antiguos, de diferentes eras, estilos y autores. Le llamaba la atención que la mayoría expresaban las cruzadas de carácter épico de las diferentes leyendas del elegido de Farore, aquellos relatos que Zelda antes había calificado con desdén como mitos.

Al azabache le llamó la atención cómo repentinamente los pasos de Zelda se detenían; se giró para ver por qué se había detenido, atrapándola ida mientras que contemplaba una pintura en particular. En la misma estaba plasmado con óleo la figura del Héroe del Crepúsculo reluciendo su túnica del color de los bosques, enfrascado en un combate contra dos demonios que las leyendas los describían como guerreros de hierros llamados Ferrus; era una ilustración clásica de los escritos originales de la leyenda, que databan decenas de milenios en el pasado. Esa obra, al igual que casi todas, se encontraba poseídos por juguetones espíritus que hacían que las obras se movieran lentamente, como si fueran una ventana al pasado.

— ¿Te resulta familiar? —preguntó Izak con una sonrisa a medias, inmediatamente cambiando su gesto a un tenso al darse cuenta de su imprudencia al preguntar algo así, en el estado en el que se encontraba Zelda. La susodicha solo lo miró a los ojos, con una expresión muerta de sus orbes de jade, negando débilmente como si estuviera dudosa.

—Por aquí—dijo inmediatamente el guerrero, deseoso de acabar con el tema que había hecho surgir.

Zelda aún no podía asimilar del todo que lo que la rodeaba, en esos momentos, a las criaturas mágicas que pululaban entre los arbustos de esos jardines de Neburia, o las aves sempiternas merodeando los cielos de aquella región celestial. Y en especial, llamaba a su atención la inmensa esfinge de la Diosa Hylia, la cual era tan grande como presumían los escritos mitológicos hylianos más antiguos de los que se tenía registro en la era contemporánea.

—Bienvenida—dijo Impa desde varios metros de distancia a la noble recibiéndola una vez más en ese espacio, por tercera vez desde que había despertado, en posición de loto en un claro entre los jardines en donde había una plataforma rocosa bastante antigua, rodeadas de numerosas velas encendidas. Izak simplemente se mantuvo de pie en la entrada de dicho espacio rodeado de árboles, invitando a Zelda a pasar.

Caminando con cuidado al estar descalza, y poco acostumbrada a vestir prendas ligeras y que apenas llegaban a sus pantorrillas, Zelda se aproximó hacia el espacio, sintiendo la agradable sensación del césped húmedo contra sus delgados pies, en contraste a la rústica y fría sensación que experimentó al subir a la amplia plataforma de rocas. Siguiendo las instrucciones que le habían dado en las dos previas sesiones de meditación que habían tenido, Zelda se aproximó al círculo de la plataforma que estaba justo en frente de Impa, sentándose en la posición correcta, y juntando las puntas de sus dedos mientras apoyaba sus antebrazos sobre sus rodillas, enderezando su espalda y exhalando en lo que sus ojos se cerraba con suavidad, aun sintiendo la luz que se filtraba a través de sus párpados.

Pero la sensación que la había estado acosando los últimos la invadió una vez más con rapidez, frunciendo su expresión ante el dolor que la recorría. Sus manos comenzaron a temblar de nuevo, sintiendo cómo sus ojos colapsaban al absorber luz a través de sus parpados cerrados, ni podían mantener control en su cuerpo tenso.

—Algo… Algo está roto dentro de mí…—dijo repentinamente Zelda, con voz ahogada entre contenidos sollozos, resignándose a describir su malestar de aquella forma tan ambigua, al no encontrar explicación desde el ángulo que le daba sus conocimientos científicos.

—Lo está—respondió inmediatamente Impa con un tono frío que parecía ser su usual manera de expresarse, mirando de forma analítica a la rubia desde los tres metros de distancia que las separaba, sabiendo que el flujo de la intensa energía que recorría a la joven estaba fluctuando ante la sobreexcitación y el shock. Pero le alarmaba el hecho de que pese a todo lo que había visto y oído, Zelda no había terminado de abrir sus ojos por completo.

— ¿Qué es lo que me sucede? —preguntó la noble sin casi aliento entre sus pulmones, con la voz consumida ante la consternación que estaba experimentado en esos precisos instantes. La expresión de Impa se mantuvo insufrible ante ese cuestionamiento, sabiendo a la perfección lo testaruda y orgullosa que era esa reencarnación. Era un hecho innegable para todos los que habían tenido la responsabilidad de velarla desde las sombras del anonimato desde que era una niña, asegurándose de que algún día volviera a donde pertenecía por impulso propio del destino.

—Tal como dicta las leyendas, a lo largo del mundo existen individuos seleccionados por las Diosas para tener la capacidad de ver a través de los ojos, escuchar a través de los oídos, y sentir desde la propia esencia de las deidades—explicó Impa, dejando los hechos claramente expuestos, observando cómo los ojos de jade de la noble se abrían lentamente, irritados al no poder controlar la cantidad de luz que entraban a su retina, un problema por lo cual generalmente pasaban los Sheikahs infantes al momento de que sus ojos comenzaban a abrirse para contemplar "la verdad". Una visión libre de secretos y obstáculos. Impa meditó sus palabras, queriendo que Zelda comprendiera la implicación de las circunstancias de una manera precisa.

—No tienes enfermedad alguna; lo que te sucede depende únicamente de ti. Eres una de esos elegidos de tener el don de las Diosas; tu cuerpo no logra entrar en balance con tu alma, el poder que ahora comienza a inundar tu existencia no tiene ningún dominio; hay algo que te detiene de entender y controlar esa energía que siempre ha sido parte de ti—dictaminó con firmeza y calma la regente de los Sheikah con una sobriedad típica de ella, una seriedad que rozaba lo gélido, pero también una seguridad que no permitía que las dudas surgieran por sus vocablos. Su silencio solo fue una breve pausa para seguir, pero no pudo.

—Basta…—murmuró Zelda entre dientes, resoplando de ansiedad y sin querer seguir escuchando, interrumpiendo la voz de Impa antes de que ella pudiera proseguir con sus palabras. —Ya basta. Esto no tiene sentido… Nada tiene sentido—masculló con enojo, comenzando a irritarse con la situación, con el ambiente tenso. Estaba agotada mentalmente, atormentada por el intenso dolor de cabeza, y asustada por lo que estaba experimentado.

—Cada quien cree lo que quiere—respondió Impa a las palabras de Zelda, enmarcando la incongruencia de los mismas. Aquellos vocablos causaron una sobre reacción en la noble.

Iracunda Zelda bajó el tirante derecho de aquel vestido blanco que le habían entregado, mostrando la profunda cicatriz que había quedado en su piel. La misma se había cerrado por completo, notándose en buen estado, quedando nada más aquella marca que la acompañaría el resto de su vida. Con ojos llorosos miró a Impa, mostrándole lo que le había quedado en la piel, recibiendo solo una expresión muerta de parte de la Sheikah.

—Cuando nos atacaron… aquello nos atravesó. Desprendió mis ligamentos y tendones, el hueso quedó colgante. Debí perder el brazo… pero está intacto—dijo Zelda aun consternada por la recuperación que había tenido. Algo sin precedentes para ella; según su experiencia, si por un milagro alguien pudiera recuperar el brazo de una lesión como la que ella había sufrido, como mínimo jamás podría mover la mano de nuevo. Ella en cambio tenía su extremidad en perfecto estado, su pulso estable en los instantes que no era dominada por el temblor de su ansiedad; tampoco le había quedado algún resquicio de dolor. La única evidencia de aquella grave herida era la cicatriz cerrada. Se le formaba un áspero nudo en la garganta hablar de los pocos instantes que tenía fresco en su memoria de la emboscada, del exasperante trauma que habría sufrido, y que también había dejado una marca invisible en ella que jamás iba a difuminarse sin importar cuanto tiempo pasara.

—Las aguas de las fuentes sagradas de los Zoras tienen propiedades extraordinarias para estimular la restauración de tejidos destruidos por factores externos. Es una prueba clara de que mientes; dices que no buscas creer, sino saber, pero no es cierto. Tienes la más clara evidencia de que el mundo que percibías no existe, y aun así te niegas a aceptarlo —explicó con experiencia Impa, dejando claro los conceptos y la razón de ser del fenómeno al cual Zelda no podía encontrar explicación, dejando claro un hecho que la noble no había querido admitir aun. Su perspectiva del mundo siempre estuvo nublada de ignorancia.

—Eran mitos… solo leyendas…—

—Tu arrogancia te lo dicta. Ningún mortal tiene derecho a creer que el mundo que aprecia sus sentidos es todo lo que puede existir. Da el primer paso a abrir los ojos, aceptando que todo lo que creías saber solo es un ángulo distorsionado de la realidad—respondió Impa de inmediato, dándose cuenta que dejar caer la verdad era la única forma de llevar a la elegida a un punto neutro del cual podría comenzar de cero. Por ninguna razón iba a aligerar la dureza de la verdad, por el bien de la regente. Si debía reducirla a nada antes de poder ayudarla a levantarse, lo haría.

Las palabras que oía de aquella mujer que siempre parecía haber tenido una respuesta a cada una de sus interrogantes habían desmoronado aún más el desbalanceado equilibrio de su lado espiritual, borbotando lágrimas con fuerza en su expresión vacía, tez pálida que poco a poco tomaba color conforme esa mezcla de emociones crecía dentro de ella, sentimientos deformes y sombríos que se habían quedado sedimentado en su interior con el pasar de esos dos años luego de haber huido de todo lo que conocía. Estaba derrotada, y lo sabía.

—Ya no importa—expresó finalmente Zelda, con su voz desgastada, y los ojos ardiéndole, resignándose a quedarse en las penumbras de su consciencia. No quería ya saber nada, o creer nada. Absolutamente nada podía importar en esos instantes, ya su mundo finalmente había terminado de perder sentido, al igual que su propia existencia.

—Te importa, por alguna razón luchaste para sobrevivir ante tus cazadores. La persona que no desea vivir no titubea en su decisión de acortar su vida, no batalla por ella, simplemente la acaba sin piedad de sí mismo. Tú buscaste pelear contra las garras de la muerte ¿Por qué? —cuestionó la hechicera, buscando orillar a Zelda a ese abismo al que tanto miedo le tenía, pero en el cual estaban todas las respuestas, o tal vez, una única respuesta para todo; tal vez debía llegar al fondo de aquel agujero que amenazaba devorarla, llegar hasta el fondo y verse rodeada de ese vacío, y solo así, cuando su propia vida se convirtiera en un espacio desolado y deforme tal como ese plano previo a la creación de las Diosas, podrían acercarse a ella y crear algo nuevo. Aquel último paso solo podía darlo Zelda, y nadie más.

—No lo sé…—balbuceó Zelda sin fuerzas.

—Lo sabes—replicó inmediatamente Impa con dureza en sus vocablos, queriendo llegar finalmente al punto de todo lo que estaban hablando.

— ¡No lo sé! ¡No logro entender qué me sucede! ¡No quiero entender, solo terminar con esto! Me duele… cada cosa que oigo me quema, escucho voces que no están…—gritó en un alarido de intensa histeria y descontrol sobre sus emociones, perdiendo poco a poco la resistencia y también la calma. No le quedaba resquicio de mesura para tratar de no entrar en ese estado de irracionalidad. —Yo no soy lo que creen…—terminó de murmurar con dientes apretados, jadeando con fuerza, teniendo los músculos tensos, puños apretados, y su pulso al límite.

—No eres como nosotros. Solo podríamos fantasear con tener el potencial innato con el que fuiste dotada. Mira a tu alrededor—Al oír aquella orden de parte de la hechicera, Zelda alzó la mirada con la respiración irregular, contemplando con horror lo que la rodeaba, cómo el entorno había cambiado en esos pocos instantes que había agachado la mirada, y todo lo había causado ella.

Las decenas de velas que en un inicio las rodeaban se habían consumido por completo, pero las lenguas de fuego seguían vivas, ardiendo con fuerza como llamaradas contenidas sin tener ningún medio visible para hacer combustión. Fue evidente para la noble notar que esas numerosas llamaras que ahora las rodeaba se avivaban con la misma frecuencia con la que ella respiraba, como si su aliento fuera lo que generaba la combustión necesaria para mantenerlas con vida. Fuera de la plataforma, la masa de agua que los rodeaba ahora estaba levitando en el aire, fluyendo de forma abrupta alrededor de ellas con la frecuencia con la que Zelda movía sus manos, hasta el más mínimo movimiento de su cuerpo afectaba al estado inestable del agua que levitaba.

De la misma manera, la claridad del ambiente estaba opaca, como si reflejara lo turbio que estaba el interior de la noble en esos instantes.

Zelda contempló durante numerosos segundos cómo todos esos elementos que la rodeaban respondían directamente a cada uno de sus movimientos y acciones, como si ella estimulara aquel paranormal fenómeno con sus propias reacciones mentales. Y realmente, así era. Miró de nuevo a Impa directamente a los ojos, notando una expresión seria e imperturbable de parte de la misma.

Aterrada con lo que estaba contemplando, Zelda comenzó a temblar con fuerza, causando que el agua que levitaba comenzara a caer de nuevo a las causes con fuerza, al momento en el que las extremidades de la noble comenzaba a perder tensión, dominada una vez más por el pánico. El impacto causó que el agua les cayera prácticamente encima, pero el fuego pudo mantenerse a duras penas vivo de aquello. Su respiración fue perdiendo fuerza, al igual que su rostro perdía color y su cuerpo temperatura, causando que las potentes lenguas de fuego se les fuera mermando las fuerzas, hasta que Zelda contuvo la respiración mirando a una de las llamaradas, viendo como poco a poco la misma perdía potencia hasta extinguirse delante de sus ojos. Una vez más, la hyliana volvió a buscar la mirada fría de la Sheikah, en un estado de consternación que iba más allá de su quicio.

— ¿Por qué luchas por vivir, si no hay nadie que espere tu retorno?—preguntó por última vez Impa sin dudas en sus vocablos, encarando de una vez por todas a la alumna que había guiado en muchas de las vidas pasadas, y que en la actual reencarnación estaba más descarriada que nunca.

Zelda simplemente se puso de pie con fuerza, casi cayendo sobre su espalda por perder el equilibrio. Recobró momentáneamente el balance entre sus dos lánguidas piernas, secando las lágrimas que fluían sin parar por sus ojos, faltos de sollozos o gimoteos. Simplemente brotaban de sus ojos enmarcadas en una expresión de ira irracional. Dio pasos trastabillantes, dándole la espalda a Impa no dispuesta a volver a verle la cara. En ese momento pudo notar que Izak estuvo ahí a todo momento; el guerrero que por primera vez se le acercó en Lanayru y también la había salvado la vida junto con Link la miró a los ojos demostrando empatía en su rostro, pero aquello fue inútil. No deseaba ver a nadie más, simplemente quería alejarse de todo; esa sensación era diferente a aquella que la orilló a huir de todo lo que conocía cuando Zylia falleció.

En ese entonces, dos años atrás, había huido de su mundo porque todo lo que le recordara a esa vida plagada de fracasos le asustaba. Ahora, en ese instante, estaba tratando de huir aunque jamás podría escapar de aquello; de sí misma.


Poco después…

Palacio Real Zora, Región de Lanayru…

Tal como en los viejos tiempos, tanto Link como Sidon esperaban en silencio a la audiencia formal ante el Rey Dorphan en una de las salas privadas del palacio, con tal de comenzar inmediatamente con los preparativos necesarios para la estrategia de avanzada que ya el rubio estaba planificando de forma fría y calculadora, observando pros y contras, ideando diferentes alternativas y planes auxiliares al saber lo quisquillosos que eran los líderes militantes Zoras, y eso solo empeoraba el hecho de que Link no les simpatizaba a varios de los más influyentes.

Sidon trataba de entretenerse de algún modo, mirando a donde fuera, analizando los labrados del techo como si fuera lo más interesante del mundo, y de vez en cuando miraba de reojo a Link, observando de forma furtiva su lenguaje corporal. En esos instantes el hechicero se encontraba con la Tableta Sheikah en manos; Vah Ruta estaba infestada de demonios y sus sistemas no respondían, pero al menos podía visualizar su escáner desde la tableta, aprovechando aquello para tener una imagen clara de la clase de entes que estaban custodiando la bestia divina mientras que esta se preparaba para un ataque masivo, y el blanco era todo el mundo.

River Zoras… El nombre de la especie le pasó por la cabeza, mirando de forma fugaz la aglomeración de dichos demonios en las fuentes de agua que rodeaban a la arcaica máquina.

—Oye ¿Ustedes cada cuánto lavan sus capuchas? —preguntó Sidon aburrido, ladeando la cabeza y mirado hacia abajo a Link, quien estaba sentado a su lado, siendo un gracioso contraste la enorme diferencia de tamaño entre ambos. Link dejó de hacer lo que estaba haciendo al no saber si en serio Sidon había preguntado eso. Lo miró a los ojos, solo recibiendo aquella hilarante sonrisa del príncipe. Aunque quisiera y lo intentara, el guerrero no podía simplemente ser despectivo con él.

—No sé los otros, yo la lavo cuando se me mancha de sangre—respondió Link en el silencio de la estancia con naturalidad y de forma anormalmente amigable, volviendo su mirada a su tableta para seguir con lo suyo.

Fue en ese momento cuando el sonido de las amplias puertas abriéndose llamó la atención de ambos. Sidon y Link se pusieron inmediatamente de pie por protocolo, recibiendo en ese momento un pequeño grupo de soldados Zoras que escoltaban a Mipha, quien vestía sus mantos de Campeona para la audiencia que se llevaría a cabo ante su padre y también ante los ancianos que servían de dirigentes y consejeros de la corona, así como administradores de las diferentes provincias que componían todo el reino de los Zoras.

La futura regente se acercó a su hermano y a Link a un ritmo calmado, y una expresión suave en el rostro.

—Ya es hora—

Como respuesta a la dulce voz de la Zora, Link se guardó su tableta en su cinturón para encarar con firmeza a su amiga de la infancia, con la capucha puesta, como siempre.

—Después de ti—respondió Link simplemente mirando a Mipha directamente a los ojos entre la sombra de su capucha, causando un rubor notable en la noble que de por sí tenía una tonalidad rojiza en sus traslúcidas escamas. Reponiéndose de oír la hipnotizante voz de Link, Mipha asintió, dando media vuelta para comenzar a caminar con suavidad hacia la salida de la habitación para dirigirse a la sala del trono donde el Rey Dorphan los estaba esperando. Los soldados Zoras hicieron dos filas enmarcando en camino a seguir hacia la salida, y tanto Link como Sidon siguieron a Mipha a través de dicha vía. Una vez que estos últimos dos repasaban a uno de los soldados, estos comenzaban a seguirlos en columnas para escoltarlos en un ritmo pulcro y organizado, destilando la disciplina y profesionalismo que desde tiempos inmemoriales había caracterizado a los militantes de Lanayru.

Sin ningún contratiempo en su trayectoria entre los pasillos de la magnífica estructura construida desde antaño con los ricos recursos provenientes de las canteras de gemas luminosas de la región, Link y compañía avanzaron hasta acercarse finalmente a la sala del trono, siguiendo el protocolo ético que se sabían de memoria. El paladín había perdido la cuenta de las veces que había sido convocado desde niño por el regente de los Zoras, quien siempre le había tenido una alta estima. Cosa de lo que Link a veces abusaba para su conveniencia.

Luego de los breves preceptos de ética, y una entrada formal para el grupo que venía encabezado por Mipha, los dos príncipes y Link se colocaron de pie delante de la imponente figura del Rey Dorphan. El susodicho era la representación estereotípica de los miembros de sangre pura de la especie al momento de que llegaban a la edad de su madurez, cerca de cinco siglos de edad. Su colosal tamaño estaba adornado por la joyería de zafiros y óvalos, en conjunto con sus mantos carmín obligatorios para su rango, lo cual inspiraba un temor y respeto inmediato, en especial cuando se le veía directamente a los ojos, aquellos orbes profundos, analíticos y que mostraban el carácter aparentemente firme del noble. Sus prominentes escamas relucían un tono azul marino, las cuales cubrían la parte dorsal de su corpulenta anatomía.

—Bienvenido seas, Heraldo y Maestro de la Orden de Hylia—dictó el Rey Dorphan por formalidad al joven Hyliano que había visto crecer desde que era un niño, hasta convertirse en el guerrero de élite que ese día se presentaba ante la corte de los Zoras. Los ancianos, quienes estaban sentados alrededor de todos los presentes, observaron con atención en total silencio. Ante el llamado Link se inclinó sobre una de sus rodillas, agachando su cabeza recubierta por su capucha esmeralda. Ante eso, el monarca volvió a tomar la palabra.

—Queremos hacerte llegar nuestro más sentido agradecimiento por responder a nuestro llamado, y por colaborar en la evacuación de los civiles de la Ciudadela del Sur. Cientos de vidas se han salvado y siguen con sus familias gracias al esfuerzo de todos—

Los ancianos, o al menos una gran parte de ellos asintieron, siendo recíprocos con el agradecimiento hacia el elegido de las Diosas. Link levantó levemente su semblante, lo suficiente para poder ver a los ojos al Rey, aun sin levantarse.

Servir o morir—respondió el guerrero ante las sinceras palabras de agradecimientos, con vocablos de un hyliano arcaico que pocos conocían. Aquella era uno de los preceptos con los que la Orden se había fundado milenios atrás con la Unión de los siete Sabios.

—Pero temo que nuestra necesidad de tu asistencia no termina aquí. Por eso, la corte ha decidido a solicitar tus funciones como mesnadero, y ascenderte al rango de Optio de la Centuria élite, bajo las órdenes directas del Príncipe Sidon—dictaminó el Rey con complacencia, viendo como finalmente sus plegarias a las Diosas eran escuchadas. Ya tenían lo necesario para elaborar una estrategia de respuesta al asedio y la crisis que estaba atravesando el reino y la totalidad de la Región Zora.

—Hágase conmigo lo que las Diosas le designen, Alteza—respondió Link como asentimiento, poniéndose de pie con calma al saber que con el ademán del Rey Dorphan tenía el permiso de frenar su reverencia y erguirse.

— ¡No te defraudaremos, Padre!—agregó Sidon con un enérgico asentimiento, reluciendo su dentadura con una juguetona sonrisa tan típica de él.

Una vez formalizado la ascensión del recién llegado miembro de la Orden, todos los ancianos se miraron entre ellos con preocupación, antes de que el Rey Dorphan se percatara de aquello. En realidad, lo que todos los presentes querían, era una respuesta inmediata y clara de qué era lo que estaba sucediendo con exactitud con la Bestia Divina Vah Ruta, y cómo podían solucionarlo. Siendo perceptiva ante la preocupación de los ancianos, y de su mismo padre, Mipha suspiró para despejar su propio nerviosismo innato al momento de tomar la palabra.

—Sir Link, es un buen momento para hacer saber el diagnóstico que elaboramos de la condición de Ruta—dijo Mipha tomando la batuta de la discusión, mirando con una creciente tensión al hyliano.

—La princesa Mipha compartió conmigo sus teorías respecto a los posibles daños que sufrieron los sistemas de la Bestia Divina Vah Ruta por la infección de un Barinade…—comenzó a decir Link con aplomo, sacando la Tableta Sheikah para hacerla levitar al centro de la sala. De un momento a otro el artefacto comenzó a brillar con intensidad en azul, destellando al punto de crear un claro holograma de gran tamaño para mostrar con claridad a todos los presentes de manera gráfica lo que estaba sucediendo, en tiempo real.

Vah Ruta se movía de manera errática, brillando en su interior algo de color rojo, mostrando que se trataba de un organismo extraño que el sistema había identificado. Link volvió a tomar aire para comenzar a dar el complicado precepto de la situación.

—Nuestra conclusión es que la infección anuló los comandos, y comenzó a corromper la programación central en un punto específico. Con el potencial que tiene un Barinade de ese tamaño, fácilmente podría dañar todo el sistema y dejar a la Bestia Divina desactivada de forma indefinida, y a los maestros Prunia y Rotver les tomaría años, tal vez décadas reparar dicho sistema—

Todos los presentes observaron con atención cómo Link agrandaba el tamaño del holograma para señalar a la Unidad Central en el interior, lo que equivalía al corazón y alma de la Bestia Divina. Aparentemente, aquello no tenía sentido. El demonio por instinto primitivo debería buscar causar el mayor daño posible a corto plazo; dejar a la Región sin la protección de la deidad mecánica parecía la opción inmediata para aquello.

—Si no buscan destruir la Matriz que da vida a la Bestia ¿Cuál es el propósito de todo esto? —cuestionó con toda razón el Rey Dorphan, queriendo llegar al punto de todo el asunto. Se le veía intrigado y consternado, ante el inusual comportamiento de aquellos seres oscuros.

Mipha y Link se miraron uno al otro, antes de que fuera la princesa la que diera la respuesta corta a aquella pregunta.

—Como dijo Link, el demonio no busca dañar la Matriz de la Unidad Central en sí, sino un punto en específico. El sistema de protocolos y comandos—respondió Mipha finalmente, notándose preocupada por la situación. Link resopló de forma silenciosa al sentir una punzada en su hombro izquierdo; de nuevo los efectos del sedante ya se habían difuminado. Ignorando el agudo dolor que sentía, se concentró en lo que importaba en esos instantes.

—Las Bestias Divinas fueron utilizadas hace cientos de milenios por las Diosas para el Gran Diluvio que borró de la existencia a Hyrule una vez que el Rey de los Demonios logró liberarse, y el elegido de Farore no renació para enfrentarlo. Los Sheikahs crearon un comando para cada Bestia con funciones específicas, y de esa forma cumplir el dictamen divino al pie de la letra. Vah Rudania alzó los riscos y la punta de las montañas que se convertirían en las islas que habitarían los siervos de las Diosas, Vah Medoh llevó sobre sus alas a los seres de luz hacia esas nuevas tierras donde tendrían que esperar para ser salvados, Vah Naboris barrió con la fuerza de sus truenos a los seres de oscuridad que deseaban la sangre de los inocentes, y Vah Ruta inició el diluvio que inundó toda la tierra para sellar a la oscuridad bajo el mar que nacería. Esos protocolos aún siguen activos, y para ejecutarlos se necesita del Control Maestro, la autorización de los cuatro descendientes de los Campeones originales, y la sangre de la Matriarca Sheikah—dijo Link con simplicidad, con una voz cansina y sin vida, explicando con un perfecto conocimiento de esa leyenda en particular, y las repercusiones del pasado en la actualidad. Volvió a señalar una vez más la Unidad Central, mirando al Rey Dorphan.

—El código de esos comandos ha estado obsoleto durante milenios, y una infección puede afectar a la lógica de Vah Ruta y anular los requisitos necesarios e iniciar el protocolo del Gran Diluvio. La solución es relativamente simple; necesitamos acceder lo más pronto posible al interior de Vah Ruta, aniquilar a Barinade, reiniciar los sistemas de forma manual, arreglar las líneas de códigos que se dañaron e inhabilitar permanentemente el protocolo. La complicación es que no sabemos con exactitud cuánto tiempo queda; no se puede calcular que tanto resistirá el sistema antes de ser inhabilitado por Barinade para activar el protocolo. Tenemos solo una oportunidad a ciegas—terminó por revelar Link, para el terror de los presentes. Los Zoras conocían a la perfección la leyenda del Gran Diluvio, y su magnitud de destrucción.

—Es decir que si la misión no tiene éxito…—El Rey Dorphan no pudo seguir con sus palabras profundamente consternado cuando Link inició una simulación del diluvio que podría causar Vah Ruta.

Bang Bang… El cielo se va a caer—dijo Sidon entre el silencio de la sala, viendo el holograma y la masiva destrucción que sufriría no solo Hyrule, sino todo el mundo en el que estaban. Fracasar en la misión de reiniciar los sistemas de Vah Ruta se traducía en millones de vidas que se perderían, y un colapso total del ecosistema que probablemente causaría una extinción global.


Antigua Neburia. A las afueras del Monasterio de la Orden de Hylia…

Pese a haber huido a la deriva, sin orientación ni premeditación, y haber recorrido un extenso trayecto entre esos pacíficos bosques hasta que se le agotó el aliento, Zelda no se sentía perdida, ni mucho menos asustada, pese a que pensaba que debería sentirse justamente así. Desorientada y aterrada.

Por primera vez en mucho tiempo, se sentía en un lugar conocido. Aquello era ilógico, ya que jamás había estado en ese lugar, o eso creía. Ya habían pasado unas cuantas horas desde que se aventuró a oídos sordos en aquel lugar, sin nada más que aquella sencilla prenda que le había provisto luego de que despertó. En esos momentos se había refugiado en respirar en un árbol de cerezo que estaba a la orilla del delgado río que había seguido en su retirada. Estaba sentada en el tronco que había crecido con una curvatura casi horizontal. Sus pies colgaban, meciéndolos suavemente por inercia, perdida en sus pensamientos. Sus ojos aun ardían luego de haber desperdiciado lágrimas luego de un extenso tiempo sin llorar, y su cuerpo se sentía débil, sometido a las sensaciones que aun la atormentaban, aquella energía etérea que seguía recorriéndola en el cuerpo, como si intentara fusionarse a ella aunque su alma la repeliera.

Eran conceptos esotéricos, y Zelda no podía creer que luego de tanto renegarlo, había llegado el momento donde no tenía más opción que admitir que no quedaban más explicaciones lógicas desde su perspectiva. Su limitada perspectiva.

El silencio que la rodeaba se vio repentinamente interrumpida por las criaturas del bosque que comenzaban a tener un poco más de actividad al momento del atardecer, justo cuando el crepúsculo comenzaba a reinar los cielos. Los espíritus lumínicos comenzaron a acercarse a la regente, atraídos por su aura, pese a que se encontraba lúgubre y sombría. Aquello al parecer incentivaba a las criaturas a acercarse. Zelda contempló enmudecida a aquellos pequeños entes luminiscentes, entre ellos unas criaturas con forma de roedores, delgados como conejos, de tonalidad celeste, desprovista de hocico y nariz, sobresaliendo únicamente un par ojos profundos, con un par de protuberancias de tono dorado que funcionaban como orejas. Un grupo de ellos comenzaron a acercarse con curiosidad.

La noble los observó impactada a aquellas criaturas, y en especial los destellos que tenían dentro de sus vientres, de tonos rojizos, azules y verdes.

—Rupinejos…—balbuceó con los ojos enfocados únicamente en ellos. No lograba asimilarlo; las criaturitas que eran figuras del folklore de Hyrule, realmente existían. Cuando alguien encontraba una rupia en un lugar inesperado, decían "Se le cayó a un rupinejo".

Con su naturaleza curiosa, Zelda descendió con cuidado del tronco en el que se había refugiado, arrodillándose de forma grácil sin despegar la mirada de esos espíritus, extendiendo una de sus temblorosas manos para poder confirmar que aquello que sus ojos veían no fuera otro delirio. Los pequeños entes se acercaron a ella, dejándose tocar con un poco de recelo, para finalmente corresponder al suave tanto al relajarse, dejando de lado su postura defensiva al ser una criatura que se comportaba tal como una indefensa presa.

Más Rupinejos se aproximaron con curiosidad hasta la joven mientras que movían suavemente las orejas. Aquel momento de armonía fue llenando repentinamente la ansiedad que había atormentado a Zelda. Fue impresionante para ella notar cómo otras criaturas de esos sagrados bosques se acercaban. Ciervos, algunas ardillas, y sobre todo, unas cuantas hadas menores que se aproximaron a Zelda dejando un leve halo de destellos a su paso en su suave aleteo.

Se sentía un poco cohibida, quedándose lo más quieta que podía para no espantar a las criaturas que comenzaban a rodearla, y así poder tener cada vez más oportunidad de observarlos con detenimiento, como si fuera la última vez que tendría oportunidad de estar así de cerca de aquellas criaturas místicas que coexistían en paz con animales comunes y corrientes. Desde niña había tenido aquella fascinación, se observar la vida en sus diferentes formas, tamaños y naturaleza, en esos escasos momentos que pudo fugarse junto con Zylia a los jardines del castillo para poder observar a las pequeñas criaturitas que vivían en los gruesos arboles de esos espacios. Estaba reviviendo tal experiencia después de tanto tiempo, y de cierta manera, sentía que estaba dando la mano a una parte de ella que creía marchita, sepultada bajo su pasado de altibajos y penurias.

Rememorar repentinamente todas las circunstancias que habían borrado esa parte de ella le causó repentinamente un conocido nudo en su garganta, y una amarga sensación en su pecho que al parecer tendría que sobrellevar durante toda su vida. Su mirada quedó desenfocada, mientras acariciaba suavemente la cabeza del primer Rupinejo que se aproximó hasta ella, para proceder a mimar al siguiente. Creyó que aquel pequeño traspié había pasado, al sentir como la opresión de su pecho se difuminaba, y seguía observando con devoción a las criaturas místicas. Pero aquella tranquilidad fue efímera.

De nuevo sintió sus ojos arder, seguido de aquel intenso dolor de cabeza que alcanzaba hasta su cuello y se conectaba con una opresión cerca de su esternón. Volvió a hiperventilarse en una reacción natural de su cuerpo por la descarga de adrenalina, para prepararse de un peligro que sencillamente no existía. Todo estaba dentro de ella. Su cuerpo ardía, y la luz atravesaba sus parpados al punto de que podía ver con claridad a su alrededor a pesar de que tuviera los ojos cerrados. Aquello le causaba una intensa angustia, y también mucho dolor. Todo empeoraba de forma exponencial cuando escuchaba aquellas voces que le hablaban sobre el oído, desde todas direcciones.

Las criaturas del bosque retrocedieron al sentir esa aura inestable y perturbada, retirándose por su instinto de auto-preservación mientras que Zelda bajaba la cabeza, tratando de normalizar su respiración. Aquellas crisis que sufrían eran intermitentes, y por lo que ya había calculado, duraban un par de segundos hasta que se difuminaba. Los sufrían cada cuantas horas. Eso era lo único que había podido cualificar de sus síntomas.

Su visión se normalizó con el pasar de varios minutos, así como el anormal temblor que sufría su cuerpo, la sensación gélida que experimentaba en sus tensas articulaciones. Su respiración bajó de ritmo, pudiendo erguirse levemente jadeante para observar todo a su alrededor con cierta reserva, aliviada de que el malestar cesara. Lo que le angustiaba es que aquello volvería, así había sido los últimos tres días después de despertar.

Algo llamó su atención, y era el hecho de que el suave sonido del río a sus espaldas se había detenido por completo. Miró hacia el cauce, sorprendiéndose al notar cómo el agua se había paralizado por completo. Y no solo el río se había frenado totalmente; todo a su alrededor parecía haberse detenido por completo, incluso la tenue y agradable brisa que había batido con fuerza sus ropajes y también las cortas puntas de su cabello mutilado.

Cayó en cuentas de que estaba conteniendo la respiración, lo había hecho desde que su crisis había pasado segundos atrás. Y finalmente no pudo aguantar más, reanudó su profunda respiración inhalando por la nariz y exhalando por la boca, observando con palidez cómo las aguas volvían a fluir con naturalidad, y el viento recuperaba sus fuerzas para seguir agitando las ramas de los árboles. Dentro de ella había algo que no podía entender y ni controlar, y no era hasta esos instantes que finalmente se resignaba a aceptarlo.

Orientada por el mismo cauce por la que había huído, Zelda siguió al río en la dirección contraria a la que el agua fluía, con tal de regresar de nuevo al sitio del que había huido. Era imposible no ubicarlo con relativa facilidad; la Esfinge de la Diosa Hylia era probablemente del doble de alto que el Castillo de Hyrule.

Andaba con cuidado al estar descalza, aunque la arena de la orilla del río era suave y sedosa al tacto con sus pies. El crepúsculo llegaba poco a poco a su final, dando paso a la oscuridad paulatina y al resplandor de algunos astros que acompañaban a la luna blanca. Se dirigió entre los arboles al delgado camino que se había hecho entre el bosquecillo que tenía en su centro aquella plataforma de meditación.

Respiró con profundidad, sintiendo como su corazón latía con fuerza sintiendo un creciente suspenso mientras que se acercaba cada vez más a aquel lugar donde había visto a la Sheikah por última vez. Orientada por el mismo cauce por la que había huído, Zelda siguió al río en la dirección contraria a la que el agua fluía, con tal de regresar de nuevo al sitio del que había huido. Era imposible no ubicarlo con relativa facilidad; la Esfinge de la Diosa Hylia era probablemente del doble de alto que el Castillo de Hyrule.

Andaba con cuidado al estar descalza, aunque la arena de la orilla del río era suave y sedosa al tacto con sus pies. El crepúsculo llegaba poco a poco a su final, dando paso a la oscuridad paulatina y al resplandor de algunos astros que acompañaban a la luna blanca. Se dirigió entre los arboles al delgado camino que se había hecho entre el bosquecillo que tenía en su centro aquella plataforma de meditación.

Al regresar a ese lugar, todo seguía como si no hubieran pasado las horas; Izak seguía de pie en el camino que había del Monasterio a la Esfinge, e Impa seguía en posición de loto en la plataforma, en una postura de calma, casi sin vida, abstraída del mundo que la rodeaba. Nerviosa, cuidando hasta la más mínima de sus acciones al acercarse a la plataforma, Zelda observó alerta a los dos presentes, aun consternada con la situación. Sin necesidad de que se lo pidieran se acercó al punto opuesto del que estaba la Sheikah, sentándose frente a frente a la dama de caballera blanca, quien mantenía los ojos completamente cerrados.

Miró sobre su hombro para observar a Izak, solo recibiendo un tranquilo asentimiento de parte de él que le trasmitió un poco de tranquilidad. Reuniendo valor de donde no tenía, volvió el rostro para mirar a Impa, encontrándose con los intensos ojos carmesí de la hechicera, abiertos y mirándola con atención. Zelda apretó con fuerza sus puños a la par que agachaba la cabeza, tratando de encontrar las palabras adecuadas para lo que estaba a punto de pedir.

—Quiero entender lo que me sucede… Necesito controlar esto que hay en mí ¿Qué es lo que debo hacer? —solicitó la noble con voz que denotaba sumisión y templanza, un dejo de resignación, y también súplica, urgida de encontrar las respuestas a las interrogantes que la atormentaban, y una solución a la dolencia que sobrepasaba a sus conocimientos. Sentía la ansiedad recorrerla, el agotamiento que la carcomía. Ya todo lo que alguna vez había creído el pasado carecía de razón o importancia. Ya no quedaba nada por lo cual luchar, y aquel propósito era lo que más necesitaba en su vida en esos momentos. Un motivo por el cual existir.

—Abre tus conocimientos, y dale paso a la verdad. Ninguna realidad es absoluta, ni ningún axioma es infalible—respondió inmediatamente la Sheikah, entregándole la respuesta inmediata a aquella pregunta fundamental que la hyliana le había hecho, y que la llevaría a redescubrirse, y trascender de las sombras en las que estaba hundida. —Sal de ese foso de tinieblas en el que has estado sepultada tanto tiempo. Debes liberarte de todo peso innecesario, de cualquier duda, temor, creencia obtusa; ahora no eres nada, estás deshecha, y consumida. Es eso lo que te permitirá reescribir quién eres. Si deseas que te dé mi ayuda para descubrir esa fuerza que hay en ti, debes darlo todo para salir de aquella sombra. Si lo logras, la persona que serás en ese momento no será la misma que cayó ahí hundida por el dolor. Serás alguien más; algo más—

Zelda escuchó con atención a ese principio, conservando silencio y también permaneciendo por primera vez en mucho tiempo en una posición mansa. Oír cómo la mujer se expresaba de ella, como alguien que estaba destruido le causó una molestia que tuvo que contener, al saber mejor que nadie que aquello era completamente verdadero, era inútil negarlo, peor aún refutar al respecto. Solo le quedaba admitir que aquellas palabras eran la verdad.

—Lo haré—

Las palabras de la noble complacieron a Impa, viendo que el esfuerzo había rendido frutos. Una fugaz sonrisa apareció en sus rectos labios, ablandando ligeramente su expresión al ver que poco a poco, muy lentamente, su pupila de tiempos inmemoriales estaba regresando a donde pertenecía. Aún faltaba un trayecto inmenso por recorrer, pruebas que la orillarían de nuevo a ese foso en el que seguía hundida, pero ella siempre la acompañaría y cuidaría, como la sombra que siempre había sido para la elegida de Nayru. Sin más, la Sheikah terminó por decir aquello que firmaría un pacto entre ambas:

—En tal caso, yo seré tu maestra—

Continuará…


Comentarios finales:

¡JA! Gané, me deben varias personas que apostaron que no actualizaría XD Pues les tengo noticias de que voy en serio con esto de las publicaciones quincenales, ya que llevo un buen ritmo y voy mantenerlo. De hecho llevo listo una cuarta parte del próximo cap así que todo va viento en popa.

En particular en este capítulo quiero dar agradecimientos a Lyderning que me ayudó para lo que es el contexto técnico de la tecnología ancestral, y para describir de forma "realista" el fallo de programación que tuvo Vah Ruta XD Como habrán visto, esta historia entra en la categoría SteamPunk.

Y a Dark Cat que me asesoró en mis ratos de inspiración muerta para las descripciones de varias partes que protagonizaron tanto Zelda como Impa.

Quiero darle un agradecimiento por los comentarios a:

Nayruleen

Sheika 360

White Archer

Dark Cat

Y también a todas las personas que hayan llegado a este punto xD Usualmente no chequeo lo que son las stats de visitas de los capítulos, pero recientemente lo hice y pues fue una grata sorpresa ver el número de visitantes que tiene este fic :D De nuevo gracias por su apoyo.

Nos vemos en quince días ;D