Durmiendo con el Enemigo
Luego de una larga noche de sórdida inconciencia Zim despertó, todo magullado y con una migraña de los mil demonios, en lo que parecía ser la cama con sábanas blancas de una pequeña e improvisada sala de enfermería. En una silla que estaba junto a la cama estaba sentado Dib, durmiendo a pata suelta y con un vaso vacío que le colgaba lánguidamente de un brazo.
Tratando de ordenar sus ideas de a poco y de entender adónde rayos estaba Zim comenzó lentamente a recordar poco a poco los sucesos que habían acontecido apenas horas antes: la caída, el golpe, la persecución, los de Der Widerstand corriendo tras él…ese beso que no había podido ser por una fracción de segundo…
Turbado por las cosas que estaba recordando Zim volteó a ver a Dib, quien dormía como si hubiera estado despierto toda la noche. Lentamente, y con un arranque de coraje salido quién sabe de donde, Zim extiende una mano y le acomoda a Dib un mechón rebelde de pelo que le caía graciosamente sobre el rostro. Mientras esbozaba una pequeña sonrisa comenzó a recordar todo lo que había pasado con Dib en esos últimos días, la forma en que se habían estado tratando y las situaciones en que habían estado involucrados…Lentamente, extendió una de sus manos e intentó tocar al durmiente Dib…
Un sonido de pasos que se acercaban rápido por el pasillo contiguo lo hicieron desistir de su intento y, en vista de que hasta el momento aparentemente había sobrevivido sin más a aquel lugar, decidió hacerse el dormido y dejar que sucedieran las cosas.
Medio segundo después de que Zim se hizo el dormido Dina irrumpió en la habitación, mirando de reojo la cama donde "dormía" el irken todo vendado con evidente recelo. Zim, desde la cama y con un ojo apenas entreabierto, la vio acercarse a Dib, agarrarle los hombros y zarandearlo con fuerza.
-¡Dib, despierta!
Zim apretó con fuerza uno de sus puños bajo las sábanas. Odiaba que tocaran a su Dib.
El humano, asustado por la sacudida, se cayó de la silla y rompió el vaso al caer éste al suelo. Se frotó la cabeza, adolorido, y miró de reojo a su capitana.
-Te quedaste TODA LA NOCHE despierto junto a su cama, Dib -dijo Dina, en un tono suave pero con algo de mordacidad.
Dib se levantó lentamente, tratando de no cruzar su mirada con la de Dina.
-Estaba vigilando que no escapara, es todo-respondió nerviosamente, inclinándose a levantar los restos del vaso que había en el suelo.-Conozco a este irken desde antes de la invasión, bien lo sabes, y sé del tipo de cosas que es capaz con tal de huir…
Más las excusas de Dib no parecían surtir efecto alguno en Dina.
-Dib, vi cómo lo mirabas-respondió, con un tono acusante que casi daba miedo- Anoche pasé y vi cómo lo mirabas, vi la cara que ponías al verlo postrado en esa cama. Casi te noté sudar frío, de nerviosismo…
Dib apartó la mirada, avergonzado. Detestaba esa especie de intuición natural que tenía Dina para esas cosas.
-Te conviene ser franco conmigo Dib, es lo que te conviene-recalcó la capitana mirando recelosamente al Zim, quien asustado cerró su ojo al notar la mirada de Dina-Tarde o temprano siempre me entero de todo…Y dudo que quieras que me entere por terceros…
Dib tragó saliva silenciosamente, tratando de no parecer demasiado culpable frente a la capitana.
Tras estas palabras Dina se retiró, dejando a Dib parado junto a la cama del irken y preguntándose si aquello había sido una amenaza. Zim, al notar los pasos lejanos de Dina, juntó valor y se sentó en la cama.
-¿Es cierto lo que dijo ella?
Dib se volteo rápido, sorprendido al oír la voz del supuestamente inconsciente Zim junto a sí. Zim lo miraba expectante, casi tenso, esperando la respuesta del humano.
Dib agacho la cabeza, esquivando la mirada. Estar tan cerca de Zim últimamente le estaba provocando cosas más fuertes aún que antes, y a veces se le hacía difícil dominar los impulsos momentáneos de abalanzársele encima y dejar de responder de sus actos.
-Pues…en parte sí-respondió en un susurro Dib, sin estar del todo consciente de lo que estaba diciendo.
-¿"En parte"?-preguntó rápidamente Zim, extrañado por aquel dato curioso.
-Ehh…-tarde Dib se dio cuenta de que había metido las de andar. Turbado por la pregunta bajó la mirada otra vez, dejando que un leve sonrojo asomara en sus mejillas.
-No me estabas vigilando precisamente…-escrutó Zim, sacando sus propias conclusiones y mirando fijamente a Dib.
-En parte sí-se apuró a aclarar Dib, rogando que sus propias palabras no le volviera a jugar una mala pasada-Es que…Tenía que cuidar que no escaparas…
Zim lo mira haciendo una mueca desconfiada. A Dib se le notaba la mentira en la cara.
-Como sea… ¿Donde se supone que estoy, Dib?-preguntó Zim, intentando cambiar de tema y mirando hacia todos lados de la habitación.
Dib suspiro algo preocupado.
-Luego de que tu patineta se destruyó…otra vez…los de Der Widerstand decidieron traerte hasta la nave para tenerte bajo custodia…
Si el rostro de Zim hubiera sido lo suficientemente maleable, en aquel momento se le habría formado un gran signo de exclamación.
-¿Cómo que…ésta es su nave??-Zim intentó levantarse y huir, pero al tener los pies vendados dio dos pasos y se esnafró contra el borde de la cama al resbalar e irse de panza al suelo. Dib se apresuró a socorrerlo, consciente del estado calamitoso en el que se encontraba el irken, y tomándolo del brazo lo ayudó a levantarse.
-Tu…me trajiste…hasta aquí…-susurró Zim amargamente, frotándose el lugar de la cabeza donde se había golpeado y dejando escapar una nota de áspero veneno en la voz-Fue idea tuya…desde el principio…
-No seas una persona simple, Zim-acotó Dib, revisándole el chichón de la cabeza al irken a pesar de que éste oponía una resistencia caprichosa-Yo los convencí de que te trajeran aquí como prisionero, es cierto, pero era eso o matarte ahí mismo…
Zim tragó saliva despacio, agradecido por primera vez el haber caído prisionero (y a fin de cuentas no era tan malo eso, teniendo semejante compañía a su lado hasta perecía quedarse preso mucho tiempo más…)
-Y…¿cómo los convenciste de que me dejaran vivo, Dib?-inquirió Zim.
Pero Dib no alcanzó a responder, porque justo entonces Jonathan entró en la enfermería y los vio sentados en el borde de la cama.
-Ah, con que ya despertó…-Jonathan miraba al irken con algo de recelo en los ojos, y luego dirigió su mirada a Dib-Dice Dina que si ya está despierto lo llevemos abajo, hay que interrogarlo.
Acto seguido entró a la enfermería, se acercó a Zim y lo agarró con fuerza de un brazo. Zim atónito, vio que Dib hacía otro tanto con su otro brazo y con una indiferencia casi fría lo levantaba de la cama.
Zim, pataleando e intentando soltarse, fue arrastrado por Dib y Jonathan hasta una sala grande en medio de la nave, donde Dina y el resto de la rebeldía lo esperaban.
Una vez llegado ahí Jonathan amarró las manos de Zim detrás de su espalda y lo dejaron postrado en el suelo frente a Dina, que lo miraba socarronamente.
Zim entendía poco y nada de lo que estaba pasando allí. Con el rostro pegado al suelo y los ojos cerrados con furia, trataba de aclarar todo el panorama al que ahora estaba expuesto. Por un momento breve había olvidado que era un prisionero de los humanos….
Pero quizás, por lejos lo que más perplejo lo había dejado fue la brutalidad con la que Dib lo había tratado. ¿Cómo era eso, si hasta un momento antes de que ese otro humano entrara él y Dib habían estado charlando de lo más bien, casi agradablemente?
Levantó apenas el rostro del suelo y miró de reojo a Dib, que estaba parado a su lado. El humano no lo miraba en lo absoluto, la expresión de su rostro parecía la de un soldado duro y miraba fijamente a Dina, como si el irken a sus pies le importara poco y nada.
Dina se tomó su tiempo para observar detenidamente a Zim, sonriendo con malicia cada vez que sus ojos se posaban en alguna de las múltiples vendas que estaban repartidas por el cuerpo del irken.
-Levántenlo-ordenó. Ni bien oyeron aquello Dib y Jonathan volvieron a asirlo de los brazos y lo pusieron de pie, obligándolo a mantenerse erguido.
Dina se acercó hasta él y lo escudriñó detalladamente. Levantó una mano, como queriendo tocarlo, pero Zim la miró de reojo y dejó escapar un gruñido gutural que la hizo desistir de sus decisiones.
-Así que eres tu…-Dina lo había mirado fijamente cuando hizo eso y pareció reconocer algo en él-…El irken que comenzó todo…
Turbada ladeó la cabeza y miró a Dib con fastidio.
-¡¡Dib, es él!!-increpó la muchacha, alterada-¡¡No me puedes pedir que lo mantengamos vivo, sabiendo lo que es!! ¡¡Es su culpa que estemos hoy todos aquí, es su culpa que la humanidad completa haya sido casi exterminada!! ¡¡Merece la muerte más que ningún otro de ellos!!-
-Lo sé-respondió Dib, apretando los dientes y mirando casi desafiante a Dina-Y sabes que no te estaría pidiendo esto si no fuera porque sé que vivo nos es más útil que muerto.
-A ver genio, ¿¿y qué pasa si este paparulo se niega a cooperar y no desembucha nada?? Sería estúpido entonces mantenerlo vivo- replicó mordazmente la capitana, mientras más de un miembro de la rebeldía asentía aprobatoriamente tras ella.
-Justamente-comenzó a decir Dib- El hecho de que éste sea el irken que comenzó todo sería una posesión valiosa para sus líderes, que sabiendo la información que posee, aunque no diga nada, harán lo que fuera por recuperarlo aunque sea por miedo a que suelte algo.
Zim escuchaba todo sintiendo una opresión extraña en el pecho, justo en el lugar donde se suponía que estaba el corazón. Por primera vez desde que toda aquella batahola de encuentros inexplicados con Dib había comenzado a cuadrarle.
Lo había estado usando todo el tiempo…lentamente, sin que él se diera cuenta, lo había arrastrado a aquella trampa. Aprovechándose de sus sentimientos seguramente, ese humano estúpido lo había manipulado hasta hacerlo hacer lo que él quería. Y Zim, como un tonto, le había seguido la corriente…hasta terminar allí…
Dina lo miró con dureza, clavando sus ojos fijamente en los de Dib. Casi podía escucharse cómo pensaba, y finalmente agachó la cabeza y suspiró con fastidio.
-Llévenselo al interrogatorio-ordenó, ladeando la mano en un ademán adusto.
Dib y Jonathan, asiéndolo con fuerza, llevaron arrastrando a un Zim que ya no peleaba (es más, estaba casi lánguido) hasta una habitación con paredes de metal contrachapado y una ventanita en forma de ojo de buey con rejas en la otra punta. La habitación contenía una silla de metal atornillada al piso y con ataduras de cuero reforzado en los brazos y las piernas. Jonathan y Dib lo sentaron ahí, y luego lo ataron firmemente con las tiras de cuero.
-¿Crees poder encargarte tú solo de él?-preguntó Jonathan a Dib, mientras terminaba de ajustar las ataduras al decaído Zim y miraba hacia la ventana con rejas con algo parecido a la desconfianza.
-Claro, no hay problema-susurró Dib, mirando de reojo a Zim con algo de preocupación por su falta de reacciones.
Jonathan se va, cerrando las puertas tras él. Dib se levanta y se dirige a un armario grande de metal que había en la otra punta y lo abre, revelando un bazar de artilugios punzantes y dolorosos que Zim observa de reojo sin demasiado interés. Dib hurgaba entre ellos, como buscando el que fuera lo más doloroso posible para usar en Zim, mientras el irken yacía en la silla con el corazón hecho pedazos…
Dib finalmente parece hallar lo que buscaba, y se acerca a Zim con un bisturí en la mano…
