Capítulo X: muchas parejas separadas que intentan llevarse civilizadamente acaban discutiendo por culpa de los niños. Con ustedes, Neville Longbottom y los inimitables gemelos Weasley.

CAPÍTULO X: MIS ALUMNOS Y OTROS ANIMALES

Prissy había encontrado al animal cerca del recinto de los fwoppers mientras ayudaba a Maeve con las comidas de mediodía, como tenía por costumbre. Bueno; tal vez encontrado fuera inexacto. Prissy había tropezado con él mientras intentaba espantar a Cástor y Pólux del caldero del pienso y se había puesto a gritar como si le estuvieran arrancando las tripas, presa del pánico.

-¡Es un bicho malo, señorita! ¡Huya! ¡Sálvese! ¡Prissy le entretendrá!

Maeve no había tenido valor para decirle que esconderse detrás de sus piernas no parecía una forma muy efectiva de salvarla. Lo que sí le dijo fue que el bicho era completamente inofensivo, a pesar del aspecto horrible y verrugoso que le hacía parecer un mapa en relieve mal acabado.

-¿Inofensivo? –repitió Prissy con aire desconfiado- ¿Está segura la joven señorita? Parece venenoso. Y tiene una mirada maligna. Y sonríe como si pensara en algo maligno. ¡No, señorita, no haga eso!

Para consternación de la elfina, Maeve ya había cogido al animal y estaba observándolo de cerca. Sin lugar a dudas era un hermoso ejemplar de sapo cornudo macho. Y resultaba bastante improbable que una criatura oriunda de Suramérica hubiera llegado sola hasta Escocia.

-No seas exagerada, Prissy. Ya te he dicho que no puede hacer nada. A menos, claro, que le metas un dedo en la boca: tiene una fuerza increíble –el sapo bufó en su mano, emitiendo aquel característico sonido tan similar a una gaita desafinada. Prissy corrió a esconderse detrás del caldero del pienso- Debe de ser de alguno de los chicos. ¿Te importaría acercarlo al Gran Salón y preguntar…?

-¡No, señorita, no le pida a Prissy que coja a esa horrible bestia maligna! ¡Prissy haría lo que fuera por la joven señorita pero eso no! ¡Por favor! ¡Tenga piedad de Prissy! –sollozó la elfina, temblando de miedo.

Maeve suspiró. Estaba claro que iba a tener que hacerlo en persona y entrar en el comedor a una hora en la que sabía, con toda certeza, que Severus estaría allí. Después de un mes largo limitando su contacto con él a la cena –donde se sentaban cada uno en una punta de la mesa- y las reuniones de personal –en las que escogía el asiento más alejado de él y le dirigía la palabra lo justo- la sóla idea de verle un minuto de más se le hacía insoportable. Sobre todo porque no podía negar que una parte de sí deseaba ese minuto de más desesperadamente. Y eso la humillaba hasta extremos insanos.

Todo el mundo estaba ya sentado y comiendo cuando Maeve, evitando mirar hacia el frente y concretamente hacia la silla que ocupaba un sorprendido Severus Snape, se detuvo ante las mesas de los alumnos mostrando el sapo en alto.

-Me he encontrado esta preciosidad cerca del zoológico. ¿Pertenece a alguno de vosotros?

La respuesta llegó de la mesa de Gryffindor, donde un niño moreno de agradable carita redonda se levantó de un salto gritando:

-¡Trevor! ¡Es mío, profesora Murphy!

Aunque no supiera ya que se trataba del hijo de Frank y Alice Longbottom, los dulces rasgos de la madre en su cara infantil le habrían delatado. Maeve aún notaba al mirarle, como le sucedía con Harry Potter, un pequeño nudo en la garganta. Había conocido a esos niños cuando eran bebés y había conocido a sus padres, que ahora estaban muertos o peor que muertos. Pero con Neville Longbottom era aún peor. Neville también le recordaba a su primo Connor. Además de su edad al morir tenía su mismo aire inocente, sus límpidos ojos azules.

-No consigues deshacerte de ese adefesio, ¿eh, Longbottom? Siempre vuelve a ti.

La burla y las risas habían nacido de la mesa de Slytherin, aunque a decir verdad las habían secundado alumnos de otras casas. La mirada indignada de Maeve chocó con los desdeñosos ojos grises de Draco Malfoy quien, por un segundo, tuvo la decencia de cortarse un poco. Luego debió de recordar que no tenía por qué sentirse intimidado por una squib y recuperó su altanería habitual. Maeve contó hasta diez.

Él no es su padre, él no es su padre, él no es su padre…

-Para su información, señor Malfoy –dijo bien alto, con cierta tirantez- este adefesio pertenece a una de las especies anfibias más singulares y hermosas del Hemisferio Sur. Es un bufo ceratophrys ornata o sapo cornudo, señor Longbottom –añadió, mirando a Neville- Lo llaman así por estas protuberancias encima de los ojos, ¿ve? ¿Sabía que los Yanomami llaman a su canto "la flauta del diablo"? Una criatura encantadora esta mascota suya.

Las mejillas de Neville se tiñeron de un rosa encendido que hizo parecer sus ojos aún más azules. Era la primera vez que alguien se refería a su sapo usando palabras como "preciosidad" o "encantador".

-¿Lo cree de veras? Todo el mundo piensa que Trevor es… ya sabe... -bajó la voz mientras cogía al sapo y lo acariciaba, como si temiera ofenderle- espantoso.

-Bueno. La vida no se reduce a una cuestión de belleza física, al menos en la naturaleza –repuso Maeve, sonriendo- Este aspecto es el fruto de milenios de esfuerzo evolutivo que lo convierten en un superviviente perfecto. La textura de la piel le permite camuflarse entre las hojas muertas, mientras que los cuernos inducen en sus depredadores la idea de que es terrible y venenoso cuando en realidad uno no tiene nada que temer de él si es más grande que un ratón. A menos, claro está, que le meta un dedo en la…

El alarido de Neville Longbottom hizo temblar las vidrieras del Gran Salón.


Los lagrimones que surcaban las mejillas de Neville mientras esperaban a Poppy Pomfrey rompían el corazón.

-¡Me está machacando el dedo! –gimió- ¡Quítemelo! ¡Por favor!

-¡Deje de moverse, señor Longbottom! ¿No ve que si lo hace Trevor aprieta más? –le advirtió Maeve, tratando de conservar la calma- Es como un bulldog: está condicionado para no soltar a la presa mientras esté viva.

-¡Duele! –sollozó Neville.

-Lo sé, hijo. Trate de mantener la calma. La señora Pomfrey llegará enseguida con las pinzas y podremos abrirle la mandíbula a Trevor lo suficiente como para…

-No le hará daño, ¿verdad? Con las pinzas. No le va a hacer daño con las pinzas, ¿a que no?

Maeve se sintió conmovida hasta la médula. No mucha gente mostraría preocupación hacia un sapo cuyos poderosos labios romos estaban a punto de amputarle una falange.

-Bueno… es probable que… es decir, su quijada es bastante frágil, pero lo haría con mucho cuid…

-¡No, por favor! –suplicó el muchacho- No le haga daño, profesora. Él no ha tenido la culpa de nada, fui yo el que le puso el dedo en la boca. No quiero que le pase nada porque yo sea un idiota…

-Pero su dedo…

La mención de la parte afectada pareció agudizar el dolor y el rostro de Nevillle se contrajo en una terrible mueca. Trevor, en cambio, permanecía impasible, hinchándose y deshinchándose al compás de su respiración tranquila apoyado en el regazo de Maeve, sus extraños ojos dorados y negros fijos en su dueño -y víctima- sin expresión alguna.

-¡Usted no lo entiende! Sé que Trevor no es una mascota demasiado buena y se escapa todo el rato, pero es muy importante para mí. Me lo regaló mi tío Algie cuando se dio cuenta de que podía hacer magia. Estaban todos tan contentos de que no fuera un squib…

Se mordió el labio inferior un poco demasiado tarde, mirando a Maeve con ojos asustados y ruborizado hasta el nacimiento del pelo.

-Lo siento, profesora- gimió- No he querido decir que… No pretendía… No se ofenda, por favor, le juro que…

-Está bien, señor Longbottom –le aseguró Maeve sin asomo de acritud. Le parecía encantador que en sus dolorosas circunstancias Neville se preocupara por haberla ofendido- Intentaremos otra cosa pero si eso no funciona, tendremos que recurrir a las pinzas, ¿de acuerdo? Trevor podría estar horas así y usted acabaría perdiendo medio dedo.

Neville tragó saliva ante esa horrible perspectiva pero asintió.

Valiente como sus padres, pensó Maeve con un pinchazo de pena en mitad del pecho.

Poppy llegó en ese momento junto a la cama que ocupaban, portando una bandeja de instrumental. Se la veía bastante irritada. Por alguna razón, la proximidad de Halloween tenía encendidos los ánimos del alumnado y la enfermería estaba llena, día sí, día también, de bajas debidas a duelos y peleas.

-¿A quién se le ocurre regalar un sapo salvaje como mascota? –refunfuñó- Habiendo criadores especializados en sapos domésticos…

-Seguramente a su tío le dijeron que era una mascota normal. El mundo está lleno de vendedores desaprensivos, señora Pomfrey.

-En fin –resopló la enfermera y sacó de la bandeja dos grandes pinzas quirúrgicas de terrible aspecto- Usted dirá cual le parece más adecuada, profesora: ¿Bozeman o Magill?

Neville pareció ir a desmayarse en cualquier momento.

-Vamos a intentar primero algo menos radical, ¿le parece? –terció Maeve antes de que el muchacho empezara a sollozar otra vez por su sapo- Acérquenos esa planta de ahí, si es tan amable.

-¿El hibisco chino? –se sorprendió Poppy- No veo cómo una mata de hibisco chino puede sustituir a unas pinzas abrebocas, profesora. Esto es altamente...

-Es bastante frondoso -explicó Maeve- Tal vez si Trevor siente que tiene un buen escondrijo al que retirarse se decida a soltar la presa de una vez. Conozco casos en que ha funcionado…

Poppy se encogió de hombros con evidente disconformidad, dejó las pinzas en su sitio y les acercó el macetero con la enorme planta llena de llamativas flores rosadas. Ayudado por Maeve Neville posó a Trevor en la tierra. Entonces, para alivio de todos, el sapo abrió su bocaza y, emitiendo un furioso resoplido, fue a refugiarse entre las hojas.

-¡Por Circe, señor Longbottom, le ha machacado el dedo! –exclamó Poppy, horrorizada, tomando su varita- Deme la mano, hijo: tendré que comprobar que no lo haya roto. Y usted, profesora Murphy, haga el favor de sacar esa cosa de aquí antes de que alguien más resulte herido.

-¡Pero si es inofensivo!- protestaron Maeve y Neville al unísono.

-Ya lo veo –dijo la enfermera son ironía, levantando el dedo amoratado y tumefacto del niño. Gruñendo entre dientes algo acerca de "bichos" e "insensateces", hizo un movimiento de arriba abajo con su varita sobre la mano de Neville y pronunció- ¡Scanneum!

Mientras Poppy examinaba el dedo herido Maeve tomó con cuidado a Trevor, que emitió un par de resoplidos de agravio, y buscó en el almacén del pasillo alguna caja vacía en la que encerrarlo. Después del incidente y de las burlas –bien y mal intencionadas- que le caerían, lo que menos necesitaba Neville Longbottom era el estrés adicional de volver a perder su mascota. Cuando pudo volver a la enfermería con Trevor bajo arresto Poppy ya había terminado con Neville, a quien había obligado a tumbarse hasta que la poción analgésica hiciera efecto. El chiquillo la miró con ojos llenos de gratitud al coger la caja.

-Soy tan torpe… -se lamentó enseñando la extremidad herida, que presentaba un aspecto horrible- Mira que meterle el dedo en la boca. Y en medio del Gran Salón, delante de todos… Ahora voy a ser el hazmerreír del colegio. Bueno, ya lo era antes, pero ahora con más razón.

-No hay ninguna razón para que nadie se ría de usted –replicó Maeve con firmeza. Se sentó en el borde de la cama, tomó a Neville de la barbilla para obligarle a mirarla y le sonrió- Los accidentes le ocurren a cualquiera.

-Ya, pero a mí me ocurren constantemente. Todo se me da fatal. En Pociones siempre me las arreglo para armar un estropicio. Apenas sé volar. No me salen los encantamientos. Y además soy un gallina…

Maeve, con más ternura de la estrictamente profesional, acarició el pelo del muchacho.

-No todos tenemos los mismos talentos. Quizá los suyos aún están por descubrir. Hace un rato me ha demostrado que es un chico sensible y muy valiente, pensando en el bienestar de Trevor antes que en su propio dolor. No sé quien le habrá llamado gallina pero no le de el menor crédito, señor Longbottom. Es usted un verdadero Gryffindor.


Se le había parado el corazón al ver a Maeve en la enfermería, convencido como estaba de que se habría vuelto con sus bichos en cuanto dejara al mocoso con Poppy. Olvidando por un instante lo que había ido a hacer allí, Severus observó a distancia y en silencio la sobria pero abrumadora ternura con que Maeve trataba a ese desastre con patas llamado Neville Longbottom. Siempre había tenido buena mano con los críos; incluso entonces, cuando apenas era unos pocos años mayor que ellos. Condicionada por su pasado, tenía debilidad por los pequeños que añoraban a sus familias y especialmente por los huérfanos como Longbottom. O como Potter.

Mientras la miraba tomar la barbilla del muchacho, se preguntó si ella estaría viendo en los ojos azules de Longbottom un reflejo de los de su primo pequeño asesinado. Porque sí, sabía perfectamente que el idiota tenía los ojos de color azul. Como para no saberlo, si siempre lo estaba mirando con ellos muy abiertos, desorbitados de terror.

Tragó saliva cuando la mano de ella dibujó una caricia sobre el pelo del chico con una dulzura casi maternal. El pensamiento pasó fugaz por su mente pero tuvo tiempo de herir como una puñalada: de haber seguido juntos, Maeve y él podrían tener un hijo poco más joven que Longbottom, quizá también de cabello oscuro pero con los ojos verde oliva de ella y algo dentro del cráneo aparte de serrín.

Por un instante se permitió fantasear con la idea que a lo largo de los años se había esforzado por desterrar de su mente, imaginarse cómo habría sido verla cuidar de un niño engendrado por él.

Entonces la oyó alabar el valor Gryffindor del idiota y el hechizo del momento se hizo añicos.

-¡No me diga que me trae más trabajo, profesor Snape! –bramó Poppy- ¿Qué demonios le pasa a todo el mundo por Halloween? ¿Es que los elfos están drogando la comida de los chicos con sustancias estimulantes?

Maeve casi había saltado de la cama al oír su nombre. Su disgusto fue tan evidente que dolió. Severus se esforzó por fingir que ni la veía.

-La Tienda de Zonko, eso pasa. Alguien debería quemar ese antro hasta los cimientos –explicó, haciendo adelantarse al alumno que le acompañaba.

Edward Stanford, Slytherin de tercer año, lucía un enorme y crespo bigote de morsa debajo de la nariz. Cuando intentó explicarse, lo único que emitió su garganta fue una serie de guturales eructos.

-Otra víctima del Spray Animágico de Zonko –diagnosticó Poppy, suspirando con cansancio- Vamos, señor Stanford, pase por aquí…

-Los gemelos Weasley maldecirán el día en que decidieron poner sus pies en esa tienda –aseguró Severus con un brillo de placer perverso en la mirada- Cuando haya terminado con ellos esta tarde…

-Disculpe, profesor Snape, pero esta tarde están castigados conmigo.

La voz de Maeve había llegado firme desde la cama de Longbottom, la incomodidad de tener que hablarle patente en cada sílaba. Severus la miró con una ceja levantada. Así que, después de todo, la excusa de los Weasley era cierta.

-Algo me dijeron, pero supuse que su castigo podría esperar, profesora Murphy –mintió, cruzándose de brazos para volverse hacia ella. Sabía que con ese gesto no la intimidaba lo más mínimo, pero le permitía esconder las manos entre los pliegues de su túnica: así evitaba que delataran tensión al crisparse sobre la nada.

-Pues ha supuesto mal –fue la réplica, falsamente gélida, de Maeve.

El corazón de Severus empezó a acelerarse. Podía sentir el conflicto tomar la forma de una negra nube de tormenta en el horizonte.

-No sé qué travesura intrascendente habrán hecho para irritarla, profesora, pero la agresión premeditada sobre un compañero es una infracción que requiere medidas inmediatas.

-Medidas que usted ya habrá tomado en forma de millones de puntos deducidos a Gryffindor, estoy segura. Y para su información, la travesura intrascendente ha incluido comportamiento vandálico en clase, falta de respeto contra un ser vivo y daño grave contra una valiosa propiedad del colegio. Mi castigo es el que no puede esperar.

Severus apretó los dientes, su respiración se aceleró y sus pupilas y ventanas nasales se dilataron a la vez, la adrenalina corriendo ya por su sangre como veneno. Discutir con Maeve le provocaba reacciones tan parecidas a la excitación sexual que le daban hasta miedo. Y, al igual que le sucedía entonces al excitarse, tampoco ahora sabía parar una vez que se desataba.

-¿Me está sugiriendo que espere a mañana para sancionarles? –preguntó, su voz fluyendo con aquella cadencia sedosa que para un oído entrenado significaba "alerta roja".

Maeve se levantó y dio un par de pasos hacia él. También se cruzó de brazos. Estaban tan cerca que casi podían azotarse con las vibraciones de su hostilidad. Tanto Edward como Neville se encogieron en sus camas. Era como estar viendo dos lobos a punto de saltarse a la yugular.

-Le estoy comunicando que deberá esperar hasta Halloween: están castigados hasta entonces.

-¿Halloween? –bramó Severus- ¡De ninguna manera! Mi sanción no puede esperar tanto.

-Ese no es mi problema. ¿Sabe cuantos trámites con el Ministerio de Sri Lanka me costó conseguir la pareja de demiguises para casi perderlos hoy por culpa de esos dos gamberros? –le preguntó Maeve, cada vez menos fría, cada vez más ella- Hasta Halloween, profesor Snape, y no les voy a perdonar un solo día para que usted los ponga a fregar calderos con la lengua, o lo que quiera que haga.

-Eso habrá que verlo, profesora Murphy –casi inconscientemente Severus dio un par de pasos hacia ella, dejando caer los brazos a los lados y apretando los puños hasta que le dolieron los nudillos. Con la ventaja que le daba sacarle una cabeza la miró desde arriba, temible como un águila acechando a su presa. Desde allí podía ver sus pupilas agrandadas, sentir su respiración colérica, quemarse con los primeros borbotones de lava. Era una sensación gloriosa- ¿Quién se ha creído que es? ¿Piensa que puede llegar aquí, pasar a los profesores veteranos por encima y poner las normas que le plazcan como si esto fuera el agujero muggle del que ha salido? -siseó- Los Weasley cumplirán castigo conmigo hoy. Es mi última palabra.

Poppy apareció entonces como por encanto a su lado, llevando una bandeja llena de frascos y viales. La enfermera soltó una risilla y chasqueó la lengua, divertida.

-Vamos, vamos… -dijo en voz baja para que no la oyeran los pacientes- Parecéis una pareja divorciada discutiendo por la custodia de los niños.

Aunque Neville no escuchó lo que decía la bruja, sí pudo advertir que Maeve Murphy se había ruborizado furiosamente. Y, de no ser porque tal cosa era del todo imposible, habría jurado que las mejillas del profesor Snape también se habían coloreado un poco.

Severus miró de nuevo a Maeve, consciente de pronto de lo mucho que se había acercado a ella en el calor de la discusión. Dio un paso atrás antes de pensarlo siquiera. El brillo del odio se parecía tanto al del deseo en los ojos de ella que por un momento, sólo por un momento, habría jurado que le estaba retando a besarla. Y de haber durado el momento un solo segundo más habría sido capaz de hacerlo.

-Haga como quiera, profesor Snape –concedió Maeve, con la voz un poco vacilante- Si es tan importante para usted, le cedo el día.

-No será necesario. Son todos suyos –concedió Severus a su vez, recobrado el aire de indiferencia que le era tan preciado- Oportunidades de castigar a los Weasley sobran.

-Yo los voy a tener dos semanas, puede…

-Insisto, profesora: por mí como si se los queda a perpetuidad.

Maeve apretó la mandíbula. Su rostro era la viva imagen del odio.

-Bien.

-Bien.

-¿Veis? –les animó Poppy con ironía- Mucho mejor. Ahora ya sois como divorciados bien avenidos.

Ambos fulminaron con los ojos a la enfermera, que se alejó hacia la cama de Edward Stanford riendo entre dientes. Luego volvieron a mirarse un segundo antes de darse la espalda como de común acuerdo y tomar direcciones opuestas.

Los alumnos que tuvieron la mala fortuna de cruzarse con Severus en su camino de vuelta a las mazmorras habrían jurado que, aunque pareciera imposible, esa tarde daba más miedo que de costumbre.


Maeve aún se sentía temblar por dentro. No podía creerse lo que había sucedido en el interior de su cabeza unas horas antes, en la enfermería. Por un momento, ebria de adrenalina, casi había olvidado que ella y Severus estaban en medio de una agria discusión. Durante breves décimas de segundo, sintiendo a Severus tan cerca de ella y mirándolo desde abajo, dominada por su estatura y su mirada incendiada, sólo había sido capaz de pensar en el tiempo en que esa cercanía significaba que iba a besarla. Y lo había deseado tanto, con tanta fuerza, que aún dudaba de no haber dicho "bésame" en voz alta. Se sentía tan avergonzada y furiosa consigo misma que podría abofetearse si en ese momento no estuviera delante de sus alumnos

-Pero es injusto, profesora –insistió Fred.

Maeve no se dignó levantar la mirada de la pezuña de thestral que estaba examinando.

-No tengo nada que objetar a que hablen siempre y cuando sigan recogiendo estiércol. Y no veo que esas palas se muevan, caballeros.

Fred Weasley suspiró y cargó una paletada de excremento de thestral en el carretillo. George tomó su relevo con los alegatos de la defensa.

-No podemos perdernos tantos entrenamientos de quidditch, profesora. Este año tenemos a Potter de buscador y la copa podría ser nuestra.

-Habérselo pensado antes de soltar ese petardo cuando tenía a los demiguises fuera de la jaula -repuso Maeve, implacable- ¿Sabe lo bien que se camuflan cuando están asustados? ¿Sabe cuanto tiempo nos costó al señor Hagrid y a mí encontrarlos? ¿Se da cuenta de que podríamos haberlos perdido?

Ambos Weasleys tuvieron la decencia de parecer contritos. Los dos esbozaron idénticas sonrisas que querían ser inocentes pero resultaban atractivamente traviesas. Maeve no había conocido a Fabian y Gideon Prewett de adolescentes pero estaba segura de que, a sus trece años, Fred y George Weasley ya eran herederos del encanto canalla de sus difuntos tíos.

-No volverá a ocurrir, profesora –aseguró Fred.

-Lo prometemos –le apoyó George.

-¿Y se supone que yo debo creérmelo? – replicó Maeve- Ustedes dos son incorregibles. Sé que todos los incidentes que hemos tenido en clase desde principio de curso llevan su firma. Sólo siento no haberlos pillado antes con las manos en la masa.

Los chicos se ruborizaron, poniéndose a juego con el rojo encendido de su cabello. La profesora Murphy les gustaba mucho. Era justa, simpática y bastante agradable de mirar entre tanto vejestorio. Y muy, muy buena maestra. Sentían realmente haberla disgustado. Pero dos semanas de castigo supondrían perderse la mitad de los entrenamientos de quidditch previos al partido contra Slytherin, que estaba al caer.

-Vamos. Usted es razonable –insistió Fred, cargando otra paletada.

-Podríamos llegar a un acuerdo –propuso George mientras hacía otro tanto.

-Sí. Mire, tiene este recinto lleno de gnomos. Podríamos limpiárselo.

-Somos expertos.

-Nuestro jardín en Ottery St. Catchpole está siempre hasta arriba de ellos y sabemos cómo echarlos.

-Le des-gnomizamos este recinto y usted nos levanta el castigo.

-¿Qué le parece?

-¿No es un trato justo?

Maeve les miró con una ceja levantada y una sonrisa retadora que los muchachos encontraron de lo más atractiva.

-¿Intentan negociar con un irlandés, señores Weasley? ¿Lo encuentran prudente?

-Vamos, profesora.

-No es por nosotros, es por Gryffindor.

-Tenemos que pulir a Slytherin, ¿sabe?

-Sé que también está deseando que les demos una paliza. Sabemos que son groseros con usted y que ese murciélago de Snape la trata fatal siempre que puede…

Maeve se puso seria de pronto. No importaba lo penosas que fueran sus relaciones con Severus en el momento actual, ni lo humillada que se sintiera por sus sentimientos hacia él. No consentiría que el alumnado se tomara esas confianzas con él delante de otra profesora.

Y sólo ella lo llamaba Snape.

-Profesor Snape –puntualizó- No me meto en cómo hablen de sus maestros cuando están en su sala común, pero delante de mí les exijo respeto hacia todos ellos. ¿Está claro?

Ambos chicos asintieron, un tanto desconcertados. Las malas relaciones entre los maestros de Pociones y Cuidado de las Criaturas Mágicas eran un secreto a voces por el colegio. Lo que menos esperaban era que ella defendiera al vampiro.

-Ya que son tan descarados de regatear su castigo, les propongo algo más radical –continuó Maeve, con un aire pícaro que debería haberles puesto sobre aviso- ¿Qué les parece una apuesta?

Los ojos de los gemelos se agrandaron. Aquello se ponía interesante.

-Usted dirá –dijeron al unísono.

-Lanzamiento de gnomo. Mi técnica contra la suya. El que alcance mayor distancia gana –explicó, antes de soltar la puntilla- Doble o nada. Si gana alguno de ustedes, les levanto el castigo de inmediato. Si gano yo, las dos semanas de castigo serán un mes.

Fred y George se miraron entre ellos. Era ciertamente una apuesta fuerte. Pero les gustaba el riesgo. Y les gustaba la gente que jugaba duro, como la profesora Murphy.

Y además eran imbatibles lanzando gnomos.

-De acuerdo –dijo George.

-Doble o nada –confirmó Fred.

-Vamos entonces, señores.

Los gnomos estaban tan a sus anchas en el recinto arbolado de los thestrals que no les fue difícil hacerse con uno para cada uno. Tanto Fred como George hicieron marcas meritorias, pero Maeve se limitó a observarles con sonrisa de triunfo. Sólo ella había heredado la fabulosa técnica secreta de su tío Murtagh.

-Ahora, miren y aprendan –les dijo al llegar su turno.

Verla fue un espectáculo. La portura era impecable, erguida con las piernas ligeramente separadas y flexionadas para un mejor apoyo e impulso. La amplitud del giro de brazo, el ángulo del hombro, el número de vueltas y el peculiar pero efectivo golpe final de muñeca fueron impresionantes. Los gemelos siguieron con la vista la amplia parábola que describió el gnomo antes de ir a caer muchísimo más lejos que cualquiera de los suyos. Y después miraron a Maeve boquiabiertos, sus ojos brillantes de asombro y reverencia.

-Creo que acaban de perder una apuesta, señores –anunció Maeve con ironía- Así que agarren sus palas: hay un montón de estiércol esperándolos.

Curiosamente, ninguna queja salió de los labios de los chicos mientras obedecían a la profesora que acababa de ganarles un mes de castigo. Pero de vez en cuando la miraban a hurtadillas, sonrojados y sonrientes como un par de bobos.

Los gemelos Weasley se habían enamorado.


No voy a engañar a nadie: parece un capítulo de transición y ES un capítulo de transición. Simplemente me apetecía presentar a estos personajes que, a la larga, serán relevantes en la historia. Tened en cuenta que es un fic que va a tener siete partes, así que cada vez que surja un episodio de éstos, en apariencia desconectado de la trama de Severus y Maeve, tened fe: seguro que más adelante tiene sentido (espero)

Espero haber hecho justicia tanto al gran Neville como a los gemelos, que para mí son lo mejor del clan Weasley. Si no os ha gustado, ya sabéis, pasaros a dejar un comentario-abucheo.

Y a los que me seguís y aguantáis como campeones, insisto: gracias, gracias, gracias, gracias...

NOTAS:

-El episodio del sapo cornudo está inspirado en uno muy similar que le sucedió en la vida real a Gerald Durrell, recogido en su genial libro "La selva borracha". El título del capítulo, por supuesto, también homenajea a este autor.

-Bozeman y Magill, como muy bien sabrá Patty-Sly, son dos clases de pinzas quirúrgicas grandes y de aspecto muy poco traanquilizador. Como para que Neville no se agobiara.

-El hechizo Scanneum creo que me lo he inventado. Mi Poppy es tan chula que lleva un TAC helicoidal en la varita XD