Tres de juni o~ Capítulo 10.
No le gustaba la lluvia. Tal vez en ocasiones, cuando la escuchaba repiquetear contra el techo y podía olfatear el aroma a tierra húmeda que salía del jardín, pero solamente en esas ocasiones. Después, hacía parecer a cualquier cosa alegre melancólica, y eso no le gustaba para nada. Y, sobre todo, no le gustaba tener que caminar a casa cuando el cielo parecía estar llorando a cántaros.
En el día anterior no había llovido de esa manera, se recordó Yuta, y el pronóstico meteorológico tampoco había anunciado que habría una llovizna de tal magnitud. Ninguno de los dos había llevado paraguas, así que, cuando se separaron de sus amigos, ambos empezaron un pique rápido hacia casa.
Se refugiaron bajo la lona de una tienda cercana, en la cual Yuki solía comprar sus mangas, y, cuando la mujer encargada les negó la entrada por estar empapados de pies a cabeza, se limitaron a quedarse allí, con frío, esperando a que las gotas de agua se desplomaran con menor intensidad.
Yuta alzó su vista al cielo, pudiendo ver borrosamente a las nubes grises que desde allí parecían reírse de ellos, haciendo que más agua cayera sobre las calles desiertas. Entonces, Yuki estornudó con fuerza. Yuta lo observó un segundo, al tiempo que él estornudaba más veces, cerrando los ojos cada vez sentía la necesidad de despedir el aire de sus pulmones.
—Qué mal día—comentó Yuki con pesadumbre y voz nasal—: Primero la lluvia, y ahora un resfrío.
Yuta asintió al tiempo que observaba con atención a su gemelo; al cabello mojado y las gotas cayendo; al pantalón y la camisa que se habían pegado de manera exquisita a su cuerpo. Apartó la mirada un segundo después, reprochándose haber visto más de lo debido.
—Concéntrate en lo bueno—dijo Yuta un segundo después—. En casa hay calefacción, así que nos sentaremos junto a la estufa con ropa seca y tomando algo caliente. Veremos un programa cualquiera y después podremos tomar la siesta en el sillón.
Como si fuéramos una pareja, pensó en su fuero interno.
Lo dicho pareció animar a Yuki, ya que tomó aire con fuerza, dejando la desdicha a un lado y, tomando a Yuta del brazo, salieron de su escondite para adentrarse en el mar de gotas.
Las cinco cuadras que les faltaban, en días así, parecían ser infinitas.
Se pegaban a las paredes de las casas, aprovechando aquellas que no tenían jardín y les ofrecían un pequeño techo de refugio. Caminaban con pasos rápidos pero sigilosos, teniendo extremo cuidado con los charcos que se habían formado en el camino. Era como un recuerdo de la infancia, se dijo Yuta, como cuando de chicos se dedicaban a dar vueltas por lugares inhóspitos en busca de aventuras sin sentido.
En un momento del camino (a una cuadra de su casa, para ser exactos), Yuki paró en seco. Yuta se chocó con su espalda y casi trastabilla.
—Yuta—lo llamó Yuki, indicándole que mire algo en el suelo, justo delante de él.
Yuta, que había estado trotando detrás de Yuki, se paró a su lado para ver lo indicado.
Eran tres perros negros, que estaban tiritando de frío en una caja de cartón que se deshacía por la lluvia. Tres cachorritos que se habían acurrucado entre sí para albergar el poco calor que les quedaba, ya que el agua helada que se acumulaba a su alrededor parecía querer arrebatárselo.
—No me gustan los perros—admitió Yuki al tiempo que se agachaba frente a la caja de cartón.
El agua de lluvia les caía a ellos también con intensidad, también tenían frío. Le dio pena que los cachorros hubiesen sido condenados a quedarse allí encerrados durante todo el aguacero, cuando ellos dos, por lo menos, habían podido refugiarse en algún que otro techo.
Yuki suspiró con pesadez y un segundo después tomó a uno de los perros de la caja, abrazándolo a su pecho. Luego, tomó otro, apegándolo también a su corazón y cubriéndolo con el pobre calor que podrían brindarle unos brazos helados que también habían sufrido su misma suerte. Yuta no necesitó que se lo dijera, automáticamente tomó el tercero, dejando la caja abandonada.
Volvieron a su trote rápido, ahora incluso más motivados en llegar a casa, puesto que tenían la inquietud de que los tres pequeños sufriesen peores consecuencias que ellos si se mantenían más tiempo en el frío.
Cuando llegaron a casa, Yuta abrió y cerró la puerta con apuro, y luego ambos entraron a las corridas, poco importándoles que mojarían todo el suelo y su madre los regañaría por ello (además del regaño que ya tenían asegurado por traer animales sin permiso). Yuki subió las escaleras a los saltos y Yuta le siguió detrás.
Sus pensamientos navegaron solos hacia esas aguas que Yuta infructíferamente trataba de evitar. Pensó en lo tiernas que podían llegar a ser las acciones de Yuki… y paró allí. Siempre que se dejaba llevar por sus cavilaciones, terminaba arrepintiéndose de sus propias líneas de pensamiento.
Cuando entraron al baño de su habitación, dejando un camino de gotas que se hundían en la alfombra, Yuki fue el que se apuró en dejar a los perritos a un lado y encender el agua caliente.
—Espero que esto les sirva—murmuró Yuki para sí mismo, aunque Yuta creyó que, en parte, quería que él lo escuchara.
Esperó a que Yuki moderase el agua en su temperatura justa mientras que acariciaba al perrito entre sus brazos. Los otros dos habían sido dejados en un costado del suelo, sobre una toalla blanca que ya se veía muy sucia por el agua negra que escurría de los dos pequeños cuerpos. Al notar eso último, Yuta observó su propia camisa, encontrándose con que también estaba manchada.
Suspiró.
—Pásamelo—dijo Yuki, al tiempo que extendía una mano hacia él, la otra seguía experimentando la tibiez del agua que caía en la bañera.
Yuta no dudó y le pasó el cachorro que tiritaba. Mientras se agachaba para alzar a los otros dos, vio a Yuki apoyándolo en el suelo, evitando que el agua le cayera de lleno sobre el cuerpo y, en cambio, echándole con un pequeño bol blanco el agua tibia que había dejado bajo el corro que despedía el rociador. Yuta se sentó al lado de Yuki, en el suelo, mientras que metía a los dos perritos restantes en la bañera.
Bañarlos no fue ningún problema. Utilizaron el jabón blanco, el cual había yacido encerrado en una cajita de plástico, y lo gastaron todo. Yuta observó con ojos tranquilos cómo los perritos parecían volver a la vida con el calor, tratando de aferrarse a él en todo momento.
—Ya no tiemblan—señaló Yuta, acariciándole la cabeza a uno suavemente.
Parecían estar algo adormilados, pero ya no tiritaban y, por lo menos, tenían los ojos abiertos.
— ¿Y ahora qué?—inquirió Yuki.
—Fue tu idea traerlos—alegó Yuta.
La expresión de disconformidad de Yuki fue algo que le encantó a Yuta. Era ese gesto que Yuki hacía con los ojos y la boca, ese gesto que hacía para mostrar disconformidad, que estaba molesto, pero, al mismo tiempo, mostrar que no era en serio. Recordó esos juegos de pequeños, cuando Yuki se molestaba por tonterías e inflaba los mofletes; o esos momentos de la actualidad, cuando Yuki hacía esa misma expresión pero con un rostro más agraciado que el que había tenido a sus ocho años.
Yuki, en esta ocasión, había afilado los ojos a modo de juego.
Y Yuta le sonrió.
—Iré a traer la secadora—propuso con tono amable, al tiempo que se ponía de pie y salía del baño, cerrando la puerta detrás de él.
Caminó hacia el cuarto de su madre, la cual siempre se quedaba con la secadora al final del día, con pasos lentos. Sintió al frío calársele en los huesos en el momento que abandonó su habitación con calefacción, y retrocedió.
Mojaría todo el suelo alfombrado si caminaba hasta allí con la camisa chorreando, pensó cuando notó cómo las gotas seguían cayendo, una tras otra, de su cuerpo. Le echó un vistazo a la puerta del baño, la cual estaba cerrada, y se decidió a finalmente quitarse la camisa y el pantalón.
No era como si Yuki fuese a salir en algún momento, ¿verdad? Además, como buen hermano que intentaba ser, no tenía por qué importarle que eso llegara a suceder.
Así que se quitó la ropa en silencio, con inquietud, pensando cómo un mes antes había podido hacer lo mismo sin sentir nada además de curiosidad acerca de cómo se veía el contrario.
Ya era tres de junio, y el trato que habían hecho llegaba a su fin ese mismo día.
Yuta no podía evitar sentirse nervioso cada vez que recordaba eso. Yuki todavía no le había pedido ningún deseo, lo cual lo inquietaba. Tal vez lo había olvidado, como nunca hablaban de eso... Pero Yuta se lo recordaría ese día, porque él quería hacer algo por Yuki, quería que Yuki le pidiese algo que solamente él fuese capaz de brindarle.
La manera en la que ese trato había nacido no fue común, se recordó, así que seguramente Yuki ya había tenido algo en mente, y simplemente había estado esperando que el momento indicado para decirlo llegara y, de tanto esperar, había dejado que el tiempo pasase hasta la fecha límite. Yuta rememoró ese momento en el que Yuki había propuesto la idea de los tres deseos, y aun ahora Yuta sentía que había sido como si Yuki hubiese aprovechado la oportunidad justa para lograr que él aceptara cumplirle un deseo, los cuales luego habían pasado a ser tres.
En verdad creía que había algo especial que Yuki quería, pero no tenía el valor de decirlo. Yuta tenía el presentimiento de que por lo menos un deseo sería importante, y quería oírlo. No eran simples ilusiones suyas; Yuki solía tener algún plan escondido, siempre.
Dejó su ropa en el suelo (la alfombra de su habitación estaba tan mojada que ya no importaba que se empapara más) y, con los bóxers puestos, se encaminó a paso acelerado hacia el cuarto de sus padres.
El aire no estaba helado, concluyó, sino que su propia piel parecía ser la que solamente quería ser envuelta por algo cálido y suave, como lo eran esos brazos que ya hace tiempo no se había permitido sentir.
Al recordar el tiempo de abstinencia al cual él mismo se había sometido, sintió un cosquilleo en el cuerpo. Sus manos querían tocarlo, su nariz olerlo y su corazón sentirlo cerca; sin embargo, ya que había sido muy difícil terminarlo, no podía permitirse nuevamente volver a ese juego de cariño que tenía con Yuki.
Hasta el momento no le había servido de nada, y lo lamentaba. En serio había intentado centrarse en la realidad y no en los anhelos que sentía suspirar en el fondo de su corazón; de verdad, había intentado concentrarse en Takahashi y dejar de pensar en Yuki, pero, aunque la chica le caía bien, parecía que sus sentimientos no eran capaces de evolucionar en algo más que eso.
Solamente podía sentirse a gusto cuando estaba con Yuki. Aunque fuese como tontos corriendo bajo un mar de lluvia por no haber traído paraguas o en silencio observando la televisión.
En el fondo de su corazón, había empezado a pensar que, como no podía tenerlo de ninguna otra manera, estar junto a él sería suficiente. Había empezado a creer que tenía que aprovechar como pudiera el calor de Yuki, antes de que se apartara para siempre; y, sin embargo, no quería perder las esperanzas en que alejarse de Yuki algún día sería útil, no quería pensar que lo que sentía por Yuki no tenía vuelta atrás.
En alguna parte de su subconsciente, Yuta seguía esperando a aquella persona que haría que se olvidara de su gemelo.
Cuando llegó a la habitación, se apresuró en abrir la puerta. La estufa estaba apagada, así que el frío no disminuyó en lo más mínimo, y por esa razón Yuta se sintió incluso más urgido a encontrar la secadora de cabello que utilizaría para despojar del frío a los cachorros. Luego de un minuto de busca inútil, encontró la secadora en una caja negra que se escondía dentro de un cajón de madera ubicado en una esquina del armario de su mamá.
Entonces, salió con rapidez del cuarto, queriendo volver al suyo, el cual sí le brindaría calor. Caminó el trayecto de regreso, tratando de evitar que sus pensamientos giraran en torno a Yuki (como siempre terminaban haciendo, contra su voluntad).
Cerró la puerta de su habitación una vez adentro, para evitar que el calor se escapara. Dejó la secadora sobre la cama de Yuki, y así pudo volver a vestirse con las ropas heladas (era estúpido, lo sabía, pero estaba seguro de que le daría vergüenza mostrarse solamente con unos bóxers grises ante Yuki).
—Volví—se anunció Yuta, abriendo la puerta del baño sin aviso.
No vio a Yuki a simple vista, sino que tuvo que limitarse con distinguir su figura detrás de la cortina blanca de la bañera. Seguramente por haberlo escuchado, Yuki corrió levemente la cortina para mostrar su rostro.
—Tenía frío—se explicó, como si esperara que Yuta le retase en cualquier momento.
En situaciones así, las cuales no eran muy comunes, Yuta podía notar con claridad la diferencia entre lo que había sido y lo que era ahora. Estaba seguro de que antes no habría sentido nada, ni siquiera un pequeño cosquilleo en el estómago a causa de la sorpresa. Nada. Sin embargo, ahora parecía que la inquietud le había nublado el pensamiento.
Tantas veces había soñado que lograba estar cerca de ese mismo cuerpo que ahora se encontraba solamente a una cortina de poder ser divisado.
Yuki miró a Yuta con curiosidad, mientras que Yuta reparaba en que solamente podía ver el rostro y parte de los hombros desnudos del contrario, ya que el resto de su cuerpo estaba tapado por la cortina y el agua que seguía cayendo sobre la tina.
Su deseo de acercarse y ver más le hizo sentir sucio.
Un ladrido, agudo y molesto, volvió a Yuta a la realidad. Con un respingo de sorpresa, miró el suelo, donde un pequeño cachorro negro agitaba su cola de un lado a otro, observándolo con la lengua colgándole a un costado de la boca, como si esperara algo.
—Creo que quiere jugar contigo—sugirió Yuki, apoyando ambos brazos sobre la porcelana de la tina.
Yuta se agachó frente al cachorrito y le acarició la cabeza.
— ¿Quieres que juguemos?—inquirió, como si el animal fuese a contestarle—. Jugaremos luego de que los seque—agregó unos segundos después, dirigiéndose a un interruptor de electricidad y conectando el secador a él.
—Los perros no hablan—comentó Yuki.
Yuta encendió el secador, disfrutando al aire caliente chocar contra los dedos de su mano izquierda.
—Los perros no tendrían que estar aquí—retrucó Yuta, recordándole a Yuki que, cuando sus padres llegaran, estarían en problemas.
Yuki suspiró con resignación. Yuta lo observó disimuladamente, mientras que empezaba a secarle el pelo al perrito que había llamado su atención. Yuki se sentó derecho y luego se recostó hacia atrás, dejando su cuello estirado y completamente a la vista.
Yuta quiso ignorar lo apetitoso de ese cuello, así que observó al pequeño que se había acurrucado sobre su regazo. El perrito disfrutaba de las suaves caricias y la tibiez que se le estaba brindando, tal como Yuta había disfrutado en su momento la cercanía de Yuki.
Cuando volvió su vista a su gemelo, ya que se había rendido a la tentación, lo encontró observando a la nada, solamente asomando los ojos por sobre la capa de agua en la que se había sumergido. El vapor caliente ya había empañado el espejo del baño, además de sofocar la respiración de Yuta, por lo cual, se dijo que en breve se iría.
—Tendríamos que llevarlos mañana a alguna veterinaria—propuso Yuta luego de un silencio.
Justamente había terminado de secar al primer perro, así que siguió con el segundo. Yuki concordó con un leve gemido desinteresado.
—O podríamos vend-.
—Darlos en adopción—finalizó Yuta.
Venderlos tal vez tomaría más tiempo, y lo último que su madre querría sería encargarse de tres mascotas. Además, seguramente se encariñarían, y, de ese punto en adelante, no había vuelta atrás.
—Qué aburrido—murmuró Yuki, volviendo a hundir su boca bajo el agua y, luego, el resto del cuerpo.
Yuta observó la sombra difusa con atención, prestándole casi ninguna al animal que quería ser mimado. Luego de unos segundos, Yuki emergió para respirar. Yuta lo observó con atención mientras que éste deslizaba su mano sobre su cabello, hacia atrás, para evitar que las mechas mojadas se interpusieran en su visión.
Y bajó la mirada al instante.
—Pero venderlos sería mucho problema y tal vez tarde más tiempo—repuso Yuta, sin quitar su mirada del cachorro.
Yuki no habló, sino que se limitó a un hundir la mitad de su rostro bajo el agua, dejando a la vista solamente los ojos. Como un niño pequeño que se había quedado sin palabras.
Yuki podía llegar a ser codicioso. Le gustaba el dinero, y mucho más despilfarrarlo en todo lo relacionado al anime. Yuta en esas ocasiones actuaba como su aplacamiento (si no actuaba de esa manera, la economía familiar habría estado en problemas ya hace mucho tiempo).
Pasó al tercer perro mientras esperaba que Yuki contestara. Lo tomó desde el cuello, como si fuese un gato, aunque había escuchado que a los perros no les gustaba eso. Los otros dos se habían recostado en el suelo, sobre la toalla blanca mojada y manchada de mugre; en definitiva, no eran para nada inteligentes.
— ¿Los mantendremos encerrados aquí dentro todo el día?—inquirió Yuki después de haber pensado un tiempo considerable—. Tal vez así podremos evitar que mamá y papá se enteren.
Yuta lo pensó un segundo, y después contestó:
—Se enterarán, créeme. Solamente hace falta que miren el suelo para que quieran venir aquí a retarnos.
—Podemos decirles que estábamos apurados por alguna razón—propuso Yuki—. Algo así como: "teníamos mucho frío y fuimos corriendo a nuestra habitación".
— ¿Y si ladran?—inquirió Yuta.
—Hasta ahora sólo uno ha ladrado—contestó Yuki.
Yuta meditó un momento, antes de concluir:
—Podemos intentarlo.
Y después de eso último, Yuta se ocupó en secar al último de los cachorros mientras que Yuki le contaba algo acerca de los animes y que él sería mejor héroe que aquellos personajes que a los perros los dejaban abandonados después de jugar con ellos un rato.
A Yuta le era difícil prestar atención y, al mismo tiempo, concentrarse en tener la vista fija en los ojos de su gemelo. Sabía que gotas de agua se deslizaban por el cuello de Yuki, además de que su piel seguramente estaría perlada por el reflejo de las gotas, pero no se permitió ver en ningún momento.
Cuando terminó con el último perro le dijo a Yuki que saldría para dejarlo cambiarse, y luego él se bañaría.
—Quiero decirte algo cuando salga—anunció Yuki cuando Yuta estaba a un centímetro de cerrar la puerta del baño, dejándolo a solas.
Yuta la abrió levemente, asomando la cabeza.
—Dime ahora—ofreció con duda, observando a su gemelo, que seguía extendido en la tina.
Yuki lo observó un segundo, pensativo, mientras que Yuta trataba de descifrar qué secreto escondía la profunda mirada.
—Prefiero decírtelo cuando salga.
Yuta cerró la puerta luego de una pausa. Se mantuvo estático, todavía sosteniendo la manija con su mano derecha. Apoyó su frente contra la puerta de madera.
¿Y ahora qué?
Como siempre tenía la costumbre de dar vueltas y vueltas sobre los temas que lo molestaban, no pudo evitar preguntarse qué quería decirle su gemelo.
Había muchas opciones: la chica de la carta, la misteriosa, Takahashi. Estaban en una época en la cual el tema destacado de conversación eran las chicas, aunque Yuta no hacía más que pensar una y otra vez en un chico.
Yuki se vistió más rápido de lo común (normalmente siempre tardaba un buen rato. Yuta no sabía por qué) y cuando salió del baño, Yuta estaba apoyado contra las literas, ya que se había negado a acomodarse en una cama, para no mojarla con su ropa.
— ¿Ya está?—interrogó Yuta, al tiempo que observaba a su gemelo frotar sus cabellos con una toalla blanca.
Yuki se sentó en la cama de abajo, y Yuta dobló su cuerpo para seguir observándolo.
—Siéntate a mi lado—ofreció Yuki, al tiempo que palmeaba el lugar con su mano derecha.
—Voy a mojar tu cama—dijo Yuta, preguntándose cómo era posible que no se sintiese enfermo.
Yuki frunció el ceño.
—Mi primer deseo es que te sientes.
Yuta se vio desprevenido ante esa oración, puesto que había creído sinceramente que Yuki había olvidado ese asunto que tenían hasta ese 3 de junio. También se sintió sorprendido, porque nunca habría pensado que Yuki utilizaría un deseo para algo tan… tonto.
Ignorando sus pensamientos, Yuta le hizo caso sin chistar. Se metió en la cama de Yuki, como tantas veces lo había hecho, y se sentó al estilo indio frente a él.
Yuki lo observó una vez que Yuta se acomodó, utilizó esos ojos calmos y desinteresados con los que solía mirar al mundo, y Yuta le devolvió la mirada, esforzándose en que fuese idéntica a la contraria. Yuta vio a Yuki acercarse y por instinto retrocedió. Al notar esto, Yuki lo tomó de los hombros, tumbándolo contra la cama, posicionándose encima de él.
El movimiento había sido tan delicado y natural que Yuta casi ni lo había sentido. No había parecido un asalto, tampoco tendría que haberlo parecido, pero Yuta no pudo evitar sentirse nervioso. Ya varias veces había soñado algo así, sin embargo, la realidad no se comparaba.
Yuki tenía sus manos todavía sobre los hombros de Yuta, manteniéndolos en su lugar; sus piernas estaban arrodilladas a los costados de las de Yuta; y su cabeza estaba algo inclinada hacia adelante, para mirar fijamente a Yuta.
Yuta sintió a su corazón latir con fuerza, como muchas veces había imaginado que lo haría si tuviera la oportunidad de tocar a Yuki. Sintió al calor subirle a las mejillas contra su voluntad; las cosquillas en el estómago, que hace tanto no había sentido, invadirlo, haciéndolo sentir nervioso.
Se mantuvo estático, sin saber cómo actuar.
¿Qué habría hecho si no sintiese nada?, se preguntó con duda, pero no pudo llegar a una respuesta.
Vio a Yuki inclinándose hacia a él y se sintió eternamente nervioso. Yuta se quedó helado mientras que Yuki hundía el rostro en su cuello y le hacía sentir cosquillas en aquel lugar que su respiración acariciaba.
Miró la cama de arriba, prohibiéndose a sí mismo cerrar los ojos. No quería volver a caer en lo mismo, a pesar de que sentía que ya se había sumergido tan profundamente que no había vuelta atrás.
Cuando Yuki le dijo que su segundo deseo era que Yuta lo abrazase, él no pudo resistirse a seguirle la corriente. No podía haber estado más gratificado con cualquier otro deseo. Lentamente enrolló los brazos alrededor de la cintura, haciendo una presión que tal vez era mayor a la necesaria. Entonces, sí se permitió cerrar los ojos, y no habló, sintiendo que su voz interrumpiría la melodía del silencio.
En el fondo, él sabía que quería abrazar a Yuki, y no solamente lo hacía para cumplirle aquel deseo.
Sintió el remordimiento decirle que era incorrecto, pero igualmente hundió su rostro en la unión del cuello y hombro de Yuki. Apoyó la frente allí, sintiendo vagamente la piel y los cabellos húmedos. Normalmente habría apoyado la nariz para inhalar ese aire, pero se contuvo.
Una sensación dulce pero dolorosa fue inyectada en el corazón de Yuta, recordándole lo que era ese sentimiento de plenitud que le brindaba estar junto a Yuki.
En ese momento cayó en la cuenta de que ya hace tiempo había estado perdido en un amor que solamente le haría sufrir.
Mientras, Yuki intentaba soportar el nudo en su garganta, mantenerlo allí y no dejarlo salir.
Se había prometido a sí mismo que aprovecharía sus tres deseos, que bien tenía ganados, pero al momento de hablar se había vuelto un cobarde. Había estado planificando sus palabras en vano, ya que, en el momento en el que vio la cara confundida de Yuta, todos los pensamientos alentadores y coherentes que había estado repitiéndose se esfumaron.
Se sentía intimidado. Aunque ya muchas veces lo había abrazado, sintió que esa vez era distinta. No se sentía como las demás veces en las que había envuelto a Yuta con sus brazos: había una angustia desgarradora en medio de su pecho, era ese sentimiento destructor de saber que tendría que gastar un deseo pidiéndole a Yuta que le devolviera el abrazo.
Así que había hablado roncamente, con una voz baja que trataba de mantener sus propias palabras a raya, temiendo que en cualquier momento la fachada de indiferencia se desplomara frente a los ojos de su gemelo. Y aunque tuvo que pedir por él, cuando el abrazo llegó, Yuki lo sintió como tantas veces lo había sentido, acogedor y cómodo; sin embargo, no le era para nada difícil distinguir esa sensación amarga en su lengua y estómago. Se sentía horrible saber que todo eso era fingido, que Yuta solamente hacía lo que él le pedía por compromiso.
Se habría arrepentido de haber derrochado un deseo en eso si no hubiese estado consciente de que ésa sería la última vez. Estaba seguro de que unos cuantos días atrás, si se hubiese visto en esa situación, se habría llamado idiota por pedir un abrazo de Yuta, cuando podía tenerlos a su antojo. Pero ahora era diferente, él no podía pedir algo que Yuta no estaba dispuesto a darle. Solamente lo haría una vez, se prometió, una última vez forzaría a Yuta a que se acercara de una manera que le resultaba incómoda. Luego de esa última vez se esforzaría en volver a ser aquel hermano menor que había actuado hasta el momento.
Y todos felices; o, por lo menos, Yuta lo estaría. En el fondo, eso era todo lo que importaba.
Un beso en la mejilla sería su tercer deseo, había decidido el 2 de junio, la noche que no pudo dormirse por el manojo de sentimientos. Le causó lástima que, ahora que estaba frente a Yuta, las palabras parecían rehusarse a salir de su garganta.
—La verdad es que no soy una persona muy creativa—musitó en una patética intención de hacer pasar todo aquello como pedidos sin sentido profundo—. Lo estuve pensando, y creo que no hay nada especial que necesite.
Yuki se permitió mirar a Yuta a los ojos, ya que seguramente ésa sería la última vez que estarían tan cerca. Luego volvió a abrazarse a él, escondiendo el rostro en el cuello. El cuerpo de Yuta estaba húmedo por el agua de lluvia, y Yuki solamente quería entibiarlo, aunque fuere un poco.
No iba a poder decir el tercer deseo, se dio cuenta en el momento en el que abrió la boca para volverla a cerrar. Nunca había podido ser totalmente sincero con Yuta, mucho menos podría serlo en un momento tan crucial como éste.
—Mantengámonos así hasta que algo se te ocurra—propuso Yuta con esa voz de seda que parecía tener efectos atroces cuando era susurrada.
Yuki permitió que se mantuvieran de esa manera durante unos segundos. Luego no habría próxima vez, así que era mejor para él mismo que disfrutara al cien por ciento aquel último abrazo íntimo.
—Voy a mojar toda tu cama—le comentó Yuta en un momento.
—No importa—contestó Yuki, porque, en realidad, ¿qué importaba todo lo demás?
Luego de un breve intervalo de silencio, Yuta volvió a insistir.
— ¿Ya se te ha ocurrido algo?
— ¿Vas a salir con Takahashi?—preguntó repentinamente, y después se dio cuenta de que no había sido el momento indicado.
Odiaba esa parte de sí mismo que parecía quererlo escuchar hablar sin parar, simplemente diciendo sin frenos cada pensamiento que había pasado por su mente desde que empezó a sufrir por su amor por Yuta.
Tragó con fuerza. Esperar la respuesta parecía eterno.
—No quiero—admitió Yuta, y Yuki lo sintió reforzando el abrazo en su cuerpo, escondiendo su rostro en su cuello.
Yuki había notado que era de ese tipo de personas que inevitablemente tienden a auto-torturarse. La pregunta que había hecho era un claro ejemplo. Se dio cuenta de que si la respuesta de Yuta hubiese sido una afirmación, él habría estado destruido.
Aunque agradeció en su fuero interno que la respuesta hubiese sido distinta a su previa expectativa, no pudo evitar sentirse extraño. No sabía si creerle o no a Yuta. Probablemente, éste simplemente le estaba mintiendo para que no se adentraran en el tema, el cual había parecido tanto incomodarle en el pasado.
Incluso con ese pensamiento rondándole la cabeza, Yuki se limitó al silencio, creyendo que pedir más que esas palabras sería tentar a la suerte.
Se percató de que había algo que se sentía fuera de lugar. Tuvo el presentimiento de que había algo que no estaba notando, que estaba frente a él pero no lo lograba distinguir con claridad. Una sensación extraña se posó en su estómago, como si en el fondo, muy en el fondo, esa respuesta nuevamente hubiese hecho revivir a aquella esperanza que ya había muerto hace unos cuantos días.
En ese momento, sintió a las distintas e infinitas preguntas agarrotándose en sus cuerdas vocales, como si en cualquier momento fuesen a escaparse a borbotones. Sentía la necesidad de saber tantas cosas que Yuta no parecía estar dispuesto a aclarar. Sabía que sería en vano meterle más leña al fuego, además de que ésa no había sido su intención inicial.
Pensó en lo oportuna que había sido su desesperación. Había evaluado exigir explicaciones acerca de Takahashi como un deseo (lo cual podría haber sido muy extraño en otra pareja de hermanos, pero no en ellos), de manera que Yuta no pudiese negarse a contestar; sin embargo, al haberse olvidado de esa formalidad y haber ido directamente al grano, no lo había desperdiciado.
Se formó el silencio mientras que Yuki pensaba. Ambos seguían en la posición inicial del asunto. Yuki con sus piernas flexionadas y su cuerpo inclinado hacia adelante, abrazando a Yuta.
Recordó esos momentos en los cuales Yuta era el que se acercaba y él se limitaba a pelear esa lucha interna contra sí mismo. Puede que esos tiempos no hubiesen sido lejanos, pero Yuki los sentía de esa manera.
Una sensación de vacío que hace tiempo ya era gran conocida le había estado carcomiendo el corazón. Nuevamente ese dolor profundo y desgarrador había comenzado a hacer estragos con lo que lo conformaba. Tenía el presentimiento de que nuevamente caería en una gran depresión de la cual tal vez ya nunca saldría.
Si Yuta se enamoraba de alguien, él sufriría tanto.
Ése tres de junio sería la última vez que se dejaría vencer, se había prometido. Él no era frágil, tampoco se destacaba por su gran fuerza de voluntad, pero no era frágil. No tenía que permitir que ese dolor tan abrumador le venciera.
Ya era momento de aceptar que seguir con ese cuento del amor no tenía sentido. Cada vez que permitía que las acciones de Yuta lo afectaran, lo único que lograba era lastimarse a sí mismo. Reiteradas veces, incansables y eternas.
No era masoquista, no le gustaba el dolor. Lo odiaba desde lo más profundo de su ser, lo había experimentado tantas veces que esa resignación que lo había hecho acostumbrarse había empezado a causarle asco de sí mismo, como quien se ve al espejo durante la mañana y se encuentra con que los años pasaron y todo sigue igual.
Él no podía permitirse incurrir en el error de dejar al tiempo pasar y mantenerse estático, viendo cómo su propia vida se desplomaba frente a sus ojos.
Eso se había dicho, pero, al tener a Yuta tan cerca, sentía a todas sus convicciones desvanecerse.
¿En verdad podría renunciar completamente a él?
—No sé qué más pedir—se rindió Yuki—. Podríamos hacer que uno quede sin usar, después de todo, no lo necesito.
Sabía que no podría expresar en palabras lo que en realidad quería, así que ya no valía la pena seguir con eso. Una cosa era pedir un abrazo, lo cual había sido algo común entre ellos, y otra cosa muy diferente era un beso en la mejilla. Aunque parecía estúpido, Yuki sentía que la vergüenza iba a poder vencerlo en esa ocasión.
—Guárdalo para después—contestó Yuta casualmente—. No es como si no hubieses cumplido con tu parte del trato, digo, no te acercaste a ninguna chica.
Yuki se relajó en la posición que había adoptado, con el rostro escondido en el cuello de Yuta. Le había encantado que Yuta le diese la oportunidad de pedir un deseo una vez más, porque así podría permitirse acercarse de nuevo, y ese no tendría por qué ser el último encuentro cercano. Podía permitirse un poco de Yuta de vez en cuando, para no extrañarlo demasiado, algo así como pequeños premios por su buen comportamiento, y luego volvería a alejarse.
Incluso con esa certeza, no quiso despegarse. Como esta vez seriamente intentaría alejarse y olvidar a su hermano gemelo, no debía desperdiciar ese momento que sabía que luego terminaría extrañando.
— ¿Lo hice bien?—inquirió, solamente para poder sentir cercanas a las vibraciones de las cuerdas vocales de Yuta.
Sin embargo, Yuta se limitó a asentir en silencio, con un leve gemido de aceptación, pareciendo abstraído en cualquier otro pensamiento. Yuki entonces se permitió hacer lo mismo, cerró los ojos y respiró profundamente.
Lo único que quería en ese momento era dormir junto a Yuta por última vez, antes de rendirse totalmente.
Yuta comenzó a acariciarle los cabellos, logrando que Yuki se sumiera en un escalofrío placentero que lo hizo sentir embriagado de sensaciones agridulces. Entreabrió levemente los ojos mientras que se acomodaba junto a Yuta, abandonando la posición que había tenido sobre él. Se echó de costado, de frente a Yuta, y ocultó su rostro en su pecho. Yuta lo rodeó con brazos cálidos, al tiempo que parecía moldarse a su cuerpo.
Se entretuvo escuchando los latidos de un corazón inalcanzable, hasta que la aterciopelada voz volvió a escucharse.
—Tendría que bañarme—dijo.
Y Yuki se aferró con más fuerza, pidiéndole tácitamente que se quedara con él aunque luego eso les llegase a causar problemas.
—Y los perros… siguen encerrados en el baño.
—Sólo un poco más—susurró Yuki, reacio a que ese calor tan acogedor desapareciera.
—Voy a resfriarme—continuó Yuta, ignorando sus plegarias.
Eso le causó culpa, porque si había algo que odiaba era hacerle mal a Yuta. La vocecita molesta siguió repitiéndole que no soltara a Yuta hasta que, reticentemente, soltó el cuerpo de su hermano, permitiendo que éste se sentara lentamente. Yuta salió de la cama sin pensarlo dos veces.
Buscó las ropas que usaría, y finalmente tomó el pomo de la puerta del baño. Yuki lo observó desde la cama en la cual aún seguía acostado.
—Vuelvo en un segundo—dijo Yuta, pero Yuki sabía que no iba a volver.
