Cien años pasan muy rápido.
Habría jurado que le amaría para siempre.
Si tuviera que elegir una palabra para describir los sentimientos que había tenido por Jean-Jacques Leroy, Yuri Plisetsky diría "tormentosos".
En su momento, habría estado más que dispuesto a soportarlos eternamente, sin importar el dolor que viniesen con ellos. Pero no soportaba la idea de perderle de vista, aún si eso implicase tener que toparse cada dos por tres con una nueva fotografía del canadiense siendo cariñoso con cualquier chica.
Pero Yuri no tenía derecho a reclamar absolutamente nada.
Después de todo… No somos nada.
Se decían "te amo", pero no tenían contacto durante más de cuatro meses. Y no pasaba de ahí: Si alguien les preguntase cuál era su relación, ninguno diría jamás "pareja".
Y vaya que Yuri deseaba decirlo. Con todas sus fuerzas. Gritarlo a cualquiera dispuesto a escucharle, y también a quien no.
Pero no se atrevía a hacerlo mientras el mayor no lo dijera.
¿Lo peor? El tampoco se atrevía a preguntar "¿qué somos?". Porque tenía miedo a la respuesta. Terror que se transformaba en sumisión, en comprender todo y no quejarse de nada.
En evitar molestar al otro con mensajes o llamadas ocasionales.
En creer que eventualmente estarían juntos pese a todo lo que Yuri catalogaba mentalmente de "injusto".
Porque sí, le parecía injusto no recibir felicitaciones en su cumpleaños o en San Valentín. Muchas veces ni siquiera en Año Nuevo, cuando él podría desvivirse escribiendo mensajes de tamaño kilométrico al otro.
…Incluso pese a que en Rusia no celebraban la navidad, nunca fallaba en mandar al canadiense un mensaje en esa fecha.
Si tenía suerte, recibiría un mensaje de tres renglones. Cuando no, "gracias" y algunos cuantos emoticones.
Estúpidos emoticones.
Pero no alzaría la voz. Nunca. Ni en las escasas conversaciones telefónicas que tenían, siempre iniciadas por el menor de los dos.
Respondería "te amo" si el otro lo decía primero, o buscaría maneras de recordarle que estaría esperando por él siempre.
Esos momentos eran su escasa felicidad. JJ siempre era dulce cuando sólo tenían sus voces para comunicarse: Pronto estaremos juntos. Iré a verte. Te amo. Eres el único a quien amo. Te seré fiel por siempre. No puedo amar a nadie más. Eres la primera persona de quien me he enamorado.
Quiero vivir contigo.
Yuri no podía más que creer en esas palabras que resonaban durante días en sus oídos, hasta que como una droga, el efecto pasaba y quedaba sintiéndose miserable.
Extrañando al otro. Anhelando su presencia, envidiando a las parejas que veía pasar por las calles.
El ruso era consciente de los sentimientos negativos que iban creciendo a la par del amor que juraba profesar por el canadiense. A veces sentía miedo, a veces se sorprendía de sí mismo.
A veces simplemente se dejaba consumir.
Pero estaba dispuesto a cualquier cosa, si era por JJ.
Aunque de vez en cuando un pensamiento intruso cruzase su mente con la intención de poner a prueba su determinación.
¿De verdad es amor?
El tiempo seguía corriendo, y Yuri seguía esperando que las promesas se vieran cumplidas. Pero nunca se les había asignado una fecha límite, así que bien podrían volverse realidad al día siguiente o en un siglo después.
Parecía que JJ tenía toda la intención de cumplirlas dentro de dos siglos.
El dolor era cada vez más difícil de soportar, puesto que las conversaciones se volvieron todavía más escasas.
"Perdón, tengo entrenamiento".
"Yo también tengo" hubiera querido responder. Pero se mordía el labio y decía "vale, yo comprendo".
Se volvió más manso que un gato doméstico.
Estaba a milímetros de transformarse más bien en un perrito faldero.
Y probablemente lo habría consentido, si no hubiera sido por un nuevo encuentro.
Cuando Yuri finalmente abrió los ojos, comenzó a odiar aquello en que se había convertido. Se había modificado para transformarse en alguien que gustase a JJ, sin éxito hasta donde él podía decirlo.
Y entonces, comenzó a generar rencor. Molestia hacia una persona que en otra época había jurado amar hasta el fin de los tiempos.
¿Quién diría que una "eternidad" pasaría tan pronto?
Afortunadamente, no pasó mucho tiempo hundiéndose más ahí. Un joven kazajo le extendió la mano, y si bien dubitativo al principio, el ruso decidió aceptarla.
Con ello, también aceptó a la versión de sí mismo que creyó fabricada únicamente para el bien de JJ. Dejó de odiarse.
Comenzó a amar de verdad, comenzando por sí mismo.
Y un día, se atrevió a llamar a JJ.
– Tu voz suena más alegre.
Yuri sonrió. En efecto, él se sentía más alegre. – Me siento más alegre.
– ¿Qué ha pasado?
Inhaló y exhaló antes de responder. – He roto nuestra promesa. – Silencio. Sonrió con tristeza. Seguro ni la recuerda. – Me he enamorado de alguien más.
Sorprendentemente, la voz ajena sonó alegre cuando después de unos segundos volvió a hablar. – Y, ¿cómo te va con eso?
A Yuri no le sorprendió. – Somos amigos, y con eso me basta.
– Ojalá y te vaya bien. – El rubio creyó percibir un tinte de dolor en la voz de su interlocutor, y su "yo" que siempre amaría a JJ se agitó en su interior.
Pero su "yo" actual sólo pudo sonreír con nostalgia. Ya no podía odiarse, puesto que todo aquello le había transformado en quien era en ese momento. – Gracias.
Tras unos instantes, en su oído sólo sonaba el timbre que indicaba el final de una llamada.
En otra época, esa duda habría sido suficiente para detenerme.
– ¿Yura? ¿Todo en orden?
Otabek se había aproximado a él por detrás, por lo que el aludido dio un brinco de sorpresa, antes de voltear hacia su amigo y sonreír desde el fondo de su corazón.
– Está perfecto. – Guardó el móvil en su bolsillo, y se colgó del brazo del kazajo mientras sonreía. – ¡Vamos por pirozhkis!
Otabek correspondió a la sonrisa. – Eres tan consentido como un gato.
– ¿Tienes algún problema con eso? – Falso tono de molestia y reto, que sabía sería respondido con una risa.
– Claro que no. Aunque me recuerdas más a un tigre.
Yuri sonrió, de una manera que años atrás nunca se hubiera imaginado capaz.
10 años después.
Cuando Yuri Plisetsky vio en la distancia a Jean Jacques Leroy, tuvo ganas de llorar, por la simple razón de que iba en compañía de una hermosa mujer.
Sin embargo, las lágrimas que buscaban salir desesperadamente no eran ocasionadas por la tristeza.
Estaban compuestas totalmente de alegría.
Acomodó su mano, que iba entrelazada a la de Otabek, e impregnó su caminar de decisión mientras continuaba su camino, ruta que inevitablemente debería cruzarse con la pareja contraria.
Cuando esto sucedió, JJ y Yuri se detuvieron para mirarse fijamente durante un breve segundo.
Después, el mayor habló.
– Oh, Isabella, hay que ser corteses. Dejemos pasar primero a la señorita. – Sonrisa desdeñosa, deje de burla.
Yuri correspondió, imitando el acento burlón. – Quita de en medio, idiota.
Para sus acompañantes, el intercambio lució agresivo. Pero ellos, que a pesar de todo, aún podían leer los ojos ajenos, comprendieron el mensaje disfrazado bajo las palabras ofensivas.
Gracias. Por ser feliz, y por enseñarme a ser dichoso también.
