Capítulo corto y aburrido. Una conversación que debía tener lugar y poco más. Para los que quieran saber qué pasa con Sokko y con Kirino, qué piensa Shindou sobre la unión entre el alma y el cuerpo (o sobre Sokko, por no mentir), qué demonios ha ocurrido con nuestro capitán de hierro favorito and finish. Nos vemos en el epílogo la semana que viene; cuyos invitados especiales son (respiración contenida. Resoplido de risa) Kirino Ranmaru y Takuto Shindou.

Enjoy.


Explicaciones y deslices gatunos.

Kurama esperó a que Kirino entrara en su habitación con sendos vasos de café helado para deshacerse en un aluvión de preguntas. Nam jugueteaba con los cordones de unas deportivas beige del chico, al que no parecía molestarle. La cola engrifada asomaba bajo la cama, moviéndose como un péndulo. Era un gato atigrado y bien alimentado, aunque a Shindou no acababa de gustarle. No era por nada en especial, se trataba de que a él los animales le ponían nervioso. Kurama se lo había explicado un mes atrás. "Cuando algo nos incomoda o nos causa rechazo desprendemos una hormona en pequeñas cantidades (a Kirino se le había olvidado el nombre de la hormona en cuestión). Los mamíferos son capaces de olerla y en cierta forma, de interpretarla. La particularidad de los gatos respecto a ella es que la interpretan al revés. En otras palabras, un gato siempre sentirá atracción hacia una persona a la que no le gusten los gatos, ¿me sigues?"

A veces era divertido, porque a Kirino le encantaba la cara de dos metros que ponía Shindou cuando Nam se estiraba sobre su regazo y bostezaba, enseñando los colmillos.

Pero ese día Shindou estaba en el hospital, y lo que menos le apetecía era reírse de él.

— ¿Cómo está?—atinó a decir Kurama.

La noticia de que Takuto Shindou había salido del vestuario del Mannouzaka con los pies por delante había causado mayor revuelo que el siete a cuatro del Raimon. En vista de que Kirino parecía el único incapaz de tranquilizarse y el único capaz de rajarle el cuello al conductor de la ambulancia si no lo dejaban subir, fue también el único chico del equipo al que le permitieron acompañar a Shindou. El entrenador Kudou le pidió a Haruna que llamara al Raimon y pidiera un número a nombre de los padres del chico para comunicarles lo que había sucedido y proporcionarles los detalles que necesitaran saber.

—Está bien. Se despertó un rato antes de que yo me fuera y me preguntó dónde estaba.

—Típico—opinó Kurama.

—Sus constantes vitales están bien, y seguramente le den el alta dentro de un par de horas—conjeturó Kirino. Su casa situada en un primero estaba casi a oscuras, y eso que eran solo las seis de la tarde.

— ¿Y ya saben qué le ocurrió para que se desmayara?—indagó el chico. Menudo susto se habían llevado. Si Shindou era portador de alguna patología importante lo mejor era que lo supieran ya, junto a sus causas, sus efectos y sus puntualizaciones a tener en cuenta. Le daría algo a él también si el episodio se repitiera.

—Sí—respondió—. Resulta que Shindou es claustrofóbico—se sentía fatal por ir a enterarse de algo tan simbólico justo a esas alturas de su vida. Aunque tampoco se imaginaba bajo qué circunstancias podría Shindou haberle revelado su rechazo a los espacios cerrados.

Kurama clavó la mirada en los dos cubitos de hielo flotantes en su taza de café.

—Vaya… me siento un poco idiota. ¿Qué clase de salvajes encierran a un claustrofóbico en una taquilla?—resopló. Nam saltó sobre la cama y estiró una pata.

—Ah, no. Si te vas a acicalar lo haces en el suelo—lo regañó Kirino, cogiéndolo de cualquier manera y depositándolo en la moqueta otra vez. Nam lo miró con mala cara—. Kurama, nosotros no podíamos saberlo.

—Ya, pero eso no quita que me sienta culpable.

—Lo sé. A mí también me pasa. Cuando íbamos de camino al hospital no podía sacarle la vista de encima. Estaba tan rígido y tan pálido…—se mordió los labios—cuando quise darme cuenta…

No continuó, pero el vidrio en sus irises turquesas dejó boquiabierto a su interlocutor.

— ¿Te echaste a llorar?—cuestionó Kurama, sorprendido.

—No pude evitarlo—puso como pretexto—. Me repetía a mí mismo que seguramente no era nada serio, que Shindou despertaría nada más bajarlo de la ambulancia o quizá antes, pero a veces dejaba cundir el pánico y me ponía en lo peor. Era una sensación espantosa.

—Ya… escucha; dentro de un rato le mandamos un mensaje a la vasca y quedamos todos a la salida del hospital para hacer bulla.

Kirino sorbió un poco de su taza.

— ¿Crees que es una buena idea? Shindou necesita descansar.

— ¿Qué va a necesitar descansar? Nos necesita a nosotros, que para eso es el capitán—razonó Kurama—. Gelizia está solo a dos cuadras del hospital. Seguro que conseguimos convencer a los padres de que se venga un rato con nosotros. Le sentará mejor que quedarse en casa sin hacer nada.

Kirino lo meditó un momento, no sin pensar en que Shindou tenía que leerse las cláusulas en letra pequeña de contratos como los que lo investían de capitán más a menudo. Una repentina punzada de orgullo lo alumbró por dentro. Decidió no ahondar mucho en la posible reacción que bailaría en el rostro de la madre de Shindou cuando este le pidiera porfavorporfavorsísimo ir a tomar un helado con los mismos chicos que lo habían mandado de cabeza y sin casco al hospital.

—Bueno… pero si queremos coordinación deberíamos mandárselo ya—dijo por fin. Se sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta de chándal y Kurama se lo pensó mejor.

—Kirino, ¿les puedes mandar un whatsapp? Es que así me ahorro un pico en saldo—explicó rascándose la cabeza. El idiota de Minamisawa había abusado de sus mensajes la semana pasada, y su madre no le recargaría el móvil hasta el uno de marzo. Todos excepto él tenían un móvil medio decente, con tarifas de internet o WiFi atrayentes, pero al menos podía alardear de que el suyo era inmortal. Una vez se le había caído en un charco de barro y no le había pasado nada.

—Estoy en ello. Oye, ¿crees que Minamisawa podrá venir? Él tampoco está lo que se dice en plena forma.

—Claro que puede venir. Además, me muero por ver como intenta pavonearse como si fuera Míster Universo con muletas.

Kirino sonrió y le dio a enviar.

—Y yo pensando que estabas preocupado por él.

—Y lo estoy, pero si se da cuenta seguro que se me sube a las barbas y me pierde el respeto. Tengo que actuar como siempre—asintió Kurama—. Hablé con él antes, cuando fui a casa a comer. Me dijo que al final el reposo se queda en cuatro días, pero tiene que ser total.

Kirino iba a decir que obligar a caminar a alguien que necesita reposo total durante cuatro días no compilaba, pero se lo pensó mejor.

—Me alegro por él. Tendremos que mimarlo un poco para que se recupere pronto, así que ya sabes, nada de peleas.

— ¿Cómo que mimarlo? ¡Y además, el que empieza siempre es él!—refunfuñó Kurama.

—Pues mimarlo, de tratarle bien y hacerle mimos. Y sois los dos.

Kurama arrugó la nariz y algo en su expresión pareció gritar que prefería ir a jugar a mamás y papás con Isazaki y Mitsuyoshi y hacer de perro antes que hacerle mimos a Minamisawa.

—Ya, seguro. Oye, ¿y tú has vuelto a hablar con Sokko?

Kirino tragó saliva.

—Claro. Más de lo que hablábamos antes de… bueno, de besarnos. Pero es como si no hubiera pasado nada, ¿sabes?

Con eso Kirino pretendía darle a entender que le maravillaba la sencillez de todo aquello. Que Sokko se había acercado a él de manera curiosa (no del todo ortodoxa, pero vaya) y ya está. Que le alegraba empezar a poder contar con Sokko como amigo (tíoKirinocolegahermanazo, tío) porque, francamente, los chicos como Sokko no solían ser amigos de los chicos como Kirino.

Kurama soltó una carcajada.

—Es que os entendéis sin palabras.

Kirino cogió su almohada y le atizó en la cara con ella, deseando que dejara de reírse y de paso, de respirar.

—En realidad no sé por qué dejé que sucediera. No es que me arrepienta, pero tampoco es algo que quiera repetir—suspiró dejando la almohada en su sitio. Sokko se había sentado a comer con ellos (ellos = Shindou y él) el viernes anterior. El sábado habían quedado (ellos = Sokko y él) para ir a la biblioteca a trabajar en una práctica de Economía que se entregaba ese lunes y que Shindou tenía hecha desde antes de nacer ("Shindou ya la terminado, pero podemos ir nosotros y buscarnos la vida. No puede ser tan difícil." "Tienes razón, pero dile que se venga de todas formas y así adelanta algo que tenga pendiente"). Naturalmente, Kirino no se lo dijo. No por nada en especial, se trataba de que al igual que los Mentos y la Coca-Cola, había cosas que no valía la pena mezclar. A no ser que fueras temerariamente estúpido, o estúpido a secas. Y por las referencias a Sokko de boca de Shindou que había oído después del almuerzo cuando el chico se había despedido de ellos para irse a jugar al baloncesto con Hamano ("Baloncesto, pst. No me lo esperaba de Hamano"), Kirino podía deducir, no sin cierta aprensión, que en algún lapsus comprendido entre el martes y el mediodía del viernes Takuto Shindou había decidido que no terminaba de tragar a Sokko. Acabaría siendo mutuo, claro, pero él no estaría ahí para verlo, o al menos haría todo lo posible por esquivar la situación. Lo peor es que Shindou le diría "estás paranoico, Ranmaru", y se quedaría tan fresco.

De perdidos al río; si Kirino quería que Shindou respetara su privacidad tendría que predicar con el ejemplo. Ya le contaría Shindou el porqué de todo ese cóctel de rencor frío y repentino.

Kurama dejó de reírse y apuró su café.

Lo entendía. Claro que Kirino tenía sus ideas puestas en orden alfabético y con papeletas de colores y sabía lo que quería, o al menos, lo que no quería. ¿Qué quería él? ¿Debería hacer como que no había pasado nada, igual que Kirino? Pero no. Había sucedido dos veces, y podía haber una tercera. Además, Sokko y Kirino eran compañeros, no habían perdido nada. Ser compañeros los obligaba a estar en el mismo sitio con el mismo fin, y eso era todo. Incluso parecía que habían ganado, a juzgar por el color crema en la tez de Kirino. Pero Minamisawa y él eran amigos.

Menuda situación.

— ¿Estás bien, Kurama?—lo interrumpió Kirino, sacándolo de sus cavilaciones.

—No lo sé.

Kirino era su amigo, ¿no? Se suponía que tenía más experiencia que él en esos campos, aunque fuese unas décimas más.

— ¿No lo sabes?—insistió.

—No, quiero decir… sí. Pero es un algo un poco… enmarañado. Sí, enmarañado. No lo decimos tanto como deberíamos; "en-ma-ra-ña-do".

— ¿Vas a decírmelo bien o voy a tener que echarte las cartas?

—Yo también he besado a alguien—soltó. Bien, la parte fácil ya estaba dicha. "Vamos Kurama, tú puedes. ¿Eres un valiente o no?"

— ¿Tú? ¿A quién?—preguntó Kirino, inmóvil como una estatua.

Kurama tanteó la posibilidad de jugar al quién es quién con Kirino, dándole pistas hasta que averiguara el nombre que era incapaz de proporcionarle, pero un par de ojos amarillos como pelotas de tenis tras su amigo le distrajeron de su propósito.

— ¡MAO!—gritó, señalando el alféizar de la ventana.

Kirino lo miró como si fuera el Rey Jóker de Mitsuyoshi.

—Kurama, sabes que puedes confiar en mí, no te me salgas por la tangente…

— ¡Que no joder! ¡Abre la ventana!—bramó dejando la taza vacía en el suelo.

Kirino se dio la vuelta y se topó con un gato negro encaramado a la cornisa de su ventana cerrada, la cual se apresuró a abrir. El gato lo escrutó breve pero intensamente y saltó dentro de su habitación sin esperar a ser invitado.

—Nunca lo había visto por aquí, ¿se habrá perdido?—se preguntó en voz alta, siguiendo al gato con la mirada. Un collar de cuero marrón rodeaba su cuello, etiquetándolo de doméstico. Para su impresión, correteó hasta los pies de Kurama y se echó sobre ellos, lamiéndose las patas delanteras—. Le caes bien.

Kurama tenía un tic en el ojo izquierdo, y cuando habló lo hizo con una voz cargada de retintín.

—No. Me odia. Si le cayese bien no me habría echado por fuera el pienso de su comedero esta mañana, no se habría afilado las uñas en mi mochila y sobre todo, ¡no me habría seguido hasta aquí!—estalló. Cogió al gato y se lo puso a la altura de la cara, mirándolo con fijeza—. ¿Qué te he hecho yo para merecer esto?

En respuesta, el gato le lamió el puente de la nariz y Kurama lo soltó, masajeándose las sienes. Nam se acercó a él, olfateándolo.

— ¿Me he perdido algo?—preguntó Kirino.

—Es Mao. Verás…

—Me imagino, me imagino. Pero no te vayas por las ramas. Cuéntame, ¿a quién besaste? ¿La conozco?—inquirió zarandeándolo.

—Lo conoces—afirmó Kurama, desasiéndose de su agarre. La primicia se acercaba a pasos agigantados. Kirino parpadeó sin poder creérselo.

— ¿Lo? ¿LO? ¡Kurama! Eso quiere decir que…—no pudo terminar la frase.

No puede ser, no puede ser. Nopuedeser. Es Kurama, no puede ser.

—Sí, sí. Cállate y piensa, que como te pongas en plan marujona no te lo digo—masculló el chico. Kirino se obligó a mantener la calma. Aquello era un trapo sucio de los gordos.

—A ver… ¿está en el Raimon?—cuestionó.

—Por descontado.

—Vale… ¿es alguien de primero?

Kurama pensó que se estaba haciendo el tonto. Estuvo a punto de recular y decirle que era una broma.

—No. Es de segundo.

Kirino no podía más. Los únicos chicos que conocía de segundo eran…

"¿Kirino, por qué eres así?" "¿Así cómo, Shindou?" "Tan… tan como tú." "No estás pensando en que es evidente. Porque ese como tú es de todo menos eso."

Y sin embargo, Kirino no podía evitar el cosquilleo en la boca del estómago antes de que le fuera revelado algo como aquello. Algo como el nombre del chico al que Kurama Norihito había besado, y que era inaudito (más) porque Kirino lo conocía. Y un chisme de esas magnitudes siempre cobra un plus de dios, júramelo Kurama, no puede ser diosdiosdios cuando uno conocía a las dos partes protagonistas.

— ¿Está en el equipo?

Era aquel, justo el segmento temporal antes de que el otro confesara la verdad y nada más que la verdad el que lo hacía sentir como un globo sin anudar, justo antes de emprender un trayecto dominado por espirales desiguales y ascendentes.

— ¿En serio? ¿Te lo han dicho o lo has adivinado tú solito? —espetó Kurama con hartazgo. La barriga le dolía horrores y se le estaba formando un nudo en la garganta compuesto de materia viva.

Y como todo globo que se queda sin aire y la boquilla llena de babas, luego caía en picado.

—Oh dios, ¡te has enrollado con Amagi!—saltó Kirino. Kurama lo miró de hito en hito y se abalanzó sobre él, dispuesto a arrancarle las coletas de cuajo.

— ¡¿Pero qué dices?! ¡¿En qué dimensión dantesca y oscura me enrollaría yo con Amagi?!

— ¡Pero si pegáis mucho! ¡Ahora ya entiendo ese afán tuyo por robarle los pantalones!—lo acusó Kirino, aguantándose la risa. No es como si esperara que fuera Amagi, pero dios, es que no puede ser. Ene-O. El día en que muriese recordaría ese momento.

— ¡Para lo único que querría yo sus pantalones sería para hacerme un paracaídas, so memo!

— ¡Qué mala persona!

— ¡Que no! ¡Me has obligado a decirlo!

— ¡¿Ves?! ¡Lo estás admitiendo!

— ¡No me refiero a eso!

— ¿Ah, no?

— ¡QUE NO! ¡¿CÓMO VA A FIJARSE NADIE EN AMAGI TENIENDO A MINAMISAWA AL LADO?!

Nada más terminar de hablar retrocedió como si el brazo de Kirino quemase y se tapó la boca, deseando haberla podido cerrar con una cremallera hasta el fin de sus días. Tuvo la mala suerte de calcular mal y caerse de la cama abajo. Tendido en el suelo, se quedó quieto y con la vista nublada, esperando a que un par de manos lo arrastraran al universo estrambótico existente bajo las camas o a que Mao le mordiera la nariz. Pero su gata había desaparecido y lo único que sucedió fue que Kirino se asomó con el pelo hecho un asco y lo miró, casi sin poder contenerse. Se miraron durante dos segundos exactos y el chico canturreó:

— Vaya, vaya, VAYA. Parece que a alguien no le desagrada mucho la idea de hacerle mimos a Minamisawa, después de todo. All you need is love, all you need is lo…!—Kurama le agarró de la pechera de la camisa y lo tiró al suelo sin medir su fuerza. Maldito Kirino. Maldita la hora en la que decidió confiar en aquel imbécil con maneras de tertuliana del corazón.

— ¡Cierra el pico!—atinó a decir, procurando no mirarle a la cara a toda costa.

—Pero Kurama, es que es un súper notición, ¿cómo esperabas que reaccionase?—inquirió el chico—. Es que ponte en mi lugar, imagínate que voy y te digo, no sé…

No se esperaba, de verdad que no, que Kurama acabara la frase diciendo, precisamente diciendo:

—Kurama, no te lo vas a creer, o seaaaaa, tío, que Shindou me ha dado lo mío y lo de siete más… súper fuerte…

Kirino y él guardaron silencio un momento.

— ¿Por qué la gente piensa esas cosas?—le preguntó sin entender. Hasta Kurama se lo había echado en cara. El asunto podía adquirir carices extremadamente peliagudos si hasta sus amigos empezaban a bromear con el tema.

—Pues… no lo sé. ¿Por qué lloraste por Shindou en la ambulancia?

—Porque es mi amigo—dijo con total convicción.

—Ya. ¿Habrías llorado por mí?—increpó alzando las cejas.

Kirino se aguantó la risa por muy poco. Menos mal que no le había preguntado "¿Si me muriera mañana, qué me dirías hoy?", "Hola Kurama, ¿me prestas cien mil yenes? Te los devuelvo mañana." Pero no. Iba completamente en serio, al parecer.

Kirino tendría que ponerse serio. Se tomó su tiempo.

—Yo… no lo sé. Hasta que no te ves envuelto en la situación no sabes… lo que quiero decir es que si Shindou estuviera aquí preguntándome cómo me comportaría si se desmayara por cualquier cosa y tuvieran que trasladarlo en ambulancia al hospital no le diría que lo que haría sería llorar. No suena muy alentador, ¿no?—evidenció Kirino. A él le parecía de lo más razonable.

—Supongo que no. Pero quitando eso, ¿habrías amenazado a los médicos de urgencia con comerte a su primogénito si hubieran tenido que llevarse a cualquier otra persona?

—Te digo que no lo sé. Tú y Shindou sois mis amigos y al que se han llevado al hospital es a él, no a ti. Si hubiera sido el caso no sé si habría llorado o no.

—Bueno, míralo de esta forma; Shindou también es amigo de Ichino y de Sangoku, y el único que armó el cirio hoy fuiste tú.

Kirino resopló, contrariado.

—Bueno, pero por esa regla de tres, si Isazaki me hubiera lesionado a mí; ¿te habrías puesto en plan Terminator igual que como hiciste con Minamisawa?

Kurama le respondió a su vez.

—Seguro—y añadió—, Shindou no sabe cogerse nervios—como si ese hecho justificara que Kurama tuviera que suplir su falta de agresividad.

—Querrás decir que no es un bruto como tú.

—No soy bruto, le doy rienda suelta a mis emociones—se defendió—. A Shindou le pegaría más acompañarte al banquillo y aplicarte los primeros auxilios. Casi puedo verlo.

Sonrió con elocuencia.

— ¿Lo ves? Es una conexión excepcional, Shindou es mi mejor amigo y yo soy el suyo, y somos capaces de hacer lo mismo el uno por el otro. También te quiero a ti, a Hayami y al resto de los chicos, pero Shindou es especial—intentó hacerse entender, gesticulando con las manos—. La misma conexión que te impulsa a plantarle cara al árbitro y a acompañar a tu mejor amigo al banquillo.

—Ya. Genial. No te apoyes mucho en ese argumento, porque si crees que la "conexión"—dijo con los ojos en blanco, escéptico— que tenemos Minamisawa y yo es la misma que existe entre tú y Shindou os acabaréis enrollando tarde o temprano. He ahí el porqué de las habladurías de la gente. Al menos el pijales y yo estamos todo el día como el perro y el gato.

—Los que se pelean se desean—recitó Kirino con malignidad.

Kurama sonrió, triunfal. Había caído en la trampa.

—Y los que no, se morrean—sentenció levantándose del suelo y atusándose la ropa. Kirino se quedó ensimismado unos instantes y también se puso en pie—. Pero diga lo que diga la gente, tú, Shindou y el resto del equipo sabemos cómo es vuestra relación realmente. Tienes que conformarte con eso, porque cuando se trata de chismes es muy difícil que la gente cambie de opinión. Es mucho más morboso pensar que hay tensión sexual entre el defensa y el Capitán del equipo de fútbol del Raimon a que lo único que se toca en casa del segundo es el piano, las tazas de té y los cuadernos del colegio, ¿me sigues?

Kirino cesó en su búsqueda de musarañas por el techo de su habitación y lo miró como si se hubiera vuelto loco. De psiquiátrico.

—Es una idea horrible. Horrible de verdad—subrayó con la voz tomada.

Kurama tuvo otra idea, (muy fugaz) que se esfumó nada más tomar forma. ¿Debería contarle a Kirino lo de Hamano y Hayami? No es asunto tuyo. Ellos ni siquiera saben que lo sabes. Así que en lugar de darle voz a sus pensamientos replicó con pesadumbre:

—Yo pienso más o menos lo mismo. Por cierto, ¿dónde está Mao?—quiso saber.

Hacía rato que no la veía. El zumbido de un mal presentimiento le taladró el oído.

—Se habrá ido con Nam por ahí. Una vez le trajimos otro macho para que no se sintiera tan solo… si es que un gato se puede sentir así. Pero la cosa no cuajó y lo tuvimos que devolver a la protectora. Es raro que con el tuyo se lleve bien. Deberías traerlo más a menudo.

Oh, oh.

— ¿El mío? ¿Traerlo? Kirino, Mao es una hembra.

El rostro de Kirino era la viva imagen de la confusión.

— ¿C-cómo? ¿Mao no es un macho?

—No. Kirino Ranmaru, no me digas que…

— ¿Mao está operada?

—No, ¿y Nam está castrado?

—No. No teníamos pensado tener crías ni meter a una hembra en casa, así que no había por qué…

Pero Kurama ya había salido de la habitación como un bólido y recorría con el corazón en un puño la casa vacía a excepción de los gatos, Kirino y él. Sus padres habían salido, y sus hermanas… Un momento. Un ruidito bajo la mesa del salón lo alertó. Se agachó y lo que vio desencadenó el apoteosis del año 2010.

— ¡ME CAGO EN LA HOSTIA! ¡A MI MAO, Y EN LA PRIMERA CITA!—rugió levantando a Nam por el rabo, separándolo cual ventosa de Mao, halagada por presenciar un combate entre machos que se peleaban por su felinidad. Nam parecía más inclinado a salir por patas de allí, pero el chico se lo estaba poniendo difícil. Sus uñas operadas no le servían de nada.

— ¡KURAMA! ¡SUELTA A NAM, LO VAS A ASFIXIAR!

— ¡ESA ES LA INTENCIÓN! ¡VOY A HACER UN FELPUDO CONTIGO, GATO BASTARDO!

— ¡ES CULPA TUYA POR TRAÉRTELA A SABIENDAS DE QUE NAM ERA MACHO!

— ¡¿TE PARECE A TI QUE ME LA HE TRAÍDO?! ¡COMO SE QUEDE PREÑADA TE VAS A ENTERAR; O ME PASAS UNA PENSIÓN ALIMENTICIA POR LOS MINIMONSTRUOS O VENDO AL CLUB DE PERIODISMO LAS FOTOS DE SHINDOU Y TÚ DE LA MANO EN LA GUARDERÍA!

— ¡¿SERÍAS CAPAZ?!

— ¡COMO QUE ME LLAMO KURAMA NORIHITO!

— ¡HAZ EL FAVOR DE SOLTARLO O TE LAS VERÁS CONMIGO!

— ¡ME MUERO POR VER COMO ME SACAS LAS UÑAS, LADY PINK!

— ¡¿CÓMO ME HAS LLAMADO?!—chilló apretando los puños y clavándose las uñas en las palmas.

— ¡SEÑORITA ROSA, PARA LOS QUE SON CORTOS DE MENTE!

El mando a distancia pasó rozándole los pelos de la coronilla a Kurama. Aquello era la guerra.

— ¡MIRA QUIÉN FUE A HABLAR DE SER CORTO! ¡SI MIDIERAS LO MISMO QUE UNA PERSONA NORMAL TE HABRÍA ATRAVESADO EL JEPETO, GNOMO DE JARDÍN!

Y se enzarzaron en una lucha encarnizada, mientras Mao se espatarraba en la alfombra bajo la mesa y pensaba en lo bien que le irían una sardinas para acompañar el espectáculo.


See you in the next week, keep calm and leave a review.