Disclaimer: Todavía siguen sin pertenecerme los personajes de Full Metal Alchemist... y eso va a seguir probablemente así siempre.
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¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. Y bueno, he aquí el epílogo de esta historia que espero les haya gustado. Como siempre, quiero agradecerles a todos los lectores que siguieron mi historia de principio a fin y particularmente a aquellos que se tomaron la molestia de hacerme saber su valiosa opinión. ¡Gracias! Sinceramente, a todos. Y ojalá este epílogo les guste también, aunque -por supueto- y si no es mucha molestia me gustaría saber qué les pareció. En fin, hoy voy a ser breve. Agradecimientos especiales al final del capítulo. ¡Nos vemos y besitos!
Pd: Probablemente estaré volviendo con 2 historias más, también RoyAi, que tengo ya en proceso pero por motivos de exámenes de la universidad no sé cuando podré empezar a subirlas. Sin embargo, intentaré que sea lo más pronto posible. Por si a alguien le interesa, por supuesto =).
Una bala por un beso
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Epílogo
—¿Qué es tan gracioso, teniente? —musitó serio, observándola de reojo sonreír calmamente. Muy calmamente. Y para Riza Hawkeye, eso era una risa. Una sonora carcajada, inclusive. Si no la conociera, podría haberlo malinterpretado, el pequeño gesto, pero ellos ya habían pasado demasiado tiempo atrás ese punto donde las palabras sobraban. Y no había duda alguna que se estaba riendo. A sus expensas, probablemente.
El semblante de ella continuó con su característica compostura. Sin embargo, y una vez más, la sonrisa quebró el equilibrio de su semblante —No es nada. Solo... que se ve fastidiado —replicó.
Él la miró de reojo y luego volvió la vista a la tumba delante suyo. Su semblante aún sin manifestar rastro alguno de humor. "Hughes Maes. 1885 – 1914". Ya es 1921... Otoño. Si, ya había pasado demasiado tiempo. Cinco años, para ser exactos, desde su muerte. Cuatro, desde el día prometido y dos años y un mes más desde que ellos habían ocurrido, cruzado los límites que ellos mismos se habían trazado, por primera vez. Y en el medio de todo ello, el mundo había continuado girando. El tiempo avanzando. Y, sin embargo, ella aún continuaba allí. A su lado –solo que un poco más cerca- como siempre lo hacía y como siempre lo había hecho. Siempre fiel, y siempre constante. Su única constante. Empujándolo a la cima, con todas sus fuerzas, como había hecho desde el inicio. Desde antes, incluso, que él mismo lo hubiera reconocido.
Y el que ella permaneciera allí, junto a él frente a la tumba de su mejor amigo, de pie y con su hombro rozando casi sutilmente el suyo era la prueba de ello. Ella no lo abandonaría. Sin importar cuantos pecados hubieran cometido y cuantos más –quizá- debieran cometer para garantizar la felicidad de las generaciones futuras no lo haría. No se apartaría de su lado, como él en tantas ocasiones había temido, y no se marcharía a pesar de las cargas que ambos cargaban. Estaban vivos, por encima de todo, y eso era todo lo que realmente importaba. Hacer algo con el tiempo que les quedaba.
Y eso era lo que estaban haciendo. Reconstruyendo Ishbal, poco a poco. Reviviendo su cultura y religión. E intentando erradicar el miedo irracional y la discriminación desde la posición que ambos tenían. Desde el interior de la milicia. Intentando ayudar, al menos, a enmendar lo que ellos mismos habían dañado. Roto. Aún cuando sabían que eso nunca sucedería, no realmente. La gente muerta nunca reviviría. Las personas fallecidas permanecían de esa forma y siempre lo harían. Los Elric habían debido pagar un alto precio para comprenderlo, y eso le había servido de lección a él también. La alquimia tenía un límite, pero él aún tenía intención de utilizarla para el bien de su gente. Cuando fuera Fuhrer... Algo que hubiera deseado que Hughes viera con sus propios ojos —Imagino que se estaría riendo de mi, teniente. ¿No lo cree?
Riza bajó la vista a la tumba y asintió, ambas manos tras su espalda —Eso imagino, si. General. Parecería probable, si pudiera serlo...
—Si... —murmuró Roy, en respuesta. De hecho, podía incluso imaginárselo. Tan vívidamente que le provocaba enviar una llamarada de alquimia a través del teléfono, si algo así tan solo fuera posible. Solo que no lo era, Maes no estaba vivo, y no estaban hablando por teléfono. Nunca más lo harían— Eso creo. Por cierto, ¿cómo se siente hoy teniente?
Ella lo observó de reojo, sus ojos caoba deteniéndose a examinar sus facciones. Su expresión. Aún lucía serio, pero más calmo —Bien, gracias por preguntar.
Roy cerró los ojos y asintió —Me pregunto qué haré cuando mi valiosa subordinada y habilidosa guardaespaldas no esté más conmigo.
Riza sonrió calmamente —Espero que no intentar encender fuego bajo la lluvia. Ya sabe que la humedad lo convierte en un inútil.
—No me lo recuerde, teniente. Por eso mismo formulé la pregunta anterior —señaló, exasperado. Realmente empezaba a creer que "inútil" se había convertido en su insulto favorito. Al menos hacia su persona.
Pero la expresión de ella se suavizó, así como su voz descendió unos decibeles hasta alcanzar el estatus de un susurro —Serán solo unos meses.
—Aún así... ¿Qué harás luego? —respondió, ladeando la cabeza ligeramente en su dirección. Riza solo permaneció inmóvil y erguida y suspiró. La escena le recordaba demasiado a la vez frente a la tumba de su propio padre, tanto que la incomodaba. Él siempre lo hacía lucir como si se tratara de una despedida —No tienes que preocuparte por eso, todavía. Aún puedo serte útil.
—No me refería a eso —masculló él. Y ella asintió, bajando ligeramente la cabeza.
—Lo sé.
—¿Te retirarás? —la sola idea le resultaba absolutamente ridícula. Así como le había resultado ridícula la idea de Havoc retirándose cuando había ocurrido el incidente con su parálisis. E incluso antes de formular la pregunta, Roy ya sabía la respuesta.
—No —no, claro que no. Pensó, con una sonrisa torcida. Lo había sabido—. Después de todo, dije que protegería a esa persona hasta que alcanzara su ansiado objetivo. Que sobreviviría, por esa persona que es importante para mi, para protegerla...
—¿Continuarás en la milicia? —Roy musitó, observándola de reojo y deteniéndose un instante a ver su ahora nuevamente larga cabellera dorada. Aún recordaba el día en que le había dado el privilegio de oír la verdadera razón por la que se lo había vuelto a cortar, en primer lugar. En vez de decirle simplemente que era más práctico de esa forma.
—Así es —sonrió con suavidad, bajando calmamente la mirada—. Es como dijiste... Para proteger a quienes son importantes para mi... Al menos, al menos quiero poder hacer eso... Para garantizarles un futuro mejor... a las siguientes generaciones. Eso es algo que podemos hacer, ¿cierto?
Roy alzó la mirada al cielo y asintió, no sin antes detenerse un segundo el perfil de ella. De su rostro, y de su cuerpo —Si. Aquellos de arriba velando por los que se encuentran debajo... Eso es incluso algo que los humanos podemos lograr —sonrió, mirando a la tumba—. ¿Verdad Hughes?
Si, aún lo recordaba. Ese día, un año y un mes atrás. Cuando le había preguntado por qué había vuelto a cortarse el cabello corto tras todo lo sucedido el día prometido. Por qué lo había hecho cuando le había costado tanto trabajo y tiempo dejárselo crecer. Tanto esfuerzo, por qué lo había hecho... Aunque, suponía, y probablemente con razón, que siempre había sabido la respuesta. Desde el inicio. Por eso no se había sorprendido al oírlo. No verdaderamente. Aún así, había querido escucharlo de sus propios labios.
—¿No le trae recuerdos, teniente? —había dicho, observando perezosamente por la ventanilla mientras ella era quien manejaba aquella vez. Como siempre, con absoluta dedicación.
Dejando entrever una pequeña sonrisa, Riza había asentido —Algo así, general. Aunque... Me pregunto si Edward-kun se sorprenderá de vernos...
Una sonrisa maliciosa había cruzado por un instante sus masculinas facciones —Eso espero —cuando se trataba de Edward, Roy era exactamente igual de infantil que el ex alquimista de Acero. O quizá más. Si, probablemente más, dado que era un adulto y se suponía que debía comportarse como tal. No, Roy. No con Edward Elric cerca.
Soltando un suspiro sobre el volante, Riza simplemente había continuado manejando. Atravesando los caminos de Resembool con el auto. Virando aquí y allá, hasta llegar finalmente a la misma casa que habían visitado tantos años atrás. Cuando él aún era Teniente Coronel y ella todavía era solo una Teniente Segunda bajo sus ordenes. Y aún a pesar de todo lo ocurrido, aún a pesar de los años, la casa permanecía exactamente igual. Con las barandillas de las escaleritas que llevaban al pórtico de entrada y las del balcón de la segunda planta así como las aberturas de la casa pintadas de verde. E incluso el cartel de "Auto Mail Rockbell" aún seguía allí. Sobre las mismas viejas cajas de madera, para todo aquel viajero que pasara y lo viera.
Maniobrando correctamente, habiendo seguido el único camino posible bordeado con una pequeña pared de pedruscos –a uno de los lados-, había estacionado cerca de la entrada. Al menos, lo más cerca que el camino lo permitía. Y se había volteado a bajarse, atinando a poner sus manos sobre la manija de la puerta. Sin embargo, él había llamado su atención. Habiendo observado el perímetro previamente, y al verla voltearse la había besado. Sonriendo contra sus labios.
Por supuesto, ella lo había apartado. Molesta —General, eso no es apropiado en estos momentos —después de todo, ese había sido el trato. Él lo sabía, solo que no había podido evitarlo. Ni había querido hacerlo. De hecho, ni siquiera lo había intentado. No veía cual era el problema, de todas formas, aún cuando de hecho sí estaban de servicio, no estaban en los cuarteles y nadie estaba mirando. Pero, de todas formas, eso era algo que ella no permitiría.
Sonriendo arrogantemente, se había volteado y había abandonado el auto. Ella haciendo lo mismo tras él, manteniendo el semblante y la postura como si nada hubiera pasado —Supongo que tiene razón, teniente —replicó, no realmente arrepentido. Sin embargo, en el instante que ambos habían puesto un pie en el pórtico, un gran perro negro y blanco había acudido corriendo –con una pata de Automail- y ladrando y se había abalanzado sobre el general. Tumbándolo completamente de espaldas y contra el suelo, con las dos patas del can sobre su pecho. Intentando ponerse de pie, en vano, masculló —Teniente —entrecerrando los ojos fastidiado—, haga algo.
Pero ella solo lo había observado, con sus brazos cruzado, y expresión neutra y había replicado —Lo siento, general. No es Black Hayate. No puedo hacer nada.
Aún desde el suelo, Roy le había dedicado aún otra más mirada llena de irritación —¿Qué pasó con eso de proteger mi espalda?
Riza sonrió calmamente y cerró los ojos —No creo que su vida esté en peligro. Pero puedo buscar a Edward-kun si lo desea y solicitarle que retire su perro de usted.
Oh, no. La situación ya era mala tal y como era. Él era un militar después de todo, y había sido tumbado por un mero perro. Aunque, de ser honesto consigo mismo, el animal era pesado. Ridículamente pesado, aunque la fuerza excesiva del perro probablemente tenía algo que ver con el Automail —No, esta bien teniente —musitó. Intentando incorporase. Solo para detenerse en seco cuando oyó la tediosa carcajada familiar del ex alquimista de Acero delante suyo. Desternillándose de risa, y con un dedo señalándolo a él.
—¿Qué sucede coronel? ¿También eres un inútil contras los perros? —se burló, aún regocijándose en el momento por todas aquellas veces que el hombre lo había fastidiado cuando aún estaba bajo su comando—. ¡Oh, buenos días teniente!
Riza asintió, aún cruzada de brazos y aún con la pequeña sonrisa sobre sus labios —Buenos días Edward-kun... Tanto tiempo...
Ed rascó su nuca y rió —Heh... Si... —sin embargo, en ese momento se había oído una voz desde el interior de la casa. Una voz claramente femenina y familiar.
—¡Ed, ¿es otro cliente? —segundos después, Winry había aparecido en la entrada con una llave inglesa en mano. Al ver a Den sobre Mustang en el suelo, a la teniente Hawkeye y a Ed riendo, frunció el entrecejo. Golpeándolo inmediatamente después con la llave inglesa en el centro de la cabeza.
—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡¿Por qué demonios hiciste eso Winry? —se quejó, frotándose la zona adolorida.
La rubia se llevó las manos a la cadera y le dedicó al chico una mirada de indignación —Eso es por idiota.
—¡¿A quien le dices idiota? —replicó.
Ella entrecerró los ojos y alzó la mano con la llave inglesa de forma amenazante —A ti, idiota. Y tú, Den, ven aquí —el perro inmediatamente se levantó, dado que se había sentado sobre el abdomen del hombre a aquellas alturas, y fue a sentarse junto a Winry. Meneando la cola. Avergonzada, la chica inclinó la cabeza hacia adelante—. Lo siento Mustang-san... —sonrió cálidamente a ambos—. Riza-san...
No obstante, los ojos de ambos habían caído inmediatamente en el abultado vientre de la chica, sobre el cual llevaba amarrado un delantal rosado, por encima de sus ropas. Sacudiéndose la tierra del abrigo, Roy había simplemente negado con la cabeza —No, está bien. Por cierto, Acero, me alegra ver que no perdiste esos pocos centímetros que ganaste...
—¡¿A quien le dices tan pequeño que no se puede ver ni con una lupa? —pero Roy simplemente sonrió. Sin duda alguna, no había dicho eso; pero como siempre, Edward exageraba al respecto de su estatura. Aún cuando ni siquiera tenía razones –no demasiadas al menos, dado que había crecido lo suficiente para sobrepasar a Winry- para alterarse.
Winry negó con la cabeza y colocó una mano en su vientre, inconscientemente, mirando de lado a Edward quejarse y lloriquear por la insinuación sobre su altura que había hecho Mustang. Sin embargo, su mirada se suavizó unos segundos después, antes de volverse a los dos militares –que aún permanecían de pie en la entrada- e invitarlos a pasar. Afortunadamente, había estado cocinando tarta de manzana minutos antes que vinieran. Y podría ofrecérselas con el té —Por favor pasen.
Inmediatamente, Roy se dejó caer en el sofá, con la pierna cruzada por encima de la otra. La espalda contra el respaldar, y un brazo extendido sobre este. Y Riza, por un instante, optó por permanecer de pie a su lado. Sin embargo, al ver a la joven rubia marcharse a la cocina pidió autorización para abandonar su lado y la siguió. Ofreciéndose a ayudarla en el instante en que ingresó a la habitación donde se encontraba la joven embarazada.
Desde la sala, se oían las voces de Roy y Ed discutiendo infantilmente. Como siempre lo habían hecho. Quizá no tantas cosas habían cambiado —Ya te lo dije, soy General ahora —repetía tercamente.
—¡Ja! Si no fueras un incompetente idiota no tendría que haber salvado tu patético trasero inútil aquella vez, coronel. Si Scar y yo no hubiéramos llegado seguramente habrías elegido el mal camino.
Un tic se adueñó de la ceja derecha de Roy. Sin embargo, su semblante permaneció neutro, aún cuando su boca se había tensado en una línea —Ya te lo dije, no hagas parecer que estoy en deuda contigo Acero. Si dejé ese camino fue por mi teniente.
—¡¿Qué dices? —chilló Ed.
Riza se limitó a soltar un suspiro calmamente, mientras ayudaba a preparar el té —Lamento que el general sea demasiado ruidoso... —sin embargo, Winry solo sonrió y observó con calma hacia donde se encontraban ambos hombres. Volviendo inmediatamente después su vista a la tarta de manzana entre sus manos.
Su voz casi un susurro cuando escapó sus labios. Tal y como lo había hecho aquella vez, cuando la había visto por primera vez, a sus inocentes 10 años —Gracias... —Riza la observó desconcertada, en completo silencio. Winry aún estaba de espaldas a ella— Por cuidar de Ed y Al todo ese tiempo...
—No... —sonrió suavemente la teniente— no fue-
Pero la voz suave de Winry volvió a cortarla —Supongo... que en cierta forma... te admiro, Riza-san... Yo... Yo nunca pude hacer demasiado por Al y Ed... Siempre me quedaba a atrás, y ellos nunca me contaban nada de sus vidas... Por eso, sentía que no podía hacer nada... Que solo me convertía en una carga... Mientras ellos intentaban recuperar sus cuerpos... Todo lo que podía hacer, era esperar una llamada de ellos —su mano derecha fue a parar a la curva alta de su vientre—. A diferencia de ti, que habías tomado una determinación de proteger a una persona que era importante para ti...
Entristeciendo súbitamente, Riza volteó la cabeza en la dirección de Roy. Observando al hombre, aún sentado en el sofá, fastidiar al ex alquimista estatal de Acero sobre algo relacionado a su estatura. No obstante, por un instante, los ojos negros de él se cruzaron con los de ella. Sin palabras ni reservas.
—Ed me contó de el objetivo de Mustang-san... De convertirse en Fuhrer...
La mujer aferró la bandeja con las tazas de té aún con más fuerza —Si...
—Y de lo que podría suceder una vez que este país se convirtiera en una democracia. Ustedes... —la expresión de Winry se ensombreció.
Pero Riza permaneció calma y colecta mientras decía las siguientes palabras, tal y como le había dicho a Edward una vez —Nosotros asesinamos muchas personas... Aún si nos llaman héroes... los héroes de guerra son solo asesinos seriales en tiempo de paz...
—Pero eso...
Hawkeye simplemente sonrió, aún con la vista clavada en el líquido humeante de una de las tazas. Ahora entendía, si, lo hacía —Tienes cosas mejores que hacer que preocuparte por nosotros, ¿no es cierto? —replicó, observando el vientre abultado de la chica.
Avergonzada, Winry bajó la mirada y colocó sus dos manos sobre su vientre de siete meses. Realmente no había querido entrometerse —Lo lamento, Riza-san.
—No lo hagas —replicó, enderezándose y sonriendo ahora más calmamente. Viendo a Roy aún discutir con Edward en la sala—. Este es el camino que elegí... Nadie me obligó a hacerlo. Si... fue mi propia voluntad.
Y sin decir más, se dirigió de regreso a la sala, acompañada de Winry quien a pesar de que no volvió a mencionar más el tema no pudo evitar observar una que otra vez a la mujer de reojo. Recordando las palabras que le había dicho aquella vez. A decir verdad, a mi tampoco me agrada la milicia. Después de todo, hay momentos en que debo asesinar personas. Cuando ella le había preguntado porque lo había hecho entonces. Hay alguien a quien debo proteger. Pero nadie me obliga a hacerlo. Sólo lo hago por voluntad propia. Yo escogí asesinar a las personas... hasta el día en que la persona a quien debo proteger logre su ansiado objetivo. En aquel entonces, había creído que Riza Hawkeye era fuerte. Y capaz de hacer lo que ella jamás había podido, proteger a aquellos que eran importantes para ella. Ed y Al lo habían perdido todo, y ella solo había sido capaz de llorar por ellos. Todas esas veces, e incluso cuando habían quemado su casa, pero nunca había podido hacer por ellos nada más. Esa mujer, sin embargo, había hecho lo imperdonable por esa persona. Había arriesgado su propia vida, e incluso había matado. Solo por ayudarlo a alcanzar su sueño.
En aquel entonces, Winry había creído que eso era devoción, amor. Sin embargo, ahora no estaba segura. La palabra no parecía siquiera empezar a cubrir lo que aquello era –fuera lo que eso fuera —Aún así... Gracias... Riza-san...
La teniente la observó de reojo y sonrió, colocando la bandeja sobre la baja mesa de té delante de Ed y Roy. Winry, de igual forma, pero incapaz de inclinarse hacia adelante casi por completo a causa de su gran barriga, hizo lo mismo. Dejando con cuidado la tarta sobre la mesa. Y sonriendo a ambos —Por favor, coman. Mi tarta no es tan deliciosa como la de Gracia-san... Aún así, he estado mejorando bastante...
Roy dio un sorbo a su té y agradeció, observando nuevamente el redondeado vientre de la joven rubia. Deteniéndose, por un instante, en su largo cabello —Acero, parece que eres más efectivo que la teniente primera. Donde pones el ojo pones la bala...
Escupiendo su taza de té, Edward empezó a toser desaforadamente. Golpeándose el pecho con el puño una y otra vez —¡¿Qué demonios, coronel?
Sin embargo, el moreno no se inmutó, aún a pesar de la mirada severa que le estaba dedicando Riza —Creo haber dicho que ahora soy General, Acero —dando un nuevo sorbo. Sin embargo, la inminente discusión fue interrumpida cuando la pequeña anciana que ambos recordaban los había recibido aquella vez, apareció en el cuarto cargando un bebé sentado en el pliegue de sus brazos. Rubio, y con el cabello corto pero partido a la mitad en forma similar a la de Edward. Refregándose sus pequeños ojos del mismo color dorado que los de su padre.
Pinako, observando con recelo a los dos militares, entregó a Winry al niño. Que tendría, a aquellas alturas, un año de edad —¿Ustedes aquí otra vez? —exclamó—. Espero que esta vez no hayan venido a reclutar a mi bisnieto...
Roy rió incómodo —Eh... No, no. Por supuesto —alzando ambas manos en alto—. Solo vinimos a modo de visita casual, esta vez.
La mujer pareció satisfecha, y luego se volvió una vez más a Winry, entregándole un biberón lleno de leche. El pequeño, aún en su estado de estupor, se frotó los ojos una vez más, acomodándose sobre la cadera de su madre la cual lo tenía aferrado contra su costado. Un brazo por debajo de su cola —No quiere tomar su leche... —señaló Pinako, frustrada. Evidentemente, llevaba horas en la misión de forzarlo a beberla.
Winry soltó un suspiro rendida y volvió junto a los demás —Era de suponerse... Saliendo a quien salió...
—¡Cállate! ¡Odio la leche! —se quejó Ed—. Edwin, si no quieres no tomes tu leche tampoco —le dijo finalmente a su pequeño hijo. El cual sonrió, más espabilado, y comenzó a agitar sus pequeños bracitos en el aire.
Winry, molesta, se volvió a Ed —¡¿Qué dices? ¡Si no toma su leche nunca crecerá y será un enano como tú! —exclamó, agitando el biberón en el aire dramáticamente.
Indudablemente, la referencia a su tamaño avivó su chispa —¡¿A quien le dices enano?
—¡A ti, enano! —exclamó, dejando a su pequeño hijo por un instante sobre la alfombra del suelo y volviéndose a Edward molesta. Biberón aún en mano—. Y si tomaras tu leche también crecería más, como Al. ¿Qué clase de ejemplo eres, de todas formas?
—¡Uno que odia la leche!
Roy, calmamente, y ligeramente entretenido con la escena que Acero estaba desplegando a causa de una tontería como lo era la leche; dio otro sorbo a su humeante té. Sin embargo, se detuvo al sentir un pequeño tironcito sobre el doblez de su pantalón azul. Y luego otro. Y bajando la mirada, se encontró con nada más y nada menos que el pequeño infante. Sentado e inclinado ligeramente hacia delante, apoyándose en una de sus pequeñas manos, mientras que con la otra tironeaba una y otra vez el pantalón de el moreno. Curioso. Y con sus grandes ojos dorados clavados en él.
—Eh... Acero...
Winry sonrió, viendo la expresión de Roy —Puedes cargarlo. Si quieres.
—¿Cargarlo? —repitió, observando al niño como si fuera algo extraño. Siendo honesto consigo mismo, nunca había sido particularmente bueno en ese tipo de ámbitos. Dado que había pasado la mayor parte de su tiempo huyendo de Hughes y de sus deseos de querer que cargara a "su adorable Elicia-chan". Porque, aparentemente, una vez que lo hiciera iba querer una hermosa esposa como su adorada Gracia y uno propio para poder cargar todo el tiempo. Aunque, ese era su sueño, el sueño de Hughes, le había dicho una y otra vez; no el suyo. Él no necesitaba una condenada esposa, así que bien podía desistir en sus intentos de conseguirle una.
—Oh, coronel. No me diga que también es inútil con lluvia, perros y niños también... —bromeó Ed. Y la ceja de Roy volvió a tener un pequeño jaloncito, a modo de tic.
—General, Acero —musitó, fastidiado. Y si el imprudente de Acero podía hacerlo, ¿qué tan difícil podía ser? Solo se trataba de un niño, después de todo. Un pequeño niño. Roy Mustang se había enfrentado a cosas peores. Mucho peores, que un bebé de un año. Homúnculos era una palabra que se le venía a la cabeza... Por ejemplo...
Por lo que, inclinándose hacia delante, colocó sus dos grandes manos sobre la pequeña caja toráxica del bebé, justo bajo sus bracitos, y lo levantó en aire. Sosteniéndolo a un brazo de extensión, como si temiera que el pequeño fuera a quemarle. Aunque, en realidad, era al revés. Después de todo, eran sus manos las que estaban manchadas de sangre. De la sangre de niños inocentes y mujeres y ancianos Ishbalitas y el solo contacto con la piel pura del pequeño debería quemarle. O eso habría esperado, irracionalmente, pero nada había sucedido. Por el contrario, el pequeño bebé parecía contento de haber sido alzado por él. Como si se tratara de una persona más, una persona cualquiera, y no un hombre que había asesinado a más personas de las que podía contar en verdad. El niño parecía feliz. Aún con él. No, a pesar de él.
A su lado, la observó sonreír de esa característica forma. Era suave, y sutil, y de ser otro lo habría confundido con una simple sonrisa, pero Riza Hawkeye se estaba riendo. Él lo sabía mejor que nadie —¿Qué es tan gracioso, teniente?
Ella negó con la cabeza, sus ojos suavizándose de forma casi imperceptible ante la vista —No... Nada, señor. Simplemente parece... perdido.
—Perdido —repitió él, en tono neutro, volviendo la vista al pequeño niño que continuaba sonriendo delante suyo y agitando sus bracitos en el aire. Aún su sonrisa, era la viva imagen de Acero. Sus ojos. Su cabello. Y de repente, le acaeció la terrible ocurrencia que era aquello lo que los alquimistas perseguían a lo largo de toda su vida –cuando no perseguían la destrucción-, la creación. La creación de una vida. De un ser humano. Y, sin embargo, no podía lograrse. No por esos medios. La alquimia era insuficiente. No era nada, en comparación a lo que los humanos podían crear. Vida.
Esa era una nueva vida. Creada a partir de dos personas. Sin círculos de trasmutación ni piedras filosófales ni nada tan dañino como todo eso, sin nada más necesario que simplemente dos personas. Dos, era una ironía realmente. Con ese número no se podía siquiera crear un cuarto de una piedra filosofal. No, ni siquiera con un pueblo entero era suficiente para crear una piedra filosofal. Volviéndose a Riza, extendió sus brazos con el niño entre estos a ella. Como si estuviera alcanzándole a Black Hayate —Teniente, por favor hágase cargo desde aquí —sus manos estaban temblando ligeramente. Pero solo ella lo notó.
Asintiendo suavemente, Hawkeye tomó al bebé con su brazo y lo acercó contra su pecho, incómoda. Tensa. Rodeando, dubitativamente, la espalda pequeña de Edwin con su otro brazo. Cargándolo adecuadamente —¿General?
Pero Roy solo se inclinó hacia delante, manos entrelazadas y codos sobre las rodillas, y continuó fastidiando a Acero como si nada hubiera pasado. Volviendo la vista al bebé, Riza soltó un suspiro. Viendo los grandes y expresivos ojos de Edwin llenos de curiosidad sobre ella. Con una pequeña y diminuta sonrisa en sus pequeños labios. Inconscientemente, se encontró suavizando sus facciones y devolviéndole al niño el gesto. Meciéndolo, de forma casi imperceptible, en sus brazos. Sin mecer un centímetro su cuerpo. Se trataba de un leve movimiento a duras penas —Es pesado... —musitó, distraída. Aunque, más bien abstraída. Observando los pequeños dedos del hijo de Edward curvarse alrededor de uno de los dedos de ella. Aferrándolo con fuerza. Pequeños dedos. Aquella era una pequeña persona en potencia...
De reojo, Roy la observó en silencio. Mas no dijo nada. Ni siquiera mencionó cuan complacida parecía dada la situación. Aún cuando siempre había aprovechado sus efímeros momentos de vulnerabilidad para refregárselos en el rostro y provocarla. Esta vez era diferente —Teniente, creo que es hora de irnos.
Riza, parpadeando, asintió. Usando la mano que no tenía bajo la cola de Edwin para responder adecuadamente, llevándosela a la frente —Si, señor —mientras lo observaba ponerse de pie y tomar su abrigo.
Con cuidado, rodeó la mesa de té y le devolvió el bebé a Winry. Tomando su abrigo propio y colgándoselo en el antebrazo, mientras seguía a Roy de regreso al auto. Despidiéndose de los tres con un ligero gesto de la mano. Mas en cuanto estuvieron solos, en el auto, su semblante se volvió a él en uno de disimulada preocupación —¿General, está bien?
Los dedos de él se curvaron alrededor del volante —Teniente, ¿puedo hacerle una pregunta?
—Ah... Si... —replicó, confundida. Aún mirándolo en silencio y aguardando sus siguientes palabras.
—¿Por qué se cortó el cabello?
E inconscientemente, Riza se llevó la mano a la nuca. Atrapando, entre sus dedos, los cortos mechones que allí crecían. Su expresión repentinamente seria y sombría. Podía volver a usar la excusa de la simplicidad y practicidad –que sin importar cuan cierta fuera era completamente falsa- e incluso podía decirle mil y una excusas más. Mil y un razones. Todas ciertas, y todas falsas. Pero se estaría mintiendo. En vez de eso, susurró —¿No lo sabe?
¿Si lo hacía? Si, lo sabía. Que había comenzado a crecer su cabello exactamente después de haber conocido a la amiga de la infancia de Acero. Y que lo había hecho porque había creído que quizá –solo quizá- aún había una oportunidad para ellos. Una esperanza, más allá de lo que tenían y lo que les quedaba. De lo que eran y siempre serían. Una esperanza de algo remotamente similar a una vida para ambos. Pero se había resignado, finalmente. Comprendido. Que ellos no tenían esa vida y probablemente jamás la tendrían. No la merecían, no con todo lo que habían hecho, y no podían siquiera darse el gusto de costeársela. No con todo lo que aún les quedaba por hacer tampoco. No con la posibilidad de que algún día murieran en una zanja como basura –porque siendo militares esa posibilidad nunca desaparecería del menú- y no con la posibilidad de ser condenados cuando finamente arribaran a una justa democracia. Era lógico, después de todo. El no planear un futuro a largo plazo. Un futuro por fuera de su misión personal de llegar a la cima y protegerlos todos. Si, era lógico.
Al fin y al cabo, ellos nunca tendrían esa vida, ella nunca tendría esa porque no estaba destinada para ellos. Y odiaba pensar –no, saber perfectamente- que era a causa suya. Que era por él, y por su sueño, que ella había resignado tantas cosas. Demasiadas cosas. Él también, pero Roy podía vivir con eso. Con sus sacrificios y sus culpas y pecados propios; y el olor a carne quemada que aún sentía en sus sueños. Y con sus cicatrices también. Pero, por otro lado, no estaba tan seguro de ser capaz de hacerlo con la culpa de arrastrarla a ella también, al infierno. Sin importar cuánto ella misma lo hubiera prometido o jurado.
Las cicatrices nunca sanarían —Si... Vamos... —nunca lo hacían. Sin importar cuánto él las besara, sin importar cuanto insistiera. Simplemente no lo hacían. No desaparecían y nunca lo harían. Ellos ya no eran niños después de todo, y creer en algo tan tonto era ingenuo de su parte. Y Roy Mustang no era ingenuo. Solo pretendía serlo, en las noches con ella. Porque quizá, solo quizá, si pretendían que todo estaría bien lo estaría. Solo quizá, por esos solos segundos, minutos, horas serían solo humanos. Y no monstruos o armas, como solían llamarlos, solo ellos. Sólo Roy y Riza.
Encendiendo el auto, colocó su mano sobre la palanca. Sin embargo, se detuvo de arrancar cuando otra mano –más pequeña y delgada pero más áspera que la suya propia- se posó sobre la de él. Un pequeño gesto, a duras penas, uno de esos que siempre habían tenido desde el inicio, en ocasiones en que estaban solos —No piense en eso demasiado, general —su mirada continuaba fija al frente—. Estoy segura que tiene cosas más importantes en qué pensar... Como alcanzar la cima.
Y él simplemente sonrió, asintió y encendió el auto. Sintiendo el motor vibrar bajo su cuerpo —Jamás podría llegar a la cima con mi propia fuerza, teniente. Es una suerte tener a una subordinada tan valiosa y habilidosa de mi lado. Aunque, me gustaría volver a ver alguna vez unas lágrimas tan sinceras como las de aquella vez. ¿No lo cree?
Su semblante se tornó serio e inmediatamente retrajo su mano de encima de la de él —No desee cosas que lo convierten en algo inútil, señor. Ya sabe cómo resultan las cosas después a causa del agua.
Perdiendo la sonrisa también, la miró de reojo fastidiado. No obstante, su rostro se desvió a la entrada de la casa frente a la cual aún estaban aparcados. Edward se encontraba allí, con su pequeño hijo de un año sentado sobre su antebrazo del brazo izquierdo –el que una vez había sido arrancado de su cuerpo y reemplazado por un automail-, y agitando el brazo derecho con una gran sonrisa —¡Oy, general inútil, más te vale volver por tus 520 centavos cuando seas Fuhrer, y después otra vez cuando este país ya sea una democracia, y después cuando seas un viejo inútil que dependa completamente de la teniente primera para ponerse de pie! ¡¿Me oíste?
Una vez más, sonrió de lado –junto a él Riza hizo calmamente lo mismo-, y presionando el acelerador arrancó. Alejándose por el camino de tierra sinuoso y observando de vez en cuando por el espejo retrovisor al ex alquimista estatal de Acero desaparecer. Poco a poco, hasta que ya no lo vieron más. Por supuesto, encontró irrelevante decirle que ya lo hacía. Depender de ella, de todas formas. Más de lo que jamás pensaría. Más de lo que parecía posible. Después de todo, era solo lo obvio.
—Edward-kun estaba alto... ¿no lo cree general? —había comentado ella casualmente, unos momentos después.
—Si... casi tanto como yo... —solo que jamás lo admitiría. No al enano arrogante y ex-alquimista. Aunque, por otro lado, tomaría el desafío de la deuda. Si, regresaría. Algún día... Si tenía una vida larga, tal y como Acero creía.
Observando nuevamente la lápida frente a él, soltó un corto suspiro. Trece meses habían ocurrido desde esa ocasión. Y aún después de todo eso, ella continuaba allí. A su lado. Su ahora nuevamente larga cabellera rubia meciéndose ligeramente al viento.
—Dejaste crecer tu cabello otra vez...
Riza asintió —Si... Aunque... ya está empezando a estorbarme nuevamente... —musitó, sujetándolo y levantándolo por encima de su nuca— Creo que deberé empezar a sujetarlo pronto otra vez...
Roy, de reojo, observó su cuello desnudo en silencio, siguiendo con sus ojos la línea de la columna de este y hasta trazar los contornos de su mandíbula —Ah... Así parece...
Cerrando los ojos y dejando caer su cabello rendida, susurró —Por favor, no mueras —...cuando yo ya no pueda cuidar tu espalda...
Al menos, el resto había quedado en el aire, flotando, entre ambos, y él lo había percibido perfectamente, como toda la comunicación no verbal que solían tener —No, claro que no —aún así, sabía que sin ella a su lado –protegiéndolo- las posibilidades eran altas. Al menos, más altas de lo usual. Y eso ella también lo sabía.
Bajando la mirada, repitió —Solo serán unos meses... —aunque esta vez más para si misma que para él. Era inevitable, después de todo, y aún cuando el asunto había sido completamente inesperado para ambos no había demasiado más que pudieran hacer al respecto. Eventualmente, ella tendría que hacerse a un lado. Tal y como había sucedido aquella vez, y él estaría desprotegido y por su cuenta en su obrar. Sin la mira del rifle de ella o su pistola automática cubriéndole la espalda...
—Si... Eso parece, aunque parecen demasiados... —aún lo recordaba. Si, aún lo hacía perfectamente.
—¿Qué sucede teniente? —le había preguntado, al verla ingresar nuevamente a la oficina tras haberse retirado a buscar unos papeles que él mismo había solicitado. Sin embargo, se había sorprendido de verla ligeramente más pálida y con esa expresión que solo había visto en pocas ocasiones. Una de ellas, cuando había sido apartada de su lado y tomada de rehén como su "asistente" por King Bradley.
—No. Nada —había replicado, profesionalmente, depositando sus papeles sobre el escritorio de él y retornando al suyo. Sin embargo, él la conocía demasiado y por demasiado tiempo como para saber que eso era una absoluta y completa mentira. Como la vez en que la había llamado por teléfono –con la excusa de darle flores porque había comprado de más tras emborracharse- y el silencio se había asentado un segundo sobre ella.
—¿De veras? —su voz ligeramente más seria que antes.
El puño de ella, sobre su escritorio, se cerró aún más firmemente. Sus dedos curvándose con un poco más de fuerza de la necesaria. Su expresión perdida en su mano cerrada firmemente. Aquella que aún tenía sobre su dorso la casi imperceptible cicatriz del corte que le habían inflingido Pride aquella vez, tantos años atrás.
—¿Está segura?
—Sí.
Lo estaba. Sin embargo, él llevaba ya media hora allí. Sentado en el único sofá de la oficina –mientras ella permanecía de pie a su lado. Inclinado hacia adelante, con ambos codos sobre sus rodillas y las manos entrelazadas frente a su rostro. Frente apoyada pesadamente contra estas. Deliberando. Pensando. Con los párpados cerrados y la boca en una tensa línea. De hecho, todo su cuerpo estaba tenso. Y podía comprobarlo a simple vista viendo los músculos de su espalda atiesarse contra su ropa así como los tendones de su mano hacerlo contra su piel, haciendo resaltar la cicatriz sobre el dorso de su mano derecha.
Y, como aquella vez, con Bradley, Riza Hawkeye había sentido que su presencia, más que una ayuda, estaba resultando una molestia. Una carga, que solo estaba retrasando su camino a la cima. Su camino a su tan ansiada ambición que, de hecho, había jurado ayudarlo a alcanzar. Y eso no era esto. Su presencia, nuevamente, se había tornado en un contratiempo. Se había convertido en una pieza de ajedrez que no podía moverse, una pieza inútil –como Havoc lo había puesto aquella vez. Y si él fuera inteligente –y la clase de persona que ella sabía que él no era- la dejaría atrás y continuaría con su camino. Pero no lo haría, él nunca abandonaba a nadie. No lo había hecho cuando ella se había rendido y resignado a morir –aquella vez con Lust- y no lo haría ahora. Era un idiota ingenuo, o eso había dicho también Havoc, pero era porque era ese tipo de idiota que ella había decidido seguirlo.
Finalmente, había despegado la frente de sus manos y había alzado la mirada. Su expresión una de fiera determinación. Tal y como había dicho de Edward alguna vez, sus ojos estaban ardiendo —Esta bien, teniente. Hagámoslo.
Y ella solo había sonreído, de forma casi imperceptible, porque había estado en lo cierto —Si, señor —si, había estado en lo cierto. Y por egoísta que sonara, le agradaba saberlo. Que él jamás la abandonaría, tal y como no lo había hecho todas esas veces antes. Él nunca abandonaría a nadie.
Viéndolo de reojo, con su cabello negro hacia atrás, sonrió. A duras penas. Aún entonces, aún tras cuatro meses después, él no la había abandonado. Aún cuando sabía que pronto, y debido a disposiciones externas, ella ya no le sería útil. No, sería otra pieza inútil. Y ya no sería capaz de cuidar correctamente su espalda, aún entonces, no lo había hecho. No la había dejado atrás, privilegiando sus propios objetivos. Y por esa razón, ella se aseguraría de cumplir con el propio suyo. De protegerlo, hasta que llegara a la cima. Tal y como le había asegurado que haría tantos años atrás.
Poniéndose con ambas manos el sombrero, tal y como había hecho durante el funeral de Hughes, alzó la vista al cielo. Preparándose para regresar —Mientras tanto, me adelantaré, en mi camino hacia la cima... Y espero que me sigas —la observó de reojo—, te estaré esperando más arriba... Hasta que me alcances, una vez más.
Sonriendo calmamente, Riza asintió, alistándose también para regresar junto a él. A su lado, donde siempre había estado. Y donde pertenecía, más que en ningún otro lugar del mundo. Después de todo, su vida solo había cobrado sentido en el preciso instante en que había comenzado a seguirlo. Y no se resignaría a seguir haciéndolo por nada más. Y eso era algo que había dejado perfectamente en claro. No deseo vivir tranquilamente por mi cuenta. Luego de que la guerra haya terminado llevaré conmigo, borraré de este mundo... al alquimista de la llama junto con mi cuerpo. Aquella vez.
Dando media vuelta, comenzaron a alejarse de la tumba. Sin embargo, los ojos de Riza se posaron en la presencia de alguien más allí, a unos pasos de la roca, dos presencias, para ser exactos. Gracia y Elicia, la segunda, la cual ya tenía 9 años, y caminaba junto a su madre de la mano. Ambas mirando hacia la tumba. Pero al verlos, se detuvieron. Mientras que Roy pasó de largo, y se detuvo unos pasos más adelante, dándole la espalda a ambas. Riza se detuvo al lado de él.
Gracia permaneció mirando al epítome grabado en la fría piedra que una vez había sido su marido, también de espaldas a Roy. Su expresión, como siempre, serena. Su hija, por otro lado, y con curiosidad, se volteó a ver a la teniente —Mi marido... siempre creyó en ti, decía que algún día este país cambiaría para bien... Él creía en tus ideales... Morir para ayudar a otra gente, esa era su personalidad... Él siempre era curioso, siempre ayudando... Por eso, no creo que se haya arrepentido —Roy bajó la mirada al suelo, sus dos manos cerradas en puños—. Aún cuando eso le significó la muerte... él era así. Y por esa razón también, nosotras creemos en ti... Por favor, que la muerte de mi marido no haya sido en vano.
—No... —replicó él, con voz estrangulada. Y Riza se limitó a observarlo en silencio. Aún de pie, aún a su lado.
Gracia dio otro paso y se arrodilló frente a la tumba, junto a Elicia, y trazó con sus dedos el nombre grabado. Maes Hughes. Mientras depositaba ceremoniosamente el modesto ramo de flores que había cargado en su mano libre, mientras que con la otra continuaba aferrando la mano pequeña de su hija. Firmemente. Dando uno que otro apretón afectuoso —Gracias por venir a visitarlo. Él siempre odiaba estar solo... —mientras perfilaba, por un instante, el rostro en dirección a ambos. Sus ojos verdes deteniéndose por un instante más en Riza—. También... creo que él estaría muy feliz...
Roy sonrió amargamente —Si... —lo sabía. Y sin decir más, agachó la cabeza, se acomodó el sombrero y continuó caminando junto a Hawkeye. Ambos alejándose lentamente. Mientras una pequeña sonrisa alcanzaba los labios de Gracia, a la par que volvía su vista a la tumba de Hughes.
Después de todo, no había pasado por alto el pequeño brillo dorado al que el sol había atraído su atención, enredando un rayo de luz en la banda metálica, alrededor del dedo anular de la mano izquierda de él. Ni en el de ella. Así como tampoco la ligera curva en el cuerpo de la teniente primera que antes había sabido no estar allí. En su bajo abdomen. Bajo el holgado uniforme militar. Si, Maes habría estado feliz. Gracia no tenía la menor duda.
—Elizabeth...
—¿Disculpe? —musitó, desconcertada, observándolo de reojo. ¿Acaso había algún motivo para que la llamara por su nombre clave?
No obstante, sus ojos permanecían ocultos a la sombra que proyectaba el sombrero. Ocultando, de esa forma, su expresión al momento —Solo pensaba... Es un gran nombre, ¿no lo cree teniente?
Oh. Y sin poder evitarlo, una pequeña sonrisa alcanzó sus labios. Su mano izquierda inconscientemente deslizándose hasta posarse sobre la casi imperceptible curva de su abdomen. La alianza de su dedo brillando —Si, eso creo general.
—Eso pensaba también... —replicó, sonriendo. Y sin decir más ambos continuaron caminando, en completo silencio. Uno al lado del otro, hombros rozándose sutilmente y de vez en cuando, con paso calmo. Constante. Como si al instante, no hubiera nada más que ese momento. Que ellos dos. No, que ellos tres. Como si no hubiera nada más.
Y no, evidentemente eso era algo que no habían previsto ni planeado. Ella no lo había previsto ni planeado y al momento le había molestado considerablemente. Después de todo, ese no era el tipo de cosas que le suceden a las personas responsables y ordenadas y organizadas como lo era ella, y sin embargo –y a pesar de todas las medidas y previsiones que había tomado- había ocurrido. A pesar de que Riza Hawkeye se había convencido de que jamás ocurriría. A pesar de saber perfectamente que no lo merecían, había pasado. Pero, ¿qué derecho tenían ellos cuando habían tomado tantas vidas de niños y mujeres en su pasado? ¿Cuándo le habían quitado la posibilidad de vida a tantas personas?. Ninguna, al menos eso era lo que creían y siempre habían creído. Y aún lo sostenían.
Aquello, fuera lo que fuera, no era intercambio equivalente. Y nunca lo había sido. Pero quizá, solo quizá, aquello que todos ellos llamaban "El Mundo", o quizá, "El Universo". O quizá, "Dios". O quizás, "La Verdad". O quizás, "Todo". O quizás, "Uno". Aquella que entregaba desesperación frente a la arrogancia, también era capaz de misericordia. Y quizá, solo quizá, por esta vez, esta única vez habían sido perdonados. Aún cuando ambos sabían que jamás serían capaces de expiar sus pecados. Al menos, en ese instante, Roy prefería verlo de esa forma. Como una especie de redención, para él y para ella, y para que ambos continuaran por el camino que estaban siguiendo. Hasta que fueran capaces de garantizar la felicidad a las generaciones futuras. Entre las que, irónicamente, estaría su propia creación. La única que probablemente habían logrado hacer bien, más allá de toda la destrucción que habían creado en su pasado.
—Teniente, me seguirá, ¿cierto?
Ella sonrió sutilmente, inconscientemente haciendo girar la alianza en su dedo anular, mientras continuaba caminando a su lado erguida y tiesa. Dado que aún estaban de servicio —Ya no tengo más opción, ¿verdad general? —musitó.
Y él sonrió ampliamente —No, creo que no. Aunque no me diga que no le di la opción de huir cuando tuvo la posibilidad... Aquella vez —con la situación referida a Bradley.
Pero Riza solo negó con la cabeza y suspiró —Como si fuera a hacer algo así después de tanto tiempo —su expresión cálida.
Después de todo, era únicamente lógico. Ella había confiado su espalda, hacía demasiados años atrás. Su vida. Jurado seguirlo a la tumba, al infierno de ser necesario, y él había hecho lo mismo, tan solo unos años después. Entregado su vida en sus manos. Para que la tomara cuando lo creyera necesario. Y ahora, ahora... solo habían cerrado el trato. La promesa. Y lo habían hecho por su cuenta, y de forma discreta. Tal y como ella lo había querido, alegando que aún tenían demasiado por hacer hasta que él fuera Fuhrer y que no tenían tiempo alguno para trivialidades como bodas y demás cosas. Y, por supuesto, él había estado de acuerdo.
No era un secreto, no realmente. Bradley mismo había descubierto que ella era y sería su debilidad. Y, sin embargo, no querían hacer alarde de ello tampoco. Era más seguro de esa forma. Roy había concluido. Para ellos. Y realmente tenían demasiado por hacer, demasiado por cambiar, antes de llegar a la cima. Por esa razón, habían hecho las cosas simples –como le gustaban a ella- y habían avanzado a su siguiente objetivo. Continuar reconstruyendo Ishbal y reforzar las fronteras con Aerugo, Creta y Drachma. Así como mejorar las relaciones con Xing. Para asegurar el bienestar de Amestris. Para asegurar un futuro mejor, para los Ishbalitas, los ciudadanos de Amestris y para todas aquellas personas por nacer. Incluida la que ellos mismos traerían al mundo, cuando fuera el momento.
Después de todo, Roy había jurado en Ishbal proteger al menos a todas aquellas personas que eran importantes para él. Con sus propias manos. Y eso era lo que estaba haciendo, construyendo un futuro mejor, para evitar que tragedias como la de Hughes volvieran a pasar. Para evitar que nadie más muriera, no bajo su mando, al menos no por todas las razones equivocadas.
—Lo que me recuerda, teniente —musitó—. Si alguna vez me convierto en alguien como el General de Brigada Hughes... —insufrible— Dispáreme con sus propias manos. Tiene el derecho de hacerlo.
—¿General?
Él sonrió, acomodándose el sombrero sobre su frente —Hablo en serio.
Garabateando rápidamente su firma una vez más, sobre un nuevo papel, pasó al siguiente. Dejando el que acababa de firmar sobre una segunda pila a su izquierda. Era tarde, sin duda alguna, y estaba particularmente harto de garabatear su firma sobre papeles que parecían todos iguales. Sin embargo, de no terminar su papeleo ella lo forzaría a terminarlo en su casa. Y eso era algo que Roy Mustang quería evitar activamente. Por lo que continuó anotando rápidamente un par de acotaciones en el siguiente, esperando terminar pronto, solo para detenerse un instante. Sus ojos clavados en un par de fotografías a su derecha, junto a su mano que aún sostenía la pluma, y la cicatriz del dorso de esta hacia arriba.
¿Vas a abrazar a la mujer que amas con esas manos cubiertas de sangre? Sus dedos, que aún sostenían la pluma, se aflojaron ligeramente, haciendo que el objeto alargado se ladeara a duras penas. ¡He aprendido esto en el campo de batalla! ¡Vivir con la mujer que amas es una felicidad que puede existir en cualquier lugar! ¡Pero es la mayor felicidad que te puedas imaginar! ¡Haré cualquier cosa por conseguir esa felicidad! ¡Voy a sobrevivir! —Maldición... ese idiota... —siempre había sido ridículamente exagerado y cursi... Lo que hecho aquí... ¡Tomaré todo lo que he hecho aquí para mi mismo! ¡Y voy a sonreír cuando esté delante de ella! La voy a hacer feliz...
Incluso aquella vez, en Ishbal, había logrado serlo aún con esos ojos de asesino y aún luciendo como si a duras penas se estuviera manteniendo en pie. Él también, había lucido de esa forma –o peor-, estaba seguro. Y aún a pesar de ser ridículamente cursi... Y aún a pesar de todo lo que habían hecho en Ishbal, el idiota de Hughes había tenido razón. "Lo que hecho aquí... ¡Tomaré todo lo que hecho aquí para mi mismo! ¡Y voy a sonreír cuando esté delante de ella!" Hughes... eres muy fuerte... Yo no tengo tu fuerza... Si, había tenido razón. Y cuando volviera a casa, esa noche, sonreiría. Sería fuerte, como Hughes lo había sido una vez.
Volviendo la vista a las pequeñas fotografías sonrió. Quizá, algunas cosas eran inevitables. Y, después de todo, ellos eran personas simples. En un mundo simple. Simples humanos, a pesar de haber sido llamados armas o monstruos, con simples razones, motivaciones y necesidades. Ella lo había dicho una vez, y había estado en lo cierto.
Algún día, regresaría a Resembool a reclamar su dinero. Y luego volvería a ir, y regresaría una última vez más antes de morir. Después de todo, ahora tenía más razones para vivir. Más razones de las que nunca había tenido –ni había creído que tendría-, y no se rendiría fácilmente. No mientras tuviera personas importantes a quienes proteger. No mientras las tuviera a ellas. A ella, a su lado, protegiendo su espalda como siempre lo había hecho. Y desde el principio.
Si, esa noche, cuando regresara a su casa... Sonreiría...
Para una especie de Epílogo gráfico: http : / / entretantasestrellas . blogspot . com / 2011/02 / full-metal-alchemist-una-bala-por-un . html (quitar espacios)
Agradecimientos especiales a: okashira janet, Lucia991, Kmy42, Anne21, fandita-eromena, Alice Phantomhive011, Yai Ina, Arrimitiluki, Klan-destino, Noriko X y inowe. Así como también a berihime233, , Narue Inverse y Winly Elric. Gracias, a todos. Por sus amables reviews y por haber agregado mi historia a Alerts y Favorites, respectivamente. ¡Gracias!
