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13.35 horas. 19 de octubre. Campus de la Universidad de Unimari, Japón

Los cuatro habían quedado para comer juntos, como era costumbre para ellos los jueves, aunque aquel día les faltasen dos miembros del grupo y la preocupación se reflejase claramente en los rostros de todos ellos. Se sentaron en una de las mesas de la cafetería de la facultad de magisterio, con la comida delante de ellos, pero ninguno hizo ademán de empezar a dar cuenta de sus platos. Se miraron entre ellos, como si estuvieran decidiendo quién debía romper el silencio y ser el primero en hablar.

—¿Tú hermana no te ha dicho nada más? —Fue Yûno el que finalmente rompió el silencio.

—No. Signum solo me dice que los padres de Nanoha están al tanto y que todo está bien —contestó Hayate encogiéndose ligeramente de hombros.

—No tiene ningún sentido —intervino Arisa—. Nanoha nunca se perdería toda una semana de clases. Ni siquiera por alguien como Fate, ni por muy colgada que esté de ella. No tiene sentido —repitió sacudiendo la cabeza.

—¿Y si les ha pasado algo? —inquirió Suzuka. Aquella era una pregunta que les preocupaba a todos, pero cuya respuesta no tenían forma de saber.

—No pensemos lo peor —dijo Yûno, removiendo con desgana su plato de arroz.

—¿Y qué pensamos entonces? —preguntó Hayate—. Dios, nunca tendríamos que haber dejado a Nanoha a solas con Fate el viernes pasado… Nunca tendría que haberla animando…

—Hayate —la cortó el joven—, no es culpa tuya. Nadie te culpa. Ninguno podíamos saber que iban a desaparecer sin más.

—¿No creeréis que Fate le haya hecho algo, verdad? —Soltó de pronto Suzuka.

—¿Qué dices? ¿Que Fate es alguna clase de psicópata? —La mirada de Arisa parecía querer reírse de la idea, pero lo cierto era que una parte de su mente le estaba diciendo que ¿por qué no?, ¿porque cuánto sabían en realidad sobre la inglesa?

—Eso no tiene sentido —dijo Yûno sacudiendo la cabeza.

—¿Por qué no? —inquirió Hayate—. No es como si los psicópatas llevasen un letrero que diga lo que son. No hay manera de saberlo…

—Venga, chicas —exclamó Yûno—, si fuese ese el caso, la policía estaría haciendo algo. O los padres de Nanoha habrían denunciado su desaparición. Y no lo han hecho. El otro día hablé con ellos y me aseguraron que saben que tanto Nanoha, como Fate se encuentran bien.

—Pero no saben dónde están. —Puntualizó Hayate—. No os parece eso un poco raro. No niego que Nanoha haya sido alguna vez una cabeza loca en el pasado, sobre todo cuando otra chica ha estado involucrada. Pero saltarse tantas clases. Ya la conocéis, si ha venido a clase hasta con fiebre.

—Quizás le haya dado fuerte con Fate y quiere aprovechar al máximo el tiempo —sugirió Yûno—. Pero no voy a negar que ya son demasiados días.

—Tal vez… —Suzuka vaciló unos segundos—. Tal vez deberíamos denunciar nosotros su desaparición a la policía.

—No servirá para nada, si sus padres van después a decir que no hay nada de lo que preocuparse. —Negó Hayate.

—¿Entonces solo nos queda esperar?

—Eso parece, Arisa —asintió débilmente Hayate—. O salir a buscarlas nosotros mismos, pero…

—Pero no tenemos ni idea de dónde empezar —terminó Yûno por ella—. Ni siquiera sabemos si están si quiera en Unimari.

Hayate se echó atrás en su silla y dejó escapar un largo suspiro de pura frustración.

—Os juro que cuando aparezcan las voy a matar —gruñó. Por más que Signum le repitiese que no debía preocuparse por sus amigas, no podía evitarlo, algo le decía que aquello no estaba del todo bien, que aquella larga ausencia no se debía a una escapada romántica, pero no tenía forma de demostrarlo o de convencer a nadie de ello, no cuando los propios padres de Nanoha parecían tan tranquilos con todo aquello.

Se volvieron a mirar entre ellos; por el momento seguirían esperando, no podían hacer mucho más, por mucho que les fastidiara admitirlo, así eran las cosas y ellos eran conscientes de que, por ahora, habían alcanzado el límite al que podían llegar.

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18.00 horas. 19 de octubre. Área residencial The Seventh Gate

Nanoha observaba a Fate desde la puerta del estudio; la rubia estaba sentada a la larga mesa negra, los ojos alternando entre los tres monitores frente a ella y los dedos volando sobre el teclado inalámbrico; mapas, planos, listados y otras imágenes que no tuvo tiempo de identificar desfilaban rápidamente por las tres pantallas. De tanto en tanto oía murmurar algo a la agente, pero aparte de eso, Fate estaba completamente sumida en la preparación del siguiente paso que iban a dar en aquella misión.

A su vuelta de la reunión con su superior, Fate le había informado de que en un par de días tendrían que salir de allí y dirigirse a un piso franco, donde básicamente iban a presentarse como cebo para que el traidor o traidores hicieran su siguiente movimiento. La joven le había asegurado que no permitiría que nada malo le pasase, que estaría protegida y vigilada en todo momento, pero eso no quitaba para que Nanoha sintiese una inquietante sensación entre la ansiedad, la angustia y el miedo recorrerle todo el cuerpo, aposentarse en su estómago y amarrarse a su garganta. Aquello no era una película, era la vida real, con armas de verdad y gente mala de verdad que quería usarla para hacerse con la información contenida en un dispositivo de almacenamiento digital, información sensible y peligrosa si caía en las manos inadecuadas.

En todo su discurso, Fate había mencionado dos nombres, uno era Pandora; al parecer, ese era el nombre en clave del dispositivo en sí; Nanoha había pensado que era bastante apropiado, pero un tanto cliché. El segundo había sido Storm Night y que era uno de los muchos secretos que Pandora escondía en su interior. Cuándo le preguntó a Fate qué era exactamente, la expresión de la agente se había tornado extremadamente seria y su voz había alcanzado un tono duro que Nanoha no le había oído hasta ahora.

«Storm Night es un arma. O puede llegar a serlo. Todavía no se ha fabricado. Lo que hay en Pandora son, por así decirlo, sus planos y esquemáticas, su diseño, todo lo necesario sobre el "papel" para poder construirla. Hace ocho años no existía bastante de la tecnología necesaria para hacerla realidad. Ahora sí. Y las leyendas urbanas de La Agencia dicen que Storm Night es algo que jamás debió diseñarse… Es un arma temible, si alguien consigue construirla, cambiará probablemente el escenario mundial tal y como lo conocemos.»

Eso era lo que Fate le había contado al respecto y Nanoha no podía entender por qué alguien diseñaría un arma semejante.

—¿Tan poderosa puede llegar a ser? —preguntó desde la puerta, todavía pensando en aquella monstruosidad.

—No es el poder de destrucción en sí —le respondió Fate sin apartar los ojos de los monitores, sabiendo perfectamente a que se refería—. Sino la amenaza que puedes crear con él. Piensa en la bomba atómica y la Guerra Fría. Storm Night, ya sea fabricando varias unidades o vendiendo los diseños al mejor postor, tiene ese potencial. El de dar a un país la capacidad de amenazar a otros con su mera posesión... Siempre después de una pequeña demostración de su poder de destrucción, claro.

—¿Por qué La Agencia crearía algo así?

—¿Sinceramente? —Los ojos carmesí se volvieron un momento hacia ella para verla asentir—. Supongo que para tener ellos mismos esa capacidad de amenaza… —Devolvió la mirada a las pantallas—. A veces es complicado saber dónde está la línea en la que uno debe pararse y no cruzar. Hace unos diez-quince años, las cosas estaban bastante jodidas en Oriente Medio, parte del Norte de África y algunas zonas del sureste asiático; revueltas civiles, fanatismo religioso, dictadores que no querían soltar el poder… Fue una época en que La Agencia se vio involucrada en muchos países donde ni la ONU ni la OTAN se atrevían a entrar; se hicieron guerras sin declararse y sin «romper» ningún tratado internacional. En algunos sitios las cosas salieron bien, en otros no y se perdieron muchas vidas de agentes de campo de la organización.

»No es difícil imaginar que en ese contexto, algunos altos mandos pensasen en hacerse con un as en la manga, algo que diese a La Agencia la clase de poder que daba, y todavía da, una bomba atómica, pero que llamase mucho menos la atención y que fuese enteramente desarrollado internamente, algo que solo perteneciese a la organización. Así nació el proyecto Storm Night.

»Por lo que tengo entendido, se trabajó durante varios años en él. Pero al final acabó abandonándose por ser inviable en aquel entonces y porque ciertos cambios en la dirección y los altos mandos no lo veían con buenos ojos. Y no los culpo, Storm Night no distaba mucho de ponernos al nivel de los terroristas y podía dar a La Agencia una clase de poder al que resulta difícil resistirse.

—¿Por qué no lo destruyeron?

—Porque esas cosas nunca se destruyen… Por si acaso al final resulta que sí hacen falta. —Sacudió los hombros—. Puede que cuando recuperemos Pandora se lo piensen mejor.

Nanoha esperaba que eso fuera cierto, que llegado el momento, alguien tomase la decisión correcta y eliminase aquella amenaza. No podía imaginarse el mundo sumido en una especie de guerra fría de nueva generación; no tenía muy claro qué era y cómo funcionaría exactamente Storm Night, pero Fate daba a entender que su capacidad destructiva sería considerable y que su mera posesión convertiría a la más pequeña de las naciones en una importante y terrible amenaza. ¿Qué ocurriría si tal arma caía en manos de extremistas o fanáticos de la clase que fueran? Prefirió no seguir aquella línea de pensamientos.

—¿Está bien que me cuentes todo esto? —preguntó de repente consciente de que probablemente todo aquello era información clasificada.

—Seguramente no. —Vio a Fate esbozar una sonrisa—. Pero me da igual. Después de todo por lo que estás pasando, mereces saber parte de las razones, ¿no crees?

—Supongo que sí… Gracias.

—No tienes nada que agradecerme. Es culpa de La Agencia que estés en esta situación en primer lugar. Pero te prometo que pronto todo habrá terminado.

Nanoha asintió, rezando a cualquier dios que quisiera oírla que aquello fuera cierto, que toda aquella locura de espías, agentes, asesinos y oscuros secretos, venganzas y castigos estuviese llegando ya a su fin. Por mucho que le gustase estar con Fate, la situación distaba mucho de ser idílica y además, echaba de menos a su familia y amigos, la vida normal que hasta ahora había tenido. Nunca jamás volvería a quejarse de que su vida fuera aburrida o rutinaria. Sin duda, Fate era de una pasta diferente, afrontaba todo aquello como si fuese lo más normal del mundo y la pelirroja no podía evitar sentir cierta fascinación al verla trabajar; sabía que estaba trazando alguna clase de plan para dentro de dos días, cuya parte central era mantenerla a ella a salvo; buscaba el piso franco adecuado, sopesando los pros y contras de las ubicaciones de todos ellos y estudiaba hasta los más mínimos detalles. Nanoha tenía miedo de lo que iba a ocurrir dentro de dos días, pero sentía que mientras Fate estuviese a su lado, nada malo podría pasarle, que la rubia no lo permitiría.

—Ese habrá de valer. —La oyó decir frente a los monitores.

—¿Has encontrado el sitio adecuado? —inquirió sin poder evitar un ligero estremecimiento.

—Sí. Ahora —se volvió a mirarla— terminaré de trazar un plan y lo repasaremos tantas veces como sea necesario. No pienso dejar nada al azar.

—De acuerdo. Mientras… mientras estas con eso, iré a preparar la cena.

Fate asintió, pero antes de que pudiese irse más lejos del quicio de la puerta, la agente se levantó y se acercó hasta ella, tomándola de la mano y poniendo su mano libre en su mejilla, acariciándosela con el pulgar.

—Todo va a salir bien, te lo prometo —le dijo con la determinación brillando en sus exóticos ojos.

—Te creo, es solo que… que…

—Tienes miedo. Es normal, Nanoha. Cualquiera lo tendría en tu situación.

—Tú no —dijo apartando la mirada hacia el suelo.

—No es cierto. —Sintió los dedos de Fate alzarle la barbilla para que la mirara a los ojos—. Sí que tengo miedo. Por ti. Por lo que te pueda pasar. Por no poder hacer lo suficiente para cumplir mis promesas.

—Fate-chan… —Se refugió contra su pecho, entre los brazos que se cerraron a su alrededor—. Prométeme que no harás ninguna estupidez. —Empezaba a ser consciente de lo que implicaba la protección de Fate, que estaba dispuesta a dar la vida por ella si fuera necesario.

—Solo puedo prometerte que lo intentaré.

Ambas permanecieron unos minutos más así, abrazadas y en silencio, dejando que las palabras que no habían sido dichas las calarán igual de hondo; que para Fate la máxima prioridad, lo más importante era la vida de Nanoha y que haría todo cuanto fuese necesario para asegurarse de que nada malo le pasaba. Que Nanoha no quería que Fate se sacrificara por ella, pero era consciente de que era muy poco lo que ella podría hacer para evitarlo. Y sobre todo, ninguna quería perder a la otra.

Finalmente, fue Fate la que rompió el abrazo y la miró dedicándole una sonrisa que Nanoha estaba segura de que solo guardaba para ella.

—Ve a hacer esa cena, en un rato estaré contigo. —Le dio un rápido beso en los labios y volvió a sentarse frente a los monitores.

Nanoha la dejó allí, preparando el que habría de ser el plan que salvase su vida y les ayudase a atrapar a los tipos malos de aquella historia.

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18.30 horas. 19 de octubre. Antigua residencia de Fate Harlaown

—¿Estás segura, jefa?

—No. Pero lo vamos a hacer de todos modos.

Signum y Vice contemplaban el edificio de apartamentos en el que Fate Harlaown tenía su residencia; sin nada mejor que hacer que volver a repasar por enésima vez la poca información que tenían y esperar a que su contacto la llamará con algo importante al respecto, ambos habían decidido ir a echar un ojo al apartamento de la joven Harlaown. El carecer de una orden de registro era un «pequeño» tecnicismo que los dos estaban dispuestos a pasar por alto esta vez, sobre todo teniendo en cuenta que oficialmente no estaban investigando a aquella supuesta estudiante.

—Vamos.

Signum echó a andar con aire decidido y Vice la siguió sin dudar; entraron en el portal y subieron a la planta adecuada sin cruzar más palabras. Una vez en el descansillo, tras asegurarse de que no había ningún vecino curioso por allí, la detective sacó un par de ganzúas y se aplicó a forzar la cerradura, algo que había aprendido durante sus primeros meses patrullando las calles, mientras Vice vigilaba que nadie los sorprendiese, no quedaría muy elegante tener que explicar por qué estaban haciendo aquello y mucho menos querían que llegase a oídos de sus superiores.

A Signum le bastaron un par de minutos hasta oír la cerradura ceder, con una sonrisa satisfecha, guardó sus ganzúas y abrió la puerta. Ambos detectives entraron en el apartamento sumido en la oscuridad de la tarde otoñal, no se oía ningún ruido proveniente del interior y tampoco parecía que hubiese alguna luz encendida. Una vez los dos dentro del recibidor, Vice cerró la puerta y apretó el interruptor junto a la puerta, iluminando un pequeño salón y cocina y un pasillo que conducía al interior del piso.

—No parece que haya nadie en casa —comentó el joven.

—Será mejor asegurarnos —dijo Signum.

Con las pistolas listas en la mano, fueron recorriendo el apartamento; pronto les resultó evidente que no había nadie allí, pero estaba claro que alguien había estado viviendo en la casa hasta hacía poco; todavía había ropa en el dormitorio y productos de higiene y limpieza a medio usar en el baño y la cocina, incluso la nevera estaba bastante llena, aunque si bien era cierto que gran parte de los alimentos perecederos se habían estropeado y el brik de leche abierto estaba claramente en mal estado. En la mesa de café del salón encontraron hojas de apuntes y un par de libros. Todo apuntaba a que Fate había estado viviendo realmente allí, pero hacía varios días que ya no lo hacía o no había vuelto a pasar por allí.

—Está puerta no se abre. —Oyó Signum decir a Vice desde el pasillo, mientras ella echaba un ojo al salón.

Su compañero estaba frente a la puerta de un segundo cuarto que quedaba frente al cuarto de baño, resultaba extraño que la puerta tuviese cerradura por el lado exterior, ¿para qué querría alguien bloquearla desde fuera? Sin duda, fuese por la razón que fuese, debía ser importante, o al menos eso esperaba Signum, que volvió a echar mano de las ganzúas.

—Esta cerradura es más compleja que la de la entrada —comentó concentrada.

—Eso sí que es curioso.

Le llevó un poco más de tiempo, pero finalmente, logró abrir la puerta; cuando encendieron la luz, se encontraron con algo que uno no esperaría encontrarse en la casa de un estudiante.

—¿Qué demonios? —masculló Vice, recorriendo con la vista lo que a todas luces era un sofisticado equipo informático y electrónico.

Varios monitores desconectados descansaban a lo largo de una mesa metálica, debajo de la misma pudieron ver tres torres de ordenador ultracompactas apagadas, un único teclado inalámbrico yacía entre las pantallas; un buen número de cables se esparcían por la estancia desapareciendo después por las paredes y el suelo hacía otras zona de la casa.

—¿Para qué querría alguien tanto equipo? —inquirió Vice.

—Para vigilancia —musitó Signum agachándose a encender una de las torres tras ponerse un par de guantes de látex para no contaminar posibles pruebas; un par de monitores cobraron vida, mostrando las pantallas de carga, un inicio prometedor que pronto se vio truncado cuando un mensaje les advirtió que no se encontraba disco duro alguno.

—Bueno, si esa chica es lo que creemos que es, no iba a ser tan fácil —dijo Vice con una sonrisa torcida.

—Supongo que no, pero había que intentarlo. ¿Me pregunto qué o a quién estaría vigilando desde aquí? ¿Tendrá que ver con la universidad? ¿Con alguien de allí? —se preguntó Signum en voz alta.

—Lo que está claro es que parece que se ha ido sin intención de volver por aquí, sino no habría frito los discos duros. ¿Crees que la unidad de informática podría sacar algo de ellos?

—Lo dudo, pero como he dicho antes, hay que intentarlo. Ocúpate de recoger las tres torres, las llevaremos a la comisaría y pediremos algunos favores a los técnicos. Mientras yo voy a echar otro vistazo más.

—De acuerdo.

Signum dejó a Vice en aquel cuarto y fue a dar otro recorrido por el apartamento; no encontró mucho más de lo que ya había hecho en la primera inspección, pero mientras rebuscaba en el armario otra vez, encontró bien escondida al fondo, tras varias sudaderas y camisetas apiladas encima, una caja de seguridad; estaba abierta y vacía, pero por su tamaño no debía haber contenido algo más grande que documentación y puede que dinero. Era un hallazgo interesante, aunque no más que el doble fondo con el que dio en el último cajón de la cómoda; alguien se había tomado la molestia de conectarle una cerradura electrónica que ahora estaba desactivada, pero que en funcionamiento habría requerido de una contraseña para poder abrirla. El interior parecía tan vacío como la caja de seguridad, pero al meter la mano hasta el fondo, dio con algo sólido. Sabía lo que era incluso antes de sacarlo. Un cargador de pistola.

—Hm… —Lo observó, todavía cargado con todas las balas—. Yo diría que de una Glock… ¿Quién demonios eres Fate Harlaown? ¿Y para qué necesitas una pistola del cuarenta y cinco?

—Ya tengo las torres listas —dijo Vice acercándose hasta ella—. Vaya, ¿de dónde ha salido ese cargador?

—De un doble fondo. Parece que definitivamente nuestra estudiante es mucho más de lo que aparenta. —Y de repente algo hizo click en su memoria al recordar su primer y único encuentro con Fate en la clínica—. Iba armada.

—¿Qué? —Vice la miraba sin comprender a qué se refería.

—El sábado pasado, fui a la clínica para ver si Shamal quería tomarse un descanso conmigo un rato. Fate apareció en la consulta cuando yo estaba allí, dijo algo sobre que necesitaba que le mirasen unos puntos que se le habían saltado. Cuando se despidió de nosotras y la observé al marchar, algo en ella me llamó la atención, no sabía qué hasta ahora. Iba armada, eso era lo que estaba viendo sin darme cuenta en aquel momento. Cómo no caí antes... —Negó con la cabeza.

—Espera, espera. Dices que iba armada. Entonces tu novia tuvo que ver el arma, ¿no?

«Oh.» Pensó Signum, desde luego que Shamal habría visto la pistola que Fate llevaba consigo en ese momento y ella la había dejado a solas con ella en una habitación, maldita sea, ¿qué clase de policía era? Y si Shamal no le había dicho nada al respecto, eso solo podía significar una cosa: que Fate era uno de esos pacientes a los que no se les hacía preguntas. ¿Un accidente doméstico había dicho la joven cuando le explicó la causa de los puntos? «Ja.» Seguramente era una herida causada por otra cosa, quizás por un disparo. ¿Sería de Fate la tercera muestra de sangre que había encontrado en la escena del crimen de los supuestos yakuza? La misma que al principio no había tenido correspondencias de ADN y días después sí con un miembro del crimen organizado de la ciudad.

Shamal podía ser la clave para obtener unas cuantas respuestas, pero le había dicho que no le preguntaría más sobre aquello, que entendía y respetaba sus razones para guardar silencio. Miró el cargador que tenía en la mano; las cosas eran ahora un poco distintas, Nanoha, la mejor amiga de una de sus hermanas pequeñas había desaparecido junto con Fate y era obvio que aquella desaparición escondía mucho más de lo que los Takamachi habían dado a entender, ¿pero por qué no hacían nada?, ¿por qué no denunciaban la situación?, ¿los estaba amenazando alguien?, ¿se trataba de un secuestro?, ¿o algo completamente distinto? No le había dicho Shamal que si Nanoha estaba con Fate, entonces estaría completamente a salvo. ¿Era Fate Harlaown alguna clase de agente extranjero secreto con permiso para operar en suelo nipón?

—¿Jefa? ¿Signum? —llamó Vice ante su prolongado silencio.

—Creo… creo que nos estamos metiendo en algo realmente grande, Vice —dijo con la mirada todavía fija en el cargador.

—¿Ilegal?

—No lo sé aún. Pero es evidente que sea quién sea Fate, está operando por debajo del radar y al margen de la ley por algún motivo. Y pienso que ese motivo es Nanoha Takamachi.

—¿La amiga de tu hermana? —Asintió—. ¿Por qué? ¿Qué tiene de importante?

—Ni idea. A parte de la cadena de cafeterías Midori-ya, no hay nada más, salvo la fortuna que han amasado durante los años. Pero algo me dice que esto no es un simple secuestro por motivos económicos.

—¿Hablarás con Shamal sobre Fate?

—No sé… —Se frotó la frente y suspiró—. Es algo complicado, Vice. Shamal…, digamos que en su clínica a veces atienden a pacientes a los que dispensan un trato especial. No quisiera meterla en un lío y que perdiera su trabajo. Ella me asegura que esos pacientes no son malas personas ni criminales. Y yo confío en su palabra.

—Signum, no creo que esta vez debas dejarlo pasar. Hay una chica desaparecida y dos hombres muertos.

—A ojos de la policía, la chica no está desparecida, sus padres ni siquiera lo han denunciado, y ese doble asesinato está prácticamente resuelto. —Se defendió la detective.

—Sabes a lo que me refiero… Tú misma dijiste que no estarías tranquila hasta esclarecer la verdad en todo este asunto.

—Lo sé, Vice, ya lo sé —contestó un poco más duramente de lo que pretendía—. Lo siento, no quería saltar así. Es solo que… —Vaciló sin saber qué más añadir, en aquel momento su mente era un hervidero de preguntas y suposiciones y la única persona que podría darle algunas respuestas probablemente se cerraría en banda o, peor aún, acabaría dándoselas a regañadientes si le insistía lo suficiente y eso, a Signum no le cabía duda, marcaría un antes y un después en su relación y no estaba segura de querer arriesgar tanto por la resolución de un caso que seguramente jamás saldría a la luz.

—¿Y bien?

Signum exhaló un nuevo suspiro, sacó una bolsa de pruebas de su cazadora y metió el cargador en ella, para después guardárselo en un bolsillo de la misma.

—Por ahora esperaremos a ver qué nos dice mi contacto. Será mejor saber en qué nos estamos metiendo realmente antes de hacer nada. No quisiera que acabásemos en un fuego cruzado entre agencias secretas gubernamentales o algo por el estilo.

—Como tú digas, tú eres la jefa. —Asintió Vice.

—Bien. Creo que aquí ya hemos terminado, llevemos las torres a la comisaría y demos el día por terminado. Ya veremos que nos cuentan los chicos de informática mañana.

Tras apagar todas las luces y cerrar la puerta principal, ambos detectives abandonaron el edificio y cogieron el coche de vuelta al departamento de policía; Signum dejó que Vice condujera, ella tenía demasiadas cosas dándole vueltas en la cabeza y tenía la sensación de que aquella iba a ser una larga noche en casa, consciente de que iba a ser incapaz de ocultar su estado de ánimo a Shamal. Esperaba que su tío Gil se pusiese en contacto con ella más pronto que tarde o todo aquello iba a ser difícil de manejar.

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20.30 horas.19 de octubre. Residencia de los Takamachi

—Todo esto es mi culpa. —Shiro Takamachi contemplaba la oscuridad del jardín trasero de su casa a través de los ventanales del salón. Según la última llamada que había recibido de Lindy Harlaown, aquella situación estaba cerca de terminar, sin embargo, no le había asegurado cuántos días más estarían sin poder ver a Nanoha, ni en qué forma estaba previsto que todo aquello acabase.

—Nadie te culpa de nada, cariño —dijo Momoko yendo a su lado.

—Alguien debería hacerlo. —Se volvió a mirarla un momento—. Tú deberías hacerlo. Si no fuese por mí, por lo que hice en el pasado, Nanoha no estaría en peligro ahora. Nuestra pequeña estaría aquí con nosotros, a salvo y no dios sabe dónde… —Cerró una de sus manos en un puño y golpeó el cristal, que retumbó bajo la fuerza del golpe.

—Shiro… —Momoko pasó un brazo por su cintura y apoyó la cabeza en su hombro—. No te culpo, porque nada de esto es culpa tuya, sino de las personas que nos han puesto en esta situación, de aquellos que te utilizaron. De esa Agencia.

—No deja de ser irónico que sean ellos los que ahora tienen que proteger a nuestra hija. —Rió sin humor—. Seguramente solo lo hacen para salvar su propio pellejo. Debería… debería estar ahí fuera buscándola. Soy su padre, soy yo quien debe protegerla.

—¿Y por qué no lo estás haciendo? —preguntó Momoko, aunque ya conocía la respuesta, sabía que su marido necesitaba repetírselo.

—Porque pese a todo confío en Lindy Harlaown. Es una manipuladora, pero siempre se ha regido por un férreo código ético y lo que me hicieron hace ocho años nunca le gustó. Porque sé que pondrá fin a todo esto de una vez y para siempre. Hará que ese maldito dispositivo ya no suponga una amenaza para Nanoha. Ella confía en la persona que está protegiendo a nuestra hija, nos dijo que es alguien capaz de dar su vida para salvar la de Nanoha. Y la creo. —Abrazó a su mujer—. Tendría que estar ahí fuera, pero sé que no hay nada realmente que pueda hacer y que no podemos más que esperar.

—Sé lo frustrante y doloroso que es para ti todo esto. También lo es para mí.

—Lo sé, mi amor. Y siento…

—No, Shiro, no más disculpas. Cuando me casé contigo, lo hice aceptando todo cuánto eras, incluido tu trabajo y los riesgos que podía implicar. No te culpo —repitió—. Nunca podría hacerlo. Nanoha estará bien —dijo tanto para convencerlo a él, como a sí misma—. Lindy nos prometió que nada le pasaría. Tú crees en su palabra y yo creo en ti.

Shiro asintió y abrazó más estrechamente a su mujer, conscientes ambos de que por el momento solo podían esperar y rezar. Y confiar en la palabra de una mujer que pertenecía a la misma organización que los había metido en aquel embrollo en un principio. Pero Shiro quería creer en Lindy Harlaown, necesitaba hacerlo. No era justo que la penitencia por sus «pecados» pasados recayera sobre su hija y, sin embargo, por mucho que odiase admitirlo, la verdad era que no había nada que pudiese hacer ahora para cambiar la situación o mejorarla al menos; el pasado no se podía cambiar, uno solo podía afrontar las consecuencias de las decisiones tomadas.

21.00 horas. 19 de octubre. Área residencial The Seventh Gate

Fate contemplaba su torso semidesnudo en el reflejo del espejo del cuarto de baño, observando la herida de su costado; esta parecía estar por fin cerrada y si echaba cuentas, la fecha en que debían quitarle los puntos era aproximadamente aquellos días. Buscó unas pinzas y tijeras quirúrgicas en el botiquín que tenía guardado en el mueble bajo el lavabo, no sería la primera vez que se tenía que encargar de quitarse unos puntos y aquellos al menos estaban en un lugar accesible y bien visible sin necesidad de tener que retorcerse para alcanzarlos o usar solo una mano.

Cuando ya llevaba quitados la mitad de los puntos, Fate sintió la presencia de Nanoha a su espalda; la joven la observaba en silencio desde la puerta del baño, que Fate no se había molestado en cerrar por completo. Por un momento, mientras tiraba de del hilo, se preguntó qué estaría pasando por la cabeza de Nanoha al verla hacer aquello, ¿qué pensaría sobre alguien que era capaz de quitarse sus propios puntos sin ni siquiera pestañear? Esta era una parte de ella misma que la pelirroja todavía no había visto de manera completa, pero ya no tardaría en hacerlo cuando el plan comenzase. No pudo evitar preguntarse si Nanoha encontraría atractiva también esa faceta suya o, por el contrario, la asustaría de alguna manera. La respuesta quizás solo la sabría con el tiempo.

—¿Te duele? —le preguntó Nanoha cuando solo le quedaban tres puntos más por quitar.

—No —contestó sin apartar la mirada y la atención de la herida.

—¿Eso no debería estar haciéndolo un médico?

—No puedo permitirme el riesgo de ir a uno. —Alzó un momento los ojos al espejo y su mirada se encontró con la de Nanoha en él—. No te preocupes. Ya he hecho esto otras veces. Sé lo que me hago.

—Que me digas eso no va a evitar que me preocupe… —La oyó acercarse y no tardó en sentir el calor que irradiaba de la pelirroja en su espalda—. ¿Esa es la herida que se te abrió antes, verdad?

—Sí, pero ya está completamente cerrada. No fue nada grave, la bala solo me rozó.

—Hm… —Nanoha no podía apartar los ojos de la tierna cicatriz que los puntos iban dejando a la vista; en otras circunstancias, su mirada habría recorrido el bien tonificado torso de la rubia y viajado hacia ciertas voluptuosidades superiores, pero en aquel momento era incapaz de mirar nada más que aquella herida que Fate se había hecho al salvar su vida por primera vez.

Consciente de dónde seguía la mirada de Nanoha, cuando Fate terminó de quitar el último punto, tras dejar las pinzas y las tijeras sobre el lavabo, se volvió hacia ella y con suavidad, como si no quisiera asustarla, puso una mano en su barbilla y le alzó el rostro hasta que sus ojos se encontraron, carmesí en azul profundo.

—Ey, en serio, no es nada. No me duele y ya está cerrada.

—¿Cuántas… cuántas veces te han herido antes? —Nanoha pasó la yema de sus dedos por la nueva cicatriz en lo que apenas fue el fantasma de una caricia.

—¿Importa? —musitó tomando el rostro de la joven entre sus manos, apenas había espacio entre ellas.

—Sí. Es parte de lo que eres, de quién eres, ¿no? De esa Fate que todavía estoy conociendo.

—Si tienes miedo de lo que estar conmigo puede significar y ser, todavía estamos a tiempo de…

—¡No! —Fate nunca había estado más contenta de que alguien la interrumpiese con semejante vehemencia—. Quiero estar contigo, pero también quiero saber, comprender cómo es esa otra parte de ti, la que saldrá en misiones, la que se juega la vida, la que se ensucia las manos para que otros no tengan que hacerlo y puedan vivir a salvo y en paz.

Fate no pudo evitar que sus labios se curvaran en una pequeña sonrisa al oír prácticamente las mismas palabras que le dijera a Nanoha días atrás, cuando trataba de explicarle por qué hacía lo que hacía, por qué había elegido aquella vida.

—Me han herido otras veces, sí, pero menos de las que puedas imaginar. No me consideran una de las mejores agentes jóvenes por nada, ¿sabes? —Bajó sus manos hasta dejarlas sobre las caderas de la pelirroja.

—Lo que está claro es que la modestia no es tu fuerte —bromeó Nanoha—. Pero todavía no has respondido a mi pregunta.

—Mm… Gravemente solo una vez; durante una operación en el almacén de un traficante de armas en Estados Unidos, un disparo me alcanzó en la pierna, en el muslo más concretamente, la bala pilló la femoral y tuve mucha suerte de no morir desangrada gracias a uno de mis compañeros de equipo y a una rápida evacuación a un hospital cercano. Después de aquello, he tenido más cuidado.

Fate sabía que explicaciones e historias como aquella no eran precisamente tranquilizadoras, pero no quería mentirle a Nanoha, incluso cuando eso significaba ver aparecer la preocupación reflejarse en su rostro. La atrajo un poco más hacia sí, reduciendo casi a lo inexistente la distancia que había entre ellas.

—Han pasado años de aquello, fue una de mis primeras misiones, he aprendido mucho desde entonces, ganado experiencia. El resto de mis heridas son fruto de caídas y golpes, las balas no me han vuelto a alcanzar salvo para rozarme o impactar en mi chaleco antibalas. Pero te prometo que seguiré teniendo cuidado cuando salga ahí fuera, ¿de acuerdo?

Por toda respuesta, Nanoha solo asintió y la rodeó con sus brazos en un estrecho abrazo, que Fate devolvió de inmediato. En ese instante deseó con todas sus fuerzas que todo el asunto de Pandora terminase de una vez, para que Nanoha estuviese a salvo y no tuviese que preocuparse por lo que iba a ocurrir durante los días siguientes. Fate sabía que la pelirroja tenía miedo, no solo por sí misma, sino también por ella, por lo que podría ocurrirle, por lo que podría llegar a arriesgar si era necesario para protegerla. Y aquel era un temor difícil de calmar, porque la mayoría de palabras que le pudiera decir sonarían huecas, vacías, meros ánimos sin sentido que no podrían ocultar la verdad de la que las dos eran muy conscientes.

Un estremecimiento recorrió la espalda semidesnuda de Fate al sentir los labios de Nanoha sembrar de pequeños pero voraces besos su cuello, besos que fueron ascendiendo hacia su mandíbula hasta alcanzar sus labios, devorándolos; las manos de la pelirroja tampoco se habían quedado quietas y ahora recorrían la piel expuesta de su espalda, siguiendo su columna, a veces acariciando, otras arañando con suavidad. Las propias manos de Fate no se quedaron ociosas, se movieron por el torso de Nanoha, hasta colarse bajo la camiseta que llevaba puesta, acariciando sus costados, mientras su boca y su lengua batallaban con las de ella en un beso tras otro, cada vez más cargados de un innegable deseo. Sin embargo, cuando sintió unos traviesos dedos colarse bajo la cintura de los pantalones de chándal que llevaba puestos, rompió el contacto, separándose ligeramente de Nanoha. Ambas tenían la respiración agitada.

—Nanoha, no…

—Fate-chan, esto es lo que quiero. Te quiero a ti. Ahora. Te necesito.

Cuando Fate miró a Nanoha a los ojos, estos estaban oscurecidos por el deseo, pero en el fondo podía ver un sentimiento más profundo, que si no era amor, se le parecía bastante.

—Apenas hace un mes que nos conocemos… Demonios, si lo piensas, solo hemos salido una vez y no fue precisamente un éxito.

—Me da igual. Fate-chan, por favor… si pasado mañana pasara algo… Si… —No fue capaz de terminar aquel pensamiento—. No quiero arrepentirme de nada. Quiero estar contigo de la forma más absoluta… Quiero sentirte del todo, a mi alrededor, dentro de mí. Quiero que hagamos el amor esta noche.

La pelirroja volvió a asaltar su boca sin dejarle lugar a replicas o protestas y la verdad es que la parte racional de Fate estaba perdiendo aquella batalla rápidamente; no podía negar su propio deseo y las palabras de Nanoha no solo habían encendido su corazón, una llama abrasadora recorría su piel, extendiéndose por todo su cuerpo hasta su mismísimo centro. Como si no fuera dueña de ellas, sus manos se perdieron de nuevo bajo la camiseta de Nanoha y esta volvió a juntar sus cuerpos, apretándose contra ella y llevando sus dedos al mismo sitio de dónde habían sido retirados minutos antes.

Ahogando un gemido contra los labios de la pelirroja al sentir la primera de sus caricias entre sus piernas, Fate logró la claridad de mente necesaria para conducirlas a ambas hacia el dormitorio; por muy espacioso que fuese su cuarto de baño, prefería mil veces la cama al frío suelo de este. Con la más o menos entorpecida guía de Fate, acabaron cayendo sobre el lecho sin que sus cuerpos o sus labios se separasen prácticamente unos milímetros; la rubia quedó a horcajadas sobre los muslos de Nanoha, la camiseta y sujetador de esta habían desparecido en algún momento del corto camino entre ambas estancias y Fate se apartó para poder observarla unos momentos.

—Eres preciosa —susurró dejando que una de sus manos vagara sobre la piel desnuda, las mejillas de Nanoha se sonrojaron levemente ante sus palabras y la intensa mirada que parecía querer devorarla por completo—. ¿Estás segura?

—Lo estoy. —Y como para dar énfasis a su respuesta, desabrochó el sujetador que de alguna forma Fate todavía conservaba y se deshizo de él.

A Fate no le hicieron falta más palabras, había pasado el punto de no retorno en el momento en que habían salido del baño; precaución, profesionalidad, responsabilidad, apropiado… Todas aquellas palabras fueron desechadas de su mente, mientras liberaba a Nanoha de los pantalones y el resto de su ropa interior, a lo que pronto siguieron los suyos, y sus cuerpos desnudos se encontraban por primera vez, piel contra piel, dejando solo paso al deseo y la pasión. Si algo había aprendido en todos aquellos años en La Agencia era que la vida de un agente podía acabar en cualquier momento, en cualquier misión que saliera mal y, como Nanoha había dicho, si lo peor había de pasar, lo mejor sería morir sin arrepentimientos y sin lamentar oportunidades perdidas.

Aquella larga noche dejaron que fuesen sus cuerpos los que hablasen, sus bocas y manos las que intercambiasen mudas palabras y promesas, que fueron grabando en cada rincón de piel acariciado y saboreado, recorrido como si de un mapa se tratase, hasta encontrar los tesoros más escondidos. Se entregaron la una a la otra sin reservas, sin más dudas y sin dejar que el miedo las alcanzase entre las sábanas revueltas y empapadas de sudor. Aquella noche era para el deseo, para el amor que florecía y crecía cada vez con más fuerza entre ellas, que había germinado incluso entre medias mentiras y medias verdades. Dejaron que el fuego de sus cuerpos unidos las consumiera hasta alcanzar un éxtasis cegador y absoluto, del que descendieron para dormirse una en los brazos de la otra, sin saber dónde empezaban o acababan sus cuerpos. A salvo de una realidad que podía esperar hasta la mañana siguiente.

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09.30 horas. 20 de octubre. Inmediaciones del edificio de Seguridad Nacional de Japón, Tokio

La mujer morena abandonó el alto y moderno edificio de oficinas con paso tranquilo y una sonrisa fácil en los labios, apenas llamaba la atención con su sobrio traje gris y el cabello recogido en un sencillo moño; en la mano portaba un maletín metálico de tamaño medio, no muy distinto al que llevaban los otros ejecutivos con los que se cruzaba en su camino a través de la plaza hacia una de las bocas de metro cercanas. Mientras bajaba por las escaleras metálicas hacia los andenes de una de las líneas que la llevarían hacia las afueras de la capital, realizó una rápida llamada telefónica con un móvil preparado para no ser interceptado ni rastreado.

—Ya esta hecho —dijo nada más oír como descolgaban al otro lado de la línea—. La caja es nuestra.

—Excelente, agente Dos, sabía que eras la idónea para este trabajo —contestó una voz masculina—. ¿Alguna señal de los perros guardianes?

—He visto a un par, pero ellos no me han «visto» a mí. —La mujer se permitió una sonrisa mientras caminaba hasta el andén; una ventaja de ser una de las recientes incorporaciones de aquel grupo era que los ojos que vigilaban sus pasos no tenían ni idea de quién era ella, ya que jamás la habían visto.

Oyó una risa divertida al otro lado de la línea, sin duda su nuevo jefe estaba satisfecho con el resultado de la misión. La verdad era que esta no había resultado muy difícil, básicamente había bastado con hacerse con las tarjetas, llaves y claves de acceso necesarias para sortear todas las puertas y moverse por aquel edificio como si de verdad trabajase allí todos los días. Y, quizás porque habían pasado ocho años desde que poseían aquello y pensaban que ya no habría forma de conseguir la información de su interior, la seguridad en torno a la «caja» era bastante laxa; estaba muy segura de que pasaría un tiempo considerable antes de que alguien notase su ausencia. Eso, si los perros guardianes no metían sus hocicos allí antes. Pero por el momento, ellos tenían la mano ganadora. O casi. Solo les faltaba un as más para ganar la partida.

—Muy bien, agente Dos, diríjase al punto de encuentro. Dentro de poco sabremos la ubicación de nuestro siguiente objetivo y la fase final de este juego dará comienzo.

—Sí, señor.

Tras aquello ambos cortaron la llamada, la mujer tiró con disimulo el móvil a una papelera y se subió al siguiente tren que paró en la estación. Una ejecutiva o mujer de negocios más de camino a la oficina o una reunión. Otro rostro anónimo entre la multitud.


Nota de la Autora: Seguro que ya veis que nos vamos acercando al final. Así que un poco de "acción" antes de la acción ;)