Iluminado por los primeros rayos del amanecer el lago ofrecía una visión de ensueño, convirtiendo el simple acto de contemplarlo en una experiencia mística. A esa hora, la bruma cubría el paisaje con su etéreo manto haciéndole sentir en un mundo distinto, lleno de magia.

Intentando retener para siempre aquella imagen en la memoria cerró los ojos, disfrutando de la tenue caricia del naciente sol sobre su piel. Todavía hacía algo de frío, sin embargo, no le tomó importancia al detalle porque sabía que pronto la neblina se disiparía para revelar un cielo límpido, libre de nubes, tal y como era lo acostumbrado en esa temporada.

Impregnándolo todo, el aroma del pasto fresco opacaba escandalosamente las fragancias de las flores silvestres que, soñolientas, se resistían a abrir sus pétalos, como rogando por un poco más de noche. A su alrededor todo comenzaba a despertar, susurrando en sus oídos y en su alma el cántico matutino que se estaba acostumbrando a escuchar cada día; esa dulce sinfonía del renacimiento de la creación que, hasta lo decían los textos sagrados, resonaba sobre el mundo entero desde el principio de los tiempos.

Inspiró profundamente, deleitándose con esa peculiar mezcla de aromas silvestres que no podía compararse a ninguna otra, debido al sencillo toque de hogar plasmado en ella. Se encontraba en casa, en ese mundo que llevaba impreso en el corazón y que, gracias a la amnesia, ahora le parecía completamente nuevo sin dejar de resultarle demasiado familiar.

Inundado por aquella placidez, se permitió un instante para saludar, como a una vieja amiga, a aquella persistente, molesta y esquiva, sensación de vacío que habitaba muy dentro de su ser; una especial sensación que se rehusaba a nombrar, pero que contenía dosis fuertes de nostalgia, desánimo e impotencia mezclados con júbilo, esperanza y plenitud. Al meditar sobre ello descubrió, no sin sorpresa, que lo último que deseaba era librarse de esa peculiar emoción, porque era algo tan vivo, tan poderoso, que le transformaba por completo, haciéndolo sentir una persona distinta, nueva; tan nueva como ese amanecer y tan extraña como esos recuerdos que arribaban, cual forasteros solicitando asilo, desde los más recónditos vericuetos de su mente.

Inmerso en el reconocimiento de su alma, se sintió tocado por una poderosa luz, que nada tenía que ver con el sol, sino con lo que escondía su corazón, que aquella mañana parecía explotar en un sin fin de sensaciones, de la misma forma en que comenzaban a brillar los colores de la creación.