Tregua en el matrimonio

Esta es una adaptación

La mayoría de los personajes le pertenecen a:

Stephenie Meyer.


Capítulo 9

ELLA llevaba dos horas en casa cuando Edward apareció. Dos horas en las que la imaginación se le había desbocado mientras se imaginaba a Edward y a la rubia en la habitación de un hotel.

Oyó el taxi que se paraba en la calle, las llaves al abrir la puerta y el sonido de las bolsas al dejarlas en el vestíbulo. Él no la llamó y ella notó que el miedo y la furia le oprimían el pecho. Cuando al cabo de un momento fue a la sala y la vio de pie junto a la chimenea, no hizo nada por acercarse a ella. Se quedó en el quicio de la puerta con el rostro enigmático y en un silencio que pa recía retumbar en todo el mundo.

—Fui... a buscarte al aeropuerto —dijo ella por fin.

—Ya —Edward hizo una mueca con la boca—. Me pareció ver que... desaparecías.

Ella volvió la cabeza.

—¿Quién es ella, Edward?

—Se llama Lauren Mallory —lo dijo con un tono tranquilo—. Es una periodista australiana que trabaja para el Sun day Globe.

—¿Es todo lo que tienes que decirme de ella?

—Creía que ya habrías adivinado el resto.

Ella separó los labios con asombro. Había esperado que lo negara, que se inventara alguna explicación. Se dio cuenta de lo desesperadamente que había confiado en eso.

—¿Has dormido con ella? —le preguntó adustamente.

—No se puede decir que durmiera mucho.

La sequedad de la respuesta fue como si la hubiera abofeteado en la cara y la hubiera tirado al suelo.

Lo miró fijamente buscando en su rostro alguna señal de delicadeza, algún remordimiento, algún arrepentimiento, algo que le sirviera para construir un puente entre ellos, pero la gélida máscara era impenetrable. Implacable.

—¿Cómo has podido...? Dios mío. ¿Cómo has sido capaz...?

—Porque ella me deseaba, Bella —la voz de Edward le abrasó las entrañas—. Te aseguro que eso fue un cambio que agradecí mucho.

A ella le temblaban las piernas. La mente se negaba a reconocerlo, le decía que ese era el hombre al que ella amaba, el hombre que le había enseñado a desearlo hasta la inconsciencia.

No podía ser el mismo que estaba diciéndole aquellas cosas.

Estaba deshaciéndose por dentro, pero consiguió en contrar algo de voz.

—Entonces, quizá debas hacer que ese cambio sea permanente —dijo fría y claramente.

Él arqueó las cejas.

—Claro, si eso es lo que quieres... —hizo una pausa—. ¿Puedo recoger el resto de mis cosas o prefieres que me vaya inmediatamente?

A ella le sonó a una pregunta educada, como si le hu biera preguntado si quería café. No podía creérselo. Se puso rígida con las uñas clavadas en las palmas de las manos.

—Sí, por favor, vete ahora mismo.

Pensó que no podía soportar que viera todos los patéticos preparativos que había hecho para recibirlo; para indicarle que quería volver a empezar de cero y que hbía esperado, como una estúpida, como una ingenua, que la reconciliación empezaría en la cama.

Se volvió con la mirada pérdida en la chimenea apagada. Se dio cuenta, sin podérselo creer, que incluso en aquel momento seguía esperando que él dijera su nombre, que cruzara el abismo que los separaba y fuera hacia ella, que la abrazara mientras le pedía perdón, mientras le daba alguna excusa por su traición y le rogaba su perdón, mientras le decía que la presión a la que había estado sometido lo había llevado a un momento de locura...

Que le dijera cualquier cosa, pensó angustiada, a la que agarrarse como un náufrago a una tabla salvadora.

Sin embargo, sólo oyó los pasos de Edward en el vestíbulo y la puerta que se cerraba tras él como otras veces. Aunque aquella vez era para siempre.

Con él se fue la ira que la había mantenido en pie y dio paso a un vacío que se llenó de un dolor asfixiante.

Cayó de rodillas.

—Todo ha terminado. Todo ha terminado —repetía una y otra vez como una letanía.

Lo había hecho. Se había enfrentado a sus recuerdos más angustiosos. Sin embargo, ¿había conseguido exorcizar los demonios que la habían acechado desde entonces? Tenía que afrontar el hecho de que, a pesar de todo lo que hiciera, Edward seguía en su corazón y en su cabeza. Mientras él había encontrado otra mujer y otra vida.

Todavía no sabía cómo había podido sobrevivir a los días que siguieron a la marcha de Edward. La furia la había dado fuerzas mientras empaquetaba las ropas de Edward y otras pertenencias y hacía desaparecer cualquier rastro de él. Antes de cerrar la última bolsa guardó encima, para que fuera lo primero que viera, el pequeño estuche forra do de terciopelo con el anillo de boda. Dejó las bolsas y las cajas en el vestíbulo para que no tuviera excusas para entretenerse.

Sin embargo, él no había necesitado excusas. Fue a recoger las cosas mientras ella estaba trabajando y dejó la llave de la casa en la mesita del vestíbulo como señal de que la separación era absoluta e irreversible.

Aun así, cambió todas las cerraduras por consejo de Alice.

Durante las semanas siguientes, empezó a saber lo que significaba la soledad. La casa en la que había depositado tantas esperanzas se había convertido en un inmueble más, frío y sin alma.

Pensó que sin Edward su vida había perdido el sentido y habría podido abandonarse para siempre de no ser por Alice, quien le buscó un abogado matrimonialista y un agente inmobiliario y le dio fuerzas para su nueva vida de soltera.

Había sido una amiga maravillosa, sin duda, pero ella a veces habría preferido que no hubiera sido tan obsesivamente implacable con Edward. Ya se sentía bastante mal como para que le recordara sus pecados todos los días.

Se preguntó por qué lo detestaría tanto y se quedó inmóvil al oír el motor de un coche que le indicó que ya no estaba sola, que tendría que compartir su refugio. Sin embargo, comprendió que ya era hora de marcharse. Se levantó de mala gana de la roca. Era hora de volver a Trevarne House y de suplicar a Rosalie que le perdonara por haberle fastidiado el ensayo de la boda.

Se volvió para dirigirse a su coche y se quedó estupefacta al darse cuenta de que el vehículo aparcado junto al suyo le resultaba muy conocido.

Era el Alfa Romeo de Esme.

Además, Emmett y Edward se habían bajado y se acercaban a ella con las caras serias.

Bella se mantuvo impasible y con la barbilla levantada.

—Hola —los saludó fingiendo aplomo—. ¿Habéis venido a ver las vistas?

—No —respondió Edward con aspereza—, no hay mucho que admirar —alargó la mano—. Si no te importa, dame las llaves de Rosalie. Emmett le llevará el coche.

Bella dudó con cautela.

—Yo iré con él.

—No. Tú te quedarás conmigo porque tenemos que hablar.

—¿Y si no quiero?

—No tienes alternativa —el tono era cortante—. Ya he mos perdido bastante tiempo buscándote, así que dame las llaves si no quieres que te las quite.

Bella se pensó un momento el reto, pero al ver la firmeza de su mirada decidió que era mejor no complicar las cosas.

—Eres muy duro —sacó las llaves a regañadientes y las dejó en la mano extendida de Emmett—. Yo que creía que estabas convaleciente... Al parecer te has recuperado muy bien de tu misteriosa enfermedad...

Edward se encogió de hombros con la mirada todavía implacable.

—Es impresionante el efecto que pueden tener unos días de irritación intensa.

—Bueno, afortunadamente para los dos, ya no va a durar mucho —se volvió hacia Emmett—. Rosalie estará muy enfadada conmigo...

—Más bien... —contestó Emmett lentamente—. Está preocupada.

—¿Por que vaya a estropear la ceremonia verdadera al salir corriendo delante de todo el mundo? —Bella sacudió la cabeza—. No lo haré —intentó esbozar una sonrisa—. Ya sabes lo que dicen, cuanto peor es el ensayo general, mejor sale la función.

—Eso me han dicho —Emmett se dio la vuelta y fue hacia el coche de Rosalie—. Os veré luego.

—Emmett... —Bella dio un paso hacia él—. Llévame contigo.

Sin embargo, Edward la agarró con una mano que parecía de acero.

—¿No me has escuchado? —le preguntó con frialdad—. He dicho que tú irías conmigo.

—Déjame en paz. Maldito seas —forcejeó en vano mientras comprobaba con incredulidad que el coche de Rosalie se alejaba como si Emmett no hubiera escuchado su súplica—. No voy a ir a ningún lado contigo.

—¿Vas a volver andando a Trevarne? —Edward sacudió la cabeza mientras la soltaba—. No lo creo. Lo cual te deja pocas alternativas, salvo que quieras saltar por el acantilado. Es una idea —añadió burlonamente—. ¿Por qué no saltamos juntos? Llamarían a este sitio el Salto de los Enamorados y los turistas vendrían en autobús a verlo.

—No estamos enamorados —se le quebró la voz— y pienso mantenerme firme en el suelo. Además, tú no saltarías. A pesar de los riesgos que has corrido en tu profesión, no eres de los que se suicidan.

—No —admitió Edward con delicadeza—. Tengo un sentido de supervivencia muy fuerte. Aunque durante los últimos dos años ha habido muchos momentos en los que me habría cortado las venas.

Las miradas se encontraron y Bella se estremeció como si la hubiera acariciado con los ojos.

—Pero ya no —Bella se recompuso rápidamente y em pleó un tono burlón a su vez—. Te queda mucho por vivir.

—Es verdad —esbozó una sonrisa gélida—. Hay que acabar con el pasado y mirar hacia el futuro. Te lo recomiendo.

—¿Has venido aquí para decirme eso?

—No es ni una parte mínima —la agarró del brazo—. Vamos a dar un paseo.

Bella se soltó.

—Puedo hacerlo sin ayuda. No quiero que me toques.

—¿No? —Edward arqueó las cejas—. Quizá sea algo que debamos comentar también.

—No lo creo —Bella miró a otro lado al darse cuenta de que, si lo miraba a los ojos, el pulso se le aceleraba—. Di lo que tengas que decir y acabemos con esto —añadió inflexiblemente—. Tendría que volver a Trevarne House. Es posible que Rosalie me necesite.

—Eres todo corazón —dijo con amabilidad fingida—. ¿Pensabas en Rosalie cuando diste la espantada hace un rato?

—Naturalmente, me disculparé con ella —Bella se aferró a su dignidad—. Me... me dio un ataque de pánico. A veces pasa...

—Todo lo que tenías que hacer era seguir a tu prima por el pasillo y quedarte junto a ella. No era para tanto.

Bella lo miró con seriedad.

—Las circunstancias eran... poco corrientes, por decir lo suavemente.

—Para los dos —reconoció él—. Sin embargo, yo conseguí mantenerme firme.

—Sí, pero tú no tienes mis recuerdos.

—Claro que no —dijo Edward con suavidad—. Tú eres Bella la víctima, la vulnerable, la delicada flor. ¿No crees que ese papel está agotado, cariño, y que deberías adoptar otro?

—Eres un... canalla —lo dijo con un tono profundo—. Yo no te fui infiel.

—Quizá no en el sentido convencional de la palabra, pero dejaste de ser mi mujer antes de que yo tuviera una amante. Lo sabes perfectamente.

Bella se paró en seco y se volvió hacia él con los ojos echando chispas.

—¿De qué estás hablando? —levantó la voz—. ¿Tuve yo la culpa de algo?

—No —contestó Edward, que se había quedado inmóvil ante el arrebato de ira—, pero tampoco la tuve yo. Se necesitan dos personas para formar un matrimonio y para romperlo, y tenemos que hablar de eso antes de que sea demasiado tarde.

Bella recuperó el dominio de sí misma y se encogió de hombros.

—Hace tiempo que es demasiado tarde. Estamos divorciados —tomó aliento—. Ya no importa nada de todo esto.

—¿No? Entonces, si tiene tan poca importancia, ¿por qué saliste corriendo esta tarde? ¿Por qué has estado evitándome desde que nos vimos?

—¿Yo? No sé de que estás hablando.

—Deja de engañarte y sé sincera. Saliste corriendo porque repentinamente te viste ante una realidad que no podías soportar y eso tiene que terminar si hay alguna eperanza para nosotros.

—¿Nosotros? —preguntó Bella sin poder respirar—. Ya no existe un «nosotros». Me gustaría volver a Trevarne inmediatamente.

—Ya lo sé —dijo Edward—, pero no vas a hacerlo. Por lo menos hasta que hayamos repasado nuestro matrimonio y hayamos comprendido por qué no funcionó. Y tampoco fue por mi breve aventura con Lauren —añadió ásperamente—. La raíz estaba desde hacía mucho tiempo. Incluso desde antes de que me expulsaras de tu vida por la pérdida del bebé.

—El bebé que no querías —le reprochó.

Edward estaba pálido a pesar del bronceado y tenía los labios muy apretados.

—No vuelvas a repetirme eso, Bella —las palabras pa recían hechas de hielo; de un hielo abrasador—. Reconozco que no recibí muy bien la noticia del embarazo, pero fue porque ya sabía que tendría que volver a marcharme a la primera línea y era una responsabilidad que no quería en aquel momento. Además, tampoco me gustó que lo hicieras a mis espaldas —añadió cortantemente—. De repente, el amor y las risas habían dado paso a la casa y el bebé sin contar conmigo. Tú estabas decidida y yo me encontré con un hecho consumado —se detuvo—. Sin embargo, yo no podía enfadarme durante mucho tiempo y tú deberías haberlo sabido. Te quería demasiado, como quería al bebé que habíamos concebido juntos. Quise mantenerte a salvo y feliz durante los nueve meses del embarazo. Si hubiera podido, hasta habría tenido el bebé en tu lugar —sacudió la cabeza—. Cuando perdiste el bebé, me sentí como si el sol se hubiera ocultado para siempre, pero sabía lo mucho que estabas sufriendo y que tenía que tener la fuerza que te faltaba. Al menos eso fue lo que me dijo todo el mundo. Sin embargo, nunca se te pasó por la imaginación, como a nadie, que yo también estaba pasándolo muy mal y que habría dado cualquier cosa por llorar y que me abrazaras para consolarme —tomo aire con el rostro inexpresivo y distante—. Sin embargo, tú querías que me mantuviera alejado de ti. Ni siquiera podía dormir en tu cama y me mandaste a otra habitación...

—El médico... —Bella estaba temblando.

—No es verdad —rugió Edward—. Yo también hablé con él, ¿recuerdas? Dijo que necesitabas amor para superar el dolor y la pena. Dio por supuesto que sería mutuo y abundante. También dijo que deberíamos intentarlo otra vez cuando te recuperaras. Pero el muro que levantaste entre nosotros, Bella, no estaba hecho de ladrillos y cemento. Era una barricada emocional infranqueable para mí. Tú te encerraste en tu mundo y yo tuve que sufrir solo. ¿Tienes una idea de lo difícil, de lo absolutamente imposible, que fue eso?

—Yo... yo no lo sabía... no me di cuenta...

—No preguntaste —le replicó Edward con más suavidad—. Yo empecé a preguntarme si alguna vez me habías tenido cariño. Si alguna vez habías querido un marido, en el sentido completo de la palabra, o sólo querías un padre que diera a tus hijos el techo que habías elegido.

—Eso es... injusto.

—Es posible, pero no puedes pensar con mucha claridad cuando la vida se te desmorona y cuando la chica maravillosa y resplandeciente que amabas se ha convertido en una desconocida distante que sólo te permite tener una relación sexual a regañadientes —suspiró profundamente—. En muchos sentidos, era más fácil lidiar con las bombas y los francotiradores.

Bella resopló profunda y pesarosamente.

—¿Y Lauren Mallory?

—Ella era amable en un momento en el que la amabilidad era como un sueño olvidado y yo estaba casi todo el tiempo solo y asustado, aunque no es una excusa. Es tuvimos hablando una noche, en la que tengo que reconocer que había bebido demasiado, y acabamos en la cama. No hubo nada más. Luego sentí remordimientos y desprecio por mí mismo por haberla utilizado.

Bella tragó saliva.

—¿Quieres decir que sólo pasó una vez?

—Sí. Aunque eso no mejora las cosas. Sigue siendo algo egoísta e imperdonable.

—Edward... —dijo Bella en voz baja—. No puedo creerme que estés diciéndome la verdad. No te olvides que os vi juntos y que estaba claro que para ella no había terminado.

La boca de Edward se crispó.

—No —dijo lentamente—. Creo que no. Ese fue otro motivo para sentirme culpable y detestarme. Como había sabido siempre, sólo había una mujer a la que amaba y decidí que, cuando volviera a Londres, no descansaría hasta que todo volviera a arreglarse entre nosotros; hasta que te convenciera de que merecía la pena salvar nuestra vida en común. Pero fuiste a buscarme al aeropuerto y supe que me habías visto despedirme de Lauren y que todo se había ido al traste.

Bella tenía la mirada clavada en el suelo.

—No me pareció una despedida —dijo con voz baja—. Además, volviste con ella cuando me dejaste.

—No. No lo hice. Me fui a un hotel un par de noches y luego fui a vivir con Jasper Whitlock hasta que conseguí un piso, pero nunca me plantee ir con Lauren. Que Dios me perdone, pero nunca sentí eso por ella.

—Pero me dijeron... —empezó a decir Bella.

—Me pregunto quién te lo diría. ¿O puedo adivinar que fue tu mejor amiga y socia?

Bella se sonrojó.

—Lo hizo con su mejor intención. Me contó un rumor que había oído porque no quería que me lo dijeran otras personas.

Edward hizo una mueca burlona con la boca.

—Y yo me lo creo... —dijo con tono cansino.

Bella se mordió el labio.

—Nunca le tuviste mucha simpatía a Alice.

Él se encogió de hombros.

—Es recíproco.

—Siempre ha estado a mi lado para ayudarme. No sé qué habría sido de mí sin ella.

—Quizá siguieras casada.

Bella se quedó muda un momento por la impresión.

—¿Qué demonios quieres decir? —preguntó adustamente.

Edward tardó un rato en contestar.

—No creo que le molestara que nos separáramos ni que hiciera nada para intentar una reconciliación.

—Nunca fue una gran admiradora tuya. En eso tienes razón.

—¿Y me equivoco en todo lo demás? —pregunto Edward con suavidad—. ¿Quieres decir eso? —hizo una pausa y la miró fijamente a los ojos—. Por ejemplo, ¿el ataque de pánico? Volvamos a eso un minuto. ¿Qué lo provoco?

—No quiero hablar de eso —hizo como si mirara el reloj—. Tengo que volver. La casa está llena de gente...

—Y tu tía no puede apañarse sin ti, claro —el tono era sarcástico—. No te va a funcionar, Bella. Me he prometido que no voy dejarte escapar otra vez.

Bella se clavó los dientes en el labio inferior.

—¿Qué pretendes? —preguntó con aspereza—. ¿La absolución? De acuerdo, te la doy —tragó saliva—. Reconozco que tuve mi parte de culpa. Ahora lo comprendo. He... he repasado todo lo qué pasó entre nosotros y me ha impresionado porque me he dado cuenta de que yo no me gustaba mucho a mí misma; al menos la persona ensimismada y obsesiva que era entonces. Esme me acusó una vez de jugar a las casas de muñecas y la detesté por ello, pero creo que tenía razón —se detuvo—. Nadie ha sido más cariñoso conmigo que el tío William y la tía Lilliam, pero no eran mis verdaderos padres. Yo no los había conocido y creo que intentaba reproducirlos en nosotros: el padre, la madre el hijo adorado... —intentó sonreír pero no lo consiguió—. Pero todo era una fantasía. No tenía nada que ver con nosotros ni con nuestro matrimonio. He necesitado todas estas lágrimas y todo este tiempo para darme cuenta. Luego... yo... estaba demasiado atrapada en mi propia desgracia como para darme cuenta de lo que estabas pasando tú. No debería haberte rechazado. Fue estúpido y... cruel y recibí el castigo que me merecía —extendió las manos en un gesto de impotencia—. Ya está, ya te lo he dicho. Ahora... podemos volver.

Edward sonreía.

—Ni hablar, cariño.

—¿Qué más puedo decir?

—Que me quieres —dijo él con la voz ronca—; que siempre lo has hecho y que siempre lo harás; que cada minuto que hemos pasado separados ha sido una pesadilla para ti y que, cuando me viste en la iglesia, te diste cuenta de que a pesar de todo todavía nos deseamos con la misma pasión de siempre; que eso fue lo que te asustó y que por eso saliste corriendo.

Bella estaba temblando.

—Edward... no me hagas esto. No nos hagas esto. Ya no somos los mismos...

—Precisamente por eso —la agarró de los brazos y le dio la vuelta para que lo mirara—. Nos casamos, cariño, porque nada podía separarnos, pero eso no era suficiente. Los dos teníamos cosas que aprender sobre nosotros mismos y sobre el otro y casi nos destrozamos en el intento, pero tenemos otra oportunidad y no se nos puede escapar. No voy a permitirlo porque te necesito, Bella. En cierta forma, ese virus fue una bendición porque me dio tiempo para meditar en vez de ir de un lado a otro y usando el trabajo como excusa para borrar el pasado como estaba haciendo. Hubo un momento en el hospital en el que el tratamiento no daba resultados y no había certeza de que fuera a sobrevivir. Entonces, me di cuenta de que no me importaba y de que la vida sin ti no era vida en absoluto. Me juré que, si me curaba, te recuperaría como fuera. Por eso decidí quedarme, aunque sabía que estaría por aquí para la boda de Rosalie. Sabía que vendrías y que por fin podría hablar contigo, que sabría si todavía me tenías algún cariño.

—Te tengo cariño —dijo ella a trompicones—. Sencillamente no me había dado cuenta de cuánto. No quería reconocerlo.

—Me rechazaste constantemente. Intenté ponerte celosa, pero tú me apartabas de tu camino. Estaba a punto de darme por vencido. Hasta que te he visto en la iglesia caminando hacia mí y me he acordado de lo hermosa que estabas el día de nuestra boda, mi querida esposa. Te he deseado tanto, que me he vuelto loco. Entonces, como si fuera un destello, he visto que tú también me deseabas. Cuando te has dado la vuelta y has salido corriendo, la verdad es que he sentido esperanza porque era una forma de reconocer que sabías que no todo había terminado entre nosotros y que ni una docena de divorcios podrían cambiar lo que sentimos el uno por el otro. Niégalo si puedes —añadió apasionadamente—. Si lo haces, te juro que me iré y no volveré a molestarte en mi vida.

Las lágrimas que había conseguido contener durante tanto tiempo empezaron a rodar por las mejillas de Bella.

—Edward... si eso es lo que sientes, ¿por qué dejaste que nos divorciáramos? ¿Por qué no viniste y me pediste que me lo pensara mejor?

—Porque sabía que te había hecho mucho daño y estaba avergonzado. Además —añadió con amargura—, parecía como si desearas librarte de mí, lo cual confirmaba mis temores: que habías dejado de quererme mucho antes de que te fuera infiel —hizo una pausa—. Si te lo hubiera pedido, ¿qué habrías dicho?

—No... no lo sé.

—Quizá necesitáramos un respiro —dijo él tranquila mente—. Un tiempo para reflexionar y ordenar nuestras prioridades; para alcanzar un punto en el que el amor que sentíamos por el otro curara las heridas del pasado.

Bella estaba inmóvil.

—Pero tú tienes otras prioridades, Edward. Dijiste que tenías pensado volver a casarte. No puedes... expulsarla de tu vida.

—No tengo intención de hacerlo —se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un pequeño estuche—. ¿Te acuerdas de esto?

Bella tragó saliva.

—¿Mi anillo? ¿Quieres decir que yo soy la mujer con la que decías que ibas a casarte?

Edward asintió con la cabeza.

—La misma. Dame tu mano, amor mío —ella lo hizo y él le colocó el anillo de oro—. ¿Te casarás conmigo? —le preguntó en voz baja—. ¿Serás por fin mi mujer y la madre de mis hijos? Te juro que nunca volveré a traicionar tu confianza en mí.

—Yo te prometo que nunca volveré a darte la espalda.

Bella levantó la cabeza para recibir el beso.

Le temblaban las manos mientras recorrían el cuerpo de Bella y le apartaban el echarpe para introducirse de bajo del jersey de lana y encontrar la cálida plenitud de los pechos, para acariciarle los duros pezones y llevarla a un estado de placer casi absoluto. Ella suspiró de deleite sin apartarse de su boca hambrienta por tanto tiempo de ayuno.

Su cuerpo estaba volviendo a la vida bajo las caricias de Edward y se derretía a medida que el contacto de hacía más íntimo y apremiante. Los largos dedos recorrieron el sendero ya conocido hasta los costados y él la atrajo contra sí con las manos en las caderas hasta que los cuerpos se fundieron y ella comprobó, sin ningún genero de duda, hasta que punto estaba excitado y la deseaba.

Ella se balanceó entre sus brazos con una especie de embriaguez sensual, con la boca abrasada por la de él y con las manos igual de curiosas y ansiosas.

Ella se habría entregado a él en ese preciso instante y lugar. Se habría dejado caer a la hierba y lo habría arrastrado con ella, pero Edward se apartó con un sonido a medio camino entre un gruñido y una risa y se quedó con las manos en los bolsillos mientras recuperaba el aliento.

Edward le recorrió la cara con la mirada y se detuvo en los ojos destellantes por la pasión, en las mejillas arreboladas y en los labios separados.

—Creo que es hora de que volvamos a casa —dijo con la respiración entrecortada.

—Pero, ¿adónde vamos a ir? —la voz de Bella denotaba cierta angustia—. ¿Qué va a decir todo el mundo si nos ven llegar juntos?

—Si Emmett ha hecho bien su trabajo, ya lo habrán dicho casi todo —la tomó de la mano y tiró de ella hacia el coche—. Además, sólo me importas tú.

Bella se resistió a avanzar.

—Cariño... quizá debiéramos esperar hasta que estemos en Londres.

—Ni hablar —dijo Edward con firmeza—. Nunca me han gustado las duchas frías y me volvería loco si tuviera que pasar las próximas veinticuatro horas con esta ansia en las entrañas. Ya hemos pasado demasiadas noches separados, amor mío, y eso ha terminado en este momento.

—Sí, Edward.

Ella había esperado que la llevara a Trevarne House, pero se paró delante de la casa de Esme.

—Por Dios, Edward —Bella estaba espantada—. No podemos... Para empezar, nunca aprobó que te casaras conmigo. Ya lo sabes. Se pondrá furiosa...

—Ten un poco de fe —Edward la llevó por el sendero—. A lo mejor te llevas una sorpresa. Encontraron a Esme en la sala sentada junto al fuego y leyendo un libro de bordados antiguos.

Levantó la vista y los miró con las cejas arqueadas.

—Esme —dijo Edward con tranquilidad—, he traído a mi mujer a casa.

—Espero que esta vez sea para siempre —dijo su madrastra con un tono de austeridad anticuada—. Si por fin habéis decidido dejar de comportaros como unos tontos...

Bella se rió nerviosamente.

—Creo que sí.

—Me encanta oírlo —Esme se levantó vigorosamente de la butaca—. En fin, Lilliam me ha invitado a cenar a Trevarne House. Supongo que tendré que excusaros, ¿no?

Bella asintió con la cabeza y se sintió ridículamente tímida.

—Sí, por favor.

—Como tu dormitorio estará vacío, creo que pasaré la noche allí —dijo pensativamente Esme que, al pasar junto a Bella camino de la puerta, le dio una palmadita en la sonrojada mejilla—. Encontrarás una almohada en el armario de la ropa de cama, querida, pero me atrevería a asegurar que no la necesitarás.

Se detuvo al llegar a la puerta y se volvió para mirarlos.

—Benditos seáis —les dijo.


ola chikas =D

espero ke les haya gustado

este es el penúltimo capi

me regalan reviews? ***las ke dejen review les daré un adelanto del último capi, las ke no tengan cuenta dejen su email***

nos vemos en la próxima :)

las kiero =D