CAPÍTULO REEDITADO
Capítulo 10
La primera cita con Brocolín
Día 126.
Una energía verde y poderosa cubrió su cuerpo herido. Sorprendidos, todos los que lo rodeaban retrocedieron un par de metros en ese terreno baldío y seco, deforme por la violencia empleada sobre él, por la guerra más cruel jamás vista. Estaban a punto de presenciar algo increíble, y tuvieron miedo, mucho miedo.
—¿Qué significa esto, Capitán Zanahoria? ¡Su poder está aumentando un trillón de veces!— exclamó el General Lechugón.
—Es tal y como decía la leyenda. Él se está transformando… ¡en el súper brócoli legendario!
Entonces, Brocolín, con los ojos brillando en su gran cabeza verde, desenvainó el puerro que tenía atado a su tronco. Los malvados Capitán Zanahoria y General Lechugón retrocedieron asustados.
—Ese es el puerro legendario— exclamó el General Lechugón. —Si nos toca con él, estaremos acabados.
—Será mejor que nos retiremos y avisemos de esto al rey de los vegetales— declaró el Capitán Zanahoria, y Lechugón asintió.
—¡No dejaré que escapéis! ¡Vengaré la muerte de mi mejor amigo, el señor Patata, y devolveré la lluvia al huerto de los tubérculos!— pero para entonces ya era demasiado tarde. Sus enemigos, junto a Berenjenina, se montaron sobre su nave voladora, el EnterTomate, y una nube de arena se levantó mientras ellos se alzaban en el cielo.
—¡Brocolín!— gritó Berenjenina, con sus ojos berenjenas lagrimeando al ser secuestrada.
—¡No, Berenjenina!— exclamó él, alzando una mano hacia el cielo.
—Volveremos a vernos, Brocolín, guerrero del brócoli. ¡Juajuajuajuajua!— rió perversamente el Capitán Zanahoria mientras su nave desaparecía en la lejanía.
¿De verdad Brocolín se ha convertido en el súper brócoli legendario? ¿Podrá salvar a Berenjenina? ¿Podrá revivir al señor Patata para que luchen juntos contra el rey de los vegetales? ¿Crecerán más tubérculos en los jardines de la señora Apio? ¡Lo veremos en el próximo capítulo!
Bra se quedó patidifusa cuando el capítulo de Brocolín, el guerrero del brócoli, acabó. Su mirada se desvió inmediatamente a Broly, que sentado frente a la televisión de rodillas, la observaba mientras su cola azotaba el suelo, moviéndose como la de un perrito feliz.
—No me lo puedo creer— dijo Broly sin apartar la vista de la tele. —¡Brocolín se ha convertido en el súper brócoli legendario!
—¿Me estás tomando el pelo?— él la miró con ojos afilados. —¿Hemos dejado de entrenar para ver esta tontería?— preguntó ella, y Broly golpeó el suelo, indignado ante semejante insulto.
—¿Cómo te atreves, medio humana? Brocolín intenta salvar el mundo de los vegetales. ¡Es un noble guerrero y merece respeto!— Bra, que se entretenía devorando una bolsa de patatas sobre la cama mientras veía la televisión en la casa cápsula, se levantó y se acercó a Broly, que sentado sobre el suelo, había observado atentamente el capítulo.
—Es un brócoli, Broly. Un brócoli no puede pelear. ¡A ti ni siquiera te gusta esa verdura!
—¡Claro que me gusta!— gritó, y acto seguido le dio la espalda para cruzarse de brazos, muy serio. —Por algo me llamo Broly. Es obvio que Brocolín y yo tenemos mucho en común.
—¿Ah, sí? Pues si tanto respeto te merece Brocolín, ¿por qué no te olvidas de esa tontería de destruir el universo y te dedicas a protegerlo, como hace él?— Bra sonrió ante su lógica aplastante. Él, con el ceño cada vez más fruncido, miró fijamente la televisión antes de volverse hacia ella.
—Es un maldito brócoli, Bra. ¿Por qué iba a dejar de destruir el universo porque un dibujo animado con forma de verdura intente protegerlo?
—¡Pues eso es lo que te estoy diciendo, mono estúpido!— chilló ella al verse burlada. Él tuvo la intención de replicar, pero un anuncio con grandes letras verdes y chillonas atrajo su atención. El muñeco llamado Brocolín apareció en la pantalla acompañado por sus amigos, Berenjenina y el señor Patata, que como sus propios nombres indicaban, eran una berenjena y una patata.
—¡Hola, niños y niñas!— empezó a hablar Brocolín. —Espero que hayáis disfrutado del capítulo de esta semana porque tenemos una sorpresa para vosotros. ¡Para celebrar el primer aniversario de la serie de Brocolín vamos a conmemorarlo con la primera película de Brocolín! Será fantástico y esperamos veros a todos allí, así que ya sabéis. ¡Corred a por la entradas al cine más cercano!
Bra alzó una ceja y entreabrió la boca cuando Brocolín y las demás verduras empezaron a cantar la canción del huerto mágico, esa que Broly se sabía de memoria y que a veces tarareaba mientras se bañaba en el lago. Al ver que la cola del guerrero se había puesto tiesa tras su espalda, la joven tuvo un mal presentimiento y, lentamente, empezó a andar hacia la salida. Cuando abrió la puerta dispuesta a salir volando de allí, algo la detuvo.
—Bra... —la llamó Broly. Al volverse hacia él, su corazón se derritió. Sus ojos negros brillaban con intensidad y su cola se sacudía de un lado para otro.
No pudo negarse. Tendría que llevarlo al cine y aguantar una película de dos horas rodeada de críos insoportables, porque por supuesto, dejar que fuera solo no entraba dentro de sus planes. Podría matar a alguien si se colaban o si le robaban palomitas. No, de eso nada. Solo esperaba no encontrarse con nadie conocido en el estreno. Pero, ¿qué clase de idiota capaz de reconocer a Broly iría a ver Brocolín, el guerrero del brócoli? No conocía a nadie lo suficientemente infantil, inmaduro y carente de vergüenza como para ir a ver algo tan estúpido.
¿O sí lo conocía?
—¡Uaaaaaaaaah!— un grito atronador recorrió los rincones más recónditos del Monte Paoz, exaltando a los animales, haciendo temblar a los árboles y estremeciendo a los habitantes del monte. Pan, que estudiaba al aire libre preparándose para el examen que tendría al día siguiente, dio un salto sobre la silla y corrió hasta el interior de la casa de sus abuelos con el corazón en un puño.
—¡Abuelito!— gritó, porque si reconocía algo, eran los gritos de su abuelo cuando su abuela empezaba a darle golpes con una sartén. Abrió la puerta del tirón y descubrió a Chichí crujiendo sus propios nudillos frente a su abuelo. Pan se acercó, y vio a Goku con la cara pegada contra la tele, literalmente hablando.
La estaba abrazando.
—Abuela…— murmuró Pan, y Chichí, con las mejillas rojas por la vergüenza, se giró hacia ella.
—Esto es ridículo, Pan. No puedo creerme que a un adulto de su edad le gusten cosas así— dijo ella.
—¡Brocolín!— gritó su abuelo entonces sin dejar de abrazar la tele. —¡Brocolín estrena su película! ¡Quiero verla, quiero verla, quiero verla!
—¡Goku, por favor, compórtate!— le gritó Chichí, pero él siguió abrazado a la tele sin hacerle el más mínimo caso, como un niño pequeño abrazando los juguetes el día de navidad. —Esos malditos dibujos animados los ven niños de diez años. ¿Cómo pueden gustarle tanto?
—Abuelo, eres como un niño pequeño. No tienes remedio— suspiró Pan, secundando la opinión de su abuela. Y es que había vivido momentos demasiado vergonzosos con la inocencia de Goku como para pasárselos por alto.
Recordaba el día que fue al médico con sus abuelos porque le tocaba ponerse la vacuna contra la meningitis. Se suponía que ellos iban a animarla, pero nunca pasó tanto bochorno como en el momento en el que el médico sacó la aguja. Su abuelo la vio de lejos, pero eso no consiguió tranquilizarlo. Pan ni siquiera sintió el pinchazo, pues sus ojos se clavaron en la ventana que Goku atravesó con su cuerpo para salir corriendo tan rápido como podía. La cosa habría sido menos desastrosa si su abuelo no hubiera cruzado el cementerio gritando que lo iban a inyectar justo cuando estaban enterrando a un oficial del ejército. Salió en las noticias de la tarde, y fue uno de los videos más vistos en internet durante meses.
Su padre le decía que su abuelo era alguien especial, ¡y tanto que lo era! Pero aunque los demás podían desear tener un abuelo como Goku, Pan podía asegurar que al cabo de los años, cuando la madurez, las creencias y todo lo demás superaban a las de tu abuelo, deseabas tener a alguien normal al que no estafaran cuando caminara solo por la ciudad.
Quizás ella había madurado demasiado pronto, y quizás fue ese el motivo por el que Chichí la miró con ojos brillantes cuando Goku empezó a suplicar que lo llevaran al cine. Podía ir solo, por supuesto, pero la realidad era bien distinta. La última vez que Chichí lo mandó a la ciudad a hacerle un recado, se gastó todo el dinero en unas habichuelas supuestamente mágicas. Las plantó y las regó durante meses esperando que creciera una planta gigante que lo guiara a la tierra de los gigantes, pero solo crecieron zanahorias.
—Pan, cariño, ¿podrías llevarlo tú al cine?— le preguntó su abuela.
—¿Yo? Pero es que… ¡allí solo habrá niños pequeños, abuela, y me da vergüenza!— replicó ella. —¿No puedes llevarlo tú?
—La última vez que fuimos al cine solos, estuve a punto de ahogarlo entre las palomitas— dijo ella muy seria.
—Bueno, ¿y no puedes hacerlo tú, papá?— le preguntó a Gohan cuando llegó a casa esa noche. Su padre recordó el día que fue al cine por primera vez, a la escasa edad de ocho años, durante su entrenamiento para luchar contra los androides. Vieron una película llamada Noche sangrienta 6, y mientras Goku comía palomitas con la mayor tranquilidad del mundo, Gohan observó durante setenta minutos cómo destripaban a la gente. Una risa nerviosa emergió de entre sus labios.
—No, cariño. Este fin de semana tengo muchas cosas que hacer— respondió con las manos temblorosas mientras intentaba comer.
—¿Y tú, mamá?— Videl miró a su hija y una carcajada histérica emergió de su boca.
—¡Lo siento, cielo, pero tengo que ir a ayudar a tu abuelo al dojo!— mintió. Gohan le había hablado sobre la vida que había pasado junto a su bueno pero torpe padre, y prefería no arriesgarse a adquirir sus mismos traumas infantiles. —Tendrás que hacerlo tú.
—¡Pero es que yo…!— Videl se inclinó sobre ella y, muy bajito, le habló al oído.
—¿Por qué no le dices a tu abuelo que llame a Uub y vais los tres juntos?
—¡Mamá!— gritó Pan entonces, ruborizada. Gohan recuperó la compostura entonces. Su fino oído escuchó la referencia, y ocultando su aguda mirada tras un periódico pasado, hizo un comentario al respecto.
—Uub… ese chico es demasiado mayor. No me gusta ni un pelo.
—Estás anticuado, Gohan— se burló su mujer.
—¡Tiene seis años más que Pan! Además, ella es demasiado joven para esas cosas. Primero los estudios, el entrenamiento y luego ya tendrá tiempo para pensar en… chicos— musitó lo último, casi escupiendo sobre el suelo. La simple idea de imaginarse a su hija tan cercana a algún muchacho le irritaba, y todo el mundo sabía que era mejor no irritar a Son Gohan.
—Está bien, iré— se decidió ella entonces. Su leve sonrojo no pasó desapercibido para su padre, que se levantó de la silla cuando su hija se dirigió a la casa de sus abuelos para darles la noticia.
—¡Nada de Uub!— gritó. —¡Como invites a Uub, te castigaré dos semanas sin entrenamientos!
—Deja a la niña disfrutar, Gohan, que ella sabe cuidarse sola.
—¡Pero Videl…!— la mirada envenenada de su mujer lo hizo callar y sentarse nuevamente frente a la mesa. No importaba por donde se mirara. Las mujeres Son eran las más fieras y dignas de temer del mundo entero. Pan estaría bien con Uub o sin él.
Día 128. Noche del estreno de la película Brocolín, el guerrero del brócoli.
—¿Por qué tengo que cambiarme de ropa, Bra?— preguntó Broly cuando se colocó el simple pero cómodo chándal aquel fin de semana. Era lo único que ella había podido conseguir de su talla: chándal y algún que otro kimono para grandes karatekas. La ropa oriental le sentaba bien, y Bra estaba segura de que con ese aspecto y tamaño pocas cosas le quedaban bien. Todavía recordaba el día que le había traído ropa de caballero para que se la probara, recién comprada de una talla especial. Había estallado en carcajadas, porque con esa expresión tan ruda y el collar de braummuro que parecía reluciente oro brillando sobre la chaqueta oscura, parecía un líder de la mafia. Por lo menos con ese chándal azul claro daba una impresión inocente.
—Ya te he dicho un montón de veces que no puedes ir a la ciudad sin camiseta. Además, hace mucho frío, ¿no crees? Será mejor que te abrigues— contestó ella, subiéndole la cremallera de la chaqueta del chándal hasta el cuello. Broly la miró con los ojos entornados. Ese día, Bra le había dicho a su madre que iría al cine con Peach, y que no la esperara para cenar. Como siempre, habían pasado toda la tarde entrenando, aunque Broly no estaba en sus mejores momentos. Se había llevado cientos de golpes que cada vez le causaban más daño. La ilusión al pensar que por la noche conocería a su héroe lo estaba trastocando, pero Bra sabía que no era ese el motivo por el que se había encogido cuando le había dado una patada en el costado.
Se estaba haciendo cada vez más fuerte y a Broly le estaba empezando a costar manejarla.
Por supuesto, Bra había llevado ropa de repuesto, y mientras él se daba un baño en el lago helado, ella se había relajado en la bañera que Broly nunca utilizaba. Al cabo de diez minutos, él ya tocaba a la puerta del baño, entusiasmado por llegar de los primeros.
La ropa que llevaba Bra mantenía confuso al guerrero legendario. Las botas negras de tacón alto le impedirían pelear si alguien les atacaba, la falda a cuadros rojos y negros y la apretada camiseta de licra también roja poco dejaban para la imaginación. Podía ver un marcado escote a pesar de la bufanda y se había pintado los ojos de manera que parecían más grandes. Broly ladeó la cabeza, curioso. Salvo el día del baile, no recordaba haberla visto tan provocativa.
No estaba seguro de si le agradaba.
—Si hace tanto frío, ¿por qué tú vas enseñando las piernas y parte del pecho?— preguntó él, suspicaz. Bra, ya a punto de salir por la puerta de la casa cápsula, lo miró y sonrió de manera coqueta.
—Es para estar más sexy, por supuesto.
—¿Sexy? ¿Qué es eso?
—Una persona sexy es una persona que, digamos… te parece muy caliente— explicó ella, pero al ver como él alzaba una ceja, sin entender, decidió puntualizar más. —Una persona con la que te gustaría estar para, ya sabes, procrear, como tú dices.
—¿Y tú eres sexy?
—¿Tú qué crees?— preguntó ella dando vueltas sobre sí misma, mostrándose con esa ropa tan descubierta para, finalmente, guiñarle un ojo. Broly la observó sin la más mínima reacción, hierático. Un poco herida en su orgullo, Bra decidió dejar de posar para carraspear y asentir con la cabeza. —Sí, a los humanos les parezco sexy. Es más, me gusta ser sexy.
—¿Es que quieres que todo el mundo te procree?— le preguntó con el ceño fruncido. Supo que la pregunta no había sido la adecuada cuando Bra apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos y arrugó el entrecejo de esa manera que solo podía ser similar a la de Vegeta.
—¿Me estás llamando puta?— gritó, indignada. Broly quiso replicar algo mordaz, pero Bra no le permitió hablar y se cruzó de brazos con una marcada vena en la frente. —Como digas algo parecido otra vez no iremos a ver la película. Además, serás un buen hombre y no amenazarás, pegarás ni destruirás nada en un arranque de mal genio ¿queda claro?
Broly se tragó su frustración. ¿Quién era ella para amenazarle con la película de Brocolín? Pero una parte de sí mismo decidió obedecerla. Debía reconocer que cierto respeto crecía en su interior cuando Bra se enfadaba con él.
Como esa noche amenazaba con nevar, la joven había cogido prestado el aerocoche de su madre y ambos se montaron en silencio. Cuando salieron del bosque y se adentraron en la carretera, una pregunta más voló por la mente del guerrero legendario. No era algo que le quitara el sueño, pero la curiosidad podía con él, y el silencio de Bra mientras conducía dando bamboleos como una loca solo conseguía inquietarle.
—Bra…— la llamó con voz tranquila. No quería que se exaltara y lo llevara de vuelta a casa por un repentino golpe de voz. Sabía que si había alguien que cambiara de opinión de manera repentina, esa era ella.
—¿Qué?— la joven se adentró en la aerovía a toda velocidad, adelantando sin miedo y sin respetar las normas de circulación. Poco le importaba chocar con alguien, pues tenía la certeza de que no saldría herida, aunque no pudiera decir lo mismo del pobre inocente al que golpeara.
—¿Yo soy sexy?
Bra dio un frenazo tan fuerte, que casi se golpeó la cabeza contra el volante. El conductor de detrás dio un pitido y acto seguido, la adelantó gritándole que estaba loca por frenar así en una aerovía. Lentamente, con los brazos temblorosos, la chica se giró hacia su copiloto, que ni siquiera se había tambaleado por el agitado movimiento.
—¿A qué viene esa pregunta ahora?— cuestionó tan roja como un farolillo.
Broly se encogió de hombros y luego sonrió de manera enigmática.
—Es que como te humedeces tanto cuando me ves desnudo, y como me besaste después de ese baile tuyo…— Bra palideció y encogió las piernas. Un nuevo grito se escuchó al otro lado de la ventana del coche y Broly puso mala cara, molesto más por el ruido que por los insultos.
—¿Qué demonios le pasa a tu olfato? ¿Es que puedes olerlo todo, o qué?
—Tengo un olfato bastante bueno. Podría olerte y rastrearte sin sentir tu ki a bastante distancia— confesó él. —También sé que tienes la sangre ahora mismo. Las hembras se ponen de mal humor cuando les llega la sangre, así que supongo que…
—Maldita sea, Broly, ¿es que no te da asco oler esas cosas?— preguntó ella con el corazón acelerado.
—Es el olor de una hembra llamando a un macho. ¿Por qué iba a darme asco?— Broly dejó caer la cabeza contra la ventana del copiloto, aparentemente indiferente. —Al contrario, es muy agradable.— Bra apretó con fuerza el volante e intentó borrar eso último de su cabeza. No sabía cómo tomarse que él le dijera que le gustaba el olor de sus flujos vaginales.
—Yo me lavo a fondo todos los días— quiso aclarar.
—¿Por qué te pones así? Te he dicho que me gusta. De hecho, a veces incluso me dan ganas de…— pero ella no quiso saber cómo pensaba acabar la frase. Sin más, metió la primera marcha y pisó el acelerador. El aerocoche salió disparado hacia adelante y esta vez incluso Broly se agarró al asiento del copiloto, sorprendido por esa brusquedad.
—¡No intentes seducirme, mono estúpido!— gritó, atravesando la ciudad a toda velocidad.
—¡Brocolín! ¡Brocolín!— los niños de entre diez y catorce años gritaban sin ton ni son dentro de la sala de cine, esperando impacientes, junto a sus padres, que la película empezara. Las palomitas volaban, las chucherías bailaban entre sus dientes llenos de brackets, los saltos sobre las butacas estaban a la orden del día. Los padres empezaban a perder la paciencia, pero la ilusión que les hacía a los niños acababa por hacerles suspirar y consentirles ese comportamiento tan inadecuado. Todos los adultos esperaban ver una película aburrida y típica, todos… excepto uno.
—¡BROCOLÍN!— Goku era el que, con diferencia, gritaba más alto abrazado a su paquete de palomitas extra grande, con extra de ajo, con extra de salsa de queso y con extra de todo lo que había encontrado en la recepción del cine. Cogía un puñado de palomitas, se lo metía en la boca y después de tragárselo, gritaba el nombre de su héroe haciendo extraños y bochornosos aspavientos.
—¡Abuelo, por favor!— le recriminaba Pan, que al ser observada por los padres de los niños que les rodeaban, se tapaba la cara con gran vergüenza. —Esto es humillante— dijo.
—Tranquila, Pan— oyó que decía Uub a su lado. Una gota de sudor le recorría la frente al ver a su maestro tan entusiasmado con una película de dibujos animados. —Al menos parece feliz.
—Sí, ya, pero…— nada más salió de su boca. —Gracias por venir.
—No hay de qué. He de admitir que tenía curiosidad, porque nunca había venido antes al cine.
—¿Nunca?
—Nunca. En mi aldea no hay cine, ni siquiera tenemos coches. No nos gusta la tecnología— se rió él, y Pan, sin saber exactamente por qué, se rió también. Entonces Uub calló, tragó saliva y la miró. Ella jugaba con los dedos de sus manos sobre su propio regazo, mostrándose tímida por primera vez desde que se conocían, pero no era eso lo que había captado su atención. Cuando llegó al Monte Paoz donde su maestro y su nieta le esperaban, se había encontrado una grata sorpresa.
Pan se había puesto un vestido. No mostraba mucho porque era invierno, pero aunque fuera largo hasta más allá de las rodillas, era la primera vez que la veía con uno, y más aun de un color rosa tan pálido. No sabía por qué nunca se vestía con nada rosa. Le sentaba bien.
—Pan…— la llamó en un arranque de valor, y ella se giró para mirarle con esos ojos tan oscuros. Uub sintió las mejillas arder y tragó saliva de nuevo. —Ese vestido… ¡ese vestido te sienta muy bien, Pan! ¡Estás muy…!
Pero Uub no pudo terminar, porque Goku le chistó de forma ruda.
—¡Dejad de gritar, que va a empezar la película!— y con un suspiro de resignación, el pobre Uub bajó la cabeza y asintió tristemente, al igual que Pan.
—Maldito seas, abuelo— murmuró la pequeña por lo bajo, apretando los dientes con gran ira.
Entonces, la sala de cine se apagó y la pantalla se iluminó.
—Todavía puedo luchar, todavía puedo ganar…— de manera épica, destrozado por las crueldades que el Dios del Tiempo le enviaba por órdenes del rey de los vegetales, Brocolín se levantó una vez más levantando gran expectación en la sala de cine. Cuando el brócoli con ojos brillantes desenvainó su puerro mágico, Bra frunció el ceño por enésima vez y se preguntó cómo era posible que un brócoli soportara una inundación, la quema de un bosque y una plaga de langostas así cómo así. Se preguntó cómo pensaba derrotar al Dios del Tiempo, que tenía cara de nube, para salvar a Berenjenina, y se preguntó también por qué demonios no se acostaba con Berenjenina y tenían berenjebrocolis para que la película acabara de una maldita vez, porque estaba claro que entre ese brócoli y esa berenjena había una tensión sexual latente.
Pero no, Brocolín solo desenvainaba su puerro mágico y… ¡zash! Bra empezaba a pensar que tenía complejo de algo, y que llevaba ese maldito puerro para compensarlo.
—¡Yo soy Brocolín, el súper brócoli legendario!— gritó esa maldita verdura a la que tanto asco le estaba cogiendo, y entonces levantó las manos al cielo para cargar un súper ataque que, por lo visto, requería la energía de todos los huertos del mundo de los vegetales. —¡Alzad las manos y prestadme vuestro poder!
Bra no pudo más. Cuando vio que los niños de la sala levantaban sus manos mientras gritaban cosas como —tú puedes, Brocolín, nosotros te prestamos nuestro poder—, decidió que había tenido suficiente. Se levantó de la butaca y abrió la boca para decirle a Broly que la dejara pasar, pero él estaba ocupado en ese momento. Ocupado levantando las manos para darle su poder a Brocolín mientras cerraba los ojos con fuerza, muy concentrado en su tarea.
—Esto es ridículo. Te espero fuera— dijo Bra antes de salir entre tropiezos con los dientes chirriando. Se negaba. ¡Ella no era una maldita madre con su hijo! Por el amor de Dende, si había besado a Broly e, indudablemente, se sentía atraída por él. Al verle tan concentrado en esa absurda película empezaba a sentirse como una pederasta… ¡y él tenía treinta y seis años más que ella, aunque no se le notara! ¿Contarían también los años que llevaba muerto? En cualquier caso, Bra salió de allí con grandes gotas de sudor recorriéndole la frente.
El aire libre y el silencio del pasillo del cine la hizo relajarse y suspirar pausadamente al apoyarse sobre una de las columnas que mantenían en pie aquel lugar. Otro suspiro resonó a su lado, y cuando Bra se giró, su mirada azul se cruzó con los profundos ojos negros de un rostro que bien conocía. Pan la observó con la boca bien abierta, pero no más que la propia Bra, que se quedó patidifusa al reconocer a la masculina Pan dentro de aquel vestido rosa pálido tan bonito y tan acertado para una cita.
—¿Pan?— preguntó la heredera de los Brief.
—¡Bra!— gritó la muchacha enseguida. Ninguna de las dos amigas solía ser tan cariñosa como para darse un abrazo, así que se conformaron con acercarse con amplias sonrisas al verse en una situación parecida.
—¿Qué estás haciendo aquí? No me dirás que estás en una cita— dejó caer Bra de manera pícara.
—Yo podría decir algo parecido de ti, aunque más que una cita parece que esperas que te recojan en una esquina— la picó Pan por otro lado.
—Ya sabes cuál es mi estilo, pero el tuyo no lo veo. ¿Desde cuándo te gusta el rosa?
—Desde… desde hoy— contestó la adolescente cruzándose de brazos y dándole la espalda. Bra la tanteó, dando vueltas a su alrededor. Se había puesto perfume con olor a jazmines y se había llenado el pelo de ganchillos. Pan se había decidido por el estilo de niña buena y adorable, cosa que calentaba el corazón de los chicos. Bra siempre se decantaba más por calentarles la entrepierna, porque se divertía haciéndolo y dejándolos tirados en el último momento.
—¿Uub está dentro?— se atrevió a preguntar, y Pan tensó la espalda y apretó la mandíbula. —¡Lo sabía! Aunque no me esperaba que le gustaran este tipo de películas.
—No es lo que te imaginas. A mi abuelo le encanta Brocolín, el niño brócoli ese, y ya sabes que es mejor no dejarle solo en la ciudad, así que hemos venido los dos para acompañarle.
—Es Brocolín, el guerrero del brócoli— la hizo rectificar Pan. —Así que has venido con Goku…
—Sí, es un suplicio. Los padres de los niños no han parado de mirarle hasta que hemos entrado. Creo que piensan que mi abuelo es un pederasta o algo así, porque han cogido a sus hijos y los han alejado de nosotros como si tuviéramos la peste.
—Es normal que lo piensen. Ver a un hombre adulto al que le gusten estas cosas… Por eso yo y Broly hemos entrado por detrás. Mi madre tiene contactos por todos lados, ya sabes— Pan dejó ver una sonrisa ladina y fue entonces cuando Bra supo que había cometido un error.
—Así que con Broly. Veo que has conseguido controlarlo. ¿Hasta dónde habéis llegado ya? Si es que has llegado a algún sitio, porque dudo que sea la clase de hombre que se deja cazar fácilmente.
—Pues para que te enteres, ya nos hemos besado— contestó ella con orgullo.
—¿Ah, sí? ¿Y quién ha llevado la iniciativa, él o tú?
En eso Bra tuvo que darle la razón muy a regañadientes. Broly la había correspondido aquel día, pero estaba claro que si no fuera por ella, él no se habría movido. Desde entonces no se habían vuelto a besar ni una vez, ni a abrazar. Él no hacía ningún movimiento para cambiar ese acercamiento. ¿Eso quería decir que no le había gustado la primera vez y que solo la había correspondido por pura consideración? Bra lo dudaba, porque lo conocía lo suficiente como para saber que Broly era el hombre menos considerado del mundo, pero… ¿y si había sido así? Al fin y al cabo, ella era una niña comparada con él. ¿Y si la veía así? Bra se llevó las manos al pelo y se lo revolvió intentando quitarse esas ideas de la cabeza.
—Así que fuiste tú…— dijo Pan dejando escapar una risita. Al ver que Bra mascullaba cosas entre dientes, rabiosa al darse cuenta de que, posiblemente, Broly no la tomaba en serio, Pan se preocupó. Un sentimiento de desazón creció en su pecho al ver a su amiga tan entusiasta. —Oye, Bra, ¿recuerdas que me prometiste que no te enamorarías de él?— La joven princesa dejó de tirarse del pelo y fijó sus ojos en la apagada expresión de su amiga. —No quiero que… no quiero que te hagan daño, Bra.
—No te preocupes por eso, de verdad. Él no me va a hacer daño.
—No me refiero a él, si no a ti misma. Tarde o temprano tendremos que eliminarlo y si para entonces estás demasiado encariñada… sufrirás. Y no me gustaría verte sufrir— Bra no era muy cariñosa, pero en aquel momento de verdad tuvo ganas de abrazar a su amiga. Estaba claro que, pese a todos los comederos de cabeza que le estaba dando, se preocupaba por ella. Solo podía ser de esa manera. Habían crecido juntas. Bra había jugado con Pan cuando era pequeña, la había peinado y vestido como si fuera su hermanita e incluso había compartido juguetes con ella. Que acabaran separándose porque ella se decidiera por los vestidos y las sociedades humanas y Pan por la ropa masculina y por los entrenamientos alienígenas no quería decir nada.
Ahora, con ese secreto, estaban más unidas que nunca.
—No pasará nada, créeme. Todo irá bien mientras Broly no se encuentra con tu abuelo.
—Eso espero. Mientras ellos dos no se encuentren, todo estará bien.
—Sí.
Bra y Pan sonrieron. Luego pensaron detenidamente donde estaban y con quiénes. Luego se quedaron petrificadas. Finalmente, las dos amigas se miraron.
—¡MIERDA!— gritaron al mismo tiempo antes de salir corriendo hacia el interior del cine suplicando que los dos guerreros más poderosos del universo estuvieran demasiado centrados en la película como para cruzarse siquiera.
Cuando Bra entró en el cine y corrió hasta su butaca, pasando por encima de los niños y de sus padres a la desesperada, se encontró con una desagradable sorpresa. Broly había desaparecido.
—Ay, no— la joven se temió lo peor. Intentó localizar el ki del guerrero legendario, pero los llantos de un niño de la primera fila la desconcentraron. La madre intentaba hacerlo callar desesperadamente, pero el mocoso no paraba de llorar a voz en grito, molestando a todos los de la sala, que aunque no se quejaban, empezaban a murmurar. A ella bien poco le importaba por qué llorara aquel mocoso, solo le importaba dónde demonios… Entonces cayó en la cuenta.
Los llantos. Según había oído en boca de su padre, Broly odiaba a Goku por su llanto.
Bra tuvo un mal presentimiento, así que sin perder tiempo, saltó por encima de la multitud ágilmente y aterrizó frente a la pantalla. Las exclamaciones asombradas no se hicieron esperar, pero ella no les hizo caso y salió de la sala sin dejarse ver. Una vez fuera todo fue mucho más claro tanto a nivel de luz como a nivel de ki. La energía de Broly palpitaba muy cerca. Solo ella, que sabía distinguir su energía de las demás al mantenerla en un nivel tan bajo, sería capaz de rastrearlo. Aprovechando que no había nadie en el pasillo, Bra lo atravesó volando y se detuvo frente a los servicios masculinos. Entró sin pensárselo dos veces y lo vio vacío. Sus ojos se concentraron en los cubiletes y en la agitada respiración que podía escuchar en el último de ellos.
—¿Broly?
Él salió de inmediato. Parecía estar bien, pero su ceño fieramente fruncido y el sudor que le recorría la frente lo dejaban en evidencia. Le dirigió una mirada agitada antes de andar hasta el lavabo para mojarse la cara con agua bien fría.
—Ese puto mocoso…— musitó.
—Lo sabía. Sus lloriqueos te han enfadado.
—No me han enfadado. Simplemente no los soporto.
—¿Te refieres a los niños?
—Sí. ¡Odio a los jodidos críos! Si por mí fuera los mataría a todos— exclamó con un crudo aspaviento que dejaba claro lo que opinaba sobre ellos antes de hundir la cabeza bajo el chorro de agua fría.
Bra se aupó y se sentó sobre uno de los lavabos. Al verle tan alterado olvidó la urgencia que tenía, la necesidad de sacarlo de allí.
—¿Por qué odias tanto a los niños como para llegar a ese extremo? ¿Es solo por Goku o… hay algo más?— Broly alzó la cabeza del lavabo y se miró al espejo. Sus ojos estaban más oscuros de lo normal y Bra podía jurar que vio cómo se le dilataban las pupilas al hundirse en un recuerdo que no podía ser para nada agradable.
—Todos ellos lloraban así— murmuró.
—¿Todos ellos?— Broly negó con la cabeza. El agua que mantenía su pelo húmedo salpicó los azulejos del baño.
—Olvídalo y larguémonos de aquí— Bra saltó del lavamanos dispuesta a salir de allí a toda velocidad, pero entonces oyó el jolgorio que empezaba a montarse afuera, señal de que la película había acabado. Antes de que él pudiera llegar a la puerta, ella le agarró del brazo y tiró bruscamente hacia atrás, recordando que Goku, Pan y Uub estaban muy cerca.
Si veían a Broly, estaría acabado. Y si Broly se enteraba de que Goku estaba tan cerca, estallaría. Bra no sabía cómo era posible que no hubiera reparado en su presencia hasta el momento, porque aunque él ocultara su energía constantemente, Goku no lo hacía. Él la miró con una ceja alzada en una pregunta implícita.
—Esperemos un poco.
—¿Por qué?
—Porque… ahora mismo hay mucho niño fuera, y a ti no te gustan. Será mejor que esperemos a que salgan todos— mintió ella. Broly notó que las manos que lo afirmaban del brazo temblaban, y ese gesto, sumada a la irritación que sentía por el reciente llanto que le había impedido ver el final de la película, le hizo fruncir el ceño y malinterpretar la escena.
—Ya veo— dijo con cierta diversión amargada en la voz. —Así que yo confío en ti pero tú no confías en mí— Bra no supo qué decir, impresionada ante el tono de desprecio que estaba usando para dirigirse a ella. Hacía mucho tiempo que no le hablaba de ese modo, como si fuera una cucaracha a la que podía aplastar con un solo dedo. —Te dije que no mataría a nadie y lo mantengo. De no ser así, habría destripado a ese mocoso llorón cuando tú no estabas, así que déjame salir. Puedo contenerme perfectamente.
—No es eso, Broly. Confío en ti, pero… créeme, mejor esperar un rato más— Broly le lanzó una mirada furibunda, una mirada que logró incomodarla, pero pese a ello no le soltó el brazo. Se lo apretó hasta que pudo sentir el brazalete de braummuro bajo la manga del chándal.
—Estoy de muy mal humor y quiero irme a casa— declaró él, dando un ligero tirón que logró arrastrarla hacia delante, pero ella se mantuvo en su sitio, pálida, empezando a retorcerle el brazo con la fuerza suficiente como para causarle el dolor de un fuerte pellizco. —¡Bra!— le gritó.
—¡He dicho que no!
—¿Qué te pasa? ¿Por qué no quieres que salga fuera? ¿Qué hay…?
—¡No hay nada!— gritó ella, interrumpiéndolo de golpe con esa expresión tan amenazadora, típica de su padre. Eso solo consiguió enfadarle aun más.
—¿Qué hay fuera?
—Ya te he dicho que no hay nada.
Y sin embargo sabía que mentía. No era estúpido y aunque Bra supiera mentir a la perfección, él la conocía lo suficiente como para saber que aquello no tenía sentido. Por un instante olisqueó el ambiente, pero no notó el olor a hembra encelada que podría explicar su repentino interés porque se quedara con ella, a solas. ¿Qué demonios quería de él entonces?
Las voces de los niños atravesaron la puerta de los baños, y eso solo consiguió irritarle más, lo suficiente como para deshacerse del agarre de Bra de un brusco tirón. Ella estaba pálida, lívida. Al otro lado de la puerta pudo escuchar claramente la voz de Uub y la de Goku, y Broly también la escuchó. Bra se tensó. Pero Broly no dio señales de reconocer esa voz, quizás porque estaba totalmente centrado en ella, analizando sus facetas.
—¿Tanto miedo tienes de que lo destruya todo?— preguntó él, pero ella no respondió. Estaba tan nerviosa, que empezaba a desfallecer, a marearse. Con solo salir por la puerta, todo habría acabado. —Ya veo…— Broly se sintió mal. No sabía cómo catalogar esa manera de sentirse mal, porque no le dolía ninguna parte del cuerpo, pero algo le carcomía las entrañas al saber que su alumna no tenía ninguna confianza en él. Algo le dolía, le molestaba. No sabía cómo librarse de ese sentimiento tan horrible. Esa reacción de verdad le había decepcionado y ofendido. —No he matado a nadie en meses desde que te lo prometí. Me estoy portando bien cuando no tendría que hacerlo, no destruyo nada. ¿Qué más quieres? ¡No me jodas, medio humana!
—¡No es eso, Broly!
—¿Entonces qué es? Vamos, dímelo— Bra se encogió y él se cruzó de brazos, esperando una explicación que no llegaba. Una vez más, ella calculó las posibilidades. Si le decía que Goku estaba allí… ¿qué haría él? Tenía razón al decir que no se fiaba de él, y no tenía motivos para no hacerlo. Hasta ahora había cumplido su palabra y ella, a cambio, no le había dado nada.
Quizás podía confiar en él. Quizás ya podía controlar sus instintos asesinos. Tal vez…
—¡Bah!— exclamó él entonces, perdiendo la paciencia. —Ya que tanto miedo me tienes deberías…
—Prométeme que no harás nada— lo interrumpió ella. Él arrugó la cara y se preguntó por qué demonios debería prometer nada. Estaba harto de sus promesas, esas que le encadenaban porque Bra así lo quería. Estaba harto de esa niña caprichosa que vigilaba sus pasos con pies de plomo, que no le permitía avanzar si no era a paso de tortura. Broly empezaba a sentirse enjaulado, y muy, muy frustrado.
—No voy a prometer nada más. Yo no te he hecho prometer a ti que no me traicionarás o que no volverás a pisarme la cola, ¿por qué debería yo prometer algo más si tú no lo haces?— Bra lo miró y luego cayó en la cuenta de que tenía razón. Él le había prometido varias cosas y ella se mantenía libre y lejos, inalcanzable. La única vez que él le había pedido que no hiciera algo, ella no le había hecho caso y se había dirigido a la fiesta de la universidad tranquilamente, sin importarle nada cómo eso pudiera afectarle a él.
Había sido realmente injusta e hipócrita al decir que confiaba en él cuando todavía temía que empezara a destruirlo todo. Era normal que eso le enfadara. Bra tragó saliva y sus ojos azules taladraron los de él. Broly endureció las facciones. No le gustaba esa mirada tan triste y suplicante, porque le hacía sentir débil y vulnerable.
—Goku está afuera— dijo ella.
Broly se quedó estático, en completo silencio. Rompió el contacto de miradas y sus ojos viajaron hasta la pared que tenía en frente mientras su radar interno rastreaba el ki del enemigo. Lo sintió cerca, inalterable y apacible, tan relajado y simple como el de un humano. ¿Cómo demonios era posible que no se hubiera percatado antes de su presencia? ¿Tanto se había dejado llevar por esas emociones humanas que sus instintos se habían relajado? ¿Cómo podía ser tan estúpido? Lo había tenido al lado, ¡al lado! Podría haberlo pillado desprevenido, podría…
Todavía podría hacerlo.
Broly dio media vuelta y agarró el pomo de la puerta para salir, pero nuevamente las manos de Bra se cerraron alrededor de su brazo. Su mirada ahora era un pozo de temor y súplica, algo para nada típico de ella. Su orgullo parecía haberse resquebrajado.
—No puedes ir todavía. No estás preparado y además teníamos un trato. ¡Me prometiste que no matarías a nadie más.
—Me importa una mierda el trato. Me importa una mierda mi promesa.
—¿Y yo también te importo una mierda? Estoy confiando en ti ahora mismo. Lo estoy dejando todo en tus manos. ¡No puedes traicionarme de esta manera, Broly!
—¡Claro que puedo!— gritó él, y su brazo se sacudió, empujándola brutalmente contra una de las paredes del baño. Bra se soltó enseguida cuando su espalda dio contra los duros azulejos, que se resquebrajaron por el golpe. —¡Deja de tratarme como si fuera un maldito perro! Si no he podido detectar a Kakarotto ha sido por tu culpa, ¡porque me estás trastocando la cabeza! ¡Yo soy el guerrero legendario, no tu jodida mascota, y estoy harto de tus promesas y también estoy harto de ti, así que déjame en paz, maldita medio humana!
Bra se quedó patidifusa. No supo cómo tomarse esas palabras tan duras, porque cuando vio a Broly abriendo la puerta que daba hacia el exterior solo pudo pensar en una cosa.
Él iba a morir.
—Broly…— lo llamó una última vez. Sus emociones estaban a flor de piel al pensar en lo que Goku le haría, en cómo lo masacraría. Ni siquiera había cabida para su padre o para los demás guerreros. Solo le veía a él, muriendo, y sus ojos se humedecieron. Él la miró una última vez con la expresión más cruel que podía albergar: una expresión de absoluta indiferencia. —Por favor, no lo hagas.
La odió. La odió como nunca porque esos ojos azules estaban derramando lágrimas por primera vez desde que se conocían. Y no lo soportaba. Ella era tan orgullosa y, en esos instantes, su orgullo se ahogaba en un mar de sollozos y lloriqueos. Por él. Solo por él.
Y Broly fue más cruel que nunca.
—La culpa es tuya por confiar en mí— dijo, y en eso quedaba implícito todo. Los que murieran esa noche morirían por su culpa, incluido él mismo. La hundió, y acto seguido cerró la puerta, dejándola sola.
Bra supo entonces que Pan tenía razón, y supo también que era idiota, porque ya era demasiado tarde. En aquel momento no tenía orgullo ni sentía la más mínima humillación. Solo sentía el terror y la incertidumbre del qué debía hacer ahora, la agonía y la tristeza al saber que lo había perdido, y si por algún casual no lo perdía, podía estar segura de que habría perdido algo más valioso.
Su familia.
Sabía que debía hacer algo, pero las lágrimas y la angustia que se apoderaron de su pecho se lo impidieron. Ella llorando, la orgullosa hija de Vegeta… por un hombre. Oyó nuevos gritos en el exterior y avergonzada, se encerró en uno de los cubículos del baño masculino esperando que nadie entrara. Necesitaba estar sola y relajarse, o de lo contrario no sabría cómo actuar ni de parte de quien estar. La había traicionado. Le había hecho daño. No había aprovechado la oportunidad que le había dado y ahora todo se venía abajo.
Y a pesar de que él iba a destruir su vida, solo podía pensar en esos ciento veintiocho días que habían pasado juntos.
Broly corrió tan deprisa por el pasillo, que los escasos humanos que por allí pululaban ni siquiera lo vieron. Sentían una ráfaga de viento azotándoles cuando él pasaba por su lado, pero no detectaban nada más que algo borroso agitándose y dejando un aura maquiavélica a su paso. Un aura cargada de furia y de ansias de venganza.
El ki de Kakarotto estaba cerca. Acababa de salir del edificio y caminaba tranquilamente, sin esperarse el más mínimo ataque. Se detuvo, y el fino oído de Broly pudo oír cómo una voz más infantil de lo que recordaba preguntaba por comida. Ese cabrón no comería nada porque pensaba abrirle un agujero en el estómago en cuanto lo tuviera a tiro. Estaba haciendo un inmenso esfuerzo por mantener su ki inalterable, camuflado entre la multitud para que no lo detectara y poder pillarlo desprevenido. Lo iba a matar a traición, pero no le importaba. Después de todo lo que le había hecho no se merecía nada mejor.
Ya tendría tiempo de divertirse con los demás guerreros cuando el peligro que implicaba Kakarotto desapareciera.
Porque se merece una oportunidad.
Broly frenó sus pasos un poco, lo suficiente como para quedar a la vista humana. El recuerdo de la voz de Bra hacía eco en las profundidades de su mente y él negó con la cabeza, agitado. Un sudor frío le recorrió la frente antes de seguir hacia el exterior para atravesar las puertas de cristal. Las calles del mundo humano aparecieron frente a sus ojos y su mirada buscó a su enemigo de forma instintiva. No pudo verlo, pero lo sintió dando la vuelta a una esquina. Pudo ver, sin embargo, a la joven amiga de su alumna con la que se había peleado tiempo atrás. No recordaba su nombre, solo sabía que era la nieta de Kakarotto. Parecía inquieta, y empujaba a alguien para alejarse de allí rápidamente.
Bien. A ella también la mataría.
Pues puedes quedarte con las ganas, porque yo me quedaré aquí y lucharé en el bando de mi padre si hace falta.
Broly sacudió la cabeza una vez más, intentando deshacerse de esos molestos recuerdos. ¿Por qué surgían precisamente ahora? ¿Por qué se sentía mal otra vez? Esa molestia se acentuaba con cada paso que daba hacia Kakarotto. ¿Qué era, qué…? Oh, sí. Recordaba esa sensación. La sensación de que estaba haciendo algo que no debería hacer. La sensación de los remordimientos.
—Que le jodan a los remordimientos— masculló entre dientes. —¡Yo quiero matarlo!
Y entonces, cuando se dispuso a alzar el vuelo para moverse a toda velocidad hasta aquel que lo había humillado, un copo de nieve cayó sobre su nariz.
—¡Mira, mamá, está nevando!— oyó a los niños gritar.
¿En lugar de destruirlo no has pensado que podrías vivir aquí?
¿Vivir en ese diminuto planeta rodeado de humanos? ¡Qué tontería!
Pues es una pena, porque vais a destruir un planeta único y especial.
El planeta le daba igual. Ya había destruido muchos y aunque ese fuera inusitadamente bello, eso no lo detendría en su afán de destrucción.
Cuando mi padre llegó aquí también quería destruir el planeta, pero no lo hizo, ¿sabes por qué? Porque tiene propiedades curativas.
Propiedades curativas que podían curar el dolor más intenso, le había dicho. ¡Qué gran mentira!
Cierra los ojos…
Broly se llevó una mano a la boca, recordando lo que había sentido en el momento en el que había obedecido a Bra bajo la nieve días atrás. Miró hacia el lugar donde el ki de Kakarotto todavía palpitaba y luego alzó la vista al cielo. Las nubes eran totalmente oscuras y amenazaban con una gran nevada.
El guerrero legendario apretó los puños y la mandíbula. Acabó mordiéndose el labio inferior.
—¡Mierda!
A Bra le llevó largos minutos tranquilizarse. Acurrucada sobre la taza del inodoro, encerrada a cal y canto en el cubículo, pensó en lo que estaba haciendo. Estaba llorando como una cría por un hombre cuando ella jamás se había preocupado por los hombres. En su fuero interno siempre se había dicho a sí misma que nunca debía dejarse manejar por uno, por muy enamorada que estuviera. Era una guerrera por encima de una mujer. Era la princesa de los saiyans por encima de todo lo que pudiera sentir. ¡No podía abandonar su orgullo y dejarse humillar por un cualquiera, aunque este fuera el guerrero legendario! Su padre se avergonzaría de ella.
Bra se limpió las lágrimas con el brazo, se golpeó las mejillas con las manos y tomó aire. Todavía no sabía qué hacer, pero puesto que no conocía el paradero de su padre y Goku estaría demasiado ocupado entreteniendo a Broly, supuso que lo mejor sería llamar a Trunks y luego a Gohan. Quizás ya venían en camino, incluso. La princesa no dejaría que Broly se saliera con la suya, aunque para ello tuviera que matarlo.
Decidida, y medio recompuesta, moqueó un par de veces y se quitó el maquillaje con papel higiénico antes de abrir la puerta del cubículo con una actitud totalmente diferente. Iba a impedir una catástrofe. Si ella misma tenía que luchar contra Broly, lo haría. Si ella sola tenía que proteger la Tierra, lo haría. Si ella misma tenía que sacrificarse…
No le hizo falta pensar más en su estrategia, porque cuando abrió la puerta de los cubículos, todo pareció volver a su cauce. Su corazón se detuvo después de dar un último y potente latido. Un suspiro que caminaba entre el alivio y la incredulidad escapó de su boca entonces. Instintivamente, se llevó una mano al pecho mientras lo observaba y era observada por él con esos penetrantes ojos oscuros que, en esa ocasión, dejaban ver mucho más de lo que su dueño deseaba.
Broly estaba allí, cruzado de brazos, mirándola fijamente con la espalda apoyada contra la pared, como si nunca se hubiera ido, como si nunca se hubiera peleado con ella, como si no le hubiera dicho esas cosas que, de verdad, le habían dolido. Eso solo podía significar que no había atacado a Goku, que lo había dejado ir, que se había retractado pero… ¿por qué? Él era implacable y Goku era su obsesión. Su única meta era matarlo, y ya había fallado dos veces por razones ajenas a sí mismo.
¿Por qué?
Cuando Broly descruzó los brazos y estiró la espalda al verla salir, despegándose de la pared, Bra sintió la necesidad de colgarse de su cuello y abrazarlo para darle las gracias, porque por estúpida que fuera la idea, había la pequeña posibilidad de que no hubiera atacado a Goku porque ella se lo había pedido. Tuvo unas ganas locas de acurrucarse entre esos grandes brazos suyos, pero no lo hizo.
Ya se había humillado una vez y no pensaba volver a hacerlo.
Sin más, alzó la cabeza reuniendo toda la dignidad que había perdido con la última suplica que le había dirigido, y con el porte de una auténtica princesa, pasó por su lado para dirigirse fuera, ignorándolo deliberadamente. Él no le permitió que se alejara. La agarró por la muñeca sin girarse a mirarla siquiera. El rostro de ambos era una máscara de furia y reproches, y sin embargo ninguno de ellos le recriminó nada al otro, porque las palabras sobraban.
Si Broly estaba allí, era porque había rectificado a tiempo. Si él se había ido, era porque Bra había confiado en él sin temores.
—¿Qué estás haciendo aquí?— preguntó Bra. —Pensaba que estabas harto de mí.
—Y lo estoy, no sabes cuánto.
—Pues entonces déjame en paz, Broly. Vete y destruye el planeta, haz lo que te dé la gana, mata a quien quieras. Me da igual, porque no pienso volver a confiar en ti.
—No le he matado.
—¿Y eso justifica cómo me has tratado?— ahora fue el turno de Bra de enfurecerse. Sin más, dio un fuerte tirón de su brazo para deshacerse del agarre, pero Broly no la soltó. —¡Suéltame, mono estúpido! ¿Tienes idea del susto que me has dado? Cuando hablas de matar a Goku y de destruir el planeta, hablas de matar también a mi familia. ¿Es que no te das cuenta de cómo duele eso?
—Si tú no me hubieras dado la oportunidad, no tendrías que estar tan angustiada por lo que hago o dejo de hacer. Es culpa tuya— declaró él. Bra sabía que Broly era como un niño caprichoso, tan infantil que resultaba exasperante. Echarle las culpas a ella por algo que era plenamente su responsabilidad lo convertía en un maldito crío de parvulario, y a ella en la madre que debía regañarle por semejante actitud egoísta.
Abrió la boca para replicar una vez más, esta vez a voz en grito, pero entonces analizó detenidamente sus últimas palabras.
—¿A qué oportunidad te refieres?— cuestionó, incrédula.
—Sé que invocaste al dragón con esa amiga tuya, la descendiente de Kakarotto. Sé que tenías pensado matarme con eso, pero decidiste darme la… oportunidad.
—¿Me espiaste?— preguntó, con los ojos abiertos como platos.
—Hice más que eso. Intenté matarte.
Esta vez, Bra sí que consiguió deshacerse del agarre. Se llevó una mano al pecho con la intención de calmar esos latidos acelerados y furiosos.
—Eres un maldito animal. ¿Tan poco confiabas en mí?
—No te pongas terca. Tú tampoco confías en mí.
—Yo no me fío de tu autocontrol, no de ti. Pero esta noche me has demostrado que hago bien en no fiarme. ¿Cómo has podido hacer algo así? ¿Tienes idea de cómo me has hecho sentir? ¡Pensaba que iban a matarte!— Broly la miró con una ceja alzada y Bra deseó que su cola, oculta bajo la ropa, apareciera para poder indicarle cuál era su estado de humor. Todo lo que él sentía pero no decía lo expresaba a través de la cola, y sin ella, Bra a veces se sentía perdida.
—¿Y qué?
—¿Cómo que y qué? ¡Me importa lo que puedan hacerte, me importa que te hagan daño, me importa…!— Bra empezó a hablar sin parar dando voces que a él empezaron a molestarle. Sus gritos eran agudos, y sumados a su frustración, se sintió inquieto. Estaba empezando a tener jaqueca y con la intención de hacerla remitir, se llevó una mano al puente de la nariz y lo acarició. Bra siguió gritando, pero él había dejado de escucharla. Si había algo que no soportaba eran las discusiones en lugar de las peleas a base de puñetazos, cosa que había descubierto con Bra, la única persona que se atrevía a gritarle. ¡Y cómo le martilleaba la cabeza con esos chillidos! —¿Por qué tengo que poner excusas? ¡Por mucho que te cueste asimilarlo, tú me importas!— gritó, pero al darse cuenta de lo que acababa de decir, intentó salvaguardar su orgullo con un carraspeo. —Me importas poco, pero me importas, así que… ¿Me estás escuchando?
—No. Cállate— fue su escueta respuesta.
—¡Broly!
—¡Vas a gastar mi nombre!— tronó él. Bra estuvo a punto de empezar otro sermón, pero el guerrero legendario no se lo permitió. Se acercó a ella y le colocó la mano sobre los labios para que se callara de una vez. —Todo ha quedado muy claro, tú no te fías de mí y yo tampoco de ti, así que estamos en paz. Ahora deja de gritar.
Por un momento tuvo la esperanza de que ella le hiciera caso cuando apartó su mano de su boca, pero solo esperó un segundo antes de volver a abrirla para replicar.
—¡Si piensas eso es que no te has enterado de na…!— Broly puso los ojos en blanco y tomó una decisión rápida.
—Papá, tengo pipí— frente a esa petición implícita, el padre de familia tuvo que ceder. Había pasado dos horas viendo una película absurda sobre un brócoli parlanchín que tenía que salvar un montón de huertos y su cabeza estaba en estado de trance. Sus hijos estaban contentos, sin embargo, así que dio esa noche por terminada con éxito. Un punto más para su carné de buen padre. Esperaba que sus hijos recordaran aquella noche antes de enviarlo a una residencia para ancianos el día que se jubilara.
—Os dije que no tomarais tanta cola. Cuando lleguemos a casa mamá se enfadará si se entera de que…— mientras sermoneaba a sus dos hijos de siete y nueve años, los tres se dirigieron a los baños masculinos. Cuando el padre abrió la puerta para entrar, sus palabras se cortaron abruptamente para clavar los ojos en esas dos figuras que se fundían en su interior.
Había una chica guapísima vestida con una ropa muy provocativa, de largo pelo azul que le llegaba a la media espalda. Aunque no podía ver su cara porque le daba la espalda, podía ver que tenía un cuerpo digno de ser admirado. Se notaba que hacía ejercicio, porque sus piernas eran atléticas y fuertes. El padre de familia se descubrió a sí mismo comparándola con su propia mujer. ¡Cuánto disfrutaría con una chica como esa! Aunque fuera una cría de apenas dieciocho años. Lo que estaba claro es que ella disfrutaba en brazos de ese enorme hombre que, sin duda, eran mucho mayor, rondando la treintena. Casi lo consideró normal. Era la clase de tipo que eclipsaba a cualquiera, bronceado, muy alto, atractivo con las facciones más duras y masculinas que había visto en su vida, de ancha espalda.
Cuando el hombre rodeó la cintura de la chica y la aupó pegándola a su cuerpo para que no tuviera que ponerse de puntillas al llegar hasta su boca, el padre de familia descubrió que tenía los músculos más increíbles que había visto en su vida. Podría romper nueces entre ellos. Sin duda, lo haría puré con una sola mano.
Observó, sin ser consciente de lo que estaban viendo sus hijos, como se besaban de una manera que poco tenía que ver con la forma que él tenía de besar a su mujer. Ella, con los pies sin tocar el suelo, le rodeaba el cuello con los brazos para que no osara separarse de su cuerpo y mientras sus labios se frotaban podría jurar que una pelea de lenguas se estaba llevando a cabo entre boca y boca. Él parecía un animal a punto de devorarla y ella una salvaje que le arañaba el cuello con las uñas y que le rodeó la cintura con las piernas para mantenerse erguida y a su altura.
Sus hijos miraban a su padre y a esas dos pasionales figuras alternativamente. No entendían muy bien lo que ocurría allí, pero se emocionaron cuando una parte que sí conocían entró en juego. Él, con esas manos tan grandes, le estaba subiendo la falda y esas braguitas negras tan sexys, propias de una adulta con buen gusto para la lencería, quedaron al descubierto frente a ellos.
—Ay va…— murmuró el pequeño muy bajo, tan bajo que ni su propio padre se enteró del sonido, pero lo suficientemente alto como para que el guerrero legendario se percatara de que no estaban solos, abriera los ojos sin dejar de jugar con la boca de su alumna y les dirigiera una mirada tenebrosa que les dejó fuera de juego. La verdad estaba en esos ojos oscuros.
No le importaba que miraran, pero como se atrevieran a interrumpirles, los mataba.
—Pe… perdón— murmuró el padre de familia, que tendría esa imagen en la cabeza durante horas de necesidad. Era curioso, porque hubiera jurado que esa chica se parecía a Bulma Brief, la famosísima científica que, además, ocupaba portadas de las revistas del corazón que se preciaran. En cualquier caso, no se olvidaría de esa imagen en la vida.
La familia cerró la puerta y Broly cerró los ojos otra vez, pero entonces Bra se alertó con el sonido del portazo y separó su boca de él de manera húmeda. Su lengua quedó enredada con la suya antes de que ella la ocultara en su boca y se girara hacia la puerta.
—¿Qué…?— murmuró con los labios brillantes y mojados. Broly apretó el agarre de su cintura, molesto por la interrupción. Sacó la lengua y lamió su mejilla lentamente hasta llegar a su oído para captar su atención. Notó el estremecimiento de ella sacudiendo sus piernas y el excitante olor a hembra llegó hasta sus fosas nasales. Bra notó algo duro golpeando su muslo y clavó sus ojos azules en los de Broly, divertida porque por primera vez, era él el que parecía haberse sobreexcitado y no ella. —¡Te pillé! Ahora eres tú el que se ha emocionado demasiado.— Broly se miró a sí mismo como si no fuera consciente de a qué se refería. Un bulto parecía tener vida propia bajo sus pantalones, y cuando Bra lo miró, la cola emergió de entre ellos, erizada.
—Eso es mi cola— sí, ya lo veía. Bra soltó un suspiro cargado de bochorno pero Broly, ante las expectativas, sonrió con malicia y agarró una de las manos que le rodeaban el cuello para hacerla descender hasta tenerla sobre su entrepierna. Apretó la mano de Bra sobre ella y la muchacha se quedó paralizada al notar la marcada forma, dura y atrapada, entre esos pantalones, lo suficientemente grande como para que su mano no fuera capaz de abarcarla por completo. —Eso sí es mi pene.
—Ay…— musitó. No podía negar que tuvo ganas de apretarlo e incluso de meter la mano bajo los pantalones para tocarlo piel contra piel, pero se retractó en el último momento y dejó de rodearle la cintura con las piernas para apartarse de él bruscamente. Sus manos se interpusieron entre los dos cuerpos, temblorosas ante lo que acababan de palpar. —¡No, no, no, no, no! Yo soy una señorita. No puedo hacer estas cosas. ¡No, ni hablar!— exclamó para convencerse a sí misma. —¿Cómo se te ocurre obligarme a hacer algo así, mono estúpido?
—¿Qué yo te he obligado? Pero si has sido tú quien lo ha apretado.
—¿Apretarlo yo? ¿Tu pene?— gritó, escandalizada, mientras se frotaba la mano como si así pudiera purificarla. Sin que pudiera evitarlo, sus ojos se desviaron a esa zona que, aunque estuviera cubierta con la gruesa tela de los pantalones de chándal, se veía totalmente abultada. —Será mejor que… nos vayamos ya. Pero antes de eso, cálmate o no podremos salir.
Broly volvió a mirarse a sí mismo, pero en lugar de meterse en un cubículo como Bra esperaba que hiciera, se acercó más a ella con una expresión que le pareció más masculina que de costumbre.
—¿Por qué no me calmas tú?— la agarró por la barbilla y se inclinó lo suficiente para volver a besarla, pero la reacción de la joven no se hizo de esperar. Instintivamente le dio un guantazo tan fuerte y tan inesperado, que lo lanzó hacia atrás y lo estrelló contra los cubículos. La madera se resquebrajó por el golpe y los baños se derrumbaron sobre el guerrero legendario, el cual, una vez recuperado de la sorpresa y sobándose la mejilla, que se había coloreado con la marca de la mano plasmada en ella, se levantó como un resorte y la miró con los ojos como platos.
Era la primera vez que alguien le daba un guantazo. Era la primera vez que le dolía.
—¿A qué demonios ha venido eso? ¡Me duele!— gritó, pasmado.
—¡Ha venido a que eres un pervertido! ¿Cómo te atreves a proponerme algo así? ¡Soy una princesa, tenme un poco más de respeto o la próxima vez te pisaré la cola!— Broly se encogió por el grito, al igual que su cola, que se escondió entre sus piernas como solo la de un perro lo haría. Bra, alzando la cabeza con gran soberbia, se dirigió entonces a la salida de los baños. —¿Vienes o no? Que te dejo aquí y no vuelvo, eh.— Y gruñendo, también como solo un perro haría, Broly se levantó y siguió a su dueña.
De camino al coche el corazón de Bra palpitaba a lo loco. Lo observaba sin que él se diera cuenta, de reojo, y cuando él se sentía observado, la mirada y ella bajaba la cabeza, disimulando.
—Gracias— se atrevió a decir al cabo de unos segundos, muy bajito, pero lo suficientemente alto como para que él lo escuchara. —Gracias por no ir a por Goku— Broly no contestó, y Bra, en un arrebato de romanticismo y ternura, se atrevió a acercar su mano a la de él. Cuando rozó sus nudillos, él frunció el ceño, curioso, sin comprender qué intentaba hacer. Cuando por fin se atrevió a agarrarle de la mano, él no supo cómo tomárselo. El tacto no le resultó desagradable, así que permitió que ella entrelazara sus dedos con los suyos. Lo que sí acabó incomodándole fue sentir su cabeza descansado sobre su brazo. Se quedó quieto, tenso, y siguió caminando sintiendo arder la cara al verla sonreír. Le permitió ese gesto porque vio a muchos humanos hembras y machos agarrados así al salir del cine, y pensó que quizás se trataba de un ritual de apareamiento humano.
Broly sonrió. Si dejaba que Bra lo abrazara así, quizás procrearía esa noche.
Así que los dos caminaron hacia el coche muy pegados mientras los humanos los observaban al pasar con las bocas abiertas. Ellos ni siquiera se dieron cuenta de que todo el mundo los miraba, o más bien, miraban a Broly.
—Oh, Dios mío— murmuraron un grupo de amigas que, si Bra se hubiera detenido a ver, habría reconocido de inmediato como las chicas bien de su clase en la universidad, aquellas que nunca se le habían acercado hasta la fiesta universitaria —¿Estáis viendo eso?
—¿Te refieres a Bra Brief, la que está en nuestra clase, al monumento de tío que tiene al lado, a esa cola de mono que se agita en el aire y que viene del que, probablemente, es el mejor trasero masculino que he visto en mi vida o… te refieres a ese bulto que él tiene bajo los pantalones?
—Oh, sí… a todo eso— contestó otra de ellas. —Sea quien sea, yo quiero uno igual— Y las chicas bien no tuvieron más remedio que asentir, porque daba igual por donde lo miraran. Ese hombre no podía ser de ese planeta.
Y no se equivocaban.
