N/A: Quiero partir agradeciendo la paciencia que han tenido con esta historia. Me sorprende cada review, cada follow y cada favorito. Sé que me demoro en actualizar (mucho más de lo que me gustaría), pero de verdad a veces me cuesta mucho conciliar los tiempos y sentarme a escribir,Mi otra historia está próxima a terminar, así que eso también podrá ayudar a que las actualizaciones sean más frecuentes (dentro de lo posible).
En este capítulo suceden varias cosas importantes, espero poder reflejar la idea que está en mi mente y que origina toda esta historia.
Los dejo de aburrir con mi nota y ahora, a lo que vinimos...
Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.
X. Primera visita
Rachel estaba confundida.
Estaba en su casa. En su habitación. Pero todo se sentía diferente. Confuso.
Sus papás la observaban nerviosos, como si no supieran la forma en la que debían acercarse a ella. Miró su falda para concentrarse en otra cosa. Una sensación de normalidad la inundó. Amaba esas faldas escocesas. Nadie en el colegio las usaba. Ella se sentía única vistiéndolas. Una vez se lo había comentado a Lucy y su amiga sólo le había brindado una sonrisa, como usualmente lo hacía.
–Sabíamos que este momento llegaría algún día, pero no pensamos que sería tan pronto –comentó Hiram, su papá, y Rachel intentó recordar de qué hablaban, pero no pudo.
–Cuando ayer nos preguntaste sobre ella, nos dejaste perplejos, por eso no te dijimos nada, estrellita –añadió Leroy, su papi–. Queremos que entiendas que esto es complicado para nosotros, así que es vital que nos hablemos, que digamos que lo sentimos.
–La comunicación es importante –aseguró Rachel.
–Muy importante. Por eso queremos que sepas la verdad –dijo Hiram, para luego guardar silencio por un momento–. Tu madre se llama Shelby, canta tan bien como tú y tenía muchos sueños cuando la conocimos. Tras muchas conversaciones, decidió ayudarnos. Ella nos permitiría cumplir nuestro sueño de ser padres. Ella nos dio el mejor regalo de nuestras vidas: tú –el hombre hizo otra pausa antes de continuar–. Firmamos un contrato, donde ella renunciaba a los derechos que tenía sobre ti y en el que se comprometía sólo a contactarse contigo una vez que cumplieses los dieciocho años.
–Pero no pasa nada si tú decides contactarla a ella –explicó Leroy–. Queremos que seas feliz y si eso implica que ella forme parte de tu vida, estamos dispuestos a abrir las puertas de esta casa. Sin embargo, creemos que debes pensarlo y esperar. Son muchos cambios, muy rápido. Aún eres pequeña para entender muchas cosas y…
Todo se volvió confuso nuevamente. Su habitación desapareció y ahora estaba en una banca. En su banca. La que siempre compartía con Lucy.
–¿Vas a conocerla? –la voz de Lucy hizo que se percatase de su presencia.
–No sé. No entiendo algunas cosas –respondió Rachel sabiendo que hablaba de su madre.
–Tal vez deberías preguntárselas a tus papás –sugirió la rubia, cerrando el libro que tenía en su falda.
–Sí, tal vez… –la morena guardó silencio antes de continuar–. Tengo miedo…
–¿De qué?
–¿Y si no me agrada? ¿Si no quiere jugar conmigo o si es mala?
–Tus papás estarán ahí para protegerte –comentó Lucy con simpleza.
–Ellos dijeron que era mejor a esperar a que fuese mayor, para que entienda más cosas –expuso Rachel recordando lo que le habían dicho la noche anterior.
–Vas a cumplir doce pronto, quizás las cosas cambian o no sé… son menos confusas.
–Sí, creo que esperaré un poco –murmuró Rachel.
–Y yo también estaré a tu lado. Pase lo que pase, siempre puedes contar conmigo. Si es mala o fea o no quiere jugar contigo, yo voy a estar para darte un abrazo y para que te alegres –afirmó con seguridad Lucy y Rachel notó que era la primera vez que la veía tan decidida. Definitivamente, tenía a la mejor amiga del mundo.
Rachel de pronto abrió los ojos y miró a su alrededor.
No estaba en su casa, ni en el colegio. Inhaló y exhaló intentando acomodar sus recuerdos.
Estaba en la casa de Lucy. No, Quinn. Lucy ahora se llamaba Quinn. Y tenía una hija. Y era su novia.
No tenía diez años, ni once como en el sueño. Tenía veinticinco.
Suspiró.
¿Aquello había sido un sueño? ¿Era algo que su mente había inventado o era un recuerdo?
Su madre. No sabía mucho sobre ella. En su diario apenas la había nombrado dos veces y escuetamente. Sin embargo, el diario que le habían entregado sus papás era de cuando ella tenía quince años aproximadamente.
Su papá Hiram le había explicado que ella se había deshecho de los anteriores en la secundaria. Por tanto, había un vacío que no podía recomponer. Tampoco es que aquel diario le ayudase mucho. Le parecía escrito por otra persona. Las primeras páginas hablaban de cómo todo se devuelve en la vida y de cómo no podía confiar en nadie.
No le gustaba aquella Rachel. No confiaba en ella.
Quizás lo mejor era hablar con Quinn en la mañana.
Quinn sabía que algo rondaba la mente de Rachel. Desde que se habían encontrado en la cocina mientras ella preparaba el desayuno, la mirada de la morena le había trasmitido una inquietud que no había expresado en palabras.
Decidió no hablar en ese momento, pues Beth podría interrumpirla. Lo mejor era esperar. Así, desayunaron en una inusual calma y en una agradable comodidad, cada vez más cotidiana.
La fotógrafa no debía asistir a la agencia ese día, así que tras dejar a Beth en su colegio, regresó a su hogar, dispuesta a hablar con Rachel.
Por su lado, la morena tenía la mañana libre. A la hora de almuerzo, Tina la pasaría a buscar para afinar los últimos detalles relativos a su regreso a la obra, en dos días más.
Cuando Quinn entró al departamento, se encontró con Rachel inspeccionando las distintas fotografías. La morena, sintiendo su presencia, se giró.
–Son lindas –aseguró Rachel refiriéndose a las fotografías que, en forma asimétrica, adornaban la pared–. Pero no salgo en ninguna. Es como si no formara parte…
La morena desvió la mirada, pero Quinn alcanzó a notar un resquicio de dolor en sus ojos.
–Tengo fotos tuyas –afirmó la rubia y no mentía–. Pero aún no he decidido cuáles quiero que formen parte de la decoración. Beth me quitó una para ponerla en su mesita de noche.
Rachel sonrió recordando la foto en la que aparecían ella y la pequeña rubia riendo de algo que no recordaba.
–Creo que mi favorita es una en la que aparecen Maia, Beth y tú llenas de helado –prosiguió Quinn–. Con todo lo que ha pasado, había olvidado que quería redecorar.
La ex porrista se sentía feliz de no tener que mentirle a Rachel. Al menos con algo podía ser completamente sincera. La morena se había convertido en parte de su vida, aunque ella estuviese reticente y la fotógrafa que había en ella no había podido dejar de captar los momentos que habían compartido.
–Me gustaría verlas –pidió Rachel y Quinn asintió. La morena guardó silencio y la rubia le dio el espacio que necesitaba para que continuara–. Hay dos cosas que me gustaría preguntarte –Quinn volvió a asentir–. ¿Cuándo nos pusimos de novias? O sea, me gustaría saber la fecha de nuestro aniversario. Mis papás siempre se hacían regalos y decían que era una ocasión muy importante. Yo… yo no quiero olvidar eso también. He olvidado muchas cosas y… mi cabeza cada día está más confundida… yo no…
–Hey, shh… –Quinn abrazó a Rachel intentado evitar que el llanto que contenía la morena, se desatara–. No te obligues a recordar. Puedes preguntarme todo lo que dudes y vamos a crear nuevos recuerdos para disminuir esa sensación de vacío, ¿está bien? Ni siquiera puedo imaginar lo que debes sentir: verte, vernos todos crecidos y tú sentir que aún tienes diez años.
–Yo… yo recuerdo tener diez años pero… –Rachel hizo una pausa antes de revelar algo que no había hablado con nadie–. Me siento diferente… no sé qué edad siento que tengo. Sé que recuerdo tener diez, pero es diferente. A veces pienso cosas que no entiendo, pero en el fondo creo que sí… que las entiendo. Es como si mis recuerdos los hubiesen metido en una máquina y los hubiesen revuelto. Me siento de diez, pero a la vez, no me siento de diez –otra pausa, esta vez más larga–. Me agrada ser tu novia y sé que yo con diez no pensaba en novios… pero me parece normal estar contigo. Es todo confuso.
–A mí también me gusta estar contigo –manifestó Quinn nuevamente aliviada al no tener que mentir. De pronto un recuerdo se vino a su mente–. Y respondiendo a tu pregunta original, nuestro aniversario es el veintiuno de septiembre. El día que inicia el otoño.
–Mi día favorito –comentó Rachel y Quinn sonrió–. Eso quiere decir que llevamos dos meses de novias, ¿no?.
–Sí, no es mucho, pero se siente como una eternidad –expuso la rubia–. Quizás es porque nos conocemos de antes.
Quinn se felicitó a sí misma por recordar aquella fecha. Rachel la había sorprendido un veintiuno de septiembre quince años atrás con galletas para celebrar la llegada del otoño. Según la pequeña morena era el mejor día de todos, porque iniciaba la mejor época del año, que incluía su cumpleaños, obviamente.
–Tuve un sueño –confesó Rachel interrumpiendo los recuerdos de Quinn–. Estabas tú en él… pero no eras Quinn… eras Lucy.
–¿Te refieres a que yo me hacía llamar así o a que era más pequeña? –preguntó la rubia confundida.
–Éramos pequeñas. Teníamos once años al parecer. Sé que yo los tenía, no sé si tú también, pues quizás ya podías tener doce –explicó Rachel con algo de verborrea–. Primero yo estaba en mi casa, la de Lima, con mis papás. Ellos comenzaban a hablarme de mi madre. Luego estábamos tú y yo en aquella banca del colegio… Yo te contaba lo que había pasado y tú me decías que mejor esperara… para conocerla… –Quinn abrió muchos los ojos al recordar aquel episodio.
–Era un recuerdo –susurró la fotógrafa interrumpiendo a Rachel–. No era un sueño, era un recuerdo, Rach. Eso pasó –dijo con más seguridad.
–¿Y la conocí? ¿Cómo fue? –preguntó ansiosa la morena.
–Sí, la conociste –respondió Quinn, inhaló hondo antes de continuar–. Pero no fue muy lindo al parecer. Yo… yo no lo sé bien, porque yo no estaba junto a ti en ese momento, ni después.
–Pero… tú lo prometiste –la voz de Rachel era apenas un hilo.
–Lo sé –dijo la fotógrafa con lamentación–. Te dije que ambas habíamos fallado. Ambas nos habíamos hecho daño.
Quinn ahora recordaba aquel momento y sus promesas. También recordaba cómo había estado tan centrada en cambiar antes de iniciar la secundaria que se había alejado completamente de Rachel. Tanto así que apenas había recordado que habían sido amigas cuando pequeñas. Según lo que Leroy le había contado, el encuentro con la madre de Rachel había sido desastroso y aquel momento había sido determinante en el cambio de la morena.
La rubia se preguntaba cuánto más había olvidado. ¿Cuántas promesas más había incumplido? Y lo más importante, ¿cuánto daño le había hecho a Rachel?
Rachel pareció sentir la angustia de Quinn, porque la abrazó con fuerza y le susurró al oído:
–Lo importante es que estás ahora. El pasado es pasado.
–Y no te voy a fallar –aseguró Quinn con una fuerza que desconocía.
Quinn recordó la llamada que había tenido de regreso a su hogar, tras dejar a Beth. Al llegar y ver a Rachel observando fijamente las fotografías se había olvidado por completo de aquel suceso. Sabiendo que aquel tema era delicado y complicado, tomó a la morena de la mano y caminó hasta el sillón, donde ambas se sentaron.
–La asistente social a cargo de la situación de Maia me llamó. Al parecer, Santana insistió mucho con el tema y la mujer accedió a hablar conmigo –explicó Quinn.
Santana había asumido como su abogada para llevar todo el tema legal relacionado con la adopción. Leroy le había explicado a Rachel, antes de la crisis, que él no podía representarla, por un tema de choque de intereses. La morena, testaruda, había decidido enfrentar todo ella sola, sin ayuda profesional hasta que fuese estrictamente necesario. Pero Quinn, tras todo lo sucedido, resolvió que necesitaban asesoría y a alguien que supiese qué decir. Por eso habló con su amiga y la contrató con una comisión muy baja, claro está.
–Maia ha tenido ciertos episodios con frecuencia más usual que la habitual, por lo que quieren prohibir que la visitemos –señaló la rubia con la mayor delicadeza que encontró.
–¿Episodios?
–Maia se está orinando por las noches. Antes sólo sucedía ocasionalmente, cuando una pesadilla era muy violenta, según lo que explicó la asistente a Santana. La directora del hogar se comunicó con la oficina de servicios sociales para informar el cambio y pidió que restringieran las visitas –detalló Quinn conteniendo la rabia que sentía.
–Pero le prometimos que iríamos a verla. No podemos romper nuestra promesa –expuso Rachel contrariada.
Quinn la observó un momento, maravillándose nuevamente con la mujer frente a ella. Porque en el fondo, aunque estuviese oculta tras toda esa inocencia y falta de recuerdos, Rachel era una mujer. Tanto su cuerpo como su alma podían verlo.
–Lo sé –afirmó Quinn–. Por eso quiero que me acompañes. En servicios sociales no saben lo que te sucedió. Tus médicos acordaron no decir nada, porque fue sólo un desvanecimiento para ellos. Así que necesito que me sigas en todo lo que diga. Sé que te estoy pidiendo mucho, pero creo que Maia nos necesita más que nunca.
–Confío en ti, Lucy –declaró Rachel–. Mis papás la adoran, cuando me llevaron a verla lo pude apreciar. Beth también. Ella es parte de nosotros ya, no la vamos a dejar.
Quinn sonrió y no pudo contener sus ganas de abrazar a la morena, pero Rachel no se quedó con el abrazo. La morena miró a la fotógrafa, perdiéndose en aquellos ojos avellana y la besó.
Y la rubia supo que estaba perdida. Aquellos sentimientos que tanto ansiaba ocultar le explotaron en la cara. Se entregó al beso sin ninguna cautela, porque cuando sus labios tocaron los de Rachel, se sintió en casa.
A Rachel no le gustaba aquel lugar.
Teléfonos sonando, gente corriendo de un lado a otro. Un niño llorando a la distancia. Una mujer gritando.
No, definitivamente quería irse lo más pronto de ahí.
Pero no podía.
Maia la necesitaba y ella sentía que necesitaba a aquella niña, aunque no la recordara completamente.
La mano de Lucy le daba confianza. Confianza que no tenía, pero que requería para lo que fuese que viniera.
–La señora Mayer las espera en su oficina. La segunda puerta a la derecha –anunció la secretaria con la que Lucy había hablado al llegar.
Rachel tenía que recordar que debía llamar a Lucy por su segundo nombre. Lucy era Quinn ahora y la morena como su novia debía emplear bien su nombre.
Caminaron nerviosas hasta el lugar indicado. Quinn golpeó suavemente la puerta y desde adentro una voz las invitó a pasar.
La oficina era relativamente pequeña. Estaba llena de archivadores y unos cuantos diplomas. Frente a ellas, sentada en un escritorio bastante desordenado se encontraba la mujer a la que debían convencer: la señora Mayer. Tenía el pelo semi cano y arrugas que evidenciaban el paso del tiempo. Vestía de manera sobria y formal, algo anticuada para su edad, pero quizás era un requisito del lugar. No debía tener más de cuarenta años, aunque su mirada denotaba la experiencia que sólo la vida dura te puede brindar.
–Tomen asiento –indicó la mujer cuya voz no era la de ninguna bienvenida–. La señora López-Pierce insistió en esta reunión, así que ustedes dirán.
–Queremos hablar sobre la situación de Maia –explicó Quinn adoptando una postura segura–. Desde que la clínica terminó el convenio con el hogar respecto del tratamiento de Maia, Rachel se ha encargado de que asista a sus sesiones. Ya sea llevándola ella misma o brindándole la forma de movilización.
–Tengo claro que la señorita Berry ha hecho un esfuerzo que no tenía que hacer para que la niña siga en su tratamiento, pero como se lo expliqué a su abogada, las cosas han cambiado y tenemos que pensar en qué es lo mejor para la menor –expuso la asistente social.
–Pero Maia ha tenido mejoras evidentes desde que a Rachel se le permitió visitarla y sacarla por unas horas del hogar –Quinn hizo una pausa intentado controlar sus emociones–. Está hablando...
–Me pide que no la deje cada vez que la veo –susurró Rachel con timidez.
–La menor está atravesando por una situación de estrés. Está claro que ustedes formaron un vínculo fuerte durante el tiempo que se frecuentaron en la clínica –expresó la señora Mayer mirando a Rachel–. Pero no puede llenarse de falsas ilusiones y nosotros no podemos pasar por alto su expediente médico, señorita Berry.
–Pero no tengo nada –contradijo Rachel con más seguridad–. Perdí la memoria hace años, pensé que tenía otra edad, pero no tengo ningún trastorno o enfermedad. No hay un diagnóstico para lo que me sucedió –la morena agradeció haber estudiado sus diarios recientes y la larga conversación que sostuvo con sus padres. Se había preparado y no pensaba fallar–. Logré terminar mis estudios de forma normal. Me gradué con distinción y formo parte de una obra a cargo de un prometedor equipo.
–Que haya podido avanzar no significa que es apta para adoptar a una niña como ella –refutó la asistente.
–¿Una niña como ella? Maia lo único que necesita es amor. No tiene ningún problema más que los recuerdos de los abusos que sufrió –atacó Quinn–. Rachel y yo podemos brindarle la seguridad y el amor que necesita. Ustedes deberían preocuparse por el bienestar de Maia. ¿Acaso ha mostrado algún progreso antes? ¿Cuántas familias han intentado adoptarla con buenos resultados? ¿De verdad cree que vivir en un hogar es mejor para Maia que vivir con nosotras?
–Usted habla de nosotras, pero los papeles los inició la señorita Berry sola –dijo la señora Mayer–. La estabilidad de la que habla para mí son sólo palabras. Su relación podría acabar mañana y usted se olvidaría de la menor. Velar por el bienestar de los niños a nuestro cuidado implica preocuparnos de todos los detalles. No estoy diciendo que la señorita Berry no tiene oportunidad aquí, porque sí la tiene, pero esto será un proceso largo y en este momento creo que lo mejor es que se distancie de la menor.
–Rachel inició los papeles, porque está soltera. No hay alternativa para las parejas que no están casadas –Quinn estaba cada vez más irritada, cómo esa mujer no podía ver lo bien que Rachel le hacía a Maia–. Nosotras estamos comprometidas, Maia forma parte de mi vida, así como Beth, mi hija, forma parte de la de Rachel.
–¿Usted tiene una hija? –preguntó la señora Mayer interesada.
–Sí, Beth tiene nueve años y vive con nosotras.
–¿Y el padre de la menor qué dice? ¿O no forma parte de su vida? –inquirió la asistente social, mientras anotaba algo en su libreta.
–El padre es Noah Puckerman. Él apoya mi relación y nuestra decisión de adoptar a Maia.
–¿El jugador de fútbol americano?
–Sí, el mismo que anotó el touchdown en el juego del viernes –aseguró Quinn–. Si desea puedo pedirle que acuerde una reunión con usted, él podrá confirmarle todo lo que hemos dicho y avalará la decisión que hemos tomado respecto de Maia.
–El señor Puckerman puede avalar todo lo que ustedes quieran, pero la situación no cambia, su relación con la señorita Berry puede terminar en cualquier momento y nadie me dice que ella no vaya a volver tener un episodio como el de hace años. En ese caso, ¿qué pasa con la menor?
–¿Por qué insiste en que vamos a separarnos? Quinn no es sólo mi novia, es mi mejor amiga. Nos conocemos desde que éramos niñas. Ella -junto con mis papás- era la única persona a la que recordaba tras mi accidente –se defendió Rachel, llevándose una mano a la cabeza–. Yo no tuve un episodio. Tuve un accidente que casi me mató. Y quedé con secuelas, al igual que Maia, pero el amor de mis padres y ahora el de Quinn, me ayudan cada día. ¿Por qué no permite que nosotras hagamos lo mismo por Maia? –añadió la morena–. Y ese es su nombre, Maia. No la menor o la niña.
–No pretendía que se sintiese atacada, señorita Berry –expresó la señora Mayer con sinceridad–. No es nada personal contra usted o su novia. Son los protocolos que debemos seguir. Si usted de verdad quiere ser la madre de Maia, siga demostrándolo. No baje los brazos, pero entienda que debe respetar nuestras reglas.
Quinn estaba ansiosa, angustiada y frustrada. Rachel había mostrado hasta ahora una seguridad que ella no veía desde la secundaria y sabía cuánto la morena se había preparado para aquella reunión. Entendía que había protocolos y reglas, pero Maia las necesitaba. La situación se escapaba de sus manos y no le gustaba.
–¿Y si nos casamos? –preguntó la rubia de la nada.
–¿Cómo? –contra preguntó confusa la asistente social, mientras Rachel miraba fijamente a Quinn, con los ojos bien abiertos.
–¿Si Rachel y yo nos casamos, eso nos deja en mejor pie para adoptar a Maia? ¿Eso les daría la certeza que necesitan respecto de mi compromiso con la situación?
–Las parejas casadas gozan de preferencia en nuestro sistema, así que la respuesta a su pregunta es sí, un matrimonio mejoraría la situación –explicó la señora Mayer–. Ahora bien, usted no puede pretender casarse sólo para burlar al sistema, necesitarían igual pasar por distintas entrevistas y evaluaciones…
–No pretendo burlar nada. Estamos comprometidas, vivimos juntas, casarnos es el próximo paso. Y si adelantar la boda sirve para ayudar a Maia. Lo haremos –aseguró Quinn.
¿Qué estaba haciendo?, se preguntó Rachel mirando a Quinn. Casarse eran palabras mayores. Ella aún no se acostumbraba al hecho de que Lucy/Quinn fuese su novia. La parte de los besos estaba bien, pero casarse implicaba otras cosas. Implicaba hacer cosas de grandes, cosas que de sólo pensarlas la hacían sonrojarse.
La mente de Quinn estaba casi tan horrorizada como la de Rachel, pero la fotógrafa no se había detenido a pensarlo mucho. Casarse con Rachel era una locura. Una locura monumental, pero no la aterraba.
Y aquello, aquello era lo que más la preocupaba.
