Chismes peligrosos

A Hermione casi se le cae la mandíbula al piso; Neville llevaba la misma expresión en su rostro. Pese a la distancia, ella notó lo pálido que estaba.

La joven intentaba infructuosamente decir algo, cualquier cosa, pero nada salía de su boca.

¿Por qué demonios estaba Neville ahí?

— Hola, Hermione— dijo él con la voz débil. Se acercó a su amiga dando pasos vacilantes. Hermione, debido al frío y a la embarazosa situación, lo único que pudo hacer fue abrazarse a sí misma.

— Hola, Neville. ¿Qué haces aquí? — inquirió despreocupada la muchacha, como si nada hubiese ocurrido.

— Yo-yo… seré aprendiz de la profesora Sprout— explicó Neville, incómodo. Ahora estaban frente a frente—. Me dijo que estabas aquí, así que… vine a, vine a verte…— Hermione perdió el poco color que le quedaba en la cara, y la barbilla comenzó a temblarle descontroladamente.

— Neville… por favor… dime qué viste— No quería escuchar la respuesta, pero debía.

— Bueno… parece qué más de lo que tendría que haber visto— respondió él casi por inercia.

Hermione inhaló y exhaló hondo un par de veces. Ahora que Neville lo sabía, ¿qué se supone que tenía que hacer? Desmentirlo sería estúpido, y no se le ocurría ninguna excusa razonable. De pronto pensó que un Obliviate era más que suficiente…

— Te lo explicaré— murmuró entre dientes—, pero primero iré a cambiarme… ¿me esperas un minuto? — Neville asintió, incapaz de articular palabra.

Al entrar a su habitación, Hermione se vistió con lo primero que encontró, se arregló el cabello frente al espejo, y guardó todas sus cosas. Antes de volver al corredor, de nuevo pensó que lanzarle a un Obliviate no era tan descabellado. Sin embargo, descartó la idea inmediatamente.

"No puedo hacerle eso, es mi amigo", dijo una vocecita en su cabeza. La voz de la razón.

Resignada, suspiró y salió. Allí se encontró a Neville en la misma posición en que lo había dejado, era como si lo hubieran petrificado, estaba pálido y muy quieto.

La castaña se armó de valor, y le contó todo lo que había sucedido los últimos meses.

Cuando terminó, soltó todo el aire contenido en sus pulmones, como si estuviera deshaciéndose de los últimos vestigios de un gran problema. Y tal vez así era. Se sentía algo más desahogada. No se había dado cuenta de cuánto necesitaba hablar de ese tema con otra persona.

Luego de unos minutos de silencio, Neville reaccionó, pestañeando un par de veces y removiéndose un poco tenso.

— Hermione… no puedo creerlo. ¿Snape? No…— balbuceó el chico intentando dar con las palabras correctas—. ¿Segura que no te hechizó o algo?

— ¡Claro que no! —espetó Hermione, escandalizada—. Las cosas… se dieron, nada más… ¡no debes decírselo a nadie! — Al oírla, Neville dio un paso hacia atrás, negando con la cabeza.

— No… no puedes pedirme eso, Hermione. Soy un asco para guardar secretos, siempre termino arruinándolo todo— decía mientras seguía retrocediendo, y Hermione avanzando. De pronto la espalda del muchacho chocó con una pared, quedando a un palmo de distancia de su amiga. Ésta se alzó para quedar a su altura, y con ambas manos lo tomó con fuerza por la camisa.

— Neville… te lo estoy pidiendo por favor— musitó ella, imprimiendo un tono tan peligroso en su voz que no parecía estar "pidiéndolo por favor"—. Serán sólo unas semanas, pero quiero ser yo quien se los diga a los demás— Neville miró a ambos lados del pasillo, entre buscando una salida y pidiendo ayuda. ¿Por qué siempre se metía donde no lo llamaban?, se preguntaba. Hermione, percatándose del aire titubeante en él, decidió utilizar sus últimos recursos—. Aprecias tus recuerdos, ¿verdad? — Esta vez, el joven movió la cabeza de arriba abajo lentamente—. Entonces, supongo que no querrás perderlos. Con un Obliviate me basta, ¿sabes? Sé el hechizo, lo usé una vez. No me obligues a hacerlo de nuevo.

— Hermione…— dijo Neville con voz trémula y atemorizada. No obstante, ella estaba lejos de apiadarse.

— Hablo en serio— sentenció con determinación, aunque sabía que nunca sería capaz de llevar a cabo su amenaza—. Por otro lado, ninguno de los dos quiere saber lo que te haría Snape si se entera que andas divulgando esto por ahí— Dio en el clavo. Vio satisfecha cómo ahora el tono de piel de su amigo cambiaba a un blanco azulado. Al parecer, todavía le temía al profesor—. ¿Podrás guardar el secreto?

— S-sí. Claro— declaró él finalmente. Hermione sonrió victoriosa, lo soltó, volvió a tocar el suelo completamente con los pies y le dedicó una mirada amigable y feliz.

— ¡Perfecto! ¿Vamos a comer? Me muero de hambre— manifestó como si nada.

Neville, por pura caballerosidad, aceptó ir con ella. Se sentía acongojado, habían pasado años desde que no veía a Snape, y justo cuando creía haber pasado al olvido todo el temor que le tenía, Hermione le iba con eso.


En el Gran Salón, Severus tomaba café sin prestarle atención a sus compañeros de trabajo, preguntándose qué estaría haciendo Hermione para retrasarse tanto cuando la vio atravesar las puertas de roble acompañada de Longbottom.

Sin saber por qué, de repente el profesor sintió que comenzaba a hervirle la sangre. Lo atribuyó al hecho de que el chico sería aprendiz de Pomona, y que iba a tener que soportar su presencia en el castillo durante lo que restaba del año escolar.

Porque la idea de estar celoso de ese inepto era ridícula y estúpida. Por supuesto que no lo enervó el que Hermione se estuviera riendo a carcajadas, ni que se hubieran sentado juntos y alejados de él, ni que ella lo estuviera ignorando olímpicamente.

Claro que no, se decía.

Sin embargo, no pudo aguantar un segundo más sentado en la misma mesa que "ese inútil", se levantó sin decir una sola palabra, y salió del comedor.

Hermione lo vio, al igual que Neville. Él apretó los dientes con fuerza, consciente de que Snape se había largado abruptamente del lugar por su culpa.

Poco antes de terminar el desayuno, la joven Gryffindor abandonó la mesa con el pretexto de tener una reunión muy importante. Se despidió de todos y salió rumbo a las mazmorras.

Una vez allí, se dirigió al despacho de Severus, entró sin llamar, y lo encontró cómodamente instalado en una butaca frente al fuego leyendo El Profeta.

— ¿Por qué te fuiste así? — inquirió Hermione, acercó una silla y se sentó cerca de él.

— Porque sí— respondió secamente el mago. Ella arqueó una ceja.

— Ah. Pensé que te habías enojado porque me senté con Neville— dijo con sencillez mientras acercaba las manos a la chimenea para calentarse. Ignoraba su mirada deliberadamente sólo para fastidiarlo.

— Parece que por fin te diste cuenta que tengo cinco años, Granger. Me sorprende que no lo hayas notado antes— soltó Severus sin apartar los ojos del periódico. Sin embargo, Hermione más que enfadarse con la saña que desprendían sus palabras, tuvo que hacer grandes esfuerzos para no largarse a reír. Tampoco pasó por alto que la había llamado "Granger", señal fidedigna de que sí estaba enfadado.

— No seas malo con él— pidió Hermione, ahora mirándolo a los ojos. El hombre, sin alzar la vista, resopló y alzó ambas cejas.

— Eso no depende de mí.

— Como quieras— La chica se encogió de hombros, volviendo a dirigir su atención a la chimenea.

Pasaban los silentes segundos, y sólo se oía el crepitar del fuego y las páginas del periódico cuando Severus las pasaba. De pronto, ella sintió la imperiosa necesidad de observarlo. Giró apenas la cabeza, él, como de costumbre, llevaba una expresión dura en el rostro, con el ceño fruncido, los ojos un poco entrecerrados, los labios en una mueca que parecía ser de desaprobación. Fue en ese momento en que Hermione notó que se había afeitado. Sonrió levemente.

Cuando Snape se sintió ya demasiado observado, dobló El Profeta con un solo movimiento de su mano, y miró a Hermione, que lo contemplaba absorta.

— ¿Alguna noticia importante? — preguntó la muchacha al tiempo que se acomodaba en el respaldo de la para nada cómoda silla.

— Las mismas charlatanerías de siempre— contestó con aburrimiento, arrojando el periódico sobre una mesa frente a él.

— Típico del ministerio— comentó Hermione—. Y hablando del ministerio, el viernes es mi audiencia— dijo distraídamente, captando en el acto todo el interés del profesor, que se enderezó en su butaca y la miró con seriedad.

— ¿Este viernes?

— Sí— Severus desvió la vista por una fracción de segundo, lo que inquietó un poco a Hermione.

— Haz tu mejor esfuerzo— expresó, y sin querer, un dejo de preocupación se coló en su voz. Preocupación que llegó a oídos de la chica.

— ¿Qué quieres decir? — inquirió Hermione, y tuvo la impresión de que él no estaba muy seguro de decir lo que pensaba. No obstante, luego de unos segundos, respiró hondo y habló.

— Por más información y testimonios que tengas, en última instancia ellos hacen lo que se les da la gana— Le soltó el profesor sin escatimar en delicadezas—. Tienes que estar muy consciente de que si ganas, estás comprometiendo el estilo de vida de muchos miembros del Wizengamot. Están acostumbrados a la servidumbre de los elfos domésticos, y no creo que estén dispuestos a perder esa comodidad— Aquello, a Hermione le cayó como un balde de agua helada. Sentía que toda la seguridad que tenía, más allá de los nervios, se disipaba en el aire. Snape se percató del estado atribulado de ella, así que añadió: —. También existen posibilidades de que ganes, aunque es complicado. Por eso haz tu mejor esfuerzo. Quizá por fin esta vez te ayude tu insoportable terquedad— La joven lanzó una risita incontenible. Severus siempre decía la verdad tan cruda como era, y eso le gustaba. Además la estaba apoyando… a su manera, pero de todas maneras lo estaba haciendo.

— Pues déjame decirte que mi "insoportable terquedad"— dijo Hermione haciendo comillas en el aire con los dedos— me ha ayudado en más ocasiones de las que creerías.

— Lo sé— declaró Severus sonriendo de lado. Sabía que era cierto, porque si no fuera así, ella no estaría ahí con él.

— Bueno, será mejor que me vaya, tengo muchas cosas que hacer aún— Se puso de pie, tomó su mochila y le lanzó una mirada elocuente al mago. Éste no tardó en comprender lo que quería decir, se levantó, y con un simple movimiento de varita, el fuego de la chimenea desapareció—. ¿Irás a verme uno de estos días?

— Sí— accedió él más rápido de lo que Hermione esperaba… y más dócil. ¿En qué momento cambió tanto, que ella no se dio cuenta? Sin embargo, su asombro mutó a felicidad de un segundo a otro.

— Entonces nos vemos— Poniéndose de puntillas, lo tomó de la cara, y le dio un beso largo y dulce. Severus respondió de la misma forma en que había dicho "sí", sumiso, obediente, acariciando suavemente la cintura de la chica. Cuando se separaron, Hermione le sonrió con la alegría desbordando por cada poro de su piel—. Y hablaré con Harry— Cuando volteó, vio que ahora los Polvos Flu descansaban sobre la chimenea. Se dirigió a ésta, tomó los polvos con una mano mientras que con la otra sostenía la mochila, entró con algo de dificultad, y se giró nuevamente para mirar una última vez a su antiguo profesor de Pociones. Él sólo la observaba en silencio, con las manos en los bolsillos y una pequeña sonrisa enmarcando su rostro—. Te amo— masculló Hermione antes de decir su lugar de destino y arrojar los Polvos Flu. Un segundo antes de que las llamaradas esmeraldas la envolvieran impidiéndole escuchar nada más, pudo ver que él movía los labios, y creyó oír un "Yo también". ¿Lo había imaginado? Pensó que no. Entonces era la segunda vez que él le decía que la amaba… bueno, tal vez no precisamente con un 'te amo', pero sí lo había dicho.

Cuando llegó a su apartamento, aún sonreía.


Durante la semana que siguió, Snape cumplió su promesa de visitarla. Fue en una noche especialmente lluviosa, por lo que ambos estuvieron de acuerdo en quedarse en casa. La muchacha lo hostigó hasta que el profesor, a regañadientes, aceptó ver con ella una novela que pasaban todas las noches por la televisión, y de la que Hermione estaba totalmente enganchada. Sin embargo, eso no duró mucho, puesto que los ánimos no demoraron en "caldearse". La televisión quedó encendida toda la noche mientras ellos hacían cosas más interesantes en la habitación.

Luego de ese día no se vieron hasta después de la audiencia de Hermione, que se dio con normalidad, sin sobresaltos ni discusiones. Estaba esperanzada, pero ahora no sabía cuánto tendría que esperar para la resolución. Aunque aquel escollo quedó guardado en algún lugar recóndito de su cabeza con la segunda visita de Severus. Esa vez optaron por ir a un bar, como la primera cita. Fue una velada tranquila, y con menos alcohol de por medio. Hermione se impresionaba de la cantidad de cosas de las que hablaban. Los silencios incómodos parecían de un pasado muy lejano.

El día después de eso, Hermione, durante su hora de almuerzo, fue a la Oficina de Aurores a buscar a Harry. Muy para su sorpresa, lo encontró, ya que él habitualmente se hallaba en misiones, y rara vez se veía en el Ministerio.

El chico estaba muy atareado, pero de todas maneras se dio un tiempo para hablar con ella.

Hermione le preguntó, en pocas palabras, si sabía algo de los mortífagos prófugos, si estaban o no tramando alguna especie de levantamiento. Harry pareció perplejo, sin embargo, la tranquilizó, diciéndole que aquellos mortífagos les estaban ocasionando más problemas de los previstos, pero que tenían todo bajo control, y que no había nada de qué preocuparse.

Ella, por supuesto, no estuvo tan segura, pues el chico nunca le preguntó por qué quería saberlo, ni por qué sospechaba eso. No obstante, sabiendo que él no diría nada más, no insistió. Alguna cláusula debía impedirle decir toda la verdad, por más que ella fuera su mejor amiga. Y conociéndolo tan bien como lo conocía, sabía que no se lo había dicho todo. Lo supo por la palidez que adoptó su rostro, por lo esquiva de su mirada, por el nerviosismo con el que movía los pergaminos esparcidos sobre su escritorio.

Eso fue todo lo que necesitó para saber que sí tenía algo de qué preocuparse, algo que tenía que hablar con Severus.

Aun así, no supo del profesor por las siguientes dos semanas. Ella ahora cumplía con obligaciones sencillas y un poco triviales en el ministerio, tareas que no eran demasiado engorrosas, pero que sí requerían bastante tiempo, lo que consumía sus energías, y llegaba todas las noches agotada del trabajo.

Quedaba poco tiempo para la fiesta de Halloween, así que decidió contactarse con sus amigos para saber si irían. Todos dijeron que sí, y aprovechó la situación para pedirle a Ron que fuera con ella, ya que Harry iría con Ginny, y seguramente, Neville con Luna. No quería ir sola, y como Severus nunca le respondió con seguridad si asistiría, Ron era la mejor opción. No tenía por qué enfadarse, pensó.

El día antes de la fiesta, llegó una lechuza de él: "El tarado de Horace cayó enfermo, lo he tenido que cubrir estas semanas". Hermione sonrió por lo sobrio de la carta. Ya estaba acostumbrada, así que respondió con idéntica simpleza: "Descuida. En el ministerio parece que también están enfermos. Nos vemos mañana en la fiesta". Con la última frase lo instaba a ir, dejando entrever que sólo si iba a la fiesta, se verían. Si no, no.

No recibió respuesta.


Era el día, y Hermione ya estaba lista para partir. Esa tarde fue al centro comercial exclusivamente para comprar ropa para la ocasión. Optó por un vestido negro, pensando en que Severus –si iba- iría de negro, obviamente. Sería una especie de guiño a que él era su pareja. Sabía que era una tontería, pero también sabía que el mago era muy observador, y quizá captara el mensaje. Sin embargo, no era un vestido muy atrevido, sólo lo suficiente. Sí, era ceñido, le cubría la mitad del muslo, tenía un escote en V que podía ser mucho más sugerente, y la espalda descubierta. Pero era lindo, y no pudo negarse a él. Ni mucho menos a un precioso abrigo del mismo color que le quedaba espléndido, y estilizaba aún más su figura.

Además, y por qué negarlo, quería que Severus perdiera todo rastro de cordura cuando la viera. Quería que la mirara atónito, quería que la devorara con los ojos… que la devorara entera si le apetecía.

Se aplicó maquillaje natural, que era el que más le agradaba, y se recogió el cabello en un moño sencillo, dejando algunos rizos caer elegantemente sobre sus hombros.

Tenía que ir a La Madriguera, donde habían quedado todos de juntarse. No sabía por qué, pero estaba muy ansiosa. Nerviosa también. Tomó su bolso de fiesta, pequeño y negro, y se desapareció. Ni loca usaría la Red Flu, con lo que le costó arreglarse.

Se apareció en los límites del terreno de los Weasley. A lo lejos podía vislumbrar la inestable construcción sostenida mediante magia, y sonrió al recordar todos los momentos vividos allí.

Cuando una ráfaga de viento helado sopló, agradeció haberse comprado el abrigo. Comenzaba a anochecer, y el clima otoñal era cada vez más frío. Hermione sólo esperaba que en la fiesta hubiera un ambiente más cálido.

Apenas atravesó la verja del jardín delantero, se abrió la puerta de la casa, y Hermione pudo ver a Ginny saliendo a su encuentro. Se saludaron con un abrazo comedido para no arruinar sus peinados ni maquillajes, cada una elogiando el aspecto de la otra.

En la sala las esperaban Harry y Ron, ataviados con sendos smokings negros. Los chicos se quedaron de piedra al verla. Hermione y Ginny cruzaron una mirada divertida.

— Como si fuera la primera vez que me ven con un vestido. ¿No van a saludarme? — preguntó la castaña poniendo los brazos en jarra. Harry fue el primero en acercarse a ella y darle un fuerte abrazo, mientras que Ron se limitaba a observarla todavía con expresión aturdida.

— Hermione, te ves fabulosa— farfulló el pelirrojo a modo de saludo.

— ¿Por qué a mí nunca me dices cosas así, Ronald? — inquirió Ginny al tiempo que le daba un pequeño puñetazo en el hombro.

— Por eso— respondió Ron, poniendo una cara de dolor exagerada.

Hermione ignoró el cumplido, y miró en derredor en busca de sus otros amigos.

— ¿Y Neville y Luna? ¿No van a venir? — La verdad era que estaba un tanto inquieta por su próximo encuentro con Neville.

— Dijeron que irían directo a Hogwarts— explicó Harry sin darle mayor importancia—. Y nosotros ya deberíamos irnos.

— Sí, no queremos que Ronald se pierda los bocadillos— intervino Ginny mirándolo de reojo.

— ¿No creen que esos dos andan en algo raro? — cuestionó el aludido, como si no hubiera oído el comentario de su hermana.

— ¿Quién? ¿Neville y Luna? — preguntó Hermione con curiosidad. Ron asintió con la cabeza—. Yo creía que era un hecho que estaban saliendo.

— Pues no. Neville nos ha dicho que no ha pasado nada entre ellos.

— ¿Y tú le crees? — habló Harry, que llevaba una enorme sonrisa en el rostro.

— Ya dejen de entrometerse en sus vidas— espetó Ginny rodando los ojos—. No sean metiches. ¡Y vámonos de una vez! — dicho esto, tomó a Harry por un brazo, él sacó su varita, la agitó en el aire y desaparecieron.

Ahora Ron y Hermione no sabían muy bien qué hacer. Era la primera vez que estaban completamente solos desde hace mucho tiempo.

— ¿Tus padres no están? — inquirió ella para aplacar la tensión.

— Salieron esta mañana aprovechando que nosotros no estaremos… no quisieron ir a la fiesta— contestó el chico mientras se acomodaba la corbata.

— Ah. Bueno, ¿vamos?

— Vamos— dijo Ron, y le ofreció su brazo. Hermione titubeó apenas una fracción de segundo antes de posar su mano sobre él. Luego esperó a que su amigo hiciera el siguiente movimiento, pero pasaba el tiempo y no lo hacía, por lo que lo miró a los ojos, y se sorprendió de encontrarse con su atenta mirada.

— ¿Qué?

— Nada— respondió él rápidamente. Se aclaró la garganta, y añadió: —. Sólo… estás muy linda— Hermione sintió un escalofrío recorrer su espalda. La culpa comenzaba a borbotear en su interior.

— Gracias— susurró con debilidad—. Tú también te ves guapo— Aquello lo dijo casi por obligación, como para restarle importancia al hecho de que él seguía pensando que era "linda".

Hermione creía que no podría seguir aguantando la incomodidad, pero Ron sacó su varita y se desaparecieron. Ciertamente no había pensado en lo extraño que resultaba haberlo invitado. Se preguntó si acaso él lo había tomado como un indicio de que ella aún sentía algo… y eso no era nada bueno si Severus asistía a la fiesta. O quizá sí era bueno. Quizá el profesor, en un arranque de celos, quisiera "marcar su territorio". Quizá era lo que necesitaba para sacar su relación de la clandestinidad.


El Gran Salón estaba completamente cambiado para la ocasión. Sin embargo, no era como lo que Hermione había visto durante el día del estudiante, sino algo con muchísima más producción. Una pista de baile al centro, un centenar de mesas alrededor de ésta, arañas de cristal flotando en el aire, y una decoración en blanco y dorado que jamás había visto en Hogwarts. Estaba sencillamente maravillada. Y no sólo por eso, también por la enorme cantidad de asistentes: ex compañeros de clase, y ex alumnos que ella no conocía, algunos de bastante edad.

Era una fiesta de Halloween muy distinta a todas.

Encontraron a Neville y a Luna sentados en una mesa apartada, esperándolos con seis vasos de cerveza de mantequilla sobre la mesa. Harry, Ron, Hermione y Ginny tomaron asiento con ellos, y se divirtieron un buen rato tratando de distinguir a todos los magos y brujas que iban llegando. Siempre que arribaba alguna celebridad, se oía un fuerte estruendo de chiflidos y aplausos, aunque los amigos decían que no se comparaba al alboroto que se produjo cuando ellos llegaron. Hermione era la única que no prestaba mucha atención, buscando con la mirada a otro personaje. Uno que ella consideraba mil veces más importante.

Pero no estaba por ninguna parte.

Un tanto irritada, se sacó el abrigo y lo colgó en el respaldo de su asiento, ya que el ambiente sí era más cálido allí.

— ¿Quién es ella, Hermione? — preguntó Harry, apuntando a su derecha a Agatha, que llevaba un sobrio vestido púrpura, y platicaba animadamente con el profesor Slughorn. Hermione giró la cabeza para ver.

— Ah, es la nueva profesora de Transformaciones— dijo Hermione sin interés—. Es simpática.

Poco a poco, los invitados comenzaron a acercarse a su mesa, algunos –los conocidos- para saludarlos luego de una larga temporada sin verse, en especial aquellos con los que compartieron el salón de clases; otros –los desconocidos- para conocerlos, hacerles preguntas y, una que otra vez, sacarse fotografías.

Habían hablado con una inmensa cantidad de gente, sobre todo Harry, que era el que más llamaba la atención, y comenzaban a sentirse algo atosigados. Sin embargo, la profesora McGonagall hizo su oportuno discurso de bienvenida y agradecimiento, hablando desde la mesa de los profesores (la única que se había mantenido en su lugar). Cuando terminó, dio dos palmadas, y bandejas con comida y bebida flotaron por sí solas entre los presentes; a su vez, comenzó a sonar una música que parecía originarse de las mismas paredes. Sorprendidos, los chicos advirtieron que era mucho más animada de lo que esperaban, y al parecer el resto de los asistentes también lo notó, ya que una euforia inusitada invadió gradualmente el salón.

Las parejas más intrépidas fueron las primeras en apropiarse de la pista de baile, y no pasó mucho tiempo hasta que ésta estuvo rebosante de bailarines.

Eso fue suficiente para que los chicos perdieran la atención que les estaba empezando a molestar, y se quedaran solos en su rincón.

Hermione, por su parte, cada vez perdía más las esperanzas de ver a Severus por ahí, así que optó por pasarla bien con sus amigos, y no esperarlo más. Después tendría tiempo para hablar con él.


Charlaron de todo un poco, de sus vidas y sus empleos, anécdotas nuevas y viejas, del pasado y de sus años en Hogwarts. Las risas iban y venían, al igual que los tragos. No supieron en qué momento pasaron de la cerveza de mantequilla al hidromiel, pero tampoco les importó. Aquello les recordó al día en que se quedaron bebiendo de más en Las Tres Escobas, lo que luego les llevó como consecuencia un desagradable castigo con Snape. Hermione rogó porque no iniciaran una conversación sobre su antiguo profesor, ya que Neville se había puesto colorado con sólo oír su nombre. Para su mala suerte, no lo hicieron, si no que comenzaron a buscarlo entre la multitud.

— Miren, ahí está— dijo Ron haciendo un gesto con la cabeza. Y en efecto, Snape se encontraba al otro extremo del salón junto a algunos profesores. Neville escupió toda su bebida sobre la mesa, y Hermione le lanzó una mirada de reproche que el chico no advirtió.

— Luna… ¿quieres… bailar? — preguntó atropelladamente entre un ataque de tos.

— Me encantaría— respondió Luna, sin reparar en el nerviosismo de su pareja. Se adentraron en la pista de baile, perdiéndose de vista.

— Vamos a saludarlo— manifestó Harry poniéndose de pie. Ginny miró de soslayo a Hermione, pero ésta se veía calmada y dispuesta.

Mientras se abrían paso entre los invitados, Harry se acercó sigilosamente a Hermione y le susurró al oído:

— No te molesta, ¿verdad? — La castaña lo miró y le sonrió.

— Claro que no— dijo sencillamente, aunque por dentro estaba emocionada y ansiosa, no sabía cómo reaccionaría Severus cuando los viera a todos juntos.

Cuando estaban a una corta distancia del profesor, éste los vio, e hizo una mueca despectiva con los labios.

Severus había pasado la mayor parte de ese día sopesando sus opciones. Por una parte, Hermione casi lo obligaba a ir en su carta, él realmente no tenía muchas ganas, pero sí quería verla, lo que no quería era sociabilizar con toda la cantidad de gente que sabía que asistiría; y por otra, si se quedaba en su despacho, era muy probable que llegara algún colega a invitarlo hasta el hartazgo, y luego llegarían las preguntas molestas y tediosas.

Así que no le quedó más remedio. Según él… porque cuando vio el vestido que llevaba puesto Hermione, agradeció haber ido. Se quedó estupefacto, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no mirarla más de la cuenta. Estaba sencillamente hermosa, y por supuesto que notó que había ido de negro a propósito.

Lo que también notó, cuando la vio con los demás, era que Weasley era su pareja, cosa que casi, casi le dio un poco de rabia.

Por lo tanto, allí estaba él, Severus Snape, inmiscuido en esa muchedumbre que no paraba de acercársele para saludarlo y preguntarle cosas sobre su vida.

Y, claramente, Potter no iba a ser la excepción.

— Profesor, es un gusto verlo aquí— saludó Harry al tiempo que le tendía una mano. Snape se lo pensó un poco, pero finalmente se la estrechó por un breve instante, dejando pasmado al chico.

— Potter, Weasley, Weasley— saludó a su vez a Harry, Ron y Ginny, respectivamente—… Granger— concluyó al verla, puesto que ella iba a la retaguardia, y se tardó en hacerse ver.

— Profesor— dijo Hermione, controlándose para que no se le notara en la cara el calor que comenzaba a apoderarse de su cuerpo.

— ¿Todo bien? — inquirió Harry, aprovechando el momento de 'cordialidad' de Snape.

— Sí— respondió él, arisco como de costumbre.

— Me alegro— No bien terminó de hablar, se acercó una gran cantidad de personas, al parecer periodistas, a fotografiarlos a todos.

Severus frunció el ceño, enfadado por tanto aspaviento. Sin embargo, no dijo nada. Hermione estaba pletórica de felicidad, pero no por las fotografías, sino porque él sí había ido, y como suponía, la miró como ella quería que hiciera, pese a que fue apenas un segundo.

Sólo le faltaba un plan para verlo a solas, y se le ocurrió el perfecto, pero tendría que esperar.

Luego de aquel corto reencuentro, Snape se perdió entre la multitud, y los chicos volvieron a su mesa. Hermione casi podía sentir la mirada de él sobre su cuerpo, pero se abstuvo de voltear. Imaginaba la cara que habría puesto cuando notó que había ido con Ron, y tenía que aguantarse la risa. No lo hacía con crueldad, se decía, claro que no.

A medida que pasaban las horas, los ánimos se avivaban más, y los muchachos no dudaron en sumarse al resto de personas en la pista de baile. Allí se encontraron con George y Angelina Johnson, con quienes compartieron un breve momento antes de separarse.

Los cuatro bailaban entre risas y bromas, como si en aquel mismo lugar no se hubiera librado una horrible batalla, olvidando todos los problemas de la vida diaria. Hasta Hermione dejó de buscar con insistencia a Snape, relajándose por completo y bailando animadamente con Ron, quien, por cierto, se movía con una ligereza que no le había visto jamás, logrando sacarle carcajadas de vez en cuando.

Cuando los pies de ambas chicas no pudieron más, volvieron a su mesa, y Harry y Ron fueron a buscar algo para beber.

— ¡Estos tacones me están matando!— exclamó Ginny mientras se quitaba el calzado y se frotaba los pies. Hermione rió, y aprovechó que su amiga no la veía para volver a buscar a Severus entre la muchedumbre, cosa que se hacía cada vez más difícil.

— Igual a mí, no creo que pueda bailar ni un minuto más— declaró la castaña luego de desistir en su tarea justo cuando Harry y Ron volvían, ambos con dos vasos de whisky de fuego, los cuales dejaron sobre la mesa.

Hermione se tomó el suyo de un sorbo, dejándolos perplejos.

— Estás inspirada esta noche— comentó Ron, incrédulo. Le dio un gran trago al suyo para no quedarse atrás—. Pero no eres la única— agregó en un susurro, inclinándose en su asiento.

— ¿A qué te refieres? — quiso saber Ginny, y exploró la zona por sobre la cabeza de su hermano.

De pronto, Neville y Luna se unieron a ellos, jadeando y con el cabello revuelto. Harry y Ron se miraron con complicidad, pero no dijeron nada.

— ¿De qué hablan? — inquirió Luna.

— Miren a Snape— dijo Ron con el mismo aire enigmático—. ¡Disimuladamente! — vociferó, haciendo gestos con las manos, ya que todos habían volteado a ver sin ningún recato.

Le hicieron caso, mirando discretamente por sobre sus hombros, aunque no era necesario, ya que el profesor se encontraba a una gran distancia, y era imposible que los pudiera descubrir.

— ¿Qué hay con él? — preguntó ahora Harry.

— ¿No ven con quién está? — Los chicos echaron otro vistazo, luego miraron a Ron sin entender—. Es la profesora nueva que nos dijo Hermione.

— Ya, ¿y? — cuestionó Ginny con impaciencia.

— ¿De verdad no lo notan? Están coqueteando— soltó Ron al tiempo que una enorme sonrisa se dibujaba en sus labios.

— Ron, ya basta, has estado toda la noche inventando parejas, y al único que le falta una es a ti— rezongó la pelirroja, perdiendo todo el interés en el tema. Ron se quedó sin palabras, y se terminó el whisky de una vez como toda respuesta.

— ¿Qué otras parejas? — interrogó Luna inocentemente.

— Ninguna, no importa— se apresuró a decir Harry—. Pero lo que dice Ron es cierto, mírenlos. Es la primera vez que lo veo sonreír así.

Hermione, a pesar de estar atenta a la conversación, sólo tenía ojos para la escena que se estaba desarrollando justo frente a ella. Estando tan lejos, sí podría decirse que estaban… teniendo un trato decente. Porque por ningún motivo iba a darle la razón a Ron, era una idea demasiado disparatada, inclusive viniendo de él.

— Sólo están conversando— terció, desviando la vista a otra parte—. Ya les dije que ella es simpática.

— Sí, y se nota que Snape sólo la busca por su simpatía— ironizó el pelirrojo, cada vez más entretenido con el chisme—. ¡Hermione, míralos! Ella no deja de reírse, y él no se parece en nada al Snape que conocíamos— La chica resopló y puso los ojos en blanco.

— Lo que tú digas.

Ron se entretuvo unos cuantos minutos más sacando conclusiones acerca del "amorío" de Snape y Agatha, sin embargo, y como los demás no le siguieron la corriente, la cuestión se zanjó en que tenían una relación a escondidas. Neville se atragantó, y pasaron varios minutos para que volviera a recomponerse. Hermione se dijo que quizá sí era necesario el Obliviate…

Llegó la segunda ronda de whisky, y ella comenzaba a preguntarse si era prudente seguir bebiendo. Pensó que sólo un más no le haría ningún daño, así que aceptó otro vaso, al igual que sus amigos.

Haciéndose la distraída, barrió el salón con la mirada, deteniéndose en el lugar en que había visto a Severus la última vez… ya no estaba allí. Buscó con más detenimiento, y lo divisó saliendo por las puertas… e iba acompañado. La chica se estiró en su asiento para ver mejor. Sí era él, no había cómo confundirlo, puesto que llevaba la túnica y la capa de siempre.

Pero, ¿con quién iba? ¿Quién podía tener la suficiente confianza para acompañarlo dondequiera que estuviese yendo?

"¿McGonagall?", otra ojeada veloz, y vio a la directora charlando con un grupo de personas.

Un segundo antes de que el profesor atravesara la puerta, distinguió un vestido púrpura, muy parecido al que le había visto a…

"Agatha", dijo esa voz en su cabeza que solía responder a las preguntas antes de que ella se diera cuenta.

Se puso de pie repentinamente, sobresaltando a los demás. No obstante, no le importó lo más mínimo, tenía que averiguar en qué andaban esos dos.

Tal vez fuera obra de aquella faceta impulsiva que le nacía a veces, pero no podía quedarse de brazos cruzados cuando todos los indicios decían que lo que acababa de ver no era nada bueno. De manera que no esperó más, y puso rumbo a la salida.

— ¿A dónde vas? — preguntó Ginny.

— Al baño— contestó secamente Hermione sin dejar de caminar.

— ¿Quieres que te acompañe?

— No— La pelirroja volteó a ver a sus amigos y se encogió de hombros. Nadie entendía nada.

Hermione logró salir a empujones. En el vestíbulo se encontró con algunos invitados que paseaban y recorrían el castillo, pero no había ni rastro de Snape.

Optó por recorrer el primer piso.

Mientras caminaba, la búsqueda le parecía cada vez más absurda. ¿Qué rayos estaba haciendo? ¡¿Qué rayos había imaginado?! Que Severus y esa profesorcilla… ni siquiera podía pensarlo.

Se detuvo en medio de un corredor solitario frente a los baños de chicas, no oía nada, todos los cuadros estaban vacíos.

De pronto, se escucharon pasos provenientes de una esquina. Se quedó parada, aguardando… no sabía qué o a quién.

Y Severus apareció por el pasillo… solo.

— ¿Qué haces aquí? — preguntó el mago, acercándose lentamente.

— Vine al baño— respondió ella. Se regañó a sí misma por el tono aflautado que adquirió su voz.

— Podría jurar que me estabas siguiendo.

— ¡Pues es evidente que no! — espetó la chica, más enfadada por haber sido descubierta en su mentira que por la afirmación de Snape.

Los labios del profesor se curvaron hacia arriba en una sonrisa maliciosa.

— ¿Te habían dicho que tu capacidad para mentir es prácticamente inexistente? — Hermione, ceñuda, abrió la boca para rebatir, sin embargo, y aunque se le ocurrían un millón de cosas para decir, decidió no decir ninguna. Cerró los ojos y resopló.

— ¿Sabes? No pienso iniciar una discusión— sentenció, cruzándose de brazos mientras forzaba una sonrisa. Él arqueó las cejas e imitó su postura—. Voy al baño… espérame aquí— dijo, dejando al profesor sin tiempo para objetar.

Antes de lo que Severus esperaba, la joven Gryffindor asomó la cabeza por la puerta, mirando hacia los lados. Luego hizo un ademán con la mano para que él se aproximara.

— ¿Qué haces, Granger? — inquirió Snape con curiosidad. Hermione, algo enfadada, suspiró.

— Deja de llamarme así… ¿vas a venir o no? — cuestionó mientras lo miraba atentamente. El mago no comprendía qué era lo que ella quería hacer, y se quedó de pie, inmóvil—. Severus, no hay nadie aquí, ¡ven! — murmuró con urgencia la muchacha, y ante el mutismo del hombre, agregó—. Bueno, no vengas si no quieres, pero tú te lo pierdes— Volvió a entrar al baño, dejando la puerta entreabierta.

¿Para qué quería que entrara?, se preguntaba Severus, todavía parado en medio del solitario pasillo. A lo lejos podía oír la música y las conversaciones procedentes del Gran Salón. Miró a ambos lados para asegurarse de que nadie lo estuviera viendo, escudriñó los cuadros, todos, por alguna extraña razón, vacíos.

Sólo entonces entró al baño, cerrando la puerta tras él. No quiso ponerle algún hechizo para bloquearlo, ya que si un profesor lo notaba, armarían un escándalo, y terminarían entrando de todas formas.

Hermione lo esperaba frente a un lavabo, le daba la espalda mientras se miraba al espejo y se arreglaba el cabello.

— ¿Qué se supone que estamos haciendo? — quiso saber el mago, un poco incómodo con la situación. La chica volteó, y él no pudo más que quedarse atónito y boquiabierto cuando ella se le acercó, tomándolo de la capa, y arrastrándolo hasta un cubículo vacío.

— Rompiendo las reglas— susurró Hermione al tiempo que cerraba la puerta y le echaba el pestillo.

Antes de que Severus pudiera siquiera pensar en lo que estaba sucediendo, Hermione lo abrazó por el cuello, y le devoró la boca con ansias. El profesor, a pesar de saber que aquello era incorrecto, la estampó contra la puerta, mientras que con sus manos le levantaba el vestido, y acariciaba sus piernas desnudas.

La joven dejó escapar un suspiro entre el beso. Eso era justamente lo que estaba buscando.

De pronto, él la agarró con firmeza por detrás de los muslos, y la alzó. Hermione lo rodeó por la cintura, sintiendo cómo la entrepierna de su pareja se abultaba a medida que pasaban los segundos y los besos y acaricias se hacían más frenéticos.

La intimidad de la chica ya la urgía para tenerlo más cerca, ella lo abrazó lo más fuerte que pudo, enterrándole la uñas por sobre la ropa.

— Severus… — musitó contra su oído, ya que el hombre ahora se entretenía mordisqueando y dejando huellas húmedas en su cuello—. Quiero sentirte… más…

El mago se detuvo en seco para observarla, y sonrió de lado cuando la vio con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. Él también estaba desesperado por hacerla suya, sentía que había pasado una eternidad desde la última vez que estuvieron juntos.

En el preciso momento en que Severus había aceptado mentalmente a la petición de Hermione, oyeron que la puerta del baño se abría, seguida de pasos y voces.

Ambos se quedaron estáticos, luchando porque sus respiraciones no se escucharan. Se miraron con los ojos muy abiertos, entre desconcertados y frustrados. Él apretó los dientes, estaba furioso, tanto por la interrupción como por haber caído en el tonto juego de Granger. ¿Es que acaso era un adolescente insensato? Porque así se estaba comportando, besándose a escondidas en los baños, como muchas veces sorprendió a alumnos que él llamaba "estúpidos imprudentes".

— Hermione, ¿estás aquí? — La susodicha reconoció enseguida la voz de Ginny, y la maldijo para sus adentros.

Severus la soltó con suavidad para no hacer ruido.

— Aquí estoy, ya salgo— dijo Hermione, alisándose el vestido y el cabello. Miró a Snape a los ojos, estaba rojo, la chica no supo si de rabia u otra cosa. Se mordió el labio inferior, y articuló un mudo "lo siento". El profesor apartó la vista y negó con la cabeza.

— Vete— susurró inaudiblemente. Hermione asintió, tiró de la cadena para no levantar sospechas, se peinó el cabello con los dedos una última vez y abrió la puerta, cerrándola con disimulo para que Ginny no pudiera verlo.

— Los chicos te buscan— informó la pelirroja.

— ¿Para qué? — preguntó yendo hasta un lavabo, y haciendo que el agua se escurriera entre sus dedos.

— Sólo ven— Ginny la tomó por un brazo cuando Hermione cerraba el grifo, llevándosela de vuelta al Gran Salón.

Severus esperó un buen rato luego de que las chicas se fueron. Sin embargo, todavía no podía salir, dada su condición. Más irritado de lo que recordaba haber estado en mucho tiempo, bajó la tapa del inodoro, y se sentó en éste. Tendría que quedarse allí hasta que cierta parte de su cuerpo decidiera tranquilizarse.


Pasados unos minutos, que él le parecieron interminables, abandonó por fin el baño, y volvió al corredor. Por suerte nadie andaba por ahí, por lo que se puso en marcha a la fiesta, pese a que realmente no tenía deseos de ir.

Sólo avanzó un par de metros cuando una voz a su derecha lo sobresaltó, causando que diera un respingo involuntario.

— Buenas noches, Severus— dijo el retrato de Albus Dumbledore. Severus volteó a verlo con el entrecejo arrugado.

— ¿Qué quieres? — cuestionó de la forma más descortés que pudo.

— Saber qué tal te la estás pasando en la fiesta— manifestó el anciano mago, sonriendo alegremente.

— ¿Me ves ahí acaso? — Dumbledore inclinó levemente la cabeza para mirar al profesor por sobre sus anteojos—. Me tengo que ir— agregó Snape, iracundo al ver ese extraño brillo en los ojos azules del ex director. Comenzó a caminar nuevamente.

— ¡Espera, muchacho! — espetó el hombre del retrato.

— ¡¿Qué?! — vociferó, girando sobre sus talones.

— Tienes algo aquí— declaró Albus mientras apuntaba con un largo y envejecido dedo la comisura de sus propios labios.

Severus entrecerró los ojos, y con el dorso de la mano derecha se frotó el lugar que le indicaba el anciano. Su asombro fue supremo cuando vio que un rastro rojizo le teñía la piel. Miró una vez más a Dumbledore sin saber qué decir, éste se reía entre dientes, era evidente que aquello le había causado mucha gracia, pero a Snape no, así que le dio la espalda, y esta vez no se detuvo, mientras que sacaba la varita, y con un simple movimiento se limpiaba el "maldito labial de Hermione".


De vuelta en el Gran Salón, el profesor Snape agarró una copa de vino de una bandeja voladora que pasó frente a él, y se quedó parado en una esquina, rogando que nadie fuera a hacerle compañía. No obstante, sus ruegos no fueron escuchados, ya que Agatha, copa en mano, apareció de pronto y se situó a su lado, uniéndose en su silenciosa observación del salón.

— ¿Y? ¿Atrapaste a alguno? — inquirió la profesora dándole un buen sorbo a su vino.

Severus, por un breve instante, no supo a qué se refería, sin embargo, pronto recordó que había abandonado el lugar con ella para hacer una pequeña ronda.

— Algo así— respondió en voz baja, su cara era inexpresiva, como siempre.

— Yo iba tras unos, pero Dumbledore apareció de no sé dónde, me empezó a hablar, y no pude alcanzarlos— dijo indignada Agatha, haciendo una mueca de disgusto con los labios. El profesor reprimió una burla—. ¿Cómo hará para presentarse siempre en los momentos menos apropiados? ¿Era así cuando vivía? — preguntó, y giró la cabeza para ver al hombre. Éste alzó las cejas y la miró de reojo.

— Sí, y era mucho más molesto que ahora— sentenció en un murmullo que casi no se oyó entre tanta algarabía.

La bruja soltó una risita que casi podía interpretarse como de complicidad.

— Si así era, no sé cómo pudiste convivir con él por tantos años— Snape sonrió de lado, sorprendido por la forma irreverente en que ella se estaba refiriendo del antiguo y 'respetable' director de Hogwarts.

Volteó un poco para mirarla a la cara.

— Créeme que yo tampoco lo sé— Ante esa afirmación, Agatha empezó a reírse a carcajadas. Él apuró su copa—. Lo que no me cabe en la cabeza es que Horace esté aquí, siendo que se encontraba enfermo… y yo tuve que reemplazarlo estas semanas— comentó entonces, sin saber por qué estaba platicando de eso con ella.

— ¿Y tú crees que se iba a perder la fiesta? — La pregunta era retórica, de manera que Severus se limitó a soltar una bocanada de aire y asentir con la cabeza—. Por cierto, me alegra que hayas decidido venir— declaró la bruja con cierta timidez, bajando la mirada al piso.

El profesor no quiso decir nada al respecto, y prefirió terminarse el vino de una buena vez.


— Parece que tenías razón— le dijo Ginny a Ron. Los amigos todavía estaban sentados en su mesa, y todos voltearon a ver el lugar que la menor de los Weasley señalaba con la barbilla. Pudieron ver a Snape y Agatha otra vez juntos, ella se partía de risa, mientras que él sonreía ligeramente. Aquello los dejó desconcertados—. Si hasta da la impresión de que están bromeando.

— Bueno, es un gusto que Snape esté rehaciendo su vida, ¿no? — expresó Harry sin poder ocultar su contento.

Neville, sudando y claramente inquieto, jugueteaba con sus manos, y Hermione le dio un fuerte puntapié, provocando que el chico se mordiera el labio para contener un gemido de dolor. Le lanzó una mirada asesina, y él no pudo más que desviar la suya a otra parte.

En un momento, la música cambió a un clásico que los muchachos solían escuchar durante sus años en Hogwarts.

— ¡Esta canción! ¿La recuerdan? — preguntó Luna poniéndose de pie repentinamente y comenzando a bailar en solitario ante la mirada divertida de sus amigos.

— Hace mucho que la escuchaba— dijo Hermione con una enorme sonrisa en el rostro.

— Hay que bailarla— dictaminó Ron con determinación. Tomó de la mano a Hermione, y partió con ella a la pista de baile. Los demás no tardaron en unírseles.

Se movían al son de la música, de la alegría de los años pasados, de la emoción de estar compartiendo ese momento y lugar.

Y sin que nadie se diera cuenta de cuándo ni cómo pasó, Neville y Luna bailaban al centro de un círculo que se formó para observarlos y vitorearlos.

Él, por más extraño que fuese, llamaba la atención más que su pareja, y se desplazaba con tal naturalidad y presteza, que la mayoría de los presentes estaban boquiabiertos.

Hermione no podía creer lo que veía, tampoco podía dejar de reírse, al igual que los otros. Mas no era una risa burlesca, sino una de auténtica alegría.

Cuando la canción acabó, Neville dio el último paso tomando a Luna por la cintura. El chico jadeaba por el esfuerzo, pero su expresión sonriente era memorable. Ella sonreía igual. Pasaban los segundos, y no se separaban. Y de súbito, se abrazaron y se besaron, como si nadie más estuviese ahí.

El griterío que se armó fue incesante. Hermione se tapó la boca con ambas manos, y miró a Ginny, que estaba tan impactada como ella. Ciertamente, era casi de conocimiento público que ellos dos andaban en algo, pero como nunca fue del todo verídico, los tomó por sorpresa.

— ¡Lo sabía! ¡Se los dije! — exclamaba Ron, eufórico y victorioso.

En ese instante, Hermione se preguntó qué pasaría si ella iba y besaba a Severus. Se sonrió al imaginárselo: él aturdido, rojo de la vergüenza; ella feliz y orgullosa de poder "presumirlo"; el salón entero sumido en un silencio sepulcral.

Lo buscó, y por primera vez no le costó trabajo encontrarse con sus ojos negros. El profesor la observaba a la distancia, tenía una ceja levantada, y por su mirada, ella casi podía adivinar lo que le estaba preguntando: "¿Enserio? ¿Longbottom?". La chica le sonrió con picardía, copiándole la expresión.

El ambiente se fue calmando, y la pareja de la noche salió del salón para tener un momento a solas.

Era entrada la madrugada cuando los invitados, poco a poco, comenzaron a abandonar el castillo.

Harry, Ron y Ginny le insistieron una y otra vez a Hermione que volviera a La Madriguera con ellos y pasara la noche allí. Sin embargo, la castaña se negó, poniendo como excusa que tenía cosas importantes que hacer al día siguiente y que descansaría mejor en su apartamento.

Se despidió de todos, se dirigió al lugar que habían indicado para aparecerse, y volvió a su casa.


Severus, por su parte, no se molestó en despedirse de nadie, tomó rumbo a su despacho, y allí se instaló en su butaca preferida frente a la chimenea.

Esperó. Hermione no le había dicho que iría, pero aun así, esperó. Y no tuvo que hacerlo por mucho tiempo, ya que transcurridos apenas un par de minutos, se formó un gran resplandor verde, y ella llegó.

En cuanto la chica salió de la chimenea, Snape se levantó, dio un paso hacia adelante, quedando separados por escasos centímetros.

— Creí que había dejado claro lo de las visitas nocturnas— musitó el profesor.

— Y yo te dije que hoy rompería las reglas— refutó Hermione. Le sostenía la mirada con dureza, aunque sus gestos expresaban lo contrario.

Severus, sonriente, soltó aire por la nariz, y cuando sus ojos se deslizaron hasta el escote de la muchacha, no pudo ni quiso contenerse más. Tomándola firmemente por la cintura, la atrajo hacia su cuerpo. Después bajó las manos hasta las piernas de ella, y la alzó, tal y como la había tenido horas atrás en los baños… sólo que esta vez no habría ninguna interrupción.


Los días retomaron su cauce normal, cada uno volvió a la rutina del día a día. Así transcurrieron las semanas, el mes de octubre llegó a su fin, dando paso al frío noviembre.

Hermione se veía cada vez más seguido con Severus. Se les hacía casi imposible pasar demasiado tiempo separados, por lo que era habitual que pasaran varias noches a la semana juntos. También los fines de semana. McGonagall ya no implicaba un problema para él, la bruja le permitió abandonar el castillo siempre y cuando se lo informara con anticipación. No había preguntas ni miradas incómodas.

Todo estaba en perfecto orden… hasta aquel día.

Finales de noviembre, un sábado por la mañana.

— ¡Hermione! ¡Despierta ahora mismo! — Esa fue la voz que despertó a Hermione. Asustada, abrió los ojos de golpe y buscó su varita instintivamente. Sin embargo, cuando vio que era Ginny la que le hablaba, se calmó un poco, sólo un poco, porque el tono grave en la voz de su amiga no auguraba nada bueno.

— Ginny, ¿qué haces aquí? ¿Qué pasó? ¿Harry está bien? ¿Y Ron? — preguntó la castaña tropezándose con las palabras.

— ¡Tú dime qué es lo que pasa! — demandó saber la bruja menor.

— ¿Qué? — Ahora Hermione no comprendía nada en absoluto. La mirada de Ginny era colérica.

— Esto… ¡¿qué demonios significa esto, Hermione, por los calzones de Merlín?! — vociferó, y arrojó sobre la cama una revista. Hermione, con el pulso tembloroso, la tomó, era un ejemplar de Corazón de Bruja. Pero estaba por el reverso, así que la giró, y sintió que el mundo comenzaba a girar a su alrededor. El frío se instaló en su pecho, a la vez que un mareo le nubló la vista.

En primera plana estaba ella… ella con Snape… ella besándose con Snape.


¡Buenas!

Así que finalmente no fue Neville quien contó el secreto...

Estoy contra el tiempo, así que no me queda más que decirles que espero, de verdad espero que el capítulo les guste. Lo estuve escribiendo como obsesa durante la semana xD

Muchísimas gracias por sus reviews, aunque esta vez no pude responderlos, pero en cuanto pueda, lo haré. Cualquier cosa que quieran decirme, saben que pueden hacerlo, nunca me molesta leerlas, es más, para mí es un verdadero placer. También gracias a todos quienes, desde las sombras, siguen la historia.

Sin más, les deseo un hermoso fin de semana.

¡Un beso y un abrazo a la distancia!

Vrunetti.