- Niño ven acá y siéntate. –le pidió la maquillista. Bill odiaba el término niño, en pocos meses, cumpliría 19 años, ya no es, ni será un niño.
Bill fue a donde la chica y se sentó, como chico bueno.
-Veamos… mmm… -la chica estaba escudriñando cada parte de su rostro. –Me gusta, me gusta cómo te maquillas, sólo te echaré polvos en la cara, para que tu cara no brille con el flash.
El pelinegro sólo asintió con la cabeza y se dejó hacer por la chica.
Después de media hora de maquillaje y con la nueva ropa sobre su cuerpo emprendió el viaje al estudio.
- Él es el nuevo modelo. –presentó Mariela, al staff de la revista. Todos saludaron.
Bill posó para las cámaras, dejando una sonrisa de satisfacción en la cara de su nueva jefa, ella solo pensaba en que ese chico era lo mejor que había conseguido en años.
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La vida no había sido tan fácil, ni tan difícil para Bill, habían pasado ya 5 meses desde que había conseguido el trabajo de modelo para la revista, lo había hecho tan bien que le pidieron hacer pasarela, posar para las fotos era demasiado fácil, pero ya caminar frente a la gente encima de un escenario, eso iba ser otra cosa.
Pero siempre le habían gustado los retos, así que ése sería uno de muchos que vendrían. Así que aceptó el ofrecimiento.
Ya no vivía en la vecindad, ahora vivía en un piso en Berlín, su madre ya no trabajaba en casa de citas, después del día que Tom lo abandonó su relación había mejorado mucho, ella ya no trabajaba, su hijo lo hacía por ella.
En dos meses había construido su imperio, gracias a Georg que le consiguió el trabajo, él siempre será su mejor amigo.
Ya, no se llamaba Bill Kaulitz, había cambiado su nombre por Amir Derack, por lo menos públicamente, todo por influencia de su ahora manager, Mariela. La chica se había portado bien con él, después de todo le abrió las puertas a las pasarelas.
Todo lo que quiso antes, ahora lo tenía, pero en ningún momento era feliz, siempre sonreía pero era un hipócritamente, porque en verdad no lo sentía.
Cinco largos meses esperando y buscando a Tom, rogándole a David que le dijera, ¿Dónde está su Tomi? Nunca le contestó.
Su padre le había llamado unas cuantas veces pero lo ignoró, no quería saber nada de él y esa es otra razón por la que cambió su nombre, no quería dar más fama al apellido Kaulitz, quería ser él mismo, sin ayuda de nadie y lo había conseguido.
Ahí estaba Bill, afuera, en el balcón de su apartamento con un cigarro en la mano, aspirando y echando el humo por la nariz, casi, casi, decepcionado de ese apartamento lujoso, de ese automóvil que lo llevaba a todos lados, menos dónde él realmente quería estar.
Con su Tom… -Tomi… -dijo y dio un largo y profundo Suspiró
- Bill. –llamó Simone, desde la sala. Sacándolo de sus pensamientos. – ¿Quieres algo de comer? –indagó.
El pelinegro le dio la última calada a su cigarro y lo apagó contra la pared. Entró a la sala de estar, donde su madre estaba descansando. Se sentó junto a ella y ésta lo acaricio.
- No mamá, no tengo hambre, pero si quieres algo lo puedo ir a comprar. –respondió el chico.
Simone lo miró, su semblante seguía bajo, como el día que lo vio empapado, llorando por su gran amor.
- Algún día lo encontraras. –musitó. –cuando menos lo esperes, lo encontraras, sé que lo amas y si él te ama igual, el destino los unirá. –
Bill estaba recostado en el mueble, escuchó todo lo que su madre le dijo, pero no entendió nada. Él cambiaría todo lo que tiene, solo por un beso de Tom. Su vida si fuera necesario.
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6:00 am.
El celular estaba sonando y moviéndose en la mesita de noche. Junto a la cama.
- Maldito celular. –gruñó Tom, tratando de alcanzar el aparato. –Te llaman. –
Extendió su mano, tratando de entregarle el móvil a la que ahora es su novia.
Isabella tomó el celular y contestó amablemente, tratando de hablar bajo. Sabía que a Tom no le agradaban esas llamadas matutinas, pero no podía hacer nada, era su trabajo y lo amaba.
- Tom. –llamó la chica.
- ¿Qué quieres? –gruñó Tom. –No ves que estoy durmiendo mujer. –
- Me acaban de avisar que el desfile de modas será aquí en Hamburgo. –dijo la chica, alegremente. –Tienes que ir conmigo, mis diseños se mostraran ese día. Por primera vez. Traté de conseguir a los mejores modelos, Mariela se encargó de todo eso y mañana estarán aquí.
Tom gruñó nuevamente, nunca le había gustado eso de las pasarelas, ella siempre insistía que fueran y él siempre buscaba un pretexto para librarse.
-Antes del desfile, conoceré a los muchachos y a las chicas y les dará a cada uno la ropa para ver como se les ve. –dijo exasperada. -¿Te imaginas conoceré a Amir Derack?, es tan sexi y con uno de mis diseños se verá más.
Tom no decía nada, trataba de ignorar esa vocecilla que retumbaba en su cabeza. A veces ni entendía por qué seguía con esa chica, se suponía que iba a ser un paño de lágrimas, una noche o dos, así como siempre lo hacía. Pero ella se fue metiendo poco a poco, hasta que llevó su ropa al apartamento.
Tal vez, él ya estaba acostumbrado a ella o sólo fue para olvidar a Bill, pero había fracasado. La chica tenía los cabellos negros, delgada y alta, no más que él, pero cuando estaba en la cama con ella se podía imaginar a su Bill. Entrando y saliendo de él.
Realmente extrañaba a Bill y la última vez que supo algo de él, fue por medio de su padre, diciéndome que se había mudado de apartamento a otro más lujoso, tal parecía que no se había arrepentido, seguía siendo de plástico.
Un gemido salió de su boca.
-¿Qué te pasa Tom? –preguntó la mujer.
-Déjame dormir. –pidió, tapándose la cara con la almohada.
-¿Irás conmigo?-
- ¡Ujum! –fue lo único que pronunció, para después quedarse completamente dormido.
Isabella se rindió y se volvió a dormir.
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-Bill. –llamó Mariela. –Mañana en Hamburgo, la chica está emocionada con la idea de tenerte como modelo, para su nueva línea de ropa. –Hablé en la mañana con ella.
- Que bien. –murmuró el chico.
- ¡Vamos Bill, por lo menos pon una cara alegre, ya no estaremos en Berlín. –la chica sonrió para él, como siempre lo hacía. Aunque ella sabía que por mucho que le gustara Bill no podía hacer nada por enamorarlo. Eso lo tenía bien claro.
- Sabes que me da igual y ¿a qué hora nos vamos? –Bill levantó una ceja.
- Bueno, si quieres nos vamos hoy, salimos a pasear y a comer. ¿Qué dices? –
- Vámonos hoy. –la chica sonrió, satisfactoriamente. –Así estamos descansados, para el día del desfile.
- Bien, le diré a los otros chicos para que se preparen.
Mariela besó la mejilla de Bill. Éste ni se inmutó.
- Tom ¿Dónde es…
-Estarás Bill. –pronunció, mientras arreglaba sus rastas, frente al espejo. Acarició el gran espejo frente a él.
- ¿Qué haces Tom? –preguntó la chica. –estas raro, no sé qué pasa contigo estos días.
- Creo que tenemos que hablar. –pidió, mientras la agarraba de la mano y la llevo hacía la cama y se sentaron. –tengo que decirte algo. –
En ese momento el celular sonó.
-Perdóname Tom, es Mariela, tengo que contestarle.
Se alejó de él y al final Tom volvió a quedar en lo mismo, que cobarde era, solo quería decirle que se fuera o que él mismo se iría, pero que no continuaría con esa farsa.
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Llegaron a Hamburgo, ya en horas de la noche, no saldrán a comprar, solo a comer, ella y Bill, los demás decidieron quedarse en el hotel.
Mariela llamó a su amiga en Hamburgo, pidiéndole verse ese día, así que le pidió a Bill que la acompañara.
- Ya verás que te simpatizará, ella es muy buena persona. –dijo, mientras manejaba el automóvil.
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- ¡Sí! -gritó la muchacha. Brincando por toda la casa.
- Y ahora ¿Qué pasa? –Tom frunció su entrecejo mientras le preguntaba a la chica.
- Vienen para acá. –la chica seguía entusiasmada.
-¿Quiénes? –
- Mi amiga y el chico, por Dios, Tom, Mariela viene para acá con Amir. –
- Yo, ya me voy. –anunció Tom, levantándose de la cama. –querrás cruzar algunas palabras con ella, no quiero interrumpir. –se excusó el de rastas.
-Pe... ¡Pero Tom! ¿Cómo te vas a ir? Tienes que acompañarme. –
- ¡No! –dijo tajante. Tomó la sudadera, poniéndosela y agarrando las llaves del coche. Se despidió de la chica.
Isabella estaba enojada, Tom siempre le hacía lo mismo, nunca lo podía presentar a sus amigos, él nada más se corría.
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- Creo que aquí es. –dijo Mariela, apagando el motor del automóvil. – Vamos Bill.-
Bajó del auto perezosamente, dirigiendo la mirada al edificio de apartamentos que se encontraba frente a ellos cruzando la calle, a lo lejos visualiza una silueta la silueta de un chico, abriendo un automóvil.
- ¡Dios! –exclamó. -Es él, es él. –repetía, tirando de la camisa de la chica.
Vio el auto marcharse, trató de alcanzarlo, pero a pie jamás lo haría.
-¿De quién hablas Bill? ¿Quién es él? –
El pelinegro se había quedado mudo de la impresión, bien pudo ser su imaginación, o de verdad era Tom al que había visto, difícilmente podría haberse confundido, porque conocía muy bien al chico, si bien es cierto tenía mucho tiempo sin verlo, pero su imagen quedo penetrada en su mente.
- Nada, nadie. –dijo Bill, cabizbajo. –Sólo me confundí.
-¿Estás bien? –preguntó, al ver temblar a Bill. Sus labios, sus manos, estaba hecho un caos.
- Te aseguro que no pasa nada. –mintió.
Entraron al edificio, esperaron a que el ascensor se abriera y los llevara hasta el piso correcto.
-¡Hola! –exclamó Isabella, al verlos llegar.
Bill se presentó ante ella.
Dándole la mano y un beso a cada uno.
Bill entró, había algo extraño en ese apartamento, era casi igual al olor del que compartió con Tom, todavía seguía pensando en la figura masculina que había visto minutos atrás, pensando en que si había sido quien creyó que era, viviría en ese edificio.
- Siéntense. –invitó Isabella, con una gran sonrisa en los labios.
- Gracias. –musitó Bill.
El pelinegro estaba ido en nada específico, todavía pensando en el chico que vio, pudo jurar que ése era Tom.
- Tom salió, no pudo quedarse, tú sabes cosas entre amigos. –
En ese momento, sintió sus orejas calientes, sentía que de un momento a otro se desmayaría.
-Dijo Tom. –se decía así mismo. –Trata de calmarte Bill Kaulitz. –pensó.
Sí, estaba mil por ciento seguro de que había sido Tom, pero, eso quiere decir que ésta tipa, es la amante de Tom.
-¿Qué te pasa Bill? –preguntó, Mariela preocupada.
- No es nada, solo. –pensó unos momentos su respuesta. –Solo quiero ir al baño.
- Bien, haberlo pedido antes muchacho. Acompáñame. –pidió la chica. Yendo a su habitación. –Al fondo a la izquierda. –señaló. Cerrando la puerta de su habitación dejando al chico dentro.
El pelinegro entró a la habitación, claro que no tenía ganas de ir al baño, solo entró a husmear, revisó si la chica se había ido, comprobando que ya no estaba cerca, se dispuso a registrar la habitación, quería encontrar algo de Tom, sentía que él fue a quien vio.
Muy en el fondo no quería encontrar nada del de rastas, porque si encontraba la mínima pista de que él era, le rompería el corazón. Porque eso quería decir que Tom estaba con Isabella.
Abrió una de las gavetas de la cómoda, encontrándose con una variedad de gorras. Suspiró y se sentó en el suelo. Indiscutiblemente, ahí vivía Tom, no había duda.
En ese momento, abrieron la puerta. Él se paró rápidamente. Y se alejó de la cómoda.
Encontrándose con una orbes idénticas a las suyas.
- ¿¡Tom!? –exclamó Bill.
- Bi… Bill. –Tom arrastró las palabras.
