Ni los Juegos del Hambre ni An Offer from a Gentleman son de mi propiedad.

Una respuesta, y la vuelta a donde todo empezó.

Continúan las numerosas elucubraciones acerca de la desaparición de Peeta Mellark. Según Clove Mellark, que siendo su hermana debe saberlo, él tendría que haber vuelto a la ciudad hace varios días.

Pero como ciertamente debe de reconocer Clove, un hombre de la edad y talla del señor Mellark no tiene ninguna necesidad de informar de su paradero a su hermana menor.

Revista de Sociedad de Lady Capitol,

9 de mayo de 1817.

-Quieres que sea tu amante -dijo ella secamente.

Él la miró confundido, aunque ella no logró discernir si eso se debía a que su afirmación era demasiado obvia o a que no le gustó su elección de palabras.

-Quiero que estés conmigo -insistió él.

El momento era espantosamente doloroso, sin embargo ella se sorprendió casi sonriendo.

-¿En qué es diferente a ser tu amante?

-Katniss...

-¿En qué es diferente? -repitió ella, con la voz casi estridente.

-No lo sé, Katniss -repuso él, impaciente-. ¿Tiene importancia?

-Para mí, sí.

-Muy bien -dijo él, en tono cortante-. Muy bien. Sé mi amante y ten esto.

Ella escasamente tuvo tiempo para ahogar una exclamación cuando los labios de él descendieron sobre los suyos con una pasión que le convirtió en agua las rodillas. Ése no era un beso como los anteriores; era violento de necesidad y mezclado con una extraña rabia.

-Te deseo -dijo él ásperamente, buscando con los labios la hendidura de la base de la garganta-. Te deseo ahora mismo, te deseo aquí.

-Peeta...

-Te deseo en mi cama -gruñó él-. Te deseo mañana. Te deseo pasado mañana.

Y sin saber cómo, de pronto estaba en el suelo y él tendido allí con ella, la mitad de su cuerpo sobre el de ella. Era tan grande, tan potente, y en ese momento, tan perfectamente de ella. Una pequeña parte de su mente seguía funcionando y le decía que tenía que decir no, tenía que poner fin a esa locura, pero, Dios la amparase, no podía. No todavía.

Llevaba tanto tiempo soñando con él, tratando de recordar el aroma de su piel, el sonido de su voz. Habían sido muchísimas las noches en que las fantasías con él eran lo único que le hacía compañía.

Había vivido de sueños, y no era una mujer a la que se le hicieran realidad muchos. No deseaba perder ese todavía.

-Peeta -susurró, acariciándole los sedosos cabellos, y simulando que él no acababa de pedirle que fuera su amante, que ella era otra persona, cualquier otra.

Cualquier mujer, excepto la hija bastarda de un conde muerto, sin medios para mantenerse a no ser sirviendo a otros.

Emitiendo un atormentado sollozo, le dio un empujón y se apartó, rodando hacia el lado hasta ponerse en cuatro patas; después de recuperar el aliento, se puso de pie.

-No puedo hacer esto, Peeta -dijo, casi sin atreverse a mirarlo.

Él también se levantó.

-¿Y eso por qué?

Algo en él la pinchó; tal vez la arrogancia de su tono o la insolencia de su postura.

-Porque no quiero -espetó.

Él entrecerró los ojos, no con incredulidad sino con rabia.

-Hace unos segundos lo deseabas.

-No eres justo conmigo -dijo ella en voz baja-. No era capaz de pensar.

Él adelantó el mentón en actitud belicosa.

-No debes pensar. De eso se trata.

Ella se ruborizó y terminó de abotonarse la espalda del vestido. Él había hecho muy bien el trabajo de impedirle pensar. Casi había arrojado por la borda toda una vida de juramentos y moralidad, todo por un perverso beso.

-Bueno, no quiero ser tu querida -dijo otra vez.

Tal vez si lo repetía muchas veces se sentiría más segura de que él no lograría romperle las defensas.

-¿Y qué vas a hacer? -siseó él-. ¿Trabajar de criada?

-Si es preciso, sí.

-Prefieres servir a la gente, pulirles la plata, fregarles sus malditos orinales, que venirte a vivir conmigo.

Ella sólo dijo una palabra, pero con voz grave y sincera:

-Sí.

A él le relampaguearon de furia los ojos.

-No te creo. Nadie haría esa elección.

-La he hecho.

-Eres una tonta.

Ella guardo silencio.

-¿Comprendes a qué renuncias? -insistió él, gesticulando como un loco.

Lo había herido, comprendió ella. Lo había herido e insultado su orgullo, y él daba manotazos como un oso herido. Asintió, aun cuando él no la estaba mirando.

-Podría darte todo lo que desees -continuó él, mordaz-. Ropa, joyas, demonios, olvida la ropa y las joyas, podría darte un maldito techo sobre tu cabeza, que es más de lo que tienes ahora.

-Eso es cierto -repuso ella, tranquilamente.

Él se le acercó, perforándole los ojos con los suyos.

-Podría darte todo.

Ella se las arregló para continuar bien erguida y no echarse a llorar. E incluso se las arregló para mantener firme la voz al decir:

-Si crees que eso es todo, tal vez no entenderías por qué debo rehusar.

Retrocedió un paso con el fin de volver a Su Cabaña a meter sus magras pertenencias en la bolsa, pero era evidente que él aún no había terminado con ella, porque la detuvo con un estridente:

-¿Adónde vas?

-A la casa. A preparar mi bolsa.

-¿Y adónde piensas ir con esa bolsa?

Ella lo miró boquiabierta. No esperaría que se quedara, ¿verdad?

-¿Tienes un empleo? ¿Un lugar donde ir?

-No, pero...

Él se puso de manos en caderas y la miró indignado.

-¿Y crees que te voy a permitir marcharte de aquí sin dinero ni perspectivas de trabajo?

Ella estaba tan sorprendida que empezó a pestañear, descontrolada.

-B.. bueno, no pensé...

-No, no pensaste -ladró él.

Ella se limitó a mirarlo, con los ojos agrandados y los labios entreabiertos, sin poder dar crédito a sus oídos.

-Maldita idiota. ¿Tienes una idea de lo peligroso que es el mundo para una mujer sola?

-Eh, sí -logró decir ella-. En realidad sí.

Si él la oyó, no lo pareció. Simplemente siguió perorando acerca de los «hombres que se aprovechan», «mujeres indefensas» y «destinos peores que la muerte». Katniss no lo habría jurado, pero creyó oír incluso la frase «asados y púdines». A la mitad de su parrafada ya había perdido su capacidad de centrar la atención en sus palabras. Continuó mirándole la boca y oyendo el tono de su voz, al tiempo que trataba de asimilar el hecho de que él parecía extraordinariamente preocupado por su bienestar, tomando en cuenta que ella acababa de rechazarlo.

-¿Has escuchado una sola palabra de lo que he dicho? -le preguntó él.

Ella no asintió ni negó con la cabeza sino que hizo una rara combinación de ambas cosas.

Peeta soltó una maldición en voz baja.

-Eso es -declaró-. Te vienes conmigo a Londres.

Eso pareció despertarla.

-¡Acabo de decir que no!

-No tienes por qué ser mi maldita amante -dijo él entre dientes-. Pero no voy a dejarte para que te las arregles sola.

-Me las arreglaba bastante bien antes de conocerte.

-¿Bien? -farfulló él-. ¿En la casa de los Cavender? ¿A eso le llamas bien?

-¡No eres justo!

-Y tú no hablas como una persona inteligente.

Peeta pensó que su argumento era bastante sensato, si bien algo imperioso, pero estaba claro que Katniss no coincidía con su opinión porque de pronto se encontró, para su sorpresa, tumbado de espaldas en el suelo, abatido por un gancho con la derecha notablemente rápido.

-No vuelvas a llamarme estúpida -siseó ella.

Peeta cerró y abrió los ojos varias veces con el fin de recuperar la visión lo suficiente para ver una sola Katniss.

-No te...

-Sí, me llamaste estúpida -repuso ella, en tono furioso.

Acto seguido giró sobre sus talones, y en la fracción de segundo anterior a que echara a andar, él comprendió que sólo tenía una manera de impedírselo. No lograría levantarse rápidamente en el estado de aturdimiento en que se encontraba, de modo que se estiró y le cogió el tobillo con las dos manos, haciéndola caer de bruces al suelo, junto a él.

No fue una maniobra particularmente caballerosa, pero los mendigos no pueden elegir. Además, ella había dado el primer puñetazo.

-No irás a ninguna parte -gruñó.

Katniss levantó lentamente la cabeza, escupió tierra y luego lo miró furiosa.

-No puedo creer que hayas hecho esto -le dijo, dolida.

Peeta le soltó el pie y se incorporó hasta quedar de pie y agachado.

-Créelo.

-Eres un...

-No digas nada ahora -dijo él, levantando una mano-. Te lo ruego.

Ella lo miró con los ojos desorbitados.

-¿Me lo ruegas?

-He oído tu voz, por lo tanto debes de haber hablado.

-Pero...

-En cuanto a rogarte -continuó él, interrumpiéndola eficientemente otra vez-. Te aseguro que sólo fue lenguaje figurado.

Ella abrió la boca para decir algo, y luego, pensándolo mejor, volvió a cerrarla, con la expresión irritada de una niñita de tres años. Peeta hizo una espiración corta y le ofreció la mano. Después de todo ella seguía sentada en la tierra y no con una expresión especialmente feliz.

Ella le miró la mano con visible repugnancia y luego pasó la mirada a su cara, y lo miró con tanta ferocidad que él pensó si no le habrían brotado cuernos. Sin decir palabra, ella no aceptó su ofrecimiento de ayuda y se levantó sola.

-Como quieras -musitó él.

-Mala elección de palabras -ladró ella y echó a andar.

Puesto que él ya estaba de pie, no fue necesario incapacitarla. La siguió, manteniéndose detrás de ella a una molesta, seguro distancia de sólo dos pasos. Al cabo de un minuto ella giró la cabeza y le dijo:

-Por favor, déjame en paz.

-Creo que no puedo.

-¿No puedes o no quieres?

Él lo pensó un momento.

-No puedo.

Ella lo miró ceñuda y reanudó la marcha.

-Lo encuentro tan difícil de creer como tú -dijo él, reanudando la marcha también.

Ella se detuvo y se giró.

-Eso es imposible.

-No puedo evitarlo -explicó él, encogiéndose de hombros-. Me siento absolutamente reacio a dejarte marchar.

-Reacio dista mucho de «no puedo»

-No te salvé de Cavender para luego dejarte desperdiciar tu vida.

-Ésa no es una decisión que debas tomar tú.

Ella tenía su punto de razón en eso, pero él no se sentía inclinado a ceder.

-Tal vez, pero la tomaré de todos modos. Te vienes conmigo a Londres. Y no se hable más.

-Quieres castigarme porque te rechacé.

-No -repuso él, considerando esas palabras mientras hablaba-. No. Me gustaría castigarte, y en el estado mental en que me encuentro incluso llegaría a decir que mereces que te castigue, pero no lo hago por eso.

-¿Por qué, entonces?

-Por tu bien.

-Eso es lo más paternalista, lo más desd...

-Tienes razón sin duda -interrumpió él-, pero en este determinado caso, en este determinado momento, sé lo que es mejor para ti y es evidente que tú no, así que... no, no vuelvas a pegarme.

Katniss se miró la mano cerrada en un puño, la que sin darse cuenta había echado hacia atrás, lista para golpear. Él la estaba convirtiendo en un monstruo. No había otra explicación. Jamás había golpeado a nadie en su vida, y ahí estaba lista para hacerlo por segunda vez ese día.

Sin dejar de mirársela, abrió lentamente la mano y extendió y separó los dedos como una estrella de mar, y permaneció así contando hasta tres.

-¿Cómo pretendes impedirme que siga mi camino? -preguntó en voz muy baja.

-¿Importa eso? -preguntó él, encogiéndose de hombros tranquilamente-. Ya se me ocurrirá algo.

Ella lo miró boquiabierta.

-¿Quieres decir que me vas a atar y...?

-No he dicho nada de esa suerte -la interrumpió él-, pero la idea ciertamente tiene sus encantos -añadió, con una pícara sonrisa.

-Eres despreciable.

-Y tú hablas como la heroína de una mala novela -replicó él-. ¿Qué dijiste que estuviste leyendo esta mañana?

Katniss sintió moverse los músculos de su mejilla y la mandíbula tan apretada que estaba a punto de romperse los dientes. No entendería jamás cómo se las arreglaba Peeta para ser el hombre más maravilloso y el más horrendo del mundo al mismo tiempo. Aunque en ese momento parecía estar ganando el lado horrendo y, dejando de lado la lógica, estaba segura de que si continuaba un segundo más en su compañía, le explotaría la cabeza.

-¡Me marcho! -declaró, con gran resolución y dramatismo, en su opinión.

-Y yo te sigo -contestó él con una media sonrisa irónica.

Y el maldito continuó caminando a dos pasos detrás de ella todo el camino a la casa.

Peeta no solía tomarse mucho trabajo en molestar a los demás con la notable excepción de sus hermanos, pero Katniss Everdeen le hacía surgir el demonio que llevaba dentro. Se puso en la puerta de su habitación mientras ella metía sus cosas en su bolsa, apoyado despreocupadamente en el marco. Estaba cruzado de brazos de un modo que sabía la fastidiaría, y tenía la pierna derecha ligeramente doblada y la punta de la bota apoyada en la puerta para que no se cerrara.

-No olvides tu vestido -le dijo amablemente. Ella lo miró furiosa. -El feo -añadió, por si era necesaria esa aclaración.

-Los dos son feos -ladró ella.

Ah, una reacción, por fin.

-Lo sé.

Ella reanudó la tarea de meter cosas en la bolsa.

-Siéntete libre para coger un recuerdo -dijo él haciendo un amplio gesto con el brazo.

Ella se enderezó y plantó las manos en las caderas.

-¿Incluye eso el servicio de té de plata? Podría vivir varios años con lo que me darían por él.

-Por supuesto que puedes llevarte el servicio de té -repuso él afablemente-, puesto que estarás en mi compañía.

-No seré tu querida -siseó ella-. Ya te lo dije. No. No puedo hacer eso.

Algo en la forma como ella dijo «no puedo» le pareció importante, significativo. Lo pensó un momento, mientras ella echaba las últimas cosas y cerraba la bolsa tirando del cordón.

-Eso es -musitó.

Como si no lo hubiera oído, ella se dirigió a la puerta y lo miró con intención. Él comprendió que quería que le dejara paso para poder marcharse. Continuó inmóvil, sin siquiera mover un músculo, aparte del dedo que se pasó, pensativo, por el contorno de la mandíbula.

-Eres ilegítima -dijo.

Ella palideció.

-Lo eres -dijo él, más para sí mismo que para ella.

Curiosamente esa revelación lo aliviaba bastante. Explicaba el rechazo de ella, convirtiéndolo en algo que no tenía nada que ver con él y tenía todo que ver con ella.

Le quitaba la espina.

-No me importa que seas ilegítima -dijo, tratando de no sonreír.

Ése era un momento serio, pero, por Dios, sentía deseos de sonreír de oreja a oreja, porque ella vendría con él a Londres y sería su amante. Ya no habría más obstáculos y...

-No entiendes nada -dijo ella, negando con la cabeza-. No se trata de si yo valgo lo suficiente para ser tu querida.

-Yo cuidaría de cualquier hijo que pudiéramos tener -dijo él solemnemente, apartándose del marco de la puerta.

Ella se puso aún más rígida, si era posible eso.

-¿Y tu esposa?

-No tengo esposa.

-¿Nunca la tendrás?

Él se quedó inmóvil. Por su mente pasó danzando la imagen de la misteriosa dama del baile de máscaras. Se la había imaginado de muchas maneras; a veces llevaba el vestido plateado que llevaba esa noche. A veces no llevaba nada encima.

A veces llevaba un vestido de bodas.

Katniss, que le había estado observando la cara con los ojos entrecerrados, emitió un bufido despectivo, y pasó por su lado saliendo de la habitación.

Él la siguió pisándole los talones.

-Ésa no es una pregunta justa, Katniss.

Ella continuó avanzando por el corredor y al llegar a la escalera comenzó a bajarla sin detenerse.

-Creo que es más que justa.

Él bajó corriendo la escalera y al llegar abajo se volvió, bloqueándole el paso.

-Tengo que casarme algún día, Katniss.

Ella se detuvo, por necesidad, pues él le bloqueaba el camino.

-Sí, tú tienes que casarte. Pero yo no tengo por qué ser la querida de nadie.

-¿Quién fue tu padre, Katniss?

-No lo sé -mintió ella.

-¿Quién fue tu madre?

-Murió al nacer yo.

-Creía haberte oído decir que era ama de llaves.

-Está claro que no dije la verdad -repuso ella, indiferente a que él la hubiera cogido en una mentira.

-¿Dónde te criaste?

-Eso no tiene ningún interés -dijo ella, tratando de pasar.

Él le cogió el brazo y la mantuvo firmemente en su lugar.

-Yo lo encuentro muy interesante.

-¡Suéltame!

El grito resonó en el silencioso vestíbulo, lo suficientemente fuerte para que acudieran los Donner corriendo a rescatarla. Pero la señora Donner había ido al pueblo y el señor Donner estaba fuera de la casa, no podía oírla. No había nadie que la ayudara; estaba a merced de él.

-No puedo dejarte marchar -le susurró él-. No estás hecha para una vida de servidumbre. Esa vida te matará.

-Si fuera a matarme, ya me habría matado hace años -replicó ella.

-Pero ya no tienes por qué seguir haciéndolo -insistió él.

-No te atrevas a hacerme esto -dijo ella, casi temblando de emoción-. No haces esto porque te preocupe mi bienestar. Lo que pasa es que no te gusta que te frustren.

-Eso es cierto -reconoció él-, pero tampoco quiero verte abandonada a la deriva.

-He estado a la deriva toda mi vida -susurró ella, y sintió el picor de unas traicioneras lágrimas.

Dios de los cielos, no quería llorar delante de ese hombre. No debía llorar en ese momento, sintiéndose tan desequilibrada y débil. Él le acarició la barbilla.

-Permíteme que yo sea tu áncora.

Katniss cerró los ojos. Su caricia era dolorosamente dulce, y una parte no muy pequeña de ella ansiaba aceptar su ofrecimiento, dejar la vida que se había visto obligada a vivir y echar su suerte con él, con ese hombre fabuloso, maravilloso, enfurecedor, que había acosado sus sueños esos años.

Pero el dolor de su infancia estaba demasiado vivo todavía. Y el estigma de su bastardía lo sentía como una marca a fuego en el alma. No podía hacerle eso a un hijo.

-No puedo -susurró-. Ojalá...

-¿Ojalá qué? -preguntó él, ansioso.

Ella negó con la cabeza. Había estado a punto de decirle que ojalá pudiera, pero comprendió que esas palabras serían imprudentes. Él se aferraría a ellas y empezaría a insistir de nuevo.

Y eso le haría más difícil negarse.

-No me dejas otra opción, entonces -declaró él, implacable. Ella lo miró a los ojos.

-O vienes conmigo a Londres y... -levantó una mano para silenciarla al ver que ella iba a protestar- y te encontraré un puesto en la casa de mi madre -añadió con intención.

-¿O? -preguntó ella.

-O tendré que informar al magistrado de que me has robado.

De pronto a ella la boca le supo a ácido.

-No harías eso.

-No deseo hacerlo, ciertamente.

-Pero lo harías.

-Lo haría -asintió él.

-Me colgarían. O me deportarían a Australia.

-No si yo pidiera otra cosa.

-¿Y qué pedirías?

Notó que los ojos de él estaban extrañamente sosos, y comprendió que él no estaba disfrutando más que ella de esa conversación.

-Pediría que te dejaran bajo mi custodia -dijo él.

-Eso sería muy cómodo para ti.

La mano de él, que le había estado acariciando la barbilla, bajó hasta el hombro.

-Sólo quiero salvarte de ti misma.

Katniss caminó hasta una ventana cercana y se asomó, sorprendida de que él no hubiera intentado impedírselo.

-Me vas a hacer odiarte, ¿sabes?

-Puedo vivir con eso.

Ella le hizo una seca inclinación de la cabeza.

-Te esperaré en la biblioteca, entonces. Quiero marcharme hoy.

Peeta la observó alejarse, manteniéndose absolutamente inmóvil hasta que ella entró en la biblioteca y cerró la puerta. No huiría. No era el tipo de persona para echarse atrás una vez dada su palabra.

No podía dejar marchar a Katniss; «ella» se había marchado, la fabulosa y misteriosa «ella», pensó con una amarga sonrisa, la mujer que le había tocado el corazón.

La mujer que ni siquiera quiso decirle su nombre.

Pero ahora estaba Katniss, y le «producía» cosas, cosas que no había sentido desde «ella». Estaba harto de suspirar por una mujer que prácticamente no existía. Katniss estaba ahí, y Katniss sería de él.

Además, pensó con una sonrisa resuelta, Katniss no lo abandonaría.

-Puedo vivir con tu odio -dijo a la puerta cerrada-, pero no puedo vivir sin ti.

Katniss comenzó a sentirse mal en el instante mismo en que salió el coche de Mi Cabaña. Cuando se detuvieron para pasar la noche en una posada de Oxfordshire, ya sentía muy delicado el estómago. Y cuando llegaron a las afueras de Londres, estaba convencida de que se iba a poner a vomitar.

Se las arregló para mantener el contenido del estómago donde debía estar, pero cuando el coche se adentró en las tortuosas calles de Londres, ya la invadía una intensísima aprensión.

No, no aprensión exactamente; una sensación de desastre.

Estaban en mayo, lo cual significaba que la temporada de fiestas estaba en pleno auge, lo cual significaba que Alma Coin estaba en Londres.

Lo cual significaba que su llegada allí era muy inconveniente, muy mala idea.

-Muy mala -masculló.

Peeta la miró.

-¿Has dicho algo?

-Sólo que eres un hombre muy malo.

Él se echó a reír. Ella ya sabía que se iba a reír, pero la irritó de todas maneras.

Él apartó la cortina de la ventanilla y miró fuera.

-Ya casi hemos llegado -dijo.

Le había dicho que la llevaría directamente a la casa de su madre. Katniss recordaba la grandiosa mansión de Grosvenor Square como si hubiera estado ahí la noche anterior. El salón de baile era inmenso, con miles de candelabros en las paredes, cada uno con una perfecta vela de cera de abejas. Las salas más pequeñas estaban decoradas al estilo Adam, con exquisitas conchas en relieve en los cielos rasos, y las paredes de color pastel claro.

-¿De qué sonríes? -le preguntó Peeta.

-Estoy planeando tu muerte -repuso ella, sin molestarse en mirarlo.

Él sonrió; no lo estaba mirando, pero era una de esas sonrisas que ella oía en su forma de respirar.

Detestaba ser tan sensible hasta los más pequeños detalles de él. Sobre todo porque tenía la molesta sospecha de que a él le ocurría lo mismo con ella.

-Al menos parece interesante -comentó él.

-¿Qué? -preguntó ella, apartando los ojos del borde inferior de la cortina, que llevaba horas mirando.

-Mi muerte -contestó él, con una sonrisa sesgada y traviesa-. Si me vas a matar, bien podrías disfrutar mientras lo haces, porque, Dios lo sabe, yo no lo disfrutaré.

Ella casi se quedó boquiabierta.

-Estás loco.

-Probablemente. -Se encogió de hombros con despreocupación y, acomodándose en su asiento, apoyó los pies en el asiento del frente-. Poco menos que te he secuestrado, después de todo. Yo diría que eso se puede calificar de la locura más grande que he cometido en mi vida.

-Ah, hemos llegado.

Katniss esperó a que él se apeara y se acercó a la puerta. Se le pasó por la mente no hacer caso de la mano que le ofrecía y saltar sola, pero la puerta estaba bastante separada del suelo, y de verdad no quería hacer el ridículo tropezándose y aterrizando en la cuneta de desagüe. Le encantaría insultarlo, pero no a costa de un esguince en el tobillo. Suspirando, le cogió la mano.

-Muy inteligente decisión -susurró Peeta.

Katniss lo miró sorprendida. ¿Cómo supo lo que estaba pensando?

-Siempre sé lo que estás pensando -dijo él.

Ella tropezó.

-¡Epa! -gritó él, cogiéndola expertamente antes de que aterrizara en la cuneta.

La retuvo un momento más largo del necesario y la depositó en la acera. Ella habría dicho algo si no hubiera tenido los dientes tan apretados que no dejaban salir ninguna palabra.

-¿No te mata la ironía? -le preguntó él, sonriendo perversamente.

Ella logró aflojar la mandíbula.

-No, pero bien podría matarte a ti.

Él se echó a reír, el muy condenado.

-Vamos. Te presentaré a mi madre. Seguro que ella te encontrará uno u otro puesto.

-Podría no tener ningún puesto vacante -observó ella. Él se encogió de hombros.

-Me quiere. Creará un puesto.

Katniss se mantuvo en sus trece, negándose a dar un solo paso mientras no hubiera dejado claras las cosas.

-No voy a ser tu querida.

-Sí, ya lo has dicho -dijo él, su expresión extraordinariamente impasible.

-No, lo que quiero decir es que no va a resultar tu plan.

Él la miró, toda inocencia.

-¿Tengo un plan?

-Vamos, por favor. Vas a tratar de conquistarme con la esperanza de que yo claudique.

-Eso ni lo soñaría.

-Seguro que lo sueñas más que un poco -masculló ella en voz baja.

Él debió oírla, porque se rio. Katniss se cruzó de brazos, sublevada, indiferente a lo poco decorosa que pareciera su postura, allí en la acera a plena vista de todo el mundo. Nadie se fijaría en ella, en todo caso, vestida como estaba con la lana basta de una sirvienta. Debería adoptar una actitud más alegre y considerar su nueva posición con más optimismo, pensó, pero, maldición, en ese momento le apetecía mostrarse hosca.

La verdad, se lo había ganado. Si alguien tenía derecho a estar resentida y contrariada, era ella.

-Podríamos quedarnos en la acera todo el día -dijo Peeta, en un tono bastante impregnado de sarcasmo.

Ella alzó la vista para mirarlo furiosa, pero entonces se fijó en el lugar donde estaban. No estaban en Grosvenor Square; en realidad no sabía dónde estaban. En Mayfair, seguro, pero la casa que tenían delante no era de ningún modo aquella donde asistió al baile.

-Eh..., ¿ésta es la casa Mellark?

Él arqueó una ceja.

-¿Cómo sabías que mi casa se llamaba casa Mellark?

-Tú lo has dicho.

Por suerte, eso era cierto. En sus conversaciones él había hablado varias veces de la casa Mellark y de la residencia de la familia en el campo, Aubrey Hall.

Él pareció aceptar eso.

-Ah. Bueno, en realidad no lo es. Mi madre dejó la casa Mellark hace casi dos años. Ofreció un último baile allí, que fue un baile de máscaras, por cierto, y la entregó a mi hermano con su mujer. Siempre había dicho que se marcharía tan pronto como mi hermano se casara e iniciara una familia propia. Creo que su primer hijo nació un mes después de que se marchara mi madre.

-¡Peeta!

Katniss miró hacia la escalera, por la que venía bajando una mujer menuda y elegante. Sus cabellos eran más rubios que los de Peeta, pero su fisonomía decía claramente que era su madre.

-Madre, cuánto me alegra verte -dijo él, avanzando para recibirla al pie de la escalera.

-Y a mí me alegraría más verte si hubiera sabido dónde estabas esta semana pasada -respondió ella con desparpajo-. Lo último que supe de ti fue que habías ido a la fiesta de Cavender, pero después todos volvieron y tú no.

-Me marché antes de la fiesta, y me fui a Mi Cabaña.

-Bueno -suspiró ella-, supongo que no puedo pretender que me notifiques todos tus movimientos ahora que tienes treinta años.

Peeta le sonrió con cariño.

-Y ella debe de ser tu señorita Everdeen -dijo ella mirando a Katniss.

-Sí. Me salvó la vida cuando estaba en Mi Cabaña.

Katniss pegó un salto.

-Yo no...

-Sí -la interrumpió Peeta suavemente-. Me enfermé por conducir bajo la lluvia, y ella cuidó de mí y me devolvió la salud.

-Podría haberse recuperado sin mí -insistió Katniss.

-Pero no con tanta rapidez ni comodidad -dijo Peeta dirigiéndose a su madre.

-¿No estaban en casa los Donner? -preguntó Effie.

-No estaban cuando llegamos -repuso Peeta.

Effie miró a Katniss con una curiosidad tan evidente que Peeta se vio obligado a explicar:

-La señorita Everdeen estaba empleada en casa de los Cavender, pero ciertas circunstancias le hicieron imposible continuar allí.

-Comprendo -dijo Effie, aunque su tono indicaba que no comprendía.

-Su hijo me salvó de un destino horroroso -explicó Katniss serenamente-. Le debo una inmensa gratitud.

Peeta la miró sorprendido. Dado el grado de hostilidad hacia él no se había imaginado que ella aportaría información elogiosa de él. Pero debería haberlo supuesto; Katniss tenía elevados principios, y no del tipo que permitiera que la ira obstaculizara la sinceridad.

Ésa era una de las cosas que más le gustaban de ella.

-Comprendo -repitió Effie, esta vez con mucho más sentimiento.

-Tenía la esperanza de que le encontraras un puesto en tu casa -dijo Peeta.

-Pero no si es mucho problema -se apresuró a añadir Katniss.

-No -dijo Effie, fijando los ojos en su cara con una extraña expresión-. No sería ningún problema, pero...

Peeta y Katniss se quedaron en suspenso, pendientes del resto de la frase.

-¿Nos conocemos de antes? -preguntó Effie a bocajarro.

-Creo que no -contestó Katniss, con un ligero tartamudeo. ¿Cómo podía ocurrírsele a lady Mellark que la conocía? Estaba segura de que no se había cruzado con ella esa noche del baile de máscaras-. No me imagino cómo podríamos conocernos.

-Tiene razón, sin duda -dijo lady Mellark, desechando la idea con un gesto de la mano-. Tiene usted algo que me resulta vagamente conocido. Pero lo más seguro es que haya conocido a alguien que se le parece mucho. Ocurre con frecuencia.

-En especial a mí -terció Peeta, con una sonrisa sesgada.

Lady Mellark miró a su hijo con visible cariño.

-No es culpa mía que todos mis hijos sean extraordinariamente parecidos.

-Si no podemos echarte la culpa a ti, ¿a quién, entonces? -le preguntó Peeta.

-A tu padre, totalmente -replicó lady Mellark con aire satisfecho. Miró a Katniss-: Todos se parecen mucho a mi difunto marido.

Katniss sabía que debía permanecer callada, pero encontró tan hermoso y agradable el momento, que dijo:

-Yo encuentro que su hijo se parece a usted.

-¿Le parece? -preguntó lady Mellark, juntando las manos, encantada-. Qué maravilloso. Y yo que siempre me he considerado un recipiente para la familia Mellark.

-¡Madre! -exclamó Peeta.

-¿He hablado con demasiada franqueza? -suspiró ella-. Cada vez hago más eso en mi vejez.

-No eres vieja, madre.

Ella sonrió.

-Peeta, ¿por qué no vas a ver a tus hermanas mientras yo llevo a la señorita Ever..?

-Everdeen -enmendó él.

-Sí, claro, Beckett. La llevaré arriba para instalarla.

-Sólo necesita llevarme al ama de llaves -dijo Katniss.

-La señora Watkins está muy ocupada -explicó lady Mellark-. Además, creo que necesitamos otra doncella arriba. ¿Tiene experiencia en ese trabajo?

Katniss asintió.

-Excelente. Me lo imaginé. Habla muy bien.

-Mi madre era ama de llaves -dijo Katniss automáticamente-. Trabajaba para una familia muy generosa y...

Se interrumpió, horrorizada, recordando tardíamente que le había dicho la verdad a Peeta: que su madre había muerto al nacer ella. Lo miró, nerviosa, y él le contestó con un ladeo del mentón, ligeramente burlón, indicándole que no la iba a dejar como mentirosa.

-La familia era muy generosa -continuó ella, dejando escapar una espiración de alivio-, y me permitían a asistir a muchas clases con las hijas de la casa.

-Comprendo -dijo lady Mellark-. Eso explica muchísimo. Me cuesta creer que haya estado trabajando como criada. Está claro que tiene educación suficiente para aspirar a puestos más elevados.

-Lee muy bien -dijo Peeta.

Katniss lo miró sorprendida.

-Me leía muchísimo durante mi convalecencia -continuó él, dirigiéndose a su madre.

-¿Escribe también? -preguntó lady Katniss.

-Tengo buena ortografía y bastante buena letra -repuso ella, asintiendo.

-Excelente. Siempre me va bien contar con un par de manos extras cuando escribo las invitaciones. Y tendremos un baile en verano. Presento en sociedad a dos hijas este año -le explicó a Katniss-. Tengo muchas esperanzas de que una de ellas elija marido antes de que acabe la temporada.

-No creo que Clove desee casarse -dijo Peeta.

-Calla la boca.

-Esa declaración es un sacrilegio en esta casa -explicó Peeta a Katniss.

-No le haga caso -dijo lady Mellark echando a andar hacia la escalera-. Venga conmigo, señorita Everdeen.

-Ven conmigo, Katniss. Te presentaré a las niñas. Y te buscaremos ropa nueva -añadió arrugando la nariz-. No puedo permitir que una de nuestras doncellas ande tan mal vestida. Una persona podría pensar que no te pagamos un salario justo.

-Tú espérame abajo -dijo lady Mellark a Peeta-. Tenemos mucho que hablar tú y yo

-Mira como tiemblo -replicó él.

-Entre él y su hermano, no sé cual me va a matar primero - masculló lady Mellark.

-¿Qué hermano? -preguntó Katniss.

-Cualquiera. Los dos. Los tres. Todos unos sinvergüenzas.

Pero unos sinvergüenzas a los que amaba muchísimo, pensó Katniss. Eso lo notaba en su manera de hablar, lo veía en sus ojos cuando se iluminaban de alegría al mirar a su hijo.

Y eso la hacía sentirse sola, triste y envidiosa. Qué distinta podría haber sido su vida si su madre no hubiera muerto en el parto. No habrían sido respetables, tal vez, la señora Beckett, la querida de un noble, y ella, la hija bastarda, pero le agradaba pensar que su madre la habría amado.

Lo cual era más de lo que había recibido de cualquier otro adulto, incluido su padre.

-Vamos, Katniss -dijo lady Mellark enérgicamente.

Katniss la siguió escalera arriba, pensando por qué si sólo iba a comenzar un nuevo trabajo, se sentía como si fuera a entrar en una nueva familia.

Era... agradable.

Y había transcurrido mucho, muchísimo tiempo desde que su vida fuera agradable.