Pues aquí traigo la segunda parte de este episodio, intenté que quedara más breve pero me ha sido imposible. Espero que la disfrutéis :)

Stephdragonness - Yeah, it tooks so long to accept but Cortex now have not any doubts about his feelings, that dream -nightmire to him - was so useful to make him see...

8. CONFESIONES

Parte 2

Cortex siguió sentado en la roca, con los pies colgando y cabizbajo. Su mirada se posó sobre las zapatillas de Ana; eran unas Nike de lona que parecían bastante ligeras y cómodas, negras y blancas. La chica no se había molestado en deshacer los nudos.

Nadie en su vida le había hablado así y menos le había calificado como valiente; él sabía que no lo era, a no ser que tuviera un arma a mano. Y ¿cómo había dicho? Algo así que incluso a pesar de que él fuera malo ella le admiraba.

No quería seguir hablando del tema pero se sentía más que dispuesto a prolongar todo lo posible la conversación con ella. Apenas se había dado cuenta de que el sol había desaparecido y que las primeras estrellas ya brillaban en el cielo.

Era el primero que se avergonzaba de su pasado y por eso siempre que había hablado de su época de estudiante mentía diciendo que era el alumno modelo, que todos lo adoraban y querían ser como él. La verdad que eso sí que era lastimero. Pero lo hacía porque no soportaba que los demás le juzgaran.

Y ahora llegaba esta chica y lo hacía pero para bien. No sabía cómo sentirse, salvo conmovido y quizá algo más encaprichado de ella... pero apenas sabía casi nada sobre Ana.

Mientras la observaba tirar piedras al mar recordó otra cosa que ella había dicho y sintió deseos de preguntar. Sin embargo se dio cuenta que no tendría un mejor momento que ése; quería saber, conocerla mejor. Bueno, realmente lo que más quería era hacer cualquier cosa menos hablar más de él.

- ¿Puedo preguntarte algo? – le dijo bajando de la roca.

- Sí, claro – contestó ella, acercándose de nuevo, como si nada hubiera pasado.

- Has dicho que tú también has sufrido acoso y burlas. ¿De quién?

- ¡Oh! – la chica se encogió de hombros – Compañeros del instituto... Ya sabes.

- ¿Pero qué te decían?

- Pues, entre otras cosas horribles, las chicas me hacían el vacío y me llamaban "patito feo" y "ratita escuálida", esto último porque siempre he sido muy delgada y además en esa época tenía los incisivos bastante prominentes, aunque la ortodoncia me solucionó el problema. También me decían cosas como "friki" (a mucha honra, por cierto) o "bicho raro", siempre lo suficientemente alto como para que yo lo oyera.

- Harpías.

- Pues sí, aunque sólo había que mirarlas a ellas las pintas. Además conseguí mi grupo de amigos "frikis"; hacíamos tantísimas cosas juntos y era tan feliz que me resbalaba absolutamente todo lo que pensaran de mi. Lo único que he lamentado es no haber sabido lo que es tener una amiga hasta que conocí a Jess, porque todas mis amistades siempre han sido chicos.

El tema había llegado a un terreno en el que Neo quería indagar pero tenía sus dudas. ¿Y si se enfadaba por la pregunta? Pero su curiosidad podía más que su temor y, además, cada vez que pensaba en ello hacía que el estómago se le revolviera.

- Hablando de chicos…. ¿Quién era el de la fotografía que llevabas en tu cartera?

Ana se le quedó mirando.

- Ya, ya está – pensó Neo – Ya la he liado.

- Es… - comenzó Ana y bajó la vista a sus pies. Un ligero rubor le cubrió las mejillas – Es… Greg.

Por cómo lo dijo Cortex intuyó que era alguien importante. Su estómago le dio un vuelco. Esta sensación ya la conocía bastante bien, la había sufrido mucho a lo largo de su vida. Celos…

- ¡Ah! Claro, ¿tu hermano? – preguntó intentando que no le temblara la voz; sí sabía que Ana tenía un hermano llamado Dany (y no por verlo en su teléfono) pero no creía que fuera el chico de la fotografía.

Ana se rió entre dientes.

- Qué va, para nada.

Estaba más que claro. La chica bajó la cabeza y se puso a enredar con sus dedos.

- Creo que hice una pregunta delicada, no era mi intención. Es sólo que tú sabes tanto de mi y yo no sé nada de ti que…

- ¡No, no, qué va! – se apresuró ella, sonrojándose– Es… Es mi exnovio… estuvimos juntos un par de años.

Sus sospechas se confirmaron y, de alguna manera, parecieron materializarse para arrearle una buena patada en el estómago. Por un momento a Neo le dieron ganas de decirle que había cambiado de opinión y que se ahorrara la historia pero, por otro lado, sentía una morbosa curiosidad.

- Déjame adivinar – dijo– Era encantador, caballeroso, romántico... ¡Y no veas qué músculos!– esto último, lo dijo con voz aguda, gesticulando como si se tratara de una chica, juntando las manos y pestañeando rápidamente.

Entonces se percató de que Ana lo miraba con una ceja enarcada y se detuvo, encogiéndose de hombros y rascándose la nuca.

- Perdona – se disculpó y añadió con cierto tono dolido- ¿Acaso no es lo que buscáis las mujeres en los hombres?

- No negaré esa afirmación hecha tan a la ligera, a fin de cuentas, aunque seguro que a ti también te gustan más las chicas guapas. Pero no todo es lo físico, qué superficial es la gente que se fija sólo en eso ¿no crees? ¿Acaso no es la belleza la reina de lo subjetivo? – contestó Ana, frunciendo el ceño – Pero sí, he de admitir que Greg es muy guapo, aunque no era eso lo único que hizo que me gustase. Durante todo ese tiempo en que estuvimos juntos estaba convencida que lo que teníamos él y yo sería para siempre, que estábamos hechos el uno para el otro. Que era perfecto para mí y yo para él – entonces se río con amargura – Greg tenía sus defectos, como todos. Apenas nos veíamos por mi rutina de clases y trabajo; yo quería ahorrar lo suficiente para poder irme a vivir con él algún día, no me contentaba conque durmiéramos juntos los fines de semana. Sacrifiqué mucho y, aún así muchas veces me reprochaba el que no le hacía caso cuando lo único que hacía era darlo todo por él. Y entonces Greg…

Guardó silencio.

- ¿Greg qué? – preguntó Neo ásperamente.

- Creo que he hablado demasiado… no es algo de lo que quiera hablar y menos aquí.

Ahora le tocó a Neo estar cabizbajo. Al ver su reacción Ana se arrepintió de decir aquello, pues sonó brusco y no quería decir exactamente lo que él había entendido.

- Quiero decir – rectificó – que no es algo de lo que quiera volver a hablar… con nadie. No importa el tiempo que haya pasado, duele demasiado… él sigue su vida y yo la mía, se terminó. Punto y final.

A Neo no se le pasó por alto que a ella le estaba temblando la voz, como si estuviera a punto de echarse a llorar. Estaba más que claro que ese capullo le había hecho mucho daño pero aun así Ana parecía seguir sintiendo algo por él, lo cual le sacaba de quicio. Sin embargo, se percató de que eso no ayudaba nada y no quería delatarse, de modo que intentó aparentar indiferencia.

- La verdad es que yo no soy un experto en estos temas, pero si es un punto y final ¿por qué sigues llevando una foto suya encima?

- Supongo que soy masoca – contestó, intentando esbozar una sonrisa, no muy convincente.

Se hizo un silencio incómodo.

- Creo que será mejor que volvamos – dijo Neo finalmente y Ana asintió, aliviada.

Cuando comenzaban el camino de vuelta ella le miró por un momento y entonces preguntó:

- ¿Y qué me dices de tí?

Neo abrió mucho los ojos.

- ¿De mí?

- ¡Claro! Que si hay o hubo alguien… ya sabes…

- ¡Ah! – exclamó él, cortado – Pues… eh…

Ana le observó.

- Perdona, te estoy incomodando…

- ¡No, a ver! Es decir, ahm… tú me has contestado, así que es justo que yo te responda también. Además – agregó sacando pecho - un hombre con mi atractivo no tiene ningún problema en confesar sus muchas aventuras amorosas.

Ana ahogó una risa. Estaba tan ridículamente claro que mentía pero era tan cómico que no pudo evitarlo. Él se percató y lanzó un largo suspiro.

- Cierto, sabes mucho de mí, tanto que hasta me asusta. Bien, ya sabes lo popular que era en la academia – comenzó, siendo sarcástico – Si tenía un grupo de matones haciéndome sombra todos los días, con las chicas era todo lo contrario; se alejaban de mí como si les diera alergia pero, de todos modos, yo no estaba interesado en perder tiempo en esas chorradas, sólo quería estudiar. Ya siendo más mayorcito… bueno, uno tiene sus necesidades a fin de cuentas, pero por suerte el dinero siempre ayuda– concluyó con una sonrisa, que se le borró de la cara en cuanto vio la expresión de Ana – No es algo muy digno de lo que presumir ¿verdad?

- La verdad es que no.

- Ya… bueno, nunca se me han dado bien estas cosas, al contrario que a ti. Tú preguntaste y yo te he contestado – refunfuñó.

Ana se rió y eso le alivió.

- Tienes razón. Pero yo no me refería a las relaciones puramente físicas si no a algo más profundo… algo auténtico... Como lo mío con Greg.

Él aminoró la marcha, tanto que llegó a detenerse. Tras pensarlo un rato por fin contestó.

- Sí, hubo alguien una vez… pero eso fue hace mucho tiempo… y no terminó muy bien que se diga.

Acto seguido, guardó silencio. Ambos permanecieron callados durante un tiempo, hasta que ella preguntó:

- ¿No tendrás algo de alcohol?

- Ya sabes que sí – contestó él – Hay a montones en el laboratorio.

- No me refiero a ese tipo de alcohol, Neo– dijo ella riéndose – Me refiero al "quitapenas".

- ¡Ah! De ése. Una jovencita como tú no debería…

- Por favor, abuelo, que soy mayor de edad.

- Tampoco hacía falta insultar – gruñó Neo – Brio tiene algo en su mueble bar "secreto". Me gusta llamarlo así porque se piensa que no me doy cuenta de que cada vez le da más a la botella y no a la de la probeta habitual precisamente.

- Yo quiero darle a la botella también. ¿Me acompañas?

- Yo no bebo.

- Ni yo, pero necesito un trago. ¿O crees que a Brio podría molestarle?

- No, sobre todo si sabe que eres tú quien lo pide.

- Oh… ¿Podríamos entonces? Sólo un poquito ¿sí?

Neo la miró sin dar crédito pero como vio que la chica no iba a cambiar de parecer finalmente accedió.

- Está bien. Espérame aquí.

Al cabo de un rato regresó con una botella de whisky medio llena y un par de vasos. Ana miraba las estrellas, se había sentado en uno de los escalones de la escalera por la que se bajaba a la playa. Él la imitó y la muchacha tomó la botella, sirviendo el whisky con maestría, acostumbrada a como estaba a trabajar en un bar.

- ¿Y todo esto a qué viene? – preguntó Neo desconcertado.

- Bueno, ya que como somos un par de perdedores en lo que al terreno del amor se refiere podríamos hacer un brindis, por todo lo que pudo ser y nunca fue – concluyó, alargándole el vaso ya servido.

El científico se la quedó mirando sin estar muy convencido pero el brillo en los ojos de la chica le hizo decidirse y, encogiéndose de hombros, tomó el vaso.

- Vale… Por todo lo que pudo ser y nunca fue – repitió, levantando el vaso.

Ana asintió y ambos bebieron todo el líquido en un trago. Entonces Neo se sonrió.

- Está bueno. A Brio no le va a gustar que le robemos del mueble bar.

- ¿Pero no le has pedido permiso? – dijo ella poniéndose la mano delante de la cara y cerrando los ojos por la fuerza del la bebida.

Neo no contestó pero enarcó una ceja luciendo una sonrisa socarrona. Entonces ambos se desternillaron de risa.

- ¡Pobre! – dijo Ana, llenando los vasos otra vez – Él último, venga… ¡por Brio, otra víctima más de la maldad del doctor Cortex!

Y vaciaron de nuevo los vasos de un trago y volvieron a reírse, sobre todo Ana. Neo la observó pensando en lo que acababa de contarle y en el tal Greg. Recordó en lo triste que se había puesto, tanto como él al recordar su pasado, del que no le hablaba absolutamente a nadie. Estaba claro que a ella aún le dolía mucho pensar en ese tipo pero a pesar de todo conservaba su fotografía en su cartera, lo que sin duda significaba que aún sentía algo por él. Por un momento le regresó aquella punzada de celos, sólo que esta vez vino acompañada de ira, porque le ofendía que tipos guaperas como el tal Greg se llevaran a todas las chicas para luego romperlas el corazón en cuanto se cansaban de ellas mientras que tipos cómo él tenían que soltar dinero para que les hicieran caso un rato. Qué injusto era el mundo.

En eso pensaba cuando Ana terminó de reírse y se limpió una lagrimilla provocada por el ataque de risa.

- Vaya – dijo él, reaccionando antes de que ella se diera cuenta de la cara que se le había quedado – Y yo que pensaba que eras una buena chica y aquí te estás riendo de mi ayudante y amigo… si es que se le puede llamar eso.

- Oye, que yo no he sido la que le ha robado...

- Entonces eres una cómplice.

- ¡Y dale! No, si esto es lo que me pasa por confiar en ti – agregó, arrastrando un poco las palabras.

¿Acaso estaba borracha? No, más bien parecía achispada. Quizá él también lo estuviera – aunque sabía que era una excusa, por supuesto que no lo estaba, toleraba más que eso – porque sin ningún motivo le empezó a parecer enloquecedoramente bonita. ¿Sería por todos halagos que le había dicho antes?

Mientras él divagaba Ana había dejado de sonreír y miraba a otro lado, pensando en algo, apesadumbrada.

- ¿Ana?

- ¿Mm?

- ¿Qué pasa?

- ¡Oh, nada! Sólo estaba pensando en lo injusta que es la vida – Neo aguantó la respiración porque parecía haberle adivinado el pensamiento – Me refiero a… a que puedes querer mucho a una persona, tanto que casi te duele, y lo único que recibes a cambio por su parte es una bofetada… hablando metafóricamente, claro – agregó cuando vio la cara que ponía él – Pero así es la vida, unos ganan y otros pierden. Fin de la historia… ¿verdad?

Se hizo un incómodo silencio. De pronto Ana volvía a estar tremendamente abatida, girando el cristal en sus manos con la cabeza baja. Le indignaba verla así, aunque su yo anterior quizá se hubiera tirado de los pelos pidiendo auxilio por sentir esa cosa, ¿cómo se llamaba? Ah sí, empatía. Estaba más que claro que ella le estaba ablandando y eso no le gustaba, pero era más cómodo – y sencillo - dejarse arrastrar de una vez por la corriente y dejar de resistirse.

Deseaba hablarle para reconfortarla.

- Oye Ana – le dijo entonces – Dime dónde vive el tal Greg y, si quieres, le parto las piernas, por cretino.

- ¡Ala! Mira que eres bruto – repuso ella abriendo mucho los ojos, pero no parecía molesta.

La pobre pensaba que él estaba bromeando y no que Neo hablaba completamente en serio. Sin embargo él se dio cuenta que como se percatara de eso lo más probable era o bien que la asustara o bien que la irritara. Estaba claro que consolar no era lo suyo, que carecía de tacto y, sin embargo, era lo único que quería hacer en esos momentos.

¿Quizá si probara con ternura? Según lo pensó empezó a tener el casi irrefrenable impulso de besarla pero se contuvo. Estaba seguro que si lo hacía Ana le rompería la botella de whisky en la cabeza, ya comprobó en las duchas que podía tener mucho carácter. Pero, ¿y si le hacía caso y dejaba de hacer el bruto? ¿Y si simplemente le decía lo que sentía por ella? Era algo halagador que alguien te dijera algo así. Él hubiera matado por eso, mataría por eso en aquel momento – realmente, había matado por mucho menos en el pasado.

Con terror comprobó que una vez que había tenido la idea era imposible descartarla de su mente. Se dio cuenta que si seguía guardándoselo para sí se volvería loco. Tenía que hacerlo ahora, en ese mismo momento. Necesitaba saber qué sentía ella.

- Oye, Ana… eerh, tengo algo que decirte…

Ella le miró sin decir nada.

Neo se mordió la lengua. ¿Y si le rechazaba? Quizá también le estampaba la botella de todos modos. Pero no quería echarse atrás.

- Verás – dijo, aclarándose la garganta– no entiendo tu tristeza. Es decir, mírate.

Ana parpadeó por un momento y se miró el regazo, sin comprender.

- Me refiero a que eres… bueno, inteligente y… bonita. ¿No crees que más imbécil él si no se ha dado cuenta?

- Tú… a tí… ¿te parezco bonita? – por alguna razón, parecía incrédula.

Él tragó saliva. Tenía que hablar deprisa.

- ¿Bromeas? Eres la envidia de las mismísimas estrellas, las orquídeas son meros cardos en comparación contigo. Eres… eres – comenzó a trabarse, intentando buscar las palabras. Le ardía la cara pero reunió valor para coger el vaso de Ana, dejarlo en el suelo y tomar sus manos– Eres un ángel, el ser más hermoso de estas islas… bueno, realmente eres el único pero si hubiera más seguro que no serían nada en comparación contigo… me refiero en cuanto a belleza, porque…

- Neo – le interrumpió - ¿Qué tratas de decirme?

- Pues… quizá sea porque se me ha subido el whisky a la cabeza… sí, quizá sea por eso, o quizá porque me haya vuelto loco… sólo intento decirte que… que… que te quiero.

Ana había estado escuchándole atentamente desde el momento en que empezó a hablar, asintiendo ligeramente con la cabeza. Pero tenía la mirada perdida, la boca entreabierta, y no dijo nada cuando Neo se declaró. Pero entonces bajó la vista, observando sus manos unidas. Neo se percató de que ella temblaba ligeramente.

- ¿Qué te pasa? – preguntó preocupado - ¿No vas a decir nada? ¿Acaso no puedes decirme si existe la posibilidad de que sientas por mí lo mismo que yo siento por ti?

- Yo… - tartamudeó ella en voz casi inaudible, confusa – Neo… yo…

- ¿Sí?

- Yo… yo no te creo.

Cortex parpadeó sorprendido.

- ¿Cómo que no me crees?

Ana fruncía el ceño.

- Que no creo que sea cierto que me quieres.

- ¿Cómo que no? Es de las pocas cosas que estoy seguro. Escúchame: nunca imaginé ser capaz de sentir algo tan profundo por alguien. Nadie, absolutamente nadie, ni siquiera mis padres, fueron tan amables conmigo ni me dedicaron ni un sólo gesto de cariño, ya lo sabes. Tú has sido la única que ha hecho algo así... a la que he llegado a impresionar. Cuando empecé a sentir todo esto quise negarme, quise resistirme pero mis sentimientos por ti no podían detenerse por mucho que yo lo haya intentado. Me has cambiado ¿acaso no lo has notado? Porque has conseguido que sienta afecto por alguien, Ana.

No había podido expresarse de una manera más clara. Pero ella hizo algo que provocó que sus esperanzas se evaporaran, algo que provocó que todo los nervios que contenía se desparramaran por su cuerpo, aturdiéndole; Ana negó fuertemente con la cabeza y retiró las manos alejándolas de las suyas. Ese gesto fue suficiente respuesta para él.

Cortex luchaba por mantener la compostura.

- No – repitió Ana, testaruda. Una idea surgió en su mente en medio del torbellino de confusión que sentía. Reprimió una náusea – Tú no sabes qué es el amor.

Neo sintió como si lo hubieran abofeteado pero eso jamás le hubiera dolido tanto como lo que ella le acaba de decir.

- ¿A qué te refieres? – intentó, desesperado – ¿No es amor que se me acelere el pulso cuando te veo? ¿Qué me den ganas de sonreír cuando escucho tu voz? ¿Qué te vea triste y sólo quiera consolarte e, incluso, protegerte? ¿Qué cuando estoy cerca de ti sólo deseo…? Si esto no es amor, dime entonces qué es porque me siento perdido.

- Lo que deberías preguntarte es por qué sigo aquí.

Neo dejó caer la mandíbula y la miró sorprendido.

- ¿A qué te refieres?

Ana suspiró.

- Te has dado cuenta, o eso dices, de lo que quieres. Pero eres tan egoísta que no te has dado cuenta de lo que más quiero yo.

- ¿El qué? – preguntó él súbitamente – No tienes más que pedirlo y yo te lo conseguiré, como si me pides la mismísima luna…

- ¿Lo ves? No quiero la luna, Neo… lo que quiero es volver a casa. Es lo único que deseo.

Se hizo otro silencio incómodo sólo interrumpido por el susurro del mar. Cortex seguía observándola con los ojos abiertos como platos. Por fin pareció entender.

- Volver… a… casa – repitió mirando a un punto fijo que no parecía estar ahí.

- Sí – dijo Ana – Por si no te acuerdas, soy tu prisionera. Es cierto que estoy relativamente bien aquí, que gozo de cierta libertad, que he aprendido muchísimo y que me tratáis bien – continuó eligiendo con cuidado las palabras – Pero tú… no… no puedes decir que me amas y tenerme como una cautiva. Si de verdad lo hicieras, dejarías que me marchara. Es lo que hace la gente buena; buscan lo mejor para aquellos a los que aman independientemente de si a ellos les perjudica o no.

Esas palabras tuvieron un efecto curioso en Neo. Ana se mordió los labios según las pronunció porque comprendió que podía haberle ofendido y se preparó para lo peor. Pero él no se enfadó si no que miraba al horizonte, meditabundo. Finalmente tomó la botella y los dos vasos, incorporándose.

- Tienes razón –dijo con una voz carente de emociones – Yo no entiendo de esas cosas… Como bien dices, soy una mala persona. Quizá fuera mi destino y quizá por eso la vida no ha hecho más que darme patadas en el trasero en el momento en que he bajado la guardia queriendo buscarme un hueco entre los demás.

- Oye, Neo…

- No, no hace falta que digas nada más – luego miró hacia el cielo – Es tarde. Será mejor que vayas a descansar. Ya le devuelvo a Brio todo esto.

Y abandonó la playa sin esperarle.

Por su parte Ana le observó hasta que desapareció por la puerta del castillo. Luego desvió la mirada hacia la luna y las estrellas, fríamente indiferentes ante lo que acababan de presenciar.