Capitulo 9: Las 108 Estrellas Malignas
"¿Es acaso posible golpear a un dios? Un solo humano lo logro… ¿Y será probable despertar el amor de un dios hacia un humano? Este mismo lo hizo ser posible. El día que logro atentar contra el poderío de los dioses, ese día desapareció su estrella del firmamento."
Edmont y Metis observa como el cuerpo de su compañero cae lentamente sobre la arena, manchando su cristalino color con el de la sangre, espesa y caliente. La expresión de Metis quedo congelada ante el hecho, temiendo que su compañero haya muerto en el eventual enfrentamiento contra hades, aún con ayuda de su diosa. Sin embargo, más que detenerse a pensar, Edmont corrió hasta su compañero, levantándolo de la arena y viendo que efectivamente sus signos vitales seguían mostrando su existencia. Habiendo comprobado el estado del santo de la tercera casa, capricornio sostiene el cuerpo de Alwar con su brazo izquierdo, mientras el derecho permanecía erguido en espera de cualquier objeto o persona que decidiera desafiarlo.
Viendo todo desde los cielos, Hades observa firmemente a los santos enemigos desde la era mitológica, analizando y buscando su parentesco con los anteriores santos. Se acordó en ese momento, que justo en la antigua guerra, la última donde su cuerpo fue destruido, él había llamado a varios santos que habían muerto antes de la guerra santa, para que se levantaran en contra de su diosa recompensándolos con la vida eterna. Allí recordó, que entre ellos, solo cuatro santos lograron llegar hasta Athena y tres se unieron en un grupo enfrentándose a muerte en contra de sus compañeros, arrebatándole la vida al santo de Virgo y blasfemando contra su diosa al usar la técnica prohibida ante un santo. La sonrisa malvada se dibuja en el rostro de hades, cuando reconoce que eran esas mismas tres armaduras que ahora se enfrentaban frente a él: Géminis, Capricornio y Acuario.
- Ahora entiendo… el destino suele ser algo incomprensible, pero siempre termina dando vueltas sobre su mismo eje, repitiendo una y otra vez acontecimientos pasados. – Murmuro Hades con placer en su rostro – Acaso, ¿ustedes han venido a vengar el dolor de sus antecesores?
Edmont y Metis escuchan las palabras sin entender a que se refería el dios intentando recordar las historias de sus anteriores encarnaciones, a quienes ellos reconocían como El Cid de Capricornio y Degel de Acuario.
- No sé a qué te refieres Hades, pero puedes jurar por ti mismo si es necesario que te volveremos a enviar al tártaro, ¡el lugar de donde no debiste regresar! – Respondió Edmont de forma desafiante, sintiendo como la espada en su brazo derecho se afilaba ante el posible contraataque.
- Quiero verlos intentarlo, Santos de Athenea… - Susurro seductoramente hades, dibujando una sonrisa embriagada en malicia. – Pero no será hoy. Ya que su diosa ha decidido intervenir, veremos si puede hacerlo para defenderlos del ejército que me protege.
Con esas palabras, Edmont y Metis siente como desde las sombras del bosque, van apareciendo decenas de figuras que poco a poco iban tomando forma. Metis de Acuario se posiciona en guardia hacia el bosque, mientras Edmont intentaba mantener en su vista a su espalda y la figura del dios que estaba frente a él. Prontamente, las figuras aparecieron frente a ellos, cubiertos de una armadura que brillaba con el color de la noche, como si fueran joyas del inframundo y escondiendo su rostro tras los cascos que eran reflejados a través de la luz.
- Armaduras oscuras… estas deben ser sapuris… - Intuyo Metis asustado al ver todo lo que se había convertido una simple investigación.
- Entonces, ¡estos son los 108 maseis que despiertan con Hades! – Exclama Edmont apretando sus dientes al verse en tal desventaja – Jamás pensé tener la oportunidad de ver la leyenda revivir ante mis propios ojos.
- Así es, estos son mis 108 espectros, aunque aún falta algunos por despertar, ya la mayoría ha recibido y aceptado mi llamado. Estas dispuestos a morir por mí, ¡ya que les dejo la promesa de la vida eterna!
- ¡¿Vida eterna?! – Murmuraron los dos santos –
- Así es… no importa cuánto lo derroten, yo los volveré a traer a la tierra. Ahora, ¿Athenea levantara su mano divina en contra de humanos poseídos? Quiero verlo…
La idea de la inmortalidad de sus enemigos asusta a los dorados. ¿Cómo combatir contra un ejército inmortal? Metis cruje sus dientes sosteniendo dentro de sí su coraje, aunque por lógica estaban condenados…
- Bien, espectros. ¡Acaben con estos santos de Athenea! – Ordena Hades al tocar tierra y despejar su larga cabellera negra de su frente, con un movimiento sinuoso de manos.
La imperactiva frase fue inmediatamente acatada, provocando que la decena de espectros primeramente formaran un semicírculo que iba acorralando a los santos hacia la costa. Edmont sostenía con fuerza el cuerpo inconsciente de su compañero de combate viendo una forma de poder liberarse de la amenaza que los rodeaba y poder llevarlo a un lugar a salvo. La brisa de la noche que caía sobre ellos y el olor a sal de la costa no lograba distraerlos de la amenaza que los acosaba. Pensando en eso, escucha la voz de Metis.
- Edmont… usa tu escalibur sobre la arena, has un corte vertical que ciegue la vista de nuestros enemigos por un momento…
- ¿En tierra? – Murmuro Edmont confundido –
- Así es…
La mirada de Metis brillaba como si calculara el mínimo movimiento de su adversario y se preparara para ello. En ese momento, Edmont comprende que si eso era lo que necesitaba Metis, entonces, eso le daría. No en vano, era uno de los mejores estrategas del santuario. Poniéndose frente a los espectros que seguían acercándose con sonrisa burlona, Edmont levanta su brazo derecho midiendo el ataque para lograr un corte efectivo.
¡EXCALIBUR!
Con un movimiento perfecto, Edmont golpea la arena y provoca que los espectros se dispersen alrededor de un muro de arena que se elevaba en el cielo. Sorpresivamente, ese muro de Arena se congela antes de caer.
- ¡Ahora! – Grita Metis de Acuario al saltar sobre la pared helada y escabullirse frente a los espectros confundidos.
- ¡Si!
- ¡Diablos! ¡Se escapan! – Grita Gordon de Minotauro afilando inmediatamente su brazo derecho
- ¿Y qué esperan para seguirlo?
Detrás de ellos, uno de los jueces del infierno aparece con la flamante sapuri adornada con potentes alas. Sus ojos profundo y dejando entre ver mechones dorados debajo de su casco, da una mirada autoritaria que comprenden sus espectros. Su poder y dominio era claro… era Radamanthys de Wynver, el juez más fiel a hades.
- ¡Traigan sus cabezas! – Grita Radamanthys al mismo tiempo que un grupo de 20 espectros corren detrás de los santos que se escabulleron en el bosque.
Edmont y Metis corrían apresuradamente en el lugar, saltando entre los arboles tratando de huir de la amenaza. Sin embargo, los bosques empezaron a consumirse entre las llamas y las aberturas de tierra provocada por los ataques de los espectros. Los santos observan que frente a ellos se encontraba el pueblo y temen llevarles la amenaza a sus habitantes inocentes y totalmente ausentes de lo que estaba ocurriendo. En ese momento se detienen.
- Si seguimos huyendo hacia el pueblo, lo destruirán a su paso… - Analizaba Metis mientras sentía que el calor de las llamas se acercaba hacia ellos. - Pero si los enfrentamos… ¿saldremos vivos?
- Enemigos Inmortales… ¡como se supone que nuestras antiguas encarnaciones lograron vencer esta amenaza!
¡CORONA BLAST!
El grito áspero sucumbió el humo del bosque y llamó la atención de los dos santos. En ese momento, ven como una gigantesca bola de fuego negro, tan ardiente y escandalosa como si vieran al mismo sol acercarse, se ve caer del cielo hasta la tierra. Una explosión se vio a lo lejos, lo cual termino de alarmar a los ciudadanos que vivían en el pueblo aledaño, y estos salieron corriendo despavoridos del lugar, cuando observan las flamantes llamas devorar todo lo que se atravesaba en su camino y amenazaba con consumir en su manto ardiente todo el pueblo.
El viento y el fuego que agobiaba el bosque bloqueo la vista de los contrincantes en el lugar, dejando que el humo se posesionara del poco oxigeno que quedaba, víctima de las llamas infernales. Edmont abre los ojos lentamente, lastimada la vista por las cenizas que bailaban en el aire, y observa una armadura dorada frente a él. La cabellera negra, lacia como los hilos de la noche, cae vertiginosamente mientras la capa blanca y pesada se llenaba de cenizas y humo. Frente a ellos, un muro de cristal los había resguardado de la enorme ola de fuego, la cual se disperso alrededor y consumía todo lo que encontraba.
- Una pared de cristal… - Dice el espectro con alas negras al ver que su ataque no había funcionado.
- ¡Nergio! – Exclamo Edmont y Metis con sorpresa –
- He venido por órdenes de nuestra señora. Veo que ya estamos en medio de la guerra.
- ¡Kagaho! ¿Qué haces aquí? ¡Nuestro Señor Radamanthys nos ha enviado a nosotros!
El espectro Kagaho de Bennu, la estrella celeste de la violencia observa con desprecio a los tres espectros a su espalda. Sylphid de Basilisco, Queen de Alraune y Gordon de Minotauro; tres espectros bajo el servicio del juez Radamanthys. Queen de Alraune, un espectro de apariencia femenina, con látigos que cortaban y destajaban todo a su paso, da un paso frente al espectro del fuego negro, desafiándolo con la mirada.
- No necesito ordenes para pelear – Respondió Kagaho decidido –
- ¡Estos dorados serán nuestros! – Grita Gorgon afilando su filosa arma en su brazo derecho.
Mientras los espectros discutían brevemente, un espectro oculto en la tierra se acerca por detrás de los dorados sigilosamente, como un animal rastrero. Edmont y Metis sienten su presencia.
- Ve a esconderte en las faldas de Hades, Kagaho. ¡Esta pelea nos pertenece! – Exclama Queen decidido a hacerlo ceder –
- Si es de ustedes, ¿porque no la toman como suya?
¡WORN'S BIND!
De la tierra, decenas de tentáculos negros salen para amarrar a los santos dorados. El grupo de espectro observan como alguien se les había adelantado para tomar su presa mientras que Edmont voltea y analiza los tentáculos que se acercaban a él, mientras prepara su brazo derecho. Un solo movimiento fue necesario.
¡EXCALIBUR!
Dos ráfagas cortantes se llevo por delante los tentáculos del espectro, partiendo su surplice y cuerpo en cuatro partes, cayendo los pedazos al suelo que sufría las altas temperaturas del lugar. Aprovechando ese momento de distracción, Nergio toma el hombro de Edmont y Metis sin dar mayores explicaciones.
- Nergio tu…
- ¡Mi misión es sacarlos de aquí!
- Pero, ¡el pueblo! – Exclama Metis sintiendo la luz dorada abarcar su cuerpo –
- Las órdenes de Athenea fueron precisas.
Los espectros observan como el dorado recién llegado emanaba una luz de su cuerpo, que se abría como un sendero dimensional. Al darse cuenta que buscaban teletransportarse, Queen de Alraune y Gordon de Minotauro actúan rápidamente, lanzando sus dos ataques en vano. Para cuando se disperso el humo y los escombros, los santos dorados no estaban allí.
En el santuario, Anthos observaba extrañado como Sophia de Virgo no había salido aún de la recámara del patriarca, desde que subió en la mañana. Al mismo tiempo, vio como las doncellas sin dar explicaciones bajaron y subieron del templo apresuradamente, y luego como Nergio de Aries subió y bajo tan rápidamente, denotando en su rostro una profunda preocupación. Y para completar el cuadro de cosas extraordinarias, sintió como Athenea desde su templo a la altura del santuario, enviaba su cosmos a un destino desconocido. Tanto silencio confabulado, tanta exaltación no era común y algo le decía, en su interior, que algo grave acaecía.
Veía como la noche ya había arropado todo el lugar y los cielos estrellados engalanaban la vista desde su templo, aunque más que darle tranquilidad, le provocaba una ansiedad imposible de ignorar. En ese momento que meditaba en las acciones ocurridas en el día, Anthos siente los pasos apresurados de otra doncella del santuario, visiblemente asustada y quien traía en sus manos aquel amuleto que Sophia solía llevar en su antebrazo: El rosario de las 108 cuentas. El pisciano se atravesó en el camino hacia la salida de su templo, dispuesto a salir por fin de dudas.
- ¿Hacía donde se dirige sin pedir permiso?
La mujer se detiene con rostro avergonzado, se inclina ante él, dejando que sus bucles castaños cayeran sobre sus hombros y cubrieran su rostro.
- Señor Anthos de Piscis, lamento mi vergonzosa actitud. Le ruego perdone a su sierva. – Respondió la mujer asustada sabiendo el castigo que significaba no pedir permiso para pasar los templos. –
- No has respondido mi pregunta.
- Señor, llevo este rosario maldito hacía la señora Sophia de Virgo. Hace poco, cambio de color una cuenta… y no sé si eso es parte de la maldición que lo cubre…
Anthos muestra una expresión impactada ante esa respuesta. Cambio de color una cuenta, ¿que podría significar eso? Sabiendo lo improbable y a la vez preocupante que era lo sucedido, decidió ir el mismo a entregárselo.
- Entrégame el rosario, yo mismo iré a llevárselo. ¿Dónde se encuentra el santo de Virgo ahora?
- Cumpliendo el castigo de Athenea en la habitación del todo.
- Entiendo… - Murmuro Anthos dolido a escuchar la palabra "castigo" – Puede regresar, yo me encargo.
Después de observar como la doncella abandona su templo y se dirige a recorrer el templo de Acuario, Anthos voltea y empieza su recorrido hasta la habitación del todo, la cual se encontraba detrás de los aposentos del patriarca. Justamente, en el templo del patriarca, no se encontraba nadie allí, por lo cual pude escurrirse sin problemas hasta atravesar el pasillo y llegar a la puerta que resguardaba a su compañera. Al entrar sigilosamente, ve el cuerpo delgado y pequeño de su compañera, sentado frente a un mural de libros, pero dejando que su cabeza reposara entre sus manos. A su lado, se veía la máscara dorada inerte sobre uno de los escritos. La vista era conmovedora… Ver a su compañera encerrada y ante esa posición, visiblemente lastimada, sacudió el corazón del doceavo santo dorado, obligándolo a tragar grueso y dar un paso en falso hacia atrás. El ruido del oro a tropezar con uno de los estantes de madera llamo la atención de Sophia, quien subió su mirada sin voltear su rostro.
- ¿Quién está allí? – Pregunto Sophia desde su lugar –
- Soy yo, Sophia… - Fue lo único que murmuro Anthos – Lamento incomodarte.
El santo de Virgo tantea con su mano derecha hasta rozar su fría mascara dorada, la cual toma y con ella cubre su rostro, para luego levantarse pesadamente, dejando que su gruesa capa cayera a su lado. Anthos observó de nuevo con indignación, esa fría mascara cubrir el rostro de su compañero, alejándolo una vez más de la verdadera expresión de su rostro, de su latente dolor y de su imperfecta humanidad. ¿Cómo saber cómo lo miraba? Una vez más, interpelo dentro de sí la incoherente orden de Athenea sobre las amazonas.
- ¿Qué haces aquí Anthos? No debo recibir visita siquiera de un santo dorado. Es mejor que salgas antes que Athenea sepa que estas en este lugar.
Anthos sale de su momentáneo trance a oír las palabras del santo de la sexta casa. Recuerda en ese momento cual era la verdadera razón por la cual él estaba allí era para entregarle el rosario... o… ¿solo era una excusa?
- Yo… vine a entregarte esto… - Dijo Anthos bajando su rostro, el cual tomo un leve color rojo en sus mejillas, mientras que extendió su brazo derecho con el rosario. –
- El rosario… - Murmuro Sophia al ver lo que tenía entre sus manos su compañero. – Para que lo has…
- Una doncella venía corriendo con él, pensé que era algo impor… -Anthos callo de improvisto al sentir como el rosario fue arrancado de su mano izquierda.
Sorprendido ante la actitud agresiva de su compañera, Anthos sube la vista solo para ver como aquel rostro forrado de oro observaba fijamente las tres cuentas de color negro en el rosario. El cosmos de Sophia, vacilo por un momento, asustando al santo de Piscis.
- "El rosario… ha recuperado la razón por la cual fue creado."– Murmuro Sophia con una voz que temblaba dentro de su garganta.
- ¿Qué dices? – Murmuro Anthos sin entender.
Sophia deja caer sus manos con el rosario apretado entre sus dedos, denotando un ligero temblor en su cuerpo, mientras permaneció de pie totalmente inmóvil. El panorama hizo que Anthos de Piscis por primera vez sintiera un frio viento colarse entre su armadura dorada, erizando su piel y alarmándolo de peligro.
- "Una nueva Guerra Santa está por comenzar."… - Volvió a murmurar Virgo - … No, ¡una nueva guerra santa ya ha comenzado!
Esas palabras helaron los sentidos de Anthos, aún si no terminaba de digerir lo que significaba… ¿Una guerra Santa?
angel de acuario: Gracias por tu comentario. Que bueno que te haya gustado este capitulo!
IceQueen102: Que linda, gracias po leerme!!! tarde un poco pero ya regrese con otro capitulo, y espero que les guste!!
