Después del nacimiento de Harry, la calma se rompió en nuestro querido mundo, desapareciendo lo que había parecido una paz y una victoria sobre la oscuridad que emanaba Lord Voldemort. Lo acontecido durante estos meses hasta el final de la guerra hizo que mi corazón se endureciera como la piedra después de recibir varias heridas seguidas. Muchos expertos muggles hablan sobre las secuelas que deja una guerra. Por ejemplo, muchos soldados que lucharon en la Segunda Guerra Mundial Muggle tuvieron que ser internados por especialistas en psicología, pues las bombas, los disparos y los compañeros muertos durante el fragor de la batalla resquebrajaron la razón de su ser, consumiéndolos en una locura continua para el resto de sus vidas.

Muchas veces me pregunto cómo no he acabado como ellos. Quizás en el Mundo Mágico, las guerras son diferentes. Aunque, a decir verdad, eso no es del todo cierto. ¿Qué diferenciaba a Adolf Hitler de Lord Voldemort? Ambos buscaban la pureza de la raza, extinguiendo a todos aquellos que fueran diferentes a sus ideales. En el caso del dictador muggle, fue instaurar la raza aria en todo el mundo. En el caso de Lord Voldemort, erradicar a todos aquellos que no fueran sangre pura. Al fin y al cabo son dos jugadores en una gran partida, los cuales nos usan como peones sin importarles las consecuencias que tuviéramos.

Esta etapa de mi vida que recuerdo tiene más sombras que luces. Como he dicho antes, aún me sorprende que mi mente siga siendo tan cuerda. ¿Será que los magos tenemos una resistencia mayor al dolor de la pérdida? Supongo que al final, después de sufrir tanto, después de haber vivido los horrores de una guerra, mi cabeza, corazón y alma estaban preparados para cualquier cosa. No digo que no lloré la muerte de mis seres queridos. Simplemente es una sensación fría de aceptación, la cual te obliga a continuar sin mirar atrás.

Eso fue lo que ocurrió a partir del verano de 1980.

Lily y James estaban encantados con el alumbramiento de su primogénito. El pequeño Potter era la alegría de la casa. Dumbledore vio oportuno que los Potter buscaran una casa en Londres y se alejaran un poco de la guerra, para así poder criar a su hijo. Esa decisión no fue aceptada del todo por ambos, sobre todo por James. Quería seguir luchando junto a la Orden. Tras una acalorada discusión con el apacible director de Hogwarts, decidieron que James iría a las misiones de la Orden, quedándose Lily con el niño.

El barrio que los Potter eligieron no estaba del todo mal. Era una zona tranquila y de buenas familias, a diferencia de lo que Lily y yo habíamos vivido en nuestros veranos de Cokeworth. No había chimeneas enormes que desprendían humo negro, haciendo que el cielo estuviera nublado, ni un río de basura que infectaba con solo mirarlo. Era un entorno bueno para Harry. Lástima que su estancia allí sólo durara hasta la Navidad de 1981. Siempre iba a casa de los Potter a hacerle compañía a mi prima. Sirius había tenido problemas en su casa ya que se mostraba reacio a los ideales que su madre, matriarca del clan Black, intentaba imponerle. Harto de la situación en su casa, se marchó sin mirar atrás, abandonando la lujosa mansión en la que la señora Black se había acomodado tras la muerte de su marido, abandonando Grimmauld Place definitivamente. James lo acogió en su casa como si fuera un hermano.

La noticia de que existía una profecía hablando sobre el destino del mago oscuro corrió como la pólvora por entre los miembros de la Orden que quedábamos vivos.

-¿Qué es lo que dice esa profecía?-preguntó una vez Sirius, en una reunión convocada por Dumbledore en una de las casas que había comprado la fortuna de James un año atrás. Todos nos quedamos expectantes ante la respuesta del director.

-Me temo, amigo mío, que eso no puedo decirlo. No sabemos aún qué significa esa profecía ni a quién se refiere. Sólo sé que alguien conseguirá derrotar a Voldemort tarde o temprano…-respondió el viejo director, acariciándose la barba cana que tapaba su rostro.

-¿Es fiable esa profecía? Muchas son sólo parloterías de estafadores que dicen ser magos con el fin de hacer una fortuna-dijo Moody, dando un seco golpe en el suelo con su cayado.

-Tranquilo, Alastor, la persona que me ha confiado la profecía es una gran maestra en adivinación. Confío plenamente en ella.

-¿Y qué debemos de hacer ahora?-preguntó Arthur, mientras se pasaba una mano por los mechones pelirrojos de su cabeza-¿Esperar o atacar?

-Debemos seguir como si no pasara nada. Tengo entendido que Lord Voldemort ha conseguido el beneplácito de los gigantes y piensa ir con ellos a Hogwarts. No sé qué ansía buscar en el castillo.-Dumbledore se levantó de su asiento, dirigiéndose hacia la ventana-Lo único que sé es que tenemos que impedírselo como sea... porque quizás sea un instrumento clave en su obsesión por la limpieza de sangre en nuestro mundo…

Nos quedamos en silencio, aceptando las órdenes del director. Miré a James, que tenía una cara un tanto ceniza. Era palpable su preocupación por Lily y su hijo. Días antes a esa reunión le había ofrecido mi casa de Italia. Pero el joven no se atrevía a salir del país, pues la frontera seguía cerrada y custodiada por mortífagos que no dudaban en acabar con aquellos que buscaban la libertad lejos de la tierra anglosajona.

-Estamos enjaulados. Lo único que podemos hacer es luchar o morir…-respondió a mi propuesta en un tono serio y frío.

Tal y como había dicho Dumbledore, los gigantes aparecieron en Hogsmeade a principios de Noviembre. No participé en esa batalla. Luego descubrí que había sido la más carnicera de todas. Muchos amigos nuestros perdieron la vida luchando contra esas bestias. Molly perdió a sus hermanos mellizos, Gideon y Fabian Prewett. Nuestro instructor Dearborn desapareció en combate. Le dimos por muerto tras buscar su cuerpo en todo el campo de batalla. Junto a ellos, una inmensa lista de asesinados y desaparecidos fueron tallados en una enorme placa de mármol conmemorativa que aún sigue puesta a las espaldas de la iglesia del pueblo de Hogsmeade.

En esa placa también figuró, figura y figurará el nombre de mi padre.

Conocía bien esa placa. Cuando iba a hacer recados a su madre en el mercado del pueblo, se encontraba a Sarah leyendo detenidamente la plancha de piedra que era carcomida por el moho y las altas hierbas descuidadas de la iglesia. En su rostro podía ver la tristeza en sus ojos, seguramente al recordar a todos aquellos que sucumbieron a la batalla contra los gigantes. La lista era bastante larga, ocupaba cuatro columnas de la inmensa placa. Se imaginó el dolor que tuvo que sufrir la anciana al ver una y otra vez el nombre de Mark Evans en él y lo compartió dejando derramar un par de lágrimas.

Mi madre quedó bastante deshecha ante la noticia de la muerte de mi padre. Al parecer, el Ministerio inglés había pedido ayuda a los demás Ministerios europeos para que lucharan en la guerra. Mi padre fue enviado a dialogar con los gigantes junto a otros miembros del departamento en el que trabajaba. Pero, al llegar al clan, unos mortífagos les pillaron desprevenidos, quizás esperando su llegada; y acabando con sus vidas de inmediato, dejando sus cuerpos bajo el amparo de los gigantes.

La versión que se le dio a Antonella fue que murió en mitad de la batalla. No quería que sufriera más, por eso tuve que tomar esa decisión. Hubiera dado mi vida por volver con ella a Italia, para llorar la muerte de mi padre. Pero me necesitaban más en la Orden, además de que sabía que la frontera era en ese tiempo un continuo ataque por parte de los aliados europeos y de los mortífagos.

No tuve tiempo de respetar el luto. Después de una ardua batalla, consiguieron reducir a los gigantes, desterrándolos a tierras recónditas, alejados de la civilización, donde el fuego y la montaña era lo único vivo en el lugar. La victoria estaba casi rozando la punta de nuestros dedos. Lord Voldemort se escondió junto a los pocos mortífagos que quedaban al ver que sus fuerzas poco a poco iban decayendo.

La noche de Navidad la celebramos en casa de los Potter junto a mis tíos y la familia de James. Guardamos unos minutos de silencio, recordando a todos los caídos en la Batalla de los Gigantes (como he visto que la nombran en algunos libros de texto). Mis tíos se habían mostrado bastante cariñosos conmigo, sobre todo mi tío, el cual sentía el mismo dolor que yo al perder a su hermano mayor. Petunia y su marido Vernon también habían asistido a la cena. Eran los únicos que no estaban tan afligidos. Supongo que era normal, ya que la relación entre Petunia y mis padres no era del todo estrecha como la tenía Lily.

-Le mandaré mis condolencias a tu madre cuando llegue a casa-me dijo mientras cenábamos el pavo relleno de mi tía. Me mostré un tanto sorprendida ante tales palabras. Seguramente las dijo por compromiso, o no, quién sabe. El caso era es que Petunia se había mostrado un poco amable conmigo, después de años metiéndose con nosotras durante la infancia.

-Gracias, eres muy amable. Seguro que le hará ilusión…-musité, jugueteando con la comida intacta de mi plato.

El resto de la velada tampoco fue demasiado animada. Vernon comenzó a hablar sobre los caídos en la Guerra Mundial Muggle y no se qué perolatas más acerca de la patria y la estupidez de morir por el país. James, el cual no tragaba a su cuñado, se enzarzó en una discusión que acabó sacando la varita a los magos presentes. La tensión era palpable. Esa discusión no llegó a mayores gracias a la visita inesperada de Dumbledore en la casa.

-Lily, James, tenemos que hablar en privado. Siento la intromisión, pero es de crucial importancia.

Lily me dio a Harry mirándome confundida. El pequeño babeaba un sonajero de juguete ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Lo mecí con cuidado, mientras observé a la pareja ir al salón, cerrando las compuertas. Suspiré y volví a centrar mi atención al pequeño, el cual miraba a su primo un tanto asustado, ya que el pequeño Dursley había empezado una nueva tanda de berridos desde el cochecito. Acaricié las mejillas regordetas del pequeño, dándole un beso en la frente. Eso hizo que éste volviera a mirarme y sonriera levemente.

-Eres un James en miniatura bastante precioso…-le susurré, haciéndole carantoñas con el sonajero-Y tus ojos son igual de bellos que los de Lily…

Harry, que no me entendía, se limitó a intentar coger el sonajero que tenía en mis manos.

La reunión con Dumbledore se alargó varias horas. Sirius y yo caminábamos nerviosos frente a la puerta, bajo la atenta mirada de mis tíos, los Dursley y los padres de James. El reloj dio las doce de la madrugada. Las puertas se abrieron devolviendo a una Lily pálida y a un James aparentemente preocupado.

-Tenemos que irnos…-dijo el muchacho a los presentes-Tenemos que mudarnos a una nueva ubicación… El-que-no-debe-de-ser-nombrado ha… ha…

-Ha escuchado la profecía… y al parecer ha llegado a la conclusión de que la persona que puede acabar con él es Harry… Estamos en su punto de mira.

Me quedé estupefacta, al igual que los presentes. Los Dursley, cómo no, se miraron un tanto confundidos.

-Pero… ¿cómo es posible eso? Es decir, hace poco no sabíamos nada de esa profecía…-dije cuando pude recuperar la voz. Harry nos miraba a todos volviendo a chupar el sonajero.

-Uno de sus seguidores ha desertado y ha decidido darnos esa información a escondidas de su amo-explicó Dumbledore de forma tranquila, aunque la preocupación también era visible en su rostro-Debemos de esconder a los Potter en un lugar seguro…

-¿Y dónde va a ser?-preguntó la señora Potter, abrazada a su marido-¿Quién guardará el secreto?

-No puedo decirles dónde va a ser. El secreto de su nueva ubicación, por decisión de James y Lily, van a guardarlo Sirius y Sarah. Mientras, buscaremos la manera de distraerle mientras que Harry crezca…-comentó el director.

Esas palabras provocaron en mí cierto malestar. ¿En serio iba a dejar que el pequeño que sostenía entre mis brazos se enfrentara a un mago tenebroso? Miré a Lily, la cual percibió mi malestar. Negó levemente con la cabeza, dándome a entender que debíamos confiar en Dumbledore.

-Está bien…-dijo mi tío levantándose-Entonces haremos lo posible para esconderles. Ese mago tenebroso del que habláis no ha de encontrar nunca a Harry hasta que esté preparado.

Los Potter afirmaron, haciendo ver que estaban de acuerdo con ello. Los Dursley, sin embargo, seguían mirándonos como si hubiéramos escapado de un manicomio y nadie hacía por devolvernos allí.

Esa misma noche, la casa de Londres fue desalojada. El escondite de mi prima y su familia fue una pequeña casa en Godric's Hollow. Dumbledore lanzó un poderoso hechizo Fidelio, nombrándonos a Sirius y a mí guardianes de los Potter. Tras adecuar la casa con unos encantamientos, nos sentamos los cuatro junto a la chimenea. Harry dormía en los brazos de Lily.

-¿Cómo hemos llegado a esto?-preguntó James, sin dejar de mirar el fuego-Ha sido todo por mi culpa…-susurró.

-No, James, no es por tu culpa nada…-dijo Sirius, dándole una leve palmada en el hombro-No debes de preocuparte, Dumbledore sabe lo que hace.

-¿Estás seguro?-James miró a su amigo con gesto derrotado-Muchas veces tengo dudas de Dumbledore y de si esta pesadilla no fuera a acabar nunca…-volvió su mirada al fuego, el cual se relfejaba en sus gafas redondas-Si no me hubiera enfrentado a él en Hogsmeade…

Claramente se refería a Lord Voldemort. Lily negó con la cabeza, dejando a Harry en su cuna.

-No, James, no es tu culpa ni de nadie. El destino no se puede predecir… no podemos hacer nada, simplemente esperar e intentar llevar una vida normal como todos, disfrutando de nuestro pequeño durante los años que nos espera confinados en este lugar…

-Tiene razón, James-dije, tragando saliva-No es culpa de nadie…

El silencio nos volvió a invadir. Fuera podíamos escuchar los villancicos que cantaban en la casa de al lado. Ojalá nosotros también hubiéramos podido celebrar las fiestas como esos muggles, despreocupados, sin tener miedo a que sus vidas peligren. Básicamente, vivir en paz.

Nos despedimos de los Potter a la mañana siguiente. No podíamos quedarnos allí, así que volvimos a Grimmlaud Place, el cual estaba desierto y bastante abandonado.

-Tengo miedo, Sarah…-susurró una noche Sirius sobre mi cabeza. Estaba abrazada a él, sin poder pegar ojo. La responsabilidad que había recaído sobre nuestros hombros era demasiado pesada como para poder conciliar bien el sueño.

-Sirius…-susurré, rememorando la conversación que tuvimos hacía ya casi un año y medio-No va a ocurrir nada malo. Saldremos de ésta, como hemos hecho en otras ocasiones…

Recibí un gruñido por parte del chico.

-¿Y si nos encuentran los mortífagos y nos torturan?

-No va a pasar eso…

-Ya, pero ¿y si ocurriera…?

Suspiré profundamente, incorporándome un poco y mirando su rostro oculto entre las sombras de la noche.

-Si ocurriera, piensa que lo hacemos por ellos… por Harry.

Besé sus labios con delicadeza, mientras mi mano acariciaba su áspera barba. Sirius se relajó ante tal gesto y me devolvió el beso, abrazándome más contra él.

El beso se convirtió en fuego en nuestros cuerpos, que inmediatamente estaban desnudos el uno contra el otro. Nunca antes había estado desnuda ante un hombre, por lo que mis nervios afloraron en mi piel rápidamente. Durante la guerra, no tuvimos mucha oportunidad de demostrar nuestro amor bajo las sábanas, fundiéndonos en un solo cuerpo. Las caricias del joven despertaban en mí un profundo sentimiento de deseo, una nueva experiencia. Entre gemidos, gruñidos y crujir de muelles hicimos más fuerte el lazo que nos unía a ambos.

En aquél momento descubrí la capacidad que tiene el ser humano de amar a su semejante tanto como a él mismo. Descubrí los placeres que estaban ocultos en mi cuerpo, los cuales eran arrancados por las caricias de Sirius. Aquella noche fuimos un solo corazón latiendo entre las sombras, llegando al éxtasis que nos transportó a una dimensión sin espacio ni tiempo, haciéndonos olvidar de la realidad y de todo lo que nos rodeaba, desahogándonos de la tensión sufrida en esos meses pasados.