Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.

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CAPÍTULO 09

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A la mañana siguiente, cuando un cansancio sin precedentes se apoderó de él, Suigetsu se dio cuenta de que debería haber dormido cuando Karin y él volvieron al club. Pero, en lugar de descansar, había estado ocupándose de un lord al que habían acusado de hacer trampas, y luego pasó una considerable cantidad de tiempo explicándole a una de las chicas que no podía pedirle que matara a un hombre sólo porque éste se hubiese cansado de sus favores. Después, mantuvo una corta conversación con el conde de Aburame, que podría solucionar uno de sus problemas.

Jugo se había pasado por allí para informarle de que lo único que había descubierto sobre los primos hasta el momento era que los dos llevaban una vida muy reservada, lo que, justamente, le hacía pensar que eso era motivo más que suficiente para observarlos más de cerca. A Jugo le encantaban los buenos enigmas. Si los primos de Hoshigaki estaban ocultando algo, él lo descubriría.

Pero Suigetsu había pasado la mayor parte de la noche estudiando la forma de aumentar sus ganancias.

Tal como le había dicho a Karin, había dormido muy poco desde que asistió a la lectura del testamento, por lo que, cuando llegó a la residencia del duque y se dio cuenta del caos que había en la casa, se sintió completamente exhausto. Se oía ruido de muebles que alguien arrastraba, y le llegaban gritos de distintas voces:

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—¡Inojin! ¡Su excelencia! ¡Joven amo!

Era evidente que el chico había causado alguna clase de revuelo. Suigetsu no lo creía capaz de hacer algo que no fuera sentarse en silencio y comportarse perfectamente. Se alegraba por él. Lo natural era que un niño hiciera alguna travesura de vez en cuando.

Estaba empezando a subir la escalera cuando vio cómo la duquesa la bajaba a toda prisa.

—Oh, gracias a Dios que por fin está usted aquí dijo ella muy apurada.

Él le sonrió.

—Finalmente está empezando a apreciarme, ¿eh?

—No, bufón. Inoji ha desaparecido.

Suigetsu tenía ganas de acostarse, no de jugar al escondite.

—¿Qué quiere decir con eso de que ha desaparecido?

—Pues que no está. Cuando su niñera se ha despertado esta mañana, mi hijo no estaba en su cama. Nadie lo ha visto. Hemos pensado que tal vez usted se lo habría llevado. ¿Ha sido usted?

Hablaba a toda prisa para poder hacerse entender cuanto antes y conseguir la respuesta de

Suigetsu en el menor tiempo posible. Cuando se calló, él se dio cuenta de la preocupación que le nublaba la vista.

—No.

—Entonces, ¿dónde está? ¿Cree usted que lo han secuestrado? ¿Es tal como usted sospechaba? ¿Está en peligro?

Suigetsu la cogió de los hombros.

—Tranquilícese, Ino.

Ella se apartó de él y casi se cayó por la escalera.

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—¡No quiero tranquilizarme! ¡Quiero encontrar a mi hijo! ¿Qué pasa si..., qué pasa si le han hecho daño? gimió.

—¿Quién querría hacerle daño?

—Usted parecía pensar que alguien querría lastimarlo.

Suigetsu se frotó la barbilla.

—Sí, sí, sí. Era verdad que él pensaba que el chico podía estar en peligro, pero ¿cómo podían haberlo secuestrado mientras estaba con su atenta niñera? Bueno, por lo visto no tan atenta. Sin embargo, le seguía pareciendo muy raro que alguien se hubiera colado en la casa para secuestrar a Inojin y hubiera vuelto a salir sin que nadie lo viera. ¿Dónde han buscado?

—En todas partes. ¿No será esto una de sus bromas absurdas o una de sus tácticas para hacerme entrar en razón?

—Llevo fuera muchas horas. ¿Cómo voy a ser yo el responsable?

Suigetsu se estaba empezando a cansar de su desconfianza. Comenzó a subir la escalera.

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—¿Adónde va? le gritó ella.

Ino jadeaba; era evidente que había estado corriendo por toda la casa y que se había quedado sin aliento. Lo desconcertaba ver en aquel estado a aquella mujer que siempre parecía tenerlo todo bajo control.

—A mi habitación, a lavarme la cara para espabilarme un poco así podré encontrar la forma de solucionar esto.

Suigetsu oyó el eco de las pisadas de ella mientras lo seguía escalera arriba. Lo sorprendía mucho la gran cantidad de detalles suyos que le estaban empezando a resultar familiares: el sonido de sus pisadas, su fragancia...

—¿No se lo llevó usted cuando se fue?

—Claro que no. Suigetsu llegó al rellano. Puede que haya ido a la Gran Exposición. Tenía muchas ganas de verla, ¿verdad?

—Pero nunca iría sólo. No sabría qué dirección tomar.

—Es un niño, duquesa. No necesita conocer el camino que conduce a la aventura. Sólo necesita saber que lo está esperando.

Abrió la puerta de su habitación.

—Pero ¿y si lo han secuestrado? preguntó ella.

Su voz sonaba al límite de la histeria. Suigetsu sabía que la única manera de tranquilizarla era encontrar a su hijo.

—Le pediremos ayuda a Jugo. Ese hombre puede seguir cualquier rastro con los ojos vendados.

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Entró en su habitación y se sorprendió al darse cuenta de que Ino entraba detrás de él. Era evidente que el pánico anulaba las buenas maneras. Si no hubiera estado tan nerviosa, Suigetsu habría aprovechado para tomarle un poco el pelo.

Se dirigía al mueble donde se hallaba el lavamanos de porcelana, cuando se oyó un golpe procedente del interior de uno de los armarios. ¿Habían buscado en todas partes? ¿O sólo habían mirado en los sitios donde esperaban que Inojin pudiera estar?

Suigetsu abrió la puerta del armario y el niño se abalanzó afuera como un animal salvaje.

—¡No-no! ¡No pi-pienso pe-permitírselo! ¡Yo no que-quería!

Suigetsu cogió al niño entre sus brazos instintivamente y lo abrazó, intentando calmarlo. Iba en pijama y se debatía como un tigre. Era presa de un intenso miedo y no dejaba de manotear.

—Tranquilo, chico.

—Suéltelo. ¿Qué le ha hecho? ¡Suéltelo! gritó la duquesa.

Suigetsu se agachó. ¿Con qué diablos le había golpeado? Notó cómo la duquesa le hacía un corte en la mejilla. Maldijo a viva voz, esquivó otro golpe y soltó al chico, que aprovechó para darle una patada en la espinilla.

Estupendo.

A Suigetsu se le aceleró la respiración y dio un paso atrás para poder localizar el arma; por fin pudo ver que ella estaba utilizando un atizador de hierro para golpearlo. El niño gimoteaba y decía que lo sentía. La duquesa seguía mirando con odio a Suigetsu mientras rodeaba protectoramente a su hijo con un brazo y mantenía el atizador preparado en la otra.

—¡¿Qué le ha hecho?! quiso saber ella.

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Suigetsu se tocó la dolorida mejilla con el dorso de la mano, la retiró y se quedó mirando la sangre.

—Lo si-siento dijo el niño, llorando y con las mejillas mojadas. No lo ha-haré nu-nunca más. Lo pro-prometo.

—¿De qué estás hablando, chico?

Se oyó un sonido en la puerta. La niñera había llegado y observaba la escena con preocupación; pero Suigetsu no estaba seguro de que fuera por el niño. Le parecía mucho más probable que estuviera inquieta por sí misma, por haber perdido al chico. ¿Cómo se llamaba? ¿Izaji? ¿Izami? ¿Izumi?

Izumi, sí.

—Yo me lo llevaré, su excelencia dijo, acercándose al niño.

—No, no lo harás le espetó Suigetsu con sequedad. Todo el mundo se lo quedó mirando. Por lo menos, habían dejado de gritar. No hasta que yo entienda qué está pasando aquí.

—Es evidente que usted lo aterroriza replicó la duquesa.

—Ya me he dado cuenta de que está asustado contestó él tranquilamente, cuando se sentía de todo menos tranquilo. ¿Qué es lo que has hecho mal, chico?

El niño negó con la cabeza con energía.

—¿Qué crees que te voy a hacer?

Inojin volvió a negar con la cabeza.

—Déjelo en paz ordenó su madre, volviéndose hacia la puerta con su hijo en brazos.

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—No. La amenaza debió de ser evidente en la voz de Suigetsu, porque ella se detuvo y lo miró a los ojos. Parece olvidar que soy su tutor. Y obtendré la respuesta a mi pregunta aunque nos tengamos que quedar aquí todo el día.

Suigetsu recordó cómo Jugo se había agachado frente a la duquesa días anteriores y, a pesar de que su instinto le impedía amilanarse ante nadie, se agachó, colocándose a la altura de los ojos del niño e intentó adoptar una actitud lo menos amenazadora posible.

—¿Me tienes miedo?

Inojin asintió.

—¿Por qué?

Inojin miró a su madre y luego miró a la niñera.

—No busques la respuesta en ellas, chico, piensa por ti mismo. ¿Qué crees que te voy a hacer?

Él empezó a mirarse los dedos de los pies.

—¿Te acuerdas de lo que te dije ayer por la mañana? ¿Recuerdas que te expliqué que tu padre me había pedido que te protegiera? Yo no conocía muy bien a tu padre, Inojin, pero sé que se preocupaba mucho por ti, y yo no me tomo a la ligera lo que me ha pedido. Te dije que nunca dejaría que nadie te hiciera daño. Entonces, ¿por qué me tienes miedo?

Suigetsu lo observó tragar saliva. Entonces le empezó a temblar el labio inferior.

—Me que-quemarás el pu-pulgar.

—¿Y por qué iba yo a hacerte algo así?

—Po-porque me o-olvidé y me lo chu-chupé mi-mientras estaba do-dormido.

Así que se había despertado, había descubierto que tenía el dedo en la boca y había decidido esconderse. Aquello estaba empezando a tener sentido.

—¿Quién te dijo que yo te quemaría el pulgar si te lo metías en la boca?

—Mi niñera susurró, como si estuviera revelando un gran secreto.

Suigetsu se incorporó mirando fijamente a la mujer, que de repente palideció.

—No me gusta la gente que aterroriza a los niños para que se porten bien. Estás despedida.

Recoge tus cosas. Te quiero fuera de esta casa en una hora.

—Pero, señor, no se me ocurrió nada más. Ahora es un joven duque. No debería chuparse el dedo.

—Es su dedo. Me importa un cuerno si se lo quiere chupar hasta que sea adulto. Recoge tus cosas.

Izumi miró a la duquesa.

—Su excelencia, apiádese de mí.

Ino abrió la boca...

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—Si me lleva la contraria en esto, usted también puede ir recogiendo sus cosas le espetó él, empleando un tono de voz tan firme que no permitía demasiada réplica.

Ella lo miró y, por primera vez, en sus ojos no se reflejaba ni enfado ni odio. Sólo el horror y la profunda lástima de lo que acababan de descubrir. Se dirigió a la niñera.

—Tiene razón. Lo que has hecho es monstruoso; es injusto para el señor Hozuki y absolutamente cruel con mi hijo. No puedo perdonarte ni defenderte. Me temo que el señor

Hozuki ha sido demasiado generoso dándote una hora para recoger. Quiero que lo hagas en la mitad del tiempo.

Izumi soltó un profundo sollozo antes de darse media vuelta y echar a correr por el pasillo.

Suigetsu miró a Inojin

—Yo nunca te haré daño. ¿Lo has entendido?

El niño parpadeó y asintió.

—Muy bien.

—Está sangrando dijo la duquesa.

—No es la primera vez que sangro. Ahora quiero darme un baño, así que salga de aquí.

—Señor Hozuk...

—Fuera rugió, apretando los dientes e interrumpiendo lo que ella iba a decir. Porque a usted, duquesa, quizá sí le haga daño.

Ino llevó a Inojin hasta la salida, cogió el pomo de la puerta y se quedó quieta.

—No pretendía contradecir su decisión de despedir a Izumi, pensaba lo mismo que usted incluso antes de que me amenazara.

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¿Acaso creía que aquella confesión iba a apaciguarlo? Pero antes de que él pudiera pensar en una respuesta apropiada, ella cerró lentamente la puerta.

Suigetsu se quitó el pañuelo de cuello de golpe, desgarrándolo. No era suficiente. Se acercó a una pequeña mesa que había junto a un sofá, cogió un jarrón y lo lanzó contra la chimenea, rompiéndolo en mil pedazos. Tampoco consiguió sentirse mejor.

Se había ganado la mala opinión de muchos hombres a lo largo de su vida, ¿por qué le molestaba tanto que una absurda duquesa creyera que era capaz de lastimar a su hijo? Su opinión no importaba. Ella no significaba nada para Suigetsu. No le importaba lo que pensara. Aquella mujer siempre esperaba lo peor de él. ¿En qué habría estado pensando su marido para nombrarlo tutor?

Mientras miraba fijamente el jarrón que había roto, pensó en los niños que trabajaban para él y recordó aquella noche en la que casi mató a un hombre en su club porque tocó a uno de ellos de una forma en la que ningún hombre debería tocar a un niño. ¿Estaba allí Hoshigaki aquella noche? ¿Sabía que la debilidad de Suigetsu era proteger a los niños pequeños?

—¿Es así de sencillo? se preguntó a sí mismo en un susurro.

Se abrió la puerta del aseo. Por un segundo, Suigetsu esperó ver a la duquesa y, por mucho que le disgustara, había sentido una pequeña punzada de ilusión; pero era su ayuda de cámara, Shin.

Suigetsu lo había conocido la noche anterior. No era mucho más alto que Ino y era un hombre bastante mayor. Pero seguía teniendo un semblante orgulloso.

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—La duquesa me ha informado de que necesita usted algunas atenciones y un baño.

—¿Atenciones?

El hombre agachó ligeramente la cabeza.

—Tiene usted un corte, señor.

Suigetsu se volvió a tocar la mejilla: la tenía un poco hinchada, pero apenas se manchó los dedos de sangre.

—Estoy bien.

—Puedo pedir que venga un médico...

—He dicho que estoy bien. Si quieres seguir trabajando para mí, no me hagas repetir las cosas.

—Sí, señor. Ya les he pedido a las doncellas que suban el agua caliente. El baño estará preparado en seguida.

—Perfecto. Quiero que me preparen un baño cada mañana y otro cada noche antes de irme.

—Como usted desee, señor.

—Y cuando me quito la ropa, no me la vuelvo a poner hasta que está lavada y planchada.

—Sí, señor.

Suigetsu nunca había tenido un ayuda de cámara. Y no estaba muy seguro de querer tener ninguno.

—Yo no soy duque. Sé que podrías perder tu categoría si sigues a mi servicio. Si prefieres irte, te escribiré una buena carta de recomendación.

El hombre levantó ligeramente la cabeza y esbozó una pequeña sonrisa.

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—Gracias, señor, pero he tenido el honor de servir al duque desde que él era muy joven. Me siento muy cómodo en esta casa y no me gustan los cambios. Prefiero quedarme, si no tiene inconveniente.

—Muy bien. He traído un poco de ropa. Está en el carruaje. Pídele a algún lacayo que la suba.

—Sí, señor. ¿Necesita algo más?

—Cuando me traigan la ropa, elígeme una muda. Luego, retírate. Quiero dormir un poco y soy perfectamente capaz de vestirme solo.

—Muy bien, señor.

—Dime, Shin, ¿alguna vez estabas en desacuerdo con el duque?

Cuando sonreía, las arrugas de su cara se marcaban más.

—Alguna vez, señor. Se le daba espantosamente mal combinar colores. A veces, parecía un pavo real.

—Conmigo no tendrás ese problema. Toda mi ropa es negra o blanca, a excepción de los chalecos.

—Sí, señor. Ya me he dado cuenta de que parece usted tener un estilo muy personal con los chalecos.

Suigetsu no percibió censura en su voz. Le dio la sensación de que se llevarían bien.

—¿Le echas de menos?

—Mucho, señor.

—Dime, Shin, ¿los demás sirvientes han aceptado tan bien como tú que yo sea el nuevo señor de la casa?

—Creo que se reservan la opinión, señor.

—Es una lástima que la duquesa no haya sido capaz de hacer lo mismo murmuró. Luego le hizo un gesto con la mano al hombre indicándole que podía retirarse. Ve a ocuparte de tus asuntos mientras yo tomo un baño.

—Sí, señor.

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Shin abandonó la habitación y Jack entró en el aseo. Su mirada se dirigió inmediatamente hacia la puerta que daba acceso al dormitorio de Ino. Ahora no estaría allí, sino en la habitación de Inojin. Tal vez, ahora que el chico no tenía niñera, su madre decidiera dormir allí con él.

Se quitó la chaqueta y se preguntó cuántas veces se habría bañado la duquesa en aquella bañera de cobre; se la imaginó recostándose en ella, en el cálido vapor del agua resbalando por sus mejillas y su cuello, al tiempo que hacía que se le rizaran los mechones que le colgaban junto al rostro. Se imaginó el agua meciéndose sobre sus grandes pechos, su estómago, sus caderas, sus muslos. Se la imaginó allí sentada, con las rodillas a modo de islas en medio de la bañera.

Su cuerpo reaccionó inmediatamente a las eróticas imágenes que lo bombardeaban y Suigetsu gruñó. Menos mal que le había pedido a su sirviente que se marchara. No necesitaba público cuando su cuerpo estaba en ese estado.

Se quitó el resto de la ropa, se metió en el agua y se hundió en ella. Era maravilloso. Absoluta y malditamente maravilloso.

Apoyó la cabeza contra la pared de la bañera y cerró los ojos. Se preguntó si se encontraría con una crisis cada vez que llegara a casa. Tendría que pasar un poco de tiempo con Inojin. Supuso que debería hablar con Sasuke para preguntarle qué clase de cosas debía saber un niño de la nobleza. Él, por su parte, podía enseñarle cómo esconderse...

Se rió con una mezcla de orgullo y admiración. El crío ya había hecho eso bastante bien. Y

también era más valiente de lo que él pensaba, pues había elegido esconderse en la guarida de la persona que temía. Sí, al parecer, el chico tenía más cualidades de lo que Suigetsu creía. Aún tenía mucho trabajo por delante para convertirse en un hombre, pero incluso a pesar del tartamudeo, tenía una buena base. Siempre que consiguiera despegarlo de las faldas de su madre.

Su madre. Dios, le encantaba observarla cuando estaba enfadada. Se hundió un poco más en la bañera. Nadie lo había bañado desde que era un niño, pero se imaginó a Ino deslizando un paño húmedo por su cuerpo. Sin embargo, como ella no estaba allí, lo tendría que hacer él mismo. Una lástima.

Suspiró profundamente. Por lo visto, no podía aguantar mucho tiempo enfadado con ella.

Admiraba su tenacidad para proteger a su hijo. Pensó que era probable que fuera una mujer capaz de dar mucho amor. Suigetsu se conformaría con que, de vez en cuando, a él le concediera el beneficio de la duda.

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Ino no quería pensar que en aquel preciso momento Suigetsu Hozuki estaba en su cuarto de aseo... bañándose. ¿Cómo iba a meterse ella luego en la bañera sabiendo que su cuerpo desnudo había tocado el mismo cobre? Por gusto, Ino sólo compartiría el aseo con alguien a quien conociera muy bien. Aunque no iban a estar en la bañera al mismo tiempo, le seguía pareciendo algo demasiado íntimo y exquisito.

Pero no era en la desnudez de Suigetsu Hozuki en lo que debería estar pensando en ese momento.

Tenía que centrarse en encontrar otra niñera para Inojin.

Estaban sentados en un sofá de la habitación del niño, con éste acurrucado sobre ella. Se había metido el pulgar en la mano y había cerrado los demás dedos sobre él, como si estuviera decidido a no chupárselo. Sin embargo, si había algún buen momento para hacerlo, no cabía duda de que era aquél.

Ino sabía que tenía que quitarse esa costumbre, pero era incapaz de comprender que Izumi hubiera empleado aquel medio tan cruel para ello. Sin embargo, por muy preocupada que la hubiera dejado la actitud de la niñera, no podía competir con cómo la había dejado Suigetsu Hozuki.

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La opinión que tenía acerca de él había cambiado durante aquellos tensos momentos; había cambiado a su favor. Ella ya había recibido alguna de sus abrasadoras miradas, pero jamás había visto tanto ardor en sus ojos como cuando miró a Izumi. La sorprendió que la joven no empezara a arder allí mismo.

Había temido que Hozuki se mostrara tan cortante con Inojin como lo era con ella. Ino esperaba que no tuviera en cuenta los sentimientos de su hijo, que fuese tan duro e implacable como parecía ser con todo el mundo. Realmente la había sorprendido.

Había juzgado a Suigetsu Hozuki según las conversaciones que había tenido con otras damas. Éstas le habían hablado de hombres que llegaban a casa a altas horas de la madrugada, apestando a alcohol y a mujeres y ella había dado por hecho que Suigetsu bebía mucho y fornicaba a todas horas.

Una conocida había contado que su marido vendió sus joyas para conseguir dinero y poder seguir jugando, así que Ino había dado por hecho también que Hozuki pasaba mucho tiempo en las mesas de juego. Había visto que nunca se sentaba con corrección y había asumido por tanto que iría siempre desaseado. Pero en cambio siempre se lo veía impecable y, en ese preciso instante, se estaba dando un baño.

Había dado por hecho que era mala persona y, sin embargo, no había intentado pelear con ella cuando le estaba golpeando con el atizador. Se había limitado a apartarse para que no pudiera alcanzarlo, cuando, y de eso estaba convencida, la podría haber tirado al suelo sin problemas. Se había dirigido a Inojin con tono contundente, pero se las había arreglado muy bien para no minar la confianza del niño y había conseguido que lo confesara todo.

Ino también pensaba que era antipático, pero la mujer de la pasada noche, había bromeado con él e incluso le había golpeado juguetonamente el hombro. Y cuando lo regañó, él ni siquiera contestó.

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Estaba segura de que era un hombre que haría cualquier cosa por una moneda. Las finanzas de su hijo estaban en sus manos y podría quitárselo todo; sin embargo, ya había dejado claro que no tenía ninguna intención de hacerlo. Tal vez fuera una treta para que ella bajara la guardia. Si conseguía que Ino confiara en él, podría llevarse una cantidad de dinero aún mayor. Pero si empezaba a confiar en él, ¿podría también llegar a disfrutar de su presencia? No, jamás. Lo único que tenían en común era a Inojin, y eran incapaces de ponerse de acuerdo en nada que le concerniera.

Bueno, en casi nada. Había estado completamente de acuerdo con él cuando decidió despedir a Izumi. Había sido muy vergonzoso por parte de ésta utilizar a Hozuki para asustar a su hijo y conseguir que se portara bien. ¿Cómo podía habérsele pasado por alto que la niñera pudiera ser capaz de hacer tal cosa? ¿Habría amenazado a Inojin con algo más?

Era un niño callado y un buen chico. En realidad, era tímido, pero Ino siempre había dado por hecho que era porque le daba vergüenza tartamudear. Su marido no le había dado ninguna importancia.

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—Es la maldición de los Hoshigaki. Lo superará. Yo lo superé.

Así que Ino había intentado no preocuparse por ello. Inojin se parecía mucho a su padre.

Tenía el pelo rubio casi blanco de la familia de éste, pero había heredado el mismo tono azul de sus ojos.

Tenía las piernas y los brazos largos, y ella sabía que llegaría a ser tan alto como Hoshigaki. Pero ahora que Hozuki era su tutor, Ino no sabía cómo conseguiría llegar a tener la dignidad de su padre.

La puerta se abrió e Inojin y ella se sobresaltaron. Hozuki entró en la habitación haciendo gala de una confianza que Ino no creía que ni Hoshigaki poseyera.

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—Vámonos, Inojindijo.

El niño empezó a apartarse de ella, pero Ino lo volvió a acercar.

—¿Adónde lo lleva?

—Teniendo en cuenta que soy su tutor, no creo que le deba ninguna explicación; pero como es su madre y no cabe duda de que se preocupa por su bienestar, se lo explicaré. Me lo llevo a dar un paseo en mi berlina.

—Creía que iba usted a dormir un rato.

Antes, al salir de su dormitorio, Ino oyó cómo se rompía algo, así que había esperado a que Shin saliera de la habitación para hablar un momento con él y asegurarse de que todo iba bien. El sirviente le dijo que recogería los restos del jarrón cuando el señor Hozuki se despertara.

Él la miró con los ojos entrecerrados.

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—Pensaba hacerlo, pero he decidido ocuparme antes de esto.

—¿Ocuparse de qué?

Se oyó un profundo ronroneo, parecido al sonido de un gato grande contemplando a su siguiente víctima.

—Ino, de verdad que pone a prueba mi paciencia. Venga, chico.

Ella se dio cuenta de que Inojin temblaba de pies a cabeza cuando se apartó y se puso de pie.

—No puedo dejar que se lo lleve a ninguna parte sin mí —dijo mientras se levantaba—. Iré también.

—¿No tendría que empezar a entrevistar niñeras?

—Le he pedido a una de mis doncellas que ocupe ese puesto hasta que pueda reunir las recomendaciones suficientes.

Suigetsu la miró con impaciencia.

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—La berlina ya está preparada y tengo un día muy apretado. No tengo tiempo para esperar a que preparen el carruaje y, tal como usted apuntó con tanta amabilidad, en la berlina sólo caben dos personas.

—Inojin se puede sentar en mi regazo. Me enfrentaré con usted con uñas y dientes si es necesario, pero no pienso dejar que se lo lleve sin mí.

Suigetsu la miró como si hubiera decidido aceptar el desafío. Olivia no estaba segura de que no acabaran a puñetazos, pero al imaginarse pelando con él cuerpo a cuerpo...

—Muy bien, vámonos. Rápido. No tengo todo el día.

Ino cogió a Inojin de la mano y se preguntó en qué lío se estaría metiendo.

Inojin iba sentado en el regazo de su madre. Siempre le había gustado ir en la berlina, porque delante tenía una ventana por la que podía verlo todo. Podía observar el mundo, y era fascinante.

Aunque ahora que el señor Hozuki estaba sentado en él, el vehículo parecía muy pequeño. Se preguntó si su madre se habría dado cuenta de la cantidad de espacio que ocupaba el señor Hozuki y de lo apretados que estaban. No le pasó por alto lo tensa que estaba ella. Apenas respiraba. Era lo mismo que hacía Inojin cuando tenía miedo por las noches: se quedaba quieto en la cama y aguantaba la respiración como si, de alguna forma mágica, las cosas malas no pudieran encontrarlo si no respiraba.

Se preguntó si su madre tendría miedo del señor Hozuki. Se preguntó si él debería tenerle miedo. Él le había dicho que no lo quemaría y le había dicho a la niñera que no le importaba que se chupara el dedo. Eso le había hecho sentirse mucho mejor, pero también había hecho que quisiera dejar de chuparse el pulgar; por eso lo llevaba apretado, bajo los demás dedos, para evitar metérselo en la boca.

El señor Hozuki no llevaba chistera como su padre, pero llevaba una chaqueta negra muy bonita. Y su chaleco era de color verde oscuro, con botones dorados; no era el de color violeta que llevaba el día anterior.

Parecía cansado. Incluso había bostezado sin taparse la boca, lo que había hecho que su madre arrugara la nariz. Hasta Inojin sabía que un caballero debía taparse la boca cuando bostezaba.

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Pero cuando su madre hizo aquel sonido para indicar cuánto le había desagradado lo que había hecho el señor Hozuki, éste le había guiñado un ojo a Inojin, como si compartieran un secreto. Él pensó que el señor Hozuki conocía la norma sobre los bostezos, pero que le había parecido más divertido provocar a su madre. A Inojin le daba la sensación de que a ella no le gustaba mucho el señor Hozuki, pero creía que a él sí que le gustaba su madre.

El vehículo se adentró por un camino adoquinado e Inojin vio cómo ante ellos aparecía una enorme residencia.

—Ésta es la casa de lord Aburame dijo su madre. Es muy temprano para venir de visita.

—No hemos venido a hacerle ninguna visita dijo el señor Hozuki.

—Entonces, ¿por qué estamos aquí? preguntó su madre.

—Porque el joven duque tiene que verlo.

—¿Para qué?

El señor Hozuki parecía desesperado, pero a Inojin le dio la sensación de que, de repente, parecía contento. Se dio cuenta de que le cambiaba la forma de la boca y pensó que esbozaba una diminuta sonrisa.

—Porque la perra del conde acaba de tener una camada de perritos.

Inojin creyó que se le iba a salir el corazón por la boca.

—¡¿Perritos?!

El señor Hozuki lo miró y le volvió a guiñar un ojo.

—Te prometí uno, ¿verdad?

Él no lo vio mover la mano, pero de repente se dio cuenta de que le estaba entregando una tarjeta.

—Toma, tu tarjeta de visita.

—Son del duque dijo su madre.

—Sí, las encontré en un cajón del escritorio. Ahora pertenecen a su hijo, ya que él es el duque.

Su madre parpadeó varias veces, de la misma forma que lo hacía siempre que se esforzaba por no llorar.

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El carruaje se detuvo. El lacayo se bajó, abrió la puerta y desplegó los escalones. El señor Hozuki bajó. Inojin se arrastró por el asiento para bajar tras él. El señor Hozuki se volvió hacia el interior de la berlina y alargó el brazo.

—¿Viene, duquesa?

Ella miró al señor Hozuki; luego miró a Inojin y esbozó una triste sonrisa.

—Estoy de luto. No sería apropiado. Pórtate bien, Inojin.

Él asintió y levantó la cabeza para mirar al señor Hozuki. Tenía un poco de miedo y quería cogerle la mano, pero el señor Hozuki no parecía nada asustado. Le dio una palmadita en el hombro que le resultó casi tan reconfortante como si le hubiera cogido de la mano.

—Vamos, chico.

Inojin subió los escalones de la casa detrás de él. En seguida apareció un mayordomo.

—Enséñale tu tarjeta dijo el señor Hozuki.

Inojin hizo lo que le decía. El mayordomo la puso sobre una bandeja de plata y se fue. Él se esforzó por ponerse bien derecho, tan derecho como el señor Hozuki. Tenía ganas de saltar y dar palmas. ¡Por fin iba a conseguir un perrito!

Pareció pasar muchísimo rato hasta que apareció un hombre con delgado y alto.

—Ah, su excelencia. El señor Hozuki me informó de que necesita usted un perrito.

—Sí, se-señor.

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El hombre sonrió.

—Yo soy Aburame. Siento lo de su padre. Era un buen hombre. Muy buen hombre.

Inojin estaba seguro de que debía contestar algo...

—Gracias, lord Aburamedijo el señor Hozuki. El duque aprecia mucho sus condolencias.

—Pero está más interesado en mis perritos, ¿verdad, chico?

Inojin asintió rápidamente.

—Pues vamos. Tengo una habitación especial para mis collies. Los trato como a auténticos reyes.

Mientras los guiaba por la casa, lord Aburame no dejó de hablar ni un momento, contándole a Inojin todos los detalles de la historia de los perros, pero él apenas prestaba atención. Lo único que le importaba era que iba a tener uno.

Al final llegaron a una pequeña habitación. En una esquina, y sobre una montaña de almohadones y mantas, descansaba una perra blanca y negra. Junto a ella había tres pequeños cachorros.

—Vaya con ellos, su excelencia. Toque a los cachorros y decida cuál es el que más le gusta.

Inojin se sentó en el suelo y los perritos se acercaron a él en seguida. Él se reía. Lord Aburame se agachó a su lado.

—¿Cuál quiere?

Inojin miró al señor Hozuki.

—No me mires a mí, chico. Piensa por ti mismo.

Él observó los cachorritos. Resultaba muy difícil decidirse. ¿Qué pasaría si se equivocaba?

—No existe la respuesta equivocada, chico dijo entonces el señor Hozuki con mucha

tranquilidad.

Inojin cogió el primer perrito que se le había subido al regazo y lo abrazó.

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—¡Éste!

—Pues éste dijo lord Aburame, sonriendo.

Inojin volvió a mirar al señor Hozuki y vio cómo le lanzaba a lord Aburame un pequeño saquito, que tintineó cuando aterrizó en sus manos. Cuando volvían al carruaje, con el perrito entre los brazos, Inojin dijo:

—Ha co-costado mucho.

—En realidad, no. Además, creo que con el tiempo me hará ganar dinero.

—¿Cómo?

—¿Puedes guardar un secreto?

Él asintió, a pesar de que no sabía lo que era un secreto.

El señor Hozuki esbozó una gran sonrisa.

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—Cuando tiene los bolsillos llenos, lord Aburame arriesga mucho más en las mesas de juego.

Esta noche se gastará lo que le acabo de dar y un poco más, así que el dinero volverá a mis manos.

Inojin no estaba muy seguro de entender de qué le estaba hablando.

—Y entonces ¿se lle-llevará al pe-perrito?

—¡No! El perro es tuyo.

—Gracias, señor.

—De nada, chico.

Sabía que su madre no estaría de acuerdo con él, pero pensó que el señor Hozuki era un tutor estupendo.

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