Sobre mis verdades
He ignorado tan fácilmente mis límites, que estoy con ella. Mi impulsividad aflora y por algunos instantes dejo de ver el mundo como es. Mis conflictos internos desaparecieron cuando sentí su aprensión al deducir mi partida. Al pedirme que me quedara sin cualquier miedo de interpretación. La srta. Swan se había mostrado abiertamente. No intentó esconderse como en otras situaciones. No creyó en mi falsa ignorancia, no le importó esta, solo me pidió que me quedara.
No podía negarle eso, no consigo negarle nada. Mi necesidad en acogerla estuvo presente en la primera lágrima.
Necesidad.
De nuevo esa palabra en la que no puedo pensar.
Esperar nunca me agradó, nunca me hizo feliz, pero la esperaría. Esperaría toda la noche si fuera preciso, sentada en aquella cafetería. Esperaría a que ella se recompusiera, esperaría a que su pecho se calmara ante la añoranza.
Yo esperaría.
Tengo la impresión de que ella busca mis detalles en cada objeto de la sala. No consigo apartar mi mirada. Me quedo observando su fascinación ante las cosas que son mías, ante las cosas que toco. La he traído al sitio donde me siento segura. Por segunda vez, dejo que me vea y no sé si entiende la importancia de ello. Me estoy mostrando, y eso me aterra, solo quiero que ella vea.
Se acerca al ventanal y ve una Boston iluminada y agitada. Pasa la punta del dedo por la junta transparente. Por el obstáculo que separa la seguridad del caos. En el lugar donde quiero que se sienta segura al igual que yo me siento.
Quiero que se siente en el sillón frente a la chimenea que ha sido depositaria de mis pensamientos por varias noches, todos llevándome a ella.
Quiero que vea las líneas que he creado en la alfombra beige caminando de un lado a otro en los momentos en que perdí el control y me desesperé por no saber qué hacer.
Quiero que vea los ojos que me fascinaron, las sonrisas que me derritieron y a la persona que me hace ceder.
Quiero que vea lo que yo siempre vi…A ella
Intento acercarme sin asustarla y la llamo en voz baja
-¿Swan?- la he sacado de la fantasía en la que se encontraba. Apenas me sonríe –Ponte cómoda, ya vengo.
Pienso en qué hacer, qué hablar, cómo comportarme, cómo esconderme. Estoy tan cansada de esconderme. Entro en la cocina y me apoyo en la encimera buscando aclarar mis actitudes. Respiro hondo y cojo el teléfono. No sé exactamente lo que pedir, entonces sigo un instinto.
Cojo mi mejor botella de vino, dos copas, busco valor en mi respiración pesada y vuelvo a la sala.
Ella aún está buscando algo en el sitio donde he pasado innumerables horas, sencillamente sintiendo el momento. Ella aún está disfrutando de las sensaciones que la vista le proporciona.
Me siento en el sofá, y reclamo su compañía con solo un nombre
-¿Emma?- cuando la llamo Emma, puedo ver la onda de mi voz recorrerla y siempre es diferente.
Ella vuelve a mí y se sienta. Está menos asustada, más cómoda. No sé si su trance escondió la incomodidad o si apenas se acostumbró a mi presencia. Su tensión por la cercanía empieza a disminuir y mi control comienza a desaparecer.
-¿Estás mejor?- pregunto pasándole la copa
-Perdona por haberte pedido que te quedaras. Imagino que eres una mujer ocupada y mis problemas no son interesantes para ti- ella no me mira. Mueve sus manos por la ansiedad, vergüenza, nerviosismo –Solo que no quiero estar sola hoy.
-Mis asuntos pueden esperar algunas horas. Hoy, los tuyos son más importantes- mi sonrisa muestra sinceridad. Cualquier cosa puede esperar -¿Hace cuánto tiempo que no los ves?
Comienzo con el tema mostrando complicidad.
-Hace un año y poco. Le he dado más importancia a mi trabajo y hoy he sentido una añoranza tan grande de ellos. He visto a personas ignorando lo que tienen, sencillamente me sentí perdida.
-¿Por qué no vas a visitarlos?
-Tengo miedo de no regresar
-¿Cuál es el problema en no regresar?
Juro que estoy intentando ser neutral en el asunto, pero imaginar tal circunstancia me hace temblar. Pensar en volver a mis días comunes, a mis monólogos con un vaso viejo, a mi mesa fría al otro lado de la avenida me pone tensa. Dejar los domingos de lectura a orillas de un lago llamado Ted, las conversaciones silenciosas, las dudas, las sensaciones.
Hoy escojo la confusión de una duda, de una pasión a la tranquilidad de mis días comunes.
-¿Tu marido no está?
Cambió de tema, sé que está intentando esconder su respuesta. Pienso seriamente si debo o no responder a ese intento desesperado de cambiar de asunto.
"Esta vez no"
-¿Cuál es el problema de no regresar?
Veo su sonrisa al darse cuenta de que he entendido su ridícula estrategia.
-Me gusta esto, me gusta la libertad de la no satisfacción, me gusta mi trabajo, me gusta el movimiento de una gran ciudad, me gustan las posibilidades que el lugar me da, aunque no las busque. Me gustan los domingos con una amiga improbable, me gusta verla ocasionalmente, me gustan nuestras conversaciones mudas desde el primer café. Me gusta descifrar sus expresiones rabiosas, me gusta mirar al cielo después de un encuentro de dos minutos y pensar en el motivo de ella para haber parado el coche, para haberse sentado en aquel banco. Me gusta el misterio que solo ella me proporciona y ella está en Boston, no en Camden. Amo a mis padres, y voy a visitarlos, pero no regresar significaría dejar todo eso, no estoy lista.
Única, completamente única es la ausencia de palabras en mí, el nerviosismo adolescente. Las palabras me rasgan y no sé qué decir, qué responder. Estoy en un laberinto de paredes sobre las que hay colgadas frases para responder a todo lo que he escuchado. Estoy perdida en elecciones y decisiones que tienen que ser tomadas.
Los ojos verdes me están analizando minuciosamente esperando una reacción, y lo único que consigo hacer de momento es respirar.
El timbre suena y mi respuesta es retrasada u olvidada, depende de mi suerte de esa noche. Sé que no conseguiré envolverla en mis entrelíneas, ella ha sido demasiado directa y espera lo mismo de mí. Intento confiar en una memoria débil o en su arrepentimiento ante la confesión. Mi esperanza es alimentada y me siento cobarde por no decirle todo lo que me ahoga.
Su expectativa sujeta nuestra mirada. No nos movemos un centímetro. Estoy paralizada por el susto, asombro, sorpresa, miedo o cualquier temor que nos congela en la escena. Que nos amarra en el sofá.
El insistente timbre grita y desvío la mirada. No puedo pensar en un perdedor de esta pelea que hemos trabado. Me levanto intentando recomponerme del torbellino en el que estaba.
Agradezco la entrega del pedido y no recuerdo siquiera lo que hay dentro. No recuerdo los pasos que he dado durante el día, no recuerdo a las personas que he visto ni los lugares en que he estado. Solo consigo ver los verdes interrogándome, a la espera de una receptividad siempre vivida, pero nunca demostrada.
Coloco el pedido sobre la superficie de vidrio negro de mi mesa vacía. Algo grande para dos personas. Voy a la cocina a coger lo necesario. No quiero volver. Quiero de vuelta los silencios, ellos no me aterrorizaban. Quiero la distancia segura que siempre tuvimos, la ilusión que siempre creamos. Ahora todo es demasiado real.
Demasiado cercano.
Tardo más de lo necesario en poner la mesa. Me concentro en cada cubierto, copa, plato, cualquier cosa que desvíe mis pensamientos, que me haga olvidar. Vuelvo a la sala con mi falsa sonrisa.
-Espero que te guste la comida china.
En respuesta, ella me da una sonrisa sincera y feliz. Comemos entre temas de cocina. Ella me cuenta sus desastres cada vez que lo ha intentando y su rendición. Me cuenta su felicidad en conocer a una hábil cocinera. Intercambiamos sonrisas relajadas. El aire es más ligero.
Volvemos al sofá, demasiado cerca. Me veo contándole a la mujer de la que me he enamorado mis mejores y peores momentos. Casos ganados, casos perdidos. Mis frustraciones, mis conquistas.
Todo.
Escucho carcajadas placenteras ante mis fotos de infancia. Ella pide una foto de Zelena con los cabellos despeinados, ojos pesados. No puedo contenerme y se la dio como regalo.
"Zel me va a matar"
Las horas pasan, el nivel de la botella desciende y los zapatos son quitados.
Ella me presenta sus melancólicas melodías. Cuando pone Chopin, todo cambia. Cierra los ojos y presencio el desvestirse de una persona. Veo todas las emociones ser tiradas al suelo de la sala de música.
A la srta. Swan no le gusta la música, ella siente la música llenarla de una forma que todo sale a flote, sus emociones se vuelven lágrimas. Su sonrisa contenida descoloca cada gota y todo se mezcla.
¡Es hermoso!
Volvemos a los libros, las películas, el teatro, los intereses. Estamos atentas a todo y a cualquier movimiento, grabando los datos. Toda sonrisa abierta es absorbida por la piel erizada, por un fuerte suspiro, un brisa leve. Nos estamos conociendo con una intimidad de años.
Las máscaras han sido lanzadas a lo alto. Ella está siendo lo que siempre fue, y yo he dejado de esconderme, he dejado de mentir. Estoy dejando que mi "yo" se transparente desistiendo de intentar. He olvidado mis preocupaciones, mis confusiones, mi matrimonio, mi trabajo. Emma me hace olvidar que existe un mundo allí, al otro lado de mi apartamento. Me hace olvidar que existen personas aparte de ella.
Ella tiene que saber. Tiene derecho a saber que cada palpitación es correspondida. Que mi atención siempre ha sido de ella. Comienzo a temblar, mi respiración se descontrola.
"Tengo que contarlo"
Mi seriedad es percibida. Ella se acerca lo máximo posible a mí, agarra mi mano. Eso no ayuda. Siento su olor demasiado cercar y eso tampoco ayuda.
Todo lo que proviene de ella empeora mi reacción.
-¿Qué sucede?
Su preocupación aumenta y yo paro. Paro de temblar, mi respiración pierde el ritmo intenso. Miro a un punto en la nada en la chimenea. Mis certezas están claras.
Y, de todas las infinitas frases que podría usar, escojo la más importante.
-Yo te veía- su mano se aparta de la mía y sus ojos se vuelven más claros –Siempre te he visto.
No hay sonido en la sala. Aún puedo escuchar mis palabras resonando por el apartamento, resonando en su mente llena de mí.
Todas las preguntas que un día habitaron en su cabeza, ahora están martilleando, debatiéndose. Continúo
-¿Quieres saber?
Sé que ha entendido mi pregunta. Asiente trémula
Ella necesita saber mis verdades.
-Me sentí curiosa con tus ojos interesados el primer día que entré en la cafetería. Esa curiosidad me persiguió durante meses. Continué yendo allí solo para entender qué era exactamente lo que tú veías. Con el tiempo me di cuenta de que intentabas verme sin palabras y mi curiosidad aumentó. Cuando cambiaste de turno, me di cuenta, pregunté por ti. No niego que eché de menos las conversaciones que manteníamos, aunque nunca existieron- sonreí, ella no se movió –Una noche, te vi caminando a casa, te vi entrando en el edificio- decidí no comentar las innumerables noches que la seguí –El día que te ofrecí llevarte, yo estaba aquí, mirando el temporal lavar estas calles, pensé en ti de camino a casa. Fui tras de ti.
He comenzado y necesitaba acabar. Respiré hondo. Emma aún estaba estática.
-El día del pub fue casualidad. Yo no sabía que estarías allí. Vi la decepción, vi que te rompías. Necesitaba que tu fascinación desapareciera. Ya no conseguía verme en tus ojos, no aguantaba más ver tu sufrimiento por algo que yo no podía alimentar. Entonces, decidí herirte, forzarte a olvidarme. Al comienzo salió bien, después…- sentí una lágrima- Después sentí el peso de lo que había hecho, del dolor que te provoqué a ti y a mí. Siempre vuelvo, siempre aparezco, porque me di cuenta de que no consigo estar lejos de ti. Nunca conseguí estar lejos de ti.
Su mano se posó en mi rostro, cerré los ojos ante el toque seguro y pude sentir.
Pude sentir su boca en mí. El beso calmo. Mi lágrima tímida por la confesión da lugar a un rio de descarga emocional. Aquel beso salado por mi brecha estaba cargado de todo lo que había guardado, de todo aquello que ya no lograba guardar.
Estaba finalmente libre de todas las mentiras que había cargado, de todas las miradas falsas, las expresiones mentirosas. Estaba libre para moverme.
La sentí y respiré hondo en medio del beso debido al alivio, por poder dejar salir todo lo que deseo y siento. Por poder demostrar toda la pasión sin miedo a herirla, sin arrepentimiento.
Agarro su rostro, y siento su respiración fuerte debido al toque. Ella no cree que esté ahí, yo no creo que ella esté aquí. Este es un beso de cortinas caídas, de recelos escondidos. Es un beso de rendición, de fracaso, de entrega. Y, todo lo que quiero es continuar así. Sintiendo sus delicados labios que hacen que yo ceda.
Su otra mano va a mi rostro, me agarra con igual miedo ante una realidad imaginaria. De que todo acabe, de que todo se derrumbe. Busco su boca por la necesidad de creer, ella me muestra que está ahí.
El beso es quebrado, ella no me suelta, yo no la suelto. Mi corazón está estallando, mi piel absorbe el toque de sus manos.
Nos miramos por primera vez.
