Capítulo 10: Luchas en el fuego.
Billa se echó a correr al mismísimo tiempo que sus demás compañeros, sintiendo cómo las piernas le fallaban por momentos. Llevaban, si calculaba bien, más de un día entero huyendo y luchando, y a ella ya le fallaban las fuerzas. Justo a su espalda, escuchaba los aullidos de los huargos persiguiéndolos y los gritos de los orcos. No tardarían nada en darles caza. Mientras intentaba correr más y más rápido, escuchó a Gandalf decir: -¡A los árboles!
-¡Claro, los árboles! – pensó. Todos sus compañeros comenzaron a subir a los finos pinos que decoraban el paisaje, aún a sabiendas de que podrían partirse bajo su peso en cualquier momento. Billa pudo observar cómo no les quedaba otra opción, pues el terreno terminaba en un abrupto precipicio.
Pero justo cuando estaba a punto de subirse a uno de los árboles, un huargo le cortó el paso, saltando sobre ella, y la hobbit cayó de bruces al suelo con un gritito.
-¡Billa! – escuchó que la llamaba desde una copa Méreda, y poco después una flecha surcó el aire y se fue a clavar sobre el lomo del animal. Pero eso no bastaba para matarlo. Billa, entonces, haciendo acopio de su valor, cogió su espada, y la calvó en el cuello del animal, dándole la muerte. Por suerte, ese huargo era pequeño. Intentó no pensar en lo que le podría haber pasado si hubiera sido más grande (y más rápido).
Sin saber muy bien cómo hacerlo, agarró su espada con las dos manos, y la sacó a duras penas del inerte cuerpo del animal, poniendo un pie sobre su lomo. Cuando al fin consiguió sacarla, los gritos de sus compañeros le helaron la sangre. Al darse la vuelta, vio cómo otro huargo se abalanzaba sobre ella; pero, con unos reflejos inauditos, pegó un salto, se agarró al tronco del pino con dedos y uñas, y lo escaló lo más rápidamente que pudo, sorprendiéndose a sí misma de su habilidad.
Cuando al fin llegó arriba del todo, vio que allí también estaba Méreda, y se reconfortó de saber que no estaba sola (aunque eso no le fuera a ayudar mucho).
-¡Gandalf! ¿¡Qué hacemos!? – preguntó la humana a voces.
Billa miró hacia abajo con vértigo. Los huargos ya habían comenzado a roer los débiles troncos de los pinos, y sabía que no iban a durar mucho en pie. El espectáculo era desolador, tanto que ni siquiera pudo sentir miedo en sí; sólo un profundo y macabro temor.
-Es mi fin –pensó. –La peor muerte que me podría imaginar. No quiero ser devorada y desgarrada por trasgos.
-¡Gandalf! – lo llamó Méreda, que no estaba dispuesta a rendirse. - ¿¡Qué hacemos!?
Billa no se atrevió a mirar al mago, simplemente cerró los ojos con fuerza intentando confiar en él; pero de pronto, escuchó la voz del anciano: -¡Tomad! ¡Lanzádselas a los huargos!
Cuando abrió los ojos, comprobó a que se refería: los enanos estaban enfrascados en la tarea de lanzarles piñas ardiendo a los monstruos. El suelo ya había empezado a arder, y los huargos se echaron hacia atrás, atemorizados.
-¡Gandalf! ¡Pasa una! – le pidió la hobbit; intentó no quemarse mucho con la piña al recibirla, y se la echó directamente a uno de los huargos que aún quedaban a sus pies.
-¡Sí! – gritaron los enanos, triunfantes; pero habían cantado victoria antes de tiempo, porque Billa comenzó a oler a quemado no muy lejos abajo, y para cuando descubrió qué pasaba, ya era muy tarde.
-¡Sujétateeee! – le gritó Méreda, agarrándola por los hombros, mientras que el pino en el que estaban subidas caía lentamente hacia atrás. Esperando no recibir un gran impacto contra el suelo, Billa se sintió muy aliviada al descubrir que la caída era amortiguada por el árbol de detrás; pero ése también cayó, y el otro, y el otro… y así, hasta llegar al último árbol. Aunque no sabía muy bien qué iba a pasar, Billa siguió su sentido común y se agarró fuertemente al último pino que quedaba en pie, y sintió cómo éste se inclinaba vertiginosamente hacia atrás. Por suerte, quedó en posición horizontal; pero cuando la hobbit abrió los ojos, el estómago se le subió a la boca. Estaban literalmente colgando del vacío; y ella había tenido buena suerte, puesto que estaba cerca de la tierra, pero muchos de sus otros compañeros estaban sujetándose con fiereza a las ramas más débiles, con los pies colgando sobre el precipicio. ¿Cómo iban a salir de allí?
Y entonces, de entre el humo del fuego, salió una figura que a Billa le heló la mismísima sangre: un orco pálido, alto, con el antebrazo cortado. Y su memoria le trajo el nombre de ese ser: Azog, el Profanador. Pero no podía ser él, ¿o sí?
Volvió la vista a Thorin, que estaba situado algo detrás de ella, y vio cómo el enano miraba al orco como si estuviera viendo a un fantasma.
-¿Quién es? – preguntó Méreda a su lado, que al parecer aún no había caído en quién era ese monstruo; porque eso era lo que era, un monstruo.
Y Thorin, entre miedo, el humo y el calor, se levantó del tronco con majestuosidad, con firmeza, con porte, y, agarrando su espada fielmente, se aproximó al orco.
-¿¡Qué hace!? – preguntó Méreda. Pero Billa ya sabía qué era lo que se proponía, y un profundo temor se adueñó de su corazón.
Thorin no se dio la vuelta ante los gritos de Méreda y Dwalin, y se dirigió a su objetivo con semblante serio. Billa lo vio todo. Vio cómo ambos se miraban como viejos enemigos, con un odio más negro que la noche y con una sed insaciable de venganza, hasta que el orco dio el primer ataque. Thorin consiguió escapar hábilmente de la letal estocada que le había lanzado Azog con su esfera de púas, y ambos comenzaron a luchar, no con gracia ni con detenimiento como Méreda le había enseñado, sino con fiereza y brutalidad; aun así, Thorin era más listo, y programaba bien sus ataques y defensas; pero el orco pálido era demasiado fuerte. Azog arremetió contra Thorin tres veces dándole de lleno, hasta que llegó el momento en el que al enano comenzaron a fallarle sus fuerzas. Con una estocada del garfio que tenía como brazo, Azog hirió muy profundamente a Thorin en el costado, y el enano no aguantó más. Cayó con un sordo golpe al suelo.
Los pocos enanos que estaban en condiciones de ver ese espectáculo gritaron de dolor, como si ellos mismos hubieran recibido el golpe; y el pálido orco, con una sonrisa triunfante, le mandó a otro de los suyos que acabara con la vida del líder enano, como si él fuera demasiado digno como para acabar con su vida. Y Billa no pudo quedarse quieta.
En contra del miedo, del cansancio, y de la debilidad, se aupó con el tronco, se levantó sobre él, y corrió hacia el lugar en el que yacía Thorin; y, con su espada en alto, atravesó de un tajo al orco de mitad a mitad, y lo remató varias veces, cerciorándose de que no volviera a ponerse en pie. Lo que ella no sabía, era que Thorin había caído finalmente rendido al observar esa escena final.
Billa se levantó del suelo, y miró muy fijamente a Azog, cinco veces más alto que ella, advirtiéndole que no se acercara. No iba a permitir que lo matara, aunque lo tuviera que pagar con su vida.
Azog la miró con burla y desprecio, e hizo una leve señal con la cabeza para que los demás orcos la mataran. Pero entonces, Méreda, Dwalin, Bofur, Fíli, y Kíli aparecieron junto a ella, con las armas en alto y gritando a voz en pecho, y comenzaron a luchar contra todos los orcos y huargos que fueron apareciendo a su lado. Billa no se quedó atrás: agarrando fuertemente su espada, se embistió contra todos los orcos que encontró en su camino, con furia e ira acumulada. No era una donnadie. No era insignificante. Era Billa Bolsón, valía mil veces más que todos esos indeseables seres, y no iba a permitir que nadie la matara, y menos aún, que nadie matara a Thorin.
Pero los minutos fueron pasando, y las fuerzas comenzaron a agotárseles. Y cayó de espaldas al tropezarse con una raíz, provocando que su espada cayera dos metros detrás suya, y se arrastró a duras penas hasta agarrarla de nuevo. Pero cuando se dio la vuelta otra vez, se encontró con que allí, enfrente suya, había un enorme huargo sin jinete. Billa comenzó a temblar, al ver tan pronto su destino final, pero una cosa muy extraña sucedió. Sintió cómo unas enormes garras tiraban de su ropa, la lanzaban por los aires, y cuando ya estaba cayendo al vacío… cayó contra el lomo de un animal. Un animal gigante. Un ave gigante.
-Las águilas – pensó.
Al mirar atrás, pudo ver cómo sus demás amigos eran rescatados por las aves, y se fueron alejando de ese infierno en el cual habían luchado. Billa sintió cómo el viento le sanaba levemente las quemaduras causadas por el fuego, y, al ver de nuevo el amanecer extendiéndose al frente, se sintió renacer.
El águila sobre la cual estaba montada bajó un poco, y pudo ver, con el corazón en un puño, a Thorin totalmente inconsciente, yaciendo sobre las garras de una de las aves.
-¡Thorin! – lo llamó Fíli, pero él no se movió, y Billa se temió lo peor.
Después de un buen rato volando, las águilas se pararon sobre una enorme roca situada en una alta colina, y Billa bajó de su lomo tan rápido como pudo. Todos se aglutinaron alrededor de Thorin, que aún seguía inconsciente.
-¡Dejadme paso! – gritó Gandalf, arrodillándose sobre Thorin con semblante preocupado.
-Gandalf, haz algo, por favor – le pidió Billa en un susurró, mientras le agarraba la túnica.
El mago cerró los ojos, pasó una mano por el lastimado rostro de Thorin, y se puso a murmurar en voz baja palabras ininteligibles. Después de unos larguísimos segundos… Thorin despertó.
-¡Thorin! – gritaron Dwalin y Balin, mientras que Fíli y Kíli se pusieron a abrazar a su tío con una infinita alegría. Cuando Thorin se hubo levantado, y mientras todo el mundo seguía expresando su alegría a su alrededor, el líder enano los hizo callarse con un grito: -¿¡Dónde está!?
Nadie entendió lo que quiso decir al principio, pero Thorin se dio la vuelta, y miró muy fijamente a Billa.
-¡Tú! – le gritó, acercándose con paso desafiante hacia ella. - ¿¡No te dije que no deberías haber venido!? ¿¡No te dije que no durarías nada!? ¿¡Que tendrías que haberte quedado en tu casa!?
Billa miró a Thorin, confundida, dolida y al borde de las lágrimas, pero el enano cambió su expresión en décimas de segundo: - Jamás había estado tan equivocado. – Y la abrazó.
La abrazó con una calidez que casi podría parecer inaudita en él. Y Billa se quedó paralizada, sintiendo cómo una calidez reconfortante inundaba su interior, y su respiración se entrecortó. La estaba abrazando… a ella… de verdad. Cuando Thorin se separó de su pequeñito cuerpo, Billa lo miró muy fijamente a los ojos, con una sonrisa divertida. -¿Entonces, se acabaron los malos rollos?
Thorin rió como respuesta, y esta vez fue Billa la que se le echó a los brazos, sin importarle lo que los demás pudieran pensar de aquello. Intentó mantener su cabeza enterrada contra su cuello todo lo que pudo, pero, finalmente, Kíli habló: -Eh, mirad.
Billa se separó de Thorin (algo ruborizada) y dirigió su mirada al frente. El bosque más grande que jamás había visto se extendía bajo sus pies, y lejos, aunque no demasiado, se alzaba una solitaria cima.
-Allí está – se dijo a sí misma.
-La Montaña Solitaria – habló Méreda.
-Estamos al lado – dijo Kíli.
-Aún tenemos que pasar el Bosque, Kíli – rió Gandalf, - pero sí, se puede decir que ya estamos bastante cerca.
Entonces, un pájaro negro apareció volando a su lado en dirección Este.
-¡Es un cuervo! – exclamó Glóin.
-Eso, mi amigo, es un zorzal – lo corrigió Gandalf. – Pero sí, nos lo podremos tomar como una señal.
Billa observó, triunfante, cómo el ave volaba hacia la cima que era su destino. –Ya estamos al lado, Méreda. Lo peor ha pasado.
Pero la humana le respondió en voz baja y con desconfianza: - Sí, lo peor…
Bueno, siento mucho haber tardado tanto en actualizar (pero es por los estudios, lo siento). Y también siento que este capítulo sea tan corto, pero a partir de ahora viene lo mejor: ya se irán desvelando los secretos (carita maliciosa) y espero no decepcionaros. ¡Besos! XXXXX
