El corazón de una dama
—Como el incendio se propague, salir del pueblo será imposible, dice Oscar.
Ciel apenas levantó la vista hacia la ventana mirando sin interés lo que parecía un sol de medianoche. Suspiró recargando los codos en la mesa y dejando el mentón en las manos enlazadas; él nunca había ido lo suficientemente al norte como para verlo, ni siquiera hubiera imaginado que tal cosa existía si no fuera porque Elizabeth se lo había dicho; con su imaginación siempre romántica hablaba de un atardecer eterno, incluso le había hecho prometer que, cuando se casaran, debían hacerlo en verano para poder verlo en su viaje de nupcias.
—Corre las cortinas, por favor — dijo a su mensajero.
Se había decidido a esperar pacientemente que su tía Frances terminara de cumplir su cometido, tenía la idea de que con los ánimos renovados no existiría impedimento moral para cortar definitivamente sus relaciones con esa parte de su familia. No sentía necesidad alguna de que Edward le invitara a conocer a los hijos que tuviera con su nueva esposa ni tampoco le quedaban deseos de pasar obligadamente las fiestas de Navidad con ellos.
Todos en el pueblo estaban aterrorizados buscando refugiarse al otro lado del valle, para lo que debían de pasar cerca de la mansión así que era imposible no escuchar sus gritos y la forma en la que arreaban a sus animales para no abandonarlos, ya era suficiente estar por perder sus propiedades como para dejar lo único que podría darles sustento si es que el fuego consumía por completo el lugar.
No se molestó en hacer nada similar, para él resultaba bastante obvio el origen del fuego y sabía que no se extendería más allá de lo que su mayordomo permitiera. Y claramente, ni siquiera el humo se acercaría los suficiente como para manchar los muros de la casa, sobre todo después del tiempo que había invertido él en limpiarlos para recibir por primera vez, en muchos años, una visita de sus propietarios.
Se acomodó en el mullido sillón imaginando qué estaría sucediendo, y de qué forma su tía podría seguir convencida de que Sebastian no era más que un mayordomo eficiente y no un verdadero demonio.
Ese último pensamiento se volvió sombrío en algún punto e imagino por un instante que, con semejante incendio, ella quizás ya sabría la verdad.
Giró la vista, había sido obedecido por su mensajero y las cortinas no le dejaban ver más que un destello rojizo por el contorno de la ventana. Se preguntó si Sebastian deliberadamente había hecho una demostración explícita o había apelado a su absurdo sentido de la discreción para encubrir el asunto.
Vinieron a su memoria los últimos días, la forma en que le había reprochado su egoísmo al no querer compartir su contrato, y lo que en un inicio creyó que solo se trataba de una forma de volverse molesto, de pronto adquirió un nuevo matiz cayendo en cuenta de que Sebastian no sentía real simpatía por nadie pero había estado genuinamente interesado en Frances Middleford desde hacía mucho tiempo, incluso antes de que siquiera Elizabeth desapareciera.
"¿Cree que la Marquesa…?"
"Si la Marquesa…"
"Debería considerar que la Marquesa…"
A menudo, él insistía en que no poseía emociones y por tanto carecía de sentimientos, pero a lo largo de los años de conocerle se había convencido de que sí los tenía, pero no de la forma en la que los humanos los entendían.
Aquella vez en que creyó que le había perdido definitivamente a causa de lo que se reclamaba como la maldición del hombre lobo, y que estuvo a punto de reclamarlo rompiendo el contrato; sintió cómo las sombras de una rabia profunda lo abrazaban.
No había manera de confundir una cosa así, estaba auténticamente furioso, no como cuando lo aparentaba con nimiedades que a lo más, le hacían fruncir el entrecejo, por las estupideces del personal o el mal rato que pasaba absteniéndose para no lastimar alguien a quien hacía frente pero no era su objetivo principal.
La rabia del tiempo perdido, el desprecio por la imagen patética que ofrecía un niño escondido en su cama alejándose de los fantasmas del pasado. Eso había sido real, con el poder suficiente como para que al sentirlo, lo llevara de vuelta a la realidad que ocupaba el contrato obligándolo a aceptar los términos y sus consecuencias.
Estaba seguro de que los demonios, o al menos él, sí tenían sentimientos, pero eran demasiado apabulladores como tener cabida en la frágil mente de una criatura que atesoraba cosas tan simples como una rosa marchita entre las páginas de un libro como símbolo de amor infinito, de tan efímeras intenciones que dos amigos de toda la vida y que juraban un afecto fraternal inquebrantable, eran capaces de batirse en duelo a muerte por los favores de una dama que apenas conocían.
Amor…
No le sorprendía el desprecio que Sebastian profesaba a la humanidad y sus emociones, sus sentimientos y afectos. Comparadas con él, ninguna promesa duraba lo suficientemente, ni las de venganza ni las de amor, pero al mismo tiempo parecía que era eso lo que atesoraba, de caso contrario ¿Qué sentido tendría hacer un contrato? ¿Por qué no solo tomar lo que necesitaba como sustento para su existencia y que no podía ser reemplazado?
Él le había dicho que sus concepciones del cielo y el infierno estaban equivocadas, y que él no estaba sujeto a la voluntad de un gran príncipe infernal, tampoco había sido exiliado de ningún paraíso. Y con tono despectivo, había escuchado de los shinigamis que en general, tampoco estaban sujetos a las leyes de ninguna sociedad y ese era el motivo por el que los consideraban como bestias salvajes.
Caminó hacia la ventana moviendo la cortina, se descubrió el ojo que guardaba la marca de su contrato y miró hacia el sitio en donde ardía la hoguera. Entonces tuvo una sensación extraña y la necesidad de ir a encontrarse con ellos.
El mensajero no discutió la extraña petición. Estaba habituado a que el joven Conde solicitara todo tipo de cosas por demás peligrosas, así que preparó a los caballos y juntos emprendieron el camino en sentido contrario al que habían recorrido los habitantes del pueblo.
A medida que se acercaban, el calor se volvía más inclemente pero el fuego parecía retroceder, como si se tratasen de perros de caza entrenados; aún amenazaban pero se volvían hacia su amo cuando este les llamaba.
Sin embargo, llegaron a un punto en que no podían avanzar con el coche así que debieron seguir a pie.
El joven noble puso un pañuelo sobre su boca y nariz, no deseaba crearse problemas en los pulmones por la cantidad de humo, avanzando con pasos cuidadosos mientras su mente aún daba vueltas en torno al asunto que le tenía inquieto desde que les había visto partir después de la cena en la casa de Lord Howard-Scott.
Empezaba a arrepentirse de encomendar a su tía a un demonio.
Había salido de su habitación en cuanto escuchó que su tía dejaba la suya, pero se quedó quieto en cuanto vio, al final del pasillo, a su mayordomo. Se sintió horrorizado al ver el resplandor rojo de sus ojos en la oscuridad, eran como dos brazas ardientes que no se había molestado en disimular encendiendo una luz o desviando la mirada.
Él no se estaba ocultando de ella y la impresión que tenía de que Sebastian deseaba mostrarse tal como era ante la mujer, se acentuó.
¿Cómo se suponía que debía interpretar aquello?
.
Quedaban pocas llamaradas aferrándose a los árboles, el humo se levantaba hacia el cielo hasta disiparse y el silencio finalmente había llegado.
Ya no quedaban alaridos de las criaturas ni troncos crujiendo, todo se había desvanecido como si fuese un sueño. La marquesa Middleford aún podía sentir su propio corazón latiendo con fuerza, pero no era la rabia aquello que la movía, ni su voluntad la que la sostenía.
Sebastian la mantenía entre sus brazos sin esfuerzo, ya era tiempo de apagar el fuego antes de que se propagara más de lo necesario.
— ¿Y cómo debía suceder? — preguntó de nuevo ella a medida que sentía que el aire a su alrededor se volvía cada vez más difícil de respirar a causa del humo.
Imaginó que si en ese momento se desmayaba, despertaría en su cama en la casa y le harían creer que todo fue un sueño, y no deseaba eso.
La primera vez que vio al marqués Alexis Middleford fue cuando lo tuvo a sus pies tras un breve enfrentamiento en un torneo de esgrima. Le pareció el hombre más absurdo que había conocido en su joven vida pero desde ese día se vio agobiada por sus regalos; le mandaba rosas rojas en cantidades tan exorbitantes que la mansión Phantomhive podía olerse desde varias millas antes, cajas de bombones que terminaba regalando a las doncellas, cajas para guardar lazos y organdíes, pequeños broches que estaban en el límite de lo decoroso por ser presentes para una mujer que no era su esposa y que ni siquiera había declarado corresponder sus intenciones.
"Es un matrimonio más que adecuado", había dicho su padre durante algún desayuno mientras mirada de soslayo el inmenso bouquet de nomeolvides que llevaba el mayordomo para entregar junto con el resto de la correspondencia.
Se sintió irritada por el comentario, pero lo cierto era que ya resultaba ser demasiado mayor como para no tener esposo y lo que menos deseaba era convertirse en una carga para sus padres y una marginada social.
Los hijos que concibió habían sido la alegría más grande de su vida, pero Edward ya había tomado su camino y Elizabeth no estaba más.
Pese al profundo cariño que, después de tantos años, había tomado a su esposo, a partir de esa noche le parecía imposible regresar a su lado, pasar los días en la casa Middleford ocupándose de cualquier nimiedad, cumpliendo sus obligaciones de esposa hasta que la muerte se decidiera a reclamarla, luego de evitarla por tanto tiempo.
Sebastian recargó su mentón en la cabeza de la mujer, negándose a aceptar cualquier pensamiento que no fuera esa sensación de abandono que lo envolvía, una sensación que hacía mucho tiempo no sentía pero a medida que obligaba a las llamas a replegarse y el viento húmedo de la costa refrescaba, parecía también como si sus mente exaltada acomodara las ideas habituándose a lo que era la realidad, una en la que habían pactado ser la esposa de un gran caballero y el mayordomo de un noble oscuro.
— ¿Qué voy a hacer contigo, Frances?
Ella tembló al escuchar su nombre por primera vez en sus labios, resultaba aterrador, quizás porque no reprochárselo significaba la muerte definitiva de la antigua Frances, la que se había aferrado a lo correcto, la que se había destrozado a la muerte de Elizabeth, la que había jurado vengarse de todos…
Y la que no quería volver a ser.
—No quiero volver.
Sebastian la separó de él por un instante haciendo que levantara el rostro para mirarla: una idea pasó por su mente, como susurrada por su propia oscuridad, invitándole a deslindarse de todos sus juramentos al conde Phantomhive y finalmente entendió cuál era el motivo por el que en un inicio había enlazado su atención a ella. No estaba equivocado, en cierta manera eran parecidos, era un alma vieja que finalmente dejaba de luchar por encajar en el papel que le correspondía y se entregaba a él, en pleno conocimiento de la verdad.
Ya no albergaba dudas sobre la comprensión de la que era capaz, y se aventuró incluso a creer que ella había percibido más de lo que su joven amo haría nunca.
—No volverás a hacer algo que no desees — le dijo.
Pasó la punta de sus dedos por el contorno de su rostro, apenas tocándola, permitiéndose sentir el calor de su piel y el pulso de su corazón desbocado. Se inclinó levemente para acariciar sus labios con los suyos, haciendo un sutil reclamo que se intensificaba tanto como el deseo de que ese instante durara solo un poco más, lo suficiente como para que esa mujer no se volviera solo una sombra entre los recuerdos que iba coleccionando con el tiempo.
Tomó el aliento tibio de su suspiro y las sostuvo mientras su cuerpo se desvanecía, aquél corazón que había latido jubiloso en busca de un anhelo de existir más allá de toda convención humana se apagaba lentamente. Se aferró a ella, a lo que le estaba entregando libremente y sintió en sí mismo una liberación extraña, la que tanto ansiaba cada que encontraba un alma que atrapaba su atención y a la que dedicaba tiempo para preparar.
Y así como había decidido que esa noche sería solo el comienzo, llegó el final.
Quedó de rodillas con ella en sus brazos, la sangre había convertido la camisa blanca en roja y a medida que más se reusaba a dejarla caer, más era consiente del sentimiento de aversión que mostraba el conde Phantomhive.
El olor de la pólvora pasaba desapercibido entre las cenizas, pero el eco del disparo parecía reproducirse una y otra vez en su mente.
Tan frágil era la vida. Tan breve. Como ese último suspiro que había tomado de la boca de Frances.
— ¡¿Por qué lo hiciste?!
Su amo estaba más exaltado de lo que había previsto, más de lo que había demostrado en todo el tiempo que llevaba de conocerle. Siempre supo que bajo el desinterés que mostraba ante su familia, muy en el fondo de su ser, seguían siendo el lazo más importante de su existencia.
No quería responder, porque de hacerlo debería ser con la verdad y prefería guardar aquello para sí mismo, pero si él insistía no tendría más remedio que confesar que deseaba a Frances más de lo que había deseado a nadie en toda su vida.
— ¡¿Por qué no has hecho nada?! ¡¿No acaso habías dicho que era su misión recoger las almas para evitar que los demonios las tomaran?!
En ese momento el demonio cayó en cuenta de que el shinigami no se había marchado, que solamente se había mantenido al margen haciendo su trabajo con las víctimas humanas.
—Porque fue su libre albedrío entregarse.
William no tenía motivos reales para responder al insolente jovencito que pretendía ser amo de la vida y la muerte, lo había dicho para sí mismo, para mitigar lo que le provocaba haber sido testigo de semejante escena. Su odio y repulsión bullían en su interior junto con su impotencia y con ellas destellando en sus ojos se acercó hasta donde yacía la mujer, la última que le faltaba por segar en ese lugar, si es que quedaba algo de ella.
Reacio al contacto con el demonio, le bastó saber que él había tomado hasta el último aliento y no había nada que pudiera hacer al respecto, nada más que anotarlo en su reporte.
Miró su rostro relajado, sin las facciones desaprobatorias le recordó infinitamente a su hija, a quien había recogido hacía poco. Había muchas memorias compartidas entre ellas, un vínculo que pensó que trascendería lo suficiente como para que la madre luchara hasta volver a unirse y, sin embargo, había terminado por entregarse a la nada y la oscuridad.
Frances Phantomhive, escribió.
Ese era su verdadero nombre, el que había elegido mantener hasta el final.
Miró su nota por un instante que pareció eterno, no recordaba que ningún shinigami hubiera podido segar a ningún Phantomhive desde el inicio de su encomienda como perros de la reina.
—Yo no tengo nada más que hacer aquí.
Diciendo eso se alejó por entre los restos calcinados y aún calientes de lo que muchos siglos atrás había sido una próspera ciudad; enriquecida con los regalos traídos de las profundidades del mar y los favores de las aborrecibles criaturas que existían desde que el tiempo era joven. Destruida cuando sus habitantes deformados por la herencia maldita de la cruza de sus sangres habían sido, como en ese momento, convertiros en piras ardientes.
Pero ya volverían a aparecer, con la persistencia necesaria de todo lo que ha vivido por miles de años, como él, como los demonios, como todas las almas viejas.
Antes de marcharse definitivamente miró al conde Phantomhive, él último que quedaba con el nombre. El arma aún estaba en su mano, pero no apuntaba, había dejado caer lánguidamente el brazo a su lado con la mirada perdida.
Movió la cabeza de un lado a otro, si en lugar de quedarse mirando hubiera disparado, la mujer habría muerto antes de que el demonio tomara su alma.
Pero no valía la pena el remordimiento.
La voz del mensajero llamando a su joven amo rompió la quietud del momento.
Como sacudido por la realidad, el muchacho giró sobre sus talones sin decir nada más y el mayordomo levantó la mirada. Lentamente se puso de pie sin soltar el cuerpo de la Marquesa.
— ¿Está cumplida la misión? — preguntó Ciel Phantomhive con la misma indiferencia con la que preguntaba por cualquier otro tema.
—No del todo. Debo encontrar al hijo de Lord Howard-Scott, y me supongo que con él habrá alguna corte especial.
—Hazte cargo de eso.
El sol empezaba a salir por el horizonte, las últimas sombras de la noche se desvanecían dejando solo el olor persistente de la madera quemada sobreponiéndose a la brisa marina.
—Yes, my Lord.
Comentarios y aclaraciones:
Me pregunto si realmente les sorprende que haya matado a Frances…
En el resumen, de hecho, si lo advertía, aunque Ciel dudó bastante y no pudo "salvarla".
Nos quedan dos capítulos, y solo les puedo decir que Sebastian va por su cuenta, tiene una tarea que cumplir.
Muchas gracias a todos los que me dejaron comentarios, normalmente los respondo uno por uno, pero tiene casi un año que me los dejaron, solo les puedo ofrecer una disculpa y agradecerles la paciencia. Prometo volverme aplicada y regresar a las buenas costumbres, al menos las de mantener contacto personal, no prometo actualizar cada ocho días.
¡Gracias por leer!
