Si tú no vuelves

Preguntas era lo único que habitaba en su cabeza, miles y miles de preguntas. Todos los días alerta y a la expectativa pero jamás recibiendo una respuesta. Aferrarse a la rutina era lo más sencillo ya que así olvidaba aquello que la perseguía incluso antes de dormir. Enfocarse en sus movimientos, precisos y calculadores escondiéndose detrás de los matorrales era lo que la mantenía con fuerza. Concentrándose en la criatura robusta que tranquilamente raspaba sus colmillos contra la corteza de un árbol era lo que debía hacer. Seguía al jabalí con la mirada, esperando el momento preciso de atacar. Avanzó con el pecho pegado al cuerpo un poco con el menor sigilo y en el momento que consideró prudente, saltó y rápidamente degolló al jabalí provocando que un chorro de sangre brotara de su cuello matándolo al instante.

-Perdón señor jabalí- dijo hincándose al lado del animal. –Tu carne nos mantendrá con salud-. Dicho esto se llevó la criatura a la espalda y caminó colina abajo.

Al llegar abajo saludó a varios de los aldeanos que la observaban asombrados, especialmente las mujeres quienes tomaban de la mano a sus hijos pequeños y se alejaban. Giró los ojos riendo y siguió avanzando sin preocuparse de los aldeanos. Se metió a su cabaña y colocó sobre una mesa de piedra el cuerpo inerte del animal, al cual, sin perder el tiempo, comenzó a quitarle la piel. En ese momento, la puerta se abrió. Se trataba de InuYasha cuyo sonido al olfatear era característico. La joven rió negando con la cabeza.

-Sabía que serías el primero en venir a preguntar-

-Me hubieras avisado Rin, hubiéramos traído más- exclamó el hanyou parándose a su lado cruzado de brazos observando la inmensidad del jabalí. –Es el más grande que has traído en mucho tiempo, ¿crees que esté listo para esta noche?- preguntó aunque más bien imploraba.

-Habrá que ver qué tanto me llevará despellejarlo- respondió la joven limpiando la navaja que llevaba en la mano con un pedazo de tela que rápidamente se ensangrentó. –Por cierto que sigo asustando a la gente allá afuera- comentó señalando con la cabeza –Para el tiempo que ha transcurrido debían acostumbrarse-

InuYasha rió mirándola como un padre miraría a una hija. Se sentía orgulloso de la joven por haber salido adelante y continuar con su vida. Si algo respetaba era a aquellos que no se dejaban someter por su medio hermano y Rin en este caso no era la excepción. –Nunca los acostumbrarás. Hasta hoy siguen reverenciando a Kagome a donde quiera que vaya… este es un pueblo lleno de fantasmas… nada se olvida-

Rin sonrió y continuó encajando su cuchillo y removiendo pedazos de piel. InuYasha se quedó observando ya que en realidad disfrutaba ver el proceso sangriento y después de algún buen rato se unía a la joven. Esos eran los momentos en los que interactuaban más. Con el paso del tiempo Rin e InuYasha se habían hecho muy unidos y llevaban una relación muy estrecha y familiar. Después de un rato Kagome entró y al ver la mitad de un jabalí sin piel se sintió ligeramente debilitada. A pesar de haber visto mucha sangre durante los últimos años de su vida, cuando imágenes tan gráficas se le presentaban espontáneamente no podía evitar sentirse ligeramente mareada.

-Ah volviste- dijo sosteniéndose del umbral de la puerta.

-¡Agh! ¡¿Para qué entras si sabes que va a haber sangre sobre la mesa?!- dijo InuYasha regañándole. Se limpió la sangre de las manos y se acercó a su esposa para sostenerla. – ¿Habrá que poner un letrero afuera? –

Rin observaba sonriente a la pareja; si algo le había servido durante el tiempo que había estado ahí era disfrutar de la felicidad de otros. Verlos juntos y amarse a su manera la reconfortaba. Con ellos se sentía parte de una familia y estaba muy agradecida. Kagome e InuYasha se miraban con intensidad hasta que la sacerdotisa se despegó y se sonrojó al recordar que no estaban solos en la habitación. InuYasha giró los ojos fastidiado y salió de la cabaña despidiéndose de Rin prometiendo regresar para seguir con el jabalí. Kagome se quedó.

-Veo que te fue muy bien- dijo haciendo un ligero gesto de disgusto mientras se sentaba frente a la fogata que se encontraba en medio de la cabaña.

-Sí, este es uno muy grande. Espero no haber dejado huérfanos a varios cerditos- dijo con algo de tristeza, de pronto comenzó a llorar. Kagome se acercó a ella rápidamente y abrazó. Rin se incorporó rápidamente y secó las lágrimas de sus ojos sonriendo. –Perdón es que el sólo pensar de haber dejado a algunos bebés sin su mamá, solos, en la montaña, me pone muy triste-

-¿Estás segura que es sólo un poco de culpa después de haber ido de cacería? ¿No estás así por…?-

Rin la miró a los ojos. La sacerdotisa pudo ver el inmenso dolor que transmitía con esa mirada y supo su respuesta. –Han pasado tres años desde que llegué aquí y aún no he podido verlo- respondió, enfocándose de nuevo en el jabalí y continuó con lo que estaba haciendo. –Hay días en los que estoy segura que va a regresar pero hay otros en los que pierdo toda la esperanza. Esos pergaminos tuyos a los que llamas revistas, dicen tener respuestas a muchas preguntas, pero ninguna ha sido acertada-Kagome se llevó las manos a la boca intentando contener su risa. Rin rompió en carcajadas mientras se tallaba los ojos.

-Rin, me tranquiliza ver que rías pero por favor no dudes en contar conmigo si te sientes triste. En cualquier momento, no importa la hora que sea- dijo apretando su mano sobre su hombro. –Sabes que eres parte de esta familia y puedes confiar en nosotros en cualquier momento-

Rin asintió sonriente. –Gracias-

Kagome se dio la vuelta y salió de la cabaña; InuYasha la esperaba afuera. La sacerdotisa lo tomó del brazo y caminaron entre las personas que andaban apresuradas por el pueblo. – ¿Tenía razón verdad?- preguntó InuYasha mirando hacia las nubes.

-Sí- contestó Kagome cabizbaja. –Es sorprendente lo intuitivo que te has vuelto InuYasha- dijo mirándolo sorprendida.

-Supongo que he aprendido bien; con tanta gente entrometida a mi alrededor pues cómo no- Kagome suspiró y giró los ojos. –Y tú sorprendentemente has aprendido a controlar ese impulso de decir esa palabrita- esto último lo dijo apretando los dientes con coraje.

-Puedo retomar la costumbre en cualquier momento, ¿eh?-

El hanyou abrazó a Kagome y continuaron caminando hacia la cabaña donde sus hijos aguardaban. Rin por otro lado se quedó sola frente al jabalí desangrentándose. Dejó los cuchillos por un lado y lavó sus manos. Salió de la cabaña y buscó con la mirada a Ah-Un quien dormitaba bajó un techo que InuYasha le había ayudado a construir al lado de su choza. Se acercó y lo acarició suavemente. La criatura vibró mostrando su agrado ante las caricias de la joven. Una de las cabezas buscaba insistentemente la otra mano para también ser acariciada. Rin rió suavemente.

-Sé que también lo extrañas- dijo en voz baja. –Pero tal vez no regrese por nosotros- Abrazó las cabezas de Ah-Un y se recostó a su lado quedando profundamente dormida.

Conforme iba cayendo la tarde sus pasos se aceleraban. Cada vez estaba más cerca de la aldea, podía oler el humo y ver a lo lejos las luces reflejadas en las hojas de los árboles. Respiró agitado y utilizó su último esfuerzo por correr hacia la cabaña de Rin. Dejó caer su bolsa frente a la puerta y cuando estuvo a punto de tocar, un ruido lo hizo voltear y darse cuenta de que su amiga no se encontraba en casa. Una de las cabezas de Ah-Un bostezó profundamente logrando captar la atención del joven exterminador quien caminó hacia el techo que cubría a la criatura y a Rin que dormía tranquilamente recargada sobre su viejo amigo. La tomó de las piernas y la espalda y la cargó para llevarla al interior de la choza. Con dificultad logró abrir la puerta y avanzó hacia el camastro en donde la acostó y cubrió con una sábana. Sonrió al verla dormir tan serenamente y se sintió culpable de haberse ido aunque hubieran sido algunos días. Se quitó las botas y estiró los pies, suspirando y riendo ya que deseaba por horas descansar de tanto caminar. Tomó un poco de carne seca que llevaba en sus bolsillos, la mordió y se levantó para prepararse un té de hierbas. Tarareaba una tonada mientras llenaba la pequeña tetera de barro. Se sirvió un poco de té y se sentó al lado de Rin quien poco a poco abría los ojos.

-Kohaku, ya regresaste- dijo entre bostezos.

-Sí y veo que tú trajiste un buen jabalí para la cena- respondió sonriente dándole un sorbo a su té. Rin se encogió de hombros y sonrió. Se enderezó y abrazó sus piernas observando la fogata frente a ella. –Veo que estás pensando en eso… Rin, no te olvides de lo que siempre te he dicho… en el momento en el que quieras buscarlo…-

-No- respondió cortante. –No creo que regrese- dijo mirando a los ojos a su amigo con intensidad. –Han pasado tres años y ni siquiera ha venido una sola vez ni en mi cumpleaños- prosiguió esta vez mirando al pequeño espejo y peineta que Sesshomaru le había obsequiado tres años atrás el cual conservaba al lado de su camastro. –Tal vez se hartó de tener que estar tras de mí, cuidándome de lo que hay allá afuera… y lo entiendo, siempre me metía en problemas-

-No digas eso- interrumpió Kohaku tomándola de la mano.

-Es la verdad. Siempre me estaba salvando de todo y le estoy agradecida por eso. No me debe nada Kohaku, tal vez fui una carga, tal vez sólo me salvó porque es una buena persona pero nada más, lo que vino después no fue más que sentir compromiso y responsabilidad, tal vez no quería hacerse cargo de mí y yo sólo abusé de su confianza-

Kohaku negaba con la cabeza, le costaba trabajo creer que Rin pronunciara esas palabras. Al recordar la devoción con la que lo seguía y lo esperaba era difícil de escuchar lo que decía. Podía sentir en sus palabras derrota y decepción, lo cual era perfectamente normal dadas las circunstancias pero le preocupaba que eso fuera a cambiar algo primordial en su amiga; que fuera irreversible. Rin no derramaba ni una sola lágrima. Miraba fijamente hacia el fuego.

-Vamos a seguir despellejando este jabalí- dijo poniéndose de pie, soltándose de la mano de Kohaku. –Le decía a Kagome que espero no haber dejado a algún cerdito huérfano. Me sorprendió ver el tamaño de este jabalí, tenía mucho tiempo de no ver uno tan grande y mira, fue como un regalo para todos. InuYasha está impaciente por cocinarlo-

La joven siguió hablando de nimiedades y Kohaku la escuchaba, sin embargo sabía que la cantidad de las palabras que usaba era equivalente a la cantidad de sentimientos que guardaba, en este caso, sentimientos dolorosos. La observaba hablar y sonreír débilmente. A pesar de lo que había pasado, Kohaku cada vez desarrollaba sentimientos más profundos hacia ella. En ese momento, al verla tan fuerte y firme se dio cuenta de lo mucho que la amaba y de lo que era capaz para que fuera feliz. Insistió de nuevo en buscar a Sesshomaru pero la joven se negó. En ese momento un impulso se anido en su nuca; lo empujaba a pronunciar palabras que deseaba decir desde hacía ya mucho tiempo. Kohaku dejó el cuchillo a su lado y apretó su mano con fuerza, haciéndose de valor. Tomó la mano de Rin y la abrazó con fuerza. La joven dejó caer el cuchillo y permaneció inmóvil entre los brazos de Kohaku.

-Rin… me come por dentro verte así. Sé que sufres y no sé cómo hacer para que recuperes tu alegría. Te prometí estar a tu lado, esperar a que volviera, acompañarte a buscarlo si eso era lo que deseabas… verte derrotada me parte pero al mismo tiempo me da esperanza… Déjame intentar devolverte tu sonrisa-

-Kohaku, pero no tienes que hacer nada de eso- respondió la joven apartándose de su amigo rápidamente pero no de manera despectiva. –Estoy bien, es sólo que él siempre tendrá un lugar especial aquí- respondió tocando su pecho, indicando su corazón.

-Sé mi esposa- pidió Kohaku tomando la mano de la joven.

Rin se mantuvo paralizada frente a su amigo sorprendida y asustada a la vez. Kohaku mantenía la mirada hacia ella esperando una respuesta. Pasaron varios minutos que parecieron horas y el joven la soltó. Se rascó la nuca y rió derrotado dándole la espalda. –No, discúlpame Rin, fue imprudente de mi parte…-

-Sí- respondió Rin rígidamente.

Kohaku se dio la vuelta y sus ojos estaban iluminados. Sonrió ampliamente, la abrazo y alzándola dio vueltas con ella. –Rin, te prometo que no te obligaré a que lo quites de tu corazón pero haré todo en mis manos para que sanes tus heridas-

La joven sonrió débilmente mirando a su amigo a los ojos quien no podía para de reír. Kohaku se llevaba las manos a la cabeza y miraba hacia arriba incrédulo de que Rin hubiera aceptado. La joven tomó el cuchillo que se encontraba sobre el suelo y continuó despellejando el jabalí. La sonrisa del rostro de Kohaku disminuyó un poco e igual tomó el cuchillo y continuó lo que estaba haciendo.

-Perdón, no pude contener la emoción- Rin asintió ligeramente.

-Supongo que Miroku será el más contento- dijo la joven sin mirarlo. Kohaku soltó un chasquido.

-Sí, seguramente-

Afuera de la choza se encontraba Ah-Un muy cerca de la ventana. Veía en el interior de la cabaña y escuchaba la conversación. A pesar de no dar señas de tener un lenguaje era una criatura más lista de lo que aparentaba. La lealtad que sentía hacia su viejo amo Sesshomaru se debía a una gran conexión más allá de palabras, lo mismo sucedía con Rin. Ah-Un comprendió la situación y en ese instante se alejó de la aldea elevándose hacia el cielo después de tres años de no desprenderse del suelo.


Nota: Hola a todos. Sé que el final de este capítulo puede dejar a muchos con algunas preguntas o incluso pueden pensar que aquí se va a terminar todo y que ya todo está perdido, bueno, no voy a decir lo que va a pasar después pero prometo que todo se resolverá. Gracias por seguir leyendo.