Gracias por sus mensajes y alertas, he aquí un nuevo capítulo, lamento la demora, espero no tomarme tanto tiempo la próxima vez pero si es así, de antemano me disculpo.
Los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer, La Bella y la Bestia a su autor original.
Bella bajó los brazos lentamente esperando que las indeseables y nada planeadas lágrimas decidieran no salir de sus ojos, era como si alguien le hubiese dado el paraíso y se lo hubiese arrancado de las manos segundos después. Haberlo deseado tanto teniéndolo tan cerca para que finalmente se cumpliera lo que ella pensaba sobre que él no deseaba nada de ella salvo su sangre. Bajó los ojos esperando que se fuera, no necesitaba tenerlo a su lado en ese momento.
Finalmente logró contener las lágrimas, este poco de tiempo le daría la salida que quería, aunque no podía correr si podía caminar y eso fue lo que hizo, dar media vuelta para irse, pero en el momento en que dejó de ver los zapatos de él sintió que un hierro helado, o al menos algo demasiado parecido, se cerró sobre su brazo derecho con fuerza haciendo que se tropezara. Calló en la columna de piedra que era ese pecho sintiendo que era casi aplastada por esa fuerza. Luego sus labios se vieron atacados por ese salvajismo que lo caracterizaba y que a ella la fascinaba.
Edward no comprendía que se había apoderado de él, lo había sentido antes pero tal como en esos momentos no podía controlarlo, las lágrimas, nuevamente las veía en ella, como si estuviera presa de una terrible tristeza y a él, siendo una criatura como era, el entendimiento le había llegado con demasiados segundos de diferencia. Ella percibía que la había rechazado, lo que no sabía era por qué y tampoco podía identificar lo que ella estaba pensando, pero no debía ser algo bueno dadas sus saladas y cálidas lagrimas que en esos momentos creaban una fricción que casi le calentaba el alma. Los rostros de ambos, demasiado cerca, las respiraciones agitadas de ella. Él estaría en la misma condición de ser humano. Pero sentía que estaba agitado, de una manera que solo un vampiro podía estar. Levantándola contra él percibió que los pies no tocaban el suelo lo que le dio luz verde para correr hasta la casa llevándola.
Sin pensar en nada más que los instintos que se apoderaban de él la llevó rápidamente a su habitación.
Ninguna mujer, ni siquiera Tanya había entrado alguna vez allí, se la había cogido en varios lugares de la mansión, incluso en la inmaculada cocina de Esme pero nunca en su propia habitación porque ni siquiera a ella la consideró alguna vez digna.
Pero no con la campesina. Iba siendo hora de que dejara de llamarle así, podía convertirla en su amante humana, y ese rango, aunque no era digno, era más de lo que alguna vez ella llegaría a tener. Intentó no caer del todo sobre ella, seguramente en la noche ya tendría sus dedos marcados por todo el cuerpo.
La tocó sin orden, sin detenerse en ninguna parte en particular, como si solo se conformara con tenerla en sus dedos de manera superficial para percatarse de que aún estaba ahí, corpórea, real, y viva. Ella intentaba hacer lo mismo pero el peso de Edward se lo impedía, así que se conformaba con el cabello, terriblemente suave y los contornos del blanco y fuerte cuello.
No respiraba agitado, pero hasta para la desconfiada y falta de autoestima Bella, era evidente que estaba fuera de control y eso la hacía sentir poderosa. Puede que no fuera lo suficientemente fuerte para proveerlo con su sangre cuantas veces él quisiera, pero al menos disfrutaba tocándola. El momento de las lágrimas había pasado para ser sustituido por ese frenesí.
La joven no podía negar que tenía miedo, sabía que en medio de todo ese afán podía morderla y su cuerpo mismo le había estado diciendo que no se encontraba en condiciones de ser mordida nuevamente.
Y, como cualquier estúpida masoquista, era algo que la traía sin importancia. Lo único en lo que creía, lo único que veía era a él y sus manos tocándola.
Abrió las piernas para acomodar su forma que se adaptó aun entre las amplias faldas que la vestían. Lo abrazó con piernas y brazos y sintió como los dedos se le clavaban dolorosamente en las caderas y luego subían por todos sus laterales hasta posesionarse en sus pechos que estuvieron cubiertos hasta un segundo después, los impacientes hicieron trizas el escote del vestido llevándose parte del corsé con él. Su fuerza la intimidaba pero también quería sentir sus dedos fríos en la piel, donde fuera que quisiera tocarla.
Edward apartó la tela a ambos lados como terminando de descubrir un regalo preciosamente envuelto. No pensaba en ese momento en el color favorecedor de la tela ni en lo bien que ajustaba las curvas más delgadas de lo habitual.
Se movió contra ella sin poder evitarlo imitando el encuentro sexual, como si ya estuviera dentro de ella. El calor que desprendía la piel de la joven era terriblemente embriagador, quería volver a perderse en él y nada se lo impediría. Fijo la vista en su cuello en donde, a pesar de la debilidad, la vena que lo llamaba palpitaba incólume, a segundos de ser desgarrada.
Sus dedos se detuvieron sobre los pechos y un gruñido animal salió de su pecho. Bella sentía los pezones erizados contra las frías palmas y su corazón parecía saltar en su pecho deseoso de abandonar su cavidad. Se sentía mareada y aun así deseosa. Pero en el momento en que gruñó supo que algo andaba mal.
Sacando sus brazos de la prisión en que se había convertido el pecho de Edward sobre ella las puso en su rostro esperando poder hacer que la mirara, aun en el medio día la habitación se percibía como si fueran las cinco de la tarde y sus ojos no la miraron ya que el movimiento de sus manos no había hecho nada por cambiar la dirección de su cara. Le estaba mirando el cuello con un hambre que rayaba la locura. Tragando en seco esperó percibir la punzada de dolor que anteponía el placer. Pero este no llegó y aunque ella misma intentó moverse un poco para acomodarse no pudo.
- Señor – dijo sin saber de qué otra manera llamarlo, aunque supiera su nombre de pila seguía siendo su… esclava. Él parecía en trance, como si hubiese entrado en un estado de confusión mental. – Señor – volvió a decir ella removiéndose, sintiéndose ahora incomoda con su quietud, pensando que parecía lo que era, un muerto en vida, una estatua.
Edward percibía como la boca se llenaba de ponzoña preparada para atacar, como la cobra que era. Su lengua deseaba de una manera desesperada catar esa dulce sangre nuevamente. Su animal interior deseaba morderla y someterla a su alimentación. Pero no podía hacerlo, por más que lo deseara, no podía si había tomado la decisión de quedarse con ella. Debía existir una manera de detenerse y aunque quería tenerla a la mano sabía que la única manera era llevándolo a cabo él mismo. Nunca se había esmerado tanto por controlarse y este era el momento de poner a prueba la fuerza de la que siempre parecía presumir.
Era una piel blanca demasiado tentadora y el flujo de su sangre seguía llamándolo como el canto de una sirena.
Más no, sus manos sentían el calor de sus cumbres sedosas y pezones duros. Lentamente volvía a la realidad, a concentrarse sobre quien estaba, a sentir el calor más que la necesidad de alimentación.
Y contra todo pronóstico, contra cualquier conjetura e imaginación, lo logró. Dominó momentos después la necesidad de aparearse más que la de alimentarse. Volvió sus ojos lentamente hacia Bella y la joven percibió que, de alguna manera, él había vuelto de ese lugar a donde se fuer por largos minutos.
Edward movió las manos suavemente abarcando los blancos pechos y estimulando los rosados y sensibles pezones hacia arriba y hacia abajo. Ella echó la cabeza hacia atrás en un gemido de placer, hasta él no se había enterado de que tenía los pechos tan sensibles. Cuando sus ojos lo enfocaron percibió que los verdes orbes miraban con concentración clínica sus pechos y no su cuello. Arqueó la espalda para ofrecérselos como había aprendido a hacer en sus anteriores encuentros sexuales. Este bajó la cabeza y engulló el derecho como sabía que a ella la volvía loca. Bella llevaba su cabeza de un lado a otro mientras sentía que cada succión estimulaba directamente la zona entre sus piernas que seguramente para ese momento se hallaba completamente lista para recibirlo, pero sabía que aún no era el momento ya que el señor del castillo, (mansión, ya no sabía lo que era) le gustaba atormentarla un poco, llevarla a la cima una y otra vez para que el descenso final fuera una explosión completa de los sentidos.
El sabor de su piel no había cambiado, pensaba Edward mientras chupaba los rosados botones concentrado en intentar describir un color que se les ajustara. Rosas, crema... pastel… alimento…
No perdió la cabeza, lo cual era un logro. Bebía de sus pechos una y otra vez, cambiando de uno a otro, como era vampiro no estaba cansado y solo sus caderas se apoyaban contra las de ella aun ocultas bajo las faldas del destrozado vestido y sus propios pantalones de ante.
Bajó rápidamente sobre ella abriendo y desgarrando el vestido por la mitad hasta que finalmente solo quedó con las medias blancas que se ajustaban a sus blancos muslos como una segunda piel. Era demasiado estimulante verla de ese modo, removiéndose inquieta, completamente excitada y nuevamente sonrojada.
Se apartó para quitarse su ropa sin importarle que ella viera sus movimientos veloces, ella siguió los que pudo con los ojos embotados de excitación. Él se quedó de pie mirándola, sin expresión en su rostro pero por dentro ardiendo como ningún vampiro hizo antes. Se tocó el miembro de arriba abajo intentando aplacar ese ardor que se había apoderado de su bestia interior, ella tan blanca… en contraste con sus sabanas oscuras.
- Abre las piernas – dijo en tono monocorde para ocultar la manera en que ella le afectaba.
Bella lo miró por unos momentos y luego lentamente, como si en ese momento fuera completamente presa de su persuasión abrió los muslos cerrando los ojos para no ver hacia donde, seguramente, se dirigirían los ojos del señor del castillo.
Sintió frio en su sexo apoyado por la sensación de cálida humedad que ahora tenía. Con los ojos cerrados Bella creyó escuchar ese sonido gutural que salía de él siempre que estaba a punto de perder el control.
Dejó que se deleitara en ella, no sabía si se alimentaria pero esperaba complacerlo al menos en eso, como si se hubiese convertido en una marioneta que él podía manera a su antojo.
- Tócate – le ordenó con la voz excesivamente suave. El hechizo de su voz la hizo levantar la mano derecha y bajarla por su pecho a su abdomen que se movía agitado con su respiración, se detuvo cuando iba al ombligo, de pronto plenamente consciente de lo que le estaba pidiendo, un pudor que, aunque no se había hecho presente en esos días, aun tenia, se apoderó de ella lentamente. Tocarse… él era el único que alguna vez la había tocado y sabía que se sentiría mil veces mejor si era él quien seguía el camino que ella había empezado a tomar. – Tócate – volvió a decir la voz y ella no se movió. No pudo bajar más la mano, apartándola de su cuerpo y dejándola al lado sin ceder.
Edward observaba todo el juego de dudas dibujarse en el rostro de Bella, levemente tintado de rosa, como si le diera vergüenza que él le pidiera dichas cosas. A pesar de todo, de que seguramente él conocía su cuerpo más que ella misma, seguía siendo inocente. Sus ojos se lo habían demostrado antes, podía ser una meretriz en su cama, porque, aunque no tenía las habilidades de una ciertamente disfrutaba de lo que hacían, pero fuera de ella, temía.
Se acercó a su figura inhalando suavemente cuando estuvo lo suficientemente cerca de su intimidad que era una de las partes de su cuerpo que más desprendía calor. Y estaba tan mojada que aceptaría fácilmente si la penetraba en ese momento, más le gustaba deleitarse en ese calor y en esa pasión sin freno que ella parecía experimentar y demostrar. Sopló aire frio como le gustaba hacer haciendo que el instinto de ella la forzara a intentar cerrar las piernas pero él puso ambas palmas en los muslos impidiendo que los cerrara.
- Ya que no quieres…- dijo riendo cansinamente viendo como los ojos de ella se abrían rápidamente convencida de que se iba a ir. – Tendré que hacerlo yo –
Y sin más preámbulos se lanzó a besarla en el sexo lamiendo cada pliegue y succionando espaciadamente su clítoris. Ella se removió nuevamente en la cama sin poder hacer nada más que dejarse llevar por esa sensación que era por demás agradable. No tenía palabras para describirla, era tensión, era compresión, era…
El placer la inundó como a una tetera el agua caliente. Apretó los muslos contra el cuello ya que en algún momento de la placentera tortura él había levantado su trasero para apoyar sus piernas en sus hombros y poder atacar más directamente su zona erógena.
Quizá algún día lo complaciera tocándose como él había dicho, pensaba Bella mientras descendía lentamente de la cima sintiendo como si sexo palpitaba, apretaba y soltaba nuevamente, como si deseara fervientemente tener algo a lo que aferrarse, como una boca hambrienta.
Él se movió sobre ella poniendo el rostro a centímetros de distancia de su propio rostro que lo observó como una figura borrosa ya que sus sentidos no parecían estar en orden en ese momento.
- Uno de estos días veremos… como puedes retribuirme una atención como la que acabo de hacerte – dijo dándole suaves besos en la boca mientras ella le aferraba el cabello y exigía un beso más duradero – y veremos cómo te tocas para mi… solo para mis ojos – le metió la lengua entre los labios y ella le dio la suya apretando sus labios y chupándosela, sintiendo ese sabor dulzón. La esencia de él estaba tan cerca que pensó que oliéndolo solamente podía llegar al orgasmo.
El miembro duro comenzó a indagar suavemente hasta que finalmente llegó a su objetivo, la penetró de un solo movimiento de sus caderas sintiendo como lo apretaba. Un lugar del placer tan conocido y a la vez tan nuevo, como si la penetrara por primera vez. El mismo placer, la misma humedad, la misma estrechez y el mismo grito entrecortado de lujuria que salía de la suave garganta.
Las piernas de Bella se aferraron a las caderas de Edward como un nudo a medias y él comenzó a envestirla sin control besándole y chupándole los pechos, mordisqueándole los pezones, clavando sus dedos en sus caderas para adecuarlas al ritmo de sus embestidas. Eran relaciones sexuales a la máxima potencia, con fuerza, pero no violentas, apasionadas, pero no vulgares, el encuentro de dos cuerpos, de diferentes especies pero que en ese momento eran igualadas por la pasión que desprendían hacia el otro.
Bella no sabía de donde más agarrarse sino de Edward, se aferraba a su cuello para que la potencia del vaivén de sus caderas no la empujara al cabecero de la cama. Sentía que estaba a punto de incendiarse, la piel le estaba sudando y su garganta se hallaba casi que en carne viva por la cantidad de gemidos, gritos, gruñidos que habían brotado de ella.
Si, conocía la pasión con la que ese ser se entregaba a la lujuria pero ese día, al no haberse alimentado, parecía haber duplicado la intensidad de la manera en que se entregaba al sexo para compensarlo.
No le importaba, le dolia el cuerpo, como si en vez de estar teniendo relaciones le estuvieran dando una paliza, pero el placer superaba cualquier sensación de malestar, más adelante pensaría en ello, por el momento se entregó a cada coletazo de placer que le daba sentirlo moverse con fuerza dentro de ella, tocando cada rincón de su sexo con el de él. La tensión que estaba acumulando se le estaba haciendo insoportable y lo único que pudo hacer fue abrazar cada sensación hasta que la más poderosa de ellas se llevó todo su cuerpo a un éxtasis nunca antes conocido.
Apretó sus paredes vaginales y en realidad todo su cuerpo cuando la ola de placer la barrió sin clemencia, gritó hasta casi desgañitarse y permaneció en ese éxtasis por varios segundos, devastadores.
Aniquiladores.
Edward era presa del éxtasis pero de una manera más intensa, al ser vampiro era más agudo. De hecho todo lo era y sentía, por primera vez en siglos, el cuerpo vivo. Vibrante. Lleno de emociones opacadas por la satisfacción física.
Se dejó caer de lado como prevención porque sabía que si dejaba caer su peso vampírico sobre ella le haría más daño del que ya había hecho. Y lo hizo lentamente consiente de que ella aún seguía dentro de un subespacio del que aún no descendía. Cuando dirigió sus ojos hacia ella vio las marcas de sus dedos por todo su cuerpo y aunque estas le causaron satisfacción más que otra cosa, también le hicieron pensar en cómo la había tomado y disfrutado de ese cuerpo.
A Bella le costó más tiempo, por supuesto, recuperarse de ese encuentro. Cerrando los ojos dejó que las palpitaciones en su cuerpo se calmaran, que su corazón se aplacara y su respiración se normalizara. Sentía la presencia del ser a su lado, sin respiración agitada, pero tan cerca como un momento antes. Se tocó el cuello subiendo lentamente el brazo pero no tenía punzadas inflamadas ni le ardía la piel.
No la había mordido.
La había atropellado con placer y aun así no la había mordido. Estaba tan acostumbrada a las dos cosas que su sorpresa era mucha. Volvió lentamente su cabeza para mirarlo y tal como esperó no ver él estaba mirándola a ella. Recorriendo su cuerpo pero no con deseo ya sino en una clara evaluación como si no le gustara lo que veía.
Lo cual lo dejaba mal parado porque hacia un momento parecía incapaz de apartarse de ella.
¿Serían todos los seres como él así de volubles?
Intentó darse la vuelta lentamente pero le dolían un poco las piernas así que lo hizo más que lentamente, su mano se cerró sobre una de las sabanas oscuras para cubrirse de sus ojos evaluadores.
Edward dejó que lo hiciera, seguramente cuando terminara de pasarle las postreras del orgasmo sentiría frio y eso era por causa de él y el ambiente, con un movimiento de la cabeza la chimenea en la habitación se encendió y se iluminó el cuarto un poco más.
- No bebió mi sangre – dijo Bella contra la mullida almohada que ahora alojaba a su cabeza, era una inquietud que no había dejado de rondarle la cabeza desde que se dio cuenta de que no la mordió. El silencio, como siempre, era matador, pero lo soportó con estoicismo porque algo dentro de ella le dijo que él le daría la respuesta a sus inquietudes.
- No esta recuperada – fue la sencilla respuesta tras su espalda. Bella no sabía que hacer aparte de levantarse e irse de ahí. No sabía a donde la había llevado por que era una habitación que nunca había visitado. – Y contrario a lo que mi naturaleza me exige no voy a matarte –
Era una frase que había escuchado la ocasión en la que había estado en una habitación con dos versiones de él. Parecía mas una promesa que una frase hecha a la ligera y el resultado fue el mismo, un inusitado alivio.
- Estoy intentando comer bien… y tomo los medicamentos que la señora Esme me da – dijo ella contra la almohada.
- No es suficiente, he bebido demasiado de ti durante los días que te he visto y probablemente en este momento continúes muy enferma –
- ¿Y qué va a pasar? –
Tenía inquietud por saber cuál sería su destino, aunque por lo que acababa de pasar, si no se alimentaba y a cambio le daba relaciones como esas bien podía acostumbrarse.
"Zorra" le gritaba su conciencia. "De haberlo sabido antes tu padre seguramente te habría dejado en un prostíbulo"
¿Pero era pecado desear a alguien de esa manera? ¿Y que el deseo fuera evidentemente correspondido?
No tenía a nadie para juzgarla, cuando más pensaba en su padre más dolor le daba recordarlo, él era la única persona a la que le importaba y no quería dañar la imagen que este tenía de ella.
Pero hasta ella misma podía determinar que su padre sabía a lo que se estaba enfrentando. Ella había prometido armarse de valor y lo había conseguido, al menos por momentos. Ahora tenía miedo, pero de sí misma.
- Esperaremos que te recuperes – escuchó la escueta afirmación ahora más cerca – Y después volveré a probar tu sangre –
-¿A que sabe mi sangre? – No sabía cómo una pregunta así pudo abandonar sus labios pero lo hizo sin que pudiera evitarlo. No deberían hablar de eso, pensaba nuevamente ella, la vista del arduo apetito que él manejaba. - ¿Por qué es tan…apetitosa para usted? – Definitivamente el filtro de su boca y su cerebro se había averiado. Y al parecer tendría que arreglarlo lo antes posible o buscaría alguna respuesta que seguramente no querría escuchar.
Pero Edward no respondió a esas dos preguntas por que en el momento en que se las planteó se dio cuenta de que no sabía la respuesta.
Era un sabor indescriptible, dudaba mucho que en su amplio lenguaje, idiomas y demás habilidades lingüísticas hubiese palabra, adjetivo o pronombre para describir ese sabor.
Dulce, un manjar, un deleite de las papilas gustativas de la sangre… casi un elixir y de un sabor…
No. No había palabras.
Bella sintió somnolencia, pero no mareo como los días anteriores, definitivamente las pócimas de Esme parecían estar dando resultado.
Edward percibió el momento exacto en el que ella se rindió al sueño. Haciendo brillar más fuerte el fuego volvió a mirarla. La espalda parecía un campo de manchas. Tenía una piel demasiado sensible y delgada, como había podido comprobar con sus colmillos, ahora veía retazos de sus dedos sobre gran magnitud de ella, enrojecidos y quizá en unas horas más adelante amoratados. Retiró lentamente la sabana con el fuego avivado para que no sintiera la ausencia de la misma. Las piernas con morados también. Aunque no recordaba haberla sujetado tan fuerte en el frenesí seguramente había usado fuerza excesiva.
Le molestaba, profundamente. No necesitaba enfermarla más para encontrar otro motivo para privarse de su sangre. Le dio la vuelta levemente al cuerpo y le abrió con suavidad las piernas.
Inflamación, humedad, flujos de ambos combinados. Pero sobre todo irritación, aunque ella no se había quejado. Sus pechos tenían las marcas de sus dientes y de sus dedos también. Toda ella parecía haber recibido golpes desde muchas localizaciones.
¿En verdad esto era lo que quería?
A ninguna otra mujer había marcado de esa manera, ni siendo humano ni vampiro, con todas podía controlarse ¿Qué la hacía a ella diferente? Ahora la respuesta no era su sangre, porque eso en definitiva era un paréntesis, pero ella tenía algo. Y no le interesaba que era. Pero una no pedida esperanza comenzó a arrellanar e su pecho. Como si tuviera derecho de tenerla. Miró el rubí en su cuello y acercando los dedos los pasó por encima. La piedra se hallaba cálida por la piel de ella, siempre le había parecido extraña, aunque no notoria, la tomó entre sus dedos índice y pulgar y por un segundo sus agudizados sentidos vampíricos percibieron que había una especie de vibración en la pepa.
Un palpito, constante…
La alejó de él cuando sintió una especie de repulsión y al mismo tiempo anhelo. Alargando sus dedos a la cadena de plata lo retiró del cuello de Bella y lo lanzó al otro lado de la habitación. Eso no debería estar ahí, ya no. El collar volvería al alhajero esperando que alguien más lo usara en algún momento.
