MI GRAN BODA MUGGLE

Disclaimer: Los personajes que aparecen en la siguiente historia no son ni serán jamás de mi propiedad. Le pertenecen a Jotaká que, aunque tenga sus errorcillos, fue la creadora del maravilloso mundo de Harry Potter. Ella se enriquece, no yo. ¿Qué le vamos a hacer?

Resumen: ¡Percy y Penny se casan! Una novia histérica, un novio acojonado y dos familias totalmente opuestas. ¿Conseguirán llegar al altar, o todo terminará en desastre?

CAPÍTULO 10

Adivina quién viene a cenar esta noche

-Recuérdame una cosa, Penélope. –Percy se ajustó el nudo de la corbata, se colocó la chaqueta correctamente y miró a su novia a través del espejo -¿Por qué tenemos que hacer ese maldito ensayo?

-Porque es una tradición muggle muy importante, porque mis padres pondrían el grito en el cielo si no lo hiciéramos y, sobre todo, porque a mí me hace muchísima ilusión.

-¡Oh, vaya!

Percy frunció el ceño, pero no pudo contener una sonrisa cuando Penny le abrazó por la espalda y le besó el cuello juguetonamente. Apenas habían pasado unos días desde la despedida de soltero y, gracias a Merlín, la resaca casi mortal que atacó al brujo ya había pasado. Era más que evidente que no estaba acostumbrado a beber y después de esa pequeña pesadilla no pensaba volver a hacerlo.

-Pero, Penny, querida. ¿No crees que tuvimos suficiente con un fin de semana familiar? Digo. Meter a tus padres y a los míos en el mismo sitio, y con la boda tan próxima...

-Todo saldrá bien, Percy. Habrá demasiada gente para que nadie vuelva a pelear. Además, mamá estará muy ocupada ejerciendo de anfitriona, y papá va a reencontrarse con unos cuantos amigos del ejército.

-Ya... ¿Y dices que va a haber más Clearwathers por ahí?

-No demasiados, en realidad. No te preocupes por ellos, cariño. En serio, todo irá. Tú sólo se amable y déjanos el resto a nosotras.

-Bien –Percy suspiró y dio dos pasos atrás, observándose concienzudamente –Creo que ya está.

-¡Uhm! Estás tan guapo que te arrancaría la ropa y me arrojaría sobre ti ahora mismo.

-Penny...

Ella rió suavemente ante el tono falsamente indignado, y tras darle un nuevo beso, lo dejó en paz y se concentró en las maletas. Debía reconocer que estaba nerviosa. Faltaban tres días para la boda y el ser consciente de que la próxima vez que pisara ese apartamento lo haría como una mujer casada la llenaba de aprensión. Procuraba mantenerse calmada todo el tiempo, pero no era tarea fácil y Percy no ayudaba demasiado. Últimamente no estaba de muy buen humor y no dejaba de ver el futuro más oscuro que las túnicas del difunto profesor Snape. Y Penny lo entendía, pero esperaba un poco más de apoyo por su parte.

-Estoy segura de que todo sería mucho más fácil si nos fugásemos. ¿Quieres que lo hagamos?

-¿Y arriesgarnos a que tu padre nos busque para matarme? No, gracias. Prefiero la cena de ensayo, los partidos de polo y todas esas cosas.

-No jugaremos al polo.

-¿Qué te apuestas? Tu padre sabe que no se me da muy bien montar a caballo. Lo hará sólo para fastidiar.

-¡Oh, vamos! ¡No seas gruñón! –Penny lo abrazó de nuevo, sonriendo con aire divertido –No será tan malo, de verdad.

-La última vez que estuve en esa horrenda casa, le pegué un tiro a tu padre. Sí será tan malo.

Penny no pudo contener una risotada. De verdad que lo había intentado, pero recordar aquella patética y surrealista situación aún le causaba risa.

-No tiene gracia.

-Valor, Percival Ignatius Weasley. Sólo serán tres días y, después, no habrá marcha atrás.

Percy fue a protestar de nuevo, pero creyéndolo un tanto infantil optó por guardar silencio. Además, Penny tenía razón. Sólo serían tres días y, después, no tendría que volver a ver a Gilbert Clearwather nunca más. Sólo tres días.

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Rebecca Clearwather podía no ser muy buena en muchas cosas, pero nadie podía negar que no fuera la mejor organizando cualquier clase de evento social. De hecho, había pasado tanto tiempo analizando todos los detalles de ese fin de semana, que no había ni un solo posible acontecimiento que no estuviera anotado en su interminable lista de catástrofes, todas ellas con solución. Incluso había estudiado todas las eventualidades mágicas que podrían ocurrir, incluido un ataque homicida de magos locos. Bueno, realmente no es que tuviera buenas ideas para enfrentarse a eso, pero ya había decidido tener a mano el número de la policía por si acaso. En cualquier caso, todo en la mansión estaba en perfecto orden. Ella misma se había arreglado con solemnidad y estaba absolutamente preciosa.

Gilbert la observaba desde lo alto de la escalera al tiempo que los invitados iban llegando uno tras otro. Llevaba un buen rato ahí parado, ataviado con su viejo uniforme y, lamentablemente, mordiéndose las uñas. Rebecca saludaba a todo el mundo con esa sonrisa cautivadora de antaño y, por un momento, él era capaz de recordar por qué se casó con ella.

-Tu mujer es una lagarta, pero sigue siendo condenadamente guapa.

Gilbert giró la cabeza para mirar a su padre con desgana. El anciano había optado por ponerse algo más cómodo que un uniforme y estaba tan adorablemente gruñón como siempre, aunque había algo más amigable en él. Después de todo, aquel acontecimiento era en honor de una de sus nietas y él adoraba a sus nietas.

-Por favor, padre.

Gilbert Sr. entendió y se limitó a palmear la espalda de su hijo mientras se disponía a bajar las escaleras. No era momento para regañarle y recordarle lo tonto que era. Tenía la sensación de que él lo sabía perfectamente y, además, una agradable persona acababa de llegar. El anciano no entendía por qué Anna no iba a la casa más a menudo. O, pensándolo bien y después de mirar a Rebecca, lo entendía perfectamente.

-Anna, querida. ¿No has podido ponerte algo decente? –Se quejó Rebecca cuando vio el vestido de gasa con muchos volantes de su hija. No era apropiado, pero al menos se había recogido el cabello en un moño un tanto caótico, pero moño al fin y al cabo.

-Este vestido es perfectamente decente, mamá –Anna se limitó a sonreír y señaló a su novio. Por una vez se había puesto un pantalón de vestir y una camisa. Y, bueno, llevaba zapatillas de deporte y la camisa por fuera del pantalón (y era de un amarillo muy chillón), pero al menos no tenía el pelo en la cara –Y, míralo. ¿No está elegante?

Rebecca sólo alzó una ceja con desagrado para, a continuación, ir a saludar a uno de sus familiares. Anna rió por lo bajo y vio a su abuelo, que no tardó en abrazarla con fuerza.

-A mí me parece que estás preciosa –Le dijo a su nieta, ahorrándose cualquier clase de cumplido hacia el tipo raro. Ni de lejos le parecía que eso era ser elegante –Tu madre se queja por vicio. Tu madre hace casi todo por ese motivo.

-¡Abuelo! No seas malo –Anna rió y saludó a su padre con un gesto. Gilbert no parecía muy dispuesto para reunirse con los demás -¿Es que no podéis llevaos bien ni cinco minutos?

-Eso es algo superior a mis fuerzas. Y tú, chico. ¿Te apetece un puro?

El tipo raro sólo se encogió de hombros, dejando que el patriarca de la familia lo arrastrara hasta el jardín. No es que se mostrara muy emocionado, pero el anciano siempre le había caído bien. Todo lo bien que podía caerle a él alguien, claro. Anna, por su parte, subió las escaleras y fue a reunirse con su padre, encontrándolo enfurruñado. Para no variar.

-¿No piensas bajar? A la gente le parecerá que estás algo perturbado aquí arriba, observándolos con los ojos entornados y todas esas cosas –Bromeó Anna, besando la mejilla de su progenitor.

-En realidad estaba pensando en demostrarle a todo el mundo lo loco que estoy y liarme a tiros con todo el que se me ponga por delante. ¿No lo encontrarías bastante excéntrico?

-¡Oh, papá!

-En serio, Anna. ¿Por qué tenemos que hacer esto? Estoy seguro de que Weasley ni siquiera es capaz de entender la importancia de una cena de ensayo.

-Creo que hacemos esto por Penny. ¿O crees que yo no tengo sitios mejores en los que estar, en lugar de encontrarme rodeada de pijos idiotas?

-¿Debo recordarte que tú eres una de esas pijas idiotas?

-¡Oh, no, papá! Llevo años intentado demostrar que no lo soy.

Gilbert sólo sonrió y apoyó los codos en la barandilla.

-La tía Enid vino hace un momento. Te sorprenderás mucho cuando veas su cara.

-¿Por qué?

-Digamos que deberías pedirle el número de su cirujano plástico para no llamarlo jamás.

Anna rió alegremente y Gilbert la secundó. Enid era la hermana de Rebecca y, aunque en su juventud tampoco fue fea, su adicción a las operaciones de cirugía estética habían hecho de ella un elemento de difícil clasificación.

-¿Percy sigue sin caerte bien? –Preguntó Anna con suavidad, esperando sinceridad por la parte paterna. Pero Gilbert sólo la miró siniestramente, encogiéndose de hombros –No es un mal tipo.

-Digamos, cariño, que esos dos aún no han abatido al viejo Gilbert. Todavía tengo un último cartucho que quemar.

-¿Qué has hecho, papá?

-¿Yo? Absolutamente nada.

Mentía. Anna no necesitaba ser muy lista para darse cuenta. Lamentablemente apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando vio a su padre al final de la escalera, saludando a Ernest Hastings, quien oficiaría la boda. Anna llegó a la conclusión de que debía averiguar lo que estaba tramando antes de que se desatara la tragedia. Sólo faltaban tres días para la boda y Penny había luchado demasiado para llegar hasta ahí.

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-Estate quieto Aaron. ¡Por Dios!

Maggie intentó que su hijo alejara las manos del nudo de su corbata, pero el niño estaba demasiado nervioso para dejarse hacer, así que se apartó con brusquedad, dedicándole una mirada airada.

-Me molesta esta tontería. La odio.

-A tu abuelo le encantará verte con traje, así que deja de protestar.

Aaron bufó y se estuvo quieto. Su madre tenía esa mirada de no dejarle salirse con la suya, así que se resignó. Contra su voluntad, pero lo hizo. Gruñendo y mascullando maldiciones, pero recorriendo el jardín de la mansión Clearwater a buen paso.

-Pobre tía Penny –Masculló con malicia, revolviéndose el pelo con toda la mala intención. Llevaría la corbata, pero si su madre pensaba que se mantendría arreglado como un pincel, iba lista –Al final no hemos podido salvarla de una vida de perpetuo aburrimiento junto a Percy Weasley.

-¿Cuántas veces hemos hablado de esto? Tu tía está contenta, así que déjalos en paz.

Aaron bufó. Lo podrían haber hablado millones de veces, pero todavía no conseguía entender por qué alguien iba a querer casarse con un tipo como Percy. Era uno de los grandes misterios de la naturaleza y, por su salud mental, no estaba dispuesto a desentrañarlo.

-Espero que sepas comportarte durante todo el fin de semana. Habrá mucha gente, así que...

-Que sí, mamá. Seré amable, educado y no iré por ahí poniendo chinchetas en las sillas de los invitados.

-Así me gusta –Y, tras decir eso, Maggie sonrió cálidamente y le revolvió el pelo con cariño. Aaron, por supuesto, llegó a la conclusión de que tenía que llevarle la contraria y se dijo que tendría que buscar un baño y un peine lo antes posible.

-¡Oh, mira! ¡Son Charlie y George!

Efectivamente, allí estaban los dos hermanos de Percy. Maggie supuso que el resto de Weasley no tardarían en llegar, pero ellos, como hombres independientes que eran, ya estaban por ahí, ataviados con sus mejores galas y mirando a su alrededor como despistados. Quizá, se habían adelantado un poco por descuido, así que Maggie decidió apiadarse y fue a su encuentro. Aaron, por supuesto, ya estaba junto a ellos, sonriéndoles pícaramente. A George sobre todo.

-¿Qué hay, colega? –Aaron estrechó la mano del menor de los pelirrojos y George se mostró agradable y, desgraciadamente, cómplice también -¿Has pensado ya en alguna bromita para la tía Penny y el petardo de tu hermano?

-Bueno, algo se me ha ocurrido. ¿Te gustaría escucharlo?

Aaron, por supuesto, afirmó efusivamente con la cabeza. Maggie quiso decir algo, pero esos dos se estaban alejando a toda velocidad, así que se quedó junto a Charlie, temiendo lo que podría ocurrir en un futuro no muy lejano.

-¿Qué crees que van a hacer?

-No tengo ni idea. George dice que será una sorpresa, pero creo que Penny puede estar relativamente tranquila. No van a tomarla con ella.

-¡Oh! Pobre Percy. Pero supongo que está bien. ¿No? Digo. Penny es la novia. No deberían putearla demasiado. ¿No te parece?

-Es su día especial –Charlie se encogió de hombros y miró a su alrededor. Aunque ignoraba cómo se las apañaban los muggles para organizar cosas como aquella, debía reconocer que el resultado era bastante bueno –Todo esto está bastante bien. ¿Sabes?

-Mi madre ha dedicado una buena parte de su vida a organizar eventos sociales. Son su especialidad.

-Alguien debería felicitarla, pero te aseguro que no seré yo.

Maggie rió y agitó la cabeza con naturalidad. Definitivamente, su querida madre no se mostraría muy contenta al recibir elogios de un brujo o, mejor dicho, de un pobre.

-No te preocupes por eso. Hay un montón de damas ansiosas por intercambiar opiniones sobre flores y guirnaldas de colores.

-¡Uhm! Recuérdame que no me acerque a ellas, por favor.

Los dos jóvenes rieron alegremente, mientras seguían avanzando en dirección a la casa. Maggie vio a su abuelo y al novio de Anna fumando bajo un viejo y enorme árbol y, tras llegar a la conclusión de que no serían una mala compañía para Charlie en caso de que ella tuviera que ausentarse, llevó al brujo hasta ellos.

-¡Margaret, chiquita! ¡Qué guapa estás!

-Hola, abuelo.

La mujer dejó que el señor Clearwather la aplastara contra su pecho y le besó cariñosamente una mejilla. El tipo raro sólo la miró con aire ausente y le dio una larga calada al habano que sostenía con la mano izquierda. Parecía asombrosamente lúcido y se había peinado. Por un segundo, Maggie pensó que estaba enfermo.

-¿Dónde está Anna?

-Se quedó haciéndole compañía a tu padre. Tenía un siniestro parecido con Jack Torrance antes de atacar a su mujer con el hacha. ¿Sabes? Daba un poco de miedo.

-¡Oh, no digas eso! Papá nunca utilizaría un hacha. Recuerda que era un francotirador durante sus años en el ejército –Espetó con sarcasmo la mujer.

-O eso es lo que dice él. Ha venido, señor Weasley –Gilbert apretó con fuerza la mano de Charlie –Supongo que el resto de sus hermanos nos acompañarán.

-De hecho –Intervino Margaret –George y Aaron andan por ahí, tramando vete tú a saber qué cosas.

-¡Uhm! Interesante.

-Abuelo. No creo que interesante sea una buena definición. Esos dos son capaces de hacer alguna barbaridad. Y también está papá, por supuesto.

-Sí. Yo diría que tu padre se trae algo entre manos. Si yo fuera tú, iría ahora mismo a buscar a Anna y lo averiguaría antes de la llegada de tu hermana –Gilbert le tendió un puro a Charlie, que lo aceptó con algo de reticencia –Yo haré compañía a estos dos caballeros. Seguro que tenemos muchas cosas de las que hablar.

Maggie alzó las cejas, escéptica, pero siguió el consejo de su abuelo. Si realmente su padre estaba tramando algo, debían averiguarlo lo antes posible. Por el bien de Penny y todos los demás. Así pues, y aunque dudaba mucho que su abuelo y esos dos tuvieran algo que decirse, se alejó de ellos y empezó a buscar a su hermana menor por toda la casa. Maldito fuera el fin de semana que se avecinaba.

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-¡Penny, querida! Lamento muchísimo el retraso –Molly le plantó dos besos a su nuera en la mejilla y, con paso veloz, atravesaron las verjas exteriores de la casa de los Clearwather. Ella y Arthur eran los últimos en llegar y, tal y como prometieron, Percy y Penny los estaban esperando en la puerta –No conseguía encontrar los zapatos para la boda y Arthur no ayudaba gran cosa, ahí, sentado en el sofá.

-Reconoce que estabas un poco nerviosa, Molly. Ni siquiera te acordaste de usar la varita para dar con ellos –Arthur habló pacientemente, estrechando la mano de su hijo –De todas formas, no llegamos muy tarde. ¿Verdad?

-Estoy seguro de que mi suegro no estará de acuerdo –Masculló Percy entre dientes –Hay un buen montón de gente, Penny.

-¡Oh, vamos! No son tantos.

Penny frunció el entrecejo. Realmente sí eran tantos. Su madre parecía haber hecho oídos sordos a sus peticiones y había llenado la casa de gente. La mayor parte de ellos eran familiares directos, pero la bruja estaba segura de que había algunos tipos que no fueron incluidos en su lista de invitados.

-¿Sus hijos han llegado ya, Molly?

-Dijeron que iban a adelantarse. Los niños de Bill y Ginny estaban muy nerviosos. Seguramente ya están correteando por el jardín.

-Posiblemente tu madre encuentre eso del todo inadecuado. ¿No crees?

-¡Percy, por Dios! Deja de quejarte por todo y sonríe un poco –Penny dio dos pasos adelante. Una mujer de llamativo pelo violeta y rostro muy estirado se acercaba a ella con una mueca en la cara que pretendía ser una sonrisa -¡Tía Enid! –Masculló la chica, preguntándose qué se había hecho.

-¡Penélope! ¡Cuánto tiempo sin vernos! ¡Mírate! ¡Qué guapa estás! ¡Y a punto de casarte!

-Sí. ¿Cómo están todos?

-Tú tío hecho un vago, como siempre. Y tus primos están bien. Paul no podrá venir. ¿Lo sabías? Anda de viaje en alguna parte del océano Índico. En una de esas islitas tan exóticas. Seguramente, metido en negocios turbios, ya sabes –Enid intentó guiñarle un ojo y Penny sonrió, sabiendo que su primo no era trigo limpio precisamente –En cualquier momento recibiremos una llamada del consulado de vete tú a saber dónde. Por eso, iré por ahí, a buscar una copita de champán.

-Claro, tía. Pero antes. ¿Conocías ya a Percy?

El brujo se adelanto. No le hacía mucha gracia, pero se vio obligado a aceptar que la tía Enid de Penny le manchara las mejillas con pintalabios y le dirigiera una mirada triste pero animada. Fue algo un poco raro.

-¡Por supuesto! ¡Tu pelirrojo! ¿Sabías que, de niñas, tu madre no soportaba los pelirrojos? Decían que eran demonios o algo así.

A Percy ese le pareció un comentario totalmente fuera de lugar y, a juzgar por su expresión, a Penny también, pero los señores Weasley rieron animadamente, como si esa mujer les cayera bien o les pareciera divertida. Sin duda, Enid se tomaba su vida –que era un tanto desgraciada en algunos aspectos- con mucha filosofía y, a pesar de la amargura de su mirada, sabía mantener el buen humor en todo momento.

-Tengo entendido que la mayoría de los Weasley sois pelirrojos.

-En realidad, todos lo somos –Dijo Percy, alzando el mentón.

Tía Enid rió y agitó la cabeza, girando sobre sus pies:

–Voy a buscar a un camarero y a esconderme de mi querida nuera un rato. No sabes cómo le gusta hablar, querida. Suele ser encantadora, pero en las bodas se pone terriblemente sentimental y no hace más que llorar. No me extraña que tu primo me la haya encasquetado a mí. Al menos está cuidando de los niños. ¿Has tenido ocasión de conocerlos?

-Creo que al mayor sí. También se llama Paul. ¿Cierto?

-¡Oh, sí, Paul! –Enid suspiró y comenzó a andar, subiendo la voz para que la escucharan mientras se alejaba –Veré si puedo traerte a Emily. Es un bebé precioso.

Penny sonrió y observó a su tía con aire ausente unos segundos. Después, se giró para mirar nuevamente a Percy, que aún intentaba asimilar el hecho de tener que conocer a una buena parte de la familia Clearwater en la víspera de su boda.

-El primo Brian te caerá bien. Es tan estirado y serio como tú –Bromeó la chica.

-¡Ja, ja! –Percy resopló y se cogió a su mano –No tendré que coger al bebé en brazos. ¿Verdad?

-No si no quieres, aunque estoy segura de que papá apreciará el hecho de que sepas cuidar niños.

-Genial.

-Vamos, Percy, no es tan difícil. ¿Sabes? –Arthur le palmeó el hombro. Pretendía apoyarle, aunque la burla estaba presente en su voz –Al principio, yo también pensaba que sería un desastre con los niños y, después, ayudé a tu madre a criar siete hijos.

-Aunque reconozcamos que casi todo el mérito es mío –Molly sonrió -¡Pero qué bonito está todo! ¡Oh, ahí está Charlie! ¡Vamos, Arthur!

Los señores Weasley se alejaron caminando rápidamente. Percy hizo ademán de seguirles, pero Penny lo sostuvo suavemente por el brazo y prácticamente lo arrastró a un rincón apartado e íntimo del jardín.

-¿Nervioso? –Preguntó, sonriendo tímidamente mientras le acariciaba el pelo.

-Un poco, sí.

-La verdad es que yo también lo estoy –Penny lo miró fijamente a los ojos unos segundos. Le rodeó el cuello con los brazos y le besó pausadamente, sintiendo las manos de su prometido posarse con delicadeza en su cintura –Todo saldrá bien.

-Esperemos.

Volvieron a besarse. El murmullo de la fiesta sonaba bastante lejano y, durante unos maravillosos segundos, Percy pudo concentrarse en el ruido que hacía el viento al agitar las ramas de los árboles y en los sonidos alegres y variados de toda clase de animales. Se sintió bastante relajado y feliz, y realmente creyó que, tal y como Penny no se cansaba de afirmar, todo saldría bien. Hasta que escucharon dos voces acercándose a ellos y, sin saber por qué, cogió a Penny de la muñeca y la ocultó detrás de unos arbustos.

-Deberías estar en la fiesta, Becky. Eres la anfitriona.

Percy entornó los ojos. Ahí estaba su suegra, tan guapa como siempre, aunque su expresión parecía mucho más relajada. Al mago, esa mujer nunca le pareció más humana que en esa ocasión, como si acabara de encontrarse con la auténtica Rebecca por primera vez en su vida. Parecía estar casi feliz, y Percy se obligó a entornar los ojos para reconocer al hombre que sostenía su mano y se esforzaba –bastante patéticamente- por apartarla de su cuerpo. Inmediatamente miró a Penny, que estaba un poco pálida y había dejado de respirar. Cualquiera que hubiera visto a su madre besar con tanta pasión a un hombre que no es su padre lo hubiera estado.

-En serio, Becky. Más tarde...

-¿Es eso lo que quieres, Robbie?

El hombre gruñó. Al mismo tiempo, Penny suspiró profundamente. Percy creyó que saldría de su escondite y la sujetó con fuerza, pero no fue necesario. Rebecca Clearwater y su amigo siguieron avanzando, con claras intenciones de separarse de un momento a otro.

-Penny...

Percy apenas pudo pronunciar el nombre de su novia. Si aquello era un augurio de lo que le esperaba, cuenta le traía salir por patas de esa casa. Sintió a Penny temblar y la abrazó, esperando a que se tranquilizara y fuera capaz de reaccionar.

-¿Qué...? –Musitó al cabo de unos segundos, con voz ahogada. Se separó de Percy, dio un par de vueltas sobre su misma y se puso roja. Estaba claramente enfadada -¿Qué puñetas ha sido eso, Percy?

-Yo... No lo sé, Penny. Debe haber una buena explicación.

-¿Una buena explicación? –La chica pateó el suelo y comenzó a andar con decisión. Percy tardó un momento en comprender sus intenciones, pero cuando lo hizo actuó con total sensatez: la detuvo.

-¿Qué vas a hacer?

-¿Que qué...? ¡Voy a hablar con mi madre, por supuesto!

-Penny, no...

-¡Ese era Robert! ¡El jodido jardinero! ¡Claro! Con razón disfrutaba tanto del jardín, cuando nunca lo ha soportado –Espetó con sarcasmo, prácticamente fuera de sí. Percy nunca había visto a Penny tan enfadada. Y, sí, también decepcionada -¡Oh, pero me va a oír! Ya lo creo.

-No. –Percy la sujetó con más fuerza, aún cuando ella se revolvía entre sus brazos –No es el momento, Penny.

-¿No? Entonces. ¿Cuándo lo será?

-Está bien, cariño –Percy colocó sus manos en el rostro de la chica, obligándola a mirarla –Escúchame. No puedes ir a hablar con tu madre ahora. Estás demasiado nerviosa. Te conozco y sé que montarías un escándalo. Así que quédate aquí, conmigo, hasta que te calmes. ¿De acuerdo?

-¿Y qué te importa si hago un escándalo? Es lo que me apetece, mira tú por donde.

-Penny –Percy habló con suma delicadeza, sin dejar de mirarla –Esta es nuestra fiesta. Y te entiendo perfectamente, te lo juro, pero vamos a casarnos. Es nuestro día, Penny.

Nunca, hasta ese momento, Percy había sentido la imperiosa necesidad de unir su vida a la de esa mujer. Le gustaba estar con ella, la quería y se veía a sí mismo envejeciendo a su lado, pero nunca había anhelado casarse con ella. No hasta que la vio así, tan desamparada, tan pequeña e indefensa, a pesar del enfado y las circunstancias. Se había dado cuenta de que deseaba protegerla del mundo y de todo lo que pudiera hacerle daño, y le gustaba la sensación de ofrecer consuelo y apoyo. Le hacía sentirse útil y le llenaba el alma ver que el cuerpo de Penny se relajaba un poco tras escucharlo.

-Tengo que saber qué está haciendo. Y papá... No puedo dejar que esté ahí, sin saberlo...

-Ya habrá tiempo. Después hablaremos con ellos. ¿De acuerdo? Pero ahora tenemos que mantener la cabeza fría y actuar con prudencia. –Percy le dio un beso en la frente y le sonrió ampliamente –No me obligues a borrarte la memoria.

Penny bufó y terminó por sonreír también. Se abrazó de nuevo a su prometido y respiró profundamente varias veces, intentando templar sus nervios.

-Esto no tenía que ser así, Perce. El fin de semana tendría que haber sido genial. Ahora, no creo que pueda...

-Podremos. Yo estaré contigo. Y si de verdad consideras que quieres hablar con tu madre ahora mismo, iré contigo. Pero no creo que sea el momento adecuado. Hazme caso.

Penny cerró los ojos y afirmó quedamente con la cabeza. Percy, muy a su pesar, tenía razón. Lo que acababa de descubrir era muy fuerte, pero no podía ponerse a discutir con su madre ahora. Porque eso harían: discutir y estropear el día de su boda, ese día que se suponía que debía ser feliz y no un auténtico desastre.

-Voy a buscar una botella de champán bien frío. ¿Te apetece?

-Bebida muggle. ¡Uhm! ¿Por qué no?

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-Las chicas dicen que tienes un as bajo la manga. ¿Qué has hecho?

Gilbert miró de reojo a su esposa. Estaban frente a la mesa de los aperitivos. El hombre había decidido que comería hasta reventar y masticó con deliberada lentitud un canapé de gamas con mayonesa antes de prestarle atención.

-Si me hubieras prestado un poco más de apoyo, en lugar de andar por los jardines –Y Gilbert le dio un soniquete especial a esas palabras –quizá estarías enterada.

-Ya veo. Estás de morros. ¿Celoso, acaso?

-¿Celoso? Si no tuviera la boca llena, me partiría de la risa.

Rebecca le dio un golpe en el pecho y le dedicó una mirada cargada de veneno.

-Por mí puedes hacer lo que te de la gana, pero luego no me vengas pidiendo explicaciones.

-Creo recordar que eras tú quién siempre me pedía explicaciones a mí –Espetó la mujer, apretando los dientes. Ninguno de los dos había alzado la voz, pero sus expresiones delataban que la conversación no era agradable. Ninguna de sus conversaciones lo había sido nunca, ni siquiera al principio del matrimonio.

-Te pedía discreción, no explicaciones. Y puedo entender que en tu juventud fueras incapaz de disimular, pero ahora. ¿Cuántos años tienes, querida?

-No seas grosero, estúpido.

-No soy grosero. Me limito a recordarte que ya no eres una niña y alguien podría encontrarte haciendo cosas que no debes. Tenemos la casa llena de gente. Podrías elegir otro momento para mostrar interés por la herbología.

Rebecca se mordió los labios, sabiendo que su esposo tenía razón. Gilbert nunca le había exigido demasiadas cosas durante todos los años que llevaban casados, tan solo que fuera discreta y se mostrara como una buena anfitriona con las visitas.

-Quizá sería lo mejor. ¿No te parece? Las chicas ya son mayores, no las mataría saber la verdad –Dijo con frialdad, sirviéndose un poco de ponche –Y nos libraríamos el uno del otro de una buena vez. ¿No lo has pensado?

-Ningún Clearwater se ha divorciado desde la época victoriana. No pienso ser el primero.

-¡Por favor, Gil! No me vengas con esas a estas alturas. A nadie le sorprendería demasiado, ni siquiera a las chicas. Y tu padre se pondría muy contento, puedes creerme.

Gilbert suspiró profundamente y devoró un nuevo canapé. Era una suerte que nadie estuviera escuchando esa conversación.

-Te recuerdo que dentro de dos días, Penny se casa. ¿Crees que este es el mejor momento para hablar de ese tema?

-No veo por qué no. Después de todo, es ahora cuando deberíamos ser sinceros el uno con el otro.

-No ha habido ni un solo día durante estos años en el que no hayamos sido sinceros, Becky –Gilbert la miró fijamente y le ofreció un poco de comida –Tenemos todo el tiempo del mundo para pensar en eso. Dejémoslo aquí.

Rebecca aceptó el canapé y decidió no insistir. A pesar de todo, siempre había sentido cierto respeto por Gilbert. No había sido un mal marido. Siempre le había dado todo lo que necesitó –incluso lo que no le hacía falta –y le dio la libertad que deseaba.No podía quejarse porque, además, tenían a las chicas y, aunque ella no fuera muy maternal, las quería porque eran sus hijas.

-Está bien, Gil. Empecemos otra vez. ¿Qué es lo que tienes planeado hacer? Margaret y Anna están histéricas y andan de un lado para otro buscando bombas y francotiradores.

-¿Bombas? –Gilbert alzó una ceja, divertido –Ni siquiera lo había considerado, pero no parece mala idea. Aunque, claro, nos daría una publicidad espantosa. ¿No te parece? –Rebecca sólo puso los ojos en blanco. No pudo acompañar a su marido cuando empezó a reír –En realidad, es una tontería. Dudo mucho que funcione, pero no hubiera podido sentirme orgulloso de mí mismo si no lo hubiera intentado.

-¿Me lo dirás o vas a pasarte todo el día divagando?

-Rebecca, querida. Adivina quién viene a cenar esta noche.

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-¡Penny! ¡Es terrible!

Maggie y Anna se plantaron frente a su hermana mayor en cuanto Percy y ella regresaron junto a los demás. Penny, aún bastante aturdida después de lo que acababa de pasar, la miró con extrañeza y dio un paso atrás, aferrada a la mano de Percy.

-No me digáis que ha pasado algo –De pronto, agitó la cabeza y dio un saltito alarmado –Mi vestido.

-¿Qué? ¡No! Tu vestido estaba bien la última vez que lo vi. Es otra cosa.

-¿Qué cosa?

-No lo sabemos, pero papá está implicado.

-No, Anna. Querrás decir que papá es el principal responsable de todo.

Penny suspiró con resignación. Durante un horrible instante pensó que su hermoso traje de novia había sido destruido de mil y una formas diferentes. Por eso, al escuchar hablar de su padre, sólo sintió alivio y mucho cansancio. Ya hacía tiempo desde la última vez que intentó convencer a su progenitor de que Percy sería un buen marido y, para ser sincera consigo misma, no quería tener que volver a repetirle los motivos que la llevaban a casarse una vez más.

-¿Acaso no se va a cansar nunca? –Musitó lastimeramente, agarrándose a Percy con más fuerza que antes –Estoy empezando a hartarme de verdad.

-Vamos, Penny. Tú no tienes que preocuparte –Dijo Maggie, un poco extrañada por la expresión derrotada de su hermana. Había pensado que la situación le resultaría cómica, pero algo no iba bien ese día –Anna y yo lo detendremos antes de que pueda hacer nada.

-¡Por supuesto! Afortunadamente, papá es muy predecible. Sólo necesitamos unos minutos de reflexión para averiguarlo todo. Confía en nosotras.

-En este momento, vosotros tres sois los únicos en los que puedo confiar.

Penny abrazó a sus hermanas. No era normal que hiciera algo como eso, por eso cuando se separaron, ambas miraron a la mayor con manifiesta preocupación.

-¿Ha pasado algo? ¿Te sientes bien?

Penny miró a Percy. Necesitaba desahogarse. Se sentía muy angustiada y no se veía capaz de ocultar la verdad a sus hermanas. Después de todo, ellas también tenían derecho a saber que el mundo que conocían estaba a punto de derrumbarse sin que nadie pudiera evitarlo.

-Percy...

-No sé, Penny. ¿Lo crees conveniente?

-¡Ey! –Anna se volvió hacia Percy. Ahora no se la veía preocupada, sino enfadada, y el mago supo que era él el principal receptor de su ira -¿Qué le has hecho? No pensarás dejarla plantada. ¿Verdad? Porque era demasiado pequeña cuando aquel hijo de puta dejó tirada a Maggie, pero soy capaz de cortarte los huevos y ponértelos de corbata si te atreves a abandonar a Penny.

Percy retrocedió. No es que estuviera intimidado, pero no le hacía demasiada gracia tener que enfrentarse a Anna mientras ella lo mirara con esa expresión de psicópata sedienta de sangre. Penny parpadeó, aún asimilando toda la información, y sostuvo a su hermana por los hombros cuando pudo reaccionar.

-Percy no me ha hecho nada. No me ha dejado plantada. No es eso.

-¿Entonces? –Inquirió Maggie con suavidad, acariciando el cabello de Penny. Cuando eran niñas, solía juguetear con su pelo cada vez que Penny estaba nerviosa, asustada, triste o enfadada. La ayudaba a relajarse y, con los años, aún actuaba de la misma forma casi por instinto.

-No sé si deberíais saberlo. No quiero estropearos el fin de semana, pero es... Yo no puedo sola.

-Nos estás asustando, Penélope. ¿Por qué no desembuchas de una vez?

Penny tragó aire, cerró los ojos y apretó los puños. Después, colocó una mano en cada hombro de sus hermanas y habló en un susurro. No estaba muy segura de que aquello fuera lo conveniente, pero no podía quedarse callada. Y si se veían obligadas a montar un escándalo, lo harían y punto.

-He visto a mamá.

Anna y Maggie se miraron, parpadearon y miraron a Penny.

-¿Y? No me digas que la has visto sin maquillar –Bromeó Anna, intentando rebajar la tensión del momento –Entiendo que estés traumatizada, pero imagina cómo te sentirías si hubieras visto a la tía Enid...

-La he visto antes, con Robert, el jardinero, morreándose por allí detrás.

Percy torció el gesto. Aquello no era ser precisamente delicada, y no le hubiera extrañado lo más mínimo que alguna de las dos hermanas Clearwater se desmayara de la impresión. Sin embargo, en lugar de eso Anna rompió a reír y Maggie sólo frunció el ceño, como si estuviera pensando en algo.

-¡Anda ya! –Dijo finalmente la menor entre risas –Si ese cabrón os ha dado un poco de su mierda, lo mataré.

-Tu novio no nos ha dado nada. No estamos colocadas. Sé lo que vi. Mamá es una zorra infiel.

Anna dejó e reír. A Percy le pareció que se ponía un poco pálida antes de enrojecer de furia y darse media vuelta mientras Penny la agarraba por la cintura para evitar que hiciera una locura. Aquellos dos caracteres eran realmente explosivos, más aún cuando las emociones parecían a flor de piel. Maggie, sin embargo, parecía extrañamente calmada. O, quizá, estaba en estado de shock y era incapaz de reaccionar.

-¡Anna! Por favor. Tranquilízate.

-¡Mierda! ¿De qué coño va todo esto?

-¿Os acordáis del profesor Van Dalsher?

Las palabras de Maggie interrumpieron a Anna. Sus hermanas la miraron fijamente, sin entender qué tenía que ver aquel hombre en todo ese embrollo. Van Dalsher había sido un profesor de piano de su infancia. Penny lo recordaba alto, rubio y atractivo. Lloró mucho cuando murió en aquel accidente de tráfico.

-Un día, pocas semanas antes de que muriera, llegué a casa un poco antes de lo normal –Explicó con calma, mirando a sus hermanas fijamente. Percy también la escuchaba atentamente, pero sin atreverse a intervenir –Me puse enferma y uno de los profesores me acompañó. Cuando entré a la biblioteca, pensando que papá o mamá estarían allí, los vi.

-¿A quién? –Musitó Penny casi con temor.

-Al profesor Van Dalsher y a mamá. Besándose.

-¿Qué?

-Yo quise hacerles ver que estaba allí, pero alguien me lo impidió.

-No me lo digas –Intervino Anna, menos impactada que Penny por esa nueva revelación –El abuelo.

-No. Fue papá.

Percy estuvo a punto de caerse al suelo del impacto. En lugar de eso, sujetó a Penny, que se había tambaleado hacia atrás y estaba más pálida que un muerto.

-Vale –Anna volvió a reír. Durante un segundo, Percy temió que se hubiera vuelto loca –Ya está bien. Sois muy graciosas, pero si seguís así conseguiréis que me de un infarto.

-Te juro por lo que más quiero que no es ninguna broma –Afirmó Maggie. Sus ojos recorrieron el jardín hasta que vio a Aaron, conversando con George Weasley.

Otra vez, Anna se quedó pálida. Estaba furiosa, pero demasiado confundida para poder decir o hacer algo más. Penny, por su parte, sólo se sostenía en Percy.

-Pero, entonces. ¿Qué...?

-Nunca dije nada porque papá me aseguró que todo estaba bien –Prosiguió Maggie, mordiéndose el labio inferior –Todo parecía estar bien. Y supongo que yo era muy pequeña, porque poco a poco me fui olvidando de aquello. Aunque siempre supe que el matrimonio de papá y mamá no iba bien, no le di importancia.

Las tres hermanas se quedaron en silencio. Se suponía que aquella era una ocasión alegre, no el momento horripilante de descubrir los trapos sucios de la familia Clearwater. Percy hubiera dado todo el oro del mundo para borrar del tiempo y el espacio los últimos acontecimientos.

-Esto... –Masculló entre dientes, tan nervioso que no sabía qué decir –Sé que todo esto es complicado, pero deberíamos hacer algo. No sé.

-Deberíamos agarrar a papá y a mamá de una oreja y exigirles que nos digan lo que pasa –Espetó Anna con decisión.

-Yo creo que en el fondo ya lo sabíamos –Musitó Penny en voz muy baja, aún agarrada a la mano de Percy –Desde pequeñas sabíamos que no se llevaban bien. Debimos suponer que...

-¿Qué mamá es infiel con el primero que se cruza en su camino y papá lo consiente? –Bufó Anna –Francamente, no sé cuál de las dos cosas me pone más enferma.

-Lo hacían por nosotras –Intervino Maggie, acariciando el hombro de su hermana –Para que creciéramos siendo una familia normal. Deberíamos hablar esto con calma. Sospecho que su situación actual no hace felices a ninguno de los dos.

Anna quiso protestar, pero el asentimiento de Penny la hizo guardar silencio. Normalmente, cuando las tres hermanas tenían que hacer algo conjuntamente, actuaban de forma democrática. Y si Penny y Maggie querían tratar el asunto con diplomacia, ella no podía hacer más que prestarles su apoyo.

-Sugiero que olvidemos esto hasta después de la boda –Dijo Penny –Después, los agarraremos a los dos y los obligaremos a contarnos la verdad. Aunque yo tenga que renunciar a mi noche de bodas.

-¡Oh, mierda!

Maggie y Anna rieron ante el comentario falsamente molesto de Percy. El hombre había intentado relajar el ambiente y lo había conseguido de forma definitiva. Ahora, sólo les restaba ser capaces de cumplir con sus intenciones, por más difícil que eso les pareciera.

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-Hola, papá.

Penny logró besar la mejilla de su progenitor sin que se le notara lo enfadada que estaba con él y con su madre. Quizá, Gilbert fuera el menos culpable de los dos, por más que su hija dudara que pudiera ser inocente en alguna de las acciones que llevó a cabo a lo largo de su vida. El hombre la abrazó un segundo, regalándole una sonrisa plagada de sinceridad, y después se volvió hacia Percy. El mago, que siempre fue mejor ocultando sus emociones, estrechó su mano con naturalidad y se preparó para las cosas que normalmente ocurrían cuando estaba ante su suegro: frases irónicas, segundas intenciones y amenazas ocultas bajo montañas de modales exquisitos y palabras amables.

-Tenía la esperanza de que no vinieras, Weasley –Espetó el muggle con una sonrisa maliciosa en los labios –Aún así, he puesto a buen recaudo las escopetas de caza. No pienso facilitarte un nuevo intento de asesinato.

-Papá...

-Creo, señor Clearwater, que si hubiera intentado matarle realmente le hubiera disparado un poco más arriba. A la altura de la cabeza, supongo que sería un buen sitio –Espetó Percy con naturalidad, contento porque Penny había salido en su defensa, pero dispuesto a defender su lugar por una vez. Sin duda, Penny necesitaba no tener que preocuparse todo el tiempo por él –Aunque, pensándolo mejor, si quisiera deshacerme de usted no recurriría a métodos muggles. Con mi varita me bastaría.

-¡Uhm! Veo que revelas tu auténtica naturaleza –A pesar de su tono ligeramente hostil, Gilbert disimuló una sonrisa de satisfacción –Tendré que vigilar algo más que mi trasero a partir de hoy. ¿No te parece?

-Sin duda –Dijo Penny secamente –Y como sigas comportándote así, tendrás a más enemigos acosándote a parte de Percy.

-¡Oh, niña! ¿Qué dices?

-No quisiera tener que repetirlo.

Gilbert alzó una ceja. Quizá, si Penny hubiera tenido diez años menos le hubiese regañado por esos comentarios insolentes, pero en vez de eso se quedó callado, mirándola. Algo no iba definitivamente bien, y no era por culpa de Percy, eso seguro. Después de todo, Penny no había soltado la mano de su prometido ni un solo segundo y, de cuando en cuando, lo miraba buscando un poco del apoyo del brujo. ¿Quizá había descubierto sus planes y estaba a punto de ponerse a gritar como una histérica?

-Tu abuelo quería verte. Andaba cerca del lago, con el novio raro de tu hermana y con ese chico, Carlton...

-Charlie, papá. El hermano de Percy se llama Charlie. No es tan difícil de recordar.

-Ya –Gilbert chasqueó la lengua, algo molesto por la frialdad que Penny le estaba demostrando -¿Va todo bien, cariño?

-Por supuesto. Eso es lo que mamá y tú siempre habéis querido. ¿Verdad? Que las cosas siempre vayan bien, aunque en realidad sean una mi...

-Penny –Percy la detuvo antes de que pudiera decir algo de lo que se arrepentiría más tarde –Lo que pasa es que estamos nerviosos por la boda y demás. Uno no se casa todos los días.

-Por supuesto –Penny volvió al ataque. Posiblemente debía estar más enfadada con su madre que con su padre, pero no podía contenerse. Tenía la sensación de que la vida que sus padres crearon para ella y sus hermanas había sido una mentira y eso dolía, especialmente cuando estaba a punto de casarse –Apuesto a que tú también estabas nervioso el día de tu boda. ¿No?

-Bueno, Penny. Es un día especial.

-Seguido por un montón de días horribles. ¿Verdad?

Gilbert no respondió. Examinó a Penny, evaluándola a fondo, y apuró el contenido de la copa que sostenía. Percy no sabía muy bien dónde meterse y se limitaba a mirar a su alrededor, ansiando que algún conocido se acercara a ellos para saludar. Sin embargo, todos los invitados se habían puesto de acuerdo para estar a lo suyo y no había nadie dispuesto a interrumpir el seco intercambio de palabras.

-En los matrimonios las cosas no son siempre fáciles. Creo que ambos deberíais saberlo antes de dar el paso definitivo.

-Pero si ya lo sabemos, papá. Incluso en los mejores cuentos de hadas hay momentos muy oscuros. De hecho, algunos cuentos de hadas son pesadillas todo el tiempo.

-Esto... –Percy carraspeó y tiró suavemente de su novia -¿Por qué no vamos a ver qué quiere tu abuelo? Me gustaría saludarlo.

-Sí. Él es el único que sabe comportarse como es debido.

Penny echó a andar, sin importarle que su padre se hubiera quedado boquiabierto, como si no entendiera del todo lo que acababa de ocurrir. Ella, por su parte, se había puesto ligeramente colorada y, muy a su pesar, se sentía incapaz de mantener la boca cerrada hasta después de la boda. Había cosas que no toleraba, y ni siquiera las apariencias la podrían llevar a contenerse.

Afortunadamente, cuando su abuelo admiró su belleza y le besó cálidamente las mejillas, logró tranquilizarse un poco. Reconocía que ver el atuendo excéntrico y casi elegante del novio de Anna le animó bastante. Era como si pudiera olvidarse de lo que acababa de ocurrir, como si no tuviera importancia porque alguien realmente estaba contento por ella y por Percy.

-Odio estas horribles fiestas –Se quejaba el abuelo Gilbert –Aunque debo reconocer que es un placer hacer el sacrificio cuando se trata de ver sonreír a mis nietas. Eso sí, no puedo evitar preguntarme dónde está esa sonrisa tuya...

-¡Oh, abuelo!

Era casi imposible engañar al viejo Clearwater. Percy sonrió, convencido de que dejaba a Penny en buenas manos, y se alejó unos pasos junto a Charlie y al novio de Anna.

-Esta fiesta es un rollo total –Se quejó el tipo raro, sin dejar de fumarse el puro que el señor Clearwater le había dado –Siempre las he odiado. ¿Vosotros habéis estado antes en alguna?

-En realidad no –Respondió Charlie con naturalidad, como si fuera muy amigo de ese tipo –Siempre nos hemos movido en ambientes diferentes. Las reuniones de la alta sociedad no eran lo nuestro.

-Ya –El chico chasqueó la lengua y expulsó una bocanada de humo –Pues no os perdíais nada. Recuerdo que de niño solía esconderme debajo de la mesa de...

Se interrumpió, como si de repente hubiera recordado algo que no debía decir o hacer. Carraspeó, agitó la cabeza y se estiró de las puntas de la camisa con nerviosismo. Estaba esperando a que los demás cambiaran de tema para estar seguro de que no le habían dado importancia a su último comentario.

-¿Pasa algo? –Inquirió Charlie con suavidad y en voz baja –Penny está un poco rara. ¿No?

-¡Uhm! Bueno. Yo diría que son los nervios. ¿Dónde están George y Aaron?

-Andan por ahí, haciendo no sé qué planes –Percy suspiró, entre irritado y resignado, y Charlie le palmeó el hombro –No te preocupes, hombre. Creo que George quedó bastante satisfecho después de la despedida de soltero. Verte completamente cocido fue un espectáculo inimitable.

-No me lo recuerdes, por Merlín. ¡Aún me duele la cabeza!

-Entonces. ¿No quieres que le pidamos a nuestro colega, aquí presente, que nos pase un poco más de maría?

-Antes muerto –Bufó Percy –O, mejor dicho, después, porque como vuelva a probar esa mierda, me moriré. Lo sé.

-Percy Weasley, el rey del drama –Charlie rió con suavidad –No fue para tanto. Además, alguna vez tenías que sufrir tu primera resaca. ¿No te parece?

-Una y no más, Charle. Una y no más.

Los hermanos Weasley intercambiaron una risa cómplice y volvieron a prestar atención a sus tres acompañantes. El tipo raro estaba mirando el agua del lago con aire ausente, como si hubiera dejado de ser humano otra vez, y Penny y su abuelo hablaban sobre temas triviales. Percy tuvo la sensación de que el señor Clearwater sólo procuraba tranquilizar a su nieta, como si supusiera lo que había pasado y quisiera que la joven no sufriera por eso. Y, a pesar de que posiblemente sólo serían imaginaciones suyas, Percy se lo agradeció.

-No tienes que estar nerviosa, cariño –Decía Gilbert en ese momento, con los ojos repletos de sabiduría y las palabras rezumando serenidad en cada sílaba –Al principio pensarás que el estómago se te ha dado la vuelta y te sentirás mareada y asustada, pero se pasará. Cuando veas a Percy esperándote en el altar, tan tieso como siempre –Penny rió y afirmó quedamente con la cabeza –Te sentirás tan feliz que tendrás que esperar a tener a tu primer hijo para que esa sensación sea superada.

-Vaya, abuelo, no sabía que tuvieras un espíritu tan romántico...

-¿Romántico? ¿Yo? –El anciano hizo un gesto desdeñoso que no pudo engañar a Penny –Eso fue lo que yo sentí cuando vi a tu abuela entrar en la iglesia. Yo diría que incluso la arpía de tu madre se sintió algo conmovida. En cuanto a tu padre, es evidente que fue genial para él, porque en raras ocasiones le he visto con una expresión más idiotizada.

-¿Ellos? –Penny suspiró, sintiendo como se le encogía el corazón -¿De verdad piensas eso?

-Por supuesto –Gilbert alzó una ceja y le dio un beso en la mejilla –Al menos durante unas horas fueron felices juntos. Tu padre, quizá, durante un poco tiempo más.

Penny guardó silencio, pensando en aquello. Recordaba haber visto las fotos de la boda de sus padres y, aún cuando era demasiado pequeña para entender nada, le había parecido que estaban felices. Los ojos de su progenitor irradiaban luz y serenidad, y su madre sonreía como muy pocas veces lo había hecho en su vida. Como cuando miró a Robert, el jardinero.

-Se odian. ¿Verdad?

-No, chiquita –Gilbert sonrió con indulgencia y le besó la mano –Yo diría que simplemente no se toleran, pero a pesar de todo se respetan y, a su retorcida manera, se aprecian. Llevan muchos años juntos, ya se han acostumbrado a los insultos mutuos y las peleas cordiales a la hora de la cena. Pero yo sí que odio a tu madre. Y perdón por ser tan franco.

-Si no lo fueras, no serías tú –Penny también sonrió, le dio un nuevo abrazo y se alejó de él –Gracias por abandonar tu encierro y acompañarnos a Percy y a mí.

Gilbert Clearwater Sr. no hizo ningún comentario. No es que le hubiera dado tiempo, porque varias de las amigas brujas de Penny se acercaron a ella en ese momento y la secuestraron entre grititos y felicitaciones. Con un poco de suerte, podría sentirse un poco más feliz a partir de ese momento.

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-¿Y si ponemos unos cuantos de esos petardos geniales en el ponche y en las bandejas de aperitivos?

Aaron procuraba maquinar algún plan maléfico, pero George no parecía estar muy dispuesto a convertir aquella fiesta en un desastre. Podría encantarle la idea de hacer rabiar a Percy, pero eso no significaba que tuviera ganas de estropearle la boda. Si querían gastarle alguna broma, debían ser más sutiles y, especialmente, dedicar la broma únicamente a Percy, no involucrar a Penny y al resto de invitados.

-No creo que tu tía se pusiera muy contenta si hiciéramos eso. ¿No te parece?

-¡Bah! Sería genial que se organizara una guerra de comida. Yo podría estampar un par de tartas en la cara de plástico de la tía Enid.

George rió y negó suavemente con la cabeza. La idea sonaba tentadora, especialmente si él lograba darle un propio tartazo a su Tía Pesadilla –tía Muriel, claro- pero no era una buena idea. Quizá, después de que Percy y Penny estuvieran debidamente casados, no antes.

-Se me acaba de ocurrir una cosa –George sonrió con malicia –Percy se pondría frenético si encontrara su traje de boda completamente destruido.

-¿En serio? –Aaron pareció emocionado –Pero eso tampoco pondría muy contenta a la tía Penny...

-Pero para eso tenemos la magia.

George adquirió una expresión ciertamente maléfica y Aaron le imitó. No sabía muy bien qué quería decir, pero si el idiota pomposo de Percy sufría un infarto por culpa de algún berrinche, él estaría contento. Muy contento, en realidad.

-Entonces. ¿Qué haremos?

Pero George no pudo responder. Anna apareció de pronto ante ellos y, por un segundo, Aaron temió que su tía, recién transformada en una auténtica pesada, fuera a regañarles por algo. Pero no fue así, porque Anna parecía preocupada por unas cuantas razones y los miró con aprensión.

-¿Habéis visto a Penny?

-La última vez que la vimos estaba siendo sepultada por un montón de chicas histéricas.

-¡Oh, mierda! ¿Y Percy?

-Anda por ahí, con Charlie y tu novio...

-¡Oh!

Anna se fue corriendo, buscando con la mirada a su hermana o a su cuñado. George entornó los ojos, algo intrigado, y escuchó a Aaron chasquear la lengua.

-¡Bah! La pobrecita está pirada. ¿Qué crees que pasa?

-No sé, pero. ¿No se suponía que ese tipo no debería estar aquí?

Aaron también entornó los ojos y observó al hombre que estrechaba la mano de su abuelo.

-¡Oh! –Espetó, más sonriente de lo que debería –Así que a eso se refería el abuelo con aquello de "Adivina quién viene a cenar".

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-No entiendo por qué tanto secretismo. Sólo es una cena.

-Es una cena de boda. Penny y yo queremos que sea una sorpresa para todos, por eso no os hemos contado nada.

-Pues vaya tontería. Seguro que habéis elegido un montón de porquerías muggles. Ya veo a mamá preparando una cena para cincuenta personas en La Madriguera.

-Casi toda la comida es muggle, pero está deliciosa. Ya verás.

Charlie bufó, incrédulo, pero decidió que no quería seguir discutiendo sobre comida ni un segundo más. Percy parecía haberse relajado bastante desde que llegaran a la casa y Penny no dejaba de reír, en pie unos metros más allá, en compañía de Jules y otras chicas a las que no había visto jamás.

-No deberías haberte esmerado demasiado en elegir la comida –Dijo Lucien con autosuficiencia, como si se hubiera casado cientos de veces y en todas las ocasiones él lo hubiera organizado todo –La gente estará demasiado hambrienta para fijarse en el menú y tú ni siquiera podrás comer. Ya verás.

-Pues Jules y tú no os escatimasteis gastos, tío.

-Eso fue cosa de mis queridos suegros. A mí me daba igual, te lo aseguro.

-¡Claro! Olvidaba que estoy hablando con el eterno defensor del matrimonio. ¿Es que te da igual estar casado o no?

Lucien se encogió de hombros. Por supuesto que le daba igual. Para él, el matrimonio no era más que firmar un papel y formalizar legalmente una relación, nada que pudiera considerarse como un lazo fuerte y efectivo. Para él, los sentimientos siempre fueron la mayor muestra de compromiso, pero no para el Ministerio de Magia. Lamentable.

-Déjalo, anda. En este momento, dudo que me sirvas de algún apoyo.

-En cuanto no se te da la razón, te sientes ofendido...

-No estoy ofendido. Es que tú eres un cretino.

Lucien bufó y se dispuso a contestar, pero justo en ese momento Gilbert Clearwater pasó frente a ellos como un huracán para ir junto a un hombre y estrecharle la mano con efusividad. Lucien observó la escena con curiosidad, Charlie miró a Percy, y Percy sólo se puso blanco y buscó con la mirada a Penny, que no parecía haberse dado cuenta de lo que estaba pasando.

-¿Qué hace ese aquí? –Masculló, sintiéndose repentinamente molesto. Ni siquiera sabía muy bien por qué, pero ese nuevo invitado no le gustaba un pelo.

-Te juro que no lo incluimos en la lista de boda, Percy –Se apresuró a decir Charlie, antes de que su hermano explotara y le culpara a él por todos los males de la humanidad.

-¿Penny?

-Francamente, lo dudo mucho.

-¡Oh!

Percy cabeceó, creyendo comprender lo que había ocurrido. Afortunadamente, Penny se dio cuenta de lo que había pasado e interrumpió la conversación con sus amigas. Durante unos minutos, y después de verse obligada a hacer un gran esfuerzo, consiguió olvidarse del lío de sus padres, pero ahora volvía a sentirse mal. No sabía si estaba enfadada o muy cansada, pero mientras se acercaba a su prometido sólo podía esperar que él no hubiera sacado conclusiones precipitadas. No le apetecía tener que discutir con él. Era lo único que le faltaba.

-¡Penny! –Anna acababa de cruzarse en su camino. Tenía toda la pinta de haber participado en una maratón y estaba más despeinada de lo habitual. Además, su rostro repleto de preocupación no auguraba nada bueno –Es Casper.

Penny alzó una ceja y contempló a su hermana. Sin duda tenía buenas intenciones, pero llegaba demasiado tarde. Su amigo –porque a pesar de todo seguía siéndolo- ya había caído en las redes de su padre, que parecía dispuesto a ponerlo frente a Percy lo antes posible.

-Ya lo sé –Gruñó entre dientes la futura novia- Lo estoy viendo.

-¡Oh, mierda!

-Sí, Anna. Yo no lo hubiera expresado mejor.

Penny prácticamente corrió hasta donde estaba Percy y le sujetó firmemente de una mano. Necesitaba saber que el chico no la culpaba de aquella pequeña treta. La cabeza comenzaba a dolerle y, entre unas cosas y otras, cada vez tenía más ganas de salir corriendo de allí y no volver nunca más. Con Percy a su lado, a ser posible.

-¡Penny, cariño! Mira quién ha venido –Dijo su padre en voz demasiado alta, colocando a Casper junto a Percy –El otro día, hablando con él, comentó que no había recibido la invitación de la boda, así que supuse que los del servicio de correos habían extraviado la carta o algo así. Me tomé la libertad de invitarlo. No te importa. ¿Verdad?

-Verás, papá... –Penny se mordió el labio. No sabía muy bien qué decir o hacer. Tenía la sensación de que cualquier cosa haría enfadar a Percy y rezaba porque él interviniera.

-Esos inútiles no son más que un atajo de holgazanes incompetentes –Gilbert palmeó la espalda Casper, demostrando una familiaridad que nunca había disimulado ante Percy -¿Cómo podría Casper faltar a tu boda, cariño? Sois los mejores amigos desde siempre.

-Papá, no...

-Por supuesto, señor Clearwater. Es un placer que hayas podido venir, Casper.

Penny parpadeó con incredulidad. ¿Aquello lo había dicho su Percy? No podía ser verdad y, sin embargo, lo había escuchado perfectamente. Y al igual que conocía a su padre y sabía lo que era capaz de hacer, también sabía muchas cosas de Percy. En ese momento, sólo mantenía las formas y buscaba una manera eficaz de librarse de las zarpas de su suegro. Así pues, estrechó con energía la mano de su enemigo y dejó que éste se acercara para besar fraternalmente a Penny en las mejillas. Se puso un poco celoso, pero logró mantener la compostura y la sonrisa de circunstancias.

-Enhorabuena –Casper sonreía abiertamente. A su lado, Gilbert parecía algo contrariado. ¿Acaso no debería haber entrado ya en cólera Percy Weasley? –Todo está genial.

-Mamá es buena organizando fiestas, ya sabes –Penny respondió con algo más de calma, después de comprender que la ira de Percy (porque estaba ahí, latiendo en las venas de sus sienes) no fuera dirigida a ella –Aunque la mayor parte de las cosas de la boda han sido cosa nuestra.

-Menudo follón es organizar bodas –Casper miró a su alrededor y reconoció a Anna -¡Ey! ¿Qué tal?

-Hola, mi capitán –Anna recurrió a la vieja broma, cuadrándose militarmente ante el hombre. Casper rió y a Percy le alegró comprobar que ese hombre no sólo se llevaba estupendamente con Penny.

-He oído por ahí que tienes novio. Las amigas cotorras de mi madre suelen hablar de ello.

-¡Oh, claro! No llegaste a conocerlo –Anna se dio media vuelta y agitó la mano en dirección a su pareja. El tipo raro se había ido alejando disimuladamente de ellos sin que nadie se diera cuenta -¡Ven aquí, tronco! Quiero presentarte a un amigo.

Mientras el novio de Anna obedecía la orden, el ambiente se tornó un poco tenso. Percy y Penny estaban cogidos de la mano y no le quitaban los ojos de encima a Gilbert, que bufaba con impaciencia a la espera de que se produjera la Gran Discusión. Ninguno de ellos se dio cuenta de que Casper había entornado los ojos, observaba al tipo raro con suma intensidad y estaba a punto de desvelar uno de los grandes misterios de la familia Clearwater.

-¡Coño! –Exclamó. Penny nunca lo había oído decir un taco, pero era evidente que Casper estaba muy contento. El novio de Anna, por su parte, estaba azorado y convencido de que lo mejor que podría pasarle era que le partiera un rayo o le tragara la tierra –Simon, tío. ¿Eres tú?

-¿Simon? –Musitó Penny, extrañada.

-¿Os conocéis? –Anna se agarró al brazo de su novio, como si temiera que su padre también pretendiera borrarle del mapa para casarla con Casper.

-Bueno... –Masculló el chico, sin saber dónde meterse.

-¡Claro que nos conocemos, joder! –Casper se colocó frente a él y, para sorpresa de todos, le dio un fuerte abrazo que el otro respondió a regañadientes –Fuimos compañeros de parranda en la Academia Militar.

Percy sólo pudo abrir la boca. Penny y Anna ni eso; estaban demasiado alucinadas. El tipo raro, que ahora se llamaba Simon y había estado en una Academia Militar, estaba realmente incómodo, y Casper francamente feliz. Y Gilbert simplemente estaba ahí quieto, preguntándose en qué había fallado y observando al novio de Anna, su yerno más odiado, con renovado interés.

-¿Fuiste a una Academia Militar? –Le preguntó Anna a su novio una vez que pudo reaccionar -¿Por qué no dijiste nada?

-Porque odias a los militares, tronca –Respondió él, como si eso fuera lo más obvio del mundo.

-Pero... No entiendo nada.

-Simon y yo fuimos compañeros de escuadrón durante años. ¡Joder! Era el único capaz de conseguir maría sin que lo pillaran.

-¿En serio? Pues creo que no ha perdido ese talento –Murmuró Anna.

-¡Casper! –Espetó Gilbert, molesto por el último comentario de su protegido -¿Drogas?

-Sólo de vez en cuando, señor. Somos militares, no santos.

A Penny eso le hizo gracia. Aún así, le preocupaba más la expresión siniestra de Percy, por lo que lo cogió de la mano y lo arrastró disimuladamente hasta otro rincón del jardín.

-Te aseguro que yo no he tenido nada que ver con esto, Percy. No he invitado a Casper.

-Ya. Eso ha sido cosa de tu padre

-Lo siento mucho. No sé qué tengo que hacer para que nos deje en paz. Es tan terco...

-Da igual, Penny. No voy a dejar que esto nos venza. No voy a rendirme por una tontería.

Penny sonrió, mucho más tranquila. De hecho, estaba tan aliviada que sentía como si le hubieran quitado un gran peso de encima. Abrazó a Percy y lo besó, asegurándose de que el brujo sabía que sólo quería estar junto a él.

-Lo vamos a conseguir, Perce, ya lo verás. Por más problemas que se nos vengan encima, llegaremos hasta el final.

-Sí. Eso espero.

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¡Oh, Santo Merlín de Todos los Magos! ¡No tengo perdón! Tantísimo tiempo sin actualizar es que no tiene excusa. Sólo decir que entre el curro, las despedidas de solteros, comuniones, bodas y celebraciones varias no he tenido tiempo para escribir. Y, si a eso le sumamos una crisis de inspiración que aún no se va del todo, tenemos el desastre con que os habéis encontrado. Pero ya estoy aquí, con un capítulo muy largo (creo que es el más largo de todos) y con el final muy cerca. Queda un capítulo y el epílogo, así que seguid ahí aunque yo no tenga perdón. Prometo que actualizaré más pronto.