Ella abrió levemente los ojos reconociendo perfectamente el sitio donde estaba. Esbozó una sonrisa, que desapareció rápido de su boca cuando se sorprendió y vio que él no la abrazaba. Se giró descubriendo que no era que él se hubiese dado la vuelta, si no que inesperadamente, no estaba en la cama. Pensó que estaría en el baño. Y cerró los ojos, aún le molestaba la luz. Se quedó un momento así, boca arriba y con los ojos cerrados. Notó su olor, y sintió una pequeña oleada de calidez junto a su nariz. Abrió los ojos y le pescó inclinado sobre su cara, casi rozando sus labios, sonrió al ver como ella le miraba y la beso.
- Tengo que irme ya. He quedado en la editorial.
- ¿Qué hora es?
- Las ocho y media
Ella le miro, estaba ya vestido, con un pantalón negro, una camisa celeste que resaltaba de sobremanera sus profundos ojos azules y una corbata en tonos rosas y lilas. Se acababa de duchar y olía a una combinación de gel, champú, colonia y aftershave. Todo el conjunto le atraía, y mucho más cuando su sonrisa volvió a contagiar a sus ojos. Castle sonreía con los ojos.
- Últimamente creo que duermo demasiado.
- Yo creo que eso es porque lo haces en muy buena compañía – le dijo dándole un beso en el cuello.
- Puede… - le respondió ella ocultando su labio inferior
- ¿Qué vas a hacer hoy?
- Voy a llamar a mi padre y pasaré el día con él. Quiero contarle todo.
- ¿Todo? –preguntó él algo sorprendido.
- Sí. Todo. Y me da la impresión que no le va a pillar de sorpresa – le dijo acariciándole una mejilla con las yemas de los dedos.
- Puedes coger mi coche, te he dejado las llaves en mi escritorio.
- ¿Me dejas tu Ferrari? – le dijo sorprendida
- Kate, no creo que quieras coger el Ferrari, pero sabes que te lo dejaría. Te he dejado las llaves del Lexus, está en la plaza 18, no te dejo el coche de Alexis por si no eres capaz de sacarlo de esa plaza tan pequeña de parking – le dijo sonriente
- Gracias Richard, pero no sé …
- Bueno, haz lo que quieras. Yo estaré en la editorial hasta medio día y después iré a buscar a la gran Martha Rodgers a Los Hamptons antes que haga una fiesta y me destroce la casa.
- Que exagerado eres!
- Ah, no! No la conoces… Comeremos en su restaurante preferido y hablaré con ella. Volveremos por la tarde.
- ¿Le pedirás que me dé su bendición? – le preguntó divertida ella
- No hace falta. Créeme, la tienes desde hace mucho tiempo… lo que no sé si accederá y me dará su bendición a mi…
Volvieron a besarse, y ella empezó a aflojarle el nudo de la corbata mientras intensificaba sus besos.
- Kate, tengo que irme – le dijo él sujetando sus manos – tengo que estar allí a las nueve – la besó sobre la nariz – deberías haber entrado hace un rato en mi ducha…
Richard salió de la habitación, colocando el nudo de su corbata y con una media sonrisa inclinada en sus labios. Cuando estaba a punto de salir por la puerta de su casa, arrugó su nariz e hizo un gesto con su brazo apretando su puño:
- Siiii – exclamó muy bajito – jaque Beckett…
Kate abrió los ojos como platos cuando Richard sujetó sus manos, besó su nariz despidiéndose, y poniéndose la chaqueta de su traje desapareció por la puerta de la habitación, camino de la editorial. No pudo más que sonreír viéndole alejarse. ¡Se la estaba devolviendo! Y justo en ese momento, ¡con lo atractivo que estaba! Ya pensaría una pequeña venganza. Ahora tenía que ponerse en pie, era muy tarde. Unos minutos después mientras preparaba la ropa que iba a ponerse, oyó su móvil sonando en el salón, y por la melodía que sonaba (expediente X) y que el mismo configuró en su teléfono el día que ella lo había estrenado, era Richard. Descolgó y sin llegar a responder…
- ¿A que ya me extrañas? –le preguntó el
- Seguro.
- He olvidado decirte algo.
- Soy toda oídos
- ¿Quieres salir a cenar esta noche conmigo? Creo que aún no hemos tenido una cita.
Ella sonrió. Había cosas que no dejaban de sorprenderla de Richard Castle.
- Me encantaría
- Pasaré a buscarte a tu casa a las ocho y media. Dentro de doce horas…
- Nos movemos Harry, y esta vez se separan. Ponte en marcha, es él el que se mueve, te toca a ti cuidar que nuestros elefantes no se dejen ver y que no le pase nada al escritor.
- Dime todo lo que veas, Jimmy – le dijo dándole un beso y saliendo a toda prisa hacía la calle colocándose un auricular y cogiendo por el camino un casco de motocicleta.
A esa misma hora, en la comisaría, Gates hablaba con el agente a cargo del archivo, y llamó a Ryan a su despacho. Kevin había pasado un mal fin de semana. Por un lado sabía que gracias a su aviso, Beckett estaba viva, pero por otro, había conocido que la traición entre compañeros era horrible, y llevaba todo el fin de semana debatiéndose entre elegir que era más importante si el deber hacía su trabajo o la lealtad a sus compañeros. Todo había cambiado desde el viernes. Ya nada volvería a ser igual. Entró al despacho de Gates.
- Ryan, el agente Wayne necesita ayuda en el archivo, creo que tiene trabajo atrasado de varios meses, y como estas sin compañeros, te he presentado voluntario hasta nueva orden
- Señor! – protestó Ryan
- Detective Ryan – le cortó Gates - ¿Tengo que recordarle que sus compañeros están suspendidos?
- No. Señor.
Ryan salió del despacho. Eso era justo lo que necesitaba. Esa roca de Gates le castigaba también a él. Recogió con rabia los informes de su escritorio, acumulándolos sin orden en una esquina de la mesa y siguió a Wayne que le esperaba para ir al archivo.
Gates sabía que no estaba siendo del todo justa. Gracias a él, sus compañeros estaban vivos, aunque por otro lado, el también había formado parte del pequeño engaño para hacer justicia a Beckett por cuenta propia. Bueno, tenía que tenerle vigilado, si a Beckett le daba por seguir investigando, tiraría de Ryan para que le facilitase información. Y eso era justo lo que había que evitar. Wayne tenía órdenes concretas: asegurarse de ser su sombra mientras Ryan estuviese en la comisaría. La primera parte estaba hecha. Ahora sabía que le iba a tocar librar con John y alejarle lo que pudiese.
John y Sarah estaban hablando con su superior en la 68. Era un tipo extraño al que le gustaba hacer las cosas a su manera. Todo lo que había conseguido en su vida, había sido gracias a su instinto, su cabezonería y su constante trabajo, nadie le había regalado nada, su padre había sido recoge basuras y su madre limpiaba casas ajenas por horas, nadie dio nada por él cuando era novato y nadie le había tendido una mano nunca. No estaba de acuerdo en que su gente fuese a pedir favores a otra comisaría, y mucho menos si a cargo de esa comisaría estaba la antigua capitana de la 68. Su gente era suya. Seguirían sus propias pistas. No iba a compartir con la 12 la gloria de coger al asesino de un policía jubilado, de un capitán jubilado.
John salió del despacho cabreado. No entendía a ese tipo. Lo lógico era colaborar.
- Empecemos de cero Sarah, volvamos a casa de Smith.
En la 12 y ajena a ese dato, Gates tenía su propio plan para alejar a John. Mientras esperaba su llamada, sacó de su escritorio un esquema en una hoja de tamaño Din a3. Era un esquema de la pizarra de Kate, con todos los pasos que había dado para encontrar al asesino de su madre. Y ahora ella tenía que colocar en el orden adecuado a Smith, Castle y Beckett… ¿Quién estaría moviendo todos esos hilos? ¿Cuánto se estaba acercando Beckett y cuanto tiempo tardarían en volver a atacarla? Tenía que ir rápido pero sin dar un solo paso en falso.
****
En otra parte de la ciudad, el francotirador descansaba desnudo sobre la cama del hotel donde estaba alojado. No sabía como aquella detective le había encontrado. Tendría que andar con más cuidado. Sonrió al pensar como le estaba costando cargarse a esa tía. Dos intentos, dos fallos. Tenía más vidas que un gato. La próxima vez no pensaba fallar, y además le haría pagar por esos dos fallos. Si. Esa tía estaba muy buena, estaría bien pasar un buen rato antes de cargársela. Esos pensamientos le provocaron una nueva erección, se levantó y entró al baño, la prostituta estaba dándose una ducha, cerró los grifos y la sacó de la bañera con brusquedad, y empujándola por la espalda contra la pared, pegó su cara a las baldosas…
- Hola papá – dijo Kate abrazándose a su padre cuando él abrió la puerta.
- Katie, cariño, ¿ocurre algo?
- Es una larga historia papá, creo que será mejor que vayamos comer y te cuento todo.
- No sé qué ocurre hija, pero ha de ser algo bueno, pones la misma cara que ponía tu madre cuando estaba contenta.
Entre recuerdos y sonrisas de años pasados, Kate fue poniendo al día a su padre, todo lo que habían averiguado, su enfado con Castle, como había visto la cara del tío que la disparó, como quedó colgando de la azotea y por último le contó cómo Castle le había dicho que la quería el día del entierro de Montgomery, como ella se lo había ocultado a todo el mundo, como él había vuelto a declararse y ella le había dejado ir, y como finalmente, había renunciado a vengar a su madre para elegir ser feliz con Castle. Y ahora necesitaba su apoyo. Había abandonado el caso de su madre.
Jim Beckett asistía mudo al relato de su hija, y cuando ésta, con la cara surcada por lágrimas le decía que había abandonado el caso de su mujer, el no pudo más que esbozar una amplia y satisfecha sonrisa y soltándole las manos, sacó un pañuelo blanco de su bolsillo, perfectamente planchado y doblado y con las iniciales JB bordadas en granate. Le limpió la cara en silencio. Ella volvió a sentirse niña, recordando alguna de las veces en las que su padre había hecho el mismo gesto cuando se caía con la bicicleta, o se lastimaba en el parque.
- Katie, tu madre estaría orgullosa de ti. Y me caería una buena regañina por no poder evitar dejarte ir tras ese tipo. Tienes que ser feliz cariño, tienes que pasar esa página. Nadie nos devolverá a tu madre, y no quiero que nadie me quite a mi hija.
- Papá…
- Katie, Richard es un buen hombre y te quiere, lo sé desde el día que le fui a ver a su casa para que te alejase de todo esto, su forma de hablar sobre ti era como la tuya cuando me contabas cosas de él, tú llevas queriéndole desde el día que apareció por tu vida. Si crees que tu madre no te perdonaría por esto, estas… estas muy equivocada hija. Solo te queríamos a ti, y solo queríamos que fueses feliz. Has hecho más de lo que deberías. Tu madre estaría tan orgullosa de ti como lo estoy yo.
Cuando Kate consiguió respirar pausadamente, obligó a su padre a contarle como y porque había ido a ver a Castle a su casa, y su padre le contó los detalles que ella quería oír…lo que él había preguntado, lo que él había contado…
Kate dejó a su padre en la puerta de su casa, con la promesa de verse pronto. Sentía que una carga negra y pesada había abandonado su cuerpo y acariciando el volante del coche de Castle, millones de mariposas aletearon en su estómago… le quedaban un par de horas para su cita… tenía que darse prisa. Le mando un mensaje, se le había hecho tarde y tendría que ir a casa con su Lexus y dejarlo aparcado en la calle, ella no tenía garaje… ¿la perdonaría?
No vio el utilitario negro que la seguía de cerca, ni la moto de Jimmy por detrás de ellos.
Por su parte, Richard y Martha se adentraban por Queens después de haber comido en los Hamptons. Cuando esto ocurría y Richard le confesaba a su madre como Kate se había presentado en su casa, Martha no pudo más que exclamar un: ¡Pero eso es magnífico, Richard querido! Al más puro estilo Sheakeasperiano, haciendo que los pocos clientes que estaban en el restaurante se volviesen y mirasen a la gran dama y su popular hijo.
Mientras conducía su Ferrari, Richard esbozó una sonrisa al sentir ese familiar cosquilleo en el estómago… un par de horas para su cita. Notó la vibración de un mensaje y leyó lo que Kate le decía. Le contestó que agradecía no haberle dejado el Ferrari, que no se preocupase y le recordaba: a las ocho y media…
Harry se movía entre el tráfico lento de Queens, cuando llegasen iban a tener unas palabras. Vale que era un Ferrari, pero los chicos habían dejado escapar a Castle, y la habían comprometido al tener que ir más pegada a él.
A las ocho y media en punto, el timbre de la casa de Beckett sonó.
Ella fue a abrir, no sin antes mirarse por última vez en el espejo y esperando que no se le ocurriese llevarla a un sitio demasiado elegante. Cuando abrió la puerta, no pudo más que volver a sonrojarse y desear que él no dejase nunca de sorprenderla. Ni siquiera se le veía. Sólo podía ver un enorme ramo de las más divinas rosas rojas que le decían:
- Eres preciosa.
