Subió
las escaleras corriendo y le seguí hasta llegar al piso de arriba.
Su habitación era la última del pasillo. Las paredes estaban
pintadas de azul marino, tenía una cama doble con el edredón del
mismo color que la pared y el único mobiliario que había era un
gran armario de madera y un escritorio lleno de papeles y libros. Al
lado de la cama estaba la guitarra. Al entrar cerré la puerta tras
de mí y seguí con la mirada los movimientos de Skandar. Se acercó
al escritorio y sacó una libreta y un bolígrafo, después se sentó
en el borde de la cama. Me senté a su lado y cogí la guitarra.
Componer una canción, lo consideraba algo un tanto complicado.
—
A ver… ¿qué es lo que le puedo decir? –me preguntó sin separar
la vista del folio en blanco.
—
No sé… Di lo importante que es para ti, lo que más te gusta de
ella...
—
Es que no es fácil. Si fuera para una chica de la que estuviera
enamorado pues tendría más para expresar.
—
Bueno, pues imagínate que es para una chica. Igualmente tú quieres
a tu hermana, ¿no? Puede que funcione. Piensa en la chica de la que
estás enamorado.
—
Em… Ya sé –empezó a escribir en la libreta.
Cuando
terminó miré a ver que era lo que había escrito. You
make me live whatever this world can give to me. It's you, you're all
I see. You make me live now, honey. You make me live. You're the best
friend that I ever had.
—
¿Qué te parece?
—
Está bien. A
ver, tú continúa con la letra y yo miro a ver que melodía podemos
poner.
Empecé
a inventar algo con la guitarra, hasta que la letra no estuviera toda
escrita no sabría si quedaría bien, pero aún así intenté sacar
algo. Media hora después Skandar dejó de escribir y me dejó leer
todo lo que había escrito: You
make me live whatever this world can give to me. It's
you, you're all I see. You make me live now, honey. You make me live.
You're the best friend that I ever had. I've been with you such a
long time. You're my sunshine and I want you to know that my feelings
are true. I really love you. You're my best friend. You make me live.
I've been wandering round but I still come back to you. In rain or
shine you've stood by me girl. I'm happy, happy at home . You're my
best friend. You're the first one when things turn out bad. You know
I'll never be lonely. You're my only one and I love the things that
you do. You're my best friend. You make me live. I'm happy, happy at
home. You're my best friend. You're my best friend. You make me live.
You,
you're my best friend.
—
Está bien, ¿verdad?
—
No está nada mal. ¿En quién has pensado para escribir esto?
Al
decir eso, noté como apartaba la mirada de mí y la dirigía al
suelo. Ya empezábamos otra vez con la vergüenza.
—
Pues está claro, que pensaba en ti –soltó al final, después de
un momento de silencio.
Me
quedé como tonta, sin saber que decir después de oír eso. ¿Seguía
queriéndome? ¿Pero me quería como a una amiga, como en lo que
acababa de escribir o como algo más? Dios, me estaba haciendo un lío
en mi cabeza.
—
¿Enserio piensas eso de mí?
—
Sí. No pude olvidarme durante estos dos últimos años de nada de lo
que hicimos juntos. ¿Sabes? Te eché de menos.
—
No me vengas con eso. Ni siquiera me llamaste ni intentaste contactar
conmigo.
—
Si no lo hice, no es porque no quisiera.
—
¿Me vas a decir que alguien impidió que lo hicieras?
—
No. Pero, no quería pasarlo mal. Me costó dejarte, por lo que pensé
que sería mejor olvidarlo todo. Pero eso fue imposible. Te quiero
Carmen.
Me
quedé mirándole, pero estaba confusa. Mucho. No sabía como
reaccionar, yo ya no sentía nada por él. O sea, le quería como
amigo, pero solo eso. Los años hicieron que dejara de quererle como
le quería antes.
—
Yo no siento lo mismo Skandar. Lo siento.
—
Tranquila, me lo suponía. Pero solo quería decírtelo. ¿Amigos
entonces?
—
Por supuesto.
Me
sonrió y le devolví el gesto. Ahora
me tocaba a mí mostrarle la melodía para la canción. Empecé a
tocar y al rato, Skandar se puso a cantar. No me acordaba de la forma
que cantaba, así que al oírlo no pude evitar reírme. Al ver que me
reía de él, paró de cantar.
—
Vale que no soy un profesional del canto, pero no te rías –dijo
fingiendo que se enfadaba.
—
Es que no he podido evitarlo.
—
Así que te hace gracia oírme cantar, ¿eh?
—
Demasiado.
—
Ahora vas a saber lo que pasa cuando alguien se ríe de Skandar
Keynes –soltó una risa maléfica.
—
Me das miedo –dejando de reír.
Sin
esperármelo, me empezó a hacer cosquillas en la barriga. Sabía que
ese era mi punto débil. Me caí de espaldas en la cama junto a la
guitarra a mi lado. Siguió y yo me empecé a poner roja de tanto
reír.
—
Ya, vale. Que me voy a ahogar al final –le dije para que
parara.
Dejó
de hacerme cosquillas y nos quedamos callados. Él estaba tumbado de
lado mirando hacia mí y yo me encontraba mirando al techo, aún con
la espalda apoyada en la cama. Estuvimos en silencio un buen rato,
hasta que noté que me miraba y me giré de lado hacia él. Noté
como sus ojos marrones mirando fijamente a los míos. Estábamos muy
cerca. Demasiado.
—
¿Y ahora qué hacemos? –le pregunté.
—
Quizá debas llamar al del culo perfecto –sonrió.
—
Ahora no tengo ganas. Ya lo haré mañana.
—
Pensaba que te gustaba.
—
Sólo físicamente. Pero creo que no vale la pena. Si realmente
estuviera interesado en mí, no hubiera dejado su número apuntado en
la cuenta, habría intentado llamarme la atención. No sé.
—
Sabía que las mujeres erais complicadas, ¿pero tanto?
—
Aún te queda mucho por aprender.
—
No hace falta que lo digas.
La
puerta de la habitación se abrió de golpe, algo que no esperábamos
por lo que Skandar se giró hacia atrás y al no calcular bien se
cayó de la cama. Su madre estaba mirando desde afuera lo que acababa
de pasar. Y como yo empezó a reír.
—
Skandar, te llaman al teléfono –dijo su madre entre risas.
—
Ahora voy –levantándose del suelo.
La
puerta se volvió a cerrar y yo me levanté de la cama.
—
Yo me voy ya –le dije mientras caminaba hasta la puerta.
—
¿Por qué? Mira, atiendo al teléfono y luego vamos a dar un paseo.
¿Qué te parece?
—
Bueno, vale.
Mostró
una sonrisa y salió de la habitación conmigo detrás de él. El
teléfono estaba en la entrada al salón. Skandar tomó el auricular
que se encontraba descolgado y yo esperé a que acabara de hablar
sentado en el sofá junto a su padre que estaba leyendo el
periódico.
—
¿Sí?... Ah, bueno… Es que ahora me viene mal… ¿pero no
habíamos quedado mañana?... Vale, vale…Luego te llamo–oí la
conversación que mantenía Skandar-.
Me
miró preocupado.
—
¿Qué pasa? -le pregunté-.
—
Un amigo. Habíamos quedado todos mañana para jugar al billar pero
se ve que unos cuantos no pueden y quieren ir hoy.
—
Bien, ¿y vas a ir no?
—
Le diré que no, hemos dicho que iríamos a dar un paseo tú y yo.
—
Pero no me importa, podemos ir otro día.
—
Que vaya con vosotros, seguro que no les importa a los demás –dijo
su padre sin levantar la vista del periódico.
—
¿Quieres venir? –me preguntó Skandar.
Estaría
bien pasar una tarde con sus amigos, aunque no los conocía deberían
de ser igual que él así que acepté. Se habían reunido todos en
casa de uno de sus amigos, el cual tenía un juego de billar en su
casa. No caminamos mucho, vivían en el mismo barrio. Cuando
llegamos, ya habían llegado todos los demás. Era la única chica
que había en esa casa. Al verme sus amigos le empezaron a hacer
bromas tipo si era su novia y tonterías de esas que hacen los chicos
entre ellos. Bajamos al piso subterráneo donde había una sala con
sofás, una televisión y la mesa de billar. Me quedé parada mirando
lo que hacían, Skandar cogió dos palos y me acercó uno.
—
¿Juegas?
Se
rió al tiempo en que me lo preguntó.
—
¿Crees que no se jugar?
—
Demuéstramelo.
Me
estaba retando, por lo que no dejaría que se saliera con la suya.
Alargué mi mano y cogí firmemente uno de los palos.
—
Diez libras a quién gane –propuse.
—
¿Una apuesta?
—
¿Es que temes perder?
—
Para nada. Diez libras entonces.
Sus
amigos se apartaron de la mesa de billar dejándonos espacio para
poder jugar mejor. Skandar colocó las bolas en triangulo y yo la
bola blanca en el centro del otro extremo de la mesa.
—
¿Quién empieza? –le pregunté.
—
Tú misma.
Me
coloqué para poder darle bien a la bola. Con un golpe la bola rodó
hacia delante y al chocar con las demás hizo que se dispersaran por
la mesa en diferentes direcciones. Llegó el turno de Skandar, la
primera bola que metió era de un solo color por lo que a mi me
tocaban las de dos colores. Pasados quince minutos él ya había
metido tres bolas y yo aún ninguna. Pero aún no había nada
decidido. Metí una primera bola y seguidamente la segunda.
Finalmente superé su marcación. Cuatro llevaba ya. Entonces se puso
nervioso. ¿Temía que le ganara? Seguramente sería porque quedaría
mal delante de sus amigos. Al pensarlo dejé ver una sonrisa.
—
Puede que me lleves ventaja pero no quiere decir que me vayas a ganar
–dijo Skandar al ver la sonrisa en mi rostro.
Pasaron
casi cuarenta minutos, yo había metido ya siete por lo que me
quedaba solo una bola, la negra, y ganaría. En cambio a él aún le
quedaban tres. Sus amigos que al principio habían mirado la partida
atentos, ahora habían subido al piso de arriba a por algo de comer.
No conseguía meter la última bola en su lugar, y Skandar por su
parte empezó a meter las bolas que le quedaban. El reloj que había
colgado de la pared del sótano marcaba las nueve y en la mesa solo
quedaban dos bolas. El primero que metiera la suya ganaba las diez
libras.
—
Nada de excusas, quiero mi dinero.
—
No te lo voy a dar, has hecho trampas.
—
Pero que mal perder tienes. Nos habíamos jugado diez libras y yo no
me muevo de aquí hasta que me las des.
Skandar
me había ganado. Mientras aún estábamos en casa de su amigo puse
la excusa de que no llevaba dinero encima para pagarle, que lo haría
después. Como no se fió de mí, me acompañó después de cenar
hasta el hotel, aunque estuviera en la otra punta de la cuidad. Me
paré en la escalinata de la puerta principal del hotel.
—
No seas así, además tú has sido la que ha querido jugarse
dinero.
—
Es que no te lo puedo dar.
—
¿Por? –preguntó levantando una ceja.
—
No he traído dinero y él que lo paga todo es mi hermano. Si le digo
que quiero diez libras para pagar una apuesta no me los va a dar.
—
Bueno, pero yo quiero algo a cambio. Así que ya me estás dando
algo.
—
¿Qué quieres?
Se
quedó callado un momento, se lo estaba pensando.
—
Vale, quiero que seas mi acompañante mañana.
Por
un momento pensé que me pediría otra cosa. Pensaba que me pediría
un beso, pero no, él no era así. O al menos eso era lo que yo
pensaba entonces.
—
¿Y a dónde se supone que te tengo que acompañar?
—
A un tipo de cena para celebrar el cumpleaños de mi hermana.
—
¿Y tienes que llevar acompañante?
—
Mis padres me lo dijeron porque pensaron que llevaría a… bueno a
una chica. Y aún lo piensan, creen que la he invitado pero no quiero
ir con ella por lo que les haré caso pero solo en la parte de llevar
a alguien conmigo.
—
¿Y a que hora es?
—
¿Eso es que vas a venir?
Asentí
con la cabeza y se tiró a abrazarme. Me apretó con fuerza y casi
perdí el equilibrio.
—
Vale, basta. Ya sé que soy la mejor persona del planeta pero insisto
en que al final vas a acabar ahogándome.
Me
soltó y sonrió.
—
Te recogeré a las diez y media. Vístete bien sexy –alzó las
cejas.
—
No te daré el gusto –dije antes de sacarle la lengua.
Empecé
a subir las escaleras y cuando llegué a la puerta de entrada me giré
y me despedí con la mano. Menuda noche me esperaría al día
siguiente…
