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Camino a la redención
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Susana Marlowe fue sepultada la mañana de un día soleado de 1920.
Ese día transcurrió como cualquier otro. El sol brillaba, podía escuchar el tráfico a la distancia, la brisa mecía los árboles. En las historias de ficción en los funerales siempre llueve, pero eso es solo para ambientar. La realidad suele ser más honesta.
Los campos verdes del Cementerio de Woodlawn, con sus oleadas de hierba fina mecidas por el aire era un lugar tranquilo para poder acostumbrarse a la eternidad y despedirse de aquellos que no se volverían a ver en este mundo. Terry estaba junto a Forgina Marlowe, mientras escuchaba las palabras del sacerdote y éste esparcía gotas de agua bendita sobre la lápida de Susana Marlowe.
Para él, todo parecía transcurrir desde una butaca, mientras observaba desde lejos, como un tercero y no un doliente. Ese aire ausente, distante, al parecer fue suficientemente grave, pues la misma Eleonor Baker estaba a su lado, tomándole la mano y susurrándole palabras de consuelo.
«Todo estará bien Terry, todo estará bien».
Sus amigos de Stratford también le acompañaban. Se encontraban sentados en la primera fila, de las dos únicas que habían. Robert, Karen y Bill mantenían una expresión grave, mientras observaban el último sitio de descanso de Susana Marlowe, quién en algún tiempo también fue compañera de ellos.
Quien iba a pensar que un suspiro fue el tiempo que la conocieron y ahora desaparecía de sus vidas así como si nada.
El resto de las personas presentes eran familiares de Susana Marlowe, tías y tíos que vinieron de Texas, otros de Luisiana, y las primas de ella que vivían en Manhattan.
El funeral fue silencioso y solemne. Asistieron solo las personas que fueron notificadas. No quería espontáneos que se aparecieran y mucho menos periodistas tomando fotografías de un momento tan íntimo. Se vio en la necesidad de solicitar un perímetro de seguridad de más de dos cuadras, como se lo había recomendado Eleonor Baker, quien también fue su principal consejera para manejar otros asuntos, como la publicación de un obituario en la prensa. Ella le dijo que como figuras públicas, debía pedir encarecidamente privacidad para la familia en un momento tan grave como este. Si es por él, no habría pensado en esos detalles.
Poco a poco los acompañantes se fueron marchando, despidiéndose de él y ofreciéndole nuevamente palabras de condolencia. A unos les contestaba y otros no, pues su mirada no podía apartarse del rostro de Forgina Marlowe y su llanto lastimero, que repetía una y otra vez en susurros que su hija tenía que estar viva.
Todos se fueron y solo quedaron Eleonor Baker, la madre de Susana, un hermano de ella y él.
Terry agradeció en silencio la presencia de su madre que se quedó hasta el final y no se separó por ningún momento de su lado. Vestía de forma sobria y se mostró con su cabello natural, todos la reconocieron, pero si alguno se cuestionó su presencia allí, a sus oídos no llegó nada.
Se acercó hasta donde estaba la madre de Susana, al pie de la tumba de su hija y le extendió el brazo.
- Permítame ayudarla- le dijo.
Ella levantó la mirada y lo observó por un momento. En su mirada seguía la acusación que nunca desaparecería y el entrecejo fruncido que quedó para siempre en su rostro cada vez que miraba a Terry.
Se incorporó con brusquedad dejándole el brazo extendido.
- Es hora de partir caminos joven Grandchester.
Su tono de voz sonaba más que una despedida casual.
Terry le mantuvo la mirada, reconociendo que era en realidad lo que ella quería decirle. Sabía que no volvería a verla. Sabía que ella tampoco quería volver a verlo jamás.
Se aclaró la garganta y se dirigió a ambos en particular.
- Los acompañaré hasta su carro.
El hermano de Forgina, un señor de aspecto respetable y mucho mayor que ella, aceptó su acompañamiento. Ella no le dedicó una segunda mirada. Iba cabizbaja, enfocándose en cada paso que daba, perdida en sus pensamientos. Terry sabía que de ahora en adelante los días de la señora Marlowe serían muy difíciles, con el recuerdo perenne de su única hija, que no estaría más presente con ella salvo en su memoria.
Sus manos se cerraron en un puño.
Al llegar a su destino, el hombre se despidió de él cortésmente, e incluso le dio unas palmadas en la espalda.
Terry les deseó a ambos buen viaje, pues próximamente partirían caminos hacia Austin, en Texas. No sabía aún si la señora Marlowe pensaba en mudarse permanentemente de residencia. No le extrañaría.
Se quedó de pie un rato observando el carro irse hasta que dio vuelta y se perdió de vista.
Así fue como los Marlowe se despidieron de su vida.
Eleonor Baker lo miraba desde el otro lado del camposanto. Había calidez en su mirada, pero aun así, no era suficiente para él.
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Las tres semanas luego de la muerte de Susana Marlowe, se le hicieron muy lentas y pesadas. Estuvo confinado en su apartamento por gran parte del tiempo. Solo recibió la visita de Eleonor Baker y salió tres veces al mundo exterior a arreglar asuntos relacionados con la cancelación del matrimonio que de haber sido, se hubiera realizado esa misma semana.
Otras diligencias, las tuvo que hacer a través del envío de correos. Le hizo saber a Forgina Marlowe que recibiría una renta mensual de forma vitalicia, una especie de manutención para la madre de la mujer que hubiera sido su esposa. Hasta ahora no había recibido respuesta, pero en la oficina de correos le aseguraron que el envío había sido recibido con éxito.
Aunque nunca construyeron, ni construirían una relación amigable, estaba decidido a hacer todo lo posible para asegurar que Forgina Marlowe viviera una vida tranquila. Estaba en conversaciones con la editorial que publicó las novelas de Susana para que fuera ella quien recibiera todas las regalías por las ventas.
Durante el tiempo restante que le quedaba, se dedicaba a leer y responder los mensajes de su trabajo. Stratford no se detenía porque uno de sus miembros estuviera inactivo. Firmaba cuanta autorización pasara por sus manos para continuar con su normal desenvolvimiento de funciones.
Entre la pila de correos apiñados en su departamento, uno que resaltaba era el de Richard Grandchester.
La única comunicación que hasta ahora había tenido voluntariamente con su padre se resumía al telegrama que le envío el día de la muerte de Susana.
"Susana falleció.
No habrá boda,
Terry".
Fue un telegrama muy escueto, básicamente para anunciarle que no se tomara la molestia de tomar un barco hasta América. Lo invitó a su boda, y aún no sabía exactamente qué motivo lo impulsó a ello, si lo había hecho por él mismo o por Susana, que había insistido en contar con su presencia.
La respuesta de Richard a su telegrama fue tan rápida como igual de breve. Se leía en oraciones cortas y separadas así como el escrito que había enviado Terry.
"Lo lamento Terruce.
Llegaré a Nueva York en tres semanas.
Mis condolencias".
Lo que lo llevaba a su predicamento actual, pues en la mañana de ayer le había llegado una notificación firmada por el sello real de la Casa Grandchester. Decía que su padre estaría en el estreno de la obra más reciente de Stratford, donde Terry fungía como productor.
Pero Richard Grandchester llegaba en mal momento. Cuando volvía a ser el protagonista mediático favorito de la prensa.
La muerte de Susana en vez de traerle privacidad, multiplicó las narices que estaban ansiosas en inmiscuirse en su vida. No tuvieron piedad. Cada titular era peor que el anterior: "La paciencia de Susie se fue con ella", "La boda que nunca fue","La tragedia de Julieta" y así sucesivamente. Decían cualquier cosa, decían que nunca existió una fecha determinada para el matrimonio, así como también decían que la boda debió adelantarse por el empeoramiento de la salud de Susana. Como si tuvieran potestad para opinar y determinar lo que sea que pasara en su vida.
De ahora en adelante iba a tomar el consejo de Eleonor de no comprar más periódicos y para ello debía luchar en contra de su actitud auto destructiva, pues no dejaba de leer todo lo que escribían de él. Era realmente patético.
Pensando en su madre, había otro tema con ella. Un poco de lo que estaba pasando en su vida en las últimas semanas la había chispeado a ella también. Ahora más que nunca se especulaba acerca de su relación, decían que ella lo había apadrinado todo este tiempo en su carrera, que era lo que más había temido todo este tiempo.
Con todo eso sucediendo, la mejor opción para él era enclaustrarse en su departamento mientras se adaptaba a su nueva vida sin Susana y pasaba la tormenta mediática. Pero por ahora, estaba decidido a acercarse a las filas de Broadway, para contemplar, aunque sea de incógnito el estreno de la primera obra donde hizo de productor ejecutivo.
Si no tenía suerte, quizás lo abordara la prensa, pero ahora estaba dispuesto a ser libre de lo que los demás pensaran de él.
No iba a perder la cabeza por ellos.
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Cuando llegó el día del estreno de Más Allá del Horizonte en Broadway, Terry apareció con un aspecto diferente y con un vestuario inusual en él. Más cubierto de costumbre, a pesar de que no era invierno.
Se cortó el cabello, nada de coletas largas. Ahora lo llevaba bajo, al mejor estilo militar. Vestía pantalón negro de corte clásico, una camisa gris oscuro, chaqueta de color negro y un abrigo de gabardina del mismo color. Lo único de color que resaltaba en su sombrío look era la bufanda de color azul oscuro que usaba al estilo beduino para ocultar parte de su rostro.
Muchos se sorprendieron al verlo, pues un hombre de su porte no pasaba inadvertido, por mucho que Terry quisiera evitarlo. Camino con presteza por los pasillos de acceso restringido, donde solo tenían acceso los productores, actores y colaboradores directos de la obra.
Las veces que alzó la mirada, se encontró que las personas a su alrededor lo observaban. Él saludaba a quien conocía con un gesto ligero en la cabeza. En sus miradas se encontraba muchas cosas. Unos lo miraban con compasión, como aquel novio que enviudó antes de tiempo, y otros, que al parecer habían estado leyendo la prensa, lo miraban frunciendo los labios.
No quería ser objeto de sus miradas. Solo venía a ver la obra que venía de la pluma de uno de los mejores escritores que haya conocido en la actualidad, Eugene O'Neill. La historia de dos hermanos en un ambiente rural de granja de toque trágico le fascinó desde la primera vez que la leyó, y desde entonces no dejó de insistir para ver materializada la obra en las tablas.
Al sentarse en el asiento reservado para él, se encontró al lado del mismo autor, Eugene, quien le estrechó la mano cálidamente, y John Barrymore, quien hacia las adaptaciones de clásicos para Stratford.
- Que bueno que pudiste llegar a la obra Terry- le dijeron ambos hombres exaltados.
Terry les hizo una señal con la boca para que no hicieran tanto barullo y llamaran la atención a su alrededor. Ellos, aunque todavía exaltados por ver al actor luego de tanto tiempo, le hicieron caso y actuaron como si no lo hubieran visto.
A veces le generaba remordimiento parecer antipático, pero recordaba su lugar en el mundo del teatro tanto en la actuación como en la producción. Todo se resumía a la observación, en asegurar la experiencia y la transmisión de la emoción. Quería observar el rostro de las personas, en la transparencia de sus expresiones estaba la aceptación o no de lo que veían. Los críticos podían escribir cualquier cosa, pero nada era tan honesto como un público absorbido por la historia y los aplausos finales. Eso era lo que le importaba.
Al llegar el final de la obra, aprovechó el momento de los ensordecedores aplausos para escabullirse por los pasillos de salida. Había visto lo que quería y debía irse antes de que alguien lo reconociera y comenzaran a hacerle preguntas. Más Allá del Horizonte superó sus expectativas. La historia a era enriquecedora y trascendental, el diseño de producción era perfecto, las actuaciones impecables, la secuencia era fluida y todo en conjunto un éxito.
Bajo las escaleras con pasos parsimoniosos, pero las manos le temblaban ligeramente por la emoción mientras aún escuchaba los estruendosos aplausos. Dentro de uno de los salones de vestuario, escuchó las voces de mujeres que hablaban de la obra. No le gustaba escuchar conversaciones ajenas, pero su emoción en conocer las opiniones de los demás luego de tan majestuosa obra le superaba. Así que se detuvo al frente de la puerta para escuchar.
- ¡Es una de las mejores obras de Stratford!- decía una voz que reconoció como la maquillista de la compañía.
- Es buena, pero espero que algún día la compañía vuelva a hacer comedia.
- Las actuaciones fueron muy buenas, el joven Bill mejora en cada presentación pero extraño ver a Terruce- volvió a comentar la maquillista.
- ¿Pero acaso no lo vieron? ¡Tuvo las narices de asomarse por acá!
La frialdad en el que fue dicho aquel comentario desdibujó la sonrisa que se había mantenido en su rostro hasta entonces. Pudo escuchar una oleada de murmuraciones entre el grupo de mujeres, pero no pudo llegar a distinguir que era lo que decían.
- Pobre la chica Marlowe… Tenía cara de ingenua pero nunca pensé que lo fuera tanto- dijo otra de las voces, que reconoció como una de la ayudantes de vestuario de Stratford-. Pensar que podía cazar al mejor actor de Stratford.
- La usó para generar simpatía y hacerse más famoso- dijo otra-. Una estrategia muy inteligente para alguien que apareció de un día para otro.
El actor se quedó en pie. Sin ganas de escuchar más, sin otra emoción más que no fuera la decepción. Qué importaba si actuaba o no, si producía un gran proyecto o no. La lengua siempre sería más pronta para la crítica que al reconocimiento del esfuerzo.
Apretó los puños dentro de los bolsillos.
Al levantar la mirada se encontró que su padre estaba solo a algunos pasos de él, y no había notado su presencia hasta entonces.
- Terry.
Richard lucía exactamente igual desde la última vez que lo vio. Conservaba su porte, solo un poco más encorvado y con el cabello igual de blanquecino. Tenía la misma expresión grave de aquella vez, cuando se despidió de él hace más de un año en el lobby de su penthouse en el Plaza, como si quisiera decir muchas cosas, pero algo en su garganta le impedía hablar.
Su padre llegaba en mal momento.
- No puedo quedarme a hablar con usted-le dijo sin miedo a sonar demasiado cortante.
Se dirigió con más rapidez a la puerta de salida, pero la voz de su padre volvió a detenerlo.
- Lamento lo de Susana Marlowe Terry-
El giró el picaporte listo para marcharse, sin querer escuchar que era lo que Richard venía a decir.
- Y lamento todo por lo que tienes que pasar ahora.
Entonces algo se rompió.
- ¿Lo lamenta? ¡Tú eres es el que menos debe lamentar lo que pasa! – Terry sabía que estaba gritando, pero a este punto ya no le importaba si lo escuchaban o no.
- ¿Se acuerda Duque de Grandchester? Cuando todos en el castillo me miraban como un perro bastardo en cada una de las reuniones con la maldita nobleza, ¡Todos me miraban como un estorbo y usted se hacía a un lado! Desde que tenía doce años vivía escondiéndome, como una enfermedad, una bacteria, un indeseable ¿Por qué no se lamenta eso?
Le costaba respirar y escuchaba una voz que era la suya pero más nasal. Se había acercado tanto al Duque que apenas lo separaban centímetros.
- Ahora no tiene derecho a lamentarse por Susana, cuando todos me echan la culpa de lo que pasó, cuando debo volver a esconderme porque sigo siendo un indeseable ¡Usted y Eleonor fueron los primeros en abandonarme!
Empezó con una sacudida de sus hombros y un sollozo que venía desde muy adentro. Sus ojos le ardían y las lágrimas fueron cayendo una a una. No pudo evitar volverse a sentir solo otra vez, porque era despreciado otra vez y ya no podía responder con rabietas de adolescente, ni huyendo de su casa o excusando sus responsabilidades. Y la verdad no sabía cómo responder.
Fue consciente de que a su alrededor se abrieron varias puertas, con voces que se preguntaban a qué se debía tanto escándalo.
Su padre le sostuvo de los antebrazos y escondió su rostro en su pecho. Era una especie de abrazo forzado, porque no habían llegado a los abrazos sinceros hasta este punto. Pero fue suficiente para detener sus arcadas y sacarlo de allí para llevarlo al vehículo que los esperaba en las afueras.
A Terry no le importó si en medio de su ira lo reconocieron o no. Simplemente siguió llorando, con las manos ocultando su rostro. Se quedó en silencio, dentro del interior del vehículo de su padre, reconociendo la ruta que llevaba a su departamento.
Su padre estaba al otro extremo. A su lado, pero no cerca. Acompañándolo, solo en silencio.
Una persona como el Duque de Grandchester, con tantos años encima, tantos que se acumulaban en igual cantidad como su orgullo, no era de palabras. Su padre nunca fue de palabras de apoyo o de consuelo. Estaba igual que él, quizás, pensando que hacer para volver a unir una taza que se había hecho añicos.
Se había desahogado con Richard por todo lo que sucedía en su vida, pero mientras lo hacía se dio cuenta de algo.
Todo este tiempo nada había cambiado con él.
Se acordó del Richard que le escuchaba de cuando en cuando en sus lecciones de piano, o lo observaba mientras jugaba al cricket en el patio del Castillo de Londres. Porque sí había algo diferente en él de las otras personas, no podía ignorarlo más. Richard era su padre y siempre lo miraba igual desde que tenía memoria. Lo miraba como Terruce y no un actor inalcanzable de teatro, no como fuente de una noticia jugosa en diarios, o un activo para invertir o como el culpable de haber arruinado una joven.
La misma mirada se había mantenido por 22 años. Con todo y rabietas, golpes y abandonos.
- Terruce… Solo te puedo decir que siempre hice lo que yo creía era lo mejor para ti- le dijo el Duque al bajarse del vehículo. Hizo una pausa para mirar el rostro solemne del joven ante su declaración intespectiva–. Por mucho tiempo he sido egoísta y espero que algún día me perdones.
El Duque se detuvo e hizo un gesto señalando a su alrededor.
- Nunca viajo fuera de Inglaterra, me trae malos recuerdos. Pero, si haciéndolo puedo seguir teniendo vistazos de ti, está bien para mi, así no me hables o no quieras verme. Solo tuve un primer hijo y ese eres tú.
Richard agachó la cabeza en un gesto de despedida para Terry. No esperando una respuesta, o quizás más probable, temiendo una respuesta.
Terry no sabría que acababa de presenciar uno de los momentos más honestos y valientes de la vida del Duque, que quizás le tomó mucho tiempo, pero al fin y al cabo había empezado su camino de redención. Pero lo que sí sabía era que estaba ante el padre que ya no necesitaba, pero seguía siéndolo. Al padre del que quiso alejarse pero siempre volvía, como recuerdo o presencia física.
Quizás algún día volvería a llamarlo por lo que era, pero aún no sabía cómo empezar.
- Puede que algún día volvamos a empezar de nuevo- fue lo único que pudo decirle, antes de meter las manos en su bolsillo y darse media vuelta.
Al entrar en el lobby de su residencia, sentía la mirada de Richard Grandchester.
Ya no era él quien tenía que observar su espalda.
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Susana insistió en casarse en primavera, pero a la vez, había elegido esa temporada para marcharse
Los últimos meses fueron muy duros para ella, una bronquitis le carcomía los pulmones y la debilidad en todo su cuerpo disminuía poco a poco su posibilidad para moverse.
Había que darle comida en la boca, como a los niños pequeños. Él solía ayudarla en la cena, cada vez que la visitaba, pero luego de un tiempo, ella rechazó su ayuda. Susana no quería que la viera en esa situación, débil y necesitada. Fue rehuyendo de él, y las veces que visitaba, no podía verla. Le decían que estaba indispuesta, durmiendo o cualquier otro tipo de excusas.
La última vez que la vio con aparente vitalidad, fue cuando ella le mostró el último capítulo de su novela. Lo recibió sin maquillarse y sin arreglarse. Estaba exaltada. Le dijo que ese libro era su mayor logro, que tardó medio año en completarlo. Le citó sus frases favoritas y le leyó párrafos en voz alta.
En un momento de su lectura, la manga de su vestido resbaló hasta su codo, y él pudo observar una gangrena que se extendía por todo su antebrazo. Ella lo ocultó rápidamente y él hizo como si no hubiera visto nada. A pesar del shock inicial, a pesar de la prueba irrefutable que Susana moría poco a poco, siguieron actuando como si nada. Por algo fue a la profesión a la que se dedicaron.
En sus últimas semanas de vida, Susana empezó a citarlo frecuentemente, como si antecediera el momento de su partida y quisiera que él estuviese presente.
No hablaban de su salud ni de despedidas. Hablaban de Stratford, de que el montaje de El Rey Lear fue mejor que el de Romeo y Julieta, de que Robert a veces era muy intenso con la puntualidad y los horarios.
Hasta que un día hablaron de Candy.
- Nunca te he dado las gracias por escogerme Terry- le dijo Susana en una voz casi inaudible-. Me preferiste por encima de Candy, ¿cierto? Decidiste quedarte conmigo.
Terry estaba sentado a su lado en la cama, ella tenía la frente perlada de sudor a pesar de que estaba muy fría. Sin fuerzas para moverse pero había una alegría en ella al pronunciar esas palabras. Como si la sola presencia de Terry allí bastaba con hacerla muy feliz.
- Gracias Terry, Gracias- le dijo con una sonrisa.
Él solo le tomo las manos, sin el valor suficiente para decirle que estaba allí porque tenía que estar, porque era lo menos que podía hacer, que ella había escogido la vida de él por encima de la suya y él estaba devolviendo el gesto.
- ¿Buscarás a Candy cuando me vaya?
Terry levantó la mirada, consciente que debía contestarle. Los ojos de Susana estaban llenos de una ansiedad abrumadora. Le contestó con sinceridad.
- No lo sé.
Ella suspiró con pesadez y cerró los ojos.
- Prométeme que serás feliz Terry.
Fue la última vez que escuchó la voz de Susana.
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Uno de sus trayectos favoritos era el recorrido a los Jardines de Vanderbilt. Paseaba por las calles de su ajetreada y siempre dinámica Nueva York, mientras se acercaba a contemplar el verde brillante y luminoso de Vanderbilt que le recordaba a los veranos en Escocia. Era una especie de ilusión para acercar sus lugares favoritos del mundo, donde podía salir y entrar. Solo era cuestión de recorrer unos kilómetros.
Se acordó de su visita con Susana, al mismo lugar, hace tiempo ya.
Aquella vez contemplaron el atardecer multicolor y voluble de aquel día, como le generó tantas sensaciones para sentirse oprimido, en un laberinto sin saber que camino escoger. El atardecer de hoy era de color naranja, una puesta de sol sosegada y cálida que despedía el día de forma tranquila. Sin rojos que lamentar, o violetas para preocupar.
Él quería ser como ese atardecer, pero a seis meses de la partida de Susana seguía con una extraña opresión en el pecho que no era producto de la tristeza.
No creía en las redenciones. Pero era lo que buscaba, porque en la pocas veces que le prestó atención a las monjas del Colegio San Pablo, lo explicaban como un camino para lograr la paz y lo entendían como un remedio para las situaciones de dolor y oscuridad.
No creía en las redenciones porque entonces tenían que ser todos los días a toda hora para un sujeto como él, que se equivocaba siempre y estaba en guerras siempre, con el mundo y con él. Pero era lo que buscaba.
Creía que podía encontrar la suya, puesto su padre parecía en paz al haberle pedido perdón y hasta su madre pagó el precio de sus abandonos y ahora le revertía el tiempo, la atención y el amor que antes le fue negado.
Dejó el vehiculo al frente del templo, que sonaba sus campanas para despedir la tarde.
Era una iglesia sencilla, de color ocre y ventanas rectangulares donde se colaba el sol del atardecer. Tenía bancas de madera y estancias estrechas, una iglesia hecha para una comunidad pequeña, donde podía esconder quién era y resguardar su persona a la vez. Pero había algo en ese espacio, que podía llevar sus palabras a otros lugares, como el humo del incienso que nace del fuego y la mirra que se disuelve en el aire hasta ir hasta arriba.
Se arrodilló en una de las bancas y dirigió una plegaria por los muertos.
Había quedado en decirle algo a Susana que no le dijo antes de su partida.
«Gracias».
Le dio gracias por su vida.
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Gracias a todos quienes me leen. Me he tardado en actualizar, pero es que recientemente la vida en Venezuela no es fácil.
Muchos sucesos en la vida de Terry ya han llegado a su culmen, y ya hemos llegado casi al final. La próxima actualización será el último capítulo :')
Gracias a todos aquellos que me dejan sus comentarios, me gustaría dirigirme a algunos. Disculpen mi inglés, btw, no soy la mejor en gramática.
Phambe: Thanks for your replys. I don't speak french, but I would like to . It's a honor to know that my writing has one fan. I hope to keep living up your expectation. Every word you wrote was a impulse to keep writing… In the beginning, i start this story cause me, cause i want to give Terry a clousure, but as the time was going on, I see that people still care for the story, a thats warms my heart. Thank you so much for your support.
I still don't read the annalysis of Scottie. What's is about? If you passes me a link I would read it for sure.
Darjeeling: Thanks for keeping up with the story. I hope you like it the last chapter. This fanfiction is a kind of different because I didn't follow any rules, and I give Susana a "relevant role", but it was necessary to offer a Terry a clousure. And that is the point of the fanfic. I see her like a different type of villain, like a hipocresy villain, I hope to had suceed with that in the perception of the readers.
Guest Saludos Guest! Gracias por leer mi historia, el final vendrá en el siguiente capítulo. Este fanfiction es mi alternativa a la historia de Terry en el manga, su vida con Susana y como fue sobreponiéndose a lo que se enfrentaba en la vida, incluyendo sus sentimientos hacia Candy. No la olvida, pero puede seguir sin ella.
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