No tienen idea de cuanto lo siento! No saben cuantas cosas he estado haciendo ultimamente, pero por suerte ya ayer di el SAT (me tuvo viendo estrellas, creanme) y luego mori en mi cama, asi que oficialmente lo primero que hice al revivir fue ponerme a editar este capi y subirlo. No es de los capis mas largos pero es util y aclara un poco de cosas. Espero les guste y disculpenme la demora. Ahora tecnicamente solo tengo que sacar algunos papeles para las admisiones asi que tratare de subir los capis lo mas pronto posible. Disfruten!

Disclaimer: Los personajes y la serie "Yu Yu Hakusho" no me pertenecen, son propiedad de Joshihiro Togashi. Yo los uso sin fines de lucro, con el único objetivo de divertir a quien lo lea. La historia y los personajes no pertenecientes a la serie previamente mencionada sí me pertenecen, prohibido su uso con o sin fines de lucro sin mí previa autorización. La primera parte es basada en el fic "viñetas" de Haruka Hikawa, dado que es el fic que me dio la idea.


Era una caverna realmente hermosa, a decir verdad. Unos pocos rayos de luz se colaban por unas ranuras, iluminando la cristalina laguna. Había una pequeña cascada, tan pequeña que probablemente no merecía ser nombrada cascada, pero que acompañada con el verde que rodeaba la laguna y las pocas flores que se asomaban le daba al ambiente un aire de Edén. Un trozo de paraíso escondido en la tierra. En otra ocasión, quizás, se habría sumergido en la laguna buscando relajación y hubiera dejado a sus pensamientos volar lejos de ahí, pero en ese momento en particular no había nada que estuviera más lejos de lo que quería hacer que eso. Sus músculos estaban tensos, sus sentidos alerta, su mano tan cerca de sus armas que las acariciaba y, sin embargo, estaba tan quieta que si algún testigo descuidado la hubiese visto la habría confundido con una estatua.

Un par de minutos pasaron, unos pocos sonidos leves se dejaron escuchar, confundiéndose con el murmurar del agua. Sus ojos se movían de un lugar a otro, siguiéndolos, pero su cuerpo se mantenía en posición. Pudo sentir las energías entrando al túnel, en cuestión de una hora o dos llegarían a donde ella estaba. Sus anfitriones lo notaron también, sus movimientos se volvieron más veloces, menos sigilosos. Un par de segundos más y todo habría terminado. Un sonido más fuerte la alerto, giro sobre sus talones a la derecha, de entre las rocas un demonio gris casi esquelético con ojos totalmente negros y cuernos de un blanco desgastado se lanzaba hacia ella. Su mano derecha se cerró con firmeza alrededor del mango de su sai. Un corte rápido pero certero y el demonio cayó muerto al agua. Se dio media vuelta justo a tiempo para acabar con otro demonio que buscaba aprovecharse de la apertura que le había dado. Tres movimientos más y cinco cuerpos yacían en el fondo de la laguna. Era una lástima, se dijo a sí misma, que tan bello lugar se viese contaminado por tan patéticas criaturas.


Silencio. Finalmente, completo y total silencio. Un par de ojos observaban a un grupo de personas encerradas en un calabozo un tanto improvisado. Ningún sonido perturbaba ya su paz, excepto tal vez la respiración acompasada de sus ocupantes. Los había sedado. No había sido parte de sus planes, pero ella no era de naturaleza paciente y las constantes demandas y gritos del grupo habían terminado con la poca paciencia con la que ella contaba además de que le provocaron un fuerte dolor de cabeza. No era una mujer de planes intrincados, ni estrategias, no es que no pudiera hacerlo, era simplemente que prefiera no seguir un libreto. Se enfrentaba a sus enemigos sin más e iba solucionando los problemas según aparecían. Estaba consciente de que no era lo más inteligente a hacer y que, quizás, de no ser por su poder, ese modus operandi ya la habría matado muchos años atrás. Recogió su cabello en un moño un tanto desordenado e inicio su camino en dirección a la puerta. Ya mismo llegaba la primera de sus invitados, sería muy desconsiderado de su parte no salir a recibirla. Una vez en la puerta dio una última mirada a sus prisioneros y con un movimiento de manos las antorchas del lugar perdieron su fuego.

- Señorita.

Su mirada, tan fría como el hielo, se clavó en el nervioso hombrecito parado en el pasillo. Él se removió incomodo ante sus ojos. La mirada de esa mujer era tan fría que quemaba, irónico, si se tomaba en cuenta que ella era un demonio de fuego.

- Habla de una vez.

Su voz lo hizo temblar por la amenaza que, si bien no fue expresada, fue tatuada en la oración. Era un claro "si me haces perder mi tiempo, pagaras por el con tu vida" y él sabía que algunos habían pagado el mismo precio por menos.

- La koorime vino con compañía.

Observo al demonio frente a ella. Podía oler su miedo, era tanto que el olor era intenso. Patético. Lo sabía, se había dado cuenta desde un comienzo. El hecho de que el muchacho haya venido a decirle eso era una pérdida de tiempo y ella odiaba que le hagan perder el tiempo. Ya saben lo que dicen, el tiempo es oro. Su mente se debatía ante dos opciones tentadoras, matar al chico por idiota o dejarlo vivir para que sea mensajero de sus órdenes. La idea de matarlo le agradaba, pero tener que ir ella misma hasta donde estaban sus guerreros le daba pereza.

- Que les impidan el paso. Solo quiero a Yukina.

El demonio hizo una reverencia, su cabeza casi tocando el suelo, para luego salir corriendo para comunicar sus deseos. Y la pereza salvo una vida más. Quizás habría que ponerle un altar o algo por el estilo, parecía ser la salvadora de más de un inoportuno. Disipó ese pensamiento de su mente y simplemente siguió su camino con calma, su invitada estaba por llegar, pero no había razón para apresurarse. Se dice que lo bueno siempre se hace esperar.


Iban corriendo por el túnel, no querían perder el tiempo. Sus mentes concentradas en la misión de rescate que tenían frente a ellos. Pero cuando una mujer apareció en su campo visual, todos frenaron en seco. Ella estaba parada impidiéndoles seguir su camino por el túnel. Su cabello rubio se iba cambiando de color de tal modo que las puntas eran de un tono rojo vivo. Unos tatuajes negros en forma de dragones decoraban la pálida piel de sus brazos y piernas. Era una guerrera, se notaba por su atuendo diseñado para no molestar en una pelea. Una blusa amarilla, un tanto pegada al cuerpo, unos shorts rojos que permitían ver dos estuches, uno en cada una de sus piernas y un cinturón café en su cintura. Les sonrió, pero el gesto no llegó a sus ojos.

- No les puedo permitir pasar.

Su voz era amable y aun así distante, su sonrisa era tan vacía que incomodaba. El grupo se puso tenso.

- Sigan adelante. Ya los alcanzo.

Sin decir otra palabra más el ex−capitán del equipo dio un paso al frente. La muchacha se puso en posición de pelea, borrando la sonrisa de su rostro.

- No les puedo permitir pasar. – Repitió.

El resto del grupo empezó a correr, buscando pasar por los lados. Ella trató de impedirles el paso lanzando un par de golpes, pero se vio obligada a defenderse de los puños de Yusuke, dejando así una apertura por la que pasaron los demás. Un gruñido salió de entre sus labios, demostrando el fastidio que sentía. Con una patada logró alejar al pelinegro de ella, consiguiendo crear espacio entre los dos y así tomar un par de dagas de sus estuches. Sin darle tiempo al detective de nada, se lanzó al ataque.


Sabía que estaba cerca, su olfato se lo decía. El leve olor a humo que caracterizaba a los demonios de fuego impregnaba el lugar, pero de entre todos esos aromas, solo uno le importaba. Seguía ese rastro como la experta cazadora que era. Un familiar aroma a humo y hierba, el aroma de Yami. El túnel por donde corría se convirtió en una especie de recamara gigantesca, varias antorchas iluminaban el lugar. Sus ojos chocolate se clavaron en la puerta que acababa de abrirse, por ella paso la muchacha dueña del olor que Cho había estado rastreando. Cerró la puerta tras de sí.

- Al fin nos encontramos de nuevo.

Cho no respondió a la afirmación. Sus orbes clavados en la mirada carbón de la chica que acababa de entrar. El silencio se prolongó por un par de minutos más. Ninguna de las dos desviaba la mirada, ambas concentradas completamente en la confrontación que sabían estaba por venir. Las manos peligrosamente cerca de las armas.

- Deberíamos iniciar esto antes de que llegue Yukina.

La anfitriona sonrió, casi de manera cínica, aceptando la idea de su invitada. Sin nada más que decir ambas dispararon su energía demoniaca, mostrando la verdadera forma de su especie. Sus orejas se hicieron puntiagudas, sus cabellos cambiaron de negro obscuro a negro carbón, sus ojos dejaron el tono negro y café respectivamente para convertirse en irises rojos como el magma, una cola negra delgada con una punta grande en flecha hizo aparición, sus caninos se pronunciaron, convirtiéndose en colmillos afilados y un tatuaje de un dragón negro apareció en las espaldas de ambas. En Yami, una marca negra resaltó con fuerza en su frente. Una marca que la identificaba como traidora, un recuerdo del exilio de su familia, de que la manada los había desconocido como miembros de la misma.

Sin hacerse esperar, ambas arremetieron la una contra la otra. El filo de ambas katanas resonó en la recamara junto a los gruñidos amenazantes de ambas luchadoras. Dieron un salto para atrás, separando sus armas. Yami se lanzó sobre Cho, buscando golpearla con una patada. Ella esquivó el golpe con relativa facilidad y le dio directo en el pecho con una llamarada que mando a su contrincante disparada contra la pared. El golpe provocó que varias piedras caigan sobre ellas, obligándolas a esquivarlas mientras continuaban con su batalla.


Iban a toda velocidad por el túnel, atrás habían dejado a Kurama en una caverna con una pequeña cascada y una laguna, aún más atrás habían dejado a Kuwabara luchando con un demonio, presumiblemente débil de todos modos. El agua debió haber sido cristalina antes, pero cuando llegaron estaba teñida de rojizo por la sangre. Estaba seguro de que eso era obra de Cho. Una parte de él se reprochaba el que su mente este distraída pensando en ella en vez de estar cien por ciento concentrado en la presente situación. Su hermana corría a su lado, en cualquier momento podrían ser atacados y él no lograba mantenerse enfocado en ese hecho. Esa muchacha tenía muchos secretos y por algún motivo que él no terminaba de entender, eso le molestaba. Cuando el pelirrojo se había aparecido para decirle que la había visto y parecía ser perseguida, una parte de él se preocupó y la otra explotó en rabia. Ambas cosas aun eran de origen desconocido para él.

Honestamente, las cosas habían pasado por un simple impulso, no es que lo reprochara, pero esa era la realidad. Ambos lo sabían, alguna vez ella lo había mencionado y él se había limitado a dejarla hablar, como sucedía casi siempre. Sus conversaciones eran prácticamente un monologo con uno que otro comentario de él. No se había parado a pensarlo y ella dejó que sucediera. Había sido una respuesta a sus instintos demoniacos. A fin de cuentas eran demonios de la misma especie, aunque de diferente raza. Ella había estado en celo, él lo había notado. El olor había nublado un poco sus sentidos y él se había negado a controlar sus impulsos. Había estado preocupado, eso no lo negaba, y eso había aumentado su deseo de reclamarla como suya y así lo había hecho. Así de simple.

Sabía que la quería, que no se malinterprete. Claro que no lo diría jamás en voz alta. Pero querer es un asunto egoísta. Querer quiere decir que deseas una persona junto a ti porque te resulta conveniente. Procuraba que ella estuviese contenta, porque de otro modo podría ser fastidioso para él, pero si no lo afectaba, a él no le importaba. De modo que eso no tenía nada que ver. Cuando ella había confesado que lo amaba, él había decidido dar el asunto por terminado. Tenía cosas importantes que hacer, no podía perder el tiempo buscando cubrir las expectativas que el amor requiere. Sin embargo, cuando el zorro le había dicho que ella estaba en peligro, debió hacer uso de todo su autocontrol para no salir corriendo a buscarla de inmediato. No terminaba de entender lo que estaba pasando. Se decía a si mismo que lo hacía por Yukina, que se negaba a ver a su hermana triste, pero eso solo explicaba la preocupación. ¿De dónde salía la rabia?

Y de repente la respuesta llegó a él. Ella le pertenecía. Su olor aún estaba impregnado en él y viceversa. Del mundo del que ellos venían eso quería decir que de cierta manera se pertenecían. No era algo oficial, no se habían marcado como compañeros, pero el olor de él en ella era suficiente para marcarla como su "territorio" y, por ende, el que fuese atacada de todos modos era una falta de respeto hacia él. Y eso era suficiente para provocarle rabia. Cuando todo este asunto terminase, tendría que hablar con ella, dejar en claro sus deberes hacia él. Si una lucha la incluía a ella, por pertenecerle ella a él, eso lo incluía. Claro que algo le decía que el verse incluido en las peleas de la pelinegra sería un precio un tanto alto a pagar, pero por algún motivo no tenia deseos de dejarla. Ella era de él y él no pensaba permitir que eso cambiara. Un gruñido de descontento escapó desde su garganta, pudo notar como su hermana lo miraba con un poco de curiosidad por el rabillo del ojo, pero se limitó a ignorarla y seguir corriendo. Ahora que tenía sus respuestas, deseaba acabar con el problema de una vez por todas.

Permitió a su nariz impregnarse del aroma de la pelinegra. Aun podía olerla en él, pero era aún más fuerte por el camino que ella había cruzado una o dos horas atrás, era algo de esperarse ya que no habían estado juntos por algún tiempo ya. Era un olor a humo y frutas frescas. Una mezcla peculiar. Apresuró el paso, obligando a su hermana a hacer lo mismo para poder mantenerse junto a él.


Corría lo más rápido que podía. Su hermano había quedado atrás, luchando contra un demonio que se les había cruzado en el camino. Ahora estaba sola. Sabía que al pelinegro no le había hecho gracia, pero había aceptado a su pedido silencioso y con eso a ella le bastaba. Algo le decía que ese había sido el plan de Yami desde un principio. No es que le molestara a decir verdad. Los chicos estaba ahí porque lamentablemente se habían visto involucrados y sus seres queridos se hallaban en peligro, algo que la molestaba de sobremanera. Pero el problema era de Cho, Yami y ella, de nadie más. Era su guerra y quería lucharla sola.

¿Qué cómo pensaba luchar contra un demonio si la había capturado un humano? Bien, esa era una buena pregunta. Turakane era un humano desagradable, pero astuto. Había escuchado de una koorime que no estaba resguardada en la isla y había mandado a cazadores a capturarla. Dichos cazadores habían sellado su energía demoniaca hasta cierto punto, dejándole tan poca que luchar no habría llevado a nada. De todos modos no se hubiera permitido ser la culpable de la muerte de tantos inocentes por culpa de un hombre como ese, así que se había sentado a esperar, con la esperanza de que Cho llegue a salvarla. Grande había sido su sorpresa cuando en vez de Cho llegaron los amigos de su hermano y su hermano. Claro que en ese momento no había sabido que era su hermano, eso lo había notado un par de semanas después.

Le había tomado un poco de tiempo, pero finalmente había logrado liberar el sello y recuperar toda su habilidad. Se había dedicado a entrenar, en parte para evitar que algo así volviese a suceder y en parte por el miedo de volver a ver a su hermano y sus amigos. Se había reprochado su cobardía varias veces hasta que finalmente había logrado reunir el valor para ir tras decidir que si Hiei la aceptaba o no como hermana era decisión de él y ella no podría saber que haría a menos que le dé el tiempo de llegar a tomar su decisión. Mucho tiempo había pasado y al final en un arranque de enojo había terminado por revelarle que ella había sabido la verdad por ya mucho tiempo aunque el pensara lo contrario. Una pequeña sonrisa asomó en sus labios al recordar que él no solo la aceptaba, si no que la protegía y quería.

La explosión de dos poderosas fuerzas demoniacas la sacaron de sus pensamientos. Apresuró el paso, aparentemente habían decidido comenzar con la acción antes de que ella llegara. Pudo visualizar la entrada a una especie de recamara. Habían dos antorchas encendidas a cada lado de lo que podría llamarse la puerta. Escuchó un golpe seco y vio como rocas empezaron a caer. Entró a la recamara sin perder el tiempo justo a tiempo para ver como Yami y Cho enfrentaban sus katanas una vez más. Yukina decidió hacerse presente, sus ojos su convirtieron en un celeste blanquecino brillante y el lugar se congelo de inmediato. Ambas luchadoras se distanciaron una de la otra y la regresaron a ver sin mencionar ni una palabra.

- Lamento haber llegado tarde a nuestra pequeña reunión. Había un asunto que tenía que resolver.

Ambas pelinegras sonrieron de forma un tanto competitiva.

- Bienvenida.

La lucha tan solo acababa de comenzar.