ANECDOTARIO DE TERRUCE G. GRANDCHESTER

A mediados del mes de diciembre regresé a Nueva York y como lo imaginé, Eleanor me esperaba en mi departamento. Hubiera querido tener algún tiempo extra para aclimatarme pero entendía que después de lo que le dije por teléfono días atrás, eso no sería posible.

-¿Qué tal estuvo tu viaje?- preguntó a modo de saludo y noté que su rostro no reflejaba angustia, cosa que en cierto sentido me desconcertó porque no esperé verla tan tranquila.

-Bien. Cansado pero sin problemas- respondí con tranquilidad-. Aterrizamos a tiempo y eso es algo que se agradece.

-Me alegro- respondió sin emoción en el tono de su voz.

-¿Te ofrezco algo de tomar?- invité amablemente mientras sacaba una cerveza para mi.

-No, gracias. No voy a quitarte mucho tiempo.

-Toma asiento entonces- le dije extendiendo una mano mientras yo hacía lo propio.

-¿Qué has decidido?

-¿Tenia algo que decidir?- pregunté buscando que fuera ella quien sacara a relucir el tema.

-Fuiste muy claro- buscó mi mirada-. Dijiste que las cosas entre nosotros ya no serían igual y quiero saber cómo serán.

-Ah, eso- fingí demencia-. Estaba enojado contigo.

-¿Estabas?- preguntó con cierta carga de impaciencia en su voz y actitud-. ¿Por qué no sueltas de una vez lo que tengas que decirme?

-No sé si deba- respondí meditabundo.

-¿Por qué no lo intentas?- preguntó sin dejar de mirarme- Eres bueno para los reproches.

-¿Desde cuándo usas ese tono en tus conversaciones?- pregunté retándola pero ella no respondió como yo esperaba-. Vi unas fotografías tuyas bastante vergonzosas- confesé con voz sombría.

-Lo sé y lamento mucho que eso haya sucedido- aseguró con tristeza pero sin bajar la mirada-. Fue una de las muchas cosas que Richard me aseguró que no sucedería y sin embargo…

-¿Y lo dices tan quitada de la pena?- interrumpí enfadado.

-¿El que esté angustiada cambia en algo el pasado?

-¡Claro que no! ¿Pero cómo pudiste hacer algo así?- reclamé dolido.

-Era muy joven e inexperta.

-Conozco mujeres jóvenes e inexpertas que no hacen lo que tú- espeté con desdén- ¿Cómo pudiste destruir nuestra familia? Richard Grandchester te lo dio todo y tú…

-Me dio todo menos lo que necesitaba: su compañía, su comprensión, su confianza - se defendió quitándome la palabra.

-¡Qué fácil es decirlo!- expresé con desagrado- El tipo se partió el alma por nosotros y tú le pagaste revolcando por el lodo nuestro apellido.

-El apellido, siempre el apellido. Si eres digno hijo de tu padre- se quejó con amargura y no la culpo, escuché lo que acababa de decir y sabía que era un absurdo, no era yo el que hablaba, sino un estúpido orgullo herido-. ¿Cuándo entenderán que hay muchas cosas que valen más que un nombre y que el dichoso honor? Tú deberías saberlo mejor que nadie.

-¡Yo no iba a dejar desamparada a la mujer que me salvó la vida! – azoté disgustado la mesa con la botella al sentir que sus palabras condenaban mi actitud respecto al accidente de Susana y la ruptura de mi relación con Candy-. Además, eso no tiene nada que ver con el honor ni el apellido, fue una cuestión de humanidad- argumenté sintiendo un rabioso calor subirme desde el estómago.

-Fuiste en contra del amor. ¿Te parece poco?

A pesar de lo enojado que estaba, no pude decirle nada. Cerré las manos en un puño y me fui a la ventana en busca de un poco de aire que me ayudara a apaciguar la mar agitada que para entonces eran mi cuerpo, mi mente y mi corazón.

-Muchas veces me he preguntado si Richard me amó alguna vez- dijo casi sin voz-, y siempre llego a la misma conclusión: no. Si me hubiera amado, se habría dado cuenta de que yo no quise lastimarlo y habría sido capaz de perdonarme.

-No creo que sea un asunto de perdonar y olvidar- intervine con voz un poco menos alterada-. Estaba claro que tus intereses estaban en otra parte, con otras personas- reclamé con profunda amargura sin voltear a verla.

-Me sentía muy sola.

-¿Y yo qué? ¿Acaso estaba pintado?

-No puedes entenderlo. No es ese tipo de soledad. Terry, yo no tenía cabida en el mundo de tu padre y él nunca hizo nada para darme el lugar que me correspondía como su esposa.

-Porque se estaba partiendo el alma trabajando para darnos una vida decorosa y para mantener a su padre lejos de nuestras vidas.

-Sí, eso es lo que toda la vida ha argumentado. Terry, yo era su esposa, su compañera. Si él se hubiera abierto conmigo, si me hubiera dejado yo habría sido su apoyo. Tal vez no tendríamos la vida a la que él estaba acostumbrado pero te aseguro que de hambre no nos hubiéramos muerto.

-Es muy fácil para ti decirlo. ¿Y qué ibas a hacer para apoyarlo? ¿Ser actriz y que él fuera un mantenido? ¿De verdad piensas que él iba a permitir que así fuera y menos sabiendo de qué manera te ganabas los papeles?

-¡Callate!- gritó con lágrimas en los ojos-. Una cosa es lo que las dichosas fotografías dicen de mí y otra muy distinta la realidad.

-¡No me digas! Creo que esas fotografías hablan por sí solas- dije mirándola de reojo.

-Fui una tonta es verdad, pero eso no fue producto de algo que yo haya buscado. Me engañaron y además me drogaron.

-Sí, esas historias donde chicas pueblerinas son abusadas porque no saben lo que se toman en las fiestas son algo cotidiano y que le pasa a todas.

-Sé que por más explicaciones que te de, todo te va a parecer un justificante de mi conducta. Mejor dime que no quieres volver a verme, dime que soy la peor de las madres del mundo y que me odias por todo lo que has sufrido por mi causa- explotó en medio del llanto dispuesta a salir de mi departamento.

-Yo no he sido un hijo modelo, lo sé- respondí algo sorprendido por su actitud tan opuesta a lo que me tenía acostumbrado- . También sé que no tengo derecho a reclamarles a ninguno de los dos. Lo que tengo seguramente lo he tenido porque me lo merezco.- finalicé sin dejar de mirar por la ventana hacía algún punto de Central Park.

-Richard nunca me presentó a sus padres - comenzó su relato acercándose a mí-, y nadie de su familia se presentó el día de nuestra boda. Nunca entendí por qué las cosas eran así y por más que pregunté, la respuesta siempre fue una evasiva. Encima de todo él pasaba mucho tiempo lejos de casa, yo no tenía amigos en Nueva York y mi familia se había quedado en Colquitt. Tu llegada a mi vida fue la bendición más grande que tuve, pero debes entender que yo necesitaba un contacto adulto, alguien con quien hablar de mis intereses, de las cosas que amo. En casa de mis padres hablar de las obras de teatro y en general de literatura era algo censurado porque lo que se esperaba de las mujeres era que dedicaran su vida a parir hijos y a juntarse por las tardes con otras mujeres a comentar los chismes de la región. Me costó mucho trabajo pero pude convencer a tu padre de que me dejara actuar- dijo tras una breve pausa que usó para volver a sentarse-, pero las cosas no resultaron ser tan maravillosas como esperaba. Yo no tuve a un Robert Hathaway que me cobijara bajo su ala así que para poder tener acceso a las audiciones me dijeron que debía asistir a las fiestas que ofrecían los productores y los directores. Fui y nunca hice nada de lo que tuviera que avergonzarme, te lo aseguro… nunca hasta esa noche. Recuerdo que estaba una mujer joven que nunca antes había visto. Me dijo que si quería que me consideraran para papeles más trascendentes, tenía que ser más relajada, que los productores se fijaban mucho en la manera en la que los aspirantes socializábamos y en las cosas que decíamos en una conversación. Me dio una copa que yo acepté y me dispuse a socializar. Esa noche no había bebido nada así que no me pasó por la cabeza que esa sola copa sería suficiente para hacerme perder la cordura.

-¿Fue esa mujer la que te tomó las fotografías?

-Me imagino que sí. Nunca más la volví a ver.

-¿Qué hiciste después?- pregunté interesado sin importar si me afectaría lo que ella dijera.

-Desperté a la mañana siguiente, desnuda, confundida y con un dolor de cabeza terrible. Recogí mis cosas y salí de ahí a toda prisa y sin averiguar nada.

-Si te drogaron ¿por qué no denunciaste a la policía lo ocurrido?

-No pensé en mí en ese instante, me mortifiqué mucho al ver que ya era de día y que no había llegado a casa. Tan pronto como llegué me di un baño y fui a verte, a ver que estuvieras alimentado y bañado.

-¿Te chantajearon con las fotografías?

-No. Se las dieron a tu padre que en ese momento estaba de viaje en Inglaterra. Él regresó y sin más te llevó.

-Hace mucho tiempo me dijiste que mi papá me llevó con él mientras tú estabas en el teatro viendo si habías ganado un papel. ¿Volviste al teatro a pesar de lo ocurrido?

-Me buscaron por teléfono para que me presentara a una audición- explicó serena desde su lugar en el sillón-. Me debatí mucho entre ir y pretender que no había pasado nada y resignarme a que la actuación sería tan solo un sueño en mi vida.

-Y audicionaste.

-Sí.

-Y el día en que fuiste a ver la lista del elenco fue cuando Richard me llevó con él.

-Sí.

-No soy quien para juzgarte- le dije al sentarme junto a ella-, pero tienes que reconocer que lo que hiciste fue algo muy grave y delicado. El no iba a dejarme contigo después de lo que vio en esas fotografías

-Lo sé- intervino avergonzada.

-Entiendo lo ocurrido, pero el corazón no deja de dolerme. Todavía recuerdo el día que vine a vivir contigo y tú me rechazaste. Supongo que después de nuestra reconciliación en Edimburgo dejé de darle importancia, pero cuando supe lo de las fotografías y Richard me contó los motivos por los que no te pudo perdonar, recordé que tenías una reunión en tu casa, que la mayoría de las risas que escuché eran masculinas y que tu atuendo era una bata ligera con tu cabello suelto. ¿Por qué estarías dando una fiesta vestida de ese modo?

-No voy a mentirte- dijo haciendo un gran esfuerzo por no bajar la mirada-. Durante muchos años mi vida no fue un modelo a seguir. Como ya te dije, en casa de mi padre y en casa de mi esposo yo no era nadie, en cambio en el teatro era Eleanor Baker, la mejor actriz que Broadway había visto en mucho tiempo. El ambiente bohemio me envolvió y lo hice mi estilo de vida con sus cosas positivas y negativas.

-¿Te drogaste?

-No, me daba miedo. Después de lo que me pasó la vez aquella de las fotos fue un escarmiento que me mantuvo a raya de probar otras drogas aunque sí bebí y fumé mucho.

-Nunca te he visto fumar.

-Lo dejé cuando regresé de Edimburgo el día que nos reconciliamos –recordó melancólica- Dejé el cigarro y mi vida bohemia, después de todo, ya no necesitaba quedar bien con nadie. Si alguien era querida, aceptada y reconocida, esa era yo: Eleanor Baker.

-¡Qué egoísta!

-¿Qué?

-Dejaste tu vida de bohemia hasta que tuviste lo que querías. ¿Por qué no lo hiciste cuando yo te necesité? ¡Era un niño Eleanor!- reclamé lleno de rabia muy cerca de su cara – Y no cualquiera, era tu hijo. Cuando más necesita un niño de su madre, tú hiciste todo a un lado con tal de conseguir la admiración de todos sin importarte lo que fuera a pasar conmigo.

-¡¿Cómo iba a saber lo que pasaría?! – gritó desesperada.

-Tu deber era quedarte al lado de tu esposo y de tu hijo- recalqué aún más enojado- Si lo que querías era salir de Colquitt para buscar la aceptación del mundo, no debiste casarte ni tener un hijo.

-Qué injusto eres Terry.

-¿Te parece?- respondí con una mueca de burla- Creo que es ahora cuando estoy siendo justo. Ni tú ni Richard debieron casarse y menos tener un hijo y en lo que a mí concierne, no quiero volver a saber nada de ninguno de los dos. Estoy mejor por mi cuenta- le dije encaminándome a mi habitación- Ah, y si te preguntas de dónde me salió lo egoísta- me detuve por un momento-, mírate en un espejo.

Estaba exhausto mental, física y emocionalmente como para seguir discutiendo y dándole vueltas a las causas del fracaso del matrimonio de mis padres, pero sabía que no sería fácil conciliar el sueño con tantas cosas en la cabeza así que me vi en la necesidad de recurrir a otros medios para hacerlo.

No supe si Eleanor salió de inmediato de mi departamento o si se quedó por más tiempo y francamente no me importó. Me desconecté de todo y puse en pausa mi mundo aunque fuera sólo por unas horas.

Continuará.