TRAICIONES

-¿Qué hace, qué?-

-Está bastante claro, Nobura.-Imprecó Shinta con el gesto torcido- ¿Cuánto hace que lo conoces?-

-¿Cómo? ¿Qué quieres decir- Respondió Hoyto, buscando evasivas.

-Cuánto- Repitió Shinta con aire desafiante. Desde que Tomoyo se había sumido en el silencio, él había tenido que representar el papel de líder. Y trataba de hacerlo a conciencia.

Falto de la capacidad innata para comandar de Tomoyo, Shinta sobresalía de un modo bastante más primitivo en la escala de mando. Sus cerca de dos metros de altura y sus anchas espaldas compensaban la falta de mano izquierda para los asuntos que requerían de tacto. A pesar de aquellas carencias no se trataba de un hombretón estúpido y sin cerebro aunque, decididamente, la planificación estratégica no era su fuerte. Yamada Shinta era de aquellos hombres para los que ir de frente siempre es la primera opción.

-Yo... no lo sé- titubeó Hoyto, abrumado por la situación.

Si bien su sorpresa ya había sido mayúscula al ver a su compañero Kent en lo alto de aquella colina, el asunto se había agravado de modo exacerbado al comprobar que el histriónico alumno de la academia se había sentado frente a los supuestos secuestradores, charlando animadamente con ellos con naturalidad.

Kent, Clark Kent. Pensó. ¿Cuánto hacía que lo conocía? Un mes, dos. No estaba seguro.

Kent nunca había sido un alumno modelo. De hecho, no se le veía en clase muy a menudo. Más aún, en los dos meses y medio de curso que llevaban apenas había asistido a ninguna. "A mí me sobran estas memeces" solía decir. "Que te digan lo que tienes que hacer corrompe la creatividad" comentaba otras veces, aunque tanto Hoyto como el resto de sus colegas de estudios no le daban demasiado crédito a las excusas de su compañero. Por más cinematográficas que fueran, para la mayoría de los alumnos de primero, Clark Kent era el típico fulano sin ambición que se perdería por el camino.

Era caótico, irresponsable y, posiblemente, idiota de nacimiento. Por lo menos eso era lo que habían pensado la mayoría de sus compañeros hasta aquel preciso momento.

-Te ha traicionado, Hoyto- Le susurró Takashi a su amigo con un hilo de voz. Lo suficientemente fuerte, no obstante, para que algunos de sus compañeros lo oyeran.

-Nos ha vendido, a todos.- Aquella era Tomoyo, colmada de ira. Para la mayoría de los presentes la traición de uno de los suyos había resultado traumática. Hiriente, incluso. Pero para Shiraku Tomoyo la revelación que un ser tan inferior como Kent hubiera jugado con ella, moviéndola como un peón en un tablero preestablecido, la había destrozado por dentro. De hecho, de todos los presentes, el único que lo había sentido con mayor intensidad que ella era Hoyto. Él siempre se había considerado amigo de Kent, pero ahora ni siquiera estaba seguro de eso.

-¡Mirad! ¡Están discutiendo!- Clamó una voz, ocasionando que, nuevamente, toda atención se focalizara en los cuatro individuos que se encontraban en la parte más alta de la oscura colina.

Efectivamente, discutían. De hecho, Kent se había incorporado y hacía ostensibles gestos hacia los otros tres shinigamis. Parecía que les estuviera reclamando algo de malas maneras, a voces y con el poco tacto que le solía caracterizar.

-Seguro que reclama el pago por sus servicios- Sonó, cargada de resentimiento, una voz, logrando que, en el resto de las mentes, su afirmación retumbara con cientos de ecos.

-No- murmuró Hoyto, que hasta ese mismo momento aún conservaba una remota esperanza que aquello no fuera más que otra de las excentricidades de su compañero de mesa de comedor. El comedor... allí había empezado todo.

Debían de llevar una o dos semanas de curso cuando aquel tipo tan estrafalario hizo su gran entrada en el comedor. Desnudo de cintura para arriba, había discutido con los alumnos voluntarios que se encargaban de las raciones acerca de la calidad de la comida, haciendo caso omiso a las voces críticas que le reprendían haber repetido por cuarta vez. Cinco minutos después, y tras mandarlos varias veces a paseo, había logrado escabullir un par de bolas de arroz bajo sus pantalones y se había sentado junto a él.

De algún modo extraño se cayeron bien y terminaron por comer juntos prácticamente todos los días. De ese modo Hoyto descubrió que aquel oriental despeinado y con barbita no era un alumno de los últimos cursos, a pesar de su edad. Había entrado en primero aquel mismo año, y si no se veían en clase era porque simplemente no iba. Demasiadas veces había Hoyto intentado en convencerlo que estudiar era el único medio de salir adelante, pero Kent se mantenía impertérrito en su filosofía de que todo lo que sabía le bastaría para seguir adelante.

Entonces, ver a aquel tipo con apariencia de cuarentón repetir aquellas sentencias le había hecho gracia. Ahora le aterraba haber descubierto que todo parecía verdad.

-¡Dios mío! ¡Qué ha sido eso!- Bramó uno de los alumnos

-¡Joder!- Imprecó otro con estupefacción

-Les ha lanzado un Hadou- murmuró la voz de Shinta con incredulidad. Indeciso, buscó a Tomoyo con la mirada pero ésta estaba absorta en la sucesión de estallidos que Kent había desencadenado.

De manera completamente imprevista, el falso alumno había hecho aparecer un haz de luz justo a los pies de los otros tres shinigamis. Éstos, tan sorprendidos como los cientos de prisioneros que observaban en silencio, se habían visto obligados a retroceder de inmediato para evitar que el hechizo los consumiera. De hecho, uno de ellos incluso había caído una veintena de metros colina abajo, para regocijo de Kent.

-¡Mirad, se está partiendo la caja!- Informó un alumno señalando a Clark Kent

-¡Y ahora ha sacado una zampakutoh!- Clamó otro con emoción

-¡Kent nos va a sacar de ésta! ¡No nos traicionó en absoluto!- Cantaron varias voces a coro, logrando que el sentimiento se propagara entre todo el colectivo.

-Kent...- bufó Nobura Hoyto con sorna. –Cabronazo-

-¡Callaos todos!- Saltó, autoritaria una voz. Era Tomoyo.

Intranquila con el desarrollo de los acontecimientos, la joven Shiraku no había perdido detalle. El ataque con kidoh, la zampakutoh, nada tenía sentido. Menos aún cuando, de nuevo, Kent se había puesto a hablar tan tranquilo con los captores. No parecía un rescate, ni mucho menos. Aquello era una negociación.

-¿Qué...?- Inquirió Trosuo buscando explicaciones, pero otro clamor lo volvió a interrumpir.

-¡Ha tirado la espada!- Se alzaron las voces -¡El muy imbécil ha tirado la espada!-

Y aquello no era todo. Además de haber arrojado la zampakutoh por encima de su hombro ladera abajo, como si fuera mera chatarra, Kent había vuelto a sentarse frente a los shinigamis. Con aparente tranquilidad, reposaba en aquella postura mientras seguía conversando con los tres individuos. Para más inri, se había anudado una cinta verde en la frente, que ondeaba al compás del viento dándole un aspecto de idiota.

-¡Desgraciado!- Empezaron unos

-¡Traidor!- Clamaron otros, condensando toda su ira en aquella palabra

-¡Trai...!- Bramó Hoyto, con lágrimas en los ojos, instantes antes de ver como uno de los tres shinigamis desaparecía solo para reaparecer a espaldas de Kent. En apenas un parpadeo, plantó su espada frente a su cuello y, tras susurrarle algo al oído, lo degolló.

La senda del falso alumno había llegado a su fin.