CAPÍTULO 10:
Y son secuestrados "algunas veces"

Sango mentiría enormemente —se iría incluso derechito al infierno— si negaba que no había esperado ese día. Era tanto su anhelo que cuando tachaba los días en el calendario, hacía una coreografía diferente de baile —el de esta ocasión fue una mezcla de disco, salsa, ballet clásico y hasta quebradita. ¿Por qué? Pues habría que transportarse al día del cumpleaños de Sango para conocer la razón. Porque después de impactos, intentos fallidos de encubrimientos, revelaciones... hubieron regalos, de entre los cuales había destacado uno.

Miroku le había prometido un domingo libre al mes y eso era lo que exigiría en ese momento.

Así que una decidida Sango tomó el contrato que le otorgaba un día consigo misma y fuera de aventuras extrañas en las que generalmente ella salía mal parada, y se dirigió a la pequeña habitación —casi diminuta— que ocupaba su vampiro oficial. Ni siquiera se tomó el tiempo de tocar. Era el apartamento que ella pagaba, al que traía comida y donde cubría el gasto del internet (y teniendo en cuenta que a ese tipo le gustaba actualizar continuamente sus perfiles y blogs —sí, los tenía—, era mucho). Además, ¿qué es lo que podría ver?

Sango debió pensarlo dos veces antes de entrar.

—Eh, Miroku... —ella dijo antes de analizar detenidamente lo que veía y percatarse de la escena que tenía en frente. Sí, de que vio a Miroku de otra forma, lo vio—. ¿Qué se supone que estás haciendo? —hizo la pregunta un tanto obvia.

Porque ahí... ¿Cómo es que se le había ocurrido observarse sin playera alguna y exhibirse frente al espejo? Sólo a un loco con un nivel demasiado peligroso de autoestima se le ocurriría realizar semejante acto.

—Aquí, casual, enseñando músculo —respondió sin necesidad de verla. Y sí, continuó haciendo su hermosa tarea. Jamás debió alimentarlo esa mañana para que dejara de ser un gato. Aunque también hubiera resultado un tanto perturbador el ver a su versión felina en esas condiciones. Desvergonzado.

—Estás completamente loco —Sango comentó. Retiró la mirada y se sentó en la cama del narcisista ese. Ahí puso los papeles legales, extendidos para contemplarlos en todo su resplandor. Esa sí que era una bella escena. Una que Miroku arruinó al sentarse sobre ellos. Qué bueno que ella era rápida y pudo evitar que fueran arruinados aún más.

—Así es —el joven que seguía desnudo de la parte superior (su buena parte superior...) dijo, haciendo evidente el que le daba igual su situación—. Pero te agrado así, ¿verdad? —sí, él tomaría todo lo que tuviera en sus manos para avergonzarla.

—¿Qué? —Sango hizo como si no le hubiera entendido. También trató de ignorarlo, acomodando sus preciosos papeles legales y llenos de esperanzas. Una esperanza que empezaba con L y terminaba en «ibre de Miroku».

—Tú dijiste que te agradaba —y realmente comenzaba a arrepentirse de haberlo hecho. Más si se le tenía tan de cerca y sentía su mirada fija, una azul y brillante de aspecto como en las caricaturas. Tan incómodo. Ah, y también porque estaba semidesnudo, claro.

—Sí, lo dije —lo aceptó a regañadientes. Bendito el día en el que se atrevió a decirlo. Pero, para a su defensa estaba que creyó que él se encontraba lo suficientemente enfermo como para que lo olvidara o, en su defecto, muriera (carita feliz, por favor)—. Supéralo.

—No creo que pueda —añadió, con su tono soñador—. Algo así me llena el corazón. Que una gran exterminadora, lista, bella y buena chica crea que soy agradable es lo mejor en mi vida —y, como si sus halagos no fueran demasiado, tomó las hojas del contrato y las usó para abanicarla—. ¡Creo que ya me he realizado en la vida! Debemos decírselo a los periódicos. ¡Vamos, Sango! —y tomó su mano, dirigiéndose hacia la puerta.

—Deja eso —ella se detuvo y le arrebató los ya demasiado arrugados papeles—. Sé lo que intentas y no lo lograrás —ahora era su turno de ponerlo nervioso con la mirada. Aunque, claro, no parecía estar funcionando tan bien. ¡Ah, pero ella se encargaría de que lo hiciera!

—¿Ah, sí? —jóvenes y atractivos espectadores, ante nosotros se encontraba una actuación enorme de alguien inocente (incluso aparecieron mágicamente unas alas y aureola como disfraz). Tristemente, Miroku tenía muchos años de práctica (muchos) y parecían tener un poquito de efectividad.

—Sí —un respiro y una cuenta hasta el diez, Sango se recuperó, dejando a un lado su imaginación de cómo se vería un gato negro vestido de ángel (eso sería para el próximo Halloween)—. Lo que planeas es entretenerme todo el día. Entonces, cuando menos me dé cuenta, mi día se habrá terminado —las palabras lograron desplumar las alas de la gallina vampiro, y el dedo acusador de mandar a volar la aureola hacia el infinito.

—Algo así no podría engañar a la demasiado inteligente Sango —ahora regresaba nuevamente a los halagos y las alabanzas. Oh, pobre niño torpe. Al parecer, los golpes para educarlo comenzaban a dejarle secuelas en su memoria.

—¡Lo hiciste el otro mes! —le recordó con un fuerte grito el evento pasado, ese en el que a Miroku se le ocurrió sólo así mostrarle su colección de cucharas del mundo, y cuando menos se dio cuenta, ya era muy tarde. Esa noche soñó con apuñalarlo con ese dichoso cucharón de la reina—. Eso es injusto. Veré si puedo demandarte.

Y la chica no tuvo el tiempo para buscar una cláusula que la ayudara en sus problemas, pues el vampiro tomó el contrato y lo arrojó desde la ventana.

Ups —fue lo que dijo, adquiriendo su faceta de no fue mi culpa, una que estaba claramente de sobra—. Se me cayeron accidentalmente —todavía se dignó a decir. Aunque muy pronto su rostro de disculpa se deformó al encontrar en el de Sango una sonrisa tranquila. Esa no era una buena señal para él.

—No importa. Esos sólo eran unas copias —respondió, agrandando su gesto de satisfacción mientras sacaba de su bolso un nuevo contrato brillante. Y, como era de esperarse, esos nuevos papeles corrieron con el mismo destino. Cayendo desde su apartamento hasta la calle, donde fueron aplastados por un auto, una motocicleta, una bicicleta, una niña en triciclo y, finalmente, un elefante sacado de algún lugar. Tal vez del mundo de la mala suerte en el que muchos paramos.

—¿Lo siento? —volvió a disculparse. Un descarado completamente.

—Miroku, podemos continuar todo lo que quieras. ¿Sabes cuántas copias saqué? —y otra vez encontró en las manos de Sango un nuevo contrato del lugar donde seguramente habrían más, esperando. Ese sí que era un gran bolso.

—Eso explica por qué ya no hay tinta en la impresora —y él que quería imprimir sus fotos de fiesta (y de la convención de Cubiertos del pasado donde su cucharón fue multipremiado)—. En todo caso, no veo la razón por la que no quieras estar conmigo en tu día libre.

Ahora, sí, él era la víctima. Y Sango... una mezcla entre ogro, bruja, monstruo y lobo feroz. Una monstruosa ogro que tenía sangre de lobo y practicaba la brujería, ah, y molestaba gatos. Sí, esa seguramente era la imagen que tenía de ella (y de un refrigerador).

—¿Porque dejaría de ser libre? —mencionó algo evidente. Una cuestión que le pareció un impacto en el vampiro. Bam.

—¿Crees que soy molesto? —sus ojos de venado le imploraban que le negara eso con un «Oh, claro que no. Eres la persona más interesante de todo el mundo, y taaan guapo», o con un simple «No, mi señor de la perfección y de belleza desbordante», algo así.

Sin embargo, este no era el día de las complacencias para nadie: —Por supuesto —su franqueza fue otro disparo, una flecha que atravesó su corazón de pollo. Fue tanto que, como persona teatral que era, se hizo para atrás (como si le hubiera dado la bofetada que bien se merecía) y cayendo directamente hacia el piso.

—Bien —dijo, después de terminar con la escena en el suelo y levantarse rápidamente al ver que ella no le prestaba atención o corría para ayudarle (como seguramente quería que hiciera)—. Entonces al menos déjame alimentarme —pidió, viéndose un tanto molesto, pero tratando de aceptar que, sí, Sango había ganado (fuegos artificiales sonaron en su cabeza, como fiesta de victoria amenizada con samba).

—Si no hay otra opción —ella dejó de tararear la canción que había en su celebración mental para sentarse en la cama del perdedor (¡Yei!), y aceptar su tarea que en este momento le daba igual si al terminar podía tener su día sabático. Ni siquiera le molestó el que Miroku le pidiera que se recostara, ¿que Miroku estuviera sobre ella? ¡Por Dios, no era ni sería la primera vez! Pero que la lamiera, eso era otra cosa—. Ey... ¡¿Qué haces?!

Por fin había reaccionado cuando sintió la degenerada lengua del vampiro en su cuello. Además, había regresado esa maldita sonrisa de satisfacción. Ah, si ella fuera borrador... o tuviera su puño frente a él.

Sango, Sango, Sango —movió la cabeza como maestro decepcionado de su incompetente alumna—. Me entristece que pienses de esa forma —acto seguido, se quitó una lágrima ficticia. Como princesa—. Me haces sentir mal. Inservible —y claro que el señor supuestamente perfecto no quería eso.

—¡Oh, suéltame! —era vampiro y ella exterminadora. Estaba claro quién tenía más fuerza, desafortunadamente.

—No hasta que digas que sin mí tu vida es muy aburrida —siempre jugando con ella. ¿Por qué no era un vampiro normal y hacía cosas de vampiros normales? Atrapar aldeanos, brillar cual hada del bosque, ¡lo que fuera menos ser su burla!

—Sabes que eres un completo ególatra, ¿verdad? —palabras. Eso era lo único que le quedaba a Sango. Hablar hasta encontrar algo a su favor que le ayudara a escapar, correr hacia su habitación y regresar con su arma mortal, invirtiendo los roles.

—Por supuesto —la maldita sonrisa destellante y sincera. ¿Presagio de la fatalidad y lo incambiable? ¿Un gesto de sadismo ante su persona? ¿Resultado de una buena higiene dental? Todas las anteriores.

Y, como si no pudiera ser peor, obtuvo un acercamiento de la misma, como los labios peligrosos. Cerca, más cerca. Oh, pero qué tragedia la que se avecinaba.

Ya qué.

—¡Sango, Miroku! ¡Yo...! —una voz grave que apareció repentinamente logró evitar que sucediera algo más. Sí, claro, qué bueno que apareció—. ¿Pero qué están...? —el sujeto que irrumpió entrando desde la ventana analizó a la pareja con cuidado. Sí, en verdad esta era una escena comprometedora. Mmm...

—¿Inuyasha? —Sango dijo, después de arrojar a Miroku con fuerza sobrehumana la cual atribuyó al impacto. El vampiro chocó contra una pared.

—No, soy Batman. ¡Claro que soy Inuyasha! —el visitante era quien parecía molesto, como si él fuera Mr. Decencia—. Por dios, de todos los días que pudieron elegir, escogen hacer hijos en el que vengo a pedirles ayuda —ahora hacía uso de una expresión de niños. Una completamente equivocada, por supuesto. No habían limones a la vista—. ¡Ni siquiera hay garantía de que no salgan tan feos como éste!

—¡Oye! —el herido se recuperó inmediatamente al escuchar tal ofensa. Entonces fue ante Inuyasha y se vieron las caras (y el torso, si recordamos el exhibicionismo de Miroku)—. Todo aquél que sea hijo mío debe ser bello. Como yo.

—Tengo mis dudas ante esa afirmación —y antes de que esta charla se convirtiera en algún tipo de debate absurdo (si sus juicios lo eran, no habría duda de que sus conversaciones también), Sango se puso en medio.

—Dijiste que venías a pedirnos ayuda —habló con Inuyasha. Por un buen rato no vería a Miroku a los ojos por una razón muy justa. Le había hecho pasar un momento vergonzoso, ya después ella le daría un tiempo a solas dentro de una caja cuando tuviera su aspecto de gato (¡Y ella se sentaría victoriosa arriba para evitar que se escapara!)—. ¿Qué pasa?

La mirada de Inuyasha cambió para tener el aspecto de un loco (uno diferente): —Han secuestrado a Kagome —¡Oh, dolor! ¡Oh, sorpresa! Sango pensó que era algún tipo de broma, pero la anormal seriedad en el rostro de su amigo le mostró que era verdad.

—¡¿Qué?! —sí, esa era la cuestión—. Eso no puede ser. ¿Cómo? ¡Debemos hacer algo para salvarla! —después de la duda, en el rostro de la única humana se llenó de molestia al punto de tomar la lámpara que tenía a un lado y moverla amenazadoramente. Al menos hasta que vio que ella era la única con reacciones tan fuertes (o algún tipo de reacción)—. ¿Por qué soy la única quien parece alterada? ¿Miroku?

—La verdad es que todos los youkai saben que Kagome es un tanto susceptible a ser secuestrada —fue la respuesta, finalizada con una sonrisa leve. Una que sólo logró enojar aún más a Sango.

—Esos sólo deben ser rumores tontos.

Pero, claro, como hemos aprendido con diez capítulos, nunca era lo que nuestra protagonista deseara o pensara: —A decir verdad, ya hasta le cambiaron el nombre al «complejo de la damisela en apuros» a «complejo Higurashi Kagome» —Tsujitani-sensei hizo una leve reaparición para otorgarnos un nuevo dato cultural de interés. Gracias Tsujitani-sensei, usted siempre tan ilustrado.

—¿En serio? —la seguridad de Sango comenzó a descender considerablemente. Si la imitación de profesor aparecía era porque se trataba de la pura verdad.

—¡Eso no importa! ¡Ella está en peligro! —Inuyasha tuvo su momento de drama—. ¡No sé si se haya alimentado lo suficiente! ¿Imaginan qué le puede pasar si es un gato? —ojos brillantes momentáneos, un movimiento de cabeza—. ¡Y a ustedes no parece preocuparles! ¡Par de degenerados estos! —y continuó quejándose de todo lo que veía, a pesar de lo absurdo que sonara. Como la almohada que sólo se quedaba muy cómoda, en lugar de actuar.

Al menos la cuota de palabras diarias de Inuyasha fueron cumplidas y hasta duplicadas.

Sango supo que era momento de intervenir, tomando su papel de personaje maduro aun cuando ella era considerablemente menor: —Inuyasha, tranquilízate. Miroku... —no sabía qué cosa pedirle, no hasta que lo vio bien—. Ponte algo, por favor. Y que sea práctico.

—¡Sí, mi señora! —y el vampiro comenzó a buscar en su armario, seleccionando y arrojando ropa que extrañamente siempre caía sobre Inuyasha.

—Es hora de ir por Kagome. Porque esto ya es personal —la voz extremadamente seria de Sango fue acompañado por un mega close-up dramático a su rostro y un oscurecimiento de pantalla. Así, la nueva aventura daba comienzo.

Tan tan taaan.

...

Un lugar oscuro y sucio, siempre era así —lo cual le recordaba que debía recomendarle a alguien algún decorador de interiores. Pero no en este momento, ya que Kagome caminaba siendo custodiada por dos sujetos, los que se habían encargado de secuestrarla y conducirla en este lugar sucio y abandonado. Aunque, ahora que lo analizaba bien, podría existir la probabilidad de que ya hubiera estado ahí alguna vez. No lo sabía. Ser secuestrada continuamente tenía sus consecuencias —así como las obvias.

Poco tiempo después, los brabucones se detuvieron frente a una puerta y ella tuvo que hacerlo también.

—Entra —uno le ordenó. Kagome obedeció y de esta forma pudo descubrir la diminuta habitación-celda-no-teníamos-más-presupuesto en la que tendría que estar. Suspiró profundamente y analizó el alrededor.

Una pequeña cama empolvada con una almohada aún más polvorienta, sin ventanas, un molde con dulces que al tomar uno descubrías que sin ayuda divina no se despegaría de los demás, unas telarañas sin arañas (seguramente se habían muerto tras vivir en condiciones semejantes o por comerse alguno de los dulces)... Claramente esta no era una suit presidencial, a menos de que el presidente hubiera decaído a tal grado.

—¿Qué pasó con mis libros? —eso pareció afectarla más, y enojarle. Después del decimo sexto o vigésimo primer secuestro, Kagome había dado a conocer una lista para sus futuros captores. Y, si mal no recordaba, indicaba en ella que le resultaba imperdonable el que la dejaran sumida en el aburrimiento.

—No supimos cuáles elegir —una mirada intensa por parte de la vampira lo cayó, a pesar de ser un monstruo que le doblaba la estatura, o hasta se la triplicaba.

El sujeto número dos tomó la palabra, temblando un poco: —Pero, en cambio, pusimos una televisión —y, cual modelo, le indicó con las manos el pequeño aparato.

La mirada se suavizó hasta convertirse en una alegre: —Oh, ustedes son los mejores, chicos —entonces le dio una palmada al que tenía más apariencia de humano. Tras la aprobación, ambos comenzaron a salir, al menos hasta que la voz femenina se los impidió—: ¿A dónde van?

—Pues... a cometer más actos malvados, ¿no?

—¿Acaso quieres impedírnoslo? —el monstruo antiguamente temblorín de repente se volvió arrogante.

—Claro que no —los confundió con sus palabras—. Lo que quiero es mi control remoto —los dos seres se vieron, y le cumplieron su mandato—. Por eso decía yo. Soy antigua, pero no cavernícola, chicos.

La televisión fue encendida y los secuestradores retomaron su camino. Y otra vez fueron interrumpidos.

—Eh, y no olviden mi comida. Se supone que es un secuestro, no un asesinato —ellos asintieron—. Si no saben qué es lo que me gusta, vean la lista. Si la perdieron, está en internet —y volvieron a mover la cabeza.

Los compinches dieron un paso más, hasta que recordaron que esto no podría ser tan fácil. Así que simplemente se les ocurrió hacer la pregunta mágica: —¿Algo más? —Kagome sonrió ampliamente y comenzó a darles incontables indicaciones para mejorar su estadía en ese lugar y, tal vez, ser los merecedores de su premio del mejor secuestro que otorgaba cada cincuenta años.

Sólo después de un buen rato de limpieza por ahí, orden por allá y mejoramiento en todo, pareció que Kagome se había quedado sin nada más por pedir. Los captores quienes vestían como empleadas domésticas respiraron, encontrándose por fin afuera.

—Valen mil, chicos —se despidió de ellos de forma amable, y así le prestó atención a la pantalla. Aunque después se arrepintió de las palabras dadas, pues el único canal que transmitía el aparato eran los infomerciales—. Arg. Espero que al menos esta vez Inuyasha sea más rápido —se encontró diciendo ante tal panorama—. Últimamente ha descuidado su tiempo.

...

—¿Y qué hace tan diferente este secuestro a los otros? —Miroku le preguntó a Inuyasha. El trío del rescate no se encontraba frente a un lugar sospechoso y planeando cómo irrumpir de la forma más cool que pudieran imaginar. No. En lugar de eso se encontraban viajando en un autobús. El rumbo... sólo Inuyasha parecía saberlo.

—Parecía todo muy bien planeado —respondió, él quien se encontraba en medio de Sango y Miroku. Y todos estaban en el último asiento, ese que está hasta atrás y donde se siente como si cruzar baches y topes fuera un deporte extremo—. Además, había una nota de rescate.

Sango planeaba dar algunas palabras al respecto, pero el vampiro se le adelantó en eso: —Inuyasha, temo decirte que siempre debe haber una nota de rescate —tal vez el secuestro de Kagome sí lo estaba afectando. Era eso o el continuo movimiento.

—Lo sé —en su rostro había un claro aviso de «¿Qué tan estúpido crees que soy?». Juremos abstenernos de darle una respuesta—. Lo extraño es que tiene una apariencia anormal.

—Déjame verla —e Inuyasha hizo lo pedido.

—Mmm, el papel... —tras un análisis muy breve, eso fue lo que salió de los labios de Miroku.

—¿Qué? ¿Qué pasa con el papel? —Sango se mostró muy curiosa. Teniendo a un hanyou en medio su visibilidad era muy poca.

—Que no hay papel —bien, las palabras de Miroku no la iluminaron o algo parecido. Así que tuvo que inclinarse y verlo con sus propios ojos—. Un lector digital. ¿Así se llaman, no?

—Sí, abuelo —ese era el nombre del aparato tecnológico que estaba en sus manos, y en la amplia pantalla se podía leer un mensaje corto, pero contundente «La secuestramos». Así de simple. Nada de complicaciones.

—Oh, pero qué considerados con el medio ambiente —mas no con su bolsillo. Andar regando esas cosas cada vez que el criminal en cuestión raptaba a alguien debía salirle muy caro. A no ser... que fuera dueño de la marca. No. Hipótesis demasiado tonta como para ser tomada en serio.

—Y listos —estaba claro que Miroku no podía leerle la mente, ya que se le pasó su análisis. Aunque por su rostro de detective parecía estar pensando otra cosa—. Así, al estar hecho de estas cosas —metal, plástico, ¿maldad pura?—, es más complicado que Inuyasha lo rastree.

—Así es —el mencionado estuvo de acuerdo. Así que no les pedía ayuda porque se sintiera solito, sino porque los necesitaba.

—Además —todavía el profesor tenía cosas que decir. Sí, sensei, sabemos que es sabio, pero dejémosle diálogos a otros—, no tiene los rastros espirituales y emocionales como para que lo encuentre alguna bruja, o Sango.

—Que no soy bruja —lo interrumpió. Si aparecían objetos mágicamente en la historia esa no era cosa suya.

—Como sea —Inuyasha tomó el habla, antes de que alguno rompiera con la cuarta pared. No queremos que se les haga costumbre—. Lo que importa aquí es que yo sé quién puede ayudarnos.

Dudas y más dudas.

—¿En dónde estamos? —Sango preguntó ante la enorme casa que tenían enfrente. Hacía sólo unos minutos que habían salido del autobús y terminado con un viaje muy extremo.

—En la casa Higurashi —Inuyasha respondió sin sonar sorprendido, tan contrario a sus dos amigos. Oh, mi querida y amada amiga rica, ¿acaso sabes cuánto te quiero?

Tras parecer turistas contemplando tantos lujos, Inuyasha entró como Juan por su casa —aunque podría ser que, como el ente que suministraba alimento a la heredera, también tuviera una pequeña parte de sus bienes. Miroku y Sango lo persiguieron hasta llegar a la cocina —y sí, también era enorme. Ahí estaba una mujer picando alegremente verduras —no sabía que existiera alguien que se divirtiera haciendo tal cosa.

—¡Señora! —la pobre mujer casi se corta un dedo, sin contar con que por acto reflejo les arrojó el cuchillo. Bendito sea el hecho de que tenía mala puntería.

—Inuyasha, qué sorpresa —ella dijo, recuperando la calma y una respiración... inexistente. Después de todo era vampiro—. ¿Y quiénes son ustedes? —sonrió. Una vampira muy amable.

—Tsujitani Miroku —él se adelantó en las presentaciones—. Un placer conocer a alguien de su altura, y belleza —y después de que los halagos llegaron, besó su mano.

—Oh, qué vampiro tan galante —perfecto. Alguien más deslumbrado ciegamente por Miroku. Yupi.

—Cuando le conviene —salió de su boca una gran verdad—. Kuwashima Sango. Una simple humana —sólo después de hacer su reverencia, vio la mirada de Miroku. Seria y culpándola de ser una mentirosa—. Bueno, una simple exterminadora —la mujer saltó ante tal revelación.

—Pero es buena, ¿verdad? —la que parecía ser la simpática (y temerosa de ella) madre de Kagome se acercó lentamente. En serio, ella comenzó a sentirse un animal de zoológico, pero no del tipo panda o mono juguetón, sino de la especie peligrosa y sanguinaria. Como los patos.

—Claro. Está bien entrenada —Miroku la incitó a sentirse mejor en su presencia.

—No me traten como una mascota —en todo caso, quienes se transformaban en animales eran otros.

Molesto por ser ignorado con una conversación tan tonta, Inuyasha se puso en medio y, después de carraspear para calentar su garganta, el mensaje llegó en forma de un grito desesperado: —¡Kagome ha sido secuestrada!

—¿Otra vez? —y no sólo lo dijo la mamá Higurashi, también un señor que posiblemente era el abuelo (o un ser muy antiguo), e inclusive el jardinero que iba pasando por ahí. Sí. No había duda alguna sobre esa extraña tendencia. Una moda.

—¿Van a ayudarnos sí o no? —la pregunta clave.

—Pues supongo que sí. Eso sería lo más lógico —y normal, claro. Ya saben, la familia debería preocuparse por los miembros que son raptados—. Aunque no sé en qué te podría ayudar.

—Además de las influencias... —Miroku susurró y Sango le dio un codazo. Esto parecía tornarse serio. Más con la mirada que había puesto Inuyasha: demasiado segura.

—Es que usted no es a quien necesito —oh, una línea muy genial, tanto que hizo sonreír a la Higurashi. Misteriosos.

¿Qué pasaría ahora? ¿Acaso accionarían un botón y una bestia gigante o detective profesional saldría detrás de las paredes? Pues no exactamente: —Souta, ven por favor —la mujer llamó con su voz cantarina a una persona. Un niño, a decir verdad.

—Sí —después de llegar, el pequeño vampiro de nombre Souta los observó atentamente—. ¿Mi hermana fue secuestrada de nuevo? —al parecer, era muy evidente.

—Sí, sí, ya pasamos por eso. ¿Puedes ayudarnos? —Inuyasha siguió con su tono altanero el que usaba solamente cuando... olvídenlo, ese siempre lo usaba. Era su sello personal.

—Por supuesto —Sango no sabía por qué, pero se sintió como la extraña que no entendía nada. Incluso Miroku asentía, fingiendo que comprendía algo. ¿Qué cosas podría hacer ese niño que lo hacía tan confiable? Pronto probarían sus poderes. Sus habilidades de geek.

...

Debió traer a Kirara con ella. Sango estaba comenzando a agotarse con todo lo que estaba corriendo. Los autobuses le resultaron demasiado lentos a Inuyasha, así que ahí estaban, acelerados como si algo malévolo los persiguiera. Inuyasha y Miroku tenían sangre youkai, así que se encontraban estupendos. Mientras tanto ella... Sango sentía que pronto se le saldría un pulmón. Vaya perfecto día de descanso.

¿A dónde iban? Pues hacia donde estaba Kagome.

Tras la ayuda de Souta, el hermano menor de su amiga desaparecida, pudieron dar con la dirección. Usó cosas como triangulación y otros nombres aun más complicados que Sango estaba segura que jamás comprendería ni quería hacerlo. Sólo oprimía rápidamente las teclas de la computadora y, en unos segundos, ya sabían dónde se encontraba. Un edificio viejo y abandonado. ¿Qué había antes ahí? Pues una fábrica de lectores digitales y que había quebrado. Por supuesto.

Estando frente al lugar, el trio del rescate usó su mejor súper poder: irrumpir de forma sorpresiva y causar desastres a su paso. Con gafas oscuras (algo debía darles el look cool) entraron y se toparon con varios tipos, seguramente youkai. Nuestros héroes bajaron un poco sus gafas, analizaron la situación y pusieron los lentes en su lugar, sonriendo en el acto. Resumiremos las cosas diciendo que ese no era el día de los secuestradores.

—¡¿Dónde está?! ¡Dime! —Inuyasha agitaba ferozmente a uno de los caídos. Si él seguía así, pronto perdería la cabeza, literalmente.

—Sólo sigue a las sirvientas —el interrogado mencionó para después desmayarse.

—¿Qué quería decir con eso? ¿Acaso es una prueba intelectual? —el sensei Miroku luchaba por dar otra aparición, rompiendo así su recort.

—¡Rápido! ¿Qué tiene que ver la palabra sirvientas? —Inuyasha luchaba por encontrar un significado—. ¿Cocinar? ¿Limpiar?

—¡Limpiar! ¡Hay que seguir el polvo! —su amigo le seguía la corriente, aferrándose tanto como él a la búsqueda. Tal vez sería más rápido si comenzaban a abrir puertas al azar.

—Pero todo está sucio. ¿Entonces buscamos algo limpio? Aquí no hay nada así.

—¿Algo sexy? Las sirvientas también pueden serlo...

—Ey, ya entendí —Sango terminó con su juego, señalando hacia donde dos seres vestidos de uniforme se estaba escabullendo. Los tres los persiguieron, mientras al mismo tiempo Miroku se quejaba de que ese par de youkai no eran para nada atractivos.

—¿Qué están haciendo? ¡No se la van a llevar! —uno de ellos gritó después de que se encontraran acorralados. Jamás te metas con un vampiro, un hanyou y una exterminadora.

—¡No hicimos todo esto para nada! —el más grande le siguió. Sí, para nada sensuales.

—¡Cállense! —unos golpes después por parte de Inuyasha y los mandó al suelo.

—Pero, el concurso...

—Las votaciones son en marzo...

—Dulces sueños, pobres no agraciados —Sango les susurró, para después abrir la puerta que tenían en frente. Ahora estaban dentro de una habitación pequeña, pero muy arreglada, equipada con muchas cosas que podrías necesitar (si eso era estar secuestrada, ella lo permitiría sus domingos de descanso). Y, en el fondo, una Kagome que leía una revista.

—Ah, hola —alzó la vista para saludarlos, después comenzó con otra página. Bien, esa no era la reacción que esperaban.

—Vamos, Kagome. Es hora de irnos —Inuyasha se acercó, tratando de encontrar alguna reacción normal, algo inútil en ese caso.

—Espera. Aún no —se los dije.

—¿Qué? —Miroku y Sango se dedicaron a expresar sus pobres sentimientos. Todo...

—Un momento —Kagome se levantó, dejando su lectura a un lado—. ¿Acaso creen que dejo que me secuestren? —el cuarto se llenó con respuestas del tipo «Umm, quién sabe, tal vez, sí», por lo que su amiga tuvo que explicar—: Sí, las primeras veces fueron reales, y se hicieron tantas que me cansé. Así que ellos tenían que sufrir de alguna forma —una sonrisa amplia, una que de alguna forma les pareció un tanto oscura—. Además, algunas veces estoy muy aburrida.

Algo que había aprendido Sango ese día —quizá también Miroku y hasta Inuyasha— era que Kagome podría tener sus toques malvados y, sumándole al hecho de que seguramente era peligrosa y abogada, uhh... esa muchacha (vampira) era de armas tomar.

Aburrida —el muchacho hanyou dejó de verse decepcionado como los otros dos, para cargar con la indignación.

—Inuyasha, sabes muy bien que tú no eres el mejor conversador del mundo. Y sé que estoy en fase crítica cuando comienzo a charlar con las ardillas e inventarles historias.

—¿Entonces no hablas con los animales?

—Claro que no —Kagome seguía sin creer que él cayera con algo tan tonto—. Y, antes de que lo preguntes, tampoco con los objetos.

—Qué decepción.

—Creo que pueden hablar mejor en otro lugar —Sango les recordó en qué lugar se encontraban. Entonces salieron del edificio. Ya era de noche y nuestra querida exterminadora suspiró, aceptando que no descansaría en lo que le quedaba de vida. Bueno, al menos Kagome estaba bien.

—¿A dónde creen que van? —una voz grave los rodeó cuando estaban en la calle.

—A casa —Miroku respondió con facilidad, como si ya no le preocupara nada ese día—. ¿Quién lo pregunta? —y no hubo una respuesta en palabras, sino en imagen. Pues un hombre cayó del cielo (literalmente) y aterrizó sin ningún problema frente a ellos.

—¿En serio? —nuestro amigo hanyou estaba cansado—. ¿Ahora tú también?

—Yo me encargo de él —Kagome dijo. Después de tener un tiempo libre, confiaba muy bien en sus capacidades.

El tipo desconocido frunció el seño levemente: —En este tiempo ya nadie (ni siquiera yo) puede asegurarse enemigos de calidad.

—¿Quién eres tú? —Sango quería acelerar todo. Aún tenía algo de tarea que terminar y se estaba haciendo tarde.

—¡El gato maldito! —Kagome pareció recordar algo, apuntando incluso hacia donde ese atractivo, pero molesto hombre los observaba confundido y molesto—. El del juicio... y la bonita gorra de capitán —agregó. Cierto. Esa era su voz y sus ojos de color rojo.

Aahhh —salió de los labios de la otra chica, sin poder evitarlo. La imagen era tierna y muy contrastante con lo que tenía en frente.

—Dejen eso —el ex-gato tierno expresó, enfureciendo aún más.

—Naraku —fue el turno de Miroku para abrir el baúl de los recuerdos.

—Así que me reconociste —el vampiro sonrió, satisfecho y malévolo. Bien, esto no estaba pintando muy bien. Adiós a su hipótesis de que vendría a tener conversaciones de vapiros o de abogados a abogados, hacer amigos o algo así.

—Por el mensaje pensé que sería una persona diferente.

—Soy más un hombre de acciones que de palabras. Prepárate, porque me vengaré —y luego desapareció entre la oscuridad.

—¿Soy la única que cree que esto fue extraño? —Kagome miraba la escena, pasando de un lado al otro—. Un momento. ¿Ese tal Naraku fue quien me secuestró? Diantres, él sí que era atractivo —una mirada molesta de Inuyasha y otra vez todo estaba oscuro.

...

Inuyasha acercó la lámpara directamente hacia su rostro.

—¿Qué le hiciste a ese vampiro, Miroku? —ahora que se encontraban en el apartamento de Sango, era momento de decir la verdad. Si ese día habían tomado el papel de detectives, esta noche eran los encargados de un interrogatorio.

—Sólo fue una pequeña broma —comenzó, pareciendo como si se disculpara desde ese momento. Esa no era una buena señal—. En fin, hace años estaba de viaje en Tokio. Pasaron cosas y me topé con un mal actor que buscaba un pseudónimo. Así que le propuse que se llamara Naraku. Había escuchado sobre un vampiro muy serio con ese nombre y... ¿Por qué no? —a Miroku le gustaba jugar, pero gracias a eso ahora estaba metido en un lio.

—Y lo usó —Sango dijo lo evidente.

—Así es —asintió—. ¿Pero cómo es que iba a saber que ese tipo se haría algo famoso?

—Pues yo no lo conozco —Kagome expresó, después Inuyasha compartió su idea.

—Ah... —Sango se puso a pensar. Sabía que ese nombre se le hacía conocido—. Naraku, Naraku... ¡Ah, ya sé! —el foco ahorrador se encendió, junto con un recuerdo no muy agradable. ¿Por qué siempre tenía que estar indirectamente relacionado con ella?—. Es el protagonista y al mismo tiempo antagonista de un drama de nombre Pasión aviar, o algo así. La señora Johnson es fanática —sí, recordaba escucharla diciendo que lo amaba con locura. Perturbador.

—Uy, eso demuestra su gran calidad —Inuyasha mencionó y, casi como si estuviera planeado, se escuchó a la vecina cantando el tema de apertura a todo volumen.

—Pobre, Naraku —su amiga dijo al notar la amplitud del asunto. Sango le siguió después, asintiendo con la cabeza. Pobrecillo. Haberlo involucrado en algo tan sucio y vergonzoso. Ese vampiro malo.

—Oigan, ¿por qué me miran así? ¿No ven que yo soy la víctima aquí?

—¡Te lo mereces! —Inuyasha gritó, tratando de cubrir sus orejas súper finas de los alaridos de la señora Johnson. Le resultaba tan doloroso que parecía estar a punto de retorcerse en el suelo.

—Sólo era una broma —refunfuñó—. Y seguro ahora me van a culpar de lo que él les haga.

—¿Cómo que lo que nos haga? —la exterminadora había captado algo que no deseaba oír (además del opening sobre pollos, evidentemente). Cada vez que había una frase de ese tipo...

Significaba que habrían más problemas: —Les dije que él es serio. Seguramente no descansará hasta que nos haga polvo o al menos nos encierre en una perrera para que seamos devorados, eso si bien nos va —y lo dijo con tanta naturalidad. Después le dio un sorbo a una taza de té.

—Ah, qué bien que es sólo eso —y Sango lo imitó. Al menos disfrutaría el poco tiempo que le quedaba de aquella cosa extraña que ella llamaba normalidad—. Kagome, ¿quieres otra taza?

—Sí, gracias.


Por fin. Simplemente debía escribir sobre el un tanto "exagerado" uso de secuestros en la serie. Aunque tal vez ni siquiera se habían dado cuenta (sí, claro). Ahora Kagome contraatacó de alguna forma. Mientras tanto Naraku, oh el bello y pobre Naraku, se encuentra un tanto extrañado al estar en un universo donde pareciera que él es el único que es serio.

Agradecimientos especiales: Yumipon (Pobre de tu mac —yo tengo una lap que no es cara y cada golpe es uno en mi corazón), Core chocolate, Artemisa Neko-chan, SangoSarait

Loops Magpe.

P.D.: Me estoy comenzando a quedar seca de ideas para posibles capítulos (ya sólo me quedan algunas ideas). Si tienen algunas propuestas, no duden en comunicarlas.