Hola, caracola.

Casi un año sin pasarme por acá. Y me siento terrible.

Esta vez no tengo excusas, mas que decir que no sabía que quería con este fic. No sabía que rumbo iba a tomar, ni si me gustaba el que estaba tomando. Tuve que leerlo completo muchas veces, re escribir capitulos muchas veces. Termine con 3 capitulos 10 diferentes, hasta que llegue a uno que de verdad me llenaba.

Y aqui esta, espero les guste.

Los personajes de Hetalia no me pertenecen, le pertenecen a Hidekaz Hiramuya.

Como siempre, muchas gracias por leer.


Café

"Libros"

"Atrévete", resonaba en su cabeza.

"Atrévete", aparecía frente a sus ojos una y otra vez esa palabra.

"Atrévete". Mierda, me estoy atreviendo, pensó.

Su corazón palpitaba fuerte. Tum tum. Tum tum. Se llevó una mano con desesperación hacia su pecho, ejerciendo presión para controlar el movimiento desenfrenado, el cual ya estaba comenzando a asustarle.

Se colocó bajo un farol. Ya estaba comenzando a oscurecer, lo que resaltaba la tenue luz que provenía del café, dándole una vista perfecta de Antonio sirviendo una taza de té desde una pequeña tetera de porcelana color blanco. Sus ojos verdes se veían especialmente brillantes bajo la luz amarillenta. Miro su reloj, ya faltaba poco para que saliera del trabajo. Era un día especialmente helado, el ventanal del café, junto al cual solía sentarse todas las mañanas, estaba comenzando a empañarse. Seguramente sentiría algo de calor si entraba y no tendría que estar cubriéndose las mejillas a duras penas con la bufanda que tenía amarrada al cuello, pero no quería que todos supieran que estaba esperando al castaño. Ema se cruzó entre el ventanal y Antonio, cubriéndole la vista mientras se desamarraba el delantal.

Se entretuvo imaginando formas con el vaho que salía de su boca y mirando la hora en su reloj de muñeca. Nunca pudo acostumbrarse a ver la hora en el celular. A las ocho en punto diviso una cabeza castaña salir por la puerta del costado con una bolsa de basura.

— Hola — dijo escondiendo las mejillas dentro de la bufanda. Se había acercado casi por inercia.

— Vaya —dijo Antonio, notoriamente sorprendido —Viniste.

— Te dije que vendría —frunció el ceño. Era segunda vez que no le creía, le estaba comenzando a molestar.

— Ya — susurro. Estaba seguro que había visto un leve sonrojo en su rostro.

Se quedó a su lado en silencio mientras el otro terminaba de botar la basura y apilaba unas cajas, una sobre otra. Se sorprendió un poco cuando, sobre las cajas, vio un pequeño plato con un pastel y al lado una taza de café.

— Es para Emanuel — dijo Antonio sin mirarlo — Se la dejamos todas las noches, la mayoría del tiempo viene a buscarla.

— ¿Quién es Emanuel? — masculló con curiosidad.

— Un chico que viene de vez en cuando, vive en las calles — sonrió.

— Ya veo — dijo mientras enterraba las manos en los bolsillos de su chaqueta.

Antonio lo miro y le dedico una sonrisa aún más grande, si es que eso era posible.

— Tengo que dejar el delantal adentro y termino.

— Bien.

Bien. Eso le daba tiempo de pensar que hacer, ni siquiera había llegado con un plan. Su corazón comenzaba a palpitar con fuerza de nuevo, si seguía así iba a comenzar a hiperventilarse.

Quizás podrían ir a algún Starbucks, aunque él los odiara, había escuchado que habían abierto uno cerca del centro. O quizás podrían ir a comer algo, alguna cosa que no fuera picante o esa comida rápida rancia que le gustaba comer a Alfred.

Recordó los lugares bonitos a los que lo llevo Antonio en su primera cita y todas sus ideas parecían sacadas de la basura que el chico se había dedicado a tirar hace algunos minutos. Negó con la cabeza repetidas veces, tendría que esforzarse más.

— Estoy listo — la voz de Antonio lo distrajo de sus pensamientos. Rojo hasta la punta de la nariz, lo miró con pánico — ¿Tan mal me veo? Pareciera que hubieras visto a un muerto — gruño, lo que Arthur interpreto como falsa indignación.

— Nada, solo me has tomado por sorpresa — dijo frunciendo el ceño.

Luego recordó que Antonio había perdido el gusto por leer.


La biblioteca de la facultad de literatura era tan extraña que causaba más que nada risas. De arquitectura más bien barroca, no encajaba con los edificios modernos y estructuras llenas de vidrios y metal que llenaban la universidad. Lo más parecido que Arthur podía pensar para describirla era un castillo de Harry Potter, visto a través de un cristal empañado. Si de por si pasaba medianamente vacía el resto del año, en invierno el escenario era deplorable. Demasiado húmeda y fría, el edificio no contaba con ningún sistema de calefacción, por lo que muchos estudiantes preferían llevarse los libros a otra parte. Sin contar que ya era de noche.

— ¿Esta es tu elección para una cita? — dijo Antonio, mirando extrañado a todos lados — Sí que eres raro.

— Cállate — gruño, frunciendo el ceño —Aun no llegamos.

Caminaban por un largo pasillo de madera, grandes estanterías repletas de libros los albergaban. El olor a hojas húmedas le invadió el cuerpo. Sonrió bajo la bufanda, mirando de reojo al castaño. Se detuvo frente a una estantería unos segundos, sintiendo la mirada profunda de Antonio en su nuca. Luego de pensarlo un poco, tomo un libro entre sus manos, deslizando los dedos por el relieve de las letras sobre la cubierta.

— ¿Es algo que tienes que estudiar? — susurro Antonio, mirándolo con curiosidad. Arthur negó un par de veces.

— Los libros que necesito para estudiar están en otra parte — dijo mientras terminaba de recorrer el pasillo a paso lento.

— ¿Entonces? — dijo con curiosidad mientras le sonreía.

Arthur no contesto, solo se limitó a seguir el camino hasta una puerta con vidrios color caoba. La abrió con cuidado, para que no rechinara tanto, revelando un pequeño jardín con una fuente y un gran farol.

— ¿Podemos estar aquí? Ya es de noche —dijo Antonio, aun en el marco de la puerta.

— Sí, podemos estar el tiempo que queramos — dijo mientras se encaminaba hasta el banco que se encontraba bajo el farol — La biblioteca está abierta toda la noche.

— ¿Y por qué dices que los libros que necesitas están en otra parte? — comento con curiosidad.

— Esta es la biblioteca de literatura, la biblioteca de ingeniería está en otra parte del campus — susurró, dejando el libro sobre su regazo.

Antonio sonrió y Arthur pensó que era la sonrisa más bonita que le había visto.

— ¿Me vas a leer o algo así? — dijo el castaño, dejando escapar una sonrisa.

Los colores se le volvieron a subir a la cara. Le había atrapado y encima se había reído en su cara. De verdad, su idea había sido muy estúpida.

— Ya, si quieres puedes leerlo tú mismo — gruño, alcanzándole el libro con un gesto hostil. Antonio volvió a reír.

— No, quiero que tú lo hagas — dijo sentándose a su lado, con atención en sus ojos.

Arthur carraspeó, aun con el ceño fruncido. Abrió el libro en su primera página, sin molestarse en leer el título de este. De pronto le invadió la desesperación.

—Te advierto que mi voz no es melodiosa ni nada por el estilo — escupía las palabras sin pensar —Así que no esperes un locutor de primera.

Antonio volvió a reír.

— Solo lee —dijo entre risas.

Volvió a carraspear y comenzó a leer.

"Ya no intenta evocar su recuerdo.

Ella volvía cuando quería,

en sus sueños,

en mentiras y en sensaciones vagas de algo ya vivido"

Se detuvo un segundo y miró a Antonio por el rabillo del ojo. El chico clavaba su mirada en el libro, le prestaba atención. Decidió continuar con lentitud.

Las palabras salían de su boca casi de memoria ¿Cuántas veces las había leído antes de ese momento? Más de la recordaba, más de quince fácilmente. Era una elección difícil, era literatura juvenil, esa que él tanto odiaba, lleno de romance innecesario y sin sentido, pero este libro lo había cautivado desde la primera línea. No se arrepentía de haberle dado una oportunidad, había descubierto que no toda la literatura juvenil venía cargada de amores inexistentes y que había autores que si escribían romance real. Aquel que se podría dar en cualquier parte, personajes que podían adaptarse fácilmente a la realidad.

Y eso le gustaba.

No se dio cuenta cuando ya habían llegado a una parte importante de la trama, al menos a la parte en que los personajes principales se habían dado cuenta que sentían más que indiferencia los unos a los otros. Se detuvo. Iba muy rápido.

— ¿Por qué paras? — dijo Antonio luego de un rato, visiblemente sorprendido.

— Pensé que quizás estaba leyendo muy rápido —dijo mirándolo por un segundo.

— Para nada — Antonio sonrió — Me gustas cuando lees.

Por primera vez en la noche se rio ¿Qué clase de frase era esa?

— ¿A qué te refieres?

— Tus ojos se ensanchan cuando te concentras en la lectura y te muerdes el labio cuando llegas a una parte especialmente interesante — dijo como si fuera algo normal. Arthur ya sentía las mejillas arder — Haces esta cosa con la lengua, pasándola con cuidado por tu labio superior. Y tu voz en tranquila, es como si disfrutaras las palabras con calma, engulléndolas y sacándolas hacia afuera con cuidado.

Lo miró sorprendido, con los ojos abiertos de par en par. El color rojizo de sus mejillas ya sería evidente, la luz del farol no ayudaba en esta oportunidad. Cuando se dio cuenta de la situación, escondió la cara bajo la bufanda.

— Vaya — dijo con una risa nerviosa — Gracias, nunca me habían dicho algo así.

Antonio sonrió y se acercó hacia él, solo un poco.

— ¿Me dirás el nombre del libro? — dijo en un susurro.

Arthur negó.

— No, te lo leeré yo.

— ¿Eso significa que volveremos a vernos? — Antonio se había sonrojado hasta la punta de la nariz, aun hablaba en susurros. Se acercó un poco más.

— Si — susurró, acortando la distancia entre ambos.

Los labios de Antonio eran cálidos y suaves, los suyos, helados y agrietados. La lengua de Antonio era ágil y experta, la de él torpe y apresurada. Sentía que se le iba la vida si no lo besaba como debía.

— ¿Quieres ir por un té? — dijo Arthur entre besos.

— ¿Y dónde quieres comprar un té a esta hora? — dijo Antonio con un deje de risa, sin dejar de besarlo.

Se separó unos segundos, considerando sus opciones.

— ¿Quieres ir a mi departamento? — dijo sin pensarlo.

Antonio lo miro unos segundos que le parecieron eternos. El verde de sus ojos se veía más oscuro.

— ¿Cómo tengo que tomar esa invitación? — dijo con un sonrojo notorio en las mejillas.

Arthur también se sonrojo.

— Como una invitación a tomar té — masculló bajo la bufanda.

— Vamos — dijo Antonio mientras se levantaba.

Levantándose, le tomo la mano y lo jalo hacia él.

Ahí, bajo la luz del farol, se dieron el mejor beso.


Su edificio quedaba a cinco cuadras. Cinco cuadras que caminaron de la mano, mientras que cada media cuadra dejaban caer un beso en los labios del otro. Cinco cuadras que se le hicieron demasiado cortas. Encajo la llave en la puerta del departamento, al parecer no había ninguna fiesta adentro, ya que se sentía un silencio tranquilizador.

— Se ve diferente de la última vez que estuve aquí — dijo Antonio mientras entraba a la sala.

— Sin gente revoloteando o vasos con alcohol derramados en el suelo —dijo con un deje de sarcasmo.

Antonio entorno los ojos.

— No exactamente.

Se fue hacia la cocina, encendió la estufa y colocó la tetera en el fuego. Antonio se había acomodado en el marco de la puerta.

— ¿Podrías darme un café en vez de un té?

Una carcajada salió desde el fondo de su garganta.

— Pensé que estabas aburrido del café, como trabajas en uno —dijo entre risas.

— Es que no me gusta el té — dijo el castaño, encogiéndose de hombros.

— No sabes lo que te pierdes — respondió, encogiéndose de hombros de igual forma.

Tomó dos tazas, en una sirvió el té y en la otra café instantáneo. Antonio frunció los labios.

— Hace años que no tomo de ese café — murmuro.

— Pues no tengo café de granos, perdón — dijo con burla, brindándole una sonrisa.

Antonio también sonrió, tomando la taza para dar un largo sorbo.

Lo guio hasta la sala, donde se sentó en el sillón que daba hacia al balcón. Las cortinas corridas daban una bonita vista de la ciudad, con pequeñas luces tintineando a la lejanía. El castaño se sentó a su lado, en el piso.

— Sabes, allá hay otro sillón — dijo señalando hacia el otro lado de la sala.

— Sí, pero está muy lejos — dio otro sorbo a su café sin dejar de mirarlo a los ojos

— Muy lejos de qué — inquirió con curiosidad.

— De ti — dijo mientras sonreía detrás de la taza. La cara de Arthur ardía por completo.

Bebieron el resto de su brebaje en silencio, dándose miradas furtivas de vez en cuando y sonrisas tímidas el resto del tiempo. Antonio le tomo la mano, Arthur no alejo la suya.

Una vez terminados el café y el té respectivo se dirigieron hacia la cocina, comenzó a lavar la loza en silencio, mientras Antonio le miraba la espalda. Nuevamente sintió su mirada profunda en su nuca. Estaba más rojo de lo normal.

— Sabes, tienes una espalda muy bonita — dijo Antonio de la nada.

— ¿Vas por ahí diciéndole a todos que tienen una espalda bonita de la nada? —escupió, rojo hasta las sienes.

— No, solo a ti — dijo el castaño entre risas.

— Eres un idiota — masculló, volviendo la mirada hacia las tazas.

La risa de Antonio se hizo más fuerte, casi como la melodía de una canción de moda. Esa que odias, pero no puedes dejar de escuchar.

Se quedaron en la cocina, hablando estupideces, discutiendo de vez en cuando. Si Antonio decía rojo, Arthur decía azul. Si a uno le gustaba lo dulce, el otro prefería lo salado. Si uno era bueno dibujando, al otro se le daban mejor las matemáticas. "No tenemos nada en común" dijo el castaño entre risas, mientras se inclinaba para robarle un beso. Por primera vez se dio cuenta que era verdad, no tenían nada en común. Nada, salvo el color de sus ojos.

— Voy al baño —dijo Antonio mientras se separaba de él lentamente. Arthur solo asintió.

Se quedó pensando en lo ocurrido en las horas anteriores, no se arrepentía. Estaba absorto en sus pensamientos hasta que una luz brillante llamo su atención. Era el celular de Antonio que estaba sobre la mesa, la pantalla brillaba avisando de algo.

Con curiosidad inocente se acercó a mirar, era solo un whatsapp. Hasta ahí nada de que asombrarse, hasta que sus ojos se deslizaron hacia la notificación que había bajo de esta.

Era una notificación de un correo.

Un correo de Write&Read.

"Tu correo a FlyingMintBunny ha sido enviado con éxito" Recitaba en la pantalla.


Palabras: 2387

Arthur se atrevio, ni siquiera yo puedo creerlo.

Como les comente más arriba, me costo mucho escribir este capitulo. Me di cuenta que lo que tenía escrito en un principio no me servía para el hilo que quería...o tal vez si, hay una versión que posiblemente ocupe más adelante. Aun me cuesta escribir dialogos, siento que es mucho más facil expresar los sentimientos de Arthur a traves de acciones más que palabras (ustedes saben como es, me cuesta guiarlo y que diga lo que quiero sin que suena off character jajaja) pero bueno, creo que ha quedado bien. Y el final...no me odien, quería dejarlo con algo de suspenso para el siguiente capitulo, que les prometo no me demorare tanto en subir.

Ahora la pregunta del millón es ¿Antonio es palabrasyprosas o simplemente descubrio que Arthur escribía en internet? Jajaja, dificil saberlo.

Por si alguien se lo pregunta, el libro que Arthur le lee a Antonio es Eleanor y Park.

Espero les haya gustado el capitulo tanto como a mi me gusto escribirlo (la versión la final, las otras fueron un calvario). Como saben, cualquier sugerencia u opinión será bien recibida en sus reviews, los que me hacen muy feliz :)

Besos y abrazos,

SconesandTomatoes.