Esta historia pertenece a Sharon Sala, y los personajes a SM, yo sólo la adapte a nuestra pareja favorita porque me pareció demasiado buena como para ignorarla. Espero que les guste tanto como a mi, y recuerden que yo no gano nada con esto, sólo la satisfacción de realizar mi buena acción del día. Esta historia consta de 15 capítulos más el epílogo. Trataré de actualizar seguido, pero no prometo nada.
Bye
De regreso al pasado
Capítulo 10
Edward paró enfrente de su casa y aparcó. Miró al asiento de atrás. Nessie estaba dormida. Salió del coche y fue hacia la puerta de la casa. Abrió y volvió por la niña. Esta se despertó.
—Papi, ¿hemos llegado?
—Sí, cariño, estamos en casa.
—Quiero mi conejito —dijo ella, casi sin abrir los ojos.
—Puedes echar la siesta con él, ¿de acuerdo?
Ella asintió, sin responder.
Edward sonreía mientras la subía por las escaleras hacia su cuarto. La acostó y le puso el conejito entre los brazos.
Se quedó allí, mirándola, hasta que la niña se quedó profundamente dormida. Después volvió al coche para sacar la compra. Justo cuando estaba saliendo de la casa, vio el coche de Jasper Whitlock, que paraba detrás del suyo. Sonrió y lo saludó con la mano, pero Jasper no correspondió a su sonrisa. Instantáneamente, una alarma se encendió en la cabeza de Edward. Pero no se imaginaba las noticias que Jasper tenía que darle.
—¿Qué ha pasado?
Jasper suspiró. En días como aquellos, deseaba haberse hecho sacerdote, tal y como su madre quería, en vez de haber seguido los pasos de su padre y haberse convertido en detective.
—Han secuestrado a Bella—dijo. Edward sintió que lo traspasaba el dolor. Dio un paso hacia atrás y señaló a Jasper.
—No, estás confundido. Acaba de ir al supermercado. Va a volver ahora. Entra y nos tomaremos un café mientras...
Jasper agarró a Edward por el brazo, casi agitándolo para hacer que comprendiera.
— Ella estaba hablando con la policía cuando ocurrió. Dijo que había visto al hombre al que estamos buscando en el supermercado. No sé exactamente qué ha ocurrido, pero debe de haberla oído y le ha debido de entrar pánico.
Edward gimió, y se derrumbó contra su coche.
—Tienes que haberte equivocado.
—No es un error —dijo Jasper—. Ojalá lo fuera, pero tenemos un testigo. Una cajera lo ha visto todo. Cuando salió de la tienda, ya había ocurrido. Sabemos que tiene una furgoneta blanca. Tenemos las tres primeras cifras de la matrícula y la descripción que nos dio Nessie.
—¿Por qué está ocurriendo esto?
—Creo que ha sido el hombre que ha secuestrado a las niñas.
—¿Pero por qué se ha llevado a Bella?
—¿Quién sabe? Algo lo ha puesto sobre alerta y se la ha llevado. Quizá se haya dado cuenta de que podía identificarlo.
Edward palideció.
—Si eso es lo que piensa, la matará.
A Jasper se le encogió el estómago.
—No sé lo que estará pensando, pero no sabe nada del dibujo.
Edward agarró a Jasper del hombro.
—¡Tienes que hacerlo público ahora mismo! Si se enteran los medios de comunicación, entonces se dará cuenta de que ella no es la única que lo sabe. No querrá matarla.
—Ya lo he hecho —respondió Jasper—. Lo hemos difundido hace media hora, en el momento en que supimos lo de Bella. No nos arriesgaremos a que le pase algo, aunque el hombre pueda huir.
Edward tenía la visión borrosa.
—Esto no puede ser cierto.
—Lo siento... Lo siento mucho.
Edward se quedó allí, con la cabeza inclinada. Jasper pensó que estaba llorando, pero entonces miró hacia arriba.
—Si le hace daño, lo mataré.
Jasper entendía perfectamente a Edward, pero su deber como policía era persuadirlo.
—No puedes pensar eso. Tienes una hija.
Edward le puso a Jasper el dedo sobre el pecho, y le dijo en voz muy baja.
—Escúchame. Si la hace llorar, me suplicará que lo mate antes de que acabe con él —se volvió y se fue hacia la casa.
—¿Dónde vas?
—Voy a llamar a mis padres para que se lleven a Nessie, y después voy a buscar a mi mujer.
—Demonios, Cullen, eres abogado. Sabes que tienes que dejarle esto a la policía.
—Entonces encuéntralo tú antes que yo —respondió Edward, y cerró de un portazo.
Bella se despertó en una cama extraña. El golpe que el hombre le había dado en la cara le dolía y tenía la cadera y el hombro magullados. Al incorporarse en la cama, sintió terror, el hombre la estaba mirando fijamente. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, o qué le habría hecho mientras ella estaba inconsciente, pero la mirada de sus ojos le daba ganas de vomitar,
—¿Quién es usted?
—Me llamo Michael Newton.
—Muy bien, Mike... Necesito saber por qué está haciendo esto.
El sonrió. Bella se estremeció.
—Todo va a ir bien, ¿sabes?
Bella tuvo otro escalofrío. El tono calmado de su voz parecía obsceno, al pensar en lo que acababa de hacer.
—Lo mejor sería que me dejara ir a casa con mi familia.
Su sonrisa se desvaneció.
—Esta es tu familia. Estás en casa ahora. Te vas a acostumbrar muy pronto. Tengo un buen trabajo y yo cuidaré de ti y de nuestras hijas.
Bella se quedó anonadada. No era suficiente con que aquel hombre fuera un criminal. Además estaba loco. Tuvo ganas de llorar, de gritar la injusticia que era arrancarla de su familia cuando acababa de recuperarla, pero algo le dijo que Mike Newton no toleraría muy bien un ataque de pánico.
—Mire, señor Newton, yo...
—No soy el señor Newton. Llámame Mike. Y tú te llamas Jessica. Era el nombre de mi madre. Yo quería mucho a mi madre. Estaría orgullosa de saber que te llamas igual que ella.
—Me llamo Bella, no Jessica. No puedo ser la madre de sus hijas porque ya soy la madre de otra niña. Tengo una hija, Mike. Se va a preocupar mucho.
—Yo tengo dos hijas que necesitan una madre —señaló por encima del hombro de Bella—. No han estado bien últimamente. Míralo tú misma. Te necesitan mucho más que tu hija. Sus medicinas están sobre la mesa. Yo ya les he puesto una inyección hoy, pero tú tienes que bañarlas y darles de comer. Te las dejo.
Bella gimió y se dio la vuelta. Por primera vez desde que había recobrado el sentido se dio cuenta de que había otra camita contra la pared. Oyó un ruido metálico y se volvió de nuevo para descubrir que el hombre había desaparecido y la puerta de arriba se había cerrado. Subió corriendo las escaleras, gritándole que volviera y que la dejara salir. La puerta era muy pesada y obviamente, la había cerrado desde arriba. Por mucho que empujase, no se abriría. Nessie y Edward ya habrían vuelto a casa de los recados, y cuando se dieran cuenta de que ella no volvía, se pondrían muy nerviosos.
Recorrió con los dedos los bordes de la puerta, intentando encontrar algún punto débil para poder forzarla y salir, pero el hombre había sido muy concienzudo. Solo notó el acero, frío y suave.
—¡No puede hacer esto! —murmuró dando golpes en la puerta—. ¡Déjeme salir! ¡Socorro!
—Nunca viene nadie excepto él.
Al oír otra voz, Bella se dio la vuelta. Había una niña debajo de ella, tan parecida a Nessie que le dio un escalofrío. Pensando en lo cerca que había estado su hija de caer en las garras de aquel hombre, respiró hondo y bajó los escalones. Si es lo tenía que suceder, gracias a Dios que le había ocurrido a ella y no a su niña. Se puso de rodillas y le apartó a la pequeña un mechón de pelo de la cara.
—Cariño... ¿es tu padre?
La niña frunció el ceño.
—No. Mi papá es muy bueno. Oh Dios...
—¿Sabes cuánto tiempo llevas aquí?
—No. Muchas noches, supongo.
Bella intentó imaginarse cómo habrían sido aquellas noches.
—¿Cómo te llamas?
—Jane—señaló la otra cama—. Ella es Bree, pero no habla.
Bella reprimió un gemido. Eran las dos niñas desaparecidas. Dios santo, después de todo estaban vivas. Le tocó la frente a Jane. Estaba seca y caliente.
—Ha dicho que estabais enfermas.
La niña asintió. Le tembló el labio inferior y se puso a llorar.
—Quiero ir con mi mamá.
—Lo sé, cariño —le dijo Bella suavemente. La tomó en brazos y la llevó a la cama.
La tumbó y le acarició la mejilla. Después se volvió hacia la otra niña. Estaba tumbada en el lado de la cama que estaba contra la pared, con la mirada fija en una mancha que había en el techo. Cuando Bella le tocó la frente para ver si tenía fiebre, ni siquiera parpadeó.
—Bree. ¿Te llamas así?
—No va a hablar contigo. No habla con nadie —dijo Jane, y tosió.
La tos retumbó en el pequeño pecho de la niña. Había una caja de pañuelos de papel y jarabe en la mesilla de noche. Bella tomó la botella.
—¿Qué te parece si tomas un poco de jarabe para la tos? —le preguntó—. Es de sabor de fresa. ¿Te gusta la fresa?
Jane asintió y se incorporó en la cama mientras Bella ponía una dosis de jarabe en una cuchara de plástico. Jane se lo tomó sin hacer ningún comentario y Bella se preguntó qué otras cosas habrían tenido que soportar sin ninguna queja.
—Bree también tiene tos — le dijo Jane.
—Entonces le daremos un poco a ella también, ¿de acuerdo?
Asintió y observo atentamente cómo Bella tomaba a la otra niña en brazos y la levantaba un poco para darle la medicina.
—Trágalo, cariño —le pidió Bella. Bree abrió la boca y se lo tragó. Cuando Bella le quitó el brazo de los hombros y volvió a tumbarla, parecía tan pequeña contra las sábanas que se le partió el corazón.
—Venid aquí, pequeñas. Todo va a ir bien — dijo Bella , y se sentó en la cama con ellas. Las abrazó fuerte—. Estoy aquí. No dejaré que os haga daño nunca más.
—Quiero irme a casa —susurró Jane.
—Yo también, cariño, yo también.
Carlisle y Esme Cullen estaban haciendo lo que podían para ocultarle el horror del secuestro de Bella a su nieta. Por petición de Edward, se la iban a llevar a su casa a pasar el fin de semana, y Nessie estaba tan entusiasmada que no se había dado cuenta de que Bella no había vuelto del supermercado. Pero cuando ya tenía todas sus cosas preparadas para irse, la mencionó.
—Papi, quiero decirle adiós a mamá.
Edward intentó que no se le saltaran las lágrimas. Tomó a Nessie en brazos y la apretó contra su pecho.
—Yo se lo diré de tu parte, ¿de acuerdo? —le dijo, y le besó la mejilla. Nessie sonrió.
—Sí. Y dale esto, también —dijo, y le sopló un beso de la palma de la mano. Edward hizo como que lo atrapaba en el aire y se lo guardó en el bolsillo. Después la abrazó de nuevo y la dejó en el suelo.
—A mami le va a encantar —le dijo—. Se lo voy a dar, no te preocupes —miró a sus padres, que también estaban intentando mantener la sonrisa—. Os llamaré.
Carlisle asintió. Esme no fue capaz de articular palabra. Se limitó a agarrar la bolsa y tomó a Nessie de la mano.
—Estamos en el coche —dijo. Carlisle se quedó detrás. Era consciente de que su hijo estaba al límite.
—Edward... lo siento. No sé qué decir para hacer que te sientas mejor.
—No hay nada que decir.
—Por favor, no cometas ninguna imprudencia. Deja que la policía haga su trabajo.
Edward tensó la mandíbula.
—¿Qué pensarías si esto le hubiera ocurrido a mamá?
Carlisle suspiró.
— Recuerda que tienes una hija.
—Se merece tener dos padres, papá, no solo a mí.
— Solo te digo que tengas precaución —le advirtió Carlisle.
—No es el momento de tener precaución. Tengo que encontrarla, o no merecerá la pena vivir.
— ¿Ni siquiera por Nessie?
—No, papá... por Nessie. Ella necesita a Bella tanto como yo, o más. No sé cuánto va a durar esto, pero quiero agradeceros a mamá y a ti que la cuidéis.
A Carlisle se le llenaron los ojos de lágrimas.
— No necesito que me des las gracias. Llámanos.
Edward acompañó a su padre a la puerta, y se quedó allí saludándolos con la mano hasta que se marcharon.
En cuanto se quedó solo, fue hacia su despacho. No podía pensar en lo que le estaba pasando a Bella, o se volvería loco. Sin embargo, no podía quedarse allí de brazos cruzados mientras otros buscaban a la razón más importante de su vida. Whitlock había dicho que el hombre que la había secuestrado era el mismo que había visto Nessie. Eso no podía significar nada bueno; probablemente el hombre sabía que la policía lo había descubierto. Y también quería decir que la vida de Bella estaba colgando de un hilo. Suspiró profundamente y se pasó las manos por la cara.
—Dios... por favor, no te la lleves de mi lado. Antes de que pudiera terminar la plegaria, sonó el teléfono. Lo descolgó inmediatamente, rogando porque fuera Bella.
—¿Sí?
—¿Edward Cullen?
El corazón empezó a latirle con fuerza, y tartamudeó al contestar.
—Sí, soy yo.
—Señor Cullen, ¿cuánto paga por las llamadas interurbanas?
Edward miró el teléfono sin dar crédito y estampó el auricular contra la mesa. Después tomó un pisapapeles y lo lanzó contra la chimenea. Hizo un agujero en los ladrillos del muro.
— ¡Maldita sea! ¡Maldita sea!
Le había soltado a Jasper una fanfarronería, pero la verdad era que no sabía por dónde empezar a buscar. Se derrumbó en el escritorio, paseando la mirada por la habitación, esperando un milagro. Estuvo allí, sin moverse, durante varios minutos, con la mente en blanco. Lo único que sentía era un pánico que lo aplastaba.
De repente, se dio cuenta de que estaba mirando una pequeña fotografía enmarcada que estaba colgada en la pared. Cuando, por fin, prestó atención ha lo que había estado mirando, descolgó el teléfono. Necesitaba algo más que un milagro para encontrar a Isabella. Necesitaba ayuda, y de alguien que no tendría ningún escrúpulo en romper la ley.
Emmett McCarty dejó el arma y el cinturón sobre su escritorio, se sentó y se apoyó en el respaldo de la silla soltando un suspiro. Le dolía la cabeza y hubiera dado el sueldo de un mes por un bistec bien grueso y un masaje.
El letrero que colgaba de su puerta rezaba Investigaciones McCarty, pero él lo consideraba engañoso. Los tres últimos casos de los que se había hecho cargo habían sido más bien una cacería. Había tenido que perseguir a un adúltero y atrapar a dos hombres que habían violado la libertad bajo fianza. Ganar dinero estaba bien, muy bien, pero aquella forma de vida cada vez le resultaba más difícil.
Miró la hora y descolgó el teléfono. Decía mucho de su vida personal que el primer número que aparecía en la memoria fuera el de su corredor de apuestas.
—Harrison, soy Emmett. Quiero apostar quinientos por Merlin's Pride en la quinta carrera.
—Maldito seas, Emmett. Todavía me debes dinero de la última vez que perdiste. ¿Por qué piensas que voy a ser tan estúpido como para repetir?
Emmett sonrió y giró la silla hacia la ventana. Su oficina no estaba situada exactamente en la ruta turística de la ciudad, pero se adecuaba a sus propósitos. La discreción era impagable. Cuanto menos conocido fuera, mejor haría su trabajo. Se pasó los dedos entre el pelo, demasiado largo, para apartárselo de la cara. Después tomó unos cacahuetes que había sobre la mesa, se echó dos en la boca y continuó hablando.
—Mira, Harrison, sabes muy bien que tú todavía me debes lo de aquel tipo que se había escapado sin pagarte. Encontrarlo me proporciona un crédito de mil quinientos dólares contigo, y voy a gastarme un poco hoy.
A Emmett le llegó, a través de la línea, una retahíla de maldiciones. Sonrió y se lanzó otro par de cacahuetes en la boca, mientras su corredor continuaba jurando.
—Eh, Harrison. ¿Vas a terminar?
—¿Te importa? —farfulló el tipo.
—Sí —respondió Emmett—. Sabes que me importa lo que pienses.
—Idiota.
— ¿Todavía sigues en la misma página?
—Sí. Tengo el libro en las rodillas. ¿Quieres que siga?
—Es suficiente —contestó Emmett. y cortó al hombre al oír que sonaba otra llamada en el teléfono—. Tengo una llamada. Haz mi apuesta.
Colgó y volvió a contestar.
—Investigaciones McCarty.
—Emmett, necesito que me ayudes.
Emmett se puso de pie al instante, pisando los cacahuetes que se le habían caído al suelo.
—¿Edward?
—Sí, soy yo.
—¿Qué ocurre?
—Han secuestrado a Bella.
—¿Secuestrada? ¡Dios mío'
— Ayúdame.
—¿Estás en casa?
—Sí.
—Voy para allá.
Mike Newton estaba roncando. El sonido de sus propios ronquidos lo despertó, pero no completamente. Rodó por la cama y unos segundos después, se le resbaló el brazo y tocó el suelo, a unos pocos centímetros del techo del sótano. Se movió ligeramente y después se acomodó, lleno de confianza porque su familia estaba muy cerca. Había puesto el despertador a las cuatro de la tarde, para tener tiempo suficiente para preparar la cena. Las niñas estarían perfectamente con la mujer que había llevado. La pequeña Jane tenía razón. Los niños enfermos necesitaban una madre. Suspiró, se humedeció los labios y volvió a dormirse.
Bella tenía miedo de cerrar los ojos. Solo con pensar en que el hombre bajara al sótano y la encontrara dormida y vulnerable, se ponía enferma de miedo. Las niñas estaban todavía en sus brazos. Al menos, parecía que la fiebre estaba remitiendo.
Incluso en sueños, Jane se aferraba a Bella con desesperación, apretando con los dedos la tela de su camisa. La otra niña. la que Jane llamaba Bree, estaba muy quieta. Bella se imaginaba el horror por el que había pasado. Había sido la primera criatura secuestrada. Había estado sola en aquel lugar, sufriendo el infierno que aquel hombre hubiera querido. Se preguntó cuánto tiempo habría soportado antes de esconderse como lo había hecho. Un niño que no era capaz de llorar estaba demasiado cerca de la muerte.
Bella la abrazó tiernamente contra su pecho. Necesitaba intentar algo para sacar a Bree del precipicio mental en el que había caído. Pero no sabía si podría hacerlo sin empeorar las cosas. Lo último que quería era alejarla más de la realidad, así que empezó a hablarle, con mucho cuidado.
—Bree , me llamo Bella. Sé que estás asustada. Todas estamos asustadas, pero vamos a estar bien. La gente nos está buscando. ¿Lo sabías? Oh, sí, es cierto. ¿Y sabes una cosa más? Tengo una niña que tiene los mismos años que tú. Se llama Nessie. Cuando salgamos de aquí y volvamos a casa, quizá Jane y tú podáis venir a mi casa y jugar con ella. A ella le gustaría, y a mí también.
Bella tragó saliva, intentando contener las lágrimas.
«Edward... Te necesito. Por favor, encuéntrame».
Jane se movió y abrió los ojos. Bella la miró y sonrió.
—Todavía estás aquí —dijo la niña. Bella asintió.
—Creía que lo había soñado —suspiró la niña.
—No, cariño. No es un sueño —«es una pesadilla»—. Estoy contigo.
Jane sollozó suavemente y miró a Bree.
—¿Va a hablar con nosotras?
Bella miró de nuevo a la niña. Estaba pálida e inmóvil. Si no notara su calor, pensaría que estaba muerta.
—No lo sé. Eso espero. ¿Ha hablado alguna vez contigo?
—No.
—¿Ni siquiera cuando llegaste?
—No. Ni siquiera cuando yo lloraba.
—¿Ya no lloras?
Jane se encogió de hombros.
—Algunas veces... Pero cuando él no me ve. Se enfada mucho cuando lloro.
Bella se estremeció. Aquello era el infierno, y él era el demonio.
—¿Te ha hecho daño?
—No.
Bella dudó, casi asustada de preguntar más, pero necesitaba saber qué estaba ocurriendo. Tenía que estar preparada para lo peor, en caso de que llegara.
—¿Te ha hecho otras cosas, cariño? ¿Te ha tocado en lugares donde no debería?
Jane frunció el ceño.
—Nos trae la comida y nos cepilla el pelo. Siempre nos quedamos dormidas después de cenar.
—¿Quieres decir, después de bañaros y poneros los camisones?
Jane negó con la cabeza.
—Oh, no. No recuerdo haberme bañado, pero sé que estoy limpia porque huelo bien. Y nunca me pongo el camisón. Lo hace el hombre, supongo. Yo no lo recuerdo.
A Bella se le puso la carne de gallina. «Dios santo. Debe de estar poniendo droga en la comida. Solo Dios sabe lo que ocurrirá después».
Que tristeza... Debe ser horrible vivir una situación así, para la persona secuestrada y también para la familia...
En fin, espero que lo hayan disfrutado y que continuen comentando.
Gracias!
