Disclaimer: Los personajes pertenecen a Cassie y su saga Los Instrumentos Mortales. Si la saga fuera mía, sería puro Malec y Jonathan no hubiera muerto y Jace probablemente si y Clary no sería tan idiota.

N/A: Hola queridos míos, antes de dejarles leer, quisiera aclarar un pequeño detalle ya que a partir de aquí quizás le presente cierta confusión (la culpa no es mía, sino de Cassie por su costumbre de poner nombres repetidos en personajes contemporáneos) la cosa es qué, aquí, cuando me refiero a Sebastián, estoy hablando de Sebastián Verlac, el que nunca llegamos a conocer realmente. No a Sebastián/Jonathan. Cuando me refiera a Jonathan, diré Jonathan. Oki? Creo que mi Hermosa Iced Fenix tuvo que hacer la misma aclaración una vez…y es por su entera culpa que me encanta la pareja de SebAlec, o como sea que se llame. XD

Esto me lleva a la segunda nota, este capitulo va para ti mi Hermosa. Te amo, nunca te desanimes ni te rindas. Recuerda que siempre tendrás a tu Amore al otro lado de esta pantalla, ávida de tus palabras y admirándote infinitamente por ellas.

Recomendación musical: Pick U up de Adam Lambert. ¿Tendré la capacidad de hacer un capitulo con cada una de sus canciones? Será interesante y delicioso intentarlo.

Corrección, ánimos y edición del capitulo a manos de: Tenchi Uchiha (natt) mi hermana del alma. Gracias.

Ale, disfruten la lectura.


#9

Una sorpresa angelical

Sus besos lo estaban volviendo loco. Sus labios subían como hambrientas serpientes, trepando por la piel de su abdomen, mordiendo aquí y allá delicadamente, enrojeciendo zonas esporádicas de su piel.

-Dios Alec…eres delicioso. Tan perfecto, mi ángel.

Alec miró hacia abajo, con la mirada enturbiada del placer. Los ojos amarillo verdosos de Magnus le devolvieron la mirada llena de lujuria y algo más. Cariño. Alec mordió sus labios, queriendo soltar el nombre de Magnus en un suave gemido. En su lugar, llevó su mano temblorosa hacia su cabello, lleno de brillo y color; coló sus dedos ahí y dejó una caricia suave.

Magnus se alzó y lo besó.

Alec le abrazó con fuerza, gimiendo ante el deseo plasmado en aquel beso. Mordió, jadeó y soltó un pequeño gritito extasiado cuando la mano de Magnus tomó su erección y comenzó a acariciarlo erráticamente, de arriba abajo, una y otra vez. Su contacto era cálido y ardiente, desbordado de pasión. Firme y dulce; no se parecía a nada que hubiera experimentado Alec antes.

Era fuego ígneo.

Alec se retorció bajo aquel toque, inundado de deseo.

-Magnus…Magnus…Magnus…

Las caricias fueron cambiando. Los besos fueron siendo menos demandantes y más dulces, suaves. Distintos. Alec separó a Magnus de su cuerpo y lo miró horrorizado.

No era Magnus.

-¿Qué sucede Alec? ¿Estás bien?

Alec abrió los ojos con desmesurado horror y dolor, sintiendo como su corazón comenzaba a palpitar a un ritmo enloquecido.

-Sebastián…- sus ojos se humedecieron. Sebastián le sonrió, dulce y cariñoso, como siempre; y el corazón de Alec volvió a latir con normalidad. -¡Seb! –gritó; sollozando y lanzándose a su cuello.

Sebastián le abrazó con dulzura y lo dejó caer sobre la cama.

Alec estaba tan entregado a él como no se había entregado nunca antes. Le dejó entrar, sintiendo como sus caricias quemaban igual a las de Magnus pero a un nivel distinto. Alec gimió y tiró su cuello hacia atrás en un pronunciado arco sobre la cama, abrazando con sus piernas el cuerpo desnudo de Sebastián sobre él, impulsándole a estar tan dentro y profundo como para tocar su alma y hacerlo estallar.

Sus embestidas no comenzaron con dulzura. Sebastián le tenía firmemente sujeto en la cintura mientras se impulsaba hacia él con fiereza una y otra vez, golpeando y abriendo sus paredes sin misericordia. Alec gritó, con la mirada casi en blanco. Su cuerpo se estremecía y su corazón parecía querer salirse de su pecho. Sebastián se rió y Alec sintió un escalofrío.

Sus ojos le buscaron pero la penumbra de la habitación confundía sus cabellos oscuros. Entonces, un rayo de luz lunar penetró en su habitación y Alec pudo ver aquel rostro.

Se hizo hacia atrás con espanto.

Los cabellos siempre negros y sedosos de Sebastián se estaban fundiendo en un rubio pálido casi blanco, sus ojos dejaron de ser hermosos reflejos del cielo sin Luna para convertirse en pozos profundos y fríos. Sus pómulos se volvieron angulosos y sus labios se marcaron con una sonrisa irónica.

Alec sintió como su corazón se detenía, con el miedo fundiéndose en la sangre de sus venas.

Como veneno.

Jonathan se rió con burla desdeñosa.

-Siempre fuiste fácil de complacer, Alec.

Alec sintió el miedo transformarse en ira. Sus puños se cerraron.

-Tú no estás aquí, no puedes estar aquí. No eres real.

-¿Eso te enseñó Sebastián? ¿A decirle a una fea pesadilla que no es real?

Alec cerró sus ojos y volvió a repetir.

-Tú no estás aquí, no puedes estar aquí. No eres real.

Sintió su aliento en la nuca.

-Pero si estoy aquí, Alec. Y siempre estaré justo aquí.

Alec cerró los ojos con fuerza. A lo lejos, escuchaba ruidos extraños y gritos.

-Tú no estás aquí, no puedes estar aquí. No eres real…-apretó sus ojos con más fuerza.- Tu me quitaste a Sebastián…

-Él era mío. Tenía que ser mío. Es tu culpa, Alec, si tú no hubieras tenido nada con él, nada de esto hubiera pasado.

-Te odio.

-Mírame. Alec… ¡Mírame!

Y Alec miró.

La sonrisa psicópata de Jonathan se transformaba en Sebastián de nuevo, sus ojos volvían a ser dulces, su cabello negro como el ébano. Pero la belleza y tranquilidad se fue cuarteando frente a sus ojos, lentamente. La piel de Sebastián se quebró en trozos. El moho fue cubriendo sus poros como un hongo, sus ojos se hundieron, sus cabellos se volvieron canosos y se cayeron de su cráneo, dejando pronto una calavera descarnada en su lugar.

Alec gritó.

-¡Alec!

Y gritó

-¡Alec!

Y siguió gritando. Y lloraba.

-¡Alec! ¡Despierta!

Y entonces, despertó.

Los brazos de Jace lo abrazaron, por primera vez en años; como un abrazo fraternal.

Alec podía sentir como su cuerpo temblaba con incontrolables espasmos, sintiendo los remanentes de aquella pesadilla aun golpeándolo en el alma, una y otra vez. Todo había sido demasiado rápido, demasiado feroz.

Sus ojos y garganta ardían.

Poco a poco, se fue separando de Jace. Su hermano lo veía con el ceño profundamente fruncido y lleno de preocupación. Tenía esa mirada, la mirada de leerle la mente de la manera en como solo ellos dos podían hacerlo. Como si tuvieran un vínculo sobrenatural que los uniera más allá de la hermandad. Alec se pasó una mano por el cabello y luego por el rostro, sorprendiéndose de encontrar humedad en sus mejillas.

¿Había llorado dormido?

Jace parecía pensar sobre lo mismo.

-¿Y bien?... ¿Qué te pasaba? –Alec soltó un suspiro y miró hacia otro lado.

-Fue solo una pesadilla, Jace. Vuelve a la cama, perdón por despertarte.

Aquello no sirvió absolutamente de nada. Jace, sin moverse ni un centímetro, se cruzó de brazos y lo miró fijamente.

-Hacías ruidos raros. Primero, gemías…-Alec se sonrojó fuertemente, al recordar como y con quien había comenzado su sueño. Había sido tan intenso, que sus gemidos realmente habían salido de sus labios. Jace ignoró su reacción- luego comenzaste a llorar, fue cuando entré a tu cuarto. Llorabas y gemías como si fueras un niño. Traté de despertarte, pero comenzaste a gritar, como si algo horrible te estuviera matando.

Jace se quedó mirándole, esperando alguna respuesta de su parte. Alec sabía que bien podría tener a Jace ahí plantado hasta el amanecer sino le daba lo que quería. En todo el mundo, Alec había conocido solo a tres personas tan testarudas como para hacer algo como eso, y lamentablemente para Alec, dos de esas personas eran sus hermanos Jace e Isabelle. La otra era Catarina.

No queriendo amanecer con la presencia de su hermano en su habitación, sabiendo que a la mañana siguiente él tenía algo importante que hacer que incluía a Magnus, Alec suspiró y contó:

-Soñé con Sebastián.- confesó, omitiendo toda la participación de Magnus y el contexto de su sueño. Jace abrió sus ojos dorados en una expresión de sorpresa.- Soñé que Sebastián se transformaba en Jonathan…y luego que Sebastián se…moría, de nuevo. Delante de mis ojos.

-Alec…

-Jonathan se burlaba de mí. Me culpaba por la muerte de Sebastián. Y tiene razón ¿cierto? Si yo no hubiera salido con él…

-¡Alec! Alec, escúchame y escúchame bien.- Jace sonaba alterado.- Sebastián no murió por tu culpa, no fue tu culpa. ¿Me oyes?

-Yo le mate. Debí dejarlo salir con Jonathan.

Jace le tomó el rostro y se lo alzó, obligándole a verlo a los ojos. Estaba furioso. El coraje destellaba en sus ojos de león.

-¡Sabes que eso no es cierto!- siseó en voz baja su hermano, sus dedos agarrándole con fuerza.- El que mató a Sebastián fue él, fue Jonathan. No tu.

Alec se soltó del agarre.

-¡Como si fuera lo mismo! Yo sabía lo que sucedía. No soy inocente Jace. –su voz estaba fluctuando.- Cuando vi a Valentine, en su coche el día del accidente de Magnus, no hice nada para salvarle. Cuando vi que era él, lo dejé ahí. Lo sabes. Quería vengarme de Jonathan de alguna manera y lo hice con la vida de su padre. Soy un asesino.

-No. Lo que eres, es un idiota. – Alec contuvo el aliento. La voz de Jace sonaba seca. –lo eres si piensas semejante idiotez de ti mismo. No podíamos hacer nada por Valentine. Yo también estaba ahí.

Alec se sintió descorazonado. Habló sin sentimientos, cansado y vacío.

-Pude hacer más que simplemente quedarme ahí. Dime, ¿Por qué hice algo así?

Jace se levantó y camino hacia la puerta de su habitación.

-Simplemente, porque eres humano.

Y salió.

Alec no durmió más en el resto de la noche. En su mente, los rostros de Sebastián y Jonathan se mezclaban con el de Magnus y su sonrisa.

Y mientras las horas pasaban y el amanecer se colaba por las rendijas de la cortina de su ventana, Alec se encontró a si mismo relajándose ante esa sonrisa, calmándose y preguntándose, no sin algo de incertidumbre, si aquel hombre no destruiría también sus sentimientos.

Si sería capaz de hacerle daño.


En el sueño, Magnus corría. Y mientras corría, escuchaba tras él el sonido de gritos y pasos.

La nieve caía a su alrededor en pesados cúmulos que cubrían sus pestañas y mejillas; dejando las lágrimas congeladas a medio camino sobre la piel de su rostro.

Se detuvo, respirando agotadamente. Con su pecho subiendo y bajando fuera de ritmo, causándole un dolor insoportable a la altura de su abdomen. Se palpó la zona ligeramente y no le sorprendió ver su mano manchada de sangre.

Una luz cegadora apareció de pronto frente a él. Magnus alzó su mano ensangrentada para cubrirse los ojos mientras un auto, un auto negro y franjas azul eléctrico; su auto, giraba bruscamente sobre el pavimento mojado, dirigiéndose hacia otro auto desconocido de color blanco. Magnus corrió hacia él.

-¡No!

Su garganta ardía. Tenía que evitarlo, ese hombre iba a morir, de nuevo; por su mano. Tenía que detenerse...

-¡No! ¡No lo hagas!

De pronto, la noche se rasgó con un grito ensordecedor. Magnus no recordaba haber oído un grito tan aterrorizado en su vida.

-¡Hermana!

Magnus se detuvo en seco y giró en el acto. Un niño abrazaba a su hermana mayor con una fuerza inusitada. Ella lo cubría con su cuerpo, queriendo protegerlo de lo inevitable. El miedo y el terror en sus rostros era palpable aun desde la distancia.

De pronto, era él de nuevo. Era él dentro de su auto, virando a toda velocidad para evitar la muerte de esos niños. Era él, sin conciencia real de lo que hacía, simplemente actuando por instinto. Sus manos se aferraron al volante una vez más.

Los faros de su auto alumbraron al auto blanco, pero esta vez Magnus pudo ver de manera fugaz, el rostro de aquel.

Era un hombre de cabello blanco plateado y hombros anchos. Rostro fuerte y astuto.

Y en ese rostro no había miedo, ni temor. Ni siquiera sorpresa. Lo que había en cada centímetro de aquel rostro, de aquel hombre, era ira. La más absoluta ira, odio, rabia. Rencor.

Sus manos giraron el volante, y todo estalló en luces a su alrededor.


Magnus despertó aquella mañana con el corazón latiéndole dentro de su pecho de una manera para nada normal Era un ritmo enloquecido, que comenzaba a dolerle en la garganta. Le costaba hasta respirar.

Había revivido en sueños su accidente y, aunque no era la primera vez, si era la primera vez que veía de aquella manera el rostro de Valentine Morgersten. Tan lleno de vileza y rabia. Era tan plena la sensación de repulsa que Magnus sintió al ver su rostro así que, minutos después; mientras sentía como su pulso se iba calmando poco a poco, se preguntó si aquella expresión no había sido una mera invención de su subconsciente, para justificar lo injustificable de sus actos.

Él había matado a alguien más, accidente o no. En sus manos, había sangre.

Se sentó, aun cubierto por las finas sábanas color azul claro del hospital, y se restregó el rostro con fuerza, queriendo alejar todo pensamiento pesimista y lúgubre de su mente. Tenía que pensar en el futuro.

Tenía que pensar en Alec.


Cuando Alec le había dicho a Magnus que se verían "mucho antes de lo que él esperaba", Magnus no creía, sinceramente, que eso sería al día siguiente a las ocho de la mañana.

Después de ducharse, Magnus se había acomodado en su camilla, tratando de no pensar en nada deprimente. Había tomado el control remoto y vagó durante un rato entre los canales hasta encontrar un maratón de American Idol. Estaba literalmente embobado con la actuación de cierto chico de cabello negro y ojos claros y que poseía una voz idílica, interpretando I Can get (no) Satisfation de los Rollings Stone, cuando la puerta de la habitación se abrió por primera vez aquella mañana, dejando pasar a su nueva querida amiga, Catarina y al dueño de sus pensamientos, Alexander.

Magnus se sobresaltó.

Un poco, no mucho. Tan solo dio un leve respingo sobre su cama y se enderezó de inmediato, como impulsado por electricidad. Catarina, con su ojo más veloz que nunca y quien no perdía detalle, sonrió con burla y dejó su carpeta sobre la mesilla de noche de Magnus.

-Veo que tus reflejos han mejorado. –dijo y Magnus sintió algo de pena cubrir su rostro. ¿Acaso podía ser más evidente? Alzó su mirada hacia Alec, para ver su expresión y se encontró con una dulce sonrisa.

-Buenos días Catarina.- dijo con amabilidad. Alec permanecía a dos pasos por detrás de la doctora. Magnus se dirigió a él. - Buenos días, Alexander.

Si Alexander se sonrojó y tartamudeó una respuesta, si Magnus se sintió derretir y lo demostró con un brillo extra en sus ojos, si el deseo y el calor viajó entre ellos por la habitación, al parecer Catarina no fue consiente de ello. Simplemente, se limitó a llenar una ficha y a subir la franela de Magnus para examinar sus heridas.

Magnus soltó un resoplido imperceptible y la dejó hacer.

Luego de lo que fueron uno o dos minutos pero que, en el valor subjetivo del correr del tiempo de Magnus fueron una o dos horas, Catarina lanzó un suspiro entre alivio y resignación y dejó de revisarlo.

-Bien, Magnus. –Magnus veía como Alexander texteaba algo en su celular y como alzaba la vista con un remoto interés hacia el televisor. Había unas pequeñas marcas de ojeras bajo de los ojos de Alec, su piel estaba pálida y; a pesar de su expresión relajada, Magnus notaba cierto aura de estrés. Algo distinto y lejano. Catarina se exasperó por su falta de atención y chasqueó los dedos de su mano derecha frente a los ojos de Magnus. - ¡Hey! –le gritó. Magnus giró su mirada hacia ella de manera sobresaltada.- Necesito que me prestes total atención aquí y ahora. ¿De acuerdo?

Magnus asintió.

-De acuerdo.

-Bien- repitió Catarina, resoplando de manera exasperada. Magnus alzó la comisura de sus labios en una sonrisa rebelde. Hacer rabiar a Catarina parecía ser un pasatiempo divertido.- He estado examinándote y creo que ya puedo darte el alta. –Magnus abrió sus ojos y boca; y estaba apunto de expresar su felicidad al mundo cuando Catarina alzó un dedo pálido de tez casi azulada (en serio, ¿qué hacía Catarina para tener la piel de ese tono?) y lo acalló con un gesto. Magnus cerró la boca y alzó una ceja.- Pero, hay una condición.

Magnus hizo un movimiento de condescendencia con su cabeza.

-Tú dirás.

Catarina tardó algo más de un minuto en responderle. Anotó algo en un papel blanco de su carpeta, lo selló y se lo entregó a Alexander quien, ahora notaba Magnus, había apartado la mirada de él y estaba más callado y reservado de lo normal.

-Como no puedo estar al pendiente de que cumplas con todos los tratamientos ni que sigas todas tus rutinas de fisioterapia en tu casa, he encargado a mi mejor estudiante para que me asista en tu caso.

Magnus frunció el entrecejo.

-¿Me estas poniendo una niñera? – cuestionó, enfurruñado. Catarina sonrió, de manera algo petulante, habría que agregar.

-Bueno, te comportas como un niño.

Él se cruzó de brazos y achicó sus ojos amarillo verdosos.

-De acuerdo.- aceptó a regañadientes.- ¿Y quien será mi niñera?

Alec dio un paso al frente.

Y el corazón de Magnus dio un nuevo salto mortal en reversa.

Oh Dios, en alguna vida pasada él debió de ser muy, muy buena persona. Quizás había salvado la vida de alguna monja. O de un gatito callejero. Era la única explicación para tal suerte.

Todo su enfado hacia Catarina y el Mundo se esfumó como vapor de agua.

-¿Alec? –logró preguntar, solo para asegurarse. Catarina rodó los ojos.

-¿Ahora no te molesta tener niñera?

-Nunca dije eso.- le replicó Magnus. Ella alzó ambas cejas.

Alexander sonrió un poco y decidió intervenir.

-Solo iré a supervisar que cumplas los tratamientos de Catarina. –explicó suavemente y luego agregó con una sonrisa burlona. - No seré una niñera.

Magnus iba a replicarle, sintiendo salir de sus labios una respuesta bastante subida de tono y mordaz, cuando Catarina hizo un movimiento con sus manos y lo distrajo, obligándole a callar.

-Alexander es mi mejor estudiante. –aseguró Catarina con orgullo. Magnus sintió que algo de aquel sentimiento se transmitía hacia el mismo. – Así que estoy tranquila al entregarle esta responsabilidad. Él se encargará de pasarme reportes cada dos días sobre tu avance, Magnus. Debes cumplir cabalmente con las indicaciones que le he entregado. Debes obedecerle en todo. Reposo, buena alimentación y por supuesto, los ejercicios adecuados para tu espalda y pierna. Si sigues todo al pie de la letra, en menos de un mes ya esto habrá acabado.

-¿Asumo que no puedo ir a la oficina?

-Asumes bien. Debes guardar reposo.

-Entonces… ¿Nada de sexo?

Catarina puso los ojos en blanco y el rostro de Alexander cambió de color entre veinte tonos desde el rojo al vino tinto.

-No. Nada de sexo.

-¿Ni siquiera…?

-Magnus...

Él alzó sus manos en señal de rendición.

-De acuerdo, de acuerdo. ¿Puedo irme?

Catarina suspiró con resignación, pero con una sonrisa débil en sus labios.

-Después de llenar algunos documentos; si.


Magnus había estado dando los últimos toques a su peinado con el gel de brillantina que Tessa le había llevado al hospital (porque si, por fin; saldría de ahí, lo haría en con una apariencia perfecta, deslumbrante y magnifica, como todo él) cuando Alexander dio dos golpecitos tímidos a la puerta del baño y entró en el.

Ahora que le miraba de cerca, el chico tenía marcadas ojeras y un aspecto de total agotamiento. Como si no hubiera dormido adecuadamente en semanas. Magnus sintió un pinchazo de preocupación.

Aun así, le sonrió a través del espejo. Alec le respondió el gesto casi sin darse cuenta de lo que hacia. Y sin darse cuenta, tampoco, de lo que causaba su presencia cuando estaba a menos de un metro de distancia de él. Magnus trago grueso y se recordó que debía ir lento.

Lento.

Dios, ¿Cómo podría hacerlo?

En sus largos años, nunca había ido lento con nadie. Nunca nadie se lo había pedido y, de ser sincero, Magnus no se habría sentido en ánimos de concedérselo a ningún otro antes de Alec. Nadie le había importado tanto.

No sabía como hacerlo. Su vida se había resumido en relaciones largas pero frustrantes. Una inútil búsqueda del amor a lo largo de su edad adulta que había resultado en decepción tras decepción.

Y ciertamente no sabía como ir lento.

Dio un respingo cuando sintió la mano de Alec en su espalda.

-¿Estás bien?- le preguntó el chico con voz suave y Magnus sonrió aun más. ¿No era acaso el ser más dulce sobre la tierra? Magnus, quien había estado pensando en como contener el deseo ardiente que tenía de voltearse, arrancarle la ropa a Alec y tomarle en ese instante y éste preocupándose por él.

-Perfectamente. –le respondió, sonriendo. Se giró, dejando de mirar a Alec por el espejo y le enfrentó la mirada cara a cara. Alexander se sonrojó pero no apartó sus ojos de él. Al contrario, le escudriñaba el rostro con sus orbes azules. Magnus se sintió secretamente histérico al notar como Alec lo recorría con la mirada. Eso, hasta que un pequeño ceño apareció en la frente de su ángel.- ¿Qué?- preguntó, creyendo que se había excedido en el uso de gel brillante en su cabello.

Alec se mordió rápidamente el labio antes de responder.

-Tenías una expresión de preocupación. Me preguntaba que era lo que podía estar preocupándote tanto.

Ir lento.

Lento…

Magnus le tomó por la cintura y lo apretó contra él en un suave pero cálido abrazo. Era lo más casto que se le ocurría hacer con su ángel, encerrados como estaban en aquel reducido espacio, manteniéndose dentro de los parámetros de "ir lento".

-Tú me preocupas.- Alec alzó la mirada, extrañado. Magnus decidió explicarse, apartando en el proceso, un mechón de cabello de la frente de Alexander. El joven suspiró de manera imperceptible ante el gesto. – Tienes un aspecto agotado. ¿Dormiste bien anoche?

El chico aspiró con fuerza y su hermoso rostro expresó varias emociones en un segundo.

Sorpresa, tristeza, miedo, luego vino un fuerte sonrojo y se mordió un labio en una actitud contenida. Y rehuía su mirada.

Luego de lo que pareció un minuto o dos, Alec le respondió.

-No- reconoció- de hecho no dormí muy bien anoche.

Magnus dudó en seguir preguntando. Alexander era una persona abierta y transparente. Y él sabía que si le preguntaba, le diría. Pero, también era cierto que los sueños, sobre todo los malos, era algo muy propio e intimo.

En lo personal, él solía tener sueños tan vívidos y espantosos que prefería guardarlos bajo llave donde no pudieran hacerle daño a nadie más que a él. Pocas veces había compartido uno de sus sueños, ciudades llenas de sangre y ángeles con alas negras de cuervos, y aquella vez, Tessa le había mirado con un terror tan absoluto, que Magnus no lo quiso intentar de nuevo.

Los sueños son algo único, y muy personal.

Quizás para Alexander fuera algo parecido.

Magnus respiró profundamente, inhalando el aroma dulce de Alec hacia su sistema y le abrazó, tranquilizándolo.

-Ya, mi ángel. Descuida, no pienses en ello. –le susurró Magnus.

Alexander suspiró dentro del abrazo y él le estrechó con cuidado, queriendo transmitir seguridad en el gesto.

Magnus pudo ver, en el reflejo del espejo, como Alec cerraba los ojos y sonreía sin notarlo.


El aroma de Magnus lo había tranquilizado.

No solo su aroma, sino su presencia, sus palabras. Su calor.

Cuando Alec le había pedido ir lento a Magnus la noche anterior, lo había dicho en serio. Habían pasado dos años desde lo de Sebastian y, en honor a la verdad, no se sentía emocionalmente preparado para comenzar una nueva relación.

Pero Magnus le gustaba. Y mucho.

Había algo en él. Algo que Alec aun no había podido descifrar pero que lo atraía enormemente. Quizás era su sonrisa siempre contagiosa, o su mirada penetrante, o su arrolladora y directa manera de ser; en total contraste con él mismo. O quizás era el misterio que lo envolvía, la manera en como lo miraba y en como sonreír y tranquilizarse era fácil con él.

O quizás era que, desde que le conoció, Alec se encontró por primera vez en dos años, preocupándose por alguien más, deseando conocerle. Y por sobre todo, por primera vez en dos años, no pensaba en Sebastián.

Y había también un pequeño compendio de detalles de Magnus que, sumados y por individual, hacían bullir el corazón y el cuerpo de Alec en sentimientos que creía haber olvidado como sentirlos. El color de su piel, oscura y brillante y que le recordaba la miel sobre las tostadas matutinas, dulce. La curva de sus pómulos, subiendo hacia su cuello y orejas. Alec había encontrado ahí un fascinante punto que se curvaba de manera hermosa cuando Magnus sonreía. Era un minúsculo músculo, una curvatura delicada y pequeña, pero que le llamaba a gritos para besarle e hincar sus dientes de manera suave y lenta.

Estaban sus manos. Alec siempre había tenido unas manos grandes y, con el pasar de los años, se le habían llenado de cicatrices en deuda con su trabajo. Tenía sobre el dorso de la derecha una fea marca en diagonal que se había hecho al sacar a una niña de diez años de un accidente en las afueras de Brooklyn, hacía un año ya. No es que él fuera especialmente vanidoso y le importara como lucieran sus manos, pero había encontrado fascinante el ver los delicados y perfectos dedos de Magnus, dedos de artistas. Y que, al tocarlo la noche anterior, subiendo lentamente por su espalda, habían obrado verdadera magia.

Y sus labios. Los labios de Magnus eran para Alec, punto y aparte. Alec podía perder horas (ya lo había comprobado la noche anterior antes de irse a dormir, antes de las pesadillas) divagando en los labios de Magnus. En como estos se curvaban en sonrisas seductoras, en como Magnus podía gemir a través de ellos, en como sabían, en como se sentían. En como besaban...

Luego, Alec podía añadir a la lista su olor. Ese exquisito y embriagador olor. Magnus olía a madera de sándalo y Alec había descubierto que ese, era ahora, uno de sus olores favoritos. Le hacían evocar sitios planos, lejanos, pacíficos y agradables. Paz, el olor le hacía pensar en la paz.

Y eso era algo que no había sentido en un buen tiempo.

Alec suspiró dentro del abrazo; sintiendo como las ganas de fundirse en uno más profundo y reclamar un beso de Magnus, quemaban la boca de su estómago con fiereza. Pero debía mantenerse a su propia petición. Por su propio bien, él debía ir lento.

Pero ¿Eran esos sentimientos abrumadores parte de "ir lento"? Se había encontrado a si mismo durante aquella semana y media, pensando de manera constante en el bienestar de Magnus. En su felicidad. Tanto, que estaba asustado.

No quería enamorarse.

No de nuevo.

No quería volver a ser herido, no quería sentir la pérdida de nuevo. El dolor, el vacío y la soledad. No quería herir de nuevo.

Su cuerpo se estremeció dentro del cálido abrazo de Magnus. Recordar aquellas cosas no le hacía ningún bien.

Pensó de nuevo en él, en su felicidad y se separó levemente del abrazo. Noto que Magnus lo dejaba ir a regañadientes, pero complaciendo su necesidad. Una sonrisa divertida se alzó inconscientemente por sus labios al notar el leve puchero en los de Magnus. Sus cuerpos se rozaban aun, pero al menos podía pensar con más claridad. Él tampoco podía razonar muy bien con el cuerpo de Magnus tan cerca del suyo en aquel reducido espacio. El calor del cuerpo de Magnus lo nublaba de una manera nada normal.

- Y ¿estás feliz por volver a tu casa? – le preguntó, queriendo distraerle y distraerse a si mismo un poco.

Magnus sonrió ampliamente. Labios y ojos incluidos.

-Oh si. Ya quiero ver a mi pequeño demonio. – dijo Magnus con entusiasmo.

Alec compartió su sonrisa. Nunca había visto a nadie tan emocionado por ver a un gato. La relación entre él e Iglesia, el gato familiar, era más bien lejana. Él le daba comida al gato y el gato se mantenía con sus pelos fuera de su ropa e iba a molestar a sus hermanos por él. Era algo provechoso en ambos sentidos. Nunca olvidaría el día en que Iglesia se montó sobre el vestido de terciopelo negro de su hermana y lo dejó apestado de pelos grisáceos. Los chillidos de Isabelle le ganaron el apodo de Banshee por varias semanas.

-Es un alivio que Catarina te diera el alta antes... -murmuró Alec, sin darse cuenta y Magnus frunció levemente el entrecejo.

-Es raro ¿no? Catarina había especificado que no me movería de aquí hasta mostrar más avances, que seguramente me iría en tres días...- Alec sintió como su corazón palpitaba contra su garganta. El haber intercedido para que Magnus fuera dado de alta era algo que quería mantener en secreto, al menos por un tiempo. Era demostrar demasiado al otro. Pero Magnus continuó atando cabos de manera inexorable.- ¿Qué le habrá hecho cambiar de opinión? ¿Crees qué…?

Algo comenzó a vibrar en el pantalón de Alec y Magnus alzó una ceja.

-Alec, espero que eso sea tu celular.

Él sonrió, luego sacó el aparato y su ceño se frunció. Era una llamada entrante de Jace.

Jace nunca lo llamaba a menos que fuera importante. Su ceño se hizo más profundo.

-Es...Jace.

-¿Todo bien?

Sin responder, Alec miró hacia Magnus con disculpas y salió del baño para atender la llamada.


Alexander había salido de la habitación para hablar con su amigo. Estaba justo fuera, con la puerta entreabierta pero aun así Magnus podía detectar la leve nota de enfado en la voz de Alec.

-Volveré en una hora, Jace... ¡Pues no lo sé! Dile a Clary que haga la guardia contigo.

Hubo un silencio prolongado mientras Magnus terminaba de meter sus cosas en la pequeña maleta que Tessa le había llevado al hospital. Era una maleta muy mona, morada con ribetes de brillante metal escarchado en las orillas. Aunque en la opinión de Magnus seguía faltándole algo de color.

Alec volvió a alzar la voz en un susurró fiero y Magnus levantó su rostro, con preocupación.

-Es una sola hora. Jace... ¡Jace! Me tengo que ir. Comienza la guardia sin mí.

Magnus escuchó un suspiro pesado y volvió su atención hacia su maleta en el momento justo en que Alexander volvía a la habitación.

-Lo siento... -murmuró Alexander mientras guardaba el celular en su bolsillo.- tenía que atender esa llamada.

Magnus cerró la maleta y alzó la mirada hacia su ángel. Alec llevaba su uniforme, con un suéter negro por debajo de la camisa azul marino de paramédico. La camisa tenía un cuello en V que dejaba ver los huesos de la clavícula del chico. Piel pálida y tersa que él había besado la noche anterior. Magnus pasó saliva. Era sexy, increíblemente sexy. Tan sexy, que Magnus se encontró preguntándose a si mismo si no estaría desarrollando alguna especie de parafilia rara con los paramédicos, todo gracias a Alexander.

Se sentó de medio lado en la cama e hizo un gesto despreocupado con la mano, restándole importancia.

-Tranquilo. ¿Todo bien?

Alexander asintió con vaguedad.

-Solo arreglaba las cosas con Jace, para que hiciera la primera hora de guardia él solo. O con Clary.

-¿Clary?- preguntó Magnus, no queriendo hablar del antipático amigo/hermano de Alec.

-Su novia. –respondió Alec y Magnus frunció el entrecejo.

-¿Novia? ¿Ese rubio oxigenado, tiene novia?

Alec rió.

-Sí. Llevan saliendo par de meses, lo cual es una novedad. –Luego hizo una expresión rara, de molestia e inconformidad.- Jace no suele durar mucho con sus novias, es un irresponsable. Un par de semanas era todo un logro. –Magnus sintió un leve aguijonazo de culpa en el estomago. Esa descripción se parecía un poco (demasiado) a él mismo, antes de conocer a Alexander, claro está.- La última, antes de Clary, fue Kaeli.

-¿La enfermera?- Alec se encogió de hombros, como si el tema le hartara. Pero Magnus tenía genuina curiosidad.- Pero... ¿Y que le ven?

-No lo sé... es rubio.- Alec hizo una especie de mueca.- Es a Jace a quien siempre ven.

-Pues... yo prefiero verte a ti. -Alec alzó la vista, verdaderamente sorprendido. Un pequeño rubor se comenzó a extender por sus pómulos de ángel. Magnus hubiera querido levantarse y besarlos hasta llegar a sus labios y luego, de ahí descender e ir besando, y lamiendo y... Magnus parpadeó y carraspeó antes de hablar. -¿Y? ¿Por qué le pediste la primera hora de guardia, de todas formas? ¿Tienes alguna cosa que hacer?

Alexander sonrió pero el rubor no escapó de su rostro.

-Pues..., pienso llevarte a tu casa. Y asegurarme de que llegues bien. Ya lo sabes, es parte de mi deber ahora.

Definitivamente, en una vida anterior, Magnus debió ser alguna especie de santo. Era la única explicación.


El departamento de Magnus era inexplicablemente acogedor, para ser un loft amplio y mayormente vacío de un diseñador de modas millonario. Con ventanales grandes hechos con vidrios refractarios multicolores y cubiertos con cortinas de alguna tela que parecía cara y exótica. Había una gran sala de estar con unos sofás de colores que herían los ojos de Alec, y sobre ellos, montones de telas y algunos retazos de papel en donde el joven paramédico podía ver diseños de vestidos y algunos trajes modernos. En una esquina, había un escritorio de madera oscura, quizás caoba, donde reposaba una Singer de manufactura moderna, junto con otro montón de telas y un maniquí femenino a medio vestir con lo que parecía un vestido azul ópalo.

Un maullido cerca de sus pies lo alertó de una presencia felina. Era una diminuta bola de pelos azulada con patas. Era tan pequeño que Alec pensó cabría en la palma de su mano. Era el gato de Magnus.

"Presidente" recordó Alec y sonrió, dejando a Magnus pasar por delante de él.

Al salir juntos del hospital, Alec había llamado a un taxi para que los llevara a Brooklyn cómodamente. Más cómodos de lo que seguramente irían en su motocicleta. Además, Alec estaba completamente seguro de que Catarina lo mataría si montaba a Magnus en una moto en esos momentos de su recuperación.

Así que, optó por el taxi.

Un feo taxi Neoyorkino, con cabinas amarillas, letras negras y olor a gasolina y sudor. Reconfortante olor a su ciudad.

Pero Magnus había lucido encantado.

Lo había estado, cuando Alec abrió la puerta del pasajero para él y le ayudo a subir. Lo había estado, cuando Alec se sentó junto a él en la parte de atrás e indicó al conductor la dirección de Magnus (se había aprendido su ficha médica, después de todo) y lució más encantado aun, cuando Alec, al ver que Magnus vivía en el primer piso de un pequeño conjunto de lofts y que tenía que subir exactamente veintiséis escalones para entrar a su departamento, pasara una mano por su cintura y le obligara a mantener su peso en él, para no forzar sus piernas ni su espalda.

Y si Magnus estaba encantado, él podía estar en paz.


-Esto es, inaudito. En serio. Nunca había visto algo así.

-¿Nunca?

-Nunca. Se restriega de ti como si estuvieras hecho de salmón. Te ama.

-No seas tonto Magnus. Simplemente es un gato amigable.

-Presidente no es amigable. Tú le gustas, mira, te está acosando.

Alec tomó al gato entre sus brazos y sonrió mientras el felino ronroneaba contra sus brazos. Magnus lo siguió hasta el sofá donde los tres se sentaron. Alec de manera un poco incomoda (Magnus no sabía si por miedo a pincharse el trasero con una aguja o por algo más) Presidente con su mirada burlona sobre Magnus y Magnus celoso de su mascota peluda de dos años.

Genial.

Aguantó unos cinco minutos en aquella situación incomoda, con Alec dando mimos a su gato y él mirándoles. Se sentía como un Voyeur en una mala y cursi sesión amorosa, y entonces agarró a su bola de pelos particular por el abdomen, lo retiró de encima de Alexander quien lo miró con sorpresa, y lo dejó caer en el suelo, un par de metros lejos de ellos.

Presidente lo fulminó con la mirada y se retiró muy digno hacia la habitación de Magnus, con la peluda cola en alto; seguramente buscando venganza en alguna de sus prendas de ropa favorita.

Magnus se volvió hacia Alec.

-¿Tienes una hora libre y pretendes pasarla acariciando a mi gato? –"en lugar de a mi" quiso agregar, pero no lo hizo. Tenía dignidad, después de todo.

Alec enrojeció y abrió la boca para responder varias veces.

Magnus sonrió, acercándose.

-Yo...no...

Magnus se mordió la mejilla por dentro. Alexander estaba enrojecido y tartamudeaba, actitud que se estaba incrementando con su cercanía. Era divertido, ponerlo en esa situación. Alexander parecía un gato indefenso. Indefenso de verdad, no como su Presidente, que se había ganado el premio a "Gato Manipulador del Año". Magnus ahora no recordaba por qué había querido verlo con tantas ansias…

Besó la mejilla del chico y luego se alejó.

-¿Quieres café?- preguntó alegremente. Alec parpadeó y pareció reaccionar tardíamente.

-¿Q…qué?

Magnus sonrió y se puso de pie, caminando hacia su cocina. Puso la cafetera eléctrica en encendido, un poco de café nuevo en el filtro, echó el agua y volvió junto a su ángel.

-Café. Ya sabes, bebida negra, adictiva… ¿Quieres? Me parece que no llegué a probar un café decente en ese hospital durante todos estos días.

Alec le sonrió.

-Si, me gustaría un poco de café.


A Alec le gustaba el café.

Era su pequeña gran adicción. Podía pasar el día sin desayunar pero no sin tomar café.

Le encantaba su sabor, amargo y fuerte, deslizándose hacia abajo por su garganta. Le gustaba el olor, fuerte y dulzón a la vez. Le gustaba sentir la energía de la cafeína por sus venas, la electricidad, el leve impulso electromagnético en su cuerpo. Sentirse animado y reconfortado con una simple taza caliente por las mañanas.

Y los había llegado a probar todos, en su búsqueda de "la taza de café perfecta". Había pasado cerca de dos meses yendo a la cafetería que estaba a unas calles del hospital y que era atendida por una chica menuda y simpática llamada Gaby. Ella servía un buen Moka. Había probado con vainilla, capuchinos, lattes, e incluso llegó a pedir una vez en un barrio italiano un café que estaba mezclado con semillas de pimienta. Infusión que no volvería a tomar en lo que le quedaba de vida, muchas gracias.

Su favorito: negro y sin azúcar. Había sido un poco patético descubrirlo después de vagar tanto en su búsqueda.

Pero lo que Alec nunca había probado, era el café en los labios de otra persona. Menos, en los labios de otra persona como Magnus.

Y mientras estaban ahí, tendidos sobre el sofá pop art fucsia de Magnus, con el suave, largo, fibroso, cálido y delicioso cuerpo de él sobre el suyo, con las tazas a medio vaciar colocadas a pocos metros de distancia de ellos y con el olor a la revitalizante infusión aun inundando el lugar; saboreando entre besos el café más el sabor a los labios de Magnus, fue que Alec llegó a pensar que tal vez, también podía hacerse adicto a ese sabor.

Magnus acarició una de sus mejillas con una mano enjoyada y él soltó un suspiro dentro del beso. Se sentía imposiblemente bien.

El control del beso no lo llevaba él en lo absoluto. De hecho, no era un beso controlado. Era un beso en sí, hecho solo por ser. Lento, pausado. Un beso para conocer, para delinear los labios del otro con la punta de su lengua, un beso para hundir los dedos en el cabello con suavidad...

Alec nunca había sido besado así. Como si el tiempo corriera en reversa, o como sino existiera en lo absoluto. Cuando había estado con Sebastián, sus besos habían sido presurosos y exploratorios. Algo torpes, pero emotivos. Habían sido besos llenos de cautela, también. Besos escondidos, con miedo a ser descubiertos, con miedo de ser.

No había nada de eso en aquel beso con Magnus. Alec podía sentir en cada movimiento de sus labios y en cada sutil caricia, que bien podía ser besado así en el metro y eso estaría bien.

Deseo poder creer algo así. Deseo, poder ser besado así, por Magnus y en cualquier lugar.

Sintió unos dedos jugar en su nuca, con los pequeños cabellos que hay ahí, una divertida lengua lamer su labio y él soltó un pequeño gemido que incluso a sus oídos sonó necesitado.

Magnus sonrió contra sus labios.

-¿Seguro que quieres ir lento?- logró preguntar, lento y suavemente, en voz baja y sin apenas separar sus labios. Alec sintió su rostro enrojecer.

Genial. Odiaba verse así de frágil y sumiso. Tragó grueso y quizás enrojeció más cuando se dio cuenta de que Magnus seguía esperando por una respuesta. Sabía que esa debía ser un "si" un obvio "si" pero el monosílabo no quería acudir a sus labios.

-No.- fue lo que dijo, y Magnus lo miró tan sorprendido como él mismo se sentía. Volvió a tragar grueso y se explicó.- No estoy seguro de querer ir lento, pero sé que es lo que necesito.

La mirada de Magnus se dulcificó y le volvió a besar, más lento aun (si eso fuera posible) y dejando un espacio entre sus cuerpos, respetando su decisión.

El momento hubiera sido perfecto para Alec, si su celular no hubiera comenzado a vibrar en su bolsillo, una vez más.


Magnus estaba sentado sobre su sofá, maquinando en una buena tortura medieval que implementar sobre el rubito amigo/hermano de Alec, quizás algo que tuviera que ver con gotas de agua sobre la frente de la China Imperial; cuando éste entró de nuevo en la sala de estar, deslizando hasta cerrar la tapa de su celular y con una expresión de alarma grabada en su rostro.

Era hermoso.

Magnus se quedó donde estaba. La espalda le dolía un poco. Bueno, quizás un poco más que "un poco", pero había valido la pena. Había pasado los últimos treinta minutos de su vida explorando y saboreando los labios de Alexander. Si su espalda estaba un poco más que "un poco" resentida, que viviera con ello.

¿Le dolía?

Si.

¿Se arrepentía?

En lo absoluto. Ya podría tomar un calmante después.

Alec se acercó a él con la disculpa grabada en su cara y algunas pequeñas alarmas de Magnus se dispararon. Trató de sentarse mejor, pero una punzada dolorosa le latigueó la columna vertebral de arriba abajo. Magnus cerró los ojos y soltó un gemido adolorido.

Alexander ya estaba a su lado cuando él logró abrir los ojos.

-¿Estás bien? –Magnus asintió. Alec sonrió y negó con el rostro.- Mentiroso. Levanta…- Magnus se dejó ayudar por el chico quien deslizó algunos de sus almohadones más esponjosos debajo de su espalda, ayudándole a estar más cómodo. -¿Mejor?

-Bastante, gracias.- susurró- ¿Tú, estás bien?

-Si, pero debo irme. –Magnus contuvo su expresión de desolación. No quería que Alec se fuera, evidentemente, pero tampoco quería que se fuera preocupado por dejarlo. Y era obvio que tenía que irse. Ya más adelante llegaría el momento en que Alexander pasaría horas y horas en sus brazos…o al menos eso esperaba.

-Bien, comprendo. Ve.

Alec se levantó y sacó algunas pastillas y medicamentos de su bolsa de paramédico. Luego tomó una, de color blanco lechoso y se inclinó hacia Magnus.

-Toma esto.- murmuró. Magnus abrió la boca y dejó que Alec empujara la pequeña píldora dentro de sus labios. No sabía a Alexander, pero a él el gesto le había parecido en exceso sexy. Alec lo miró enrojecido por unos minutos y luego se volvió a retirar. –Hubo un incendio en Chinatown, por eso debo irme. Han solicitado a todas las unidades de ambulancias disponibles.

Magnus abrió los ojos algo impresionado. Eso sonaba peligroso…e importante.

-¿Estarás bien?- logró preguntar, cuando Alec volvía de su cocina, donde había dejado todos los medicamentos que había traído para Magnus. Alec le sonrió.

-Estaré perfectamente. Es mi trabajo. –se colgó la mochila al hombro. Magnus trató de ignorar el vacío en su pecho.- Trata de reposar. Te dejé en el comedor el horario de tus medicamentos. Hay muchos para el dolor, pero la mayoría no tienes que tomarlos de rutina a menos que te duela demasiado.

-De acuerdo.

Alec se quedó de pie a su lado, mirándolo con incertidumbre por unos minutos. Luego, como si estuviera siendo vencido por un impulso más fuerte que él, se inclinó sobre Magnus y le dejó un suave y fugaz beso en los labios.

-Nos vemos luego.- le susurró. Magnus le haló del cuello de la camisa y lo volvió a bajar hacia él, para robarle otro beso. Era totalmente adicto a ese sabor. Algún día fundaría la sociedad de "Adictos a Alec Ligthwood Anónimos".

Se separaron y Magnus logró susurrar.

-¿Me llamarás?

Alec sonrió.

-Seguro. Buenas noches Magnus.


Magnus no había determinado en que momento se había quedado dormido sobre su sofá, con el celular en una mano y el control remoto en otra, cuando el timbre de su departamento sonó y el dio tal brinco sobre el sofá que rodó y cayó estrepitosa y dolorosamente sobre el suelo alfombrado de su sala de estar.

Maldiciendo entre dientes, Magnus se desperezó de su juego de sábanas amarillo canario y miró con ira hacia Presidente Miau, único testigo de sus idioteces matutinas.

-Dices algo y te castro con un cortaúñas. – Presidente movió la cola y le ignoró.

El timbre volvió a sonar.

Magnus miró la hora en su celular. Eran las siete de la mañana del día siguiente. ¿En serio había dormido tanto? Estúpidos medicamentos para el dolor, lo adormecían como si fuera una estúpida muñeca de trapo.

Miró de nuevo a su celular, mientras el timbre de su loft seguía su concierto en solitario. Había un mensaje de Alexander pasada las diez de la noche. Y en el mensaje le decía que iría a la mañana siguiente (esa mañana) a verle, para verificar su estado. Magnus sonrió y toda maldición hacia su matutino y anónimo visitante desapareció.

Ver a Alexander tan temprano sin duda era una buena razón para madrugar.

Cogió un batín de seda china, verde agua, se lo colocó sobre su cuerpo semi-desnudo y desfiló hacia la puerta. Bien podría haberse puesto algo más de ropa, pero…

No, en realidad no tenía una buena excusa para ello.

Abrió la puerta, con una sonrisa resplandeciente en sus labios y se quedó de piedra al ver a un hombre de traje negro de twed y cabello gris ceniciento al otro lado de su marco.

El hombre lo escaneó de arriba abajo con una mirada evaluadora y fría, como si midiera a un posible contrincante en algún área que escapaba al entendimiento de Magnus y no lo creyera suficiente para la batalla. Magnus se sintió de inmediato ofendido, pero le restó importancia al segundo siguiente. Hacía muchos años que él había dejado de prestarle atención a lo que la gente dijera de él, o de su forma de ser y vestir.

-¿Señor Bane?

Magnus se cruzó de brazos y se recostó sobre el marco de su puerta.

-El mismo. ¿Quién es usted?

-Soy el abogado Hodge Starkweather. Trabajo para la familia Morgenstern. –Magnus alzó una ceja y algo dentro de su pecho se atoró, impidiéndole tragar con normalidad. –Creo que será mejor que nos sentemos.

Magnus no se movió ni un centímetro.

-Puede decirme aquí. –el abogado no mudó su expresión. Era un hombre mayor, con un candado gris rodeando su boca de manera que acentuaba su edad. A Magnus le recordaba a su profesor de Historia de la universidad.

-Bien, pues le he traído una citación en la corte. Por daños y prejuicios. Tratamos de localizarle antes pero su doctora nos ha dicho que ha sido dado de alta ayer mismo. –El tipo le tendió un sobre que Magnus no se dignó a abrir. Ya se lo pasaría a Tessa para que ésta se lo diera a Ragnor. Su amigo y abogado personal.

-¿Quién está imputando la demanda? Lo que pasó fue un accidente.- La voz de Magnus eran esquirlas de hielo.

El abogado cerró su maletín, negro, opaco y sin vida, y le dirigió una mirada imperturbable.

-El hijo de la victima, el joven Jonathan Morgenstern.

Magnus no supo porqué, pero el nombre le produjo un largo escalofrío.


N/A: 7.952...este capitulo tiene, sin contar el titulo ni mis divagaciones mentales, 7.952 palabras. Sin duda, el más largo del fic por ahora. No es lo más largo que he escrito... pero sí uno de mis favoritos. Ame escribir este capitulo.

Y, a ustedes ¿Les gustó? ¿Qué opinan? Aquí es donde verdaderamente comienza la historia. Donde he dejado ver los mayores retazos de la trama. Y también, por primera vez, vemos algo desde el punto de vista de Alec. ¿Qué opinan de eso? De ser sincera, iba a escribir solo desde el punto de vista de Magnus. Pero luego, cuando la trama fue tomando estructura, tuve que hacerle espacio a mi amado Alec.

Bien, me he tardado un poco más de lo normal en actualizar, pero siempre que hago esto compenso la espera con capítulos largos y especiales. Espero que esta vez no haya sido la excepción. Muchas gracias a todos por leer. Les amo.

Mensaje para Karen: Hola linda, espero que estés mejor. ^^ Los niños tienen esa costumbre, todos. XD madre que me diga lo contrario, miente. Lamento haberte dejado picada…Ale, eso fue una mentira cruel. No lo lamento en lo absoluto XD me hace feliz despertar emociones en la gente que me lee. Así que tu "noooo" me hizo feliz. :D

Mi libro me motiva cada día. Solo quisiera tener más tiempo para escribirlo, para escribir; en general. Trabajo como esclava y eso consume mi tiempo libre U_U pero no me rendiré ;) Gracias por el apoyo :D

Espero que en este capítulo hayas tenido más sobre Alec y que aun tengas más preguntas. Y no odies a Max, es un niño pequeño. Odia a Izzy, por no cuidarlo y hacer que Max tuviera que llamar a Alec XD. Gracias por lo de la cena, me tenía indecisa. ^^ y dudosa. Quería que fuera algo casero y normal, nada muy sofisticado porque Alec no es así.

Bueno, capitulo arriba. ^^ Nos leemos pronto linda, gracias por todo.

Kisses mis amores!

IL